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Eduardo Marquina, hombre y poeta

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Eduardo Marquina, hombre y poeta

En pocas semanas de fines de 1946 y comienzos del 47 mue- ren tres españoles insignes: Manuel de Falla, Eduardo Mar- quina y Manuel Machado. Los dos primeros en América; el último, en Madrid. Falla y Marquina vinieron ya muertos para ser enterrados en España con toda la veneración que merecían.

Manuel Machado, en Madrid. Si acerco y reúno estos tres nom- bres es porque los tres, ele sobrevivir, hubieran cumplido ahora sus cien años. Eduardo Marquina el 21 ele enero. Y esto que parece fabulosa hipótesis, acabamos de comprobar que no es imposible con el ejemplo, el último, de don Vicente García ele Diego. Digamos, pues, unas palabras, para cumplir el honroso encargo ele la Academia al escogerme para hablar unos minutos precisamente ele Marquina. Aquel mozo barcelonés que desoye tentaciones ele la prudencia cotidiana, estaba destinado a ser un nuevo Boscán,, otro poeta en lengua imperial del amor corté!:>

y del cariño conyugal, pero además ele otras muchas cosas. Nada menos que don Juan Valet·a es quien le va a dar el espaldarazo y, con el nuevo siglo, el apasionado y ardoroso poeta va a em- pezar su carrera definitiva.

En su Florilegio de poesías castellanas del siglo XIX, incluye Valera, a pesar de salirse del siglo, pues que pertenece la mues- tra al libro Las Vendimias (Barcelona, I90I), un extenso poema:

Las siete palabras del poeta. Muy expresivos y muy de actual

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actualidad son algunos versos de la segunda palabra, la For- taleza:

Tened seguridad en vuestros pasos y proteged los muros que os cobijan cuando dormíais, sin derramar la sangre ele vuestros compañeros : sed más fuertes que los que matan y los que despojan.

Vosotros -sin dañar al enemigo- tendréis la Fortaleza del espíritu que impone admiración : no es necesario matar para triunfar, que todos vivan, que amen y luchen y se muevan todos ...

Hacéos grandes, amigos, sin hacer pequeños a todos los demás !

Pues bien, el mozo de Barcelona, de apellido vasco y sangres mezcladas de varias Españas, viene a Madrid, lanzado a la in- cógnita ele la vida literaria. Durante toda su vida, la fama de Marquina se va afianzando con sucesivos libros de poesía lírica, que se alza y ensancha a veces hasta las vastas proporciones y el hálito poderoso de la épica. Pero aun la misma resonancia ele lo civil y heroico le resultaba estrecha y pálida, porque su verdadera vocación estaba en la espectacular y cóncava mul- tiplicación ele sí mismo en lo dramático. Los últimos años del primer decenio del siglo presencian al fin su triunfo después de algunos indecisos ensayos. Tragedia y drama ele abolengo insigne, versos ele elevado porte, alzados sobre el coturno de la dignidad enfática y multicolora, gallardías y ternuras des- conocidas hacía mucho tiempo en nuestro teatro - olvidado de Lope o Calderón, no menos que del mejor Zorrilla- volvían ahora a nuestra escena en atrevida síntesis .modernizadora y tradicional. Y Eduardo Marquina halló, al fin, en el teatro el legítimo dosel para el vuelo libre ele sus cautivas musas. Por ser poeta, triunfó en el teatro, y por ello todo estudio, por mí- nimo que sea como éste ele hoy, debe beber en este manantial.

Ahora bien, es ele la mayor importancia haber conocido y tratado a Marquina - yo tuve esa suerte- siquiera rápidamen- te, para estar en condiciones ele penetrar en lo más hondo ele su poesía. Y es que el poeta era tan generoso ele sí, tan derramado

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en su amistad, que se granjeaba justamente en el acto la volun- tad de cuantos se le acercaban. Y no es que no supiese guardar para los suyos el tesoro último de una celada intimidad. N o hubiera sido, como lo fue, auténtico si no hubiera reservado ese santuario y aún más adentro y para él solo la más escondida celda. Pero su alma era tan rica en estratos que podía pen11i- tirse el lujo de abrirse de par en par y enriquecernos sin em- pobrecerse ella.

Una de las ventanas que mejor nos dejaba calar en la ene traña poética de Marquina era la de la comunicación fonética.

