• No se han encontrado resultados

Alba Triunfante - Robert Hugh Benson

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Alba Triunfante - Robert Hugh Benson"

Copied!
221
0
0

Texto completo

(1)
(2)
(3)

ALBA TRIUNFANTE

(4)

ALBA TRIUNFANTE

46

BIBLIOTHECA HOMOLEGENS MATRITI - MMVIII BIBLIOTHECAHOMOLEGENS –––––––––––––––––– Traducción: Ramón D. Péres

Edición de Gustavo Gili (1916). Barcelona Prólogo y notas: Sergio Gómez Moyano

–––––––––––––––––– © Homo Legens, 2009

OMNIA PROPRIETATIS IVRA VINDICANTVR.

NE CVI LICEAT SINE SCRIPTA EDITORIS LICENTIA QVAVIS VIA RATIONEQVE VNC LIBRVM VEL TOTVM VEL PARTIM EXSCRIBERE, NE LVCIS QVIDEM OPE AVT COMPVTATRO ADHIBITO MVLTIPLICARE NEQVE EXEMPLARIA QVÆ DAM MERITORIA PVBLICE DISTRIBVERE LEGIBVS SANCITVR.

Todos los derechos reservados.

Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin permiso previo y por escrito del editor.

INTRODUCCIÓN

Robert Hugh Benson es un escritor que nunca deja de sorprender. Todas sus obras ofrecen algún toque especial, un condimento de marca propia. Alba triunfante no solo no constituye una excepción, sino que podríamos decir que la obra en sí ya es una sorpresa. El libro plantea un mundo convertido al catolicismo. Y si esto no es motivo suficiente de admiración, el desarrollo de la novela va dejando pinceladas que acabarán dibujando un cuadro completo: la consolidación social, política y científica del catolicismo a nivel mundial.

Pero comencemos por el principio. ¿Quién es Robert Hugh Benson? Resulta

prácticamente imposible encontrar libros y referencias sobre este escritor. Sin embargo, no siempre fue así. Durante su vida alcanzó altos niveles de popularidad. Sus novelas interesaban enormemente al gran público, y sus conferencias eran solicitadas con años de antelación. Quizá el olvido en que su persona y su obra quedaron sumidas, tenga que ver con el hecho de que su muerte coincidiera con el inicio de lo que entonces se llamó la Gran Guerra, y hoy conocemos como la Primera Guerra Mundial.

Hugh, como era llamado en familia, nació el 18 de noviembre de 1871, hijo de Mary Sidgwick y de Edward White Benson, miembro eminente del clero de la Iglesia de

(5)

Inglaterra. Sobre su padre cabe decir que era un erudito, profundamente imbuido de los clásicos y de los padres de la Iglesia. Enseñaba griego a sus hijos y, en las excursiones familiares que organizaba los domingos, era obligatorio hablar de algún tema teológico. En 1877 fue elegido para ser el primer Obispo de Truro, en Cornwall. Más adelante, en 1883 fue nombrado Arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia de Inglaterra, dignidad que mantuvo hasta su muerte en 1896. De su padre, Hugh probablemente adquirió el sentido artístico, la viveza de su personalidad y un sentido profundo de sobrecogimiento ante la naturaleza, fruto de la certeza de que detrás de todo se esconde un gran poder.

Nuestro autor era el pequeño de seis hermanos. El mayor se llamaba Martin White (Martin) que murió cuando Hugh tenía siete años. Arthur Christopher (Arthur) es el segundo de sus hermanos, profesor en Eton, Máster en Magdalene College, Cambridge, y un reconocido escritor. La tercera se llamaba Eleanor (Nellie), quien también llegó a publicar una novela. Luego vino Margaret (Maggie), de la cual consta que al menos participó en dos expediciones arqueológicas en Egipto, escribió un libro sobre filosofía de la religión y estudios de egiptología. Sin duda es Edward Frederic (Fred) el más afamado de todos los hermanos. Se dedicó a escribir (publicó más de cien libros) y a disfrutar de la vida, sobre todo en Francia e Italia.

El jesuita C. C. Martindale publicó en 1915 la biografía oficial de Hugh. De su infancia dice que era un niño espabilado e ingenioso, con una gran facilidad para las

comparaciones espontáneas. Era capaz de una energía totalizante por aquello que le interesaba, y de una indiferencia enfermiza por lo que no atraía su atención.

El joven Benson asistió a Eton, gracias a una beca, cuando su hermano mayor Arthur daba clases en la escuela. Su desempeño académico no fue satisfactorio. Se conservan numerosas cartas de su padre insistiendo en la necesidad de que Hugh mejorara su actitud. Incluso fue necesario que un profesor particular le ayudara durante un verano. Los resultados no se hicieron esperar durante el siguiente curso. Sin embargo, antes de concluir el ciclo de estudios en Eton, y para disgusto de su padre, decidió presentarse para el Indian Civil Service, o lo que es lo mismo, la elite del funcionariado del gobierno indio bajo el mando colonial británico. Así que dejó Eton antes de tiempo, para

prepararse con un tutor para el examen de ingreso. Durante su estancia en Eton empezó ya a dar muestras de su aptitud para la literatura.

Durante el período de preparación para el Indian Civil Service ganó un premio de poesía, se aficionó a la escalada y visitó París con motivo de la Exposición Universal de 1889. Quizá por todo esto, quizá porque realmente no le interesara tanto como hubiera parecido en un principio, suspendió el examen para el Indian Civil Service.

Por esas fechas comenzó a leer un libro que le marcó profundamente. Se trata de John Inglesant, de Joseph Henry Shorthouse, novela histórica publicada en 1881. El

(6)

protagonista es un anglicano educado por jesuitas y que, a pesar de las presiones para convertirse al catolicismo, se mantiene anglicano. Llega a la corte de Carlos I y viaja hasta Italia persiguiendo al asesino de su hermano. Esta novela eminentemente ideológica, transpira un platonismo que infunde en Hugh una religiosidad que le hace sentir el mundo de forma casi sacramental. El mundo es misterioso, porque las ideas se encuentran insertadas dentro de la materia. Sin embargo, descubre en la obra un cierto individualismo que no puede aceptar. Cuando John Inglesant se pregunta por la verdad, si esta cabe en el mundo, se responde que en su conciencia se oye la voz del Creador. Hugh opina que tiene que haber en el mundo una autoridad que sea capaz de guiar la conciencia.

Finalmente marcha al Trinity College de Cambridge. Allí coincidió con su hermano Fred, que se alojaba en el King’s College. Siguiendo el deseo de su padre, comenzó a estudiar clásicos. Durante este período de su vida hizo algunos escarceos con la teosofía y el espiritismo, además de interesarse enormemente por la mística. En 1890 un hecho tremendo le marcaría muy profundamente: muere su hermana mayor Nellie. Sus compañeros de facultad notaron en él un cambio. Hablaba más de su familia y se hizo más íntimo. Fuera por este, o por otro motivo, decidió cambiar su camino de estudio y dedicarse a la teología en vistas a una futura ordenación como clérigo de la Iglesia de Inglaterra. Su actividad en Cambridge fue ingente y, aunque despertó su intelecto y su corazón, no los puso todavía a su máximo nivel.

En 1895 fue ordenado sacerdote anglicano por su padre. Después fue a trabajar a la misión de Eton, dedicada a los pobres de la población y sostenida económicamente por la gente pudiente de la escuela. Le molestaba mucho tener que visitar a la gente en sus casas por motivos pastorales; sin embargo, el trabajo con los niños le resultó fácil, quizá porque su rostro imberbe le aseguraba una mayor cercanía, o quizá porque en el fondo nunca dejó de ser un niño. Durante este período asistió a un retiro dirigido por el Padre Maturin. Este sacerdote, afamado predicador, le presentó el dogma cristiano como un todo orgánico y coherente. Por primera vez se dio cuenta de que cada uno de los

fragmentos de doctrina que flotaban por su mente tenía su lugar y estaba interconectado con los demás. En suma, se habían convertido en un esquema ordenado y con sentido. En la misión de Eton comenzó a dar muestras de ser un gran predicador.

En el año siguiente a su ordenación, en octubre, murió repentinamente su padre. Por este motivo y, porque sufría fiebres reumáticas, le sugirieron que fuera a Egipto con su madre y su hermana. Allí es donde la Iglesia católica por primera vez lo reclama. Se da cuenta de que el anglicanismo es una exportación de su modo de vida desde Inglaterra a

diferentes lugares del mundo, a Egipto en este caso, para consumo propio. En medio de este país norteafricano se alzaban las iglesias anglicanas, orgullosas y dignas, como si estuvieran en la mismísima Londres. Pero un día visitó un pueblo de casas de barro y descubrió que la iglesia tenía la misma factura que el resto de construcciones. Y era católica, de rito copto. Obviamente formaba parte del lugar, no había sido trasplantada.

(7)

Esto le hizo pensar en la universalidad de la Iglesia católica. Y en uno de sus arranques pasionales escribió una carta al patriarca copto de Alejandría solicitando estar en

comunión con él, de la cual nunca recibió respuesta.

Antes de volver a Inglaterra quiso pasar por Tierra Santa. Allí se dio cuenta de que nadie sabía exactamente quién era. Es decir, no le reconocían por sus vestidos, ni sabían a qué se refería cuando se presentaba como anglicano. Y, por si fuera poco, en Damasco, le llegó la noticia de que el Padre Maturin había entrado en la Iglesia católica. Así que volvió a Inglaterra con la mente llena de dudas y el corazón confundido.

