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DANIELA NADEO, FISCAL - Samanta BAires.pdf

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DANIELA NADEO, FISCAL de Samantha BAires

ISBN EN TRÁMITE

DANIELA NADEO, FISCAL 1a ed. -Ciudad Autónoma de Buenos Aires : el autor, 2015.

E-Book.

Expte. No. 5000773 Dirección Nacional de Derechos de Autor [Argentina]

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ADVERTENCIA [DISCLAIMER]

Los hechos y las personas/personajes referidos en esta historia son totalmente ficticios; lo mismo los nombres de los personajes que han sido elegidos al azar por la escritora. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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CAPITULO I. DANIELA NADEO

Audiencia de mediación en una hora. No iba a haber acuerdo, quizás alguna modificación u objeción a esto o aquéllo, cuando una de las partes litigantes era el Gobierno de la Ciudad, por ley estaba prohibido acordar nada, todo iba a juicio y no sólo a juicio, el Gobierno siempre apelaba la sentencia doblemente y si podía, seguía hasta la Corte Suprema. La estrategia de la Procuraduría porteña bajo todos los gobiernos había sido y seguía siendo alargar los tiempos y así cualquier juicio contra el estado porteño duraba mínimo diez años perdidos entre papeles que van, papeles que vienen, chicanas de abogados y expedientes que no se encuentran o se pierden en el marasmo burocrático de la administración, plazos vencidos, expedientes extraviados y apelaciones a todo bicho que camina.

Odiaba el sistema judicial arcaico, obsoleto e injusto de su país. Un sistema que servía para encarcelar pobres, delincuentes de cuarta,

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desclasados o marginales y para que los ricos y los poderosos más los políticos corruptos lo utilizaran a gusto y piacere para sus trapizondas y enjuagues, nunca caía uno preso. Una judicatura – mezcla de jueces designados a dedo por los genocidas del pasado y otros del período democrático – que era una institución que se alejaba cada vez más de su supuesta función de "impartir justicia" para convertirse en un ariete político más de los grupos de poder en disputa, además de que muchos de sus miembros gozaban de un nivel de vida altísimo que nada tenía que ver con los salarios obtenidos legalmente por sus funciones.

Los juzgados ordinarios de la ciudad apenas tenían unos diez o doce años de existencia y gozaban de más vicios y parsimonia que los federales o provinciales, lo que era mucho decir. “Nacieron malparidos” había sentenciado correctamente un colega.

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en un Juzgado en lo Contencioso Administrativo. Pero era una buena forma de adquirir experiencia en el sistema y ganar un salario decente mientras continuaba sus estudios, juntaba doctorados y ponencias en congresos y se preparaba para su verdadera pasión: llegar a ser fiscal instructora de procesos en cuestiones de violencia de género. Le hervía la sangre ante cada caso de mujer maltratada, golpeada o asesinada. Podría haberse dedicado también al problema de la trata de mujeres o a los casos de violaciones. Pero por lo que había sufrido en carne propia en su adolescencia en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos y por aquel libro que se había cruzado en medio de sus estudios de abogacía en la UBA1

, ése de la española Abráldez que le había ayudado a entender la raíz del tema, le saltaron todos los fusibles y la decidió a especializarse para dar la pelea desde su profesión.

Sonido del whatsapp mientras corregía en la PC un último párrafo de un auto en un expediente. No

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era el de su celular “legal”, sino del otro, ése que había comprado en la localidad carnavalera de Gualeguaychú en un viaje de fin de semana, escapada romántica con la mujer que ahora le enviaba el mensaje.

“Estas libre? Tengo media hora andá al cuarto piso no hay nadie dieron asueto”

Sonreía al imaginarse a la “señora jueza” tratando de averiguar en qué lugar del nuevo edificio de Tacuarí donde funcionaban varios juzgados porteños podría encontrarse sin problemas con su amante mujer, la secretaria de un juzgado vecino, ella. Tenía morbo la situación, sin duda.

Enseguida le contestó, tenía las hormonas algo “alteradas” después de más de quince días sin encontrarse, su amante se había tomado unas mini vacaciones para irse a la estancia de su marido en la localidad de Dolores.

