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El Ultimo Disidente Norberto Fuentes

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Academic year: 2021

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Norberto Fuentes

El último

disidente

Fidel y la transición en Cuba

Editado por

NORBERTO FUENTES

y

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Sobre los textos de Norberto Fuentes:

© 2004, 2005, 2006, 2007, 2008 by Norberto Fuentes Sobre la presente edición:

© 2008 by Norberto Fuentes and Pedro Schwarze



Gracias especiales a Filiberto Castiñeiras por sus siempre útiles observaciones y sugerencias.

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Contenido

Prefacio 9

A la

A la

A la

A la espera del Valhalla

espera del Valhalla

espera del Valhalla

espera del Valhalla

Un prólogo de Pedro Schwarze

11

Yéndose en

Yéndose en

Yéndose en

Yéndose en

fade

fade

fade

fade

15

Fidel no cree ni en el dolor 16

El hermano menor 20

Fidel: Un punto de vista 26 La sonrisa de La Gioconda 31 No solo el poder y la gloria 34

Los 80 años de Fidel 39

En ausencia

En ausencia

En ausencia

En ausencia

47

Los cuarteles de verano 48

Una maniobra perfecta 51

Mientras duerme la pantera 54

Llorar y matar 58

Fidel sufriendo una recaída 62 Nuestro cuarto presidente 64 Itaca cerrada por reformas 69

Leña al fuego

Leña al fuego

Leña al fuego

Leña al fuego

71

El puesto de mando 73

Nadie está escuchando 75

A cuatro días del cumpleaños de Fidel 78 A tres días del cumpleaños 80

(5)

A dos días, solo dos 82

El palo durísimo 86

El reposo del guerrero 88

Primer búnker 90

El buen vecino 92

El próximo paso 94

Los profetas desarmados 96 Se les acabó el enemigo 100

Polonesa + guaguancó 103

Remember Playa Girón 105

La prueba del agua 108

La mala memoria 111

Guantanamera 116

El mensajero 118

El nuevo Cominterm 119

El cuarto ministerio 121

La insoportable levedad del ser 126

Sábado rojo 128

Modelos para armar

Modelos para armar

Modelos para armar

Modelos para armar

130

Los próximos 50 años 131

La Unión de Repúblicas Socialistas 133 Estandartes en el polvo 135

Prohibido improvisar 137

Los niños del Punto Cero 140 Un cumpleaños a la mitad 146

Grabriel 150

Las buenas y las malas noticias: ¿Cuáles primero? 152 El surgir de una dinastía 155 Como si Fidel hubiera muerto 159 Absorbido por la sombra 162 Fidel podría aislarse 166

El Aguafiestas 167

(6)

Ilusiones de los otros 172 Que crezcan otras cien flores 174 El turno de los mortales 180 ¿Qué se puede esperar de Fidel? 184

Dulce como

Dulce como

Dulce como

Dulce como la adversidad

la adversidad

la adversidad

la adversidad

186 Apéndice: Sartre sobre ideología y revolución 191

(7)

Esta noche soñé que estaba de nuevo en La Habana, en el salón de una funeraria de la calle Veintitrés. Me rodeaban numerosos amigos. Tomábamos café. De pronto se abrió una puerta blanca y entró un ataúd enorme cargado por una docena de viejas plañideras. Un amigo me dio un codazo en las costillas y me dijo:

—Ahí traen a Fidel Castro.

Nos volvimos. Las viejas dejaron el féretro en el centro del salón y salieron llorando a todo pulmón. Entonces el ataúd se abrió. Fidel sacó primero una mano. Luego la mitad del cuerpo. Finalmente salió por completo de la caja. Se arregló el traje de gala, y se acercó sonriente hasta nosotros.

—¿No hay café para mí? —preguntó. Alguien le dio una taza.

—Bien. Ya estamos muertos —dijo Fidel—. Ahora verán que eso tampoco resuelve nada.

(8)

Sea cual fuere su rigor o la amplitud de sus experimentos, una ideología sobrepasa por muy breve margen al presente.

(9)

Prefacio

n fantasma recorre Cuba. El fantasma de la transición. Se trata de una expectativa surgida la noche en que Fidel Castro se vio obligado a alejarse del poder por una grave crisis de salud, y en el que los viejos contrincantes salieron de sopetón de una larga molicie y las cosas parecieron desenvolverse a gran velocidad en unos pocos días, hasta que la displicencia habitual del gobierno cubano y su indiscutible profesionalismo para controlar el país de modo absoluto calmaron los ánimos. Pero ése quizá sea el barullo que nos llega, la inútil herencia que nos deja el verano de 2006. Nadie le está prestando caso a las vetas de oro que corren por las paredes. La discusión, sin embargo, es digna de los mejores manuales de la historia del comunismo. La discusión, la verdadera. Resurgió en La Habana, de improviso. Sus resonancias eventualmente alcanzarían la estatura de los encontronazos entre Lenin y Trotsky y con un debate al nivel de la factibilidad de la construcción del socialismo en un solo país —el más notable en el movimiento revolucionario a principios del siglo pasado. La dialéctica del discurso del movimiento se desdobla ahora, por lo pronto —y por imperativo de las circunstancias—, en una recreación teórica de la resistencia. Es una verdadera proeza intelectual y política de Fidel Castro, reconózcanlo. Un líder octogenario, probablemente enfermo de muerte, con los días contados, tiene las agallas de volverse a plantear las misiones del socialismo y las alternativas de mantenerlo en el poder. Así, mientras China y hasta el combativo Vietnam se desplazan por el terreno del desarrollo económico, los cubanos siguen aferrados a las viejas luchas doctrinarias. Siguen reclamando tribunas. La lucha interna —por la propia lógica y peso de los acontecimientos— prevalece dentro del poder en Cuba y tales confrontaciones son

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como una bendición para el estudioso. Fidel se bate aún como un león. Raúl es la reforma. Y nadie ha dicho la última palabra. La ideología vive. Aún retiene esa capacidad en una isla abandonada a su suerte.

* * *

La colección de textos que componen este libro pretende ilustrar, a su manera, los acontecimientos antes mencionados y que tuvieron lugar en Cuba desde que Fidel Castro se ausentó del poder. No empiezo en la fecha de aquel lunes de tensiones, el 31 de julio, y la lúgubre resonancia de su “Proclama”, sino un tiempo antes, cuando ni siquiera Fidel sabía lo que se estaba cocinando en sus vísceras. Examinar algunas de las actividades a las que él se dedicaba en los días previos a su crisis de salud así como las áreas de nuestro interés y en lo que invertíamos el tiempo puede resultar aleccionador. Mientras uno trataba de interpretar su juego, ellos —Fidel, Raúl y la cerrada cofrade del primer círculo— se mantenían en su ocupación habitual: conspirar. Conspiraban pero Fidel también se estaba muriendo. De cualquier manera, en esas crónicas y en las que le siguieron después del anuncio de su enfermedad, no se trataba de vaticinar sino de hallar algunas razones. Por último: quizá sea necesario advertir que los errores de apreciación son inevitables en textos producidos casi al unísono con los

acontecimientos. En todo caso me guié por el axioma favorito de los servicios de inteligencia cubanos: para ser objetivo no se puede tomar partido.

(11)

A LA ESPERA

DEL

VALHALLA

(12)

ólo la contestadora telefónica de Norberto Fuentes respondía a mis insistentes llamados. Tenía la misión urgente de contactar al escritor cubano para pedirle un artículo o que me diera una entrevista para la cobertura que en mi diario (La

Tercera, de Santiago de Chile) estábamos preparando como consecuencia del

hecho que se acaba de producir en La Habana. Era la noche del lunes 31 de julio de 2006 y en la televisión cubana se había leído un mensaje de Fidel Castro en el que anunciaba un inédito traspaso de sus funciones a otros funcionarios, pero por sobre todo a su hermano Raúl, el ministro de Defensa y “número dos” del régimen desde sus orígenes. Todo ello a causa de una grave crisis intestinal que Fidel había sufrido tras los actos políticos del 26 de Julio, que lo llevó al quirófano y lo tuvo a un paso de la

muerte.

Norberto Fuentes (La Habana, 1943) era una de las personas más indicadas para hablar de ese momento. No solo por sus años como miembro del hardcore cubano, su amistad con los hermanos Castro en la década de 1980 y su exilio desde 1994 en Estados Unidos. Sino porque en abril de ese año 2006, solo tres meses antes, había salido de la imprenta el segundo y último grueso tomo de su obra La autobiografía de

Fidel Castro. Un libro donde Fuentes realizó un proceso casi psicológico para

adentrarse en la mente del comandante y hacer un repaso de toda su vida, como si el mismísimo Fidel se dedicara a escribir sus memorias, claro que para ser leídas post

mortem, liberándose de todas las trabas, trancas y ataduras de un personaje público e

histórico que no quiere develar en vida sus mecanismos mentales ni quedar desnudo exhibiendo sus razonamientos y sentimientos más profundos.

