La Biblioteca de la
Hermandad
La Biblioteca de la Hermandad ha sido creada como una forma de promover y rescatar el Viejo Mundo de Tinieblas. Para lograr este fin, la propuesta es:
1.- Rescatar los suplementos publicados en español de forma oficial, junto a algún documento concreto en inglés.
2.- Sumar a lo anterior aquellos manuales y módulos escritos por jugadores y narradores que alcanzan un nivel de calidad cercano o superior a las publicaciones originales de White Wolf.
3.- Recolectar las recopilaciones de material oficial hechas por jugadores y narradores.
4.- Dar cabida a la Generación, Traducción, Maquetación y Escaneo de material de Viejo Mundo de Tinieblas a través de lo que llamaremos, de forma simple, “el Proyecto”. La idea es ampliar Viejo Mundo de Tinieblas con manuales hasta su máxima expresión.
No menos importante, el material incluido sólo será de la línea Viejo Mundo de Tinieblas, que ya no está siendo publicada. Nuevo Mundo de Tinieblas NO tiene cabida en la Biblioteca de la Hermandad, ya que está siendo publicado en estos momentos tanto por White Wolf como por la Factoría, en su versión española.
Últimas líneas: El Proyecto se construye en base a colaboraciones, por lo que buscamos Traductores para publicar libros nunca llevados al español. Del mismo modo, cualquier colaboración (manuales, recomendaciones de documentos que pululan por la red, OCR de manuales ya escaneados en baja o mediana calidad, escritos…) será agradecida. Contáctanos a través de
http://labibliotecadelahermandad.blogspot.com/ o nuestro correo [email protected].
Por Justin Achilli
Creditos
Autores: Justin Achilli
Desarrollo: Justin Achilli, Robert Hatch and
Ken Cliffe.
Edición: Ed Hall
Dirección artística: Aileen E. Miles Tipografía y maquetación: Lawrence Snelly Ilustraciones interiores: Mike Chaney, John
Cobb, Eric Lacombe, Andrew Trabbold and Vince Locke.
Ilustración de portada: John Bolton
Ilustración de contraportada: Richard Thomas Diseño de portada y contraportada: Scott
Cohen
Agradecimientos especiales
Robert “Sombra del Gran Robo” Hatch, por
sus cósmicas técnicas de recuperación de vehículos.
Richard “Un movimiento fluido” Dansky, por
un intrépido pero vano intento de echar algo del vómito fuera del coche.
Greg “¡Mecheros de Clan!” Fountain, por la
idea que muere. Yo me ocupo del diseño si tú pones los mecheros.
Andrew “Puntuación” Bates, por su despreocupada lascivia de cumpleaños.
Fred “Sodomita Rampante” Yelk, por sus
planes para Steve en la partida de ajedrez.
Joshua “Reina de los Condenados” Timbrook,
por arruinar mi look que iba a causar estragos con su
sex appeal.
© 1995 White Wolf, Inc. Todos los derechos reservados. Queda expresamente prohibida la reproducción sin el permiso de la editorial, excepto si es con la intención de escribir reseñas. Todos los personajes, nombres, lugares y léxico mencionados en este libro son propiedad intelectual de White Wolf, Inc.
La mención o referencia a cualquier otra compañía o producto en estas páginas, no debe ser tomada como un ataque a las marcas registradas o propiedades intelectuales correspondientes.
Tabla de contenidos
Capitulo Uno: La revelacion al chiquillo
6
Capitulo Dos: La muerte entre los muertos
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Capitulo Tres: Observaciones y conclusiones
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Capitulo Cuatro: Legio
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Apendice Uno: Buscadores notables
72
4
Tiempo devorador, embota las zarpas del león, y haz que la tierra devore a su propia y dulce estirpe.
— William Shakespeare, Soneto 19
La muerte es más que el final de la vida: es un renacer. Ponerse poético no sirve de nada, y hacer acopio de lo temporal es estúpido. La maldición de la sangre tiene un filo tan cruel como el de cualquier cimitarra, pues incluso en la muerte las respuestas plantean nuevas preguntas.
Conocemos el dolor de estar muertos y seguir muriendo.
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apítulo Uno:
La revelación
al chiquillo
Abrí los ojos y me encontré rodeado de
negrura. Estaba acostado, y sentía que la piedra
me rodeaba por todas partes. Mis dedos y mis
pies tocaban también piedra; estaba en una especie
de caja.
Había algo sobre mí. Era ligero y correoso, y
muy seco. ¿Un saco lleno de bastones, quizá? Me
moví un poco, intentando percibir mis límites, y
algo de polvo se soltó de aquella cosa, cayendo en
mi boca y en mis fosas nasales. Me di cuenta de
que aquello era más o menos tan largo como yo.
Oh, Dios. ¡Un cuerpo!
Grité, intentando hacer que el cuerpo rodase
en una dirección y yo en la otra, pero las pequeñas
dimensiones de la caja sólo me permitieron
inclinarlo hacia un lado. Una parte del cuerpo se
desprendió, y me la sacudí de encima como a
araña asquerosa. Intenté alzarme y mi cabeza
chocó contra el bajo techo del sepulcro.
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Mis ojos se abrieron de par en par, pero no sirvió de nada en aquella completa ausencia de luz. Me enrosqué hacia un lado de mi implacable tumba, empujando el frágil cuerpo tan lejos de mí como me fue posible. Pude sentir cómo los viejos huesos y la piel correosa se rompían bajo mis empujones y patadas. Sólo quedaba una escoria rota de lo que una vez había sido un cuerpo humano, una escoria que temía fuera a convertirse en mi eterna compañera.
Aullé de temor y un sudor frío brotó de mi frente, llevando consigo un olor penetrante que a la vez me excitaba y me tranquilizaba. Olía a sangre. ¡Buen Dios, estaba sangrando! Entonces me percaté de algo curioso y terrorífico: mi corazón no latía. Las lágrimas recorrieron mi rostro, aumentando el carnal aroma. ¿De veras estaba llorando y sudando sangre? ¿Estaba muerto?
Arañando el techo de piedra de mi minúscula celda, convertí rápidamente mis manos en dos muñones ensangrentados, en un vano intento de escapar. No me habían enterrado vivo, seguramente estaba muerto. ¡Oh, Dios misericordioso, ayúdame! Mi corazón yacía inmóvil y el frío de la tumba llenaba mi cuerpo de escalofríos. “¿Cómo puede ser esto la muerte”, se preguntaba mi aturdida muerte, “cuando aún puedo moverme?”.
“¿Y cómo puede ser la vida cuando tu corazón y tu sangre están fríos y durmiendo? Se te ha concedido la maldición de Caín.”
La voz me tomó por sorpresa. ¿No estaba solo? ¿Me estaba hablando aquel cadáver roto? El horror de mi sepultura debía haberme vuelto loco.
“Tranquilízate. Deja que la sangre hable contigo. Deja que escuche por ti.”
La voz sonaba como si procediese de mi propia mente, pero viniendo a la vez de algún otro. Dominando mi miedo, seguí las instrucciones de la voz. Respiré por la fuerza
de la costumbre, observando que no lo había hecho hasta aquel momento. Decidiendo que ya me ocuparía más tarde de aquello, dediqué toda mi atención a escuchar.
Oí el rumor de alguien que se movía por el exterior de mi sepulcro, y el chisporroteante gotear de la lámpara de aceite que llevaba. Debía ser la persona que se estaba dirigiendo a mí. El movimiento de los gusanos a través del suelo llegó también a mis oídos, así como el bajo rascar de las garras de una rata arrastrándose por el lecho de piedra de la tumba. Oía mis propios párpados abriéndose y cerrándose sobre unos ojos inútiles en la oscuridad.
“Ahora deja que sienta por ti, deja que sea tu gusto y tu olfato.”
