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U N CUMPLEAÑOS A LA MITAD

In document El Ultimo Disidente Norberto Fuentes (página 146-152)

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El pasado 31 de julio, con el anuncio de que Fidel Castro había sido sometido a la urgencia de una intervención quirúrgica, Raúl Castro estaba recibiendo un país en orden y bajo absoluto control. Es difícil explicarse de qué manera sus adversarios, sobre todo en el sur de la Florida, pusieron a flote las esperanzas de que esa paz se podía

quebrantar, incluso, si corroboraban que el gobernante cubano había fallecido. Lo paradójico es que los ánimos en Miami y en otros lejanos reductos

contrarrevolucionarios, como en Madrid, no se hayan calmado hasta que el propio Castro saliera en la TV. Las autoridades norteamericanas habrán respirado por esta señal de tranquilidad obligatoria y de nuevo se cumplía el vaticinio de que la única policía que se moviliza ante cada anuncio de la muerte de Fidel, es la de Miami. Así mismo, en La Habana, comprobaron el principio de que para sus encarnizados enemigos nada hay más importante que el sostenimiento de sus fantasmagóricos dictámenes y conclusiones, por muy ilusorios que estos sean, y que machacarse la cabeza contra la dura realidad ha llegado a ser un ejercicio colectivo. Y eso ha sido lo que ha dominado hasta el presente la ecuación del petit gobierno de Raúl Castro, el de los últimos seis meses cubanos. Frente al aluvión de las especulaciones, la roca inconmovible de la dirección cubana, que debe hasta divertirse con los descalabros de pronósticos médicos y políticos en los que han hecho caer hasta al todopoderoso jefe de la inteligencia norteamericana, John Negroponte, que se sumó a la tontería miamense y que al final no le quedó mas remedio que morderse la lengua.

Hubo sectores moderados, sin embargo, que esperaron los grandes cambios y que todavía hoy lamentan la poca celeridad —o más bien la ausencia absoluta— de los ansiados reajustes iniciales a producir por Raúl Castro. Vean los periódicos: ésa es la tónica que se han impuesto en esta especie de celebración de aniversario a mitad de año. No tienen otro recurso para calibrar la realidad cubana. Y su instrumento es inútil,

porque quieren ver las señales de cambio en una estructura perfectamente organizada y que ha funcionado de maravillas en los últimos 50 años. Nada tienen que ofrecer de este lado que les garantice a la cúpula revolucionaria, no ya opulencia, sino —tan siquiera— tranquilidad. Bien pensado, no deja de ser una falta de respeto para la inteligencia promedio que se pretenda violentar la naturaleza de la sociedad cubana actual a cambio de que sus enemigos se sientan complacidos. Realmente, uno no sabe, en específico, qué esperaban de Raúl Castro. Y —vale la pregunta—: ¿Qué ha pasado en estos seis meses a cambio de los cambios? Pues que el ensayo de la peor catástrofe que puede abalanzarse sobre ese proceso, que es la muerte de Fidel Castro, ha superado

dulcemente todos los escollos, todas las terribles predicciones, todos los apocalipsis. Imagínense ahora la íntima —y justificable— satisfacción del grupo dirigente. ¿Control policíaco? Desde luego. ¿Necesidades y penurias de la población? También. Pero… —permítanme la incidental— ¿y cuándo no ha sido así? ¿Y qué capacidad tienen esas premisas —represión, penurias, necesidades— para erosionar o desestabilizar un poder establecido como el cubano? No obstante, sería formidable disponer de un nombre, por lo menos uno, de alguien muerto de hambre en el transcurso de ese proceso. Fíjense bien. En el transcurso de ese proceso. No me hagan trampas con los que sí se murieron antes, cuando —casualmente— mandaban en Cuba los patrones que no dejan de gritar hoy en Miami. Y está por verse la primera revolución que se destaque por su apego a la democracia.

