Lo problemático del sentimiento trágico de la vida en
San Manuel Bueno, mártir
Una tesis presentada al departamento de español
Colorado College
En satisfacción parcial de los requisitos para el título de
Licenciatura en Letras
Madison Katherine Stuart Primavera de 2012
He seguido el código de honor de Colorado College
_____________________________ Madison Katherine Stuart
My deepest gratitude goes to Professor Daniel Arroyo for his constant guidance throughout this process, for believing in me and for always being available for advice and
support. Thank you to Professor Clara Lomas for her support and direction in SP431 and beyond. Thanks to both of them for pushing me to make this project a thesis. It was worth it. I am grateful to all my Spanish professors for seven straight blocks of literature this year and an incredible experience in the Spanish major.
Thank you to my friends for being there for me this year. Lastly, all my love and gratitude to my parents for giving me the gift of education and allowing me to follow my passion, and to my brothers for our adventures.
Introducción……….1
Biografía y contexto histórico………..2
El sentimiento trágico de la vida………..6
La sociedad española como un cuerpo enfermo………10
San Manuel Bueno, mártir: El espacio de experimentación………..12
Conclusión……….24
Introducción
Volver a verte en el reposo quieto Soñar contigo el sueño de la vida Soñar la vida que perdura siempre Sin morir nunca
—Miguel de Unamuno, “Salamanca”
Cuando vivía en Salamanca, España, en el verano de 2010, encontré la estrofa del poema de Unamuno de este epígrafe. Sentí una conexión inexplicable con la estrofa—por la relación casi espiritual que uno puede tener con una ciudad, y por la idea de la vida como un sueño. Cuando leí San Manuel Bueno, mártir unos años después, me di cuenta al leer una sección sobre la vida como un sueño, que el autor era el mismo Unamuno. La presentación casi negativa del catolicismo en San Manuel Bueno, mártir me sorprendió, porque fue escrito a principios del siglo XX, cuando el catolicismo era central en la cultura española. Quería saber por qué era tan controversial tener dudas de la fe católica en la época de Unamuno, al punto de que San Manuel
Bueno, mártir sería nombrado un libro prohibido. Quería aprender más sobre la perspectiva
religiosa de Unamuno.
Al investigar la religión de Unamuno, encontré el universo de su filosofía religiosa, en el centro del cual estaba Del sentimiento trágico de la vida. Este texto es un monstruo filosófico que analiza y critica duramente a la sociedad española de su época. Entre sus numerosas críticas, Unamuno problematiza la pereza espiritual del pueblo español. Presenta, como otros filósofos lo han hecho anteriormente, a España como un cuerpo humano enfermo de una ociosidad espiritual. A la vez, sugiere que sufrir es vivir y provee una receta, como lo haría un médico, que uno siempre debe de ser curioso espiritualmente para evitar la pereza repugnante. Este sufrimiento y cuestionamiento forman una parte íntegra del complejo sentimiento trágico de la vida.
Decidí enfocar este estudio en este aspecto del sentimiento trágico de la vida y su relación con la idea de la sociedad como un cuerpo enfermo para estudiar la percepción de Unamuno de la sociedad española entre la guerra de 1898 y la guerra civil (1936-39). Al leer Del
sentimiento trágico de la vida identifiqué temas comunes con San Manuel Bueno, mártir. La
novela sirve como el espacio de la experimentación práctica de la filosofía. Sin embargo, también encontré una desconexión entre la receta del sentimiento trágico que provee Unamuno en su filosofía y la representación de ello en su novela, San Manuel Bueno, mártir. Como filósofo principal de la generación del 98, un grupo de intelectuales inspirados por la crisis de 1898, Unamuno ofrece en su filosofía una perspectiva principal para entender la situación de España en los años entre la crisis del 98 y la guerra civil, pero la división ideológica entre Del
sentimiento trágico de la vida y San Manuel Bueno, mártir nos demuestra la dificultad de
emplear una filosofía en una situación práctica. En su filosofía, Unamuno culpa a la sociedad
española de sufrir una enfermedad espiritual causada por el catolicismo y provee una receta, el sentimiento trágico de la vida, como un remedio de vivir verdaderamente dentro de la sociedad. Sin embargo, a través de San Manuel Bueno, mártir, Unamuno problematiza el sentimiento trágico y sugiere la imposibilidad de aplicarlo como remedio en un contexto social y político.
Biografía y contexto histórico
Para comprender el nacimiento y el desarrollo de la filosofía de Unamuno, hay que entender algunos datos biográficos que influyeron en sus pensamientos filosóficos. Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao en 1864. Empezó el bachillerato a una edad joven y allí comenzó su interés por la filosofía. Después de publicar su primer artículo a los 16 años, fue a Madrid para estudiar humanidades. Según el documental Miguel de Unamuno: El Rector, Unamuno era en su juventud “un católico practicante fervoroso” pero durante sus estudios en
Madrid, encontró la filosofía de Spencer que le llevó a racionalizar su fe con el propósito de encontrar el verdadero espíritu cristiano dentro del catolicismo cultural (El rector).1 Estas primeras inquietudes de fe son una primera aproximación a la búsqueda de la fe que guiaba mucha de la filosofía de Unamuno durante su carrera como académico.
Cuando terminó la universidad en Madrid, Unamuno regresó a Bilbao para encontrar una ciudad transformada económica y socialmente por la influencia de la industria del hierro.
España experimenta la revolución industrial más lentamente que el resto de Europa en el siglo XIX, entonces tecnológica e industrialmente estaba retrasada (Ruiz 8). Unamuno se dedicó a la causa del socialismo y continuó su involucramiento con el socialismo cuando se mudó a
Salamanca en 1891. En 1897, el hijo joven de Unamuno murió. Este hecho cambió totalmente la perspectiva y las prioridades de Unamuno. Con esta tragedia empezó su preocupación religiosa y su obsesión con el tema de la muerte y la justicia de la muerte. Decidió que la lucha social a la que se había dedicado no era tan importante como la lucha por la vida misma. De esta crisis nacieron dos elementos centrales de la filosofía de Unamuno: su pregunta fundamental “¿Quién soy yo?” y su obra filosófica Del sentimiento trágico de la vida (El rector). Después de la muerte de su hijo, nunca regresó a la Iglesia católica ortodoxa y publicó abiertamente sus conflictos con la Iglesia.