Hice lo que me decía la voz. Mis dedos percibieron cada aspecto de la fría piedra que me rodeaba, descubriendo singularidades y pequeñas elevaciones que nunca hubiese visto con los ojos. Áspero y frío, cubierto por pequeñas muescas no más profundas que el grosor de un cabello, el sepulcro de piedra estaba lleno de minúsculos surcos. El tosco tejido del sudario del cadáver resultaba también increíblemente complejo; en la oscuridad, me imaginé sintiendo cada una de sus hebras… ¡si hubiese podido llevar la cuenta! Incluso los huesos eran una revelación para el tacto. Eran pulidos y ligeros, como una flauta.
El olor, ahora que reparaba en él, era tan revelador como horrible. Aparte del hedor a osario de la muerte, había un aroma dulzón y abrumador. Enfermedad. El otro cuerpo de la tumba había muerto de peste o de lepra. Algunas partes del tejido se habían podrido también, y la sequedad física de la cripta hacía un extraño contraste con el sutil, húmedo y empalagoso aroma del moho. Incluso percibí un mínimo olor metálico: el cadáver había sido enterrado con un anillo en una de las manos.
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“¿Quién eres?”, le grité a mi invisible benefactor, que era probablemente también el causante de mis desdichas. El rugido de mi propia voz estuvo a punto de ensordecerme, tan aguzado estaba mi oído. Experimentando con aquel poder recién descubierto, vi que también podía desactivarlo “¡Déjame salir!”
“Más tarde, quizá” fue la respuesta. “Ahora tienes mucho que hacer. Te dejaré solo hasta la próxima noche. Has muerto, y te has levantado, y pronto morirás de nuevo. Piensa en ello en tu grata soledad. ¿Qué es morir, y cómo es que tú has escapado? ¿O no lo has hecho? ¿Estás vivo en la muerte o muerto en la vida? ¿Cuándo empieza de verdad la muerte? No contestarás a estas preguntas, pero sí podrás apreciar su importancia, amigo mío.”
Tenía razón aquella voz incorpórea fuera de mi fría tumba. Recordé que ya no respiraba, que mi corazón no latía y que mi sangre fluía allí donde mis otros humores lo habían hecho antes.
Al pensar en la sangre, sentí crecer un ansia desde lo más profundo de mi ser. En un momento estaba famélico, agradeciendo el encontrarme a resguardo de la mirada de mi interlocutor mientras me lamía las manos ensangrentadas. Incluso saqué la lengua para atrapar las gotas del precioso fluido que bajaban de mis ojos y de mi frente. ¡Estaba bebiendo sangre! ¡De alguna forma, me había convertido en un monstruo! Pero mi monstruosidad carecía de importancia frente a aquél hambre. Sólo quería alimentarme: aquella rapaz ansia de sangre se había impuesto a mis facultades. Imaginé a mi anónimo mentor en el exterior del sepulcro, prácticamente sintiendo la cálida y roja sangre que corría por sus venas…
“¡Espera!” grité, oyendo que el otro se disponía a salir. “¡Al menos llévate de aquí a este cadáver!” Y deja que te abra la garganta y engulla tu sangre, pensé.
Pronunció su respuesta con una sonrisa, o así sonaba al menos:
“No, lo dejaré contigo. Quizá pueda responder alguna de tus preguntas.”
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apítulo Dos:
La muerte
entre los muertos
Para mi gran desazón, nuestras noches de
antaño son ahora tan nebulosas como las del resto
de la estirpe de Caín. Resulta peculiar para
nosotros, como eruditos y consejeros que somos, y
plantea muchas cuestiones. ¿Nos consumimos en
nuestros estudios a expensas de nuestra propia
historia? ¿O tiene nuestro fundador sus propios y
siniestros designios? Tal ha sido siempre y
siempre será la cuestión; tal es la naturaleza de la
Yihad.
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Del progenitor
Se sabe muy poco de Cappadocius antes de su Abrazo, aparte de que era un sacerdote, chamán o santón, inclinado a filosofías radicales. Incluso esto es más bien dudoso, ya que nadie puede determinar su fe original o su dogma. Los eruditos del clan señalan a Enoch, identificando a Cappadocius como un miembro de la casta de esclvos mortales de los poderosos Cainitas en la cúspide de su gloria.
El verdadero nombre de Cappadocius se ha perdido en los vientos de la historia, y ahora sólo él mismo lo conoce. Al ir progresando la gradual mezcla de culturas en el mundo, Cappadocius escogió para sí un nombre que no revelaba más que su origen, y fue el que dio a Caín y sus chiquillos al ser escogido para el Abrazo. “De Capadocia”, es todo lo que el mundo sabe de este enigmático Cainita, y quizá todo lo que llegue a saber.
Algunos Cainitas creen que Ashur Abrazó a Cappadocius, mientras que otros opinan que ambos son el mismo. Sea como sea, la generación de Cappadocius está descrita como tercera en muchas fuentes, y la mayoría de los apócrifos Cainitas enumeran sólo a tres vampiros de la segunda generación. Esta discrepancia es la piedra de toque de muchos debates Capadocios: ¿Era su fundador de la tercera generación o de la cuarta? ¿Era acaso Ashur de la segunda generación (una temible perspectiva que da crédito a la genealogía Assamita)? ¿O era de la tercera y fue diablerizado por Cappadocius? ¿Hay algo de cierto en los susurros de que Ashur Abrazó también a los que más tarde se convertirían en los Baali? ¿O está equivocado todo el dogma vampírico?
Fuentes similares atestiguan otras peculiaridades de la existencia de Cappadocius, con especial atención a sus frecuentes períodos de letargo. Como sucede con muchos de su edad y poder, el fundador pasa bastante tiempo durmiendo el sueño sin sangre de los Ancianos. Pero, al contrario que el sueño de los demás Antediluvianos, el de Cappadocius es inquieto y ligero, como el de un insomne, o un niño nerviosos. Se sabe que se despierta periódicamente del letargo, dirige algún asunto o promulga algún críptico decreto, y se hunde de nuevo en el sueño. Esto suele ser visto como una de las razones principales por las que el clan está tan dividido y descentralizado; dado que su fundador podría despertar en cualquier momento y enunciar una nueva directiva a sus chiquillos, ningún grupo ni individuo puede imponer sus propios fines al clan. Incluso Japheth y Augustus Giovanni, los chiquillos del fundador vistos con más frecuencia (si puede decirse esto de vampiros de cuarta generación), están sujetos a aleatorios e imprevisibles períodos de disfunción.
Noches de Enoch, la
Segunda
Ciudad,
y
ansias errantes
Solo Cappadocius recuerda el tiempo en que se alzaba la ciudad de Enoch, habiéndolo presenciado todo tan claramente como si lo hubiese escrito él. Cappadocius no Abrazó a ningún chiquillo durante las noches del reino de Enoch, ni tampoco en la época de la Segunda Ciudad.
Cappadocius no era un solitario como Caín, pues el Abrazo no era una maldición
para nuestro fundador. Más bien, le dio la oportunidad de estudiar la cuestión que embruja a los hombres hasta el día de hoy: el misterio de la muerte. Fascinado por las complejidades de la no-vida, Cappadocius consagró sus horas de vigilia a desvelar sus secretos. Aprendió y estudió y experimentó a lo largo de los años, mientras los demás chiquillos de Caín luchaban y quemaban y destruían. Se guardó sus descubrimientos para sí, compartiéndolos a veces con Ventrue y Saulot, pues no quería cargar a otros con el peso de resolver el enigma del
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corto ciclo de la vida. .Muchos Capadocios creen también que el fundador del clan no quería compartir su sabiduría y la mantuvo en secreto.
Cuando el Diluvio cayó sobre la Tierra, el fundador no estaba más cerca de contestar el eterno enigma. Cuando llegó la traición parricida que precipitó la caída de la Segunda Ciudad, Cappadocius se dio cuenta de que la respuesta se le mostraba esquiva porque no comprendía la pregunta.
Por lo tanto, Cappadocius decidió crear chiquillos. Huyendo de la ruina de la Segunda Ciudad a su tierra natal, hoy en manos de los turcos seleucidas, Cappadocius Abrazó al primero de su progenie, un simple viajero llamado Caias Koine.