Al llegar a su tierra, su ansiedad interior se calmó trabajando un año como coadjutor en Kemsing. Su vida en esta localidad era agradable. Vivía cómodamente. Además la iglesia, de más de mil años de antigüedad, y el lugar en sí estaban llenos de grandes nombres de reyes y nobles sajones. Al hijo del recién fallecido Arzobispo le encantaba el arte, la música y una liturgia rica y armoniosa, hasta el punto de que uno de sus compañeros llegó a decir de él que era egoísta en las celebraciones. El Padre Martindale incluso llega a afirmar que el encanto del ritual era casi como una droga para él. Y toda esta

fascinación encontró en Kemsing el lugar ideal para explayarse. Este ceremonialismo le hacía bastante católico en sus formas. De hecho, la primera celebración del día en su parroquia solía ser tremendamente solemne, muy cercana a la liturgia católica. Sin embargo, a mediodía las ceremonias se simplificaban, porque asistía el terrateniente del lugar, que no tenía tendencias tan ritualistas y era más bien un low churchman, o lo que es lo mismo, un anglicano de tintes más evangélicos o simpatizante de la tendencia más protestante de la Iglesia de Inglaterra.

No tardó mucho en surgir en él una gran inquietud por la vida religiosa. De hecho,

durante su estancia en la misión de Eton dedicó algún tiempo a buscar casas en las que se pudiera fundar una comunidad, pero nunca llevó a término este proyecto. Finalmente en septiembre de 1898 ingresó en la comunidad de la Resurrección de Mirfield, una especie de orden religiosa de clérigos de la Iglesia de Inglaterra que todavía hoy existe. Tres años después, en julio de 1901, hizo la profesión. Recuerda en su libro Confesiones de un converso que allí fue feliz. Sin embargo, su alma volvió al desasosiego. Había algo que le empujaba hacia la Iglesia católica.

No resulta fácil describir un proceso de conversión y mucho menos explicar las causas que llevan a una persona a cambiar su núcleo central de creencias. El proceso de Hugh fue largo y marcado por el estudio. En 1902 comenzó a escribir The Light Invisible, su primer libro publicado, que consiste en una serie de relatos sobrenaturales explicados por un anciano sacerdote. Un dato curioso de esta obra es que el lector no puede adivinar si el protagonista pertenece a la comunión católica o a la anglicana, ya que lo que pretende con el libro es la búsqueda y reafirmación de los principios de la religión en general y de la intuición espiritual, como estado habitual del creyente y no de una forma concreta de religión. Pero esta actitud es en sí anglicana, porque el católico asiente y somete la

(8)

voluntad. Es el anglicano el que se siente obligado a buscar sentimientos y a imaginar, porque no existe una autoridad.

Con su estudio y las lecturas que le recomendaban buscaba desbrozar las dificultades intelectuales que le separaban de Roma o de la tranquilidad en la Iglesia de Inglaterra. Fue percibiendo que el sistema doctrinal anglicano no funcionaba. Un anglicano no sabe a qué atenerse. El católico sí. En la Iglesia católica, por ejemplo, hasta un niño sabe cómo reconciliarse con Dios. Y, ¿cómo se sabe quién está en comunión? El católico lo sabe fácilmente. Sin embargo, después de haber leído libros de grandes intelectuales anglicanos y católicos, llegó un momento en que la razón ya no daba más de sí. Parecía como si el intelecto ya no fuera útil para dejarle en bandeja la decisión de convertirse o no. Porque, ¿cómo podía él decidir con lógica irrefutable sobre lo que grandes cerebros no se ponían de acuerdo? Cuando comentó este tema con personas cercanas, recibió por respuesta que caía en el pecado de soberbia, pretendiendo saber más que los sabios. Pero pensó que la salvación no podía depender de la sabiduría.

En un libro suyo publicado en 1906, titulado The Religion of the Plain Man, Hugh dibuja el camino de búsqueda religiosa de John, un inglés corriente que siente inquietud

espiritual. Después de descartar las opciones religiosas de los protestantes, su mirada se dirige a la Iglesia de Inglaterra. Pero John ve que Cristo habla con autoridad en el Evangelio y se da cuenta de que el único que posee esta misma autoridad es el Papa. Una avalancha de objeciones se le cae encima al pobre John contra la Iglesia católica, que es la que parece que está reclamando su lealtad espiritual. Consigue, como Hugh, despejar los interrogantes sobre la infalibilidad del Papa, el culto a los santos, etc., pero aun así siguen asaltándole los prejuicios más irracionales. Además existe la dificultad social. Es muy complejo cambiar de comunión, sobre todo en un país en el que predomina una Iglesia de carácter absolutamente nacional. Entonces dice el autor que cada converso tiene su razón para convertirse, pero solo la emoción le hace andar el camino. John ve una ciudad hermosa con todo lo imaginable material y espiritualmente. A esa ciudad se llega por miles de caminos. Pero todos se encuentran en la misma puerta. No importa cómo se ha llegado. Lo que importa es responder a esta pregunta: «¿Creo que esta puerta es la puerta de la ciudad de Dios?». No te preguntes si el camino que seguiste fue el correcto o debiste llegar por otro lado. Estás ahí, delante de la puerta. Si estás convencido de que es la ciudad de Dios, ¡ENTRA! Si no, da marcha atrás.

Una emoción parecida debió experimentar Hugh en el clímax de su proceso de

conversión. Expresó sus inquietudes a su superior en la comunidad de la Resurrección, y en junio de 1903 pidió permiso para retirarse unos días a un convento de dominicos, pero solo se le concedió que pasara un tiempo en casa. Allí se encontró con su hermano Arthur, quien escribió de Hugh que en aquel momento de su vida era como un húsar que agita las riendas de su caballo ante la inminente batalla. Así se dirigía su hermano hacia la Iglesia católica.

(9)

Finalmente, acabó yendo al convento dominico de Woodchester, donde fue recibido en la Iglesia católica el 11 de septiembre de ese mismo año por el padre Reginald Buckler. No tardó en ser enviado a Roma, para comenzar los estudios que le llevarían a la ordenación como sacerdote católico. En Roma vivió entre la inquietud del tiempo que debería

transcurrir hasta su ordenación y la incerteza sobre su futuro como sacerdote católico. Llegaron rumores de que un Obispo de Estados Unidos deseaba que trabajara en su diócesis en América. Esta idea le fascinó durante una temporada, pero, como la mayoría de las cosas que Hugh traía entre manos, fue descartada repentinamente. Finalmente, cuenta el Padre Martindale que alguien intercedió por él ante el Cardenal vicario de Roma, asegurándole que no era necesario posponer más la ordenación del converso inglés. Como muestra de su resolución y solidez como católico, este intercesor le presentó al Cardenal un libro de Hugh titulado A City set on a Hill (Una ciudad situada sobre una colina), y que acabaría publicándose en 1913, en el que identificaba la ciudad de la parábola evangélica con la Iglesia católica (cf. Mt 5,14). Así que todo fue acordado y el hijo del Arzobispo de Canterbury fue ordenado como sacerdote católico en Roma en junio de 1904. Luego partió hacia su tierra natal, en concreto a Cambridge, para

desarrollar allí su labor pastoral.

Todos los miembros de su familia recibieron la conversión de Hugh con un gran respeto. Se conservan muchas cartas de su madre en las que lo único que le pedía a su hijo era que le explicara con profusión todo lo que vivía, para poder estar más cerca de él espiritualmente. Arthur veía que el camino de Hugh desembocaba inevitablemente en la Iglesia católica, y jamás le impidió en manera alguna que lo siguiera. No ocurrió lo mismo con ciertas amistades de la familia, sobre todo de su padre, la mayoría de ellos altos cargos de la jerarquía anglicana, que interpretaron el paso de Hugh a la Iglesia católica como una traición.

De Roma se llevó el sentido profundo de lo que significa el apelativo Católico, es decir, universal, en oposición al nacionalismo de la Iglesia de Inglaterra; y, aunque suene raro, también adquirió un cierto desprecio por sus colegas sacerdotes, a los que vio

prepotentes y demasiado clericales, con poco sentido de los aspectos de la vida no relacionados con lo religioso. Si bien esta visión cambió con el tiempo, nos ha dejado en sus obras pasajes en los que pinta a odiosos sacerdotes, como, por ejemplo, el padre Richardson de la novela Initiation. Todo lo contrario ocurre con la figura del Papa. El Santo Padre siempre es presentado en su obra con un aura tanto de grandiosidad como de santidad, y revestido de una gran dignidad humana y también política. Un ejemplo admirable y sorprendente se puede encontrar en Alba triunfante.