Por el sentido del oído se nos regalaba más pronto e irresistible que por ningún otro. La voz de Eduardo Marquina, aquel tim- bre cálido, vibrado, levemente nasal, como de aleación de oro y bronce, aquel violonchelo cargado de mieles y soles de su Levante velar, era una delicia para el oído músico y una seduc- ción para la sensibilidad estética. Cuando recitaba su propio verso nunca nos sentíamos engañados, y era tal el acento de convicción que las desigualdades o los discutibles efectismos, que difícilmente resistirían la lectura, desaparecerían en la glo- ria de la atmósfera rítmica.

Porque esa es otra. La rítmica, el ritmo. Como en otros ca- sos de eminentes artistas, el poeta catalán supo sacar de su fla- queza fuerzas. La catalanidad de Marquina se deja sentir en todo momento y en lo rítmico mejor que en nada. Era algo, en suma, inédito hasta él, una especie de resonancia fonética cata- lana, algo así como lo que es el acento, ya casi vencido y doma- do pero que aún se transparenta en la declamación de los mejores actores o actrices catalanes cuando se metropolizan.

El extraño poder de síntesis del verso catalán, la dureza de sus aristas, la luminosidad ele su volumen corpóreo, el no sé qué del genio mismo de un idioma, ele, una sensibilidad y de un pueblo, pasa con Marquina ele su verso adolescente catalán a un verso juvenil o maduro castellano sin hacerse traición a sí mismo ni a su tierra, con ejemplar pureza y apasionada y honda adaptación. Y tenemos una música nueva en nuestro ver- so que nunca había sonado con esos esplendorosos brillos ru- rales de "tenoras" en las coblas y sardanas.

La poesía, así concebida, se hace gesto y está a punto ele

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convertirse en dramática. De ahí la personalidad marquiniana en el teatro poético que él inventó con nuevos módulos, revis- tiendo sus criaturas con túnicas e indumentos rítmicos de carác- ter o de situación, que se pliegan más y mejor que los que la intuición de Lope halló, tres siglos antes, a la contextura y al gesto psicológico y escénico. Es increíble la fertilidad y flexibi- lidad del verso ele nuestro poeta y su sorprendente capacidad plástica para sugerir al espectador estados ele alma y colores del espíritu. La peripecia ele la acción queda simbolizada, soberbia- mente escorzada en la divisa ele un solo verso, que ondea en el proscenio con revuelo y aparato ele bandera, suscitando, por su doble virtud expresiva y plástica, enfática y rítmica, la espon- tánea aclamación popular. Es, por ejemplo, el "España y yo somos así, señora" de En Flandes se ha puesto el sol, exalta- ción y rotundidad que jamás ha podido conseguir la prosa.

Otra de las virtudes poéticas ele Marquina, virtud que muy pocos artífices logran, y en la que tal vez ninguno le iguala, es la de la dicción, encarnizada y ennoblecedora, de lo más hondo y aun escabroso a fuerza de entrañable. A cualquier poeta, o incluso prosista, a quien se encargara una limpia y palpitante glorificación ele la maternidad, en su período fisiológico más tor- pe y grávido, se le pondría en un aprieto. N u estro poeta halla las expresiones más felices y logra con ese motivo una de ¡;us más altas inspiraciones. Reléase el canto de La Esposa, en el salmo tercero de V endimión. De él voy a transcribir algunas estrofas. (Y téng·ase presente que habrán ele pasar más de trein- ta años para que nazca y cante el mismo canto Miguel Her- nández.)

Yo no sé, mi Señor, qué hay en tu beso ni qué misterio este desmayo encierra; toda mi ligereza se hizo peso,

y el alma mía gravedad de tierra.

En el mayor fervor de mis dos alas mi vuelo se hizo duro;

perdió mi almendro en flor todas las galas y el fruto está maduro.

¿Quién es éste, Señor, que en sí recoge todas mis energías?

El trigo echó raíces en mi troje,

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la maravilla aletargó mis días.

Entra a espesor ele sangre en mis entrañas todo ideal anhelo ;

di si he pecado, tú, que me acompañas y, por seguirme, has recogido el vuelo.

Di, si he pecado, en esta efervescencia ele todos mis sentidos ; el aire me ha perdido transparencia y sólo me oigo a mí por los oídos.

Señor, la carne tengo en tiranía y mi alma en cautiverio; habla, y tu voz me sea como el día, que toda yo estoy negra ele misterio.

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¿N o es admirable? Con razón se suele citar la descripción ele Groninga en En Flandes se ha puesto el sol, que relata, emo- cionada, la reciente maternidad de la vaca. (En este caso, com- párese con la Vaca ciega, ele Maragall.)