Desde que se puso a trabajar en La autobiografía, a mediados de 2001, Fuentes vivió un proceso de introspección para entender cada uno de los más trascendentales movimientos, acciones y jugadas de Fidel Castro en sus ocho décadas, al punto que en

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esos siete años el autor de Dulces guerreros cubanos (1999) había dado un giro. En este trabajo, Fuentes había utilizado todo el bagaje acumulado desde sus años de juventud en Cuba, cuando los estudiantes analizaban como ejercicio intelectual los discursos y decisiones del Comandante en Jefe, hasta el tiempo en que se convirtió en el cronista de la Revolución Cubana y se adentró en la intimidad de las más altas esferas del poder de la isla.

Por eso era imperioso hablar esa noche con él. Pero la frase “Please, leave your

message”, en la voz de Fuentes, era lo único que obtenía de mis llamadas. Ignoraba si

estaba fuera de su casa o se negaba a responder a la avalancha de llamados que seguro estaba recibiendo como consecuencia de la “proclama” de Fidel Castro. Hasta que por fin Norberto interrumpió la grabación de su contestadora. Sin embargo, se negó a mis solicitudes: ni columna ni entrevista. Solo me dio algunas de las líneas del guión que se estaba desarrollando. Necesitaba tiempo para evaluar el nuevo escenario, mientras abajo, en las calles de Miami, cientos de personas habían salido a celebrar. Un festejo estridente que muy pronto se volvería en una frustración silenciosa y avergonzada.

En todo caso no pasó más de media hora cuando Norberto me llamó y me dijo que apretara el REC de mi grabadora. Ya tenía todas sus ideas en orden y la interpretación de todo el cuadro para realizar una reveladora entrevista de lo que estaba sucediendo en Cuba y de lo que podría pasar en los meses siguientes. La frase de Norberto Fuentes: ”Fidel ha cedido el poder y no va a regresar”, pronunciada esa larga noche siguió resonando por días en mi cabeza y toma un valor enorme a dos años de que fuera dicha con apenas minutos de reflexión.

Los que siguieron fueron días vertiginosos, que se convirtieron en semanas y meses, donde el secretismo de lo que ocurría en La Habana echó a correr las más variadas y descabelladas especulaciones —con el aparato de inteligencia

norteamericano a la cabeza— de la etapa en la que había entrado la Revolución Cubana. En las semanas precedentes, con los 80 años de Fidel Castro en vista, y los 24 meses que vendrían, Norberto Fuentes escribió y respondió preguntas incesantemente sobre lo que sucedía en Cuba y hacia donde se encaminaba Cuba. Una fase nunca antes vivida por la isla en su historia, por lo que era muy fácil caer en un terreno pantanoso o ser presa de los espejismos al interpretar esos hechos. Si ni siquiera Raúl o Fidel Castro sabían dónde estaban pisando, ni cuantas de las decisiones tomadas serían temporales ni cuales serían un viaje sin regreso.

(14)

Ya sea desde distintos medios internacionales, como desde el blog “Mi leña al fuego” que Fuentes lanzaría cuatro días después, los escritos y opiniones de Norberto se convirtieron en imprescindibles y necesarios. No por nada fue él quien hizo público el diagnóstico de las dolencias de Fidel Castro: diverticulitis. Este libro reúne todos esos artículos y entrevistas de este expectante período, en versiones íntegras y corregidas, que más allá de su importancia histórica se transforman en una guía para descubrir lo que se viene en la Cuba erigida durante seis décadas por los hermanos Castro.

(15)

YÉNDOSE

EN

(16)

F

IDEL NO CREE NI EN EL DOLOR

SÁBADO SÁBADO SÁBADO

SÁBADO

23

23

23

23

DE OCTUBRE DE OCTUBRE DE OCTUBRE DE OCTUBRE

,

,

,

,

2004

2004

2004

2004

Ya se iba retirando del podio, con marcha bastante campechana, y muy erguido por cierto, cuando un bordillo en el piso de la tribuna y unos potentes reflectores de frente le jugaron la mala pasada. Hay la acostumbrada rapidez de movimientos de sus escoltas para auxiliarlo aunque, extrañamente, dejen al descubierto por segundos la escena yaciente de su proverbial corpulencia. Pero van a rodar cabezas en esa escolta.

Haciendo caso omiso a que acaba de partirse una rodilla, la muñeca y el antebrazo y al impacto en la cabeza de una caída que lo proyectó a más de dos metros del punto de desequilibrio y que el castigo ha sido recibido por un organismo de más de 78 años, lo primero que hace Fidel Castro es pedir que le alcancen un micrófono para consolar al público presente en la Plaza Ernesto Che Guevara de Santa Clara donde oficiaba una graduación de instructores de arte. Pero de inmediato agrega que estará “muy interesado por ver la foto de cómo me caí...”. Eso significaba que va a pedir responsabilidades. Él lleva años haciendo su esfuerzo por aparecer ante el público como el infatigable caminante de otros tiempos y ocultando sus dificultades de locomoción para que lo abandonen ante un bordillo. Quizá ustedes no lo crean, pero uno de los propósitos principales de la Seguridad Personal es no dejar nada a la casualidad. Quizá esto

explique la cantidad de infelices ametrallados o con las clavículas zafadas con un golpe de kárate porque delante de ellos hicieron algún gesto sospechoso. Solo sospechoso. Suficiente con tal de preservar la vida de Fidel.

Está sudando copiosamente y ya él mismo ha localizado dos de las fracturas y, sin que lo abandone la presencia de ánimo ni permitirse rechistar por el tormento, recuerda que está ante las cámaras y que el espectáculo no puede detenerse, por lo que reclama (y quizá ya disfrute de antemano) su lugar en las noticias: “La prensa internacional — dice— lo ha recogido y seguramente mañana estará en las primeras páginas de los periódicos”. Difícil competencia el día en que los Medias Rojas de Boston le arrebatan

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el campeonato a los New York Yankees, que los ingleses deciden subordinar un batallón moto mecanizado de sus fuerzas en Irak al mando americano o el forcejeo presidencial Bush-Kerry en su apogeo de incriminaciones políticas y personales.

Por último, la esperada advertencia que para muchos sonará como amenaza: “Como ustedes ven, puedo hablar aunque me enyesen, y puedo continuar...”. Eso es. Que lo enyesen y que todo siga igual.

T

AMBIÉN PEQUEÑAS VICTORIAS

El dispositivo comienza a reaccionar. Hacen desfilar la caravana de los tres Mercedes negros con cristales opacos frente a los corresponsales extranjeros en la supercarretera rumbo a La Habana mientras que a él le suministran sedantes y lo montan en una ambulancia que tomará por una vía alternativa para el traslado de tres horas hacia La Habana. El sedante no es solo para aliviar el dolor sino para tratar de tranquilizarle. Ya tiene el hiperquinético puesto de mando montado sobre su camilla y a la mano una batería de teléfonos celulares y a su alrededor una docena de colaboradores —entre escoltas, secretarios y médicos— todos a coro apretujados alrededor de su camilla y con las respuestas más veloces a sus requerimientos, sobre todo respecto de las primeras reacciones de la prensa internacional. Aún La Habana no aparece en el horizonte cuando ya ha establecido las reglas del juego: nada de anestesia general porque no puede perder el control de la situación. Nunca fuera del juego. Una buena raquídea y andando.

No ha sido por gusto la fractura en ocho partes de la rótula y ahora tener que enfrentarse a una complicada intervención quirúrgica aparte de la inmovilización del brazo derecho desde el hombro. Fue todo un prodigio de actuación y de capacidad intuitiva su zambullida de cabeza contra una superficie de granito. Por lo pronto el episodio echa por tierra todas las especulaciones sobre su salud mental. Tiene un gesto intuitivo perfecto en las fracciones de segundo que la caída le da para razonar. Ni desconcierto ni pánico. No darse en la cabeza es su objetivo. Cualquier cosa menos golpearse el cerebro. En eso residen sus posibilidades de no pasarse el resto de su vida vegetando en un hospital. Y gana su pequeña batalla en ese violento transcurrir entre el vacío y el impacto. Incluso en tal instante está maniobrando desde su poder y

sopesándolo y se dirige a sí mismo. Hizo caso omiso al relampaguear de ese momento y a sus mínimas posibilidades y continuó dirigiendo el país.