Al principio del siglo XX, los pensamientos y preocupaciones de Unamuno coincidieron con el regeneracionismo de la nación y con la generación del 98. La generación del 98 es una generación de literatos e intelectuales, así nombrada por la gran influencia que tiene el desastre de 1898 en su pensamiento y filosofía. Unamuno es considerado un gigante de la generación por proponer ideas fundamentales que influyeron al resto de la generación. Otros miembros notables de la generación son Azorín, Ramiro Maeztu, Ángel Ganivet, José Ortega y Gasset y Antonio
Machado (Shaw). La perspectiva que todos tienen en común es que buscaban respuestas abstractas y filosóficas para los problemas concretos y prácticos de la situación española (Shaw 9). Shaw sugiere que esta perspectiva es un error, pero yo propongo que la reconstrucción espiritual que proponen los intelectuales de la generación tiene igual valor que una
reconstrucción concreta. Los noventayochistas, incluso Unamuno, tenían preocupaciones espirituales personales que motivaron su enfoque en la regeneración espiritual sobre toda praxis. El sentimiento trágico de la vida es la versión unamuniana de la respuesta para una
reconstrucción espiritual. Específicamente, la propuesta del sufrimiento y del cuestionamiento espiritual dentro de una sociedad católica guiará más adelante nuestra lectura de San Manuel
Bueno, mártir.
Fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca en 1900, y el éxito de la novela
Niebla en 1914 convirtió a Unamuno en el intelectual más respetado de su época, aunque en el
mismo año fue despedido de su posición de rector de la Universidad por “una cuestión electoral” arbitraria y vaga (Shaw 42). Con el reconocimiento de su éxito literario y filosófico, a la gente le importaba más la posición política de Unamuno. Por el escrutinio de sus opiniones, en 1920 fue condenado a dieciséis años de cárcel por escribir un artículo crítico de la política del país que insultaba al rey (Shaw 42). No tuvo que ir a la cárcel pero su posición como líder de la oposición fue reforzada con esta condena.
Durante los años veinte, Unamuno continuó sus ataques a la dictadura de Miguel Primo de Rivera hasta que en 1924, el dictador le mandó al exilio a Fuerteventura en el Atlántico por sus opiniones controversiales, específicamente “la activa campaña contra el Directorio Militar y contra el Rey” (Shaw 42). Unamuno no sabía que su exilio había sido perdonado durante el verano de 1924, y se fue a Francia en exilio voluntario, convirtiéndose en un símbolo de la
oposición a la dictadura (Shaw 42). Desde el exilio en Paris, escribió dos libros, La agonía del
cristianismo y San Manuel Bueno, mártir, que es considerado uno de sus libros más famosos
hasta hoy en día. En 1930, la dictadura de Primo de Rivera cayó y Unamuno regresó a España. En los años 1930-1936, España fue gobernada como una república por Manuel Azaña y después por Niceto Alcalá Zamora (Casanova viii). Durante la Segunda República Española, hubo mucha tensión entre los dos partidos políticos y sus ideologías contrapuestas. Unamuno se unió al partido republicano y fue nombrado diputado del partido. En 1933, Unamuno fue de nuevo nombrado rector de Salamanca. Unos años después de ser designado diputado del partido republicano, Unamuno empezó a confrontar a esta organización, poniéndose a sí mismo en la posición de disidente y resistente a ambos lados. Según Pedro Cerezo Galán, profesor de la Universidad de Granada, esta disidencia y resistencia a cualquier posición política es la esencia de la actitud trágica política de Unamuno (El rector). Hay cierta relación entre esta actitud política y su disidencia a toda religión concreta.
El primer día de octubre de 1936, Francisco Franco se autodenominó el “caudillo de España por la gracia de Dios.” El doce de octubre, estaba en Salamanca para celebrar el “Día de la Raza y la Hispanidad,” un día de celebración creado por los fascistas. Como rector de la universidad, Unamuno fue invitado a sentarse en la mesa principal cuando se presentaron Franco y otros franquistas en la Universidad. El discurso franquista promovía una España unida bajo el catolicismo y la lengua e identidad castellana. En esta conmemoración José María Pemán recita en su poema “El ángel y la bestia” que el primero es “la España iluminada de la tradición católica” y la última “la Anti-España liberal y democrática” (Egido 135). El general Millán Astray guió los gritos de “¡Viva la muerte!” y “¡España! ¡Una!... ¡España! Grande!... ¡España! ¡Libre!” (Egido 134). Unamuno no había planeado decir nada por no querer ser controversial
pero al final de los discursos de los franquistas, se levantó y exclamó que “sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio” (Egido 140). Proclamó que aunque en el pasado estaba de acuerdo con las ideas franquistas, ya no podía, porque “vencer no es convencer y hay que
convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión” (Egido 141). Continuó con crítica contra los franquistas hasta que el general Millán Astray interrumpió con gritos de “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!...¡Abajo los malos intelectuales! ¡Traidores!” (141-142). Unamuno respondió con sus últimos comentarios públicos: “Os falta razón y derecho en la lucha. Es inútil pediros que penséis en España” (142). Con estos
comentarios, Unamuno salió de la Universidad y pronto fue expulsado de su posición del rector. Unamuno vivió sus últimos dos meses en soledad en su casa, con visitas ocasionales de Bartolomé Aragón. Comentó Unamuno durante una de estas visitas que “Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse” (El rector). Aquí alude a la idea del estado español como un cuerpo enfermo que tiene que salvarse, a la que referiré más adelante. El último día de 1936, Unamuno se murió pacíficamente en casa, mientras que la guerra civil empezó a destruir la España que conocía.
El sentimiento trágico de la vida
Para entender mi crítica de San Manuel Bueno, mártir, es imprescindible comprender la filosofía de Unamuno, una gran parte de la cuál es el sentimiento trágico de la vida. Sería imposible ofrecer una sola definición del sentimiento trágico de la vida, porque es un concepto complejo formado por múltiples partes. A veces, las ideas de Unamuno del sentimiento se contradicen, lo que crea más complejidad y confusión. Este estudio se enfoca en un aspecto que está en el centro del argumento: la lucha interna entre la razón y la fe y cómo afecta a las
Este tema específico de la filosofía unamuniana es esencial estudiarlo en el contexto de las décadas entre la guerra del 98 y la guerra civil en España, cuando había tanto desacuerdo ideológico en la sociedad.
El conflicto personal entre la fe y la razón está presente en numerosas obras filosóficas de Unamuno, pero aquí nos enfocamos en Del sentimiento trágico de la vida y el ensayo “Mi
religión”. Unamuno escribió el ensayo “Mi religión” en 1907, cinco años antes que Del
sentimiento trágico de la vida; las ideas que propone en el primero las desarrolla en el segundo.