Sea como sea, la contrarrevolución no renuncia, al menos en lo que es su campo de batalla favorito: el de la retórica. Desde hace meses la han cogido con Chávez. Hugo Chávez parece ser definitivamente el catalizador en potencia del derrumbe. Sobre todo en lo que tiene que ver en una supuesta enemistad entre Chávez y Raúl Castro. No crean que son pocas las esperanzas que se acumulan en la bronca que está a punto de estallar entre ambos. Es un problema, dicen, de personalidades antagónicas y que ninguno de los dos se traga. Y después de esa bronca —razonan—, ¿qué se va a hacer Raúl sin la plata que les sueltan desde Caracas? No deja de tener una arista de razón la apuesta, vistas así las cosas. Pero déjenme decirles algo. Estaríamos antes dos personas por completo diferentes y no estos dos políticos de enorme pragmatismo, que además se hallan ambos en su momento de mayor brillo personal, si vinieran ahora a desmelenarse en una bronquita por desavenencias de estilos. ¿Dónde coño tienen el cacumen nuestros ilustres politólogos? Está todavía por conocerse a un Raúl Castro que hace dejadez de un socio tan lucrativo por un afán de quinceañera de su carácter. Aparte de que Chávez,

como todo buen soldado, está atrayendo sobre sí la concentración de fuego del enemigo, y dejándole a Cuba y a Raúl una zona de sosiego en la cual operar. Y no esperen que propicie una brecha con Raúl; mucho menos en vida de Fidel.

Un asunto de la máxima importancia de los últimos meses —más bien, diría yo, de las últimas semanas— y lo prueba el mismo lleva-y-trae con Chávez, es que hay un frente de combate al que Fidel no ha renunciado, que no suelta: el de las relaciones internacionales. De esto dispongo de alguna información verificable, a la que le sumo la aplicación de algunas señales públicas y la aplicación de la vieja lógica. Fidel está puesto de lleno para las elecciones en los Estados Unidos. Cuando dijo hace poco que a lo mejor Bush no terminaba su mandato, se hizo evidente que había entrado en el juego político americano. Es un mecanismo de análisis y corroboración —y, cuidado, también

operativo y de influencia— que se activa al máximo en estos períodos electorales de

Estados Unidos. Algunas fuentes me informan desde La Habana que Ricardo Alarcón, el actual presidente de la Asamblea Nacional, ha devenido en el funcionario de alto rango que con mayor frecuencia Fidel recibe en sus habitaciones de convaleciente del Palacio de la Revolución. Contactan hasta tres veces por semana. Nada más

comprensible. Alarcón es el representante cubano más apreciado por los gringos; cada vez que hay un embrollo, piden a Alarcón para dialogar. Su larga estancia en Nueva York como jefe de la Misión ante la ONU lo hizo potable para la nomenclatura del Departamento de Estado. Es decir, a Alarcón se le considera “históricamente” como el hombre de las relaciones con los Estados Unidos. Y en el sentido y potencial de esas relaciones es, desde siempre, donde se ha definido el poder en Cuba. En sus enroques con Washington. Los cubanos tienen además un excelente equipo para el trabajo político y de inteligencia sobre ese país, donde igualmente cuentan con amigos tan buenos como poderosos y con leales sirvientes. A eso están dedicados a mitad del cumpleaños del mandato de Raúl, digno de la tranquilidad y la enorme serenidad con que en La Habana, desde hace años, aprendieron a actuar.

Esta es una foto que fue dada a conocer por el periódico cubano Juventud Rebelde el 29 de octubre de 2006, es decir, tres meses después de la crisis que alejó del poder a Fidel Castro. En la imagen se puede ver una zona enrojecida del cuello del ahora ex Presidente cubano. Desde que Fidel sufriera su grave problema intestinal, en julio de 2006, son contadas las imágenes en las que se puede observar con detalle el lado derecho de su cuello, y la gran mayoría lo muestra de frente o tomándole el flanco izquierdo. Es muy probable que alguna de las pequeñas mangueras a las que fue conectado para sus repetidas operaciones o exámenes haya sido colocada en el cuello. Hace dos semanas la televisión cubana emitió un video de Fidel Castro, reunido con su hermano Raúl y con Hugo Chávez. En una de las escenas de esa grabación se pudo apreciar una nueva cicatriz en el cuello de Fidel, testimonio gráfico de que habría sido sometido a recientes intervenciones o exámenes. Abajo: Imagen de la televisión cubana del 18 de junio de 2008.