“Subo en 5”.

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oficina, se la pasaba haciendo ésto o lo otro, era una de ésas que “siempre está laburando”, como se decía por ahí. Si avisaba que salía unos minutos, a nadie le interesaba o preocupaba mucho, siempre volvía, siempre a tiempo, siempre estaba cuando se la necesitaba.

Tomaba sus “precauciones”. Haberse licenciado en criminalística había llegado a condicionar sus respuestas y preparaciones para todo lo que hacía. Iba al primer piso, después pasaba por la planta baja, fingía que buscaba esto o lo otro, subía al quinto piso a preguntar alguna estupidez en un juzgado vecino, de ahí de nuevo a su piso, de ahí por las escaleras al segundo, de ahí por las escaleras al cuarto. El toilette, seguro la estaba esperando ahí.

– ¿Qué te pasó? ¿Por qué te demoraste? – la “jueza” Fabiana Casiragui, apoyada contra la pared de uno de los cubículos del toilette.

– Nena, hay que cerciorarse de que nadie se dé cuenta. – se mordía el labio mirándola y sentía

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todo su cuerpo encenderse, ese conjunto azul de chaqueta y pollera largo chanel le quedaba pintado y especialmente esa camisa de seda beis abierta sugerentemente hasta el primer botón que correspondía al busto, no había duda que la “jueza” tenía clase y elegancia intrínsecas, propias de esas damas que provienen de la alta sociedad y no han trabajado jamás de los jamases, ni siquiera ahora que supuestamente lo hacía de “su señoría”.

– Daniela, eso de ser CSI2

te quemó la cabeza. – estiraba la mano para que Daniela fuera hacia ella. Aceptó la mano, el convite y hacia su cuerpo fue. Juntas entraron en un box del toilette comiéndose la boca, mientras las manos de Daniela se colaban rápidamente dentro de la chaqueta y la camisa de “su señoría”.

– ¡Qué ganas te tenía Dani! – murmuraba la jueza en su oreja y a Daniela se le activaban todas las terminales nerviosas enviando órdenes a sus manos, labios y lengua para goce excelso de “su señoría” – ¡Ahhh! – que no tenía empacho a la

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hora de expresar el placer que le provocaba su joven amante.

Media hora después regresaba a su oficina, yendo rápidamente a buscar su bolso y metiéndose en el toilette para retocarse cabello y el suave maquillaje que usaba. Fue luego a la cocina a servirse un capuccino, urgente necesidad de cafeína.

– Ya llegaron Dani. – se asomaba Liliana, una de las empleadas.

– ¿Todos?

– No, la actora con su abogada.

– Como siempre. – dijo en voz alta – La abogada de la procuraduría de la ciudad llega cuando se le canta. – pensaba; a pesar del “buen momento” unos minutos atrás, enseguida volvía a ser la secretaria de juzgado que no veía bien el sistema judicial porteño – Avisáme cuando llegue la abogada la ciudad, ¿okei? – la administrativa asentía sonriente mientras Daniela le echaba nutrasweet a su cappuccino, seguía en la cocina

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cuando Manolo le avisaba que el juez Draghi quería verla urgente.

–¿Qué mierda quiere éste ahora? – se preguntaba malhumorada mientras caminaba hacia su oficina, sus llamados siempre traían aparejado más laburo para ella y menos para él – ¿Querías verme? – se asomaba al despacho del Juez.

– Sí, pasá, sentáte. – le indicaba el juez, señalando una silla y ajustándose los anteojos.

– Tengo una audiencia en cinco. – no se movía de la puerta – ¿No esperás a que termine? Va a demorar poco, es entre una abogada del gobierno y la actora, mera formalidad.

– Que esperen, esto es urgente, recién me llamaron y quiero saber tu opinión. – insistía.

– Okei. – entraba a desgano, presumía alguna “boludez” de las que solía consultarle y que como siempre le “rompían los ovarios” – Vos dirás. – sentándose e intentando apurar el trámite con el juez.

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– ¿Te vas a presentar al concurso por las fiscalías de instrucción?