En el ensayo, Unamuno señala que su religión es “luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche” (8). La misión de Unamuno en proponer el sentimiento trágico de la vida es
quebrantar la fe de unos y de otros y de los terceros, la fe en la afirmación, la fe en la negación y la fe en la abstención, y esto por fe en la fe misma; es combatir a todos los que resignan, sea al catolicismo, sea al racionalismo, sea al agnosticismo; es hacer que vivan todos inquietos y anhelantes. (Sentimiento 505)
No quiere que nadie se resigne a un dogma sin sentirlo auténticamente dentro del corazón. Plantea en Sentimiento que este sufrimiento es necesario, porque “de este abismo de
desesperación puede surgir esperanza, y cómo puede ser fuente de acción y de labor humana, hondamente humana, y de solidaridad y hasta de progreso, esta posición crítica” (265). Sólo con sufrir se puede encontrar significado en la vida.
El sentimiento trágico de la vida y la perspectiva religiosa de Unamuno han sido estudiados por muchos y diversos académicos pero la mayoría de estos estudios a los que he tenido acceso se produjeron en los años 60 y 70 del siglo XX. En uno de los estudios más recientes, Howard Mancing también ha comentado sobre la falta de crítica en los últimos treinta
años (343). Los críticos de los años 60 y 70 han expresado varias interpretaciones del sentimiento trágico de la vida. Por ejemplo, Gilberto Cancela entiende que “en Unamuno el sentimiento religioso iba unido con la vida del espíritu, y por otro lado va la razón, la cultura,” que explica su problema central con la Iglesia católica—la racionalización de la espiritualidad (67). Cancela se contradice a sí mismo porque opina que Unamuno ha problematizado el catolicismo, pero propone que Unamuno ha encontrado en el catolicismo “un camino
maravilloso para vivir una verdadera vida humana… una especie de reservorio de maravillosos contrastes, mejor contradicciones, que enriquecen la vitalidad, aumentan, casi exasperan estas luchas íntimas, desgarradoras que son esenciales y necesarias para el hombre…” (67). Se puede aseverar que Cancela ha malinterpretado los propósitos de Unamuno, porque aunque a Unamuno le fascina el catolicismo y sus contradicciones, no lo considera maravilloso porque en vez de agradecerle, lo culpa por los problemas del pueblo español. Tampoco es su propio camino de vida porque después de perder su fe ortodoxa en la universidad en Madrid, Unamuno no se considera a sí mismo un católico verdadero, solo culturalmente. Ha experimentado
constantemente las luchas íntimas y opina que son producto del sentimiento trágico católico, pero no en la manera casi salvadora que sugiere Cancela, sino de manera más melancólica. Aunque experimenta el sufrimiento inquieto, prefiere esto a una vida resignada en una religión.
Un artículo publicado en El país el 2 de marzo de 2012, escrito por Tereixa Constenla, muestra que la investigación de las obras de Unamuno todavía es importante hoy en día. El artículo se trata de un manuscrito de Unamuno recientemente encontrado en una carpeta en su casa en Salamanca, la cual ahora es la Casa-Museo Miguel de Unamuno. En este artículo y el manuscrito, Mi confesión, hay tres ensayos con los tres temas esenciales del Sentimiento.
Es notable que se ha referido a dos pecados mortales en su descripción de la situación espiritual en España: la pereza en Sentimiento y ahora la avaricia. La segunda idea es la lucha constante entre la fe y la razón: “No quiero poner paz entre mi corazón y mi cabeza, entre mi fe y mi razón, sino quiero que se peleen y se nieguen recíprocamente, pues su combate es mi vida” (Constenla). Esta cita de Mi confesión será la base del Sentimiento trágico de la vida unos años después. La tercera idea no aparece en Mi confesión sino en una conversación con el obispo de Salamanca, notada en el artículo, en que Unamuno opina que “España necesita que la cristianicen
descatolizándola” (Constenla). Esta cita se puede interpretar de varias maneras, pero en el marco de este estudio, la interpreto como una llamada a la gente en la que hay que reencontrar la fe verdadera cristiana y dejar el catolicismo cultural que le ha hecho perezosa espiritualmente.
Hay que aclarar que Unamuno propone este sentimiento trágico de la vida como el sentimiento de los españoles, específicamente, porque está causado por la influencia cultural del catolicismo.
Y puestos que los españoles somos católicos, sepámoslo o no lo sepamos, queriéndolo o sin quererlo, y aunque alguno de nosotros presuma de racionalista o de ateo, acaso nuestra más honda labor de cultura y, lo que vale más que de cultura, de religiosidad—si es que no son lo mismo—, es tratar de darnos clara cuenta de ese nuestro catolicismo subconsciente, social o popular. Y esto es lo que he tratado de hacer en estos ensayos. (469)
Unamuno propone que el catolicismo está tan profundamente dentro del alma española, que no se puede escapar de él, aún si uno mismo se considera racionalista o ateo. Unamuno sería un ejemplo de un disidente, porque rechazó al catolicismo ortodoxo cuando era joven, pero la presencia del catolicismo en su escritura muestra un gran conocimiento de ello. Tiene razón con
decir que el catolicismo puede ser “subconsciente, social o popular” porque para muchos
españoles que nacen en la sociedad católica, se consideran católicos porque es parte de la cultura popular, no necesariamente porque tienen fe verdadera en la religión. Unamuno reconoce en la cita anterior que la cultura, o la religión, y la espiritualidad no son equivalentes, lo que sugiere que el catolicismo cultural español y la fe católica son distintos. Esta distinción tenía gran efecto en la lucha interna de Unamuno.
La caída perezosa en esta cultura católica en vez de la fe consciente es lo que Unamuno quiere evitar con proveer el sentimiento trágico de la vida. Una vida en la cual siempre se lucha entre los mundos de fe y razón es una vida llena de sufrimiento pero es una vida verdadera, porque “él que sufre vive, y él que vive sufriendo ama y espera….y es mejor vivir en dolor que no dejar de ser en paz” (Sentimiento 151-152). En 1973, Cancela señala la diferencia entre una religión tradicional y la de Unamuno en su propuesta que para él, la religión es “un sentimiento humano, no conceptual, no tradicional, no heredado; lo trata como una cosa de vida, más que una cosa de libros” (15). Es precisamente cuando uno no siente una fe auténtica sino que acepta el dogma proveído por la sociedad que cae en la enfermedad de la ociosidad. Para la gente que no acepta el cuestionamiento del sentimiento trágico, es fácil hundirse en la aparente comodidad del catolicismo cultural sin tener fe verdadera, pero Unamuno reconoce que esta pereza es la
enfermedad que ha contagiado al cuerpo español.