Fue entonces cuando Cappadocius tuvo por primera vez sus visiones precognitivas. En ella, nuestro fundador se vio rodeado por un grupo de sus chiquillos, que se lamentaban por la pérdida de algo desconocido. Compartiendo su sueño con su chiquillo Caias Koine, ambos abordaron aquel nuevo misterio con una pasión que rivalizaba con la de su búsqueda de una respuesta al enigma de la muerte.
Cappadocius y Caias crearon a más progenie para que les ayudasen en sus estudios, incluyendo a Japheth y Lazarus, que les consolaron a lo largo de los milenios y les ayudaron a buscar las respuestas que les eludían. Viajaron por todo el mundo, contemplando la ascensión y caída de los reinos, alimentándose cuando lo necesitaban y descubriendo nuevas pistas a cada paso. Cappadocius habló con Zoroastro y Buda, recibiendo más conocimientos de estos profetas en su búsqueda del misterio eterno. Recorrió las tierras de Babilonia con el gran Nebuchadnezzar y vio los Jardines Colgantes. Conversó con Alejandro el Bárbaro e inquirió a Tolomeo. Tuvo largas charlas con Antíoco de Seleucida y con la horda de pensadores griegos.
Ninguno le dio las respuestas que necesitaba.
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La primera revelacion
Aunque sus viajes parecían infructuosos, Cappadocius no cejó en sus esfuerzos, enviando a su progenie a recorrer el mundo como él hacía. ¿No había nadie que pudiese revelar la respuesta al misterio de la muerte? Seguro que otros se habían planteado las mismas preguntas. ¿Quién podría enseñarle? Logró hallar la respuesta vagando por tierras de los hebreos, justo al sur de su Capadocia natal. En su búsqueda, el fundador había perdido de vista el objetivo de la investigación. Ningún estudio de los cadáveres o las palabras de las almas liberadas podría revelar la sencilla verdad que los vivos presenciaban cada día. Sólo Dios podía hacerlo.
Cappadocius encontró una tienda solitaria en las llanuras de Canaán, lejos de las ciudades de Gaza y Jerusalén. Una débil luz titilaba en su interior, y había poco movimiento. Una soledad que Cappadocius tomó por desesperación pesaba en el aire.
Cansado, desilusionado y famélico, nuestro fundador cayó sobre la tienda con intenciones rapaces. En aquel momento, pretendía descubrir la respuesta matando a aquel recipiente, lo que saciaría la abruma-dora sed de la Bestia.
Irrumpió en la tienda con los ojos encendidos, y se dirigió al aterrorizado judío que la ocupaba.
“Busco la respuesta a la muerte. Quizá tú puedas revelármela.”
“Sé que no puedo evitar esto, pero también sé que Dios me protegerá,” respondió el judío.
“¿Quién eres tú para que Dios se preocupe tanto por tu bienestar?” Se burló el Antediluviano, conteniendo apenas su frenesí.
“No soy más que un hombre. Dios me cuida porque es soberano, trascendente y bueno,” fue la respuesta.
Cappadocius se detuvo, desvaneciéndose la Bestia de su semblante.
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“Con tu sencilla sabiduría, has comprado tu vida,” le dijo, y la Bestia salió de su alma.
Cappadocius se maldijo por su estupidez. Allí estaba él, un chiquillo de Caín que llevaba miles de años vagando por toda la creación, pidiendo ayuda a meros mortales para resolver un problema sin solución posible. ¡Miles de años malgastados! Si de verdad quería aprender, debía escuchar a los pies de Dios.
El templo en Erciyes
Rejuvenecido en espíritu por su nuevo enfoque, Cappadocius hizo saber a todos sus chiquillos que tenía noticias importantes que darles. En un mes, todos los miembros de su progenie se reunirían en la ciudad excavada en la roca de Goreme para escucharlas.
Cuando los Cappadocius se reunieron, el fundador les dijo que la nueva dirección de la búsqueda exigía que estuviesen más cerca de Dios. El primer paso implicaba la proximidad física al Cielo.
Los Capadocios no se han distinguido nunca por sus aptitudes marciales. Así que fue bacante raro cuando, una noche de hace 1.200 años, una procesión de monjes Ladrones de tumbas llegó a la cumbre del monte Erciyes en el centro de Capadocia. Las historias acerca de aquella noche encontraron su camino de vuelta por los numerosos canales de información de los Cainitas. Los ghouls despertaron para ver que sus hospitalarios anfitriones Capadocios habían desaparecido. Los príncipes orientales oyeron hablar de un gran ejército de pálidos vampiros marchando a través de sus ciudades. Los mercaderes en ruta, que hubiesen caído bajo los colmillos de grupos de Cainitas menos concentrados, observaron la torva procesión resguardados en los árboles. Otros viajeros vieron cómo la silenciosa legión proseguía su marcha.
Erciyes, también conocido como Argaeus, albergaba un monasterio olvidado y
medio en ruinas, que fue invadido por los chiquillos de Cappadocius. Éstos mataron rápidamente a los cuatrocientos residentes humanos y al único habitante Cainita. Conducidos por Caias Koine, los monjes tomaron el templo y reasumieron de inmediato su dócil naturaleza.
Ninguna herejía había tenido lugar en el templo; los antiguos ocupantes no habían tenido tratos con el demonio, llevando vidas ascéticas. El vampiro que vivía allí, un Malkavian conocido sólo como Algol, en-contró la Muerte Definitiva bajo acusaciones de existir como un Osiris, alimentándose de los monjes bajo el disfraz de un profeta. En una noche, las inclinaciones del templo cambiaron para siempre, quedando éste consagrado a un nuevo aprendizaje.
Apenas había caído el templo cuando empezaron a circular las noticias. Los Cainitas de todas partes se preguntaban por los motivos de los Capadocios, pero el Populacho se dedicó a sus asuntos con su típica ignorancia. Los curiosos se acercaron a hurtadillas a Erciyes en la oscuridad, esperando lograr un atisbo de las horribles orgías y ritos perversos que con seguridad debían llevarse a cabo allí. Pero sólo encontraron más monjes.
El templo cambió con rapidez. Los Capadocios trabajaron incansablemente, reconstruyendo el antiguo monasterio de Erciyes de acuerdo con sus necesidades, derribando viejos muros y levantando otros nuevos. Excavaron grandes cámaras subterráneas y construyeron bibliotecas y mausoleos sobre ellas. En sólo unos meses, el templo estaba totalmente renovado. Desde entonces, ha tenido cien nombres, todos ellos conjurando la iluminación y el descubrimiento de secretos. Para los que conocían a los Capadocios, el templo era un lugar donde la muerte era el único objeto de estudio. Mientras la gran mayoría del clan Capadocio busca el saber en cualquier parte, todos los miembros del clan pueden acudir
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Cappadocius el cristiano
Aunque los Cainitas rastrean sus orígenes a través de historias y documentos bíblicos, una chocante minoría de los ancianos profesa la fe cristiana. Muchos de ellos reconocen al Dios cristiano, pero se ponen a sí mismos al margen de la religión o por encima de ella, creyendo que la fe es una invención de los hombres mortales. Esto crea una interesante relación entre los vampiros y el mundo: ¿Aspiran al cielo, o se recrean en su condena? ¿Cómo explica su agnosticismo su origen en Caín, que mató a su hermano Abel como ofrenda a Dios?
Cappadocius no tiene estas dudas. Incluso durante su vida mortal, el fundador era un sacerdote consciente de la obra de Dios, aunque todavía no fuese cristiano (las noches de Enoch son muy anteriores al surgir de la fe). Lo que importa es la total conversión de Cappadocius al cristianismo, el producto de un milagro directamente enviado por Dios.
Viajando por las tierras a las que llamaba hogar, Cappadocius se encontró el pecado de la desesperanza. Durante cientos de años había estado buscando un mayor conocimiento de los misterios de la muerte. Aquellos estudios habían resultado infructuosos, y el gran peso de su búsqueda se dejaba sentir sobre sus hombros. Una noche, decidió renunciar.
Se recostó en un cono de roca volcánica y cerró los ojos. Usando su dominio de la Disciplina deProtean, Cappadocius se hundió en la tierra, permaneciendo allí durante incontables noches, algunos dicen que hasta 33 años. Cada noche se despertaba más débil que la anterior, pero se negaba a levantarse y seguir su vacía persecución.
