MIÉRCOLES MIÉRCOLES MIÉRCOLES
MIÉRCOLES
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DE JUNIO DE JUNIO DE JUNIO DE JUNIO,,,,
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En sus pocos meses al frente del gobierno cubano, Raúl Castro se ha homologado dos errores de apreciación, que hubiesen sido insólitos bajo el mandato de su hermano Fidel. Ambos yerros demuestran de manera abismal lo que separa a los dos Castro en sus conceptos de lo que es una Revolución. O al menos de su metodología. Ambos develan que, mientras Fidel ha sido siempre el revolucionario implícito, apasionado, natural, Raúl Castro ha navegado en las aguas de una ortodoxia comunista, más apegada a los márgenes sociales y económicos preestablecidos que a una ambiciosa premura por quebrar todas las fronteras. Si bien uno pudo llevar de la mano, firme, la Revolución, el otro no hubiese superado la base del viejo Partido Socialista Popular. Uno tiende a pensar que tantos años al lado de Fidel, capeando tormentas y desgracias, lo habrían enseñado. Uno se imagina los pequeños conciliábulos secretos, de entrenamientos al oído, al estilo de Don Corleone con su hijo Michael. Los acontecimientos están demostrando que si tal cosa ocurre, Raúl Castro no escucha. Malo para Raúl. Y sobre todo malo para la Revolución. Un proceso que en todo momento se ha distinguido por el uso de la imaginación, no debe caer en manos de una ortodoxia rampante y estólida. Quizá Raúl haya sido bueno en estos meses para manejar con bastante tino la
propaganda exterior, llevar y traer a Chávez y otros dignatarios, buscar y traer médicos españoles de renombre para dejar en la estacada del más absoluto ridículo a la CIA, y todo mientras se mantiene a la sombra, porque —ojo—: no se equivoquen, si algo él sabe hacer muy bien es conspirar. Pero en lo que no alcanza a Fidel es en su inspiración. La conspiradera es necesaria, inevitable, y Raúl es un maestro en sus artes. Pero donde Fidel nunca habla por hablar es en el papel de las masas, en el baño de pueblo que ese proceso necesita darse en forma continua. Mientras la gente salga a la calle para
viendo— es hacia todo lo contrario. Es una peligrosísima tendencia que se dirige sin ambages, por gravedad, a la creación de una dinastía.
Así, pues, paso revista rápidamente al primer error. Es la bronquita que Raúl animó hace pocos meses con los intelectuales del patio, cuando revivió los fantasmas de algo que se ha dado en llamar “quinquenio gris”, que se le supone un período de represión cultural de principios de los 70, en el que le hicieron la vida cuadritos a los intelectuales cubanos, sobre todo a los de filiación homosexual (es decir, un buen número de ellos). Represión cultural, a la vez que sexual ¿no? Con la colaboración de su viejo amigo Alfredo Guevara, con el que creyó posible producir una perestroika de fácil control y aislada de otras posibles contaminaciones, Raúl dio la luz verde. Guevara —“un marica tan cobarde que se va a morir con el culo entero”, al decir de Nicolás Guillén— era sin duda el hombre adecuado para la tarea de conducir esta nueva revolución dentro de la revolución y cuyos dividendos dentro de la intelectualidad internacional se dieron por descontados. Error fatal. La bronquita se les fue de las manos de inmediato, y al no haber contado con la existencia de la Internet, enseguida otros represores en potencia y absolutamente declarados como los nuevos funcionarios gubernamentales, los viejos homosexuales reprimidos de ayer pero ahora en el poder, se desbarrancaron a dar gritos y sobre todo a agenciarse en un santiamén —¡miren que son buenos en el
proselitismo!— el apoyo de todos sus aliados en el exterior. El error que nunca hubiese cometido Fidel. Iniciar una provocación que solo afecta a un grupo reducido de la sociedad y con características demasiado fáciles de identificar y de que se abroquelen instintivamente para defenderse. Es imposible que al gran provocador que es Fidel Castro se le hubiese ocurrido semejante tontería. Imagínenselo, al despertarse de su lecho de post operatorio, y ver en su primera sesión de lectura de cables que el tema de conversación internacional sobre Cuba era la reposición en vitrina de los fantasmas de una bronca que él había controlado maravillosamente desde fines de los 60 y de la que se había servido a su antojo. De pronto, todo el ámbito cultural mundial se veía
conmovido por aquella resucitación, a cerca de 40 años de distancia. Fidel debe haber acabado con Raúl. Tiene que haber agotado los decibeles que le permitieron su
condición quirúrgica. Yo he medido su proceso de cura por el tiempo que esto demoró en apagarse. Se acabó la perestroika nacional. Fidel está curado. Sus viejas y bien concebidas provocaciones —que han sido constantes y de las que ha vivido esta Revolución desde su inicio— son para respuestas masivas, en gran escala, y tiene que tener resonancias en todas las capas de la sociedad, o que afecte a la mayoría de ellas.