La sociedad española como un cuerpo enfermo
A través de la historia, múltiples filósofos políticos han empleado la metáfora de la sociedad como un cuerpo humano.2 José Ortega y Gasset, un filósofo español y miembro de la generación del 98, utiliza esta metáfora para caracterizar a la España de su época en el libro
civil, pero las luchas culturales ya habían afectado al sentimiento de desacuerdo en España. Ortega y Gasset observó que en las primeras dos décadas del siglo XX ha ocurrido en España “una aparición de regionalismos, nacionalismos, separatismos” de las regiones culturales distintas que crean “movimientos de secesión étnica y territorial” (Ortega y Gasset 38). Mario Valdés en la introducción de San Manuel Bueno, mártir, comenta en la división ideológica en los años 30: “Ambos lados estaban y estuvieron preparados para sacrificar la vida de los suyos y de los otros con tal de que su ideal fuera realizado” (23). Ortega y Gasset propone que lo que “impulsa y nutre el proceso” del cuerpo social es un dogma nacional, “un proyecto sugestivo de vida en común” (33). Inquiere que un grupo que constituyen un Estado siempre lo hacen por un propósito o un anhelo (33). Para España, este dogma nacional que provee un propósito para vivir juntos es el catolicismo.
Este mismo dogma que ha traído cohesión cultural al estado español también ha causado la ociosidad espiritual en esta época de desacuerdo a la que refieren Ortega y Gasset y Unamuno. La enfermedad española espiritual, cultural y social que propone Unamuno es en esencia una enfermedad colectiva de las masas causada por el catolicismo. En España invertebrada, Ortega y Gasset señala que
La fatiga de un órgano parece a primera vista un mal que éste sufre. Pensamos, acaso, que en un ideal de salud la fatiga no existiría. No obstante, la fisiología ha notado que sin un mínimum de fatiga el órgano se atrofia. Hace falta que su función sea excitada, que trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el órgano reciba
frecuentemente pequeñas heridas que lo mantengan alerta. Estas pequeñas heridas han sido llamadas “estímulos funcionales”; sin ellas, el organismo no funciona, no vive. (31)
El organismo en este caso es el pueblo español. Las enfermedades afectan a todo el pueblo y son necesarias para el progreso y la salud del estado español. Ortega y Gasset compara estas heridas a la idea de la fuerza contraria o la dispersión en la sociedad. El estimulo de las heridas, en este caso la disidencia social, es obligatorio para evitar la atrofia de la cohesión y unidad nacional (32). En el contexto literario de la filosofía de Unamuno y San Manuel Bueno, mártir, y el contexto histórico entre las guerras en España, una posible interpretación sugiere que la pereza espiritual es la culpable del desacuerdo ideológico que causó la guerra civil, pero que la guerra era la herida necesaria para la salud total de España.
San Manuel Bueno, mártir: El espacio de experimentación
Unamuno ha establecido en San Manuel Bueno, mártir un espacio de experimentación para probar la factibilidad de aplicar el sentimiento trágico de la vida en un contexto social y político. Aunque San Manuel Bueno, mártir es una obra ficticia todavía funciona como una representación práctica de la filosofía. La aldea donde toma lugar la acción de la novela representa una sociedad envuelta en la pereza de fe que causa una religión, según Unamuno y Ortega y Gasset. El sufrimiento que experimenta nuestro protagonista, don Manuel, con su falta de fe católica es exactamente lo que receta Unamuno. Con las características de la pereza espiritual y el sentimiento trágico puestas, ahora examinaremos la factibilidad de don Manuel de vivir con el sentimiento trágico dentro del contexto social de Valverde de Lucerna.
Primero, exploramos las maneras en que don Manuel es un ejemplo vivo del sentimiento trágico de la vida. En Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno examina el rol de la bacteria social: “Todo individuo que en un pueblo conspira a romper la unidad y la continuidad
espirituales de ese pueblo, tiende a destruirlo y a destruirse como parte de ese pueblo” (108). Aunque Ortega y Gasset diría que esta bacteria tiene sus beneficios para el progreso, Unamuno y
don Manuel entienden el peligro del desacuerdo social, especialmente en términos religiosos. Unamuno hubiera podido crear a don Manuel como esta bacteria que rompe la unidad del pueblo, pero crea un personaje consciente de la influencia del desacuerdo social que escoge mentir para no romper la unidad del pueblo, lo cual él interpreta como ayudar a las masas de su aldea.
El protagonista, don Manuel, siempre está luchando entre la fe y la razón; es una
personificación de un sujeto viviendo con el sentimiento trágico de la vida. Don Manuel no cree en la inmortalidad del alma, un aspecto imprescindible del catolicismo. Unamuno incluye datos autobiográficos en los tres protagonistas de San Manuel Bueno, mártir: don Manuel, Ángela y Lázaro. Una similitud grande entre Unamuno y don Manuel es que ambos dan prioridad a evitar la pereza, el cual es un aspecto importante del sentimiento trágico. En “Mi religión,” Unamuno propone que es escéptico, porque desde esta posición desaparece la pereza espiritual (7). Unamuno define en este ensayo que su religión es “buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad…luchar incesante e incansablemente con el misterio…trepar a lo inaccesible” (8). Don Manuel también vive una vida “activa y no contemplativa, huyendo cuanto podía de no tener nada que hacer” porque piensa que “la ociosidad es la madre de todos los vicios” (124). Ambos Unamuno y don Manuel escogen vivir con el constante conflicto interno, en el caso de don Manuel este conflicto se manifiesta como una lucha para el bienestar de su aldea.
Sin embargo, como ha señalado Mancing, es necesario no igualar las opiniones de los protagonistas con las de Unamuno, para evitar una falacia afectiva. Mancing opina que la diferencia más amplia entre Unamuno y don Manuel es que “Unamuno sells yeast, wants to agitate, educate, make people think. Don Manuel sells drugs, wants to calm, soothe, keep people from thinking” (350-351). Los motivos de don Manuel de proveer el opio de la religión a la
gente vienen del sufrimiento que experimenta por el sentimiento trágico, los efectos del cuál proseguiré a analizar.
El sentimiento trágico de don Manuel está reflejado también en su relación con Lázaro. Antes de conocer a don Manuel, el joven Lázaro, el único personaje que admite abiertamente su falta de fe, critica a Valverde de Lucerna y “el campo feudal” por el control total que tiene la Iglesia en la sociedad: “los curas manejan a las mujeres y las mujeres a los hombres” (138). Lázaro predice la opinión anti-católica de don Manuel al declarar que don Manuel “es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar” (138). Eventualmente, Lázaro se convierte en el confidente de don Manuel y don Manuel admite a Lázaro su secreta falta de fe. Don Manuel muestra su propósito de ser el cura aunque no cree “para hacerles [a los aldeanos] felices…que vivan en unanimidad de sentido” (143). En la relación entre don Manuel y Lázaro se desvela el sufrimiento que experimenta don Manuel porque sólo con Lázaro comparte su falta de fe.