GRABRIEL

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Una tarde de 1987 Fidel llamó a uno de los chóferes asignados a Gabriel García Márquez como servidumbre de la Casa de Protocolo Número 6 —mucama, cocinera, ayudante, camarera y dos chóferes. El viejo Candebat, un mulato largo, de pómulos lombrosianos y guayabera del Diplomercado una talla corta para su estatura, y que manejaba uno de los Mercedes del Gabo, tenía el brazo del Comandante por arriba de sus hombros mientras éste, en la rotonda de baldosas rojas a la entrada de la mansión, le cuchicheaba al oído. Tenía tarea. El jefe le encomendaba seguirle los pasos a Lupe Veliz, una gordita entrada en años, que había sido su amante aún siendo mujer de su ayudante y hombre de máxima confianza, el capitán Antonio Núñez Jiménez. Candebat debía llevar una cuenta acuciosa de las incursiones de Lupe en la cocina de Gabo y los platos que se servía. Candenbat me lo contó. Se trataba de alejar a Gabo de las

inconveniencias de una funcionaria de alto rango —Lupe estaba a cargo de la oficina de Relaciones Internacionales del Ministerio de Cultura. Para orgullo del mulato Candebat, “el Comandante estaba en todas”. Cuando, de rebote, se lo conté a Carlos Aldana, el secretario ideológico del Partido, él me restituyó la imagen del Fidel conspirador y no del personaje “cazuelero” (un chismoso, a la cubana). Usaba a Candebat para levantar una barrera de desconfianza alrededor de Lupe y las otras señoronas de su escuadrón volante, que revoleteaban sobre el lugar. En esta especie de sofisma que Carlos alentaba no podía despreciarse, así mismo, una lógica interior, muy del uso en nuestro entorno. Fidel no estaba haciendo otra cosa que proteger al Gabo, si bien a su vez lo espiaba.

No es la primera vez que me pasa; me ha ocurrido anteriormente que, para hablar de un escritor, empiece por Fidel. En 1981, dando los toques finales a un libro sobre Hemingway, tuve la oportunidad de entrevistar a Fidel respecto a sus lecturas de este autor y de pronto me vi reajustando toda mi visión sobre esa montaña literaria que era Ernest Hemingway por la valoración que de él podía tener uno de sus lectores: Fidel

Castro. Vean ustedes, lo importante no era escribir los 43 capítulos de Por quién doblan

las campanas, sino lo que le había parecido a Fidel. Con Gabo es aún más complejo el

tema dado sus estrechos vínculos con el Comandante y porque, a juicio de casi todo el mundo, lo que hace atractiva la biografía de Gabo es la del personaje contiguo. Ha habido envidia, desde luego, nada más que de pensar los cuentos que Fidel le habrá hecho, y se habla de confesiones inéditas y de un material contado en secreto durante noches y noches de conciliábulo en la Casa de Protocolo Número 6 que Gabo usará algún día en su biografía del jefe de la Revolución Cubana.

Grabriel. Este hombre bueno y remoto ha vivido fascinado con un cubano que

nunca ha aprendido a pronunciar su nombre a derechas. Esa ere que se le pierde dentro de un nombre tan corto, pero tan enmarañado de consonantes, y siempre presta a saltársele de lugar no sin antes reproducirse donde el lenguaje escrito nunca la ha registrado, y tampoco, por esos pruritos tan de Fidel, de lo que debe ser adecuado y elegante, negándose como se niega, a llamarlo por el mote aceptado internacionalmente de Gabo.

Bien vistas las cosas, no creo que ningún otro interlocutor de Fidel haya pagado la cuota de ataques e incomprensiones que, por permanecer a su lado, la ha tocado a Gabo. Y lo más costoso de todo: el encarnizado silencio suyo ante cualquier episodio que otros, sin titubeo, hubiesen convertido en denuncias o agravios. Ha sido sordo a todas las pendejadas que, desde Mario Vargas Llosa hasta Susan Sontag, le han endilgado durante más de 30 años de viajes a Cuba y estancias más o menos largas. Pendejadas es uno de sus vocablos favoritos, así que se ajusta al homenaje. El silencio. No otra cosa molesta tanto en adversarios —o nítidos enemigos— que ya no saben si el objeto de sus ataques es Fidel o Gabo. Claro que él sabe perfectamente que lo vigilan; muchas veces bromeamos sobre el asunto, y me sacaba a la piscina para que habláramos a cielo abierto cualquier nimiedad que cruzara por nuestras cabecitas de intelectuales de izquierda, aunque de esa manera él también se hacía parte del sofisma: la vigilancia era necesaria para la salvaguarda de la Revolución. No había maldad en el procedimiento, sino, más bien, un acto justificable de prevención. Bendecíamos el estado policiaco, o al menos su necesidad. Todo por la Revolución. He ahí la razón entrañable y lo que aún hoy, a mí, me mueve a admirarlo y a quererlo aún más. Porque yo nunca he conocido a un hombre dispuesto a perder tanto por la lealtad a un amigo, a Fidel. Ah, Maestro. Qué de recuerdos.

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