Pero es ella tan de suyo juiciosa, que atropella por los mismos impulsos ele sus hijos, y entre sus patas los mantiene fijos como en un ancho abrazo,

apretándoles bien contra el regazo ; de modo que ellos triscan y combaten y, más que saltan, laten;

¡ dos nuevos corazones que ella tiene y a que se aparten ele ella no se avienen!

Las cabecitas ele los dos culminan, inquietas, por encima ele los flancos, y, más que distinguirse, se adivinan las frentes rojas, los morritos blancos ...

¡ Y la madre les brinta, por almohadas y cabezal, las ubres sonrosadas !

En cambio, si la cálida difusión en los ámbitos teatrales ha fa- vorecido la fama del poeta, ha oscurecido, por contraste. otras

inspiracione~ suyas ele la mayor alteza, confiadas primero a la recitación y después a las páginas del libro. Tal sucede, dentro del cielo patrio. sentido geográfica e históricamente, con el poema dilatado de Tierras de España, en la gue la ele Navarra caldea su verbo y le eleva por momentos a una soberanía, digna

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de la excelsitud del motivo. He aquí cómo canta la impaciencia de la unidad espiritual de la dispersa España, postulada desde las cumbres pirenaicas. Cito, sueltas, algunas estrofas :

Porque estos remansos quedos de la Historia en estas sierras

¿quién los sabe?

Y la ley de estos hayedos

¿qué mano hay por estas tierras que la grabe [ ... ] Las aguas ele estas cañadas

¿quién las pone a rendimientos en la lucha?

Y en las agrias invernadas, la voz de Dios en los vientos

¿quién la escucha? [ ... ]

¿Quién pone un muro al olvido?

Y esta paz de la montaña tan intensa,

¿quién la reduce a sentido y el común aire de España

quién lo piensa? [ ... ] Tanto sillar de granito,

tanto mármol y basalto, tanto grave dístico en ellos escrito,

¡y no hay bóveda en lo alto ele la nave!

El común cimiento ibero tan seguro y en los años

tan remoto, donde hicieron asidero nuestras manos en sus daños,

¿quién lo ha roto?

¡ Movamos las tierras hondas !

j Al común suelo inclinemos las cervices,

y porque se unan las frondas, por bajo tierra, alleguemos

las raíces!

¡ Que acabe esta dispersión!

¡ Que el disgregarse en los llanos ele la grey

lo ponga a dura sanción alzándonos en sus manos

una ley!

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Y ahora apuntemos, sin más comentario, la fecha del poema:

1912-1914.

Conocí a Eduardo Marquina, primero ele visu en mi adoles- cencia. Y a sus obras y libros al mismo tiempo. No hablé con él hasta 1934, en vísperas ele preparar mi Antología ele Con- tentporáneos, para la que me otorgó carta blanca y me prestó ejemplares ele sus libros. No volví a verle hasta 1942, invitados los dos por la Academia "Alfonso el Sabio" de Murcia, con motivo del séptimo centenario ele la conquista de la ciudad por el hijo de San Fernando. Llegamos por separado y nos unimos en el teatro Romea para participar juntos en el programa, que incluía también conciertos dirigidos por Pérez Casas, gran maes- tro murciano y organizador de la Orquesta Nacional, y otros estudios y fiestas. Lo que a los dos poetas se nos solicitaba era la composición y declamación ele un poema. Y, como era lógico, yo actuaba de telonero y Marquina de protagonista. Yo conocía ya Murcia desde 1926. Y lo que se me ocurrió y antojó ade- cuado para la circunstancia fue tomar como modelos una canti- ga del Rey Sabio, recrearla y glosarla en castellano, variando siempre la copla para evitar la monotonía. La recité con la in- genuidad que el modelo reclamaba, yo quedé bastante satisfecho y el cultísimo público no dio muestras de lo contrario. Y salió don Eduardo, miembro ya de la Real Academia Española des- de 1931. Se le acogió con calurosa ovación y declamó con acen- tos y ademanes propicios su elocuente y dramático poema. La caja de resonancia que es o debe ser - si no está mal construi- da- la sala del teatro magnificó el esplendoroso canto y el poeta saboreó, una vez más, las mieles de la gloria en el tablado le- vantado en memoria del buen poeta romántico y maravilloso actor Julián Romea.