Finalmente, tras un número desconocido de años, tuvo la visiónd e un ángel. Parecía que fuese a quedarse allí para siempre, o quizá caer bajo los colmillos de un Cainita menor, pero el ángel le dijo que no iba a ser así. Cappadocius estaba destinado a buscar la respuesta, y Dios deseaba que la búsqueda se llevase a cabo.
“No puedo hacerlo,” se quejó lastimeramente el fundador, “pues soy demasiado débil.” “Entonces te haré más fuerte,” dijo el ángel, e hizo un corte en su propia muñeca con una espada de sagrada luz. La sangre corrió por el brazo del ángel y unas pocas gotas cayeron en los labios del Antediluviano, vigorizándole y haciendo a la vez que su sangre ardiese con el poder de la fe.
“Dios quiere que tengas éxito; reza por no defraudarle.” Tras decir esto, el ángel ascendió de vuelta al Cielo.
Cappadocius salió de la tierra con un estallido, esparciendo fragmentos de roca en todas direcciones. Tras saciar el resto de su feroz sed en una caravana árabe que pasaba por allí, comenzó de nuevo a caminar por la Tierra. A partir de entonces, abrazó la fe cristiana, sabiendo que Dios le había escogido para la grandeza.
al templo en cualquier momento para informar, estudiar o simplemente descansar.
Tras establecer su nuevo hogar, los Capadocios reunidos acordaron encontrarse de nuevo, siempre que pudiesen, cada solsticio de invierno, para discutir sus estudios y compartir opiniones sobre los asuntos del clan.
El auge del
cristianismo
Poco después de la captura del templo de Erciyes, el cristianismo empezó a extenderse por el mundo occidental. Los Capadocios lo abrazaron abiertamente, como hacemos con cualquier fe que pueda
ayudarnos a sondear la naturaleza del espíritu. Las tierras de Capadocia se convinieron en reinos de protección para cristianos perseguidos, que seguían encontrando oposición pese al auge de su fe. Dos ciudades capadocias, Derinkuyu y Kaymakli, se abrieron en la tierra misma, acogiendo a muchos cristianos durante las primeras noches de intolerancia.
Los Capadocios fueron esenciales para el crecimiento del cristianismo, labrando iglesias y monasterios en la roca de su tierra. De hecho, los miembros del clan siguen siendo activos hoy en día en la tierra de nuestro fundador, con la Elmali Kilise, Karanlik Kiilise y la Uzumlu Kilise, iglesias que atienden a las necesidades de los
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cristianos en esa tierra sagrada.
Sigueindo él mismo las enseñanzas de Cristo, Cappadocius se refugió con varios de sus hijos en la ciudad de Derinkuyu. El fresco y seco clima de la ciudad subterránea agradaba a los vampiros del clan, y la protección que ofrecía frente al sol resultaba incomparable. Muchos de ellos se dedicaron a difundir y enseñar el pensamiento cristiano entre los hijos de Seth. Otros se retiraron a las discretas tinieblas, buscando la verdad.
Por aquel entonces, Cappadocius se percató de que su progenie no necesitaba dedicarse por completo a desentrañar el enigma. Siguiendo la filosofía expuesta por Herodoto, el padre de la historia, el líder instruyó a los que hablaron con él para que “en todas partes, fueran moderados”. Los vampiros Capadocios siguieron el consejo de su fundador, y atemperaron su búsqueda con estudios en otras áreas de conocimiento. Esta época presenció un aumento en el número de Capadocios bibliotecarios, filósofos, teósofos, cartógrafos, lingüistas y eruditos de muchas otras especies. Algunos tempranos inconformistas dieron el Abrazo incluso a viajeros, guerreros y sirvientes civiles. El motivo que había tras esto, explicaron, era el de impedir el estancamiento del clan. Durante milenios, el clan había seguido falsas direcciones. Un mayor contacto con categorías más amplias ayudaría a crear nuevas perspectivas. No obstante, el estudio de los muertos no disminuyó, pues el clan Capadocio comenzó a admitir nuevos miembros en cantidades sin precedente.
El terrible Egipto
Los estudiosos Cainitas parecen sorprenderse de que los Capadocios hayan despreciado históricamente Egipto como zona de concentración. La tierra de los muertos por excelencia, Egipto, parece una elección obvia para un clan de eruditos en busca de la naturaleza de la muerte y sus misterios. Visto así, sería una excelente elección.
Desgraciadamente, Egipto sufre la plaga de las Sierpes, viles seguidores del semidiós no muerto Set. Los Capadocios no saben del propio Set mucho más de lo que figura en las tradiciones de la región. Saben, además, lo que dice el Libro de Nod, Set fue uno de los 13 Antediluvianos de los que nacieron los clanes. Muy pocos Capadocios se han encontrado con él, debido a su gran edad y su inhumano secreto; tampoco es extraño, pues muy pocos Capadocios se han encontrado con alguien de la tercera generación.
Sin embargo, los Capadocios están familiarizados con los Seguidores de Set. La relación no es muy fácil, caracterizada como está por el choque entre la necesidad de los Capadocios de estudiar sin ser molestados y el impulso Setita de corromper todo lo que tocan. Los viajes a Egipto han sido siempre infructuosos, sus beneficios eclipsados siempre por el elevado precio de tratar con las Serpientes.
Durante la dispersión del cristianismo bajo el emperador romano Nerón, San Marcos llevó consigo a Egipto lo que se convertiría en la fe copta. Los Capadocios, siguiendo la bandera del cristianismo, se escondieron entre la congregación, esperando establecer avanzadillas secretas en aquella tierra tanto tiempo mancillada. No obstante, a los Setitas les bastaría con oír hablar de un vampiro en un monasterio para inundar los monasterios coptos con sus impías fuerzas, y buscar bajo todas las piedras hasta descubrirlo. Los Capadocios (y otros vampiros —los Setitas no hacían
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distinciones) se convirtieron en el objetivo de diversas prácticas corruptoras destinadas a apartarles de su camino. Como algunos Ladrones de tumbas podrían atestiguar, un Capadocio seducido para seguir la Via Serpentis es un espectáculo muy poco agradable.
De todas formas, los Capadocios siguen con sus intentos de infiltrarse en Egipto, lanzando silenciosas y secretas cruzadas a través del Mediterráneo desde su hogar ancestral. Aunque unos pocos han conseguido llevar una difícil no-vida en las ardientes arenas de Egipto, no encuentran provecho en ello. Muchos prosiguen la lucha, esperando ser quines consigan interrumpir el legado de fracasos del clan.
El exodo
de Derinkuyu
Sucedió que los peculiares hábitos de Cappadocius empezaron a molestar a la gente de Derinkuyu. Aunque el fresco aire subterráneo preservaba los cadáveres que el fundador estudiaba, la proximidad de los cuerpos hacía que los habitantes de la ciudad estuviesen nerviosos e incómodos. El vampiro y sus chiquillos notaron el desagrado de los hijos mortales de Seth, y se recluyeron más aún en sus macabros estudios.
Pero llegó un momento en el que la gente no pudo seguir soportándolo. Ya habían visto bastante de los cadavéricos vampiros, acechando en silencio en las catacumbas. Habían soportado demasiado tiempo los desagradables e impíos ritos de aquellos extraños aunque benevolentes monstruos. Habían dado mucha de su sangre para sustentar la perturbadora presencia de aquellos parásitos, que sondeaban más y más en misterios que los hombres de fe no debían aprender.
Cappadocius habló con los lugareños, descubriendo el alto precio que su creciente progenie se cobraba sobre los mortales; se habían vuelto anémicos por culpa de las
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alimentaciones masivas, y enfermizos a causa de la constante exposición a los cadáveres estudiados.
Comprendiendo las quejas de la gente, el fundador se dio cuenta de que había cometido un grave error al dar el Abrazo tan a la ligera. Volvió a Erciyes para consultar el traducido Libro de Nod; leyendo en el Relato de la Primera Ciudad que la excesiva proliferación de la sangre de Caín quedaba proscrita, y el pecado que siguió a la desobediencia de sus chiquillos. Recordó las noches que había pasado sentado leyendo, como el único miembro de su línea, mientras sus condenados hermanos creaban progenie con desenfrenado abandono. Arrepentido de su descuido, convocó de nuevo a su estirpe, esta vez en las más profundas cámaras de la ciudad hermana de Derinkuyu, Kaymakli.