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En los partes sobre su estado de salud dictados desde el borde de su cama y que se está auto prodigando en la prensa cubana —y reclamando la atención hasta de la Associated Press— se ve, por lo pronto, que la está tomando como una experiencia que va a comenzar a disfrutar, no sin cierto lirismo pero también con humor.

Pensó rápido y pensó bien. Todo menos la cabeza.

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(20)

E

L HERMANO MENOR

SÁBADO SÁBADO SÁBADO

SÁBADO

18

18

18

18

DE DICIEMBRE DE DICIEMBRE DE DICIEMBRE DE DICIEMBRE

,

,

,

,

2004

2004

2004

2004

Le llaman “El Cuate” en el círculo más reducido de sus amigos y nada le complace más que lo reconozcan como el primer bolchevique de América. Es un título que él mismo se ha creado, entre chanzas de viejos camaradas y sus impulsos revolucionarios, probablemente para ser, al menos en esa extraña añoranza leninista, el primero por encima de su hermano, sabiendo de antemano, además, que el hermano no se va a interesar en disputárselo. Raúl Castro no es un hombre de gran estatura, ni corpulento, y ha envejecido rápidamente, y a veces las fotografías revelan un pecho abombado que le resta marcialidad. En su conjunto, no presenta la recia impronta que debe distinguir a un ministro de Defensa, aunque ocupe ese cargo desde hace 45 años y que, incluso —y este es otro de sus motivos de orgullo—, haya sido el más joven ministro de Defensa de la historia —un veinteañero cuando lo nombraron en 1959. Por aquel entonces tuvo que superarse con el largo rabo de mula que le colgaba sobre la nuca y su voz inmadura, quizá de adolescente. Hasta que decidió ponerse en manos de un implacable fígaro de la barbería militar del antiguo campamento de Columbia, que, de un tijeretazo, dio por terminado el atributo guerrillero. Ah, ¡y la voz! Ahora es una voz cavernosa y ronca, que impostó a base de arduos ejercicios y de no volver a permitirse un falsete. Ahora sabe rugir y eso es muy adecuado para un sistema de ordeno y mando. Por otro lado —cuando no lleva atuendo militar con sus charreteras de cuatro estrellas de general de Ejército—, sabe vestir sin ostentación pero con suma elegancia y prefiere las ropas de color beige, y el lujo de la única joya que se permite es el Rolex Oyster de oro. Este es, pues, el hombre de presencia ligera y dado a las bromas y a disfrutar de las largas veladas que propicia la gracia de ser un buen bebedor, muy de acuerdo a su estilo bolchevique, y al que he visto tomar decisiones de jefe de Estado, implícitas de frialdad y rapidez ejecutiva, sin que le hayan hecho temblar las manos.

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Este es a su vez el hombre que todos observan por sus posibilidades de sucesor de Fidel Castro. En las últimas semanas, luego de que Fidel tuviera el traspié y se hiciera pedazos la rótula —ocho pedazos, exactamente— a Raúl se le ha ofrecido la

oportunidad de ejercer el papel de Presidente de la República. Se presenta en la losa del aeropuerto para recibir dignidades, impone condecoraciones y suple en el podio los discursos habitualmente reservados para Fidel. Desde luego, esto obliga a todos los observadores de la política cubana a volver a reparar en el más pequeño Castro. Lo que preocupa es saber si tienen al hombre con la capacidad y los recursos necesarios para dirigir el país —y sobre todo para controlarlo a la muerte de Fidel. Pues me parece que tengo la más preocupante de las noticias para ellos. Más que noticia, un cuento. Una tarde del otoño de 1987, yo acompañaba a Raúl en un recorrido por la provincia de Camagüey que debía terminar en la primera fábrica cubana de producción de las prodigiosas carabinas Kalashnikov, cuando, tragos en mano, nos metimos con el agua hasta la cintura en la piscina de la residencia que la Seguridad del Estado reservaba para estas visitas. Dos o tres miembros más del séquito —recuerdo al vicepresidente Carlos Lage y a Alcibíades Hidalgo, el ayudante— también disfrutaban de aquel ocaso en provincia, cuando Raúl dijo, de sopetón: “¿Ustedes se imaginan, caballeros, que pasaría en este país si a Fidel le da un infarto y a mí me da otro al recibir la noticia?” Fue nítido el nervioso tintineo de los cubos de hielo en el vaso del vicepresidente Lage. “¿Se lo imaginan? —insistió Raúl—. ¿Se lo imaginan ustedes, caballeros?”

Bueno, yo no sé qué debimos imaginarnos aquella tarde, pero sí otra ocasión en que Alcibíades me dijo, no sin un aceptable dejo de orgullo por la resolución de su jefe, que Raúl “tenía muy claro lo que debía hacerse” en caso del fallecimiento de Fidel.

Realmente, había mucho más entusiasmo y deliberación que en el lúgubre

pronunciamiento de la piscina camagüeyana. “Tiene una conciencia muy clara de su actuación en ese momento”. Y perfiló —por supuesto— una inequívoca noche de cuchillos largos. Y masiva. Quiénes iban a ser incluidos en la lista de la degollina es algo que me quedó sin precisar, pero me resultaba evidente que era todo aquel que pudiese representar el más mínimo peligro para su asunción al poder, al menos en esos instantes críticos de sustituir a Fidel y su gloria.

No les quepa la menor duda, sin embargo, de que pese a estas angustias existenciales, es el hombre perfecto para el cargo. Tomen sino sus dos o tres obras maestras organizativas. Cuando el núcleo matriz de la guerrilla fidelista se fracciona en marzo de 1958, se produce un despliegue hacia al norte del valle intramontano de la

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región oriental bajo el mando de Raúl, donde pasa a operar permanentemente. Allí es donde él funda el Segundo Frente Oriental “Frank País”, que realmente —en medio de la guerra y para la edad que tenía— fue una proeza, aquel pequeño Estado

revolucionario, ejemplar y sin duda disciplinado por el terror. Y después, al triunfo de la Revolución, se convirtió en el jefe del Ministerio de las Fuerzas Armadas

Revolucionarias, que siempre ha funcionado como un reloj. Si se toma en cuenta que había heredado un aparato militar de niveles de subdesarrollo y con armamento de la Segunda Guerra Mundial y que además había sido el ejército que los mismos

guerrilleros derrotaron en un par de años y que a la vuelta de una década llegó a ser catalogado como uno de los diez primeros ejércitos del mundo y que llegó a dislocar una fuerza de combate permanente de unos 100.000 hombres apoyada con más de 500 tanques y artillería y aviación de intercepción supersónica a más de 15.000 kilómetros de distancia, en la República Popular de Angola, lo menos que se le puede conceder es que se trata de un eficiente organizador y con un buen equipo de asesores.

Pero, cuidado, todavía es el emisario. Un hombre como su hermano Fidel, que no permite siquiera que se le suministre anestesia general para mantener el control de la intervención quirúrgica en su rótula, no es fácil de poner bajo control y mucho menos de aproximarle la idea de ser sustituido. La ilusión de que está disminuido es vana y fatal para el que se lo proponga como escenario de una acción política en Cuba. En este sentido, yo ni dudo incluso de que hayan querido —quizá desde Miami, quizá desde la Casa Blanca— negociar con Raúl a espaldas de Fidel, negociar lo que contrarrevolución insiste en vender como una transición. Desde luego, esa posibilidad también está

prevista, y por lo menos en lo que resulta hasta el día de hoy, el mismo Raúl ha puesto a Fidel al corriente de estas dulces tentativas de conspiración.

Fidel se ha descansado durante muchos años en la figura de Raúl porque lo ha hecho aparecer como que su hermano menor es el malo. Y es algo de lo que Raúl se queja y dice, coño, en realidad el malo es él. De modo que eso a la larga significa que, en caso de que Fidel desaparezca, Raúl no tiene una imagen que cuidar con tanto celo. Fidel sí la tiene, como se sabe, y la necesita incluso como alimento espiritual. Bueno, se trata realmente de un personaje fuera de serie. Raúl no, porque es más común. No es una descripción peyorativa. Se trata de acercarlo al común de los mortales. Pero, por eso mismo, y ya que hablamos de lo malo que pueden ser los hombres, reitero que no le va a temblar la mano para la represión. Aunque al final la época no lo ayude para una degollina ni va a contar con la intelectualidad mundial virando el rostro hacia otro lado.