Al salir juntos, Marquina, muy afectuosamente, me felicitó y me dijo que era una lástima que no hubiera sabido yo hacer valer las bellezas y matices de mis estrofas, por timidez sin duda y falta de costumbre de declamar en el teatro. Yo le felicité a él con sincera efusión y reconocí mi falta de "tablas", si bien le argüí que creía que mi cantiga había que decirla o recitarla como lo que era, una especie de "milagro" gallego con palabras castellanas, que pedía una intimidad musical y evocadora, y, por

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otra parte, mi timbre y volumen de voz no estaban forjados para otra técnica más solemne y cóncava.

Terminadas las fiestas, regresábamos ambos en el mismo tren a Madrid y antes de récluirnos en nuestras respectivas cabinas, charlando en el pasillo, vimos salir de la suya a un famoso po- lítico y perpetuo joven maurista. Saludó sin acercarse y al retirarse, me secreteó Marquina: "N o nos clej a vivir".

"¿Cómo?" - "Nos acosa porque quiere ser académico". Y haciendo una pausa: "Es usted el que tiene que ingresar y es- pero que sea pronto". Me quedé estupefacto, porque no tenía la menor idea, ni, por supuesto, pretensión alguna.

N o sé si he conseguido sondear y definir de algún modo a Marquina como hombre y como poeta. Lo que no he intentado es encasillarle. ¿ Será un modernista? En la medida en que eso signifique algo, creo que sí. Barcelona es una ele las sedes más acreditadas del modernismo, su más visible capital española.

Pero yo creo que tiene razón Juan Ramón Jiménez cuando amplía el tiempo del modernismo desde r88o hasta todo el siglo que le sucede. Aún colean, sobre todo en América, poetas mo- dernistas. Hagamos una prueba con una poesía de Marquina.

La Visitante

Mi corazón es hoy un lugar confortable donde hay hasta una estilográfica;

y un montón ele cuartillas con membrete oficial, y sellos; y una mesa para escribir a máquina.

Da a la calle, un balcón que suele estar cerrado ; y hay un libro de entradas

y salidas; y cartas con recomendaciones ; y dos o tres periódicos del día; y unos dramas clasificados por la forma -verso, prosa-;

¡y un orden, y un deseo de paz, y una cuidada quietud ! ... Y un gran pisapapeles

oprimiendo un montón de cuartillas aladas;

y silencio . . . silencio ...

Una tarde,

los golpes a la puerta - ¡por fin!- de alguien que llama : y la puerta pesada, entreabriéndose;

y una figura extraña,

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EDUARDO MARQUINA, HOMBRE Y POETA

desconocida y triste, m u y triste, que me sonríe y me habla.

Pero, de pronto, observando, queriendo reconocer la estancia,

pierde un poco su aplomo y saluda;

y es de cera, en el aire, su pobre mano pálida.

Y me dice:

"He llamado sin saber lo que hacía;

perdón; usted dispense."

Y me vuelve la espalda;

y se me va; y no puedo detenerla ...

- Y es mi alma- .

La Visitante está fechada: Madrid, 1917. Y lleva bien su fecha. La máquina de escribir, la estilográfica, el trabajo para el teatro en verso y en prosa. Es una poesía autobiográfica y nos recuerda enseguida otras de su tiempo. N os recuerda al poeta grancanario "Alonso Quesada", al Manuel Machado de su mo- dernismo ya displicente y prosaísta, voluntariamente, aparente- mete vulgar, que cuando se es tan gran poeta como Manolo Machado es más aristocrático que nunca, cantando, no de prin- cesas ni de arlequines, sino de periodistas a pie de rotativa, de golfas y aguardiente, de madrugadas de anís. Marquina tam- bién aquí burila casi sin color, pero con trazo infalible y desen- voltura elegantísima, y se entraña tan adentro en el misterio de la vida y del más allá que nos deja una pieza digna ele la más exigente antología. Porque hay que insistir en que este moder- nismo, ya iniciado por Rubén, es tan modernismo como el ele

r88o-r89o y fatal consecuencia ele él. Y esto se puede ver, no sólo en Marquina, sino en Juan Ramón, en el Ayala ele los tres senderos, sobre todo del "andante", y de modo muy distinto en Valle-Inclán o en Nervo y Lugones. Sí, Marquina es siempre él, muy difícil de concretar para un crítico, muy rebelde a en- casillados, por lo mismo que muy fluido y fiel a su propia y ma- tizada continuiclacl, a la unidad profunda de su alma ansiosa de vuelo y a su vocación de cantor en voz alta, en sus peores mo- mentos de altavoz. Y de voz tierna de sentimiento y convicción.

Será cantor de todas las Españas y morirá en Nueva York en pleno acto ele servicio por España, rompiéndose literalmente el corazón.

GERARDO DIEGO.

Referencias

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