Nadie más que Cappadocius pudo prepararse para la asamblea. Una visión le había dicho al fundador lo que debía hacer antes de que llegasen todos.
La Fiesta de la Locura
Las cámaras y salones subterráneos de Kaymakli, podían albergar hasta a 15.000 ciudadanos. En la noche de la convocatoria asistieron 12.000 vampiros. Estábamos atónitos. ¿Cómo un grupo conocido como el Clan de la Muerte podía tener una vitae tan fértil? ¿Cómo podíamos ser tan numerosos?
En una absurda y abigarrada congregación, los Capadocios desplazaron a los ciudadanos de Kaymakli, obligándoles a abandonar sus hogares mientras durase la convocatoria. De forma discreta y sutil, y con la ayuda de Caias y Japheth, Cappadocius hizo una criba en las filas de su clan.
“¿Quién de entre vosotros no ha ayudado a construir una iglesia o un templo?”, preguntó el fundador, ordenando a los que contestaron que siguiesen a Caias a lo más profundo de la ciudad.
“¿Quién de entre vosotros no sabe leer y escribir? ¿Quién no sigue la Via Caeli? ¿Quién no ha empezado a buscar las
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respuestas al gran enigma?” Poco a poco, el número de los Cainitas reunidos fue disminuyendo, a medida que más y más de ellos bajaban a la ciudad subterránea. Seguramente el fundador tenía algún plan para ellos. No había duda de que estaba haciendo de los más aptos líderes, algún tipo de nuevo orden.
Cuando hubo hecho la última pregunta y enviado a los últimos Capadocios escogidos a las profundidades de Kaymakli, el fundador ordenó a Caias y Japheth que sellasen para siempre el portal de la ciudad. Mientras el mecanismo de piedras de molino se cerraba sobre el aullante pozo de Cainitas condenados, Cappadocius pronunció su guarda sobre el portal: “Qué ningún chiquillo de Caín salga nunca de este pasaje; que ningún hijo de Seth entre.”
El fundador lloraba cálidas lágrimas de sangre cuando se apartó de aquella masiva tumba. Su descuido y su obsesión habían condenado a miles de sus inocentes chiquillos. Sólo su hipocresía y restos de humanidad le habían salvado a él y a los pocos escogidos que aún seguían fuera, de sufrir el mismo destino.
“Marchaos de aquí. Este lugar está maldito,” dijo Cappadocius a los residentes mortales de Kaymakli. “Marchaos y no volváis nunca.”
Hasta esta noche, la prohibición se mantiene aunque seguramente todos los ocupantes habrán caído en letargo o bajo los colmillos de sus hermanos. Sin embargo, nadie puede decirlo con certeza, pues nadie quiere poner a prueba el hechizo de Cappadocius que impide salir a los Cainitas una vez han entrado.
La ausencia
de Lazarus
Cuando Cappadocius cerró Kaymakli, Japheth habló en privado con Caias. Ninguno de ellos había visto a su hermano Lazarus en la reunión, y Japheth opinaba que la ausencia del chiquillo era un insulto
para su padre. A regañadientes, Caias accedió a visitar el hogar de su hermano y enterarse de lo que opinaba del edicto.
Hacía ya tiempo que el hogar de Lazarus estaba en el inhóspito Egipto. Sin miedo a la maldición de Set, Lazarus había elegido a unos a unos pocos intrépidos Capadocios y establecido su refugio cerca de las riberas del Nilo. Hasta esta noche, oscuros susurros acusan a Lazarus de servir a los deseos de Set; algunos incluso le atribuyen un Juramento de Sangre al Capadocio perdido.
Fuera como fuese, la visita de Caias no fue bien recibida. Por supuesto, Lazarus y sus seguidores habían oído la llamada del fundador, pero los más intuitivos entre ellos habían previsto las terribles consecuencias de obedecerla. Hay quien sospecha incluso que Lazarus temía que Cappadocius viese la maldición de Set en su alma.
“Hermano mío,” dijo Caias, “¿oíste la llamada de nuestro padre?”
“Sí, Caias, la oí,” replicó Lazarus.
“Y seguramente intentaste obedecerla. ¿Qué fatalidad te lo impidió?” preguntó Caias, mientras su ira crecía ante la insolencia de su hermano de sangre.
“Ninguna fatalidad que se debiese a mí, hermano. Nos lo impidió la prevista por nuestro padre.”
Caias enloqueció de ira. ¿Quién era Lazarus para cuestionar la voluntad de Cappadocius? Saltó contra él con intención asesina, mientras Lazarus le miraba aterrado. Dos vampiros ancianos enfrentados en una batalla de proporciones tan épicas que se dice que el Nilo fluyó al revés durante el año siguiente. Pero al final, ni siquiera la astucia y habilidad de Caias sirvió de nada; Lazarus recurrió a la vil Disciplinas de Serpentis, que como todos saben pertenece al clan de los Setitas. Caias sucumbió, pero no sin antes herir mortalmente al traicionero Lazarus, que se hundió en la tierra arenosa sin que se le haya vuelto a ver desde entonces.
Sin la guía de su líder, los Capadocios egipcios se dispersaron en todas direcciones.
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Algunos volvieron a Erciyes y suplicaron el perdón de Cappadocius. Otros se limitaorn a vagar sin rumbo, yendo allí donde sus destinos los llevasen.
La segunda revelacion
No mucho después de la Fiesta de la Locura, Cappadocius experimentó otra poderosa e innegable visión del destino que el futuro les deparaba a él y a sus chiquillos.
Tuvo una visión de la crucifixión: el lacerado cuerpo de Cristo clavado a la cruz como sacrificio por los pecados de los hijos de Seth. Entonces vio a los miles de vampiros a los que había condenado a ser enterrados en vida, chillando de rabia e impotencia. La visión cambió de perspectiva para mostrar a Cappadocius y los restantes miembros de su clan alejándose de los chiquillos aprisionados.
Cappadocius vio un paralelismo entre aquellos vampiros y el Hijo de Dios — sacrificándose ellos mismos para que otros pudiesen continuar existiendo.
Entonces tuvo otra visión del futuro, menos vívida que el terror de la anterior. Se vio a sí mismo en la cruz. Japheth y Caias hurgaban en sus heridas con los dedos, mientras infinidad de hombres mortales lloraban al pie de la colina. Cappadocius interpretó esto como un mandato de su sacrificio para sustentar a la humanidad en medio de un opresivo mar de vampiros.
Supo que debía alcanzar la Divinidad. Cappadocius y sus chiquillos de más confianza se consagraron a esta tarea. A lo largo de los estudios del clan, habían encontrado varias referencias al poder de consumir la hostia. Ciertos documentos implicaban que era posible convertirse literalmente en Dios devorando Su cuerpo y Su sangre. Aquellos textos incluían escritos agnósticos y zoroastrianos, y explicaciones egipcias de viajes entre los mundos de los vivos y los muertos. Celebrando un ritual en completa paz y tranquilidad, era posible
ascender al Cielo, tomar el trono de Dios y llevar también al Cielo a toda la humanidad. Aquellos fragmentos de saber olvidado le inspiraron nuevas esperanzas. Tal y como interpretaba los manuscritos, si alcanzaba la Golconda y diablerizaba a Dios, se convertiría él mismo en Dios. Incluso mientras se hallaba en letargo, el fundador soñaba con un mundo de paraíso y con cómo conseguirlo. En su mente, el enigma ya había sido contestado, pero la solución se mostraba esquiva. La respuesta era que llevando el Cielo a la Tierra, la vida y la muerte serían una, infinita y eterna. Pero la pregunta era ¿cómo?