Ahora que comprendemos las características trágicas que personifica don Manuel del sentimiento unamuniano, veremos la dificultad de existir con este sentimiento dentro del contexto social de su aldea. Aunque don Manuel experimenta este sentimiento trágico
personalmente, encuentra problemas con mantenerlo dentro de su aldea, Valverde de Lucerna. Esta aldea es una representación literaria y práctica de “los pueblos de lengua castellana,
carcomidos de pereza y de superficialidad de espíritu” de lo que siempre se queja Unamuno (“Mi religión” 11).
Valverde de Lucerna está llena de gente católica. La creencia en la religión de la aldea es clara desde su mismo nombre. Lucerna es una combinación de la frase “luz eterna,” que
de Valverde de Lucerna es Blasillo el Bobo, cuya fe ciega le hace repetir todo el día, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (121). Don Manuel tiene gran influencia en los aldeanos, quienes le conocen como un santo en vida. Su voz divina tiene el poder de llevar a la gente a llorar (121). Don Manuel considera que su rol es “vivir para mi pueblo, morir para mi pueblo. ¿Cómo voy a salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?...Yo no puedo perder a mi pueblo para ganarme el alma” (129). Con esta devoción a los aldeanos, don Manuel intenta prevenirles del sufrimiento y preocupación que él experimenta con el sentimiento trágico de la vida.
Su relación con los aldeanos es precisamente la manifestación del problema del sentimiento trágico en un contexto social. Por ser el cura de la aldea, don Manuel tiene una responsabilidad grande como líder ideológico y político. Críticos unamunianos han tomado varias perspectivas sobre lo “bueno” de don Manuel. He mencionado que no han hecho mucha crítica unamuniana desde los años 60 y 70 entonces he escogido dos críticos recientes para comparar sus perspectivas. En un artículo escrito en 2007, Jeffrey W. Robbins se enfoca en la crisis existencialista de don Manuel con una muerte espiritual. Robbins reconoce la ironía de la mentira que vive don Manuel sin religión, mientras que trae la verdad de la religión a sus aldeanos. Así, Robbins profesa que don Manuel es un santo, por tener una integridad “animated not by scorn but by love—a love for humanity, an empathy for human suffering and a sympathy for human weakness” (16). Por otro lado, Howard Mancing tiene una interpretación
completamente negativa de don Manuel. En su artículo publicado en 2006, Mancing reconoce las características paternalistas de don Manuel y con este reconocimiento, presenta a don Manuel como el antagonista. Propone que el protagonista es “one of those self-appointed conservative intellectual élites who believe that while they can struggle with the important philosophical,
religious, political, economic, and/or social issues, the masses cannot” (357). En este estudio, intento lograr un entendimiento de don Manuel que reconoce sus motivos desde ambas
perspectivas, y los problematiza en relación al sentimiento trágico de la vida.
En toda la crítica unamuniana que he examinado en este estudio, hay una lectura
dominante del personaje don Manuel: la propuesta que don Manuel es paternalista. Mancing es uno de los críticos recientes que ha tomado esta perspectiva y tiene razón al exponer que la idea de sufrir por la gente es bastante paternalista. Se ha separado de él mismo de la gente común, sugiriendo que no son capaces de sufrir y cuestionar la religión como él. Don Manuel explica a Lázaro que la verdad es “algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podrá vivir con ella” (143). Esta perspectiva paternalista hace un eco en la interpretación unamuniana de la sociedad española enferma e incapaz de dudar del catolicismo. Unamuno presenta en su escritura una perspectiva igual de elitista que la de don Manuel. En una conversación con Nikos Kazantzakis, un escritor griego, justo antes de la muerte de Unamuno, nuestro rector exclamó:
The face of the truth is terrifying. What is our duty? To hide the truth from the people! … We must deceive the people; deceive them, so that the poor creatures can have the
strength and cheerfulness to go on living. If they knew the truth, they couldn’t go on. They wouldn’t want to live any more. The people need myth, illusion, deception. These are what support their lives. Here, I’ve written a book on this awful theme—my last book. Take it….The Martyr San Manuel Bueno. Read it. You’ll see. My hero is a Catholic priest who does not believe. But he is struggling to give his people the faith which he himself lacks, and in that way, to give them the strength to live. To live! For he knows that without faith, without hope, the people cannot go on living. (Mancing 353)
En esta cita, Unamuno se posiciona en un lugar superior, sugiriendo que él también tiene la responsabilidad paternalista de salvar a la gente sencilla que no tiene la capacidad de sufrir como él. Se separa del resto de la gente al decir que “ellos” no pueden seguir viviendo en vez de decir “nosotros” no podemos seguir viviendo. La perspectiva condescendiente y elitista de don
Manuel y Unamuno no es justa porque sugiere que alguna gente es capaz de dudar y lidiar con la duda mientras que las masas no pueden hacerlo.
El otro problema con la responsabilidad social de don Manuel es que para mantener su posición como guía religioso de la aldea, miente constantemente a sus aldeanos. Lázaro y Ángela son los únicos aldeanos que conocen la verdad sobre la crisis de fe de don Manuel. Para el resto de la gente, don Manuel ha creado una mentira elaborada que también minimiza las capacidades de los aldeanos desde la percepción de don Manuel que no es justa. Como el confidente de don Manuel, Lázaro también entra en la mentira de don Manuel. Cuando por fin Lázaro se convierte al catolicismo, Ángela exclama “¡qué alegría nos has dado a todos!” y su hermano le explica que esto, la consolación del pueblo, no una razón personal, era su motivación para convertirse (141). Estas mentiras elaboradas son necesarias para mantener el secreto. La combinación de dichas mentiras y la posición paternalista de don Manuel muestra que vivir con el sentimiento trágico de la vida, aunque en teoría es una receta para evitar la pereza espiritual, es imposible lograrla en la práctica, dentro de un contexto social.