La cara de Daniela era de indisimulado asombro. ¿Desde cuándo este tipo se metía en su vida? ¿Quién le había dado calce? Ella no, la relación era de camaradas que trabajaban juntos en la justicia ordinaria porteña, pero nada más. No era ni su amigo, ni su consejero ni su confidente.

Parece que el tal Luis se dio cuenta de que a su secretaria no le gustaba nada que se inmiscuyera en sus asuntos personales, bueno, digamos que la cara de la Nadeo era muy pero muy expresiva.

– Daniela, te lo estoy preguntando porque acabo de recibir un llamado desde la procuraduría nacional, ¿entendés?

– No. – sincera la Nadeo.

– La procuradora nacional es amiga de mi mujer. – le aclaraba.

– ¿Y? – seguía en sus trece, no era mujer muy diplomática en sus reacciones, algo que sabía y por eso nunca se había planteado hacer carrera

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como jueza.

– Está interesada en que te postules.

– ¡¡¿Queeeé?!! – asombro real, en su cara y en su cuerpo movedizo en la silla.

– Viene siguiendo tu carrera y te quiere tener en su equipo. – la observaba divertido, su secretaria era un personaje totalmente predecible en algunas cosas y gracias a dios para él, muy trabajadora y totalmente confiable.

– ¿Viene... siguiendo....? – no podía creer lo que escuchaba.

– No sé de qué te asombrás. No hay muchas abogadas y criminólogas jóvenes que tengan un currículum como el tuyo, además de que sos autora de un libro que se usa en la UBA como libro de texto y que sos titular de una cátedra en la facultad.

– Profesora sin cátedra, apenas una adjunta, que el titular es Sorondo. Y bibliografía de referencia, nada de texto, no exageres. – aclaraba.

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Se necesita gente como vos en la justicia, se han creado las fiscalías de los barrios para mejorar el trabajo de instrucción y la relación de la justicia con los vecinos.

– Todo eso lo sé pero no entiendo qué tiene que ver con que yo me postule o no. Hay mucha gente capaz en este país y lista a presentarse, Luis. – no terminaba de entender este raro interés de la procuradora en su persona.

– Sí, mucha gente capaz, pero con lo que vos podés aportar, no sé cuántos profesionales hay. ¿Vas a presentarte?

Daniela lo miraba seria, había rondado por su cabeza hacerlo, le gustaba el desafío de dirigir una fiscalía de instrucción en alguno de los barrios más carenciados y desprotegidos, pero había decidido no hacerlo para continuar especializándose en su tema en particular y esperar a que se abrieran los concursos para esa nueva temática, violencia de género y especialmente, femicidios, su actual preocupación

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central, la que la había llevado a cursar la Licenciatura de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y a ser disertante y ponente en congresos y encuentros.

– No. – se decidía a dar su respuesta.

– ¿Por qué? – suspiraba su contrariedad, coincidía con la procuradora que era una de las mejores postulaciones que podría haber aunque perdiera una secretaria que valía su peso en oro, pero se lo había pedido la procuradora nacional – alias “la amiga de su mujer” – y le había agregado que era "un favor especial, convencéla”.

– Porque me quiero especializar en cuestiones de violencia de género y especialmente en femicidios. – muy seria.

– Claro, me imaginaba. – se quedaba unos segundos en silencio, como pensando qué decirle, aunque el argumento lo tenía claro, se lo había dado “la amiga de su mujer”, que intuía lo que pasaba por la cabeza de la Nadeo – Daniela, las fiscalías que hay y que se ocupan de eso tienen

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titulares, no se abrirán nuevas por un tiempo largo.

– Lo sé. Cuando se abran me postularé.

– Si se abren. – le advertía el juez, otro argumento que le había sido facilitado por la procuradora.

– No te entiendo Luis.

– Vos sabés que todo es política, ¿no? – un par de segundos para corroborar que Daniela sabía eso de sobra – ¡Quién sabe qué política tendrá el gobierno próximo y si abrirá nuevas fiscalías para tomar los casos de femicidios o de violencia de género!, no sé, depende de quién gane. – hacía un segundo de silencio – Si ganaaaa ya sabés quién, más bien que nooo... – la miraba sin continuar.