Influencia capadocia
en Europa
Mientras Cappadocius pasaba sus días de aislamiento en Erciyes, los miembros supervivientes del clan se dispersaron por Europa, ansiosos de escapar de la tierra que había servido como tumba para muchos de sus chiquillos y hermanos. Algunos se quedaron en Erciyes; otros se establecieron en las tierras reclamadas ahora por Turquía y Bizancio; la mayoría dejó atrás su doloroso legado, moviéndose siempre hacia el oeste.
Fue en aquellas noches cuando nuestra tácita alianza con los Ventrue se puso en primera línea. A cambio de instalaciones en las que estudiar, estuvimos encantados de ayudar a los Patricios en asuntos que requerían investigación y consejo. Esta práctica se mantiene en la actualidad, y se trata de una simbiosis que hace adelantar nuestros estudios de muchas formas.
Con la ayuda del capital Ventrue, nos resultó más fácil proseguir con nuestros estudios de medicina, con nuestros propios logros e influenciando a la creciente comunidad médica de barberos y herbolarios. El dinero, el prestigio y los contactos de los Ventrue brindaron un mayor y más fácil acceso a quiénes habían encontrado textos olvidados, y desenterrado útiles documentos. Las cortes de los Ventrue
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(y, hasta cierto punto, de los Lasombra, aunque raro es el Magister que sigue otro consejo aparte del suyo propio) son también lugares cosmopolitas donde podemos departir con los más adelantados pensadores del momento, ya sean mortales o Cainitas. Por último, los Ventrue ofrecen una gran protección frente a los ubicuos peligros del mundo. A los Lupinos les resulta extremadamente difícil atarnos en los castillos.
Nuestra dispersión por Europa ha demostrado ser de un valor incalculable, como atestiguan nuestras reuniones anuales en Erciyes. Aunque no somos particularmente devotos del acopio de influencia, hemos acabado estableciéndonos en confines del continente donde nuestro trabajo puede continuar al ritmo que nos marquemos (nuestro ilustre clan tiene incluso unos pocos príncipes en un disperso puñado de ciudades).
Se nos suele acusar como clan de estrechez de miras, pero la verdad es que nos hemos diversificado mucho desde nuestra entrada en Europa. Tenemos muchos miembros, sobre todo porque nuestros antiguos no quieren repetir los infructuosos vagabundeos que siguieron a la caída de la Segunda Ciudad. Acogemos a muchos poetas, que cuestionan el alma con sus cuidadosamente talladas palabras. Tenemos a muchos entre el clero y los sacerdotes, que profesan la fe y los diversos paraísos del cristianismo, el islamismo y el paganismo, entre otros. Hemos Abrazado a artesanos y artistas, y a ingenieros civiles, preservando sus obras, que satisfacen las necesidades básicas de la vida de cada noche (¿no hay acaso respuestas eternas en las cosas que damos por sentadas noche tras noche?). Filósofos, barberos y científicos se unen a nuestras filas, sumándose así a la fuente de conocimiento que tanto apreciamos. Incluso chambelanes y consejeros honran nuestro clan, guiando a sus señores con la sabiduría
que impartimos y la comprensión que ordenamos.
Influencia en la Iglesia
Al clamar nuestros espíritus por las respuestas a eternas preguntas, bastantes de nuestros miembros oyeron la llamada de la Iglesia. Durante las primeras noches de nuestra migración a Europa, muchos de nosotros tomamos los hábitos en aislados monasterios. Enclaustrados más allá del alcance de las conspiraciones de otros vampiros y de las depredaciones de la sociedad urbana, los monjes Capadocios dejaban pasar las noches en soledad. Habíamos encontrado un nicho muy productivo en el que perseguir nuestras metas, ya fuese copiando libros o traduciendo manuscritos. Viviendo entre los humanos sin que éstos lo supieran, los Capadocios extendieron un velo invisible sobre la tierra, bebiendo lo que podían de los hermanos de los monasterios o de los animales en los establos de las abadías. Gran parte de los monasterios de la Cristiandad han alojado a algún Capadocio, si es que no lo están haciendo ahora mismo.Alcanzar los rangos eclesiásticos superiores ha sido siempre difícil para nosotros, dada nuestra pálida complexión y nuestra naturaleza nocturna. De todas formas, insinuamos nuestra presencia en cada obispado de la Santa Sede, desde los confines católicos de Inglaterra hasta las posesiones ortodoxas en Hungría Oriental. En una época en la que el clero sólo había comenzado a saborear las posibilidades que hoy le permite su posición, nuestras peculiaridades, a la pequeña escala a la que las manteníamos, eran perdonadas. Nuestros miembros observaban y aprendían de cada nimiedad del vicariato. Como abades, dirigíamos monasterios enteros en busca de la verdad. Como obispos, fortificábamos las obras de nuestros aliados. Como humildes sacerdotes oficiábamos las misas de medianoche y atendíamos las vigilias entre
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Los
Infitiores
Cuando Cappadocius convocó la Fiesta de la Locura, a gran parte de su progenie le resultó imposible hacer el viaje. Ya fuese por una incapacidad física, un estilo de vida errante que les imposibilitase atender la llamada, o algún aspecto de la precognición Capadocia lo que les impidió asistir, algunos escaparon del posible confinamiento bajo Kaymakli.
Estos Capadocios, conocidos como Infitiores, han llegado a odiar al fundador de su clan, pues nadie sabe si hubiesen acabado bajo tierra de haber acudido a su llamada. Rechazan toda relación con el propio clan, buscando sus propias metas y evitando a sus antiguos hermanos. Tienen unas no vidas míseras y solitarias, amargadas por la traición y el injusto juicio del hombre al que una vez siguieron de buena fe.
Es raro que los Infitiores se relacionen con otros vampiros, y nunca lo hacen con los Capadocios. En todo caso, se les puede encontrar en Tierra Santa y los territorios controlados por los musulmanes.
A lo largo de los siglos posteriores, este pequeño fragmento de la sociedad Capadocia huía de la persecución de los Giovanni, terminando en apartadas comunidades en Haití, Portugal, Jamaica y remotas islas y ensenadas africanas. Los Infitiores supervivientes eludirán el parricidio Giovanni gracias a su rechazo y falta de comunicación con su antiguo clan, así como al lento pero significativo cambio en su aspecto. En el siglo XX, los supervivientes no parecen ya nada que pueda pasar por humano, ni siquiera con una luz tenue, y renuncian a toda reclamación de su herencia Capadocia.
completas y maitines. Monjas y frailes Capadocios curaban a los enfermos entre los mortales, observando siempre la entropía y la decadencia, tan evidentes en el más humilde siervo como en el príncipe de más alta cuna. Ofrecíamos los últimos ritos sobre humanos y Cainitas cuando se hundían en la tierra al extinguirse la vida o la no-vida de sus cuerpos.
Y los asuntos de estado
Aunque muy pocos de nosotros proceden de familias nobles, tenemos una gran influencia sobre los asuntos de estado. Nuestro conocimiento es tan vasto que los antiguos Cainitas buscan con frecuencia que los aconsejemos, y también lo hacen autoridades mortales que conocen a algunos individuos concretos por su reputación. Muchos han señalado que no vale la pena matarnos, aunque este insulto indica que los asesinos en potencia preferirían tenernos como consejeros antes que como enemigos.Actuamos en los márgenes del reino de la política. Son muchos los Cainitas que, proclamando su título temporal, han incurrido en un desagrado mortal, saludando al amanecer con una estaca en el corazón. Por suerte, la mayoría de los nuestros no sufre esta arrogancia ni la fascinación estrecha de miras por el poder. En su lugar, hacemos tratos con otros clanes similares a los que hacemos con los Ventrue: a cambio de protección y acceso a depósitos de sabiduría, estamos encantados de ofrecer nuestro consejo.
El experimento
Giovanni
A principios del siglo XII, agentes del clan entraron en contacto con una pequeña cábala de nigromantes mortales en la ciudad de Venecia. Este insular círculo estaba formado exclusivamente por miembros de una misma familia, un grupo enriquecido gracias a las Cruzadas y conocido como los Giovanni. La familia hizo vastas sumas de dinero cobrando precios exorbitantes por pasajes a Tierra Santa y por transportar suministros al frente. El envilecimiento y la depravación siguieron a su éxito financiero, y el libertinaje de la familia Giovanni se hizo famoso por todo el norte de Italia. Hablando practicado todas las actividades proscritas por la Iglesia, los Giovanni acabaron volviéndose hacia el prohibido arte de la nigromancia.
