LA UTILIZACIÓN DE LOS MEDIOS DE
COMUNICACIÓN PARA LUCHAR CONTRA LA
DELINCUENCIA ORGANIZADA
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1. Prólogo sobre sociología de los medios de comunicación
Se dice comúnmente que vivimos en una sociedad de la información. Una sociedad que se basa principalmente en los servicios y donde la información de todo tipo es la clave del bienestar y del poder.
Las sociedades modernas dependen cada vez más de complejos sistemas de comunicación, que son objeto de intereses colosales y que desempeñan un papel importante en la vida política, social y económica.
Sin embargo, se puede también afirmar que las estructuras sociales más complejas, a nivel nacional y mundial, han otorgado a los medios de comunicación nuevas tareas y planteado nuevos retos. La decadencia de los cauces de socialización tradicionales (partidos políticos, iglesia, familia, comunidad, etc.) debería reforzar la necesidad de instituciones eficaces en la esfera pública que estén en condiciones de compensar estas pérdidas. Por otra parte, las exigencias públicas aumentan por las tendencias globalizadoras que afectan a cada aspecto de la vida diaria, mientras que el individualismo, el relativismo y la precariedad son condiciones que aumentan la dependencia y vulnerabilidad de la mayoría de los individuos y, en consecuencia, también su necesidad de información.
Entre los numerosos cambios de las sociedades modernas se entrevé el carácter central de los medios de comunicación.
El papel que los medios pueden desempeñar en la lucha contra la delincuencia y especialmente contra la organizada, representa un aspecto importante del problema. El tema se ha estudiado ampliamente y se puede resumir en tres modelos teóricos básicos:
• El primer modelo se basa en la teoría del aprendizaje social de Albert
Bandura, según la cual los individuos aprenden, gracias a los modelos proporcionados por los medios de comunicación, qué tipo de comportamiento será castigado y cuál será recompensado;
• El segundo modelo está representado por la teoría de los efectos de
impresión de Berkowitz, según la cual las personas, al observar la representación del crimen, activan o inician pensamientos y valoraciones
similares que conducen a una mayor predisposición para la violencia en las situaciones interpersonales;
• Por último, el tercer modelo está constituido por la teoría de los scipt de Huesman, según la cual todo comportamiento social está regulado por la situación que indica cómo implicarse en distintas situaciones según el modelo proporcionado por los medios de comunicación.
Además de estos modelos, existe también la convicción, muy extendida, de que la exposición a crímenes violentos conduce a una insensibilización general, que tiene como efecto disminuir la inhibición contra la violencia aumentando la tolerancia hacia la misma.
No obstante es indudable que los medios pueden desempeñar un papel determinante en la prevención y el control de la delincuencia.
Aunque los medios de comunicación se asocien a las últimas tendencias, nunca han mostrado una gran propensión a cambios radicales. Desde hace años se anuncia el final inminente de los medios de comunicación de masa, por la principal razón de que los nuevos medios interactivos deberían dejarlos obsoletos, pero hasta ahora éstos no han prácticamente minado el predominio de los medios tradicionales.
Probablemente algunas características de los medios de comunicación sean simplemente insustituibles. Las tecnologías y las formas pueden cambiar pero solamente la comunicación de masas puede responder a las exigencias de unos sistemas políticos, económicos y sociales estables. Las políticas nacionales e internacionales no pueden momentáneamente prescindir de técnicas de comunicación eficaces y de la información de masas.
Aunque esto es ampliamente aceptado, queda por establecer una relación correcta entre las instituciones públicas y los medios de comunicación para una lucha eficaz contra la delincuencia organizada.
2. Características de la delincuencia organizada del tercer milenio
En paralelo, es necesario tener en cuenta el hecho de que en las sociedades modernas, la delincuencia organizada sufrió una profunda transformación.
Las características de este cambio son dos: internacionalización de las asociaciones de delincuentes y su asimilación progresiva del modelo de organización criminal que favorece la mimetización.
En una sociedad mundializada, la delincuencia también ha adquirido características transnacionales y los crímenes transfronterizos son cada vez más frecuentes. Esto comenzó con el tráfico de estupefacientes y continuó con el contrabando de tabaco, las redes de prostitución, la trata de personas, la falsificación de productos industriales, etc., asumiendo la necesidad de transferir bienes, personas y capitales entre zonas del mundo. Esto implicó, necesariamente, una asimilación
progresiva de las mafias que controlan los distintos países, la adopción de modelos de comportamiento común y la posibilidad de explotar la legislación de cada país y la desigual eficacia de los aparatos oficiales de represión. Se asistió a una verdadero salto con la apertura de las fronteras del Este, históricamente atribuible a la caída del Muro de Berlín, tras lo cual fue posible utilizar extensos territorios y nuevos mercados potenciales.
La consecuencia es que hoy las organizaciones criminales deben realizar sus actividades en varios Estados y orientando sus actividades ilícitas hacia los mercados más ricos.
La segunda característica se deriva necesariamente de la primera. Si se examinan los casos de delincuencia transfronteriza, se constata que responden a la lógica del máximo beneficio por un riesgo legal mínimo, según el modelo de la organización criminal. Además se privilegian los delitos en los cuales se invierte la relación tradicional entre agresor y víctima.
Los delitos transnacionales son frecuentemente cometidos por bandas organizadas y consisten en el suministro de bienes o la prestación de servicios ilícitos a personas que están de acuerdo en ello. En el tráfico de estupefacientes, el contrabando de tabaco, la prostitución o la trata de personas, la característica constante es la creación de verdaderas organizaciones criminales, capaces de responder a las demandas de servicios ilícitos de los ricos mercados occidentales con la flexibilidad típica de las actividades comerciales.