Daniela carraspeaba su aceptación del argumento del juez, sabía que ese candidato de la derecha le daba prioridad cero a los problemas de género y ni qué hablar de los femicidios, había entre sus huestes misógenos de cuidado.

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una de esas fiscalías de género o femicidios o como las quieran llamar cuando las creen. O estar en la lista para subrogar, cuando haya que suplir algún titular. Nadie te va a quitar tus logros y laureles. Pero el grueso de las fiscalías creadas con el cambio del código penal se convocan ahora y no sé si más adelante crearán nuevas y si lo hacen, cuándo lo harán. En las fiscalías de instrucción de los barrios se necesita algo más que gente con currículum – hacía un silencio algo teatral – se necesita gente que se la juegue. – notaba la atención especial de Daniela a sus palabras – Ahora es el momento. Hay gente que sé no es de tu idea política. Pero que quiere dejar fiscales comprometidos con esa mentalidad, con esa perspectiva.

Daniela bajaba la cabeza sonriente.

– No te creés que la procuradora sea una de ésas. – astuto el juez.

– No te voy a contestar. – sonriente levantaba la vista, ella también sabía hacer política – Cada

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cual opina lo que opina y sobre gustos, colores. El juez Luis Draghi la miraba sonriente.

– Mirá Daniela, vos sos de izquierda, ¿ por qué te creés que la procuradora se interesaría por vos? No tenés nada que ver con su ideología o el partido al que adhiere. – decidido a quemar las naves para convencerla.

Eso la descolocó, no porque no supiera que en Argentina los antecedentes de todo el mundo estaban en poder del estado, sabía que aún en democracia la habían espiado a ella y a miles de activistas, militantes, abogados y sindicalistas. Venía de la militancia en la universidad y aún a pesar que ya no lo hacía activamente, mantenía su apoyo moral y financiero al partido de izquierda en el que había militado y del cual se reclamaba adherente, además de colaborar con reclamos y conflictos obreros y peticiones.

– Ni idea Luis. – reaccionaba rápidamente.

– ¿Vos te creés que alguien puede pensar que si salís fiscal te van a manejar o te van a decir qué

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hacer? ¿Los de la derecha o la izquierda o la centroizquierda o el que se te ocurra? No, Daniela, para nada alguien te puede decir qué hacer, sos demasiado independiente e imponderable para cualquiera de cualquier signo político. Eso arriba... lo saben de sobra. – sonreía sarcástico – Daniela, en la función pública se necesitan boludos que hagan lo que se les dice pero también se necesita gente capaz de hacer lo que hay que hacer y … ¡qué querés que te diga!... a vos nadie te programa ni te va a programar el GPS3

. Por eso quiere que te presentés y es una gran oportunidad para vos... – unos segundos de silencio para rematar con un concepto grandilocuente – y para la gente que podés llegar a ayudar.

Daniela suspiraba, sí, el juez había tocado sus fibras más íntimas y casi la había convencido con este último razonamiento, pero fiel a su costumbre de letrada que piensa y repiensa las respuestas, no se definía.

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– ¡Bien! – se entusiasmaba el juez, sabía que en boca de la Nadeo eso era un probable sí, aunque pronto la perdería como secretaria y sudaría por quién reemplazaría a tan buena secretaria y abogada, pero bueno, al fin de cuentas, él era uno de esos “boludos” que muchas veces hacía lo que le decían, aunque también tuviera sus “virtudes” que más tarde o más temprano se mostrarían en otra función mucho más interesante que ser un juez de los tantos en la justicia porteña.

Estuvo intranquila todo el resto del día. La entrevista con el juez había puesto en cuestión todos sus planes inmediatos. Había leído que era la intención del gobierno y la procuraduría dejar todos los concursos finiquitados para fin de año y las fiscalías ocupadas. La fecha para presentarse vencía en una semana, lo tendría que decidir rápido y preparar todas las constancias y certificaciones.