(23)

Tampoco es nada nuevo toda esta historia de la transición. Porque es algo que ellos han puesto en marcha hace ya bastante tiempo. Yo recuerdo que Raúl estaba empeñado en mandarnos a Alcibíades Hidalgo y a mí a la URSS y a Polonia para que estudiáramos los procesos de la Perestroika y del ajedrez entre el gobierno de Jarulsesky y el sindicato Solidaridad. Al final solo dio tiempo para que mandara a Alcibíades a Polonia. En eso también Raúl era el leal bolchevique, es decir, también apostaba a lo que pudieran lograr los soviéticos, y recuerdo aquel cuarto piso de su oficina en la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, con los retratos de todos los mariscales y generales soviéticos que habían pasado por Cuba como sus asesores.

S

IEMPRE TENDREMOS A

P

ARÍS

Y es melancólico, por lo menos hay espacio en su alma para estas extrañas

navegaciones del ser. A principios de 1987, yo viajaba a París para cumplir el contrato de un libro y Raúl me hizo perder el vuelo un par de veces. Recuerdo con exactitud una de las fechas, el 10 de marzo. Se presentó en la puerta de mi casa, muy temprano en la mañana, miró las maletas en la sala y a la que era mi mujer, Lourdes Curbelo, con sus atuendos de viaje, y dijo: “¿Tú no crees que puedas suspender ese viaje?”. Todo lo que quería era evocar París. Había estado allí a su regreso del Cuarto Festival Mundial de las Juventudes y los Estudiantes celebrado, nada más y nada menos, que en Bucarest, en 1953. Cuatro días desandando por París. La añoranza, la nostalgia de aquellos pocos días todavía lo apresaban. Entonces comprendí el enorme sacrificio que este hombre había hecho por su hermano. Quisiera dedicarse a jugar gallo y a las juergas. Pero está obligado a mantener bajo un puño de hierro a un ejército comunista. Y no solo a soportar esa carga, sino que es la herencia que le deja el hermano. Si alguien ha estado condenado a no ser lo que quiere, es Raúl Castro. Un militar eficiente, cumplidor y depurado. En eso lo convirtieron, en un hereje de la vida bohemia y del vagabundeo. Prohibido trasnochar, hermano.

Por fin, cuando pude salir para Francia, creo que a la semana siguiente, resignado Raúl a que yo ocupara su lugar a orillas del Sena, me pidió que —a mi regreso— le llevara una caja de vinos pero baratos, de los que toman regularmente los franceses. “No se lo digas a nadie en la embajada porque entonces se quieren esmerar y se gastan una millonada con los vinos más caros. No. Yo quiero recuperar el sabor del vino de mi juventud”.

(24)

Es un hecho que Raúl podrá moverse represivamente con mucha más facilidad que Fidel porque es mucho más ideologizado, quiero decir, mucho más adscrito al

comunismo. Y puede decir junto con Stalin que no está en el poder para pasar a la historia sino “para ser el perro cancerbero de las conquistas del socialismo”. Mucho menos creador que Fidel, solía decirme cuando me visitaba en mi casa y con los dos solos en mi oficina —bueno, solos absolutamente no; siempre estaban los vasos bien servidos— que a él lo que le interesaba era mover los hilos desde la oscuridad. “Mover los hilos”, me decía y me mostraba unos dedos que supuestamente movían las

articulaciones de un títere. Es un conspirador y ha entendido que esa es la esencia del gobierno. Un conspirador natural, por cierto, porque sus lecturas son fatales —es un fanático de los mamotretos de Gary Jennings sobre Marco Polo (El viajero) y el conocido Azteca, que le suministraba García Márquez y luego él ordena adquirir por decenas para repartir entre sus generales, y con los que recicló su pasión por las

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novelitas soviéticas sobre la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial—; pero nada de un nivel más sofisticado, como las constantes lecturas de Fidel sobre Roma. De

cualquier manera, con más o menos tonelaje de sangre a su haber que se le achacan por indiscriminados fusilamientos, debemos aceptarle una simpática habilidad de hombre que sabe lanzar una mirada irónica sobre todo lo que le rodea. Recuerdo la ocasión en que escuchábamos una arenga de Fidel en la que apelaba a una conducta espartana y sobria de la población y el codazo con el que Raúl me subrayó su observación de que “ni te preocupes, que en el proceso cubano, la austeridad dura siempre muy poco”.

Esto último puede ser, al fin, una buena noticia. Esa cierta comprensión de Raúl por la debilidad humana habla de un hombre con el que se puede negociar. En definitiva, duro o flojo, sanguinario o no, la posibilidad de lograr la apertura sigue vinculada a la habilidad de los americanos —y de lo que quede de inteligencia en Miami— para tratar de acercársele sin emitir las señales equivocadas, sin obligarlo a que vuelva a

atrincherarse. Todo depende, en verdad, de la calibración. Nunca habrá apertura desde posiciones de debilidad para los cubanos. La perspectiva de hundir en el mar la isla antes de entregarse es la única verdad de la Revolución Cubana. Denlo por seguro.

Y que Raúl sea el hombre con el que iniciemos el diálogo, depende por lo pronto, según sus propias palabras, de que sobreviva a la noticia de que el Comandante en Jefe ya no está entre nosotros.

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F

IDEL

:

U

N PUNTO DE VISTA

SÁBADO SÁBADO SÁBADO

SÁBADO

14

14

14

14

DE MAYO DE MAYO DE MAYO DE MAYO

,

,

,

,

2005

2005

2005

2005

Debió salir en La Tercera, de Santiago de Chile, el domingo 15 de mayo de 2005. Publicación objetada.

Me imagino que el principal escollo del gobierno chileno para enfrentar el actual diferendo con Fidel Castro y cómo lidiar con él sea una certidumbre quizá

desmoralizante: que al final haya que darle la razón. Pueden dar por seguro que, desde la perspectiva cubana, todo está viciado de origen. La palabra lidiar, para empezar, es la que está de más. Si alguien aquí no está loco es el presidente cubano, que ha dado muestras abundantes de racionalidad y pragmatismo en los últimos 45 años. Desde luego, no cree que una suerte de izquierda que tanto gusta de mirarse a sí misma como moderada y disponible para la negociación en cualquier frente, sobre todo si de negociar con los gringos se trata —como acaba de demostrar ahora mismo en Chile— tenga nada que enseñarle. Lo cierto es que apenas le da un voto de confianza y cree que con ella ha obtenido una victoria irrefutable sobre sus sempiternos enemigos, ésta hace que se le vaya como agua entre las manos. José Miguel Insulza está sobre la raya blanca pero, antes de cruzarla, saca su pañuelo blanco y decreta el empate. Ese es el movimiento que efectúa. Retomar un largo trecho desde su posición anotadora, tomar de la mano a Condoleezza Rice y llevarla a rastras hacia donde la cinta de la meta no había sido aún quebrada. Era la primera vez que Fidel lograba conjurar el embrujo de la omnipotencia americana en la Organización de Estados Americanos (OEA) y de pronto se queda como aquel personaje de Hemingway: el ganador que no gana nada.

Déjenme explicarles algo. Porque se trata de una guerra muy vieja.

Más que la descripción de ministerio de colonias —con la que Fidel se regodea a la hora de describir a la OEA—, la realidad es que su modus operandi la sitúa en un nivel inferior del escalafón: ciertamente, el traje de “ministerio” le queda grande. Hablando

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en plata (y ya es inevitable desde aquí comenzar a darle la razón a Fidel), la OEA no ha sido más, al menos ante el caso cubano, que una división —branch dirían los

americanos— de los servicios de inteligencia. Y no en un escalón muy prominente. Advierto que no se trata de quitarse el sombrero ante Fidel bajo los requerimientos de alguna clase de militancia y por lo tanto de transgredir el análisis. Se trata de hechos basados en información desclasificada de los propios Estados Unidos. Lo cierto es que la OEA estaba en el tercer lugar de prioridades cuando se preparaba la desgraciada invasión de Playa Girón. Al menos el 28 de enero de 1961, en la primera reunión de contacto del presidente John F. Kennedy con los oficiales de la CIA encargados de la operación, estos situaron el comprometimiento de la OEA en un incoloro traspatio de su proyecto. Primero, incrementar las actividades de la CIA en el campo de la propaganda, incrementar las acciones “políticas” (sic.) e incrementar los sabotajes, todo sin

descuidar los sobrevuelos de abastecimientos de armas para los insurgentes en la isla. Segundo, revisar las propuestas al presidente para activar el despliegue de fuerzas anticastristas en el territorio cubano. Y tercero, el empleo de la OEA para santificar a nivel de los gobiernos del área la próxima restauración contrarrevolucionaria en Cuba. Kennedy acabado de estrenar en la Casa Blanca y ya el río arrastraba el sonido de esas piedras.