Cuando llegó a Cambridge, su actividad literaria y oratoria ya era frenética. Había escrito tres novelas históricas, dos libros de relatos y había comenzado dos novelas más, además de las que ya tenía en mente y que todavía no había encontrado el tiempo para

plasmarlas en papel. La energía de su personalidad se dirigió despiadadamente hacia la producción literaria y la predicación. Nótese que el adverbio despiadadamente no ha sido

(10)

elegido al azar. Apuntábamos al principio que una de las características de la personalidad de Hugh, que ya se manifestaba en su más tierna edad, era la capacidad de polarización de todas sus potencias hacia lo que le interesaba o le llamaba la atención; y, por el contrario, la absoluta inadvertencia de lo que no entrara dentro de su círculo de

preocupación. Ese rasgo de su personalidad le impelía a dedicarse hasta el agotamiento a sus proyectos literarios. Podía escribir sus novelas durante días seguidos, para luego caer exhausto y dormir durante una semana. En los once años que siguieron a su conversión publicó decenas de obras y predicó cientos de sermones, cursos y conferencias en Inglaterra, Roma y Estados Unidos. Fue su nueva fe la que polarizó indefectiblemente toda su pasión hasta acabar consumido por sus propias energías. Desde 1903 a 1914 se publicaron más de cuarenta obras firmadas por Robert Hugh Benson, entre novelas, colecciones de relatos, obras de teatro, sermones, etc.

De su estancia en Cambridge se cuenta una anécdota que da a entender la enorme capacidad de influencia de su oratoria. A Arthur, personaje respetable de la comunidad académica de Cambridge, le incitaron a que convenciese a su hermano, para que se marchara de Cambridge, porque con su predicación los jóvenes corrían peligro de convertirse al catolicismo. Arthur se negó rotundamente, y contestó que lo que tenían que hacer era llevar a la ciudad un predicador anglicano tan bueno como su hermano. Desde su estancia en la misión de Eton, todavía como clérigo anglicano, le rondaba la inquietud de vivir en comunidad, inspirado por aquella novela que tanto le influyó en su juventud: John Inglesant. De hecho, como se ha comentado anteriormente, formó parte de la comunidad de la Resurrección de Mirfield. Esta inquietud no desapareció cuando fue recibido en la Iglesia católica, pero se modificó con el tiempo. Su idea final consistía en una comunidad formada indistintamente por laicos y sacerdotes, cada uno viviendo en su casita y dedicándose a las artes. Los miembros de la comunidad se encontrarían en las comidas, en algún momento de recreo y para rezar. Comenzó a buscar un lugar

adecuado. Gracias a su hermano Arthur encontró una casa en una pequeña población llamada Hare Street, cerca de Buntingford, situada a unos 50 kilómetros al norte de Londres y bastante cerca de Cambridge. Y gracias a los ingresos que recibía por la venta de sus libros y al regateo agresivo que practicó con el dueño, pudo comprarla. Cuando recibió permiso de su Obispo para quedar liberado de las tareas pastorales en Cambridge, se trasladó a su nueva morada.

Antes de hablar de su casa y de su proyecto de vida cenobial, resulta imprescindible hablar de uno de los viajes que le marcó más profundamente en su vida, y que resulta vital para la comprensión de Alba triunfante. En 1908, después de dejar la rectoría de Cambridge, pero antes de instalarse en Hare Street, se encaminó en compañía de unos amigos a Lourdes. El mismo Hugh escribió un librito titulado Lourdes en el que explica todas sus experiencias vividas allí. Su actitud inicial, explica él mismo, era muy escéptica. Había leído muchos libros de psicología en los que se hablaba de autosugestión o de sugestión por parte de la masa. Tampoco veía muy correcto rezar por la curación del

(11)

cuerpo, porque se trata de dos planos diferentes, cada uno con sus normas. Sin embargo, conforme fueron avanzando los días en Lourdes, su actitud fue cambiando. Permaneció durante horas en el Bureau des Constatations, es decir, aquella oficina en la que

científicos y médicos observan los casos de supuestas curaciones milagrosas y dan su dictamen médico. También se bañó en las piscinas y participó en las procesiones con la intención de ver de primera mano la acción de Dios a través de la Virgen María. De Lourdes se llevó varias cosas. La primera, la percepción de que, gracias a los milagros operados, la ciencia conocería su sitio real en el mundo humano. Se puede encontrar un desarrollo espectacular de esta idea en Alba triunfante. Se trata de ficción, claro está, pero no por ello deja de ser interesante y aleccionador. Cuando Monseñor Masterman, el protagonista de la novela, se traslada a esta pequeña población del Pirineo francés,

descubre una colaboración tan estrecha entre teólogos y científicos que es difícil

distinguir entre el trabajo de unos y de otros. En la Lourdes de Alba triunfante, ciencia y fe se dan la mano con cordialidad y trabajan conjuntamente para discernir la frontera entre lo natural y lo sobrenatural. Hugh también se llevó de Lourdes el haber vivido, como espectador de lujo, el carácter sacramental de la Iglesia, o lo que es lo mismo, del poder de la Gracia sobrenatural de Dios actuando a través de gestos físicos de la Iglesia, y, como inferencia de ello, de la consistencia de la Encarnación en su esquema espiritual, Dios hecho hombre, el espíritu puro dentro de la materia del mundo. En Lourdes el Espíritu está presente y muestra su poder a través de la restauración del ser humano, del espíritu, pero también de la carne.

Y esta preocupación o interés por la acción sobrenatural sobre el mundo físico no solo se centra en los milagros de Lourdes. Desde la infancia hasta su muerte, Hugh se preocupó por lo inexplicable y lo oculto, y por cualquier tipo de fenómenos anormales. Benson encaraba estos temas con dos actitudes distintas y, a veces, entrelazadas: por un lado era escéptico, científico y cerebral, mientras que por el otro era fantástico y crédulo, incluso hasta la exasperación de la paciencia de sus amigos. Por ejemplo, cuando estudiaba en Cambridge, un compañero del College se suicidó y, como consecuencia de esto, nadie quería ocupar su habitación. Hugh, sin embargo, la pidió. No se sabe si pretendía recibir algún tipo de comunicación extrasensorial en ella. En cambio, como hemos explicado, llegó a Lourdes con un talante verdaderametne escéptico, que rayaba con lo inadecuado en un sacerdote católico, en teoría acostumbrado al trato con lo sobrenatural.

Volvamos de nuevo a la casa que Benson compró con la intención de realizar su sueño de vida comunitaria. Comenzó a arreglarla, a adornarla y a organizarla según sus propios gustos. Martindale hace una descripción muy detallada de la misma, dado que Hare Street House, como la bautizó el mismo Hugh, está ornamentada a imagen y semejanza de su dueño. Aunque fue adquiriendo algunos terrenos cercanos para poder ir

construyendo las casitas de los miembros de la comunidad, así como dependencias comunes, nunca llegó a ver su sueño hecho realidad. Sin embargo, en las habitaciones situadas en el primer piso de la casa original siempre había algún huésped, invitado por

(12)

Hugh. En Hare Street se sentía a sus anchas, como pez en el agua. Todo en Hare Street House, según explica Martindale, sobre todo la capilla, exigía una explicación, pues

estaba ornamentada de forma extraña. Era la presencia de la personalidad de Hugh la que daba sentido a su propia casa.

Esta se convirtió en la base desde la cual partía y a la que volvía de sus múltiples

compromisos. Al menos tres días a la semana salía a predicar retiros, cursos y series de sermones. Incluso llegaron a encargarle crónicas de partidos de fútbol como, por

ejemplo, la final de la Cup Tie, en Crystal Palace, en 1913. Y aceptó porque él era de la opinión de que, como representante de la Iglesia católica, tenía que estar presente en todas partes.

Además de escritor, Hugh era sobre todo orador. Muchos de los que no soportaban sus libros no dudaban en ir a escucharle. Sus novelas, en muchos casos, parecían escritas sin cuidado y no pueden ser llamadas grandes obras de la literatura universal. Sin embargo, su oratoria se encontraba entre las mejores de su tiempo. Constituye, no obstante, un rasgo común a toda su obra, sea oral o escrita, el ardor de su expresión y el atrevimiento de sus ideas. No es extraño, por tanto, que fuera requerido en muchos lugares de su país y del extranjero. En 1909, 1911 y 1913 predicó la cuaresma en la Iglesia de San Silvestro en Roma. Cuentan que no había ni un solo sacerdote de lengua inglesa en la ciudad que no asistiera a sus sermones. En ocasión de su segunda predicación de la cuaresma, volvió a su tierra habiendo sido nombrado Camarlengo Papal, con el título de Monseñor.

También viajó en tres ocasiones a Estados Unidos. Benson veía en la Iglesia de Estados Unidos, y en su vitalidad, la única capaz de introducir el temperamento anglosajón dentro de la universalidad del catolicismo que, según su opinión, estaba demasiado latinizado. En 1910 pronunció una serie de sermones en Boston. En su segundo viaje en 1912 llegó a Nueva York. De esta visita se hicieron eco los periódicos de la época, como, por ejemplo, el New York Times y el New York Herald, en el cual apareció incluso una foto suya. Miles de personas escucharon sus sermones con gran entusiasmo. Su fama creció espectacularmente como orador de una gran agudeza y penetración intelectual. Hasta tal punto se convirtió en una figura popular que el mismísmo presidente William Howard Taft (presidente desde 1909 a 1913) quiso saludarlo personalmente. También asistió a la sesión de apertura del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. El ritmo de trabajo de este viaje fue frenético. En varias cartas él mismo explica que dormía mal y que se encontraba muy cansado. A pesar de esto, no disminuyó la intensidad. El éxito de sus predicaciones fue tal que al entrar en su camarote en el Olympic, el transatlántico que lo llevaría de vuelta a Inglaterra, lo encontró lleno de regalos. Socarronamente se comparó a sí mismo con una actriz famosa. De camino a su tierra sucedió un hecho que solo se quedaría en curioso, si no fuera por la tragedia que significó. El Olympic cambió temporalmente de ruta en busca de otro barco llamado Titanic que había lanzado una señal de auxilio.