Se hizo la audiencia en la que aprovechó para amonestar varias veces a la abogada del Gobierno

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de la Ciudad, aunque de poco servía, todo seguía el habitual ritmo lentísimo y miraba a la empleada que estaba litigando contra su patronal – el Gobierno de la Ciudad – pensando en cuánto tiempo pasaría antes que esa pobre mujer – que había sufrido un accidente de trabajo serio que no fuera reconocido – tuviera alguna respuesta de la justicia.

Pidió comida a uno de los deliveries que normalmente atendían a los empleados del juzgado, no se había traído la tradicional vianda para el almuerzo, el día anterior había tenido clases en la facultad y no le había dado tiempo. En la cocina compartió la comida con Liliana y Manolo, el resto de los empleados habían almorzado antes. Fue ahí cuando se enteró.

– Dicen que la semana que viene asume el nuevo juez. - Liliana comentaba mientras comía su sándwich de milanesa.

– ¿En qué juzgado? – preguntaba su compi. – El de la Casiragui.

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El trozo de tortilla de papas que estaba tragando se quedó a medio camino en su tráquea, ni subía ni bajaba, se le había cerrado la garganta al escuchar el nombre.

– Mmmm... pasás el ...uaaa... – le decía a duras penas a Manolo.

– Muy seca esa tortilla Daniela, son un pelmazo de papas y nada de huevo. – comentaba el muchacho mientras le pasaba la botella de agua para que se sirviera y pudiera al fin tragar – Vos siempre te traés comida, pero cuando vayas a pedir algo, preguntános así te decimos qué se puede comer y qué no. – Daniela asentía al comentario del muchacho mientras bebía su agua.

Liliana seguía comentando sobre el inminente traslado que en ese momento sería el “chisme del día”en todo el edificio de Tacuarí.

– Buen acomodo tiene ésa. ¿Cuánto estuvo de jueza en la Ciudad desde que la nombraron?

– ¿Tres años? – contestaba Manolo.

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acomodo.

Seguía deglutiendo a duras penas, en silencio, escuchando los comentarios de los dos empleados, algo usual en ella, participaba poco en el chusmerío general, así que a ninguno le llamaba la atención el no comentario.

Entre sorbo y sorbo de agua pudo terminar su comida. Sentía una fuerte opresión en el pecho. No era que estuviera enamorada o algo por el estilo de Fabiana, pero mínimamente pensaba que tras casi un año y pico de relación algo tan importante como su ascenso a camarista y su traslado se lo iba a comentar.

– ¡Qué día de mierda! – se decía mientras se preparaba un capuccino, los otros dos ya habían vuelto a sus escritorios.

El malhumor iba in crescendo, cosa rara en ella. Sabía manejar en general sus estados de ánimo cuando estaba trabajando. Volvió al expediente que tenía abierto en la PC. Miraba la pantalla y se le borraban las letras y las palabras. Tenía unas

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putas de ganas de ponerse a trabajar.

– Decidir qué hago con la presentación al concurso. – pensaba – ¿Qué le digo a Fabi? Ché, así que sos camarista, felicitaciones, y ¿cómo lo conseguiste? – fruncía el ceño, no le gustaba nada su posición – ¡¡¿Cuándo pensabas contarme

conchuda de mierda?!! – no, eso no era muy

civilizado ni tampoco reflejaba la relación real que tenían, no eran “pareja”, no eran ni siquiera “novias”, no tenían derechos u obligaciones, salían porque se sentían bien y cogían bien, nada más. – Bueno, pero mínimamente, si hace más de un año que tenés una amante que encima labura donde vos laburás, le contás algo, le decís, ché, me voy, me ascendieron – ya no era la cuestión de presentarse o no a la fiscalía lo que la molestaba sobremanera, era la relación que venía sosteniendo con esa mujer desde hacía casi año y medio – ¿Relación? No existe nada más que quiere que se la coma y ni siquiera alcanza para que me cuente la novedad, sabiendo que me voy a

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enterar al rato porque va a ser vox populi en todo el edificio.

Empezaba a entender que de pronto, sin esperárselo, toda su vida amorosa entraba en una crisis existencial. No es que la Casiragui fuera “para tanto”, una linda mina en sus cuarenta y cinco con aires de condesa y nada más. Pero en su sempiterna soledad, eso era mucho y sí, se esperaba algo más de camaradería, compañerismo, amistad.