En sus batallas revolucionarias, ha de participar todo el pueblo, o si no ¿de qué estamos hablando? Recuérdense la teoría de Jean Paul Sastre apenas desembarca en Cuba en 1960. La del contragolpe. Enunció lo que quizá sería la observación magistral de la Revolución Cubana, de su mecánica de conducción y que finalmente devino el aviso de sus verdaderos peligros. El contragolpe. Contragolpe a las acciones de los enemigos. Pero si esos golpes del adversario no existieran, quedaba la opción ¡de inventarlos! Y ya esto echa algo oscuro e inestable en el caldero de las interrogantes: cuántas de las
“agresiones” imperialistas no fueron en realidad fabricadas por la misma Revolución, si no instigadas por ella.
Una observación final sobre el punto. Alguien aquí no mide las consecuencias, obviamente. Al menos alguien debe advertirle a Raúl de —a la hora de sus impulsos perestroikianos— su diferencia esencial con Mijail Gorvachov. Que Gorbachov no tuvo un solo fusilado.
Y ahora el segundo error. Desde luego, la muerte de Vilma Espín.
El propósito explícito desde el principio, apenas una hora después del fallecimiento de Vilma a las 4:14 PM del lunes 18, fue la de producir las ceremonias fúnebres en privado y el entierro de sus cenizas en una fecha por decidirse. “Atendiendo a su voluntad, la compañera Vilma Espín ha sido cremada”, dijo una tétrica línea del obituario oficial, expedido apenas dos horas después de la hora señalada, es decir —aceptando como ciertos los propios datos de la prensa partidaria—, no esperaron mucho tiempo para llevarla al crematorio. Hubo una marcada voluntad por acelerar las cosas. Todo en un bajo perfil de acuerdo al método empleado por Raúl desde que comenzó a gobernar. ¿Por qué un error? Porque no vinculó a Vilma con el símbolo que ella realmente era. Una mujer nunca altisonante, guapa, genuina, madre hacendosa, había sido durante casi medio siglo la primera dama de la Revolución Cubana. Y cumplió esa tarea de modo ejemplar. No hay un solo escándalo, de ninguna especie, en la Revolución Cubana, que esté asociado a Vilma. Solo, quizá, un exceso de ingenuidad femenina y de muchas maneras una subordinación sin debates hacia su marido —el mismo Raúl Castro de referencia—, pese a ser ella de manera ininterrumpida durante casi medio siglo la presidenta de una organización llamada a la plena emancipación de la mujer: la Federación de Mujeres Cubanas.
Deben saber que en el episodio subyace una antigua divergencia de criterios entre Fidel y Raúl. Desde principios de los 80 Raúl se propuso disolver dos organizaciones —de las llamadas “de masas” en Cuba—: la Federación de Mujeres y los Comités de
Defensa de la Revolución. Raúl las contemplaba como instrumentos que perdían su contenido en otros tiempos valiosos y que ya se convertían en estorbos burocráticos, y en anomalías de una sociedad que tendía a la “normalización”. Fidel, desde luego, se opuso con fuerza a un proyecto a todas luces descabellado en un entorno que toda aceleración a la normalidad era la muerte del proyecto revolucionario. La estabilidad, según la óptica fidelista, es el equivalente inmediato a arriar las banderas de combate. Suerte envidiable de una generación de revolucionarios que Fidel durara tantos años. Y es por aquí que uno entiende ese afán de Raúl —quién sabe si inconsciente en él— de crear su propia dinastía. ¿Qué otra forma tiene de proteger a los suyos? El fallecimiento de Vilma es una abrumadora señal de que el tiempo se está acabando.