(13)

En 1914 volvió por última vez a los Estados Unidos. En el puerto le esperaba una multitud de periodistas. De hecho, un enjambre de ellos revoloteaba a su alrededor casi de continuo durante su visita. Predicó en Nueva York, Buffalo, Chicago, Indiana, etc. En el sitio web de la universidad de Notre Dame, en Indiana, se recuerda todavía su visita y se ofrece al internauta una serie de obras gratuitas

(http://classic.archives.nd.edu/episodes/visitors /rhb). Un hecho destacado de esta visita a América fue su iniciación en la orden de los Caballeros de Colón. Una grande y

entusiasta multitud lo despidió en el puerto de Nueva York. Durante esta estancia en América ya daba muestra de una gran debilidad. Había pronunciado más de 60 discursos en 50 días. Y, de hecho, cayó enfermo y su mente comenzaba a jugarle malas pasadas, olvidando algunos de sus compromisos.

El 4 de octubre de 1914, ya en Inglaterra, se dirigió a Salford a predicar una misión. El médico de su familia le había diagnosticado unos días antes que sufría una especie de amagos de anginas de pecho, provocadas por los nervios y por el exceso de trabajo. Le había indicado un descanso. Le permitió, sin embargo, acudir a sus compromisos más inmediatos. Cuatro días después de su llegada a Salford, mientras comía con unos colegas sacerdotes, les explicó que no había podido dormir la noche anterior a causa de unos dolores en el pecho. Él mismo describió que el dolor era semejante al que se siente cuando se bebe un té inesperadamente caliente. Llamaron a un médico, quien corroboró el diagnóstico del doctor de la familia Benson. Cuando acabó la misión, tenía que

dirigirse a Londres, para predicar en una iglesia, y en la estación le sobrevino un dolor insufrible en pecho y brazos. Se lo llevaron de vuelta a la residencia del Obispo de Salford. Esta vez se requirió la presencia de un especialista. En efecto, confirmó que el corazón de Hugh no sufría una angina de pecho, sino que se trataba de amagos causados por el exceso de trabajo. Sin embargo, le diagnosticó neumonía. Y esta, dado el estado de extremo agotamiento en que se encontraba, le causó la muerte el 19 de octubre de 1914. Y de esta manera, una estrella fugaz llamada Robert Hugh Benson se apagó tan rápidamente como se había encendido, después de recorrer el firmamento y de iluminarlo con desusada intensidad.

Cuenta su biógrafo que las ideas que le llevaron a escribir Alba triunfante llevaban un tiempo rondando por su cabeza. En su segundo viaje a América pronunció varias series de conferencias de tono marcadamente optimista sobre el futuro del catolicismo. Su idea nuclear era la siguiente: el resurgimiento del protestantismo en Inglaterra había llevado al pueblo inglés al reconocimiento de un tipo de religión profunda, y de una justificación por la fe y por las obras. De esta manera se abría una puerta para el regreso del catolicismo, hacia el cual las ciencias sociales y físicas estaban empezando a mostrarse favorables. Una de estas conferencias se publicó en una colección de artículos titulada A Book of Essays (Un libro de ensayos), con el nombre de Catholicism and the Future, y que podríamos traducir como El futuro del catolicismo.

(14)

El protagonista se encuentra súbitamente, debido a pérdida de memoria, en un Londres completamente católico. Su primer acto consciente es escuchar la voz de un fraile franciscano que está predicando ante una gran multitud de laicos y clérigos en pleno Hyde Park. Por supuesto, el autor es consciente de que esta situación exige una

explicación. Monseñor Masterman, el hombre que ha perdido la memoria, se sienta unas horas más tarde a la mesa con el señor Manners, un historiador que le pone —a él y al lector— en antecedentes. De forma muy sucinta explica cómo es posible que en 1973 (la obra fue publicada en 1911) el mundo entero se haya convertido al catolicismo. Los argumentos esgrimidos por Manners son prácticamente un calco de los que usa Benson en su conferencia Catholicism and the Future. El planteamiento de la novela es muy atrevido, pero el desarrollo de la misma resulta verosímil y fascinante.

En este punto de nuestra introducción cabría invitar al lector a que comenzara a leer la novela y a que se dejara llevar por ella, para degustar por sí mismo los manjares que en ella se encuentran. Hallaría una serie de episodios descriptivos en los que se muestran diferentes aspectos de este mundo católico. Algunos de ellos le podrían causar un sentimiento de aquiescencia, mientras que otros podrían provocar sensaciones de aguda sorpresa e incluso de consternación; pero siempre debe tenerse en cuenta que lo que en este libro se explica es obra e idea del autor y, por tanto, la responsabilidad de lo descrito es únicamente suya.

Ahora bien, si el lector quiere ahondar más en la novela, creo que sería necesario exponer algunos puntos del pensamiento del autor que ayudarán a entender con mayor profundidad el porqué de esta obra y de algunas de las escenas que en ella aparecen. En primer lugar, Alba triunfante nació en la órbita de su hermana melliza The Lord of the World, publicada en esta editorial con el título Señor del mundo. Hugh mismo explica en el prólogo que su obra anterior había causado un gran desánimo en los católicos, así que decidió escribir una novela en sentido contrario. En la primera de sus novelas futuristas o de humanismo ficción, como alguno las ha catalogado, el pensamiento moderno, o

socialista, acaba por ahogar toda trascendencia. En cambio, en Alba triunfante ocurre todo lo contrario. El pensamiento antiguo, católico, en el que conviven materia y espíritu, triunfa en el mundo y hace desaparecer el socialismo y el materialismo.

Tengamos presente que Benson no entendía el socialismo exactamente como lo entendemos nosotros. Por otro lado, los movimientos socialistas eran diferentes en función del país en el que se desarrollaron. Tampoco se puede establecer un punto de comparación adecuado entre el socialismo marxista y el socialismo utópico de Saint-Simon, por ejemplo. En 1893, cuando Hugh tenía 22 años, se funda en Inglaterra el Partido Laborista Independiente, que puede ser considerado como un auténtico partido socialista. A pesar de que Marx residía en Londres, los socialistas ingleses le hicieron poco caso y no aceptaron fácilmente el dogmatismo del alemán. Los socialistas ingleses pretendían que poco a poco se comunalizaran las fábricas, y discutían si tenían que ser controladas por las comunidades locales o por el Gobierno, pero en ningún caso se

(15)

debían expropiar las propiedades. Las empresas públicas pagarían mejor y producirían mejores productos con lo cual los trabajadores más capacitados emigrarían a las

empresas públicas, y las privadas tendrían que ir cerrando poco a poco. Sin duda, este partido tuvo su precedente intelectual en la Sociedad Fabiana. Esta sociedad oriunda de Inglaterra se planteaba un socialismo no dogmático, en el que se buscaba el progreso a través de la acción parlamentaria y democrática. Entre los miembros de esta sociedad encontramos al literato y activista Bernard Shaw (1856-1950). Esta corriente socialista moderada inglesa parece cercana a lo que se vive en el Señor del mundo, donde el Partido Laborista se adueña del poder y establece el socialismo de forma pacífica y a través de la victoria democrática, mientras que el socialismo marxista pretende arrogarse el poder a través de la revolución. Sin embargo, en el Señor del mundo, Robert Hugh Benson introduce luego un factor de radicalización que no parece coincidir con el talante moderado del socialismo inglés de su época.

Otro factor importante a tener en cuenta en estas dos obras es su carácter hiperbólico. Un objetivo de Benson es mostrar las últimas consecuencias de las ideas. Para ello necesita crear el ambiente adecuado para que se desarrollen. Esto puede llevar a que las ideas parezcan distorsionadas. No podemos saber qué ocurriría en un mundo

completamente socialista ni completamente católico, porque no ha ocurrido nunca. Algún atisbo podríamos tener del primer caso en la extinta Unión Soviética, y de la Edad Media en el otro. Pero Benson ni siquiera llegó a vivir la Revolución bolchevique en Rusia, ni tampoco se ha vivido un régimen católico con los avances modernos de la ciencia. En el Señor del mundo se juzgan, gracias a su desarrollo histórico, las consecuencias de unas ideas socialistas y ateas que culminan con la llegada del anticristo. Y el resultado es descaradamente negativo. En Alba triunfante se juzga también otra ideología. En esta novela, Hugh presenta una imagen, creada por él, de lo que podría ser el desarrollo social, científico, etc., de una sociedad católica. Religión católica y la ideología social de inspiración católica presentada en el libro no tienen por qué coincidir. Los dogmas tienen que ver con la divinidad y también con las costumbres, pero no necesariamente con la sociedad. Hugh plantea en su novela, por ejemplo, el sufragio universal, pero solo para aquellos que superen un examen. Esta idea política de Benson no es en absoluto un requerimiento del catolicismo. De la misma manera hay que distanciarse un poco de todo lo que el autor propugna en la novela. Guardemos una distancia entre sus afirmaciones y la enseñanza dogmática de la Iglesia. Esta novela es, como hemos dicho, hiperbólica. Sin embargo, el juicio que se emite al final, oculto en el recurso literario utilizado por el autor, parece ser positivo.