Ella, Daniela Nadeo, una mina súper inteligente y súper preparada según los estándares de su profesión, lesbiana declarada y sin complejos ni culpas ni bemoles, abogada y licenciada en criminología con especializaciones varias en criminología forense y ahora haciendo la Licenciatura en Estudios de Género, era, según su mejor amigo Donato ...

– Sos un minón Dani. Más linda, imposible. – casi babeando lo mucho que adoraba a su amiga del alma.

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Treinta y cuatro años en un metro ochenta, 69 kilos o sea, delgada y con un buen físico modelado en caminatas y bicicleteadas - venía al laburo en bicicleta, siempre se caminaba un promedio de veinte cuadras a pata - tenía sus “formas”, no tanto en “tetas” sino en un culo de esos que te hacen dar vuelta y mirar como tarada a la mina que acaba de pasar, cabello corto castaño claro con alguna que otra cana aquí o allí pero que le quedaba muy bien en su rostro delgado y algo ovalado, nariz aguileña pronunciada, ojos saltones marrones con unas pestañas densas y largas, cejas pobladas y labios carnosos y una sonrisa, ¡de la puta madre!, una de esas sonrisas cálidas, hermosas, de bienvenida siempre que te dicen, “¡hola!, welcome!Bienvenue!, Willkommen!”.

Daniela para nada era “invisible”, donde iba la notaban, aunque siempre tratara de pasar desapercibida. Con sus jeans siempre gastados, sus zapatillas siempre gastadas, sus remeras que no decían nada y eran dos o tres talles más grande,

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sus buzos y chombas y chaquetas y todo en ella era dos o tres talles más grande. Aún así, tenía un letrero de neón que llamaba a “mirarla” y era esa sonrisa de su boca, sus ojos, su cuerpo todo. Lo dicho, “¡hola!, welcome!Bienvenue!, Willkommen!”.

Pero tampoco pasaba desapercibida porque cada vez que había quilombo, ahí estaba ella para sacar pecho y defender a quien fuera y al final de cuentas, eso de “que no me noten” nunca se daba. Un último detalle. Chicata, no veía un carajo, así que usaba unos anteojos con armazón de pasta, “esos negros baratos”, como decía Donato, pero que a ella le gustaban y que al decir de su amante "jueza", le quedaban muy sexys.

Y bueno, todo ese conjunto daba como resultado una mujer que a la jueza Fabiana Casiragui la había vuelto media bolú y ni qué decir cuando la tal Daniela puso manos, boca y dedos a investigar toda la anatomía de esta mujer. ¡¡Uhhhhhhh!!

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Pero no era lo que se dice “experta” en el rubro “levantes y amores”, más bien digamos, un poco “lenteja”; a sus 34 años había tenido muy pocas relaciones “importantes”.

Una en la facultad, a mitad de carrera, con una compañera de estudios que medio año después decidió que no iba a enfrentar a su familia y que era mejor volver a la buena senda de la norma hétero. “Novia en serio” número uno, ¡fuera!

La otra terminada ya su carrera de abogada, con una rubia preciosa con la que estuvo saliendo casi un año pero su novia quería formalizar y llevársela a Mendoza donde su padre bodeguero les iba a poner un bufete y una casa y Daniela no estaba para eso, quería seguir estudiando en Buenos Aires y ya había comenzado a cursar Criminología. “Novia en serio” número dos, ¡fuera!

Con esta Fabiana se había enganchado en una fiesta de fin de año y aunque sabía que nunca iba a dejar a su marido ni la vida cómoda que llevaba,

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tenía por lo menos la esperanza de llegar a algo más que fifar a escondidas o escapadas románticas aquí o allá.

A esto se resumía su vida sentimental, más algún polvo con una u otra chica por aquí y por allá o después de alguna fiesta.