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Estos aficionados resultaron ser muy capaces en sus negras artes, abriendo nuevos caminos y teniendo éxito donde sus predecesores no habían conseguido más que garabatear unas cuantas blasfemias en libros de piel de cabra. Lograron contactar con espíritus de los muertos que aún tenían una mínima conexión con el mundo físico. Interrogándoles sobre lo que había más allá. Naturalmente, los Capadocios llevaron noticias del círculo de vuelta a Erciyes, donde discutieron su descubrimiento con Japheth y la matrona Constancia. Japheth, prefiriendo no despertar a Cappadocius, propuso dejar que los acontecimientos fuesen desarrollándose por sí mismos, para ver qué podía resultar de los Giovanni. Pero Constancia se excitó mucho con las noticias y se apresuró a acudir al mausoleo donde dormía el fundador, hablándole a través de sus extraños sueños.
A pesar de su letargo, Cappadocius se alegró ante la oportunidad que representaban aquellos nigromantes. Llamó a Japheth a su lado y le dio instrucciones para que le sangrase, dejando su preciosa vitae en un recipiente aparte. Siempre leal, Japheth
obedeció, aunque sentía un cierto rechazo en lo más profundo de su corazón. Sólo cuando Cappadocius reveló claramente sus intenciones se opuso Japheth, enfrentándose a su amado sire por primera vez desde su Abrazo. El fundador planeaba usar su sangre para introducir en el clan a los Giovanni. Japheth arguyó que los mortales no se habían ganado aquella poderosa sangre, y que aquellos venecianos eran poco de fiar y que tenían que seguir siendo observados. Aludió a la traición de los Tremere y rogó que los Capadocios no tuviesen trato con magos mortales.
A pesar de la oposición de su chiquillo, Cappadocius entró en contacto a través de sus sueños con Augustus Giovanni, acorando que el líder de los nigromantes acudiese a Erciyes para recibir el don de la inmortalidad.
A su llegada, Augustus reafirmó su decisión de aceptar la oferta de Cappadocius. Aquel antiguo templo, lleno cómo estaba de secretos arcanos, era un estupendo botín esperando ser tomado. Japheth y Constancia, contemplándole con su Visión del alma, vieron la podredumbre que llenaba a aquel mezquino mortal. Augustus sólo buscaba poder; sus fines y medios eran tan corruptos como los de cualquier déspota humano. Aunque su dominio de la nigromancia era impresionante, aquel demente no buscaba la iluminación, el conocimiento o la respuesta a la eterna pregunta. Sólo quería
aplastar a sus oponentes. Sabiendo esto, Japheth le pidió a Constancia que
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La tragedia del padre Eustace
A finales del siglo XI, un Capadocio conocido como el padre eustace se convirtió en el responsable de la parroquia de un pequeño pueblo entre Tolosa y Tours. Era amado por su rebaño, y guiaba a la parroquia con firmeza y justicia, prometiendo las vastas recompensas del cielo a los que aceptasen la gracia de Cristo. Prometió también los infinitos tormentos del infierno a los que se desviasen del camino, como haría todo buen sacerdote.
Al involucrarse más y más Eustace en las vidas de su rebaño, éste empezó a amarle cada vez más. Eustace irradiaba un aura de calma y piedad. Los que asistían a sus misas de medianoche señalaban su palidez como un extraño tipo de estigma que representaba su proximidad a Dios. Incluso sus confesiones, celebradas en un sagrado secreto para los afortunados que conseguían ser oídos por Eustace, producían el embeleso de los confesantes.
Al final, la popularidad de Eustace significó su fin. Al principio de una cosecha particularmente prometedora, la adoradora congregación se reunió en su iglesia. Convencidos de que la benevolencia de Dios fluía a través de su más piadoso siervo, una multitud de campesinos se reunió a las puertas y pidió ver al buen padre. Sin hacer caso a los avisos de los hermanos de que el padre no podía ser molestado durante el día, la masa irrumpió en las cámaras de Eustace, llevándose al dormido sacerdote en alegre procesión por las calles. Por supuesto, en cuanto la multitud expuso al sacerdote a la luz del sol, Eustace estalló en llamas, consumido en cuestión de momentos por los implacables rayos. Hasta esta noche se sigue reverenciando en el pueblo al padre Eustace como un santo, llevado de vuelta al seno de Dios por la ignorancia de la multitud. El Señor lo dio y el Señor se lo llevó.
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preparase a Augustus para su Abrazo. Mientras lo hacía, Japheth lanzó una maldición sobre el recipiente que contenía la sangre de Cappadocius:
“Que quien participe de este regalo sea siempre juzgado por esta sangre y por la voluntad de Dios. Que esta vitae se tiña con los hechos de quien la beba. Que cene con su alma cada vez que se alimente. Que reciba esta plaga como el fundador nos otorga este estigma.”
Y así fue entregada la sangre de Cappadocius a Augustus Giovanni.
Mientras el veneciano yacía desnudo sobre una mesa de piedra, dos Capadocios extrajeron su sangre. Antes de que terminasen, Constancia los detuvo, guardando las últimas gotas de sangre de Augustus en una jarra de barro que selló con cera de abejas. Cuando Constancia hubo terminado, Japheth entró en la cámara con la sangre de Cappadocius. Se miraron mutuamente, vacilando en su tarea por un momento. Pero al final se impuso su lealtad, y Japheth derramó la vitae entre los labios moribundos de Augustus Giovanni. Lágrimas de sangre botaron de sus ojos, y Constancia se dio la vuelta, incapaz de mirar.
Augustus se levantó, hinchado como una garrapata y haciendo eses mientras el fuego líquido ardía por su una vez frágil cuerpo. Se tambaleó, mareado como un borracho. Los dos asistentes que le habían vaciado de sangre reconocieron la familiar mirada de hambre en los ojos de Augustus, y salieron corriendo de la cámara, sólo para encontrarse con el poderoso novato apareciendo de pronto ante ellos. Con tremendos golpes dirigidos por el más negro de los corazones, Augustus venció a los vampiros con las manos desnudas, olió la sangre bajo su piel y la lamió mientras afloraba en viscosos remolinos entre sus dedos.
Japheth llamó a los hombres de armas Lamias, aquellos fuertes y arrojados
Capadocios que habían formado su propia línea de sangre mucho tiempo atrás. Su fuerza y las palabras tranquilizadoras de Japheth consiguieron apagar la furia de la Bestia de Augustus. Constancia ordenó que fuesen llevados esclavos para apagar la sed del nuevo vampiro, habiendo aprovechado la confusión para ocultar la sangre mortal de Augustus en una cámara secreta.
“Sé bienvenido a la noche eterna, Augustus Giovanni,” dijo Japheth. “Has recibido la bendición de la inmortalidad y la maldición de Caín. Por favor, sígueme, pues nuestro padre desea hablarte”.
Japheth condujo a Augustus bajo el templo, al interior de la montaña. Finalmente se detuvieron ante una puerta a una casi imposible profundidad bajo la tierra, tras la cual dormía Cappadocius. Allí los tres miembros más poderosos de nuestro linaje discutieron lo que había de ocurrir.
Respuesta al
experimento Giovanni
Como resulta típico en un clan tan desorganizado como es el nuestro, no hubo ninguna decisión oficial con respecto a la cuestión de los nigromantes venecianos. Muchos Capadocios mantenían una cierta ambivalencia, mientras que otros buscaban relacionarse con los Giovanni. Las Lamias, siempre leales, apoyaron la decisión de Cappadocius de aceptar a los Giovanni.
Unos pocos se pronunciaron en contra de los Giovanni, no queriendo comprometer su posición en la iglesia al asociarse con nigromantes. Los Capadocios más sensatos señalaron que si las autoridades eclesiásticas se percataban de la conexión entre el clero Capadocio y los vampiros, los nigromantes serían la menor de sus preocupaciones.