Por otro lado, conviene dar un apunte sobre las ideas políticas del autor. La sociedad pintada por Benson en Alba triunfante se aferra al antiguo régimen, hasta llevarlo prácticamente a la Edad Media. Las ideas políticas de Robert Hugh Benson se ven bastante bien reflejadas en Alba triunfante. Cuando, en su segunda visita a América, saludó al presidente de los Estados Unidos, dijo de él que era encantador, genial y digno,

(16)

pero democrático. No pudo aceptar la modernidad y siempre se aferró a la autoridad, por encima del libre pensamiento. De hecho fue la necesidad de autoridad uno de los motivos que lo llevó a la Iglesia católica. Además, en la novela se habla de los librepensadores como de algo negativo. En el pensamiento antiguo, la autoridad viene de arriba, por tanto, la forma de gobierno más adecuada es la monarquía. En el pensamiento moderno, la autoridad viene de abajo, con lo cual solo la democracia puede regir la sociedad. Por tanto, según él, la autoridad religiosa católica es antidemocrática. Las citas en las que se critica la democracia abundan: de ella dice, por ejemplo, que mata la individualidad, y que nadie cree en la democracia, porque la gente es verdaderamente educada y no educada a medias. Sin embargo, esta época, en la que el mundo es completamente

católico, no se trataría de una época oscurantista, como los iluministas nos han pintado la Edad Media. La ciencia y la medicina han alcanzado unas cotas sin parangón en la

historia.

Y esto nos da pie para introducir el tema que me parece más apasionante. Se trata de la relación entre ciencia y religión. Monseñor Masterman, perplejo ante el mundo que está descubriendo, pregunta sobre este tema a su secretario, el Padre Jervis: «¿Cuál es el punto de unión entre fe y ciencia?». A lo cual el secretario responde: «No le entiendo». O lo que es lo mismo: esa pregunta no tiene sentido en la mente del secretario, porque ya está acostumbrada a los usos de la época. En el mundo de Alba triunfante hay una unión tal entre ciencia y religión, que no cabe ni siquiera plantearse en qué punto se tocan. ¿Cómo se ha llegado a este grado de convivencia? Recordemos que nos encontramos con una obra de un cierto carácter hiperbólico. Por ello, las ideas que se desarrollan tienen una base real, para luego elevarse, en este caso, hasta la utopía.

Benson entiende que es un hecho que la ciencia moderna está descubriendo ciertos fenómenos que la Iglesia católica conocía desde hace siglos. Uno de ellos es la posesión diabólica. Con el siguiente fragmento de Catholicism and the Future percibiremos cómo ve en la moderna psicología, este hecho de la posesión: «La Iglesia ha observado durante unos dos mil años que tanto ahora como entonces ciertos seres humanos manifiestan signos evidentes de ser dos personas en una, dos personalidades dentro de un mismo organismo; más aún, observaba que el uso de un lenguaje enérgico dramático, ejercido por la autoridad, si perseveraba lo suficiente, frecuentemente, pero no de modo infalible, tenía el efecto de desterrar a una de estas personalidades aparentes. Llamaba al primer fenómeno “posesión” y al segundo “exorcismo”. […] Sin embargo, actualmente no hay prácticamente ningún psicólogo moderno de reputación que no esté familiarizado con estos fenómenos y que no admita completamente los hechos. Es verdad que los “pensadores modernos” le dan otros nombres a los fenómenos (“personalidades alternantes” a una y “sugestión” a la otra), pero al menos reconocen los hechos». Pasemos ahora a un fragmento de Alba triunfante, donde se salta del hecho a la utopía: «Finalmente, las investigaciones de los psicólogos relativas a lo que se llamaba entonces el fenómeno de la “personalidad alterna”, prepararon el camino para que fueran

(17)

aceptadas francamente las enseñanzas católicas relativas a la posesión y al exorcismo, enseñanzas de las que, medio siglo antes, se hubieran reído, rechazándolas, todos los que aspiraban al nombre de hombres de ciencia. La psicología descubrió entonces lo que ya estaba descubierto: que por debajo de los fenómenos físicos existía una fuerza que nada tenía de física en sí misma; que esta fuerza ofrecía en ciertos casos los caracteres de una personalidad; y, en fin, que la equivocada Iglesia católica había demostrado ser más científica que los hombres de ciencia en lo relativo a la observación de los hechos; que esta fuerza, tratada según los procedimientos cristianos, podía realizar lo que no era posible según otro procedimiento alguno» (Alba triunfante, p. 74).

En Alba triunfante, este hecho de la posesión, unido al hecho de la sugestión religiosa* y otros temas tanto del campo de la psicología como de otras ciencias, hacen cambiar el modo de pensar de los científicos, hasta ser conscientes de que hay unas fuerzas no materiales en la vida cotidiana de los seres humanos. La ciencia poco a poco deja de ser materialista y se psicologiza, se espiritualiza. Esto permite que la ciencia se desarrolle de una manera nunca vista y con unos horizontes inimaginables hasta ese momento.

A la unión entre psicología, ciencia y religión, corresponde la unión en el ser humano de mente, cuerpo y espíritu. Esta unión implica una interconexión entre estas tres

dimensiones humanas. La acción sobre una de ellas afecta a las otras. De ahí que Benson afirme que «el poder de la autosugestión es ciertamente un hecho destacable; y vacilaría al intentar limitar el efecto de una mente convencida actuando sobre el cuerpo»

(Christian Science). Hoy en día ya es un lugar común hablar de somatización. Es decir, del traspaso de un estado psicológico al plano físico. Benson está convencido de que la propia mente es capaz de ejercer una influencia física sobre el cuerpo. Por ejemplo, nos dice que «un hipnotizador puede desterrar un dolor de cabeza nervioso y puede, bajo ciertas circunstancias, modificar los estragos de una dolencia orgánica» (Christian Science). ¿De qué sería capaz la mente humana en relación con el cuerpo, si se la

sometiera a un tratamiento de sugestión continuada? Esta idea lleva a Benson a la utopía de imaginar en el futuro de Alba triunfante una práctica médica muy diferente a la que conocemos hoy en día. Cuando se presenta una enfermedad, no se intenta curar

primariamente el cuerpo, sino la mente, porque la raíz de las enfermedades se encuentra en la mente y luego se manifiesta en el cuerpo. De esta manera, las enfermedades de tipo nervioso se curan instantáneamente, mientras que las enfermedades físicas de proceso largo necesitan una sugestión mental de al menos dos tercios del tiempo que tardó el paciente en enfermar. Los mejores científicos y médicos son clérigos porque son los que mejor conocen el espíritu. Irlanda se ha convertido un gran monasterio que a su vez es un gran hospital, atendido por monjes. Allí pasa Monseñor Masterman unos días de recuperación de su pérdida de memoria.

* «La sugestión religiosa, como se decía en el lenguaje de la época, tenía el poder de realizar ciertas cosas de que la sugestión ordinaria no era capaz» (Alba triunfante, p. 74).

(18)

Sin embargo, el lugar en el que la ciencia y la religión trabajan codo con codo es en Lourdes. Allí se vive diariamente lo sobrenatural en forma de curaciones milagrosas. Tanto teólogos como científicos investigan conjuntamente, para descubrir dónde se halla la frontera entre lo natural y lo sobrenatural. En Lourdes se encuentra con el Padre Adrian Bennett, fraile y teólogo, inmerso en el estudio de los casos milagrosos, y partidario de una serie de tesis que provocarán que la maquinaria que asegure la

ortodoxia se ponga en marcha. El desenlace de su historia bien merece ser leído, antes que explicado.

Esta novela podría dar margen para muchas páginas de comentario y estudio. Soy consciente de que hay episodios que dejo sin comentar, pero también hay que dejarle espacio al autor para que nos sorprenda con sus propias artes. Quizá, por ello, he exagerado también en la amplitud de esta introducción, pero no está de más conocer la raíz de las ideas que el autor imprimirá en la mente del lector, a veces como roce de seda y otras como auténticos latigazos. Pero lo que el lector no puede pensar de ninguna manera es que esta obra que sostiene en sus manos le dejará indiferente.

SERGIO GÓMEZ MOYANO

PRÓLOGO DEL AUTOR

En uno de mis libros anteriores a este, el que lleva el título de El señor del mundo,

intenté bosquejar los acontecimientos que, dentro de cien años, era lógico suponer que se desarrollarían, a mi entender, si la dirección que llevaba lo que se denomina «el

pensamiento moderno» persistía lo suficiente para ello; y repetidas veces se me dijo después que el efecto que la obra produjo era de depresión y desaliento para los

cristianos optimistas. En la presente, mi intención ha sido, adoptando también la forma de parábola, no retirar en lo más mínimo nada de lo que dije en mi anterior libro, sino seguir la dirección opuesta y bosquejar, valiéndome, repito, de aquella forma, los

acontecimientos que lógicamente podría esperarse que ocurrieran dentro de unos sesenta años, a lo que yo juzgo, si las cosas se desarrollaran en sentido contrario y el

pensamiento antiguo (que ha resistido la prueba de los siglos y va siendo, por modo muy notable, reivindicado por personas más modernas que los mismos modernistas) fuera el que persistiese, en vez del otro. Con frecuencia nos dicen los moralistas que los tiempos en que vivimos son verdaderamente críticos, con lo cual quieren significarnos que no están ellos mismos muy seguros de que el triunfo se incline hacia su lado o no. Pero mirando las cosas de otro modo, puede afirmarse que todos los períodos son críticos, desde el momento en que cada uno encierra el conflicto entre dos fuerzas

irreconciliables. Señalar los efectos que, a mi parecer, se producirían alternativamente en ambos grupos contendientes, según el que predominara durante cierto tiempo, es lo que me he propuesto al escribir estos dos libros.