Emilia Doyaga analiza el carácter elitista de don Manuel a través de su relación con Ángela y de los roles y expectativas de las mujeres en la sociedad de Valverde de Lucerna. Mucho del misógino don Manuel está reflejado en las declaraciones de su autor. En Unamuno y
la mujer, Doyaga examina la representación del personaje femenino religioso en las obras de
mezquinos y más lastimosamente apegados a la tierra” (157). Adicionalmente, según Unamuno, “la pasividad y el conformismo son características innatas en la mujer, de modo que la que siente “inquietudes religiosas” es verdadera “rara avis”” (Citado en Doyaga 159). Con esta perspectiva limitada de la mujer, Unamuno construye el personaje de Ángela como la creyente que sufre al oír de la falta de creencia de su hermano y de su cura. Cuando cuestiona Ángela en su epílogo, “Y yo, ¿creo?” es una escena fuerte porque es la primera vez que una mujer expresa una duda religiosa en la novela (165). La mujer que en su niñez consideraba a don Manuel como su padre espiritual confiesa que ha “callado siempre el secreto trágico de don Manuel y de mi hermano” (166). Ángela es la única que conoce el secreto y se preocupa:
¿Seré yo, Ángela Carballino, hoy cincuentona, la única persona que en esta aldea se ve acometida de estos pensamientos extraños para los demás? ¿Y éstos, los otros, los que me rodean, creen? ¿Qué es eso de creer? Por lo menos viven. Y ahora creen en san Manuel Bueno, mártir, que sin esperar la inmortalidad los mantuvo en la esperanza de ella. (166) El estado de vivir con los pensamientos extraños que surgen de la duda religiosa y que les faltan las masas es el sentimiento trágico de la vida. Sin embargo, Unamuno y don Manuel consideran el sentimiento casi como un regalo, que solo los grandes filósofos pueden experimentar. Por otro lado, por el hecho de ser mujer, Ángela es presentada incapaz de experimentar el sentimiento trágico, porque según Unamuno, las mujeres son innatamente pasivas y conformistas (Doyaga 159). Por esta incapacidad de cuestionar su fe, Ángela se refiere al sentimiento trágico como un ataque en que ella es la víctima, lo opuesto de don Manuel y Unamuno, quienes se consideran a sí mismos importantes y especiales por tener la capacidad mental de cuestionar y sufrir.
En la relación entre Ángela y don Manuel y la presentación de Ángela como la representante femenina de la novela existe un fuerte ejemplo del carácter paternalista de don
Manuel. Ángela se refiere a don Manuel como “el padre de mi alma” pero problematiza los motivos y métodos que utiliza don Manuel para convertir a Lázaro: don Manuel “comprendió que no le engañaría, que para con él no le serviría el engaño, que sólo con la verdad, con su verdad, le convertiría” (165). Aquí, Ángela define a su hermano de forma diferente a las masas porque él puede entender la verdad de don Manuel mientras que las masas de la aldea no pueden. Esta perspectiva se atribuye a una dicotomía controversial. Ángela representa la imposibilidad de aplicar el sentimiento trágico en un contexto socio-político porque con su perspectiva
paternalista de la sociedad, Unamuno ignora la capacidad y el pensar de las mujeres hasta el punto de degradarlas.
Mancing, Doyaga y numerosos otros críticos mantienen la interpretación de don Manuel como una figura elitista y paternalista. Lo que tienen en común estos críticos es que estudian un lado de don Manuel: el sujeto social. Para cumplir su responsabilidad social como el cura de la aldea, es necesario que don Manuel emplee algunas costumbres y características elitistas. El trabajo de un cura es ponerse en un lugar superior espiritualmente para guiar a la gente. En este caso, entonces, don Manuel no es una excepción. Sin embargo, el sujeto social, don Manuel, no es la única faceta del personaje. Por otro lado, existe dentro del mismo hombre un sujeto espiritual, San Manuel Bueno, mártir. La personalidad y las acciones de una persona varían basadas en si son motivadas por el sujeto social o el sujeto espiritual. Mientras que las acciones del sujeto social, don Manuel, son motivadas por ayudar a su comunidad, lo que se manifiesta de forma negativa y paternalista, las acciones del sujeto espiritual, San Manuel Bueno, mártir, son motivadas por un deseo de comprender el mundo a su alrededor. Este deseo causa su
Hay cierto razonamiento por utilizar la terminología “sujeto” social y espiritual. Unamuno mismo ha señalado que considera la espiritualidad como una experiencia personal e introspectiva. Sin embargo, el término “sujeto” implica una relación con la sociedad a su alrededor. La espiritualidad de don Manuel está directamente afectada y fundada por sus
relaciones con las otras personas, entonces refiero a ambos lados con la terminología de sujetos. Ningún crítico que he estudiado hasta ahora, incluso Robbins, quien por lo menos enseña que don Manuel es motivado por el amor, examina el significado del título del libro, ni siquiera lo menciona. Quiero demostrar que el sujeto espiritual dentro del protagonista, San Manuel Bueno, mártir, merece ser nombrado mártir y santo. Sólo con analizar el significado del título y los valores del sujeto espiritual es posible lograr un conocimiento completo del complejo personaje don Manuel. El martirio y la santidad de San Manuel Bueno, mártir son logrados a través de sus relaciones con los otros personajes, Lázaro y Ángela.
Primero, el protagonista obtiene su martirio a causa de su relación con Lázaro. Ser mártir significa morir por una causa para salvar a los demás. En el caso de don Manuel, él muere espiritualmente dejando el catolicismo para sufrir dentro del sentimiento trágico de la vida y preservar la fe ciega de su gente, específicamente la de Lázaro. El nombre Lázaro tiene gran significado bíblico. En Juan 11, Lázaro se levanta de la muerte después de que Jesús consuela a su hermana. En San Manuel Bueno, mártir, Lázaro también se levanta, pero de una muerte espiritual. Lázaro explica a su hermana Ángela, que “me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado…Él me dio fe…fe en el consuelo de la vida, fe en el contento de la vida. Él me curó de mi progresismo” (160). Lázaro explica a Ángela la opinión de don Manuel que “todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan” y que la religión de don Manuel es “consolar[se] en consolar a los demás, aunque el
consuelo que les doy no sea el mío” (143). La primera reacción de Ángela es proclamar que la comunión de don Manuel ha sido un sacrilegio, pero nota también que por darle a Lázaro la fe, don Manuel se convierte en mártir. Lázaro alude a la pereza espiritual de su pueblo, que “cree sin querer, por hábito, por tradición. Y lo que hace falta es no despertarle” pero por haberle
despertado a Lázaro, don Manuel se ha convertido en mártir (143).
Por morir espiritualmente para salvar la espiritualidad de otros, don Manuel merece el título de mártir. La muerte espiritual de don Manuel desvela el lado espiritual porque para ayudar a Lázaro, don Manuel renuncia a su responsabilidad social y da prioridad a su espiritualidad en compartir su verdad con Lázaro, aunque su verdad espiritual no corresponde con el la verdad católica establecida por su rol social.