En general, el experimento Giovanni fue recibido con un frío y sincero desinterés. Los verdaderos beneficios de lo que estaba ocurriendo fueron el apoyo a la nueva Disciplina y a una mayor comprensión del eterno enigma. ¿A quién le importaba si
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había un “subclan” especial dentro del clan? ¿No eran las mismas Lamias una línea de sangre separada, que coexistía felizmente con los Capadocios?
La tercera revelacion
Poco después del Abrazo de Augustus Giovanni, Japheth y el propio Cappadocius cayeron de nuevo en brazos del letargo. Augustus era el “el tercero al mando” del clan, pero la laxa estructura del clan impedía que su posición tuviese verdadera autoridad. Augustus se preocupaba sobre todo por el desarrollo de la nigromancia de su familia, trabajando para convertirla en una Disciplina efectiva.
Mientras dormía, Cappadocius tuvo la tercera y más vívida de sus premoniciones. Se vio consumado por un fuego sangriento que se extendía para devorar a todos sus chiquillos, mientras figuras sombrías permanecían más allá de las llamas, riendo al contemplar el destino del clan. Cuando ardió hasta quedar en nada, una chispa resplandeciente se elevó de entre sus cenizas, subiendo al Cielo. El fundador se dio cuenta de que su clan estaba condenado.
Cappadocius partió de inmediato hacia Roma, abandonando el templo y sus viejos libros por los documentos que reafirmarían su búsqueda de la Divinidad. Sus contactos en la Iglesia le permitieron acceder a las bóvedas secretas bajo las mismas cámaras del Papa. Allí, entre libros prohibidos sobre prácticas satánicas y magia tántrica, y los fundamentos de todas las herejías del mundo, estaban los libros que pavimentarían el camino de Capppadocius al Cielo y a la mente de Dios. Trabajó con la pasión y la fiebre de un hombre que debe escapar de su propio destino. En este punto, todos sus logros del pasado carecían de sentido, y era consciente de que, si fallaba, su fracaso condenaría al mundo entero.
Refiriendo su visión a Japheth por medio de los sueños, Cappadocius supo que su destino estaba sellado. Aunque no tenía
idea de cuándo, cómo o a manos de quién llegaría este terrible destino, el fundador sabía que debía trabajar rápidamente para ascender a la Divinidad. La visión impartía un sentido de urgencia tan apremiante, le dijo a Japheth, que temía que ya fuese demasiado tarde para completar su búsqueda. De todas formas debía intentarlo.
A Japheth le quedó la triste responsabilidad de revelar la visión de Cappadocius al clan. Comunicó la noticia en la reunión del solsticio de Erciyes, estremeciendo a todos los asistentes. No se discutió nada más en el encuentro de aquel año, ni se habló de ningún otro susurro. Los más visiblemente sorpendidos fueron los nuevos Capadocios de la familia Giovanni. Daba la impresión de que sentían que les habían dado el gran regalo del Abrazo sólo para arrebatárselo. Seguramente se dieron cuenta de que el Abrazo era una espada de doble filo, y no simplemente el atajo a la supremacía que su líder había esperado.
Los demás Capadocios de Erciyes reaccionaron de formas distintas a la noticia. Los que seguían el Camino del Cielo quedaron sorprendidos: ¿cómo podía un Cainita, maldito por Dios, ascender a Su trono? Era una descarada blasfemia, pero de alguna forma apreciaron su convicción. Los seguidores del Camino de los Huesos sacudieron sus cabezas dubitativos, negándose a creer que la derrota de la muerte pudiese resultar en la vida eterna. Los adeptos de la Via Humanitatis compartieron la alegría del fundador: trascenderían las mezquinas preocupaciones de la Tierra y se reunirían arriba con su padre.
Tras reunir todos los libros, rollos y documentos que podía necesitar, Cappadocius huyó de Roma. Nadie le ha visto desde entonces, pero nos ha visitado en sueños a muchos, prometiendo encabezar la procesión en la casa de Dios.
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Los Capadocios
en el siglo XII
Desde la tercera revelación, muchos Capadocios han desarrollado actitudes derrotistas, esperando lánguidamente que llegue la noche del juicio. Otros han aprovechado la oportunidad para dejar su marca en el mundo, haciendo numerosos avances en sus campos de estudio. Algunos de los más ancianos entre nosotros se han perdido de vista, entrando en letargo o huyendo a remotos y secretos lugares. En su mayor parte, los Capadocios conscientes de nuestro inevitable destino se dedican a sus asuntos cotidianos, no queriendo enfrentarse a él.
Para los Capadocios que no han podido asistir a las reuniones de Erciyes, el tiempo es una invisible espada de Damocles, que cuelga precariamente sobre sus cabezas. Muchos Capadocios acostumbran, cuando se encuentran con miembros desconocidos del clan, a relatar la profecía. Pero quedan muchos Capadocios ignorantes, aislados del
contacto con los demás e incapaces de asistir a las reuniones anuales.
No se sabe si los Infitiores están al tanto de la inminente condena del clan. Ciertamente unos pocos lo saben, pero parece que la gran mayoría, a causa de su aislamiento, no tiene la menor idea. Sólo el tiempo dirá si su repudio va a significar su condena o su salvación.
Por lo común, los Capadocios modernos se abstienen de hablar del inevitable destino del clan ante otros Cainitas. Aunque pueda ser posible conseguir el apoyo de los clanes más amistosos, o desenmascarar al traidor entre nosotros, permanecemos en silencio. En estas noches en que la destrucción de Saulot se olvida tan fácilmente, no queremos añadir leña al fuego para quienes se oponen a nosotros. Al final de su visión, Cappadocius vio su alma ascendiendo al Cielo. Si es la voluntad de Dios, nosotros le acompañaremos en el viaje.
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apítulo Tres:
Observaciones
y conclusiones
Los chiquillos de Cappadocius están entre los
Cainitas más eruditos del mundo del Medievo
Oscuro. Aunque pueden viajar y correr aventuras
y sufrir los dardos y golpes de la fortuna
vampírica, muchos Capadocios buscan en el fondo
el conocimiento que pueda ser extraído de tales
penalidades. El discernimiento les guía, y un
Capadocio se siente igualmente cómodo en la corte
de un príncipe, en un mausoleo o en el camino.
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La Larga Noche
Los Cainitas de otros clanes encuentran peculiares ciertos aspectos del Abrazo Capadocio. Aunque el Abrazo en sí no es distinto del de cualquier otro vampiro, sí lo son sus prácticas ceremoniales subsiguientes. La gran mayoría de los neonatos Capadocios son enterrados o aprisionados de alguna otra forma en el momento de su Abrazo. Esto tiene varios significados. El nuevo vampiro es inmovilizado con cuerdas o cadenas y ceremonialmente “enterrado” durante la primera noche de su no vida. No todos los Capadocios entierran de verdad a sus nuevos chiquillos: algunos los meten en apartados sepulcros o sótanos parecidos a tumbas. En cualquier caso, el Capadocio novato pasa su primera noche completamente solo, y enfrentado a una sensación de muerte y soledad.Hay dos razones para este ritual. Primero, la sensación del enterramiento paródico crea una gran resonancia en el espíritu del neonato. El recién fallecido pasa
una noche entera privado de información sensorial. Todos excepto los más insensibles pasan este período introspectivo enfrentándose a su miedo a la muerte y experimentando el embrutecedor pero fascinante horror de volverse inmortales.
Segundo, los Capadocios llevan a cabo el enterramiento como lección y a la vez recordatorio de la Fiesta de la Locura. La inmortalidad es un oscuro y poderoso regalo, y un neonato poco sensato no sería el primero en pasar la eternidad encerrado, más allá del alcance de cualquiera. Si se convierte en una carga demasiado pesada para sus pares o los hijos de Seth, la tumba espera, fría, inmisericorde y eterna.
Algunos vampiros recientemente Abrazados han resultado ser demasiado frágiles para esta práctica, y han tenido que ser eliminados al desenterrarlos. Esto es embarazoso para su sire, pues obviamente ha escogido mal y puede que no se le permita volver a Abrazar a nadie.