Esto implica una gran dificultad para las instituciones policiales oficiales, que sólo cuentan con escasos testimonios, muy pocas denuncias y, sobre todo, no se encontrarán ya ante brillantes episodios de violencia. El escenario es el de sistemas criminales complejos que operan en el mundo impenetrable de la economía sumergida.
Está claro que las modalidades de lucha contra la delincuencia organizada y de represión deberán ser necesariamente diferentes e inspirarse en el doble aspecto "prevención- represión".
¿Podrá ser eficaz el dispositivo de lucha contra el contrabando o contra la prostitución mientras miles de personas compran cigarrillos de contrabando o solicitan servicios de prostitución?
Anualmente, en Europa, miles de personas son detenidas por delitos vinculados al tráfico de drogas y se confiscan toneladas de drogas y, pese a todo, el consumo de sustancias ilícitas no disminuye sino que, al contrario, aumenta y el número de muertes por sobredosis es intolerable.
Por ello el nuevo sistema de lucha contra la delincuencia organizada será indisociable de la implicación y la persuasión de los clientes potenciales. Es necesario convencer a los ciudadanos de que comprar un paquete de cigarrillos de contrabando equivale a financiar a la mafia; que requerir servicios de prostitución representa la fase
final de una abyecta trata de personas; que el consumo de estupefacientes destruye la salud, etc.
En este contexto el papel de los medios de comunicación es absolutamente evidente.
3. Utilización de los medios de comunicación como instrumento para prevenir la delincuencia y luchar contra ella
En la sociedad de la información moderna, el control de los ciudadanos sobre las instituciones públicas debe hacerse de la manera más completa posible con el fin de materializar al máximo los valores de la democracia.
En este contexto, la información sobre las actividades de las fuerzas de policía y las fiscalías puede tener una función esencial para luchar contra la delincuencia organizada.
Es evidente que durante las últimas décadas, los procesos penales se han transformado, perdiendo su papel clásico de consecución, presentación y valoración de las pruebas en contra y en favor del acusado, para orientarse cada vez más, gracias a la vulgarización de los medios de comunicación y al fenómeno de la mundialización, hacia una especie de control de la opinión pública sobre sucesos más importantes y los acontecimientos de importancia política y social (véanse, por ejemplo, los procesos sobre corrupción pública).
El proceso penal se ha convertido así en un ámbito que, a través de los medios de comunicación, condiciona las opiniones públicas y que puede, a su vez, ser condicionado o instrumentalizado por las exigencias de los medios de comunicación o de grupos de poder dominantes.
En el caso que nos ocupa, la eficacia del pleito penal y el control de los medios de comunicación pueden constituir un instrumento excepcional para obtener la confianza de los ciudadanos en las instituciones e incluso para prevenir los delitos.
La divulgación de noticias sobre la eficacia de las fuerzas de policía o la celeridad y oportunidad con las que concluyen los procesos penales imponiendo sanciones penales disuasivas, lleva ciertamente a los delincuentes potenciales a cometer menos delitos o a renunciar a sus proyectos.
Se sabe que una de las funciones de las penas es intimidar con fines de prevención.
La confianza de los ciudadanos es especialmente importante en la lucha contra la delincuencia organizada porque ayuda a superar la ley del silencio típico de la mafia y porque impulsa a los ciudadanos a aportar pruebas o presentar denuncias por los delitos cometidos.
Los ejemplos positivos expuestos por los medios de comunicación pueden tener un efecto de emulación muy importante para algunas zonas geográficas o sociales, caracterizadas por la ley del silencio impuesta por las organizaciones criminales.
Pero el aspecto decisivo del papel de los medios de comunicación en la lucha contra la delincuencia organizada puede y debe realizarse proporcionando a los ciudadanos información sobre comportamientos sociales considerados poco alarmantes a ojos de la colectividad y que constituyen, sin embargo, un enorme negocio para la delincuencia organizada.
La mayoría de los ciudadanos consideran que comprar cigarrillos de contrabando o falsificaciones de prendas de vestir es un comportamiento cuyo valor social negativo es muy bajo, casi universalmente tolerado, e incluso el hecho de pagar menos impuestos o el de aportar ingresos para los grandes monopolios se ve con cierta complacencia. Si, por el contrario, los medios de comunicación pudieran llevar a los ciudadanos de toda la UE a tomar conciencia de que comprar estos cigarrillos o prendas significa realmente aportar una contribución financiera significativa a la mafia, ayudar a cometer graves crímenes de sangre y organizar grandes tráficos de estupefacientes, poniendo así en peligro la vida de mucha gente, es probable que se registrara una disminución del consumo de estas mercancías ilícitas.
Del mismo modo, la información sobre las investigaciones penales puede ser preciosa para los ciudadanos, evitando que adquieran productos alterados o que sean víctimas de los grandes fraudes comunitarios administrados por la delincuencia organizada en la Unión Europea.
Nos encontramos pues ante un reto decisivo para la libertad, la seguridad y la justicia en Europa, reto que, en el tercer milenio, deberá necesariamente efectuarse estableciendo una relación muy estrecha entre instituciones públicas y medios de comunicación para luchar contra la delincuencia organizada.
Vale la pena recordar una gran enseñanza del Papa Pío XII en un discurso pronunciado el 17 de febrero de 1950, al afirmar que no es exagerado afirmar que el futuro de la sociedad moderna y la estabilidad de su vida interior dependen en gran parte de mantener un equilibrio entre la fuerza de las técnicas de comunicación y la capacidad de reacción del individuo.