(19)

conatos de estudio del asunto de la «persecución religiosa» pues me hallo firmemente persuadido de que en la teoría por mí sustentada se halla la explicación de fenómenos como los que ofrecen el reinado de María Tudor en Inglaterra y la Inquisición española. Creo yo que, en rigor, el responsable de ese desgraciado sistema de gobierno fue, en cada caso, el Estado y no la Iglesia; y que aquellos procedimientos iban dirigidos no contra la heterodoxia considerada en sí misma, sino contra una heterodoxia que, dadas las

circunstancias de aquellos tiempos, se creyó que amenazaba la estabilidad civil de la sociedad en general, y fue castigada como si aquellas opiniones constituyeran ya una traición y no una herejía.

Roma. Cuaresma de 1911.

PRELUDIO

Recobró gradualmente los sentidos, dándose cuenta de que estaba tendido en el lecho. Pero fue esto último el resultado de toda una serie de intensos esfuerzos mentales, lentamente practicados, y hubo que irlo forjando tan laboriosamente y con tal lógica, sentando premisas y sacando deducciones, que no otra cosa parecía sino que preparaba aquellas tesis teológicas que le enseñaron veinte años atrás en el Seminario. Veía la sábana extendida bajo su barba; el cobertor, que a primera vista parecía un paisaje lleno de colinas y de valles y pintado de color de sangre; sobre su cabeza distinguía el techo, que al principio le pareció tan lejano como la bóveda de los cielos.

Entonces, poco a poco, el confuso bramido que resonaba en sus oídos se convirtió en un simple susurro. Era antes como el estruendo de unos martillos de bronce golpeando en resonantes cuevas; como un girar de ruedas continuo; como la pesada marcha de innumerables millares de hombres. Pero ya no fue más que calmante murmullo, algo parecido al flujo de la marea que bate contra los altos acantilados: una nota continua y suave, envuelta en luz y en silbantes quejidos. Eso mismo le obligó a pensar largo rato antes de llegar a una conclusión definitiva; mas, conseguida al fin, adquirió el

convencimiento de que estaba en cama en algún sitio al cual llegaban los rumores del tráfico callejero. Súbitamente se persuadió de que forzosamente debía de hallarse en su propio domicilio de Bloomsbury; pero otra larga y escrutadora mirada hacia lo alto le demostró que para ser ello cierto resultaba excesiva la elevación del techo.

No pudo resistir el continuo esfuerzo del pensamiento y sintió un inexplicable malestar. Resolvió no pensar en nada, por miedo de que el ruido volviera a convertirse en aquel martilleo que sintió antes dentro del cráneo vacío…

Notó luego cierta presión en los labios, y como el vago sabor de algo. Pero no era más que la sombra de una sensación: como si mirara beber a otro y le viera tragar algo… En seguida volvió a presentarse rápidamente ante sus ojos la misma visión del techo; se daba cuenta perfectamente de que estaba en cama bajo la roja cubierta de tela; de que la

(20)

habitación era espaciosa y ventilada; de que dos personas le contemplaban: un médico, vestido de blanco, y una enfermera. Saboreó largo rato este convencimiento, observando cómo la facultad de recordar iba afirmándose por momentos en su cerebro. Uno a uno fueron surgiendo ante su vista mil pormenores: cada vez más lejanos, hasta llegar a los ya olvidados recuerdos de la infancia. Evocó los de su propia personalidad, presente y

pasada; los de sus amigos; los de su vida, hasta alcanzar el límite de un día o una serie de días en que quedaba un gran vacío. Vio mil rostros conocidos, y se le ocurrió entonces, como súbitamente iluminado por una llamarada, la idea de empezar a preguntar. Lo hizo así y estudió concienzudamente cada respuesta, examinándola en todas sus fases y reflexionando acerca de ellas con tal fuerza de concentración que a él le parecía estupenda.

—De modo que estoy en el Hospital de Westminster —se dijo—. ¡Qué impresión más curiosa! Por fuera lo he visto muchas veces. Es un edificio de fachada de ladrillo descolorido. ¿Y cuánto tiempo hace que estoy aquí? ¿Cuánto? ¿Cuánto han dicho? ¡Mucho me parece: cinco días! ¿Y qué diantre habrá ocurrido con mis trabajos? En el Museo deben de echarme ya de menos. ¿Cómo puede prescindir de mí el Dr. Waterman para escribir su historia? Tendré que despachar este asunto inmediatamente. Ya se hará él cargo de que no ha sido mía la culpa…

»¿Qué? ¿Que no me moleste pensando en esas cosas? Pero… ¡Ah! ¿Ha estado aquí el Dr. Waterman? ¡Qué amable es y qué atento! ¿Me concede todo el tiempo que necesite? Perfectamente. Hágame el favor de darle las gracias por su interés al informarse de mi salud… Y añadan también que de todos modos no tardaré en estar a su lado… ¡Ah! Díganle, además, que encontrará todos los datos referentes a los papas del siglo XIII en la libreta negra (la más gruesa) que está encima de la chimenea, a mano derecha. Todas las citas están ya comprobadas… Gracias, mil gracias… Al propio tiempo díganle que no estoy muy seguro respecto al asunto de la familia de los Piccolomini… ¿Cómo? ¿Que no me moleste? Pero si… ¡Bueno! Pues un millón de gracias».

Siguió a todo esto largo rato de silencio. Estaba él pensando, con todo el ahínco de que era capaz, en los papas del siglo XIII. ¡Qué fastidio no podérselo explicar él mismo al Dr. Waterman! Tenía la seguridad de que algunas de las hojas de la libreta negra estaban descosidas, y si por desgracia la cogían sin cuidado podían aquellas caerse sobre el fuego con la mayor facilidad. Y entonces, sería necesario empezar de nuevo el trabajo, lo que habría de llevársele sabe Dios cuántas semanas…

De pronto una voz de mujer, reposada y suave, comenzó a hablarle al oído; pero durante largo rato no pudo entender lo que le decía. Hubiera deseado que se callase y le dejara tranquilo. Lo que él quería era pensar respecto a aquel asunto de los papas. Adoptó el sistema de mover afirmativamente la cabeza y aprobarlo todo con un vago murmullo de asentimiento, como preparándose a conciliar el sueño; pero era inútil; la voz continuaba siempre lo mismo, hasta que repentinamente llegó a comprender lo que le decían; y

(21)

entonces se apoderó de él una impresión de ira.

—¿Cómo podían saber que él hubiera sido nunca sacerdote? Escudriñando en su vida y chismeando, como de costumbre… No, señor: no quería allí a ningún cura: él no lo era ya, y ni siquiera podía llamarse católico. ¡Mentira, mentira desde el principio al fin, era todo lo que le habían enseñado en el Seminario! ¡Todo, una serie de embustes! ¿Querían aún que se lo dijera más claro?...

Pero ¿por qué no se callaba aquella voz?... ¿Que estaba enfermo de gravedad? ¿Que pronto volvería a perder el conocimiento? ¡Bueno! ¿Y qué? ¿Qué significaba esto? ¿Qué le importaba a él?... No, señor: no necesitaba a ningún cura… ¿Lo entendían?... Tenía bien clara la cabeza y sabía perfectamente lo que decía… ¡Sí, señor! ¡Aunque estuviera gravísimo, aunque tuviera la seguridad de que iba a morirse! (Sí, pero esto era de todo punto imposible, porque antes tenía que acabar las notas que estaba escribiendo para la nueva Historia de los Papas del Dr. Waterman, y el trabajo se le llevaría algunos meses.) De todos modos: no quería allí curas. Ya sabía él a qué atenerse: había afrontado todos los peligros y no le asustaban. La ciencia borró de su cerebro esos absurdos. No existía una religión: todas eran iguales. No había ni pizca de verdad en ninguna de ellas. La física tenía ya resuelta la mitad de este asunto, y la psicología la otra mitad. Todo estaba ya explicado. Y sea como fuere: él no quería que fuera allí ninguno de esos condenados curas. ¡Clarito! ¡A ver si así le dejarían tranquilo!

—Y ahora volvamos a los Piccolomini. No hay duda de que cuando Eneas fue elevado al Sacro Colegio… —Pero ¿qué? ¿Qué le pasaba al techo? ¿Cómo podía él pensar en

Eneas mientras el techo se moviera? ¿A quién podía ocurrírsele que en el Hospital de Westminster los techos se fueran por lo alto como ascensores? ¡Qué ingenioso! Debía de ser un sistema de ventilación. La verdad es que ya empezaba a faltarle el aire. Y las paredes… ¿no debieran ser también giratorias? Así podrían renovar por completo en un momento todo el aire de la habitación. Verdaderamente que eso era muy ingenioso… Y necesario entonces, puesto que a él se le acortaba la respiración… ¿Por qué esos

médicos no hacían mejor las cosas? ¡Encerrarle allí de ese modo!... No podía respirar… No le quedaba otro remedio que abrir la ventana… ¡Aire!... ¡Aire!... ¡Más aire!...