Se pueden imaginar la excitación, la alegría, la manera en que Fidel disfrutaba el hilvanado de su batalla sobre la OEA a más de 40 años de aquellos avatares. Y la seguridad de su victoria. Además de que la iba a ganar sin comprometer en el teatro de operaciones una sola de sus fuerzas. Solo vicarios. Puros emisarios. Solo fuerzas delegadas. Hete aquí, sin embargo, que es el gobierno chileno el que se encarga inesperadamente de reacomodar su posición cuando ya toda la izquierda

latinoamericana —en la más exhaustiva gama de sus matices: moderada, radical,

francamente comunista, socialista, de centro, reformista— estaba arañando la presea. En ese sentido, no es nada difícil la tarea de entender la airada reacción de Fidel porque a ojos vistas la jugada de José Miguel Insulza fue totalmente gratuita e innecesaria, pese a que pueda argumentarse que fue el compromiso con la señorita Rice para obtener su aquiescencia, el compromiso de denostar al menos un tantito sobre ese asunto de la democracia en Cuba a cambio de retirar la candidatura del canciller mexicano Luis Ernesto Derbez, que era su último caballo de batalla. Insulza ya tenía la candidatura en su bolsillo y a Condoleezza solo le quedaba como reserva, si acaso, alguna empecinada maniobra de pataleteo (con la que hubiese, sin duda, magnificado —y de manera

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escandalosa— su desastre) cuando el ministro chileno desconoce al tropel de gente que lo había apoyado y se lanza en brazos del adversario que precisamente todos estos denodados hermanos del subcontinente creían haberse sacudido de encima. Ah, pobres hermanitos. Acababan de ver a Condoleezza avocada a ofrecer una crisis aún más honda en la OEA, sin un candidato posible y la incoherencia y vacilaciones de una larga pelea en una institución que de todas maneras se le había ido de las manos. Y, ah, pobre Fidel. Incluso esa larga pelea hubiese sido aún mucho más dulce que el disfrute de arrebatarles la presidencia a los candidatos de Washington.

No creo que haya que ser un Fidel Castro irascible y vociferante para sacar las garras ante declaraciones y conducta como las de Insulza. Pero la costumbre de la media es ya referirse a las complejidades mentales del cubano. Pero déjenme decirles que en casos como este sus tales complejidades son casi nulas. Es uno de los tipos más claros del mundo y casi que infantil sobre todo en lo tocante a su espíritu competitivo. Donde las cosas se complican —y esto lo he visto yo desarrollarse muchas veces— no es en su personalidad, si no en los receptores de sus ataques, que al no entender la simpleza del mensaje son ellos los que comienzan a darle una extraña carga a los embates que reciben de este político, de este veterano de tantas batallas. Yo recuerdo un día que Fidel se rió muchísimo en una de las habitaciones del hotel Habana Libre —el antiguo Hilton— reservadas para los cabildeos de la dirigencia cubana en el transcurso de la ya legendaria Conferencia Tricontinental de 1966, a la que asistieron líderes

revolucionarios de todo el mundo, cuando le preguntó a Luis García Guitar, su

embajador en El Cairo, qué era lo que pensaban los árabes y cuáles eran sus ambiciones para ese cónclave, a lo que García Guitar le respondió que, sencillamente, no sabía. “Pues yo no lo sé, comandante”, dijo. Lo que al presidente Osvaldo Dorticós, allí

presente, le pareció una respuesta insólita, sobre todo viniendo del embajador en aquella posición clave del mundo árabe, por lo que le espetó que la respuesta le parecía

“demasiado simple”, a lo que el rechoncho embajador nuestro —era muy rechoncho, una sólida mole de baja estatura— le respondió: ¿Y no será acaso usted el que lo complica todo, presidente”. Esto provocó un ataque de hilaridad de Fidel y sirvió para que durante casi todos los días de la conferencia se estuviera refiriendo a Dorticós como el Presidente Complicado.

También es cierto que nunca ha habido un verdadero lenguaje de entendimiento entre la Revolución Cubana y Chile, incluso desde tiempos anteriores a Salvador

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en las relaciones diplomáticas, como supuestamente deben ser éstas en un mundo civilizado y que se le supone cada día una tendencia más aguzada a la negociación, y el crudo desenfado de la contingencia revolucionaria. No me tomen a mal. En definitiva la ambición cubana no deja de ser más novedosa y de convocar los aires de la aventura. Pero con Allende tampoco hubo la facilidad de un lenguaje de acceso directo. No lo hubo siquiera cuando al gobierno de la Unidad Popular se le abrió la perspectiva de obtener grandes cantidades de armamentos pesados —tanques, artillería, quizá aviación de caza— directamente de la Unión Soviética. Lo cierto es que cuando Fidel estuvo en posesión de los informes que indicaban que ya había movimiento de la flota mercante soviética con los primeros tanques y piezas de artillería rumbo a Chile, comenzó a sabotear el plan. ¿Armamento soviético en su propio patio sin que él participara en la transacción? Ni pensarlo. Además, los soviets significaban en ese momento una opción de “civilidad”, nada que se pareciera a un quebrantamiento de las leyes internacionales, o a una subversión del orden, ni siquiera dentro de Chile. Hasta los militares chilenos —en pocas semanas devenidos sangrientos golpistas— se hubiesen entusiasmados con esas formidables máquinas de combate T-60 en sus polígonos.

Querer hallar una respuesta al actual desaguisado chileno-cubano en la

hipersensibilidad o un supuesto síndrome sicopático de Fidel Castro es un error, o por lo menos echarle la culpa al bando que se ha visto defraudado. Bueno, más que error, una

perdedera de tiempo —como dicen los cubanos. Por ahí no se va a ningún lado. Y la

tesis de que la embestida de Castro contra Insulza tras sus negociaciones con Condoleezza Rice en buena medida se ajusta a un guión casi preestablecido, guión según el cual Cuba debía haber dado por sabido la concesión de Insulza e, incluso, aceptarla de buen grado, como muestra de madurez política, es inadmisible para el estadio regular de asimilación de la mentalidad castrista.

I

NNECESARIO TODO EN LA HORA DE UNA VICTORIA

Si a alguien se lo debía Insulza —y el presidente Ricardo Lagos— era a Fidel Castro, que se equivocó también al pensar que al final Insulza no actuaría como un atildado y gentil diplomático dispuesto a tenderle a los americanos un conteo de protección. Al virarse en contra de Fidel —y de sus combativas huestes— para hacerle el favor a Condoleezza y a la administración Bush, obligaron la respuesta inmediata del guerrero. Mal momento para Insulza equivocarse.

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Fidel está haciendo un uso muy productivo de sus últimos años. Y de la información acumulada.

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Han perdido mucho tiempo y han sido muy torpes, por no mencionar la falta de independencia y escasez de imaginación. La última oportunidad de restauración contrarrevolucionaria la perdieron hace tantos años —en las arenas de la batalla de Playa Girón (1961)— que es ya un recuerdo de abuelitos. Quizá aún les quedara una reserva de energía a la caída del campo socialista, cuando pusieron todas las esperanzas remanentes en un supuesto efecto dominó que daría cuenta —¡al fin!— de su Némesis. Los menciono para empezar porque son ellos los que intentan gobernar en Cuba

después de la muerte de Fidel. Ustedes sumen todos esos años para que sepan el tiempo en que perdieron el contacto con la realidad cubana. La sola proposición de esa apuesta es además de obscena, ridícula. Después de tantas bombas y cañonazos, ahora hay que esperar a que Fidel Castro se muera en su cama —me imagino que enfundado en sus pijamas de seda negra pero con las botas puestas (ojo, parecen las de campaña de uso regular del Ejército, pero son de factura italiana y fabricadas a la medida). Desaparecido desde hace rato el carismático Jorge Más Canosa, los candidatos de la propuesta del exilio son a duras penas reconocidos por unas docenas de habitantes de la isla. Ni qué decir de sus programas políticos aparte de que quieran recuperar —si aún estuviesen en pie— sus viejas pocilgas. Muy difícil para quienes han pateado (es una forma cubana de expresión deportiva) a los americanos, tragarse el cuento de los que no dan un paso sin saber qué pensará la CIA. Además de que, en el campo de la sociología, sería como un

ritornello perfecto: ellos, que establecieron las condiciones de asfixia y opresión que dio

lugar a la Revolución Cubana, regresarían para devolvernos a la situación equivalente. Así que, para responder a la famosa pregunta de que qué diablos pasará después de Fidel, la respuesta inevitable es virarnos hacia donde se halla el único candidato visible y posible… en la isla. Raúl Castro. Con él, desde luego, no cuentan en Miami. Por eso la premura por destruirlo de antemano, asesinarlo, meterlo preso, a galeras, condenarlo