La santidad de San Manuel Bueno, mártir, es logrado a través de su relación con Ángela en el nivel más profundo que la relación entre el cura y una mujer de la aldea. Adicionalmente a esta relación superficial, San Manuel y Ángela se relacionan en un nivel profundo como dos seres espirituales que comparten un respeto recíproco. En la época de Unamuno y en muchas maneras hoy en día, las mujeres siguen teniendo un rol social inferior. Por eso es fácil
posicionar el personaje de Ángela como la mujer creyente bajo del control de don Manuel. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que Ángela juega un rol indispensable en la vida espiritual de don Manuel. Mientras que por un lado Ángela es un sujeto social que no puede salir de la situación femenina y es degradada por el paternalismo de don Manuel, por otro lado es un sujeto espiritual. Sin ella, don Manuel no es un santo. En primer lugar, el nombre Ángela indica su rol como un ángel, o una mensajera de Dios, que afecta su interpretación por parte del lector.
Ángela cumple dos actos necesarios para hacer de don Manuel un santo: escribe una hagiografía y le absuelve a don Manuel. El libro en total es la hagiografía que escribe Ángela
para el obispo de la diócesis de Renada para promover el proceso de la beatificación de don Manuel (115). Así introduce el libro y desvela que se considera a don Manuel como su padre espiritual porque nunca tenía un padre “carnal y temporal” (116). Con este énfasis en la conexión familiar, el lector entiende desde el principio la influencia que tenía don Manuel en Ángela. Al final del libro, Ángela admite que aunque ha callado siempre el secreto de don Manuel, ahora revela la verdad, porque entiende que por la absolución merece la santidad. Ángela termina su confesión con la proclamación que la hagiografía “sea de su suerte lo que fuere” (166).
Es necesario notar que el lector sólo conoce a don Manuel a través de la presentación de él que describe Ángela, entonces ella actúa como un filtro para nuestro conocimiento sobre él. La hagiografía se presenta mediante el uso de la prolepsis. Ángela cuenta sus recuerdos de su hermano y don Manuel años después, cuando ha cumplido más de cincuenta años (165). Refleja los años desde las muertes de don Manuel y Lázaro hasta el momento en que escribe, y piensa en cómo ha implementado en su vida las lecciones de don Manuel, especialmente la de sacrificarse por la aldea: “a perdernos en ellas para quedar en ellas [las almas de la aldea]” (164). Ella admite en esta confesión que “no vivía yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí” (164). Como don Manuel le había enseñado a Ángela anteriormente, Ángela adopta el sacrificio del alma propia para salvar el alma del pueblo. Encuentra el valor de vivir en las almas de Valverde de Lucerna: de la montaña, del lago y del pueblo. Ángela describe el efecto profundo que ha tenido don Manuel en su espíritu y las razones que logra la santidad a través de la hagiografía.
Otro aspecto necesario para la santidad de San Manuel es la absolución. Cuando Ángela se confiesa a don Manuel, ella es el sujeto social que confiesa al sujeto espiritual San Manuel. No obstante, en unos instantes sus papeles se invierten. Después de la primera confesión de
Ángela cuando hablan de la existencia del infierno y del cielo, Ángela admite que pudo ver una “honda tristeza en sus ojos” (134). Ella reconoce el dolor que experimenta don Manuel y siente “una especie de afecto maternal hacia [su] padre espiritual; quería aliviarle del peso de su cruz de nacimiento” (134). Este momento es el primero en que vemos el cambio de sus papeles y sus estatus de poder. Ángela busca aliviarle el peso del hombre cuyo trabajo es aliviar el peso de los demás. Eventualmente, don Manuel confiesa su verdad a Ángela. Ahora él es el sujeto social vulnerable y ella ha convertido en el sujeto divino. Ángela va al tribunal de la penitencia pero se pregunta a sí mismo, “¿quién era el juez y quién el reo?” (145). Ángela pregunta a don Manuel “Pero usted, padre, ¿cree usted?” (145). Don Manuel cuenta sus preocupaciones religiosas y concede que “estoy confesándome contigo” (146). Ahora, Ángela cumple su responsabilidad divina:
“Y ahora, Angelina, en nombre del pueblo, ¿me absuelves?” Me sentí como penetrada de un misterioso sacerdocio y dije:
“En nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, le absuelvo, padre.” (146)
En este momento, San Manuel Bueno, mártir emerge por mostrar su vulnerabilidad y su verdad. Es importante que don Manuel da un poder a Ángela para absolverle, que marca un cambio de poder. Este cambio de estatus representa que aunque don Manuel está en una posición superior socialmente, a nivel espiritual don Manuel respeta a Ángela y la considera un sujeto igual, no inferior. Vemos que dentro del sujeto social don Manuel, receptor de crítica negativa por su carácter elitista, existe el sujeto espiritual San Manuel Bueno, mártir, que posee las
características de un santo y un mártir. Hay que considerar y respetar esta dualidad y complejidad del personaje don Manuel para evitar una interpretación superficial.
Don Manuel no profesa ninguna fe en una religión fija, pero por el sacrificio de su alma y su dedicación a “vivir para mi pueblo, morir para mi pueblo,” sus acciones muestran que en su vida logra una fe en algo—en el amor (129). Ángela es el testigo de las acciones de don Manuel y ella al final decide que estas acciones son las de un santo y un mártir. Es decir que en vida, don Manuel no se considera a sí mismo un santo o un mártir, pero por sus acciones merece estos títulos.
En España a principios del siglo XX, el catolicismo domina la cultura y la sociedad. Como ha notado Cancela, el problema central de Unamuno con el catolicismo era “la
racionalización de la espiritualidad” porque Unamuno pensaba que la vida espiritual y la vida de la razón y la cultura tenían que estar separadas (67). En la verdadera cultura católica en que vive Unamuno, igual como en la ficticia en que vive don Manuel, la perspectiva dominante equipara lo social y lo espiritual dentro del marco del catolicismo, y la sociedad no permite separarlos. Las masas se han resignado a la pereza espiritual por lo que no pueden distinguir entre la fe y la religión o la cultura, entonces quien trate de separarlas, en este caso don Manuel con su sentimiento trágico de la vida, va a enfrentarse con el obstáculo de la cultura y la religión dominante. La dualidad del personaje de don Manuel demuestra por tanto la imposibilidad de aplicar el sentimiento trágico de la vida en un contexto social.
Conclusión
En la época entre la crisis del 98 y la guerra civil española, Unamuno y Ortega y Gasset interpretan la sociedad española como un cuerpo enfermo por una dolencia espiritual. Esta dolencia es el resultado de la dependencia que tiene la sociedad en el catolicismo y la ociosidad que ha traído al pueblo español. A través de “Mi religión” y Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno provee una receta del sentimiento trágico. Este sentimiento está basado en la lucha
entre la fe y la razón y el constante cuestionamiento del catolicismo. En la novela San Manuel
Bueno, mártir, Unamuno ofrece un marco social y político para probar la factibilidad del
sentimiento trágico en una situación concreta.