(22)

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO I

Lo que ante todo llamó su atención fueron sus propias manos, cruzadas sobre el regazo, y los puños de paño de los cuales parecían brotar aquellas; pero tal adorno era

precisamente lo que más le intrigaba. Tan absorto le tenía, que ni pudo fijarse al principio en los extraños rumores que flotaban en torno suyo, sino solo en aquellos puños que aunque eran negros, ostentaban un ribete de color púrpura como el que suelen usar los prelados. Instintivamente se miró las manos por el lado del dorso pero no notó en sus dedos anillo alguno. Levantó entonces la vista y paseó en torno la mirada.

Estaba sentado en elevado sillón puesto bajo dosel. Una alfombra cubría, a sus pies, un par de escalones, y algo más allá se agrupaban numerosos eclesiásticos, de espalda hacia él, clérigos seculares de sobrepelliz, sotana y bonete, a quienes acompañaban tres o cuatro franciscanos descalzos y dos benedictinos. A cosa de diez metros de distancia se elevaba un púlpito portátil de los de espaldar y sombrero, colocado al aire libre, y predicando allí se destacaba la esbelta figura de un fraile joven que parecía poseído del más hondo fervor. En torno del púlpito y hasta inmensa distancia, en cuanto podía abarcar la vista, se divisaba una incalculable y silenciosa multitud, y más allá árboles, muchos árboles, cuyo verdor se destacaba contra el azul de un cielo estival.

Sin comprenderlo, se quedó sumido en la contemplación de todo esto, que carecía de precedentes en la historia de su vida. Ni supo adivinar dónde estaba, ni a qué acto asistía, ni quién era aquella gente: no conoció al fraile predicador: no se conoció tampoco a sí mismo. Miraba, sencillamente, cuanto le rodeaba, y volvía a clavar la vista en sus propias manos, en su propio cuerpo.

Nada logró con tal examen, porque se vio vestido de tan desusado modo que nunca lo estuviera así antes. Su sotana de valona era negra, con botones purpúreos, lo mismo que la faja; en sus zapatos lucían hebillas de oro; pero no notó que llevara pendiente del pecho cruz alguna. Se descubrió con cierta timidez, por temor de que alguien le observara, y vio que su birreta era también negra y con borlita purpurina. Volvió a cubrirse, convencido ya de que, al parecer, su traje era el de Prelado Doméstico de Su Santidad.

Cerrando los ojos, quiso pensar, pero ni el más mínimo recuerdo le ayudó a ello. No se enlazaban las ideas en su mente. De pronto, se le ocurrió que si sabía ya que él era entonces Prelado Doméstico, y si había reconocido el hábito de un franciscano, era que él debía de haber visto todo esto anteriormente. ¿Dónde? ¿Cuándo?

(23)

consecuencia del intenso esfuerzo mental; mas la pequeñez se juntaba en ellos a la lejanía, como si los mirara a través de los cristales de un catalejo puesto al revés, con lo cual era imposible sacar nada en claro. Solo a fuerza de obstinarse en pensar pudo despertarse en él el recuerdo de que había sido sacerdote en otros tiempos, de que había dicho misa. Lo único que no sabía era dónde y cuándo: ni siquiera conservaba en la memoria su propio nombre.

Era horroroso lo que le ocurría: ignoraba él mismo quién era. Aterrorizado, abrió los ojos desmesuradamente y notó que un sacerdote anciano, vestido también de sobrepelliz y sotana, le miraba por encima del hombro. Algo inquietador debía de reflejarse en su consternado rostro, puesto que, separándose del grupo el anciano, subió los dos escalones que se interponían entre ellos y se colocó a su lado.

—¿Qué os ocurre, Monseñor?

—Estoy enfermo…, muy enfermo… —tartamudeó el interrogado. Le miró el cura un momento con aire de duda y añadió:

—¿No podéis…, no podéis esforzaros un poco y tener ánimo? El sermón no durará ya mucho…

Pareció volver en sí el otro al oír estas palabras, comprendiendo que a toda costa convenía no llamar la atención, y con rápido movimiento de cabeza asintió al consejo. —Sí, puedo aún sostenerme, Padre, si no ha de durar mucho; pero, después, le ruego que me acompañe a mi casa.

Nuevamente le miró el sacerdote con aire de duda.

—Vuelva usted a su sitio, Padre. Estoy bien. No llame usted así la atención. Limítese a acercárseme después.

Volvió el cura a su sitio; pero no sin mirarle aún una o dos veces.

Entonces, aquel hombre que ignoraba quién era él mismo, apretando tercamente los dientes, formó la firme resolución de recordar. El propósito era, sin embargo, absurdo. Se dijo a sí mismo que lo mejor era empezar por cerciorarse del lugar en que se hallaba. Si podía darse cuenta de su posición allí y de los trajes que le rodeaban, era imposible que hubiera perdido del todo la memoria.

Frente a él y hacia la derecha, seguro estaba de distinguir unos árboles, más lejanos que las agrupadas cabezas de la multitud. Algo había en el modo de estar dispuestos que le era vagamente familiar; pero no bastaba esto para darle indicaciones precisas. Irguió el cuerpo cuanto pudo, mirando en aquella dirección lo más lejos posible. La arboleda continuaba extendiéndose. Entonces dirigió la vista hacia la izquierda, divisando algunas construcciones. Pero parecían antiquísimas, y no eran casas ni arcadas, sino algo

indeciso entre ambas cosas: una especie de pórtico primorosamente trabajado.

Al fin, fue iluminándose su mente y comprendió en qué lugar estaba, sentado bajo dosel. Era aquello la entrada del Hyde Park, al cual pertenecían las agrupaciones de árboles; allí, en un claro espacioso, comenzaba un paseo, el de Rotten Row, y una calle cuyo nombre fue recordando (Park Lane) se abría a su espalda. Como en tumulto le asaltaron

(24)

mil impresiones, mil preguntas que formular, y, sin embargo, nada de ello le servía para avanzar en el conocimiento de cómo había llegado hasta allí, de quién era, de qué

acontecía en torno suyo. ¿Qué hacía allí aquel fraile predicando en el parque? Resultaba ridículo y peligroso… Podía hasta alterar el orden público…1

Se inclinó para oír mejor las palabras, en un momento en que el orador parecía querer abarcar todo el horizonte con amplio ademán.

—Hermanos, extended la mirada a vuestro alrededor —decía a grandes voces—. Cincuenta años atrás era este un país protestante, y la Iglesia de Dios se consideraba como una de tantas sectas. Hoy, en cambio, Dios ha recobrado sus derechos, y la verdad se ha abierto paso. Cincuenta años atrás no éramos más que un puñado de fieles entre miles de incrédulos, y hoy gobernamos el mundo. «Hijo del hombre: ¿pueden resucitar estos secos huesos?» dijo al profeta la voz de Dios. Y —¡mirad! —se irguieron y formaron un inmenso ejército. Si tales cosas hizo Él por nosotros, ¿qué no hará por aquellos a los cuales me dirijo aquí? Y, sin embargo, por medio del hombre se realizan las obras de Dios. «¿Cómo queréis que oigan si no tienen quien les predique?» Cuidad, pues, que no falten jornaleros en la viña del Señor. Ya están maduros los racimos, esperando quien los coja, y lo único que falta es que lleguemos nosotros… Mandadme, pues, obreros que trabajen en mi viña, nos ordena el que es Señor de todas las cosas.2 No era muy escogido el lenguaje, ni las ideas se apartaban mucho del camino trillado, y todo ello llegaba al asombrado oyente dicho con acento raro, indefinible; pero se

exteriorizaba con tan maravillosa fuerza la personalidad del orador, y tan potente era su voz, que parecía dominar a todo el auditorio, hasta a aquella parte de él diseminada a lo lejos por los paseos laterales, fuera ya del parque. Se santiguó rápidamente el fraile, le imitaron los más cercanos al púlpito, y, terminado el sermón, desapareció el que lo pronunciara y comenzó a oírse el rumor de innumerables conversaciones.

Pero ¿qué podía ser todo aquello?, se preguntó nuestro hombre. ¿Y la alusión a la viña? ¿Y por qué el orador acudía en su demanda al pueblo inglés con tan inusitadas palabras? No era para nadie un secreto que la Iglesia católica en aquel país contaba con bien pocos fieles. Cierto que algo habían aumentado, pero…

Interrumpió sus meditaciones al ver un grupo de eclesiásticos que se acercaba a él, notando, al propio tiempo, que por todas partes comenzaba ya a dispersarse la multitud. Clavó con rabia los dedos sobre los brazos del sillón, esforzándose con empeño en recobrar el propio dominio. No quería ponerse en ridículo ante tanta gente, y se propuso mostrarse discreto, hablando lo menos posible.

Pero la precaución resultó entonces casi innecesaria. El sacerdote anciano que le había hablado antes se adelantó algo a los demás, diciendo algunas frases en voz baja a los benedictinos, y todo el grupo se detuvo, aunque algunos de los que lo formaban

parecieron mirar disimuladamente y con simpatía al que estaba esperando. Entonces el cura llegó solo y puso la mano sobre el brazo del sillón.