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en La Haya, acabar con él, en suma y a como de lugar. O díganme ustedes qué posibilidades le quedan a unos futuros presidentes de Cuba que dicen llamarse Carlos Alberto Montaner, Carlos Saladrigas o Lincoln Díaz-Balart. Escollos de diversas índoles se les presentan en su camino de ascenso al poder. El primero es que Fidel (él aún no ha fallecido, recuerden) solo habla de gobierno a gobierno con los Estados Unidos y no con estos mandarines provinciales. Y que ha tenido la sabiduría en los últimos años de convertir a Cuba en el país más estable del área. Pregúntenle si no a Bush cuánto él agradece tener ese frente cubierto. Es más, pregúntenle qué no está dispuesto a hacer y ofrecer para que se mantenga en esa calma. Segundo, que el

hipotético candidato, Raúl Castro, se encuentra ya, de hecho, en el poder. Pueden sacar esta cuenta, muy sencilla. Después de casi medio siglo de gobernar en las peores condiciones posibles y de haber sobrevivido a atentados, guerras civiles, amenazas atómicas, invasiones americanas, guerras sucias, si hay un grupo preparado en este mundo para continuar con las riendas de mando atrabancadas en su puño, son estos cubanos. Nada parece perturbarles, nada los apremia. En el peor momento de su existencia como líder, después de la desaparición de la Unión Soviética, cuando gobernantes de todo el mundo hacían coro para aconsejarle a Fidel las más disímiles fórmulas de retirada, él optó —son sus palabras— por escucharles “con la sonrisa de la Gioconda y la bíblica paciencia de Job”.

Se discute mucho sobre la capacidad de Raúl para gobernar en ausencia de Fidel. Bueno, el argumento no camina porque de una u otra manera él está al frente de las principales tareas del Estado cubano desde hace años y lo que estamos viendo en acción, ahora mismo, es su gobierno. Esa gente que se ha quemado (otro decir cubano, éste por comprometerse) es el gobierno de la sucesión. O de la continuidad. O como se le quiera llamar.

Luego, si hay transición o hay cambios, más o menos depende de la inteligencia del aproche y de que no exageren la presión. En definitiva, tampoco esto no es nuevo ni les asusta, porque allí hay cambios y movimiento todos los días, e incluso Raúl ha reiterado públicamente la invitación de hacerlo en vida de Fidel, consciente de que el carisma y presencia de su hermano haría las cosas mucho menos traumáticas. Olvídense de que Raúl vaya a precipitarse en una carrera de sinecuras e intercambios con el enemigo que solo serviría para debilitarlo y terminar como Saddam Hussein; de ahí la validez de su propuesta de actuar en presencia aún de Fidel, puesto que solo él puede permitirse un incremento de la velocidad. Es una desgracia que suela olvidarse con frecuencia que los

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clásicos, de Lenin a Sartre, nos han enseñado que si hay algo flexible y capaz de avanzar, al igual que retroceder, es una revolución.

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O SOLO EL PODER Y LA GLORIA

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Debió salir en Qué Pasa, de Santiago de Chile, el sábado 20 de mayo de 2006. Publicación objetada.

Una vez, en Angola, el general Menéndez Tomassevich al hacer un alto en sus correrías tras el líder rebelde Jonás Savimbi y echar una ojeada a su paquete de correspondencia —en su caso servido en valija diplomática— que incluía algunos ejemplares del periódico Granma, supo a través de la transcripción de un discurso de su Comandante en Jefe que el ingreso de divisas de Cuba se hallaba en su nivel más bajo. El viejo Tomás —como llamábamos al general—, un revolucionario emotivo y fácil para producir golpes de efecto, dispuso de inmediato que se extrajeran 2 millones de dólares de la reserva especial de cinco millones de las tropas cubanas y se le enviaran a Fidel en La Habana. La respuesta a la supuesta buena acción no tardó 72 horas en llegar a

Luanda. Llegó en forma de un cifrado. Y venía firmado por el ministro de las Fuerzas Armadas. “Tomás —decía Raúl Castro—: ¿Y a ti quién te autorizó a regalar mi dinero?”

Mi dinero. Su dinero. Bueno, la anécdota debe poner en perspectiva la muy

particular relación que se establece con el dinero en la Revolución Cubana. Una relación que comienza y termina ahí mismo: en los dos hermanos. Y que está determinada por la visión de plantación con que manejan el país. Todo lo demás son unas pequeñas a la vez que herméticas estructuras que efectúan las transacciones y llevan los estados de

cuentas. Aclaro que en todo momento cuando hablo de dinero me estoy refiriendo a dólares, a divisas, a moneda libremente convertible, a la platita que ha destapado el último escándalo sobre las supuestas intimidades de Fidel Castro (¿qué otras

intimidades pueden quedarle a los 80 años que no sean crímenes y fortuna?) expuesta en un reportaje de bastante dudosa factura de Forbes, y no a lo que el común de los

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cubanos llama “chavitos” y que es la moneda de su uso corriente y solo aceptable para adquirir artículos de primera necesidad. A decir verdad, lo llamativo en este caso no es el reportaje (es la segunda o tercera vez que le achacan al cubano una montaña de dinero semejante) sino la virulencia del contraataque de Fidel, inexplicable en alguien con una piel tan dura. La reacción desde La Habana debe tener desconcertados a los editores de

Forbes, tan acostumbrados como estaban a esa invectiva anual, y especialmente porque

no deben tener la menor posibilidad de probar su aserto.

Fidel nunca deja huellas porque todo se produce y manifiesta por el Estado. El principio —quizá, de tanto repetirse, haya perdido toda noción de objetividad— es que Fidel lo maneja todo como su finca. Desde un botón de camisa que se importe de China hasta el último millón de dólares que ingresen por una venta de habanos, no solo es de su conocimiento sino que necesita de su aprobación. Igual que ahora maneja los ingresos que le reporta el petróleo de Chávez, así manejaba los excedentes de petróleo soviético que lograba situar a su favor en el mercado internacional. A la hora de distribuir, él, desde su oficina en el Palacio de la Revolución, se encarga de preguntar cuánto hay disponible. Luego procede a repartir “los buchitos” —es el lenguaje. Tanto para tal ministerio, tanto para el otro. Esto es, fíjense bien, en cuanto al dinero que ingresa al Estado de manera regular y santificado por el comercio más ortodoxo — “limpio de polvo y paja”, como también es el lenguaje. Hay otros dineros, desde luego, que tienen un origen “colateral”, por llamarle de alguna manera al que es producto de cualquier negocio reprobable o de origen no apto para la publicación. O que surge de las muchas donaciones, por ejemplo, que sus socios políticos del Medio Oriente deciden hacerle. Cooperaciones, como se les designa, con la mejor buena fe. Ese es un dinero que siempre aterriza en efectivo en Cuba y que de la misma forma se envía para bancos de Europa —digamos en Alemania o en Suiza—, pero cuyas casas matrices están a su vez fuera de esos territorios —digamos, en España. Esas son las cuentas, que aunque no se encuentran a nombre de Fidel Castro, son de Fidel Castro. Los negocios vienen de muy lejos, desde las primeras semanas del triunfo revolucionario, cuando la conocida “madrina de la Revolución” Celia Sánchez mandó a depositar dinero para Fidel en Suiza. Quizá no haya existido una persona más incondicional de Fidel, desde la época de la Sierra Maestra. Y ese imperio de poderes subterráneos comenzó bajo su atenta mirada. Por lo demás, son estos los bancos que mantienen al día a Fidel de una inmensa y preciosa información sobre los movimientos bancarios internacionales. Es obligación puntual mantener informado a un cliente de esa importancia.