Tampoco que le preocupara mucho que hubiera sido y fuera así. La realidad era que a Daniela Nadeo no le interesaba mucho la vida social o salir con gente o tener una pareja. Sola estaba bien. Le gustaba leer, estudiar, investigar. Una típica traga un tanto ermitaña, quizás por lo que había pasado con su familia cuando se descubrió que era tortillera. O quizás por su carácter tímido que le hacía más fácil encerrarse a estudiar y leer mientras vivía con su abuela Dora en Paraná o ya en la gran ciudad se sentía más segura así, entre “sus cosas”. Y cada tanto le subía el “hormonómetro” y tenía ganas de levantarse a una chica o que la levantaran a ella, o sea, lo que se dice “hacer el amor”, “coger”, “fifar”, “tener un

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polvo” o como quiera que se llame a tener sexo circunstancial o esporádico.

Pero a esta altura de su vida, esa tarde en especial, se daba cuenta que estaba necesitando algo más que un polvo cada tanto, no tenía una pareja con quién hablar las decisiones que tenía que tomar y se sentía terriblemente sola.

Craso error, uno de esos momentos depresivos que te tiran para abajo y no te das cuenta que no sólo son parejas lo que importan, sino también amigos/as. Porque sonaba su celular, el “oficial”, mientras divagaba todo esto y aparecía en pantalla de su whatsapp alguien con quien siempre contaba y con quien siempre consultaba todo. Su mejor amigo.

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CAPITULO II. DONATO RABAGO

Hijo mayor de una familia jujeña de comerciantes acomodados con seis hijos, era el primero de la familia en emigrar de la provincia de Jujuy a la gran urbe del país para continuar sus estudios. Su padre había imaginado ya su futuro. Abogado, estudio en el centro de la ciudad, sus hermanos menores seguirían sus huellas como procuradores o médicos u odontólogos y las hijas bien casadas con buenas perspectivas masculinas entre familias “como ellos”.

Le había tocado en suerte dejar atrás la siestera vida jujeña para meterse en la vorágine de la gran ciudad. Vivía en un departamentito de un ambiente que le pagaba su familia en la zona de Caballito, recibía puntualmente dinero para sus viáticos y las encomiendas con comida, pero avanzaba poco y nada en sus estudios, le interesaban otras cosas y no la abogacía.

– Decíles que no querés ser abogado, que te gusta el periodismo. – le aconsejaba su amiga y

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compinche, mientras se tomaba el último sorbo de su capuccino, repasando apuntes en la cafetería de la facultad.

– ¿Estás en curda? Me cortan los víveres. – mordía el sándwich tostado que se había pedido.

– Y bueno, como cualquier hijo de vecino, te buscás un laburo y hacés las dos cosas, laburar y estudiar. No sos el primero, te cuento. – llamaba al mozo y le indicaba “otro” levantando la taza de su capuccino – Casa y morfi tenés.

Donato la miraba sin entender mucho.

– Boludito, te mudás a mi casa, hay espacio de sobra. Y donde come una, comen dos, vos y yo. Te buscás un laburito de medio tiempo así tenés para los viajes y alguna pilcha y te deja tiempo para estudiar.

¿Qué tenían en común estos dos?

Ella, Daniela Nadeo, una lesbiana desclasada y desheredada de una familia terrateniente en su Entre Ríos natal.

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subida de tono, un metro noventa, ojos negros y cejas pobladas, tímido y buenazo no encajaba en las aspiraciones patriarcales de su familia acomodada de la capital de Jujuy.

Además de tener la misma edad, Daniela y Donato eran dos provincianos solos en la gran ciudad capitalina. Un par de años atrás se habían encontrado de casualidad cursando el ciclo Básico de la UBA y querían seguir en la Facultad de Derecho; se “reconocieron” al instante y enseguida hicieron buenas migas y se convirtieron en pendejos amigos y compinches.

Tal como había anticipado, un mes después que Donato anunciara a la familia que dejaba abogacía y recibiera la subsecuente respuesta desde Jujuy "no alimentamos vagos" – léase se acabó lo que se daba – se había instalado en el viejo PH4

de Daniela en el barrio de Boedo, una enorme casona algo desvencijada que le había dejado en herencia su abuela Dora. Necesitaba reparaciones, muchas, pero la chica apenas

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sobrevivía dando clases particulares