—Salid por este lado, Monseñor —dijo entre dientes—. El camino está a vuestra espalda y he dado orden de que espere allí el coche.

(25)

escaleras pasó por detrás del dosel. Había allí una pareja de policías cuyo uniforme no estaba él acostumbrado a ver, pero que no podía confundirse con otro alguno, y a su paso se cuadraron los dos hombres y saludaron. Siguió él con su acompañante por un caminillo que les condujo a una de las puertas laterales del parque, fuera del cual

salieron. También allí la multitud era inmensa, aunque contenida por barreras, y ambos cruzaron la acera, saludados por media docena de personas que se apiñaban contra las vallas, y cuyos trajes notó, por primera vez y a pesar de su azoramiento, que eran

completamente distintos de lo que él estaba acostumbrado a ver. Llegó así a un coche, de forma rara y desconocida para él, que le esperaba en el arroyo, mientras un lacayo, desnuda la cabeza y vestido de librea de color de púrpura, mantenía abierta la portezuela. —Primero vos, Monseñor —dijo el cura.

Subió el otro al coche y se sentó, al paso que después de un momento de indecisión se inclinaba el sacerdote hacia la portezuela y decía:

—Recordará Monseñor que está citado en casa del Deán. Hay que hablar de un asunto importante… ¿Está en disposición de ir?

—No puedo…, no puedo… —balbuceó nuestro hombre.

—Bien, cuando menos pasaremos por allí: creo que no hay más remedio, y yo puedo adelantarme a hablar con él en vuestro nombre, si así lo deseáis, dejando allí los papeles que llevamos.

—Como usted quiera…, como usted quiera… Perfectamente.

Subió en seguida al coche el sacerdote; se cerró la portezuela; y un instante después, cruzando a través de la multitud, contenida por la policía, el majestuoso carruaje, sin nadie al frente que lo dirigiese, o al menos que se pudiera ver a través de los clarísimos cristales, partía en dirección del sur de la ciudad.

II

Durante unos momentos guardaron ambos silencio, siendo el primero en romperlo el cura anciano. Era de apacible rostro, no exento de cierta expresión de astucia y de viveza ratonil, y por los bordes del bonete aparecía en revuelta madeja su blanco cabello. Hablaba en lenguaje poco inteligible, aunque no desconocido.

—No le entiendo a usted, Padre —balbuceó nuestro hombre.

Le miró el otro fijamente y añadió, marcando bien las palabras, hablando muy despacio: —Pues decía que tenéis buen semblante, Monseñor, y preguntaba qué era lo que

sentíais.

La contestación se hizo esperar un poco. ¿Cómo explicar lo que al interrogado le ocurría?... Pero era tan amable el anciano y tal parecía ser su discreción, que aquél resolvió franquearse por completo.

—Creo…, creo que lo que me ocurre es que he perdido la memoria —dijo—. De otros casos me han contado, parecidos al mío. No sé…, no sé dónde estoy ni lo que hago. ¿Está usted seguro de no confundirme con otra persona? ¿Tengo, realmente, derecho a…?

(26)

Le miró el cura con aire sorprendido.

—No comprendo, Monseñor. ¿Qué es lo que no lográis recordar?

—Nada…, no recuerdo nada…, ni las cosas más sencillas —contestó su interlocutor con triste voz y como súbitamente descorazonado—. No sé quién soy, ni a dónde me dirijo, ni de dónde vengo… ¿Quién soy? ¿Qué represento aquí? ¡Por Dios, Padre, dígamelo usted!

—Calma, Monseñor, calma. No perdáis así la serenidad. De fijo que…

—Le he dicho a usted que no recuerdo absolutamente nada… Todo ha huido de mi memoria. Ni siquiera sé quién es usted, ni en qué día o en qué año vivo. Nada…, nada. Sintió que una mano se apoyaba en su brazo, y su mirada se encontró con otra fija en él con singular y reconcentrada fuerza. Se hundió en su asiento y notó que le invadía una impresión sedante de reposo.

—Vamos a ver, Monseñor: escuchadme un momento. Ya sabéis quién soy yo… —E interrumpiendo su discurso añadió—: soy el Padre Jervis. Sé perfectamente lo que son estas cosas: he estudiado en las escuelas de Psicología. Me paréce que no tardaréis mucho en recobrar la salud; pero para ello es preciso el más completo reposo. —Dígame usted quién soy —insistió el otro.

—Pues bien: escuchadme. Sois Monseñor Masterman, secretario del Cardenal, y regresáis ahora a Westminster en vuestro propio coche.

—¿Y qué significa todo lo que he visto? ¿Por qué estaba allí aquella muchedumbre? Los penetrantes ojos seguían mirándole con dominadora fuerza.

—Acabáis de asistir, presidiendo la fiesta, al sermón que pronuncian cada sábado, a la hora del mediodía, en el Hyde Park, los misioneros de Oriente. ¿Lo recordáis ahora? ¿No? Bien, no importa. El predicador era el Padre Antonio. Ya habéis notado su emoción… Era la primera vez que hablaba allí.

—Lo que noté es que llevaba el hábito de fraile —murmuró el que se veía calificado de Monseñor.

—¡Ah! ¿Conocisteis el hábito? Pues ya veis cómo no ha sido total la pérdida de vuestra memoria. Decidme: ¿qué respuesta se da al Dominus vobiscum?

—Et cum spiritu tuo.

Sonrió el cura y abrió la mano con que oprimía el brazo del otro.

—Perfectísimamente. Veo que se trata solo de una opacidad parcial. ¿Por qué no me entendisteis, pues, cuando os hablé en latín?

—¡Ah! ¿Era latín? Me lo figuré; pero lo hablaba usted tan de prisa… Y yo no tengo la costumbre…

—¿Cómo que no tenéis esa costumbre, Monseñor? —dijo el anciano con humorística gravedad—. Pero… —E interrumpiendo la comenzada frase añadió—: Mirad por la ventanilla… ¿Dónde estamos?

Miró nuestro hombre, satisfecho ya y tranquilo, pensando que, después de todo, era verdad que aún le quedaba algo de memoria, lo cual abría el campo a la esperanza de que pronto se restablecería por completo. A través del cristal de la ventanilla, como rápida visión, al doblar una esquina el coche, vio la Torre de la Reina Victoria, notando,

(27)

de paso, que el reloj señalaba la una menos cinco.

—Esto es el Palacio del Parlamento —dijo—. ¿Y qué es esa columna tan alta en medio de la plaza?

—La imagen de la Inmaculada Concepción. Pero ¿cómo ha dicho Monseñor que se llamaba ese conjunto de edificios?

—El Palacio del Parlamento, ¿no es eso? —contestó con temblorosa y atemorizada voz nuestro hombre, comenzando ya a dudar de la integridad de sus propias facultades. —Y ¿por qué darle ese nombre?

—¿Pero no es verdaderamente el suyo? —Lo fue, aunque no lo es ya.

—¡Dios mío! ¿Me he vuelto loco, Padre? ¿En qué año estamos? Se sintió otra vez turbado ante la escrutadora mirada del anciano. —Haced memoria, Monseñor… Aguzad el entendimiento… —¡No sé!... ¡No sé!... ¡Por Dios!...

—¡Calma!... ¡Calma!... Estamos en el año 1973.

—¡Imposible! ¡No puede ser! —exclamó con honda ansiedad el otro—. ¡Si yo recuerdo aún los comienzos del siglo!

—Monseñor, tened la bondad de escucharme… y nos entenderemos así mejor. Estamos en el año 1973. Nacisteis en… en 1932. Tenéis ahora cuarenta años. Sois secretario y capellán Particular del Cardenal…, del Cardenal Bellairs. Antes de esto habíais sido Rector de la iglesia de Santa María del Oeste… ¿Lo recordáis ahora?

—No recuerdo nada absolutamente.

—¿No tenéis presente cuando recibisteis las Sagradas Órdenes?

—No. Lo único de que tengo idea es de haber dicho misa, no sé dónde. —Permitidme que os interrumpa. Hemos llegado.

Acababa el coche de pasar rápidamente por una arcada, torció a la izquierda y se paró ante la puerta del claustro.

—Ahora, Monseñor, haré yo mismo la visita y cuidaré de entregar esos papeles al Prior. ¿Los tenéis aquí?

—No sé…, no sé…

Se agachó el cura y sacó una cajita de un rincón del coche. —¿Queréis darme las llaves, Monseñor?

Buscó azoradamente el otro entre sus ropas, mientras el cura le miraba con fijeza. —Las tenéis guardadas en este bolsillo —dijo pausadamente.

En efecto, allí las encontró el desmemoriado, entregándolas como sin ánimo para nada, y mientras el cura las examinaba una por una cuidadosamente, tendió el otro la triste

mirada por encima de la cabeza del inmóvil criado de purpúrea librea que apoyaba aún la mano sobre la portezuela del coche. De fijo, pensó, que el lugar en que se hallaba no le era desconocido… Sí: era aquél el Patio del Deán. Y allí estaba la entrada del claustro de la Abadía. Pero ¿quién era el Prior y de qué se trataba?

Se volvió hacia su acompañante que, inclinado, entonces, sobre la caja, sacaba de ella unos papeles cuidadosamente colocados sobre los demás.

Referencias

Documento similar