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En el orden interno, Fidel contó desde principios de los 80 con Emilio Aragonés —un capitán de milicias, obeso y sibarita, que hizo méritos en la lucha clandestina contra Batista—, a quien puso al frente de uno de sus más productivos frentes: el Banco Financiero Internacional (BFI). En un principio, éste había funcionado como una filial de la llamada corporación CIMEX, un invento a medio camino entre las operaciones de inteligencia y la necesidad de generar algunos dólares fuera de las rígidas estructuras estatales y a su vez funcionar como una empresa capitalista. El coronel José Luis Padrón, miembro del Alto Mando del Ministerio del Interior y un héroe de la guerra de Angola, fue puesto al frente de CIMEX, tarea que dividía con la jefatura de las

empresas turísticas y las delicadezas de las relaciones con los Estados Unidos. El chileno Max Marambio, “Guatón”, jefe del GAP (Grupo de Amigos del Presidente), la escolta de Salvador Allende, y reciclado en Cuba como oficial de la Dirección General de Operaciones Especiales, fue nombrado su delegado en CIMEX, mientras que el silencioso, enigmático comandante Ramiro Valdés, ministro del Interior, supervisaba. Se le achaca a Marambio haber obtenido un modesto capital inicial de 70.000 dólares, a través de unas amistades suecas, para comenzar la operación, y también sus éxitos iniciales. Me he detenido en estos cuatro personajes porque puede decirse que, en lo esencial, la estructura del movimiento con las divisas de Fidel en su forma actual comenzó con ellos. El caso es que pronto necesitaron de un banco y que la única institución cubana de esa clase existente —el Banco Nacional de Cuba, una especie de Oficina del Tesoro Nacional, en cuya silla de ejecutivo principal se sentara una vez el Che Guevara— resultaba incapaz y sin empuje alguno para afrontar una transacción fuera de la mecánica “socialista”. Fue cuando surgió el BFI, primero como una

dependencia del propio CIMEX y luego como institución independiente. El caso es que a Fidel no le gustó nada la idea de que estos “muchachos” de CIMEX empezaran en el juego de trasegar ellos con bancos extranjeros. Desde entonces, el BFI trabajó como un banco privado, a través del cual las instituciones estatales cubanas obtienen cartas de crédito, aunque establece como norma inflexible para respaldarla el pago de un 5 % de interés. El mismo Banco Nacional de Cuba debió recurrir al capitán Aragonés para que le garantizara sus créditos y lo ayudara a salir del atolladero de algunas deudas.

Advierto que no todo fue sonrisas con este grupo de fundadores. El más golpeado ha sido José Luis Padrón. Un día del verano de 1986 Fidel lo llamó para que le llevara 20 millones de dólares en efectivo que necesitaba para “un compañero gobernante de las islas del Caribe”. Fidel le había dicho a José Luis que mantuviera siempre sin tocar 20

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millones de CIMEX en las arcas del BFI. José Luis, por su parte, había creído

conveniente jugar a la bolsa y puso a correr ocho millones en esa aventura, por lo que solo disponía de doce millones. Del primer rebote, José Luis fue a dar al Amazonas, como participante de una expedición en canoas rústicas que debía develar los conocimientos de navegación de las sociedades precolombinas en una tirada de dos años, dando remo y comiendo caracoles —cuando los hubiese— desde los andes peruanos hasta la isla de La Española.

A principios de los 80, surgieron otras fuentes de divisas, colocadas

indefectiblemente bajo la sombrilla de la Seguridad del Estado y que por tal razón se les asociaba de forma automática con Fidel. La más celebre de todas, MC, un departamento de la Dirección Z (o “Ilegales”) de la Inteligencia cubana, surgió como un

desprendimiento de CIMEX, para crear cualquier clase de negocios en países cercanos a Cuba que le brindaran cobertura económica así como “fachada” de comerciantes, a los agentes cubanos en sus destinos de matarifes o informantes en los países del área, al frente del cual se designó al coronel Antonio de la Guardia, uno de los oficiales

emblemáticos del aparato de Seguridad, que pese a todo terminaría fusilado como chivo expiatorio de Fidel cuando éste requirió sacudirse de la acusación de narcotráfico. Pero es una hipótesis en muchos casos aventurada que el florecimiento de los negocios en dólares partiera de la iniciativa personal de Fidel. En realidad, se trataba también de negocios que se creaban dentro de las propias oficinas de la Seguridad, como resultado de los intereses de grupos que desarrollaban, y en otros eran de civiles que se ponían al amparo de la Seguridad para poder actuar. El más celebre de esta galería es Héctor Carbonell Méndez, alias “El Güiro Carbonell”, que descubrió el formidable método de hacer algunas compras con amigos panameños para surtir los artículos de las tiendas de turismo habaneras y le enviaba paquetes de dinero con una parte de las ganancias al general José Abrantes, el ministro del Interior nombrado en 1985. Por lo cual se ganó el inmediato aprecio del respetable general y una posición de intocable… aunque no intocable de forma permanente, porque tanto a Abrantes como al Güiro se les defenestró sin miramientos y condenó a penas de cárcel en el año 1989, cuando Fidel necesito a su vez sacudirse de aquel Ministerio del Interior de nuevos ricos y proclamó que sus integrantes, a partir de entonces, tenían que ser como “mirlos blancos”, así de puros los concebía. En pocas palabras, no solo mirlos y no solo blancos, sino también sin un dólar en sus bolsillos.

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Es indudable que la tenencia de divisas en las fuerzas revolucionarias ha devenido en una especie de marca de cenizas que te puede llevar, más temprano que tarde, al patíbulo. Vean el caso de Carlos Aldana, el todopoderoso secretario ideológico del Partido Comunista, cuya carrera política resultó destruida para siempre por la acusación de tener a su nombre una tarjeta de crédito de matriz panameña. Pocos se han salvado del escarnio, como es el caso de Abraham Maciques, durante largos años jefe de una tienda de cadenas en dólares y del exclusivo Palacio de las Convenciones de La Habana. Otro afortunado es Rodolfo Fernández, a quien se le conoce como Rodolfo Conaca, por la primera oficina bajo su mando al triunfo de la Revolución (Comisión Nacional de Acueductos y Alcantarillados) y que se dedica a las compras de artículos de consumo personal de Fidel (incluida las gabardinas españolas de sus uniformes) desde mediados de los 60, y que parece estar a salvo de cualquier proceso inquisitorial en virtud de la confianza depositada por Celia en él, y a la forma casi mística en que Fidel conserva las cosas relativas a Celia desde su muerte en 1980. Al menos, en lo que se refiere al círculo cerrado de Fidel, lo más saludable es mantenerse alejado de las divisas. Que él siga repartiendo y organizando los buchitos. Carlos Lage, con el cargo de vicepresidente del Consejo de Estado, es por lo pronto el hombre a cargo de llevar el dinero líquido en esa oficina, y únicamente a Fidel está en la obligación de reportarle. Queda alguien, sin embargo, fuera del control financiero del Jefe y que hace muchos años está

amontonando una fortuna fuera de Cuba. Se supone que la atesore en países tan inocuos como Ecuador o Italia, donde también debe haber dislocado personal suyo en espera de un eventual exilio de la segunda familia real cubana. El coronel Luis Alberto Rodríguez, el joven casado con Deborah Castro Espín, la hija mayor de Raúl, y cuyo alto rango militar no responde —como se pueden imaginar— a su participación en ninguna batalla, lleva los negocios de la familia desde una llamada “área de inversiones de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en moneda libremente convertible” y que tiene bajo su control una extensa cadena de hoteles y tiendas de artículos para turistas. De seguir así la actividad, quién quita que el próximo año Forbes incluya a Raúl en su lista.

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[UNA ENTREVISTA DE PEDRO SCHWARZE]

—¿Cuáles son los hitos de la infancia que definieron a Castro hasta hoy?

—Los primeros choques sociales de su vida comienzan en el período en Santiago de Cuba, en el colegio La Salle. Lo llamaban "judío" porque sus padres no estaban casados por la Iglesia. Pasó mucho tiempo hasta que Ángel (Castro Argiz, su padre) se divorció de la mujer anterior y se casó con Lina (Ruz González, su madre). Incluso hay un sacerdote que abofeteó a Fidel en algún momento y eso lo marcó notablemente. Se produce un cambio muy positivo en su vida cuando Lina se casa con el viejo Ángel y lo trasladan al colegio Dolores de Santiago de Cuba, que era de los jesuitas. Su encuentro con la disciplina militar y con el sentido misionero que lo va a acompañar toda su vida, comienza en el colegio Dolores, donde se hizo un estudiante devoto y un gran jugador de básquet. Después hace el Bachillerato en el colegio Belén, que era probablemente el más importante de Cuba en los 40 y 50 y también era jesuita. El encuentro decisivo de su juventud —como lo será después en la universidad su encuentro con el comunismo— fue con la Compañía de Jesús. Es el momento definitorio de su carácter y personalidad. Castro pudo haber terminado como Papa. Si no se encuentra con el comunismo en la universidad, seguro termina en Papa o como un cardenal revolucionario.

—Algunos han comentado que Castro se parece mucho a Juan Pablo II en su perfil autoritario, en su obstinación, en tirar el carro contra la corriente mundial.

