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TERCERA PARTE

In document Alba Triunfante - Robert Hugh Benson (página 170-200)

CAPÍTULO PRIMERO I

—Temo, Monseñor —dijo el Cardenal—, que tendré que pediros, después de todo, que vayáis. Es de suma importancia que las autoridades católicas de Inglaterra estén

representadas en el desarrollo de este plan. Y creo que tendréis que salir en la primera expedición. Parte esta de Queenstown el primero de abril.

—Con mucho gusto, y ¿cuándo cree Su Eminencia que estaré de vuelta?

—Esto queda a vuestro juicio. No más tarde que de aquí a un mes o seis semanas a lo sumo, y casi me atrevería a asegurar que es fácil que mucho antes. Dependerá del humor de los colonos. Las autoridades civiles americanas serán las que decidan en última

instancia. Pero es de extraordinaria trascendencia que los emigrantes cuenten con alguien que hable en su nombre, y como sin duda la Iglesia será considerada como la verdadera responsable de todo, justo será también que un eclesiástico actúe allí como amigo suyo. Tratad de identificaros con ellos todo lo posible. Es seguro que las autoridades civiles se mostrarán inclinadas a la severidad.

—Muy bien, Eminencia.

El plan había llegado a la realización con la mayor rapidez. Después de la segunda lectura del proyecto de Estatuto, se dio ya por indudable, y acertadamente, que lo demás era cuestión de tiempo, y se calculó que teniendo en cuenta la actitud del Gobierno, la sanción real podría ya ser un hecho antes de que terminara el verano. Como

consecuencia inmediata, los socialistas de carácter más pacífico se atemorizaron, y en todos los países europeos en que ya se les cerraban las puertas de sus últimos refugios, o sea Alemania e Inglaterra, solicitaron que se buscara alguna forma de arreglo para que pudieran gozar de completa libertad civil y religiosa en otra parte. La idea, claro es, había estado latente durante largo tiempo. De todos lados llegaban quejas de que la opinión pública trataba a los socialistas con sobrada dureza; de que estos, en lugar de la

protección prometida, tenían que sufrir bastante por procedimientos irregulares usados contra ellos solo por sus opiniones, y que, al fin, habría que buscar alguna fórmula que les devolviera la libertad. Entonces América ofreció, franca y espontáneamente, que Massachusetts, que ya contaba en su población con gran número de socialistas, podría ser convertido en colonia a la que se le permitiría ostentar aquel carácter bien definido. Se advertiría a los cristianos que la nueva organización tendría, si lo consentían las grandes potencias, una base marcadamente ajena al catolicismo, y que en el futuro no se aplicarían a Massachusetts las leyes de inmigración. Claro es que quedaban aún

innumerables pormenores que estudiar; pero a fines de febrero estaba ya definitivamente establecido aquel convenio, y en todos los países europeos se organizaban expediciones de emigrantes.

espacio de algunos años se venía hablando de un arreglo que permitiera a los socialistas poner en práctica una vez más aquellas antiguas y ya explotadas ideas democráticas, a las cuales estaban ellos aún tan trágicamente aferrados. Hasta los niños sabían que cincuenta años atrás se había hecho igual experimento en varios sitios, y que el resultado fue la más espantosa tiranía, es decir, la tiranización de los que en las comunidades socialistas se empeñaban aún en conservarse fieles al individualismo. Pero el mundo seguía

preguntándose con cierta benevolencia qué ocurriría en una comunidad socialista en donde no hubieran individualistas. Indudablemente se vería una de estas dos cosas: que el plan iría desarrollándose con entera satisfacción de todos los demócratas, o que la teoría quedaría reducida en la práctica a un absurdo, y el veneno sería expelido para siempre del mundo. Por otra parte, si este refugio quedaba definitivamente asegurado y garantido por las grandes potencias, las nuevas leyes contra la herejía que iban ya aprobándose en Alemania, que se aplicaban con bastante rigor en las naciones latinas, y cuya adaptación se sabía que estaba preparándose en Inglaterra, podrían ir tomando incremento y aplicarse universalmente, sin miedo alguno de que su severidad pareciera excesiva. De una vez quedarían terminadas aquellas quejas continuas contra la injusticia cristiana, que no permitía la libre expresión de las ideas impías o socialistas, y se les ofrecería un refugio donde estas cosas podrían ser no solo discutidas, sino puestas en práctica.

Personalmente, Monseñor Masterman se hallaba indeciso respecto a todo esto; pero acogió con verdadero gusto tal solución de algunas de sus luchas internas, apoyando calurosamente el plan siempre que se le presentó alguna oportunidad.

