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DE AGOSTO DE AGOSTO DE AGOSTO DE AGOSTO,,,,
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A diferencia de Manuel Urrutia; el primer presidente instalado en ese puesto por la Revolución —y que duró apenas unas semanas en el cargo, empeñado como estuvo en luchar contra la prostitución y el juego sin que se dispusiera entonces de reemplazos ocupaciones y de una velada campaña anticomunista—, de Osvaldo Dorticós —que desde el desfenestre de Urrutia y hasta el primer congreso del Partido en 1975 y luego de algunas reprimendas a Fidel y la vieja guardia comunista sobre la redacción de la constitución socialista—, y de su propio hermano Fidel —que duró en el cargo hasta la semana pasada y que una diverticulitis ha obligado a soltar sus títulos oficiales—, es indudable que Raúl Castro ha sido, de los cuatro, el que más tiempo ha tenido para prepararse, así como que será el de menos tiempo de vida disponible para ejercer el cargo e imponer sus modelos de gobierno. Digamos que esta muy bien entrenado, desde que fundó el llamado Segundo Frente “Frank País”, una especie de república de bolsillo en el valle intramontano de Mayarí, al norte de Santiago de Cuba, durante la lucha guerrillera contra Batista. Desde entonces mostró su genio organizativo y hasta una sorprendente capacidad productiva, puesto que era el frente guerrillero mejor alimentado y vestido, donde no se presentaban problemas de abastecimiento, con administración territorial y un adecuado sistema de cobro de impuestos. En fin, que ninguno de los tres abogados que ocuparon el puesto tenía su experiencia, siendo Raúl el único con verdadera competencia de gobernante al triunfo de la Revolución. Luego, el transcurso de todos estos largos e intensos 47 años a la sombra de Fidel, aunque siempre manteniendo como una especie de legado feudal del Segundo Frente su autoridad e independencia sobre las Fuerzas Armadas Revolucionarias, otra vez con estructuras económicas aparte de las del resto del país e incluso manejándose con una filosofía de trabajo diferente al resto de la organización socio económica nacional.
El tema de discusión actual, apenas inaugurado en la posición, es —sin embargo— si dispondrá de los recursos políticos y el apoyo necesario en las estructuras partidarias y militares para cumplir su misión. Esto deriva de inmediato en la tendencia a
compararlo con el hermano mayor, Fidel, y avizorar desde ahora la ecuación, que se da por segura de tener que compensar su falta de carisma con mejorías económicas que se hagan visibles de inmediato, con una vida mejor para los cubanos —la tan alabada apertura económica—, y el riesgo probable de una lenta pero exigente apertura política. Bueno, esta necesidad de carisma me suena tan baladí como innecesaria si tomamos en cuenta que probablemente todos los presidentes cubanos anteriores a Fidel Castro no eran precisamente carismáticos. No será carismático pero sí les advierto que tiene la manita bien pesada y que no le tiembla a la hora de reprimir. Este es un factor a tomar en cuenta mientras se las arregla para montar su tinglado y estabilizar la situación a su nombre. Que, al menos en esta etapa, lo mejor es estarse tranquilo.
Yo diría que si algo le va a costar trabajo a él personalmente ahora es hacer el tipo de vida pública al que lo obliga su nueva investidura. De hecho, es lo que están
clamando desde todos los lugares del mundo. Me viene a la memoria la cantidad de veces que en nuestras buenas conversaciones sazonadas con scotch, él me aseguraba que su mayor placer era el de mover los hilos de las conspiraciones, actuar desde las sombras. Va a tener que salir a la palestra pública. Se me hace evidente, no obstante, que por lo pronto quiere respirar los últimos aires de la vida clandestina y que lo está disfrutando. Por lo menos ha logrado meternos a todos de nuevo en el embrollo de sus misterios.
Advierto, confieso que yo solía decir cuando andaba con ellos que Raúl sin Fidel hubiese sido un gran estadista, pero no desarrolló sus potencialidades y ocupó el lugar que le tocó jugar, de entrega a la Revolución.
Hablemos de todos modos acerca de las diferencias entre él y Fidel.
Dos revolucionarios. Pero de estirpe diferente. Prestos a complementarse al menor peligro, también han producido los más grandes escarceos y broncas registrados en la cúspide de la Revolución. Por lo regular se han producido debidos a los desastres económicos de Fidel, sus planes de locura o en los constantes períodos de desconfianza de Fidel con la ortodoxia reinante en la Unión Soviética.
Fidel se siente sin dudas al nivel de los dioses, y creo que esto es el producto de ser alguien muy afortunado en cada episodio y aspecto de su vida. Raúl es un comunista de filas, un hombre de tareas, en fin, un ser humano. Fidel también se permite las
libertades, que no se puede permitir Raúl. Los dos son pragmáticos pero cada uno a su manera. Están a niveles diferentes de visión. Por tal razón, Raúl es, por obligación, una criatura terrena. La Perestroika fue la gran bronca final entre ellos dos. Raúl apostó a ella pero al final —con la caída de la Unión Soviética como resultado de la desastrosa dirección soviética—, tuvo que doblegarse ante las evidencias y aceptar que Fidel tenía razón. Por eso Raúl sabe en la actualidad (o debe saber) que su papel no es el de un Gorbachov sino más bien el de un Deng Xiaoping. Raúl es mucho más realista porque necesita de la realidad para obtener sus logros o acumular fuerzas. Raúl se ha hecho a base de trabajo, de esfuerzo. Fidel, en cambio, es dado a los símbolos, a los fuegos de artificio. Eso sí, en algo son idénticos: ambos se cuidan mucho a sí mismos. Tienen la convicción de que sus vidas son preciosas para la causa y quizá insustituibles. Fidel por su compromiso con los dioses y Raúl por sus compromisos con el Partido.
EL QUINTO PISO
El saloncito existe en el Palacio de la Revolución desde principios de los 80 y está habilitado con los más sofisticados equipos de la marca Siemens y medicamentos de última generación. Supuestamente es para el uso exclusivo de Fidel aunque sirvió para darle atención en sus horas de agonía final a Celia Sánchez, su acompañante de la guerrilla en la Sierra Maestra, hacia las 11 y media de la mañana del viernes 11 de enero de 1980. No es la primera vez que a Fidel lo someten a una intervención en el mismo local. La otra vez, al igual que ahora, fue por una diverticulitis. No se dio ninguna información al público entonces (1983) y el comandante Ramiro Valdés y el general de División José Abrantes eran sus acompañantes de cabecera. El Palacio de la Revolución dispone de una guarnición establecida, la cual es la mejor agrupación de choque del país y con los recursos necesarios de blindados ligeros en sus sótanos para acordonar el área en fracción de minutos, y del agregado de sólidos refugios antiaéreos. Es en su quinto piso donde está el local y donde ahora se recupera Fidel. También la llaman “La Cliniquita” y se encuentra en el quinto y último piso del cuerpo central del Palacio y su administradora es la mujer de Eugenio Selman-Housein, el cirujano que acompaña a Fidel a todas partes. Tiene una sola vía de acceso, a través de un elevador de tres paradas, la del parqueo soterrado, la del tercer piso (donde se encuentra la oficina de Fidel) y la de esta quinta planta, donde La Cliniquita comparte espacios con el Departamento de Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado.
Una información más modesta que la de este recuadro (por falta aún de mayores datos) me sirvió de todas maneras para estrenar el blog MI LEÑA AL FUEGO en www.elmundo.es. La intervención
quirúrgica y posterior convalecencia de Fidel Castro en las instalaciones habilitadas en el Palacio de la Revolución fue rechazada de plano por los invitados regulares de los