—Fidel no tira del carro en contra de todo el mundo. Además, ¿quién es primero en la arena internacional: Juan Pablo II o Fidel? Debiéramos comparar a Juan Pablo II con Fidel y no al revés. Decir que va en contra de todas las cosas puede significar que es un hombre obstinado, y Fidel no es un hombre obstinado. Una muestra de que no es un hombre obstinado es que lleva 47 años en el poder. Un hombre obstinado hubiese sido quebrado fácilmente. Fidel es un hombre muy inteligente, pragmático, con una

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capacidad de maniobra extraordinaria. El Papa, en cambio, está montado sobre una estructura mucho más celosa y rígida que la de Castro. Fidel tiene que responder a una dinámica más violenta y rápida. Como todo gran hombre en la historia, Fidel toma cosas de todas las escuelas posibles lo que le conviene, y tomó algunas de la Iglesia Católica, como el sentido misionero y el sentido de organización militar que le dieron los jesuitas.

—¿Cómo era la relación de Castro con sus padres?

—Lo primero que hizo Fidel fue quemarle los cañaverales al padre en medio de la guerra en su hacienda. También hizo la reforma agraria en su finca en Birán. Siempre ha demostrado que él está por sobre la familia. Eso no quiere decir que no tenga una

familia, porque la tiene, ni que tenga una vida familiar secreta... —¿Pero cómo era en su infancia con su padre y con su madre?

—Hay muchas anécdotas, como, por ejemplo, cuando amenazó con quemar la casa si no lo mandaban a La Habana. U otra vez que necesitaba dinero, el padre no se lo quiso dar y quemó otra cosa. El violentaba las acciones, pero era un mundo también muy violento, donde los padres la ejercían también sobre sus hijos. El padre de Fidel era un gallego casi analfabeto que había extendido todo su latifundio a costa de irle

corriendo la cerca nada más y nada menos que a la United Fruit. Era un mundo al borde de la delincuencia y de la violencia, donde el primer regalo que le hicieron a Fidel —que se lo hizo su hermano Ramón— fue una pistola. Vistas desde la perspectiva urbana del mundo de hoy, pueden parecer horroríficas, pero en ese mundo no.

—Se dice que Fidel es un gran seductor con las mujeres. ¿Es así o es más mito que realidad?

—Es un señor seductor. Les hacía poemas a las mujeres cuando se enamoraba. Le encanta seducir y enamorar a las mujeres. Eso es muy cubano y español. Pero a su vez mantiene a su familia en reserva. La cubre con el argumento de la seguridad, lo que es cierto, pero lo principal es que no mezcla a su familia con el resto de la gente.

—Más allá de las mujeres, ¿con qué tipo de personas le gusta estar a Castro? ¿Quiénes lo aburren?

—Lo aburre casi todo el mundo. El mundo que lo rodea, y que él mismo ha creado, es un mundo subordinado y entregado a su mando. ¿Cómo un hombre tan inteligente se rodea de gente tan inocua o de gente de tan bajo registro intelectual? Fidel no tiene a grandes intelectuales a su alrededor, y trata a los intelectuales con un cierto resquemor, miedo, precaución, como fue con Sartre. García Márquez, por ejemplo, es un hombre

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adocenado, doblegado ante Fidel. No creo que sea el tipo de intelectual que saque a Fidel de sus casillas, que sería el intercambio ideal. Un hombre muy inteligente necesita muchas contradicciones, muchos desafíos. A Fidel le gusta elaborar desafíos en

términos generales, en términos políticos globales. Pero en la relación personal no le conozco a Fidel mucha gente que lo contradiga.

—¿Y quiénes son sus amigos?

—Él no tuvo mejor amigo en su juventud que Alfredo "Chino" Esquivel, y le dolió muchísimo cuando Esquivel le dijo en 1960 que se iba del país. Fidel lo recibió 30 años después, en Cuba, y le regaló una caja de tabaco firmada. Cuando el Chino regresó, meses después, ya Fidel no lo recibió. El rompimiento de esas amistades lo hizo, más que un hombre solitario, un hombre blindado, a prueba de la soledad. Tuvo que escoger entre su vocación de ser humano y su vocación de líder de la Revolución Cubana. El no puede estar en la posición en que está y tener amigos.

Fuentes también cita el caso del general Arnaldo Ochoa, quien fue fusilado en Cuba el 13 de julio de 1989 junto a Antonio de la Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez. Todos habían sido acusados de "alta traición a la patria y a la Revolución", cargos que, según muchos analistas occidentales, escondían una purga interna de Castro para evitar que se produjera un proceso como la Perestroika en la ex URSS. Sobre Ochoa, Fuentes dice que "tuvo una relación muy estrecha con Castro, pero lo liquidó. El último gesto que tuvo con Ochoa, ya no de amistad sino de compasión, fue cuando lo cogieron preso y lo llevaron a una reunión con Raúl. Fidel esperaba que Ochoa confesara toda la mierda que estaba haciendo en Angola... pero no lo hizo. Fidel tenía una botella de agua mineral, y cuando le dijeron que Ochoa no había hablado, la reventó contra la pared. Fue más un gesto de fastidio, de compasión, que de amistad. Sabía que iban a fusilarlo en un mes".

—¿Cómo es la relación de Castro con su familia?

—Fidel tiene una relación de familia. Hubo un momento en que uno de sus hijos vio a un disidente en La Habana. El muchacho fue a la casa y empezó a preguntarle a Fidel por qué había tanto repudio contra los disidentes. Fidel le dijo que eran enemigos de la Revolución, y llamó por teléfono a Furry (Abelardo Colomé Ibarra), el ministro del Interior: "Oye, Furry, tengo aquí a mi hijo delante, ¿qué es lo que pasa con este disidente?". Furry le dio su versión, y Fidel dice que son unos cabrones. Colgó el

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teléfono, miró al hijo y le dijo: "Yo me imagino que tú no estarás viendo a esos disidentes". Eso quiere decir que Fidel hace una vida familiar. En otro momento había un tigrillo que habían traído de Nicaragua, que estaba en una jaula en Tropas Especiales. Antonio, su hijo, se puso a jugar con el tigrillo y éste lo arañó. En siete u ocho minutos entró el propio Fidel manejando el Mercedes hecho un demonio, en bata de casa y con la pistola al lado del asiento, cagándose en la madre de todo el mundo, diciendo que los animales son fieras y tienen que estar en el zoológico. Es la reacción de un padre y, a su vez, un dirigente, una mezcla de ambas cosas. No hizo nada más. Se dio cuenta de que todos los muchachos que estaba allí eran de la edad de su hijo, eran todos

irresponsables, unos chiquillos.

—¿Cómo se puede definir su relación con Raúl?

—Es una relación que Fidel necesita, que Fidel utiliza y que, para conveniencia de Fidel, es su hermano de sangre. Creo que Raúl ha conspirado más en contra de Fidel que Fidel en contra de Raúl. Pero Raúl no tiene el aliento ni el umbral personal y político de Fidel. Es un hombre muy inteligente y muy dedicado al trabajo, y eso le conviene a Fidel, que es un genio político.

—¿En la intimidad es una relación distante?

—No, Raúl ve a Fidel cada vez que quiere. Pero Fidel está en su pedestal, y no se baja de ahí ni para su hermano. Recuerdo que para un cumpleaños de Raúl, Fidel fue y le llevó unos camarones. Y Raúl le decía: "Ay Fidel, qué fáciles te han salido las cosas". Raúl siempre tiene un cierto resquemor. Ha estado obligado a jugar un papel de segunda con Fidel, toda su vida. Un papel para el que no estaba preparado. Eso ha creado un sentimiento de incompatibilidad entre los dos hermanos que a Fidel le importa un carajo. Esa relación de hermandad que tienen muchos no existe entre Fidel y Raúl. Fidel no la tiene con nadie. Es algo que se proclama para crear una imagen represiva en el país, pero entre los dos no hay nada. Los exilios de Raúl son anuales. Cada vez que tienen una gran bronca, Raúl se va a la sierra. Pero es algo que solo puede hacer Raúl. A Fidel, Raúl siempre le va a llevar la cuenta de que entre él, el Che y los americanos lo empujaron a él al comunismo. Ese no era el plan inicial de Fidel. Es demasiado inteligente para eso.

—¿Cómo se sabe cuándo Fidel está enojado?

—A Fidel nada lo detiene. Puede reírse o estallar. Es uno de los mejores alumnos de Maquiavelo, quien se pregunta si es preferible ser temido o amado. El que ríe mucho es un hombre amado. El que estalla es un hombre temido. Por supuesto que Fidel

Referencias

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