Pero era extraña la persistencia con que, a pesar de sus esfuerzos, continuaba en él aquel hondo malestar que solo apaciguó, durante algún tiempo, su visita a Irlanda. Hondamente arraigada en su entendimiento, seguía la idea de que el cristianismo que le rodeaba, y en cuya administración tomaba parte él mismo, no era la religión de su divino fundador. Un instinto aún indestructible le decía que la actitud propia, esencial, del cristiano era la de hallarse dispuesto al sufrimiento, y en torno suyo solo veía por lo que se refiere a los actos públicos de la Iglesia, un especie de Gobierno triunfante. No podía ocultarse a sí mismo cierto temor de que, de un modo u otro, el mundo y la Iglesia hubieran trocado los papeles…

Por lo menos el nuevo ensayo constituía tanto un acto de justicia como de misericordia, y en cuanto a él, estaba muy dispuesto (tanto que él mismo lo había pedido más de una vez) a ir a Massachusetts con los primeros emigrantes que salieran de Inglaterra.

II

A pesar de todo cuanto había visto en sus viajes, aún le encantó contemplar la escena que se desarrolló en Queenstown, cuando las cuatro aeronaves de la línea Olympic, salieron sucesivamente, llevando cada una trescientos pasajeros. Él debía embarcarse en la última.

ciudad, podía dominar, a su derecha, el punto, cerrado por la ciudad misma, que se elevaba desde la orilla del agua hasta la enorme catedral, terminada cincuenta años atrás; y a su izquierda el mar abierto. Era aquella una hermosa mañana de primavera; el aire cargado de humedad y bañado de sol, era el radiante medio transmisor de los

resplandores de la ciudad, por un lado, y, por otro, del brillo de las anchas y mansas olas que iban a morir al pie de las rocas allá en lo hondo, a más de cien metros de donde él se hallaba. Aves marinas revoloteaban chillando en torno suyo inclinándose y deslizándose en busca del fresco viento del oeste; pero notó que, en cuanto la primera aeronave despegó y se deslizó por encima del mar, deteniéndose un instante para tomar el rumbo, como por arte de magia desaparecieron todas las aves: podía verlas allá lejos, como puntos blancos a flor de agua en dirección de la tierra, como si le pidieran a ella protección.

Aquellas aeronaves transatlánticas representaban un incalculable adelanto sobre todas las que él había visto antes. Al partir la primera, con sus cubiertas superior e inferior llenas de personas calladas, ansiosas, en su mayoría hombres, se volvió y pidió algunos datos al vivaracho canónigo irlandés que había ido con él desde la catedral para despedirlo.

—Tienen más de doscientos cuarenta metros de largo —dijo—, y se admiten en ellas únicamente trescientos pasajeros. Claro que a esto hay que añadir la tripulación,

cocineros, etc. La travesía dura de treinta y seis a cuarenta y ocho horas… Sí, a veces hay trasbordo durante el viaje, pero no es lo más frecuente. Esto siempre causa bastante retraso.

Siguió el otro hablando, y de su conversación recogía, de cuando en cuando, Monseñor, algunos hechos interesantes: los motivos de carácter topográfico por los cuales se había conservado Queenstown como puerto de embarque (según solía hacerse en la época de las antiguas líneas de vapores), a pesar de la transformación completa sufrida por Irlanda; el peso total de las naves aéreas cuando no estaban llenas de gas; y principalmente, la increíble velocidad de que podía dotárselas, si se contaba con viento favorable. Supo también que gracias a las severas leyes aplicadas a las líneas de navegación aérea, y cuya infracción se castigaba en todas las naciones con graves penas, el peligro de choque prácticamente había desaparecido. Y así por el estilo, fue enterándose de mil cosas que el canónigo le explicaba bien y fluidamente, pero tan abundantes eran los informes y tan grande su interés por lo que veía, que su atención vagaba sin cesar de una a otra cosa. Contemplaba allá abajo, en el suelo, la multitud de emigrantes, a sesenta metros del sitio en que él se hallaba, y vista a través de la barandilla de la plataforma, como si mirara por el tejido de una telaraña. Estaban todos agrupados en círculo, cercados por una valla que cerraba el paso a los curiosos, y el grupo iba disminuyendo paulatinamente, al elevarse, y descender luego vacías, las plataformas que los conducían hasta el lugar de embarque situado precisamente debajo de donde estaba. El murmullo de las conversaciones llegaba hasta él como un rumor de colmena.