Las interpretaciones de don Manuel de Mancing, Doyaga y Robbins demuestran sólo un lado del personaje complejo: el sujeto social. Aunque reconozco los atributos paternalistas de don Manuel señalados por Mancing y Doyaga, a través de este estudio he argumentado que las acciones de don Manuel tienen valor, por tanto, merece ser nombrado mártir y santo. Los
críticos que he estudiado no han explorado la inclusión del mártir y santo en el título del libro en sus análisis. Una investigación profunda sobre la espiritualidad de don Manuel propone un conocimiento más completo, pero todavía hay aspectos problemáticos del sentimiento trágico cuando la receta es puesta en la práctica o aplicada a la vida de un individuo, como se representa en el papel de este protagonista.
Formulo una síntesis de las lecturas contrapuestas del sujeto social y el sujeto espiritual para mostrar la complejidad del personaje de don Manuel y de la filosofía de Unamuno. A través de este estudio, se puede concluir que mientras que en teoría el sentimiento trágico de la vida aporta un escape de la pereza del pueblo, Unamuno efectivamente ha representado la
imposibilidad de aplicar el sentimiento trágico a nivel individual en el contexto concreto de Valverde de Lucerna porque la religión tiene mucho peso sobre la ideología del pueblo, y no se permite distinguir entre la fe y la religión.
Bajo ninguna duda, Miguel de Unamuno fue una figura controversial de España en el siglo XX. Durante su vida, prescribió múltiples perspectivas políticas y religiosas. El joven Unamuno era un católico fervoroso hasta que empezó a cuestionar su fe durante la universidad (El rector). Rechazó completamente el catolicismo cuando su hijo se murió en 1897 (El rector).
Años después, Unamuno admitió una simpatía hacia la religión protestante liberal (Doyaga 161). Unamuno interpretó su crisis de fe personal como si fuera un mensajero de Dios: “Desde hace algún tiempo, desde que pasé cierta honda crisis de conciencia, se va formando en mí una profundísima persuasión de que soy un instrumento en manos de Dios y un instrumento para contribuir a la renovación espiritual de España” (Doyaga 154). Es imposible leer esta cita directa de Unamuno sin compararla a la visión del protagonista don Manuel. Ambos, el autor y el personaje, creen que su propósito es sufrir con su propia fe por el bienestar de los demás. Otra vez, desvela el carácter paternalista del autor y su personaje.
Políticamente, Unamuno también fue considerado controversial con sus perspectivas contrapuestas durante su vida. Apoyaba el socialismo y estuvo involucrado en la lucha socialista en Bilbao y Salamanca. Era diputado del partido republicano pero después fue exiliado por su desacuerdo con el partido y apoyo del partido fascista. El doce de octubre de 1936, Unamuno denunció en su famosa declaración el fascismo y exclamó su creencia que “Os falta razón y derecho en la lucha” (Egido 142). Unamuno murió rodeado por el misterio de sus opiniones.
En el mes de marzo de 2012, dos noticias sobre Unamuno fueron publicadas en los periódicos de España, El País y ABC. La primera, escrita por Tereixa Constenla por El país, trata de una obra unamuniana recién encontrada. La segunda, escrita por Rocío Blázquez por ABC, trata de la investigación de la biblioteca personal de Unamuno. El propósito central de esta investigación es conocer mejor la personalidad de Unamuno y “cómo fue el personaje, cuáles eran sus gustos y sus intereses” (Blázquez). Estudiando los libros que inspiraron al rector, los investigadores buscan comprender tanto la obra como la figura de Unamuno.
La pregunta que queda, entonces es, ¿por qué? Casi ochenta años después de la muerte de Unamuno, ¿por qué está la gente española todavía sigue interesada en acercarse a la personalidad
de Unamuno, hasta el punto que las noticias sobre él aparecen en los periódicos como si fueran actuales? La figura de Unamuno sigue siendo controversial y relevante hoy en día porque todavía es un personaje desconocido y no hemos logrado una comprensión total de su proyecto
intelectual y espiritual, entonces el estudio de su obra va a extenderse al futuro.
1(El rector) se refiere al documental Miguel de Unamuno: El Rector. Films Media Group, 1999. Films on Demand. Red. 22 febrero 2012.
2
Obras citadas
Blázquez, Rocío. “Un viaje al legado de Unamuno.” ABC 20 marzo 2012. Red.
Cancela, Gilberto. El sentimiento religioso de Unamuno. Madrid: Colección Plaza Mayor Scholar, 1973.
Casanova, Julián. The Spanish Republic and Civil War. Cambridge: Cambridge University Press, 2010.
Constenla, Tereixa. “Yo, Unamuno, me confieso.” El País 2 marzo 2012. Red.
Doyaga, Emilia. Unamuno y la mujer. Newark, N.J.: Washington Irving Publishing Co., 1969. Egido, Luciano González. Agonizar en Salamanca. Madrid: Alianza Editorial, S.A., 1986. Mancing, Howard. “The Lessons of San Manuel Bueno, mártir”. MLN 121:2 (2006): 343-366.
Red. JSTOR.
Miguel de Unamuno: El Rector. Films Media Group, 1999. Films on Demand. Red. 22 febrero
2012.
Ortega y Gasset, José. España invertebrada. Madrid: Revista de Occidente, S.A., 1981.
Robbins, Jeffrey W. “The Gift of Unbelief: An Existentialist Challenge in a Post-Metaphysical World.” Angelaki: Journal of Theoretical Humanities 12.1 (2007): 11-17. Red. EBSCO. Ruiz, Octavio. “Spain on the threshold of a new century: Society and politics before and after the
disaster of 1898.” Mediterranean Historical Review 13:1-2 (1998): 7-27. Red. Salcedo, Emilio. Vida de Don Miguel. Salamanca: Ediciones Anaya, 1964. Impreso. Shaw, Donald L. The Generation of 1898 in Spain. London: Ernest Benn Limited, 1975.
Sontag, Susan. Illness as Metaphor and AIDS and its Metaphors. New York: Doubleday, 1990. Unamuno, Miguel. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos y Tratado
del amor de Dios. Ed. Nelson Orringer. Madrid: Editorial Tecnos, 2005.
Unamuno, Miguel. “Mi religión.” Mi religión y otros ensayos breves. México, D.F.: Colección Austral, 1955. Impreso.
Unamuno, Miguel. San Manuel Bueno, mártir. Ed. Mario Valdes. Madrid: Ediciones Cátedra, 2010. Impreso.
Valdés, Mario. “Introducción.” San Manuel Bueno, mártir. Ed. Mario Valdés. Madrid: Ediciones Cátedra, 2010. Impreso.