Comprendió que estaba asistiendo a un acontecimiento histórico, porque, en rigor, señalaba aquel día, al menos en Inglaterra, el reconocimiento práctico de los dos principios que hasta ahora habían resultado, gracias a su carácter de irreconciliables, la verdadera causa de todas las guerras, de todas las revoluciones, de todas las incesantes disputas y conflictos, de que la historia se componía principalmente: y no solo era aquello su reconocimiento, sino su mutua adaptación. Eran estos dos principios la libertad del individuo y las exigencias de la sociedad. Por un lado, era inherente a todo hombre cierto derecho a pedir que se le dejara ser libre; por otro, la libertad de un individuo resultaba, generalmente, ser la servidumbre de alguno de sus semejantes. Comenzaba él a pensar que la solución se había hallado al reconocer que, después de todo, no había más que dos teorías lógicas aplicables a las formas de gobierno: una, que el poder venía de abajo; otra, que venía de arriba. El impío, el socialista, el materialista, el demócrata, todos estos sostenían la primera; el católico, el monárquico, el imperialista, sostenían la otra. Porque ambos, adivinaba él, partían, en último término, de dos concepciones finales del

Universo: una, la del monismo, es decir, la que afirmaba que la vida era una y que iba desarrollándose gradualmente por el crecimiento y la civilización; otra, la basada en la creación, esto es: que un Dios infinito había creado el mundo y delegado su soberana autoridad en sus inferiores, con sujeción a grados.

Tal fue entonces el resultado de sus meditaciones, recordando también que la primera teoría iba desapareciendo del mundo rápidamente. Después de todo, esas colonias socialistas no serían eternas: no eran más que un asilo temporal de inteligencias que se habían quedado rezagadas dentro de su época. Probablemente, uno o dos siglos más bastarían para que desaparecieran.

La segunda y la tercera de las naves aéreas partieron casi simultáneamente, cada una deslizándose de pronto desde los extremos de la plataforma. Sonaron campanas; una de las naves salió como disparada, en línea recta; la otra trazó una curva en dirección sur. Él se fijó especialmente en la segunda.

Le pareció como una gigantesca libélula: un cuerpo largo y reluciente, con aristas y rayas, despidiendo destellos de luz bajo el sol primaveral y moviéndose en medio de un

remolino de alas, comparable a ligera neblina. Desde el ángulo en que él seguía su curva trayectoria, parecía que el aparato estaba colgado en el espacio, empequeñeciéndose cada vez más y saliendo de pronto, rápidamente, en línea recta… A cosa de una milla de distancia, volvía a quedarse colgado, como si un peso le abrumara o estuviera

considerando qué hacer; mas, repentinamente, aumentaba la velocidad y avanzaba como un chorro de luz, mientras la superficie del mar transmitía el sonido de metálicos

golpecillos. Llegaba, por fin, a confundirse con el horizonte; se elevaba por encima de él, se oscurecía, y de pronto lanzaba nuevamente llamaradas de luz.

Se volvió entonces el observador para mirar al otro aparato; pero, en cuanto abarcaba la vista, la inmensa bóveda azul del cielo se presentaba vacía. Miró hacia donde debía

hallarse la tercera aeronave, y también había desaparecido.

Un gran campanilleo resonó de pronto debajo de él. —¿Tenéis ya embarcado el equipaje, Monseñor? Pues debierais ir a bordo vos mismo. Vamos a salir dentro de cinco minutos. III

La llegada al puerto de Boston fue para el hombre que perdió la memoria otra rara impresión, tanto más cuanto que él tenía la curiosa idea preconcebida de que iba a ponerse en contacto con una civilización que, si bien no conocía por propia experiencia, imaginaba como algo con lo cual se hallaba ya familiarizado.

Habían tenido que sufrir durante el viaje fuertes vientos de poniente, que si no afectaron los movimientos de la nave aérea, perfectamente equilibrada, influyeron, sin embargo, en la velocidad de su marcha, que tuvo que moderar, y no llegaron a avistar las costas

americanas hasta el segundo día, poco antes de rayar el alba.

Se despertó temprano aquella mañana Monseñor y después de quedarse una media hora acostado, prestando oído a los extraños rumores que flotaban en el aire (el continuado e impetuoso soplar del viento, parecido a un largo siseo; el temblor de alguna escala de mano que había quedado suelta y que se movía cerca de su ventana; ciertos golpecillos inexplicables que por unos momentos oyó bajo el piso de su camarote; en fin, todos aquellos sonidos que no logran reconocer en seguida más que los del oficio, pero que tantas cosas sugieren); después de esto, saltó de la cama, se vistió y se dirigió al oratorio donde había dicho misa el día antes, para dedicarse a sus rezos. Cuando hubo terminado, salió de nuevo, subió la escalera y llegó hasta uno de los extremos de la nave, en el cual desde un ángulo que quedaba cubierto podía mirar hacia delante. Las luces estaban todavía encendidas, porque no había salido aún el sol, y sobre la cubierta no se veía más que al encargado de la ronda.

Poco o nada pudo divisar, durante un rato, más allá de la saliente proa, iluminada también, y de los contornos de ingeniosos utensilios y aparejos que no acababa de entender. Solo al irse acostumbrando sus ojos a la oscuridad comenzó a distinguir las cosas.

Bajo sus pies ondulaba una arrugada y plana superficie manchada de blanco de cuando en cuando, superficie que él sabía que estaba formada por agua y de la que le separaba una distancia de más de doscientos metros; descubrió allí de pronto un objeto que

parecía aplastado y en forma de pez, y que desapareció en un instante, lleno de luz en su interior. Comprendió que debía de ser algún vapor costero. Al principio no veía ante sí más que un enorme abismo lleno de oscuridad; pero luego, al ir apuntando la luz del alba, aquel abismo comenzó a teñirse de un color rosa pálido en su parte superior,

en seguida, cubierto aquél de un tinte ligeramente lívido bajo el brillo de la luz.

Luego notó que el borde del mar, allí donde tocaba con el cielo, comenzaba a perder la regularidad y a mostrarse borroso, como si fuera cuajándose, y aumentaran y crecieran los grumos a medida que los miraba.

Se volvió al oír junto a sí los pasos del oficial encargado de la ronda. —Supongo que eso es tierra, ¿verdad? —le dijo.

—Sí, Padre. Llegaremos a las once y media… Perdóneme la pregunta, Padre, pero ¿piensa usted estar allí mucho tiempo?

Monseñor movió la cabeza y contestó: —Eso dependerá de mil circunstancias.

—No deja de ser algo rara la idea de formar esa colonia; pero, en fin, supongo que más vale así.

Sonrió Monseñor y no respondió ni una palabra.

Interiormente se había sentido muy desanimado durante el viaje. Se mezcló uno y otro día sin reserva con los emigrantes, y puso de su parte cuanto pudo para trabar con ellos amistad; pero había algo en la actitud hacia él (respetuosa, sí, pero reservada, como la que observarían unos chiquillos, tan díscolos como tímidos, con un maestro algo raro), y no solo en la actitud sino en su aspecto y sus maneras, que resultaba un cambio muy deprimente respecto a la curiosa, pero viva y confiada serenidad que él estaba

acostumbrado a ver entre los sacerdotes y la clase de gente que solía tratar antes. Lo que realmente parecía interesarles era la discusión acerca de los diferentes métodos de

Gobierno, y la política interior que podría aplicarse a su futura vida en Massachusetts. Preguntaron algunos datos relativos a las cosechas y a la tierra; llegó a oír cómo un grupo discutía animadamente acerca de las escuelas; pero en cuanto él trató de mezclarse en la conversación, acabó esta. Se fijó también en que todos hablaban en inglés.

Sin embargo, por poco cordial que le pareciera la atmósfera que respiraba, no le produjo la impresión de serle totalmente desconocida, ya que rebuscando en el fondo de su mente, hallaba ciertos principios de simpatía con todo aquello. Sintió casi el deseo de compararse con el que, habiéndose elevado al aire libre desde el fondo de un pozo, vuelve los ojos hacia los que no solo siguen viviendo en aquel pozo, sino que están contentísimos de eso.

Porque el mundo en que conscientemente había vivido durante los doce últimos meses, a pesar de su áspera rigidez, de su seguridad y de su implacable lógica, abandonadas ahora, era, indudablemente un campo dotado de vastos horizontes. Tan vastos resultaban que, en realidad, parecía casi carecer de ellos. Por todos lados era ilimitado el espacio, porque la eternidad, con todas las consecuencias de ella derivadas, tenía allí el mismo poder eficiente que el tiempo. La gente que había frecuentado, aunque sin compartir por completo sus sentimientos, de todos modos hablaba de la muerte como si esta no fuera

más que uno de tantos incidentes de la vida. Secretamente, no creía él que esta confianza descansara sobre bases reales; pero, en fin, allí estaba, ellos la tenían. En cambio, todo era distinto entre estas gentes de ahora. El objetivo de sus planes estaba, franca y abiertamente, en este mundo, y solo en él. Buenos Gobiernos, estabilidad en la vida, salud corporal, la procreación y educación de los hijos, la igualdad de posición y de medios de aumentarla: en esto consistía su concepto de lo bueno; y, como consecuencia, sus ideales eran tener Gobiernos mejores, mayor estabilidad, mejor salud, nietos y

biznietos, e igualdad más uniforme aún.

Así, pesando el pro y el contra, no acababa de entender cuál podía ser la razón de que no se hallara él del todo a gusto ni con unos ni con otros. Con sus antiguos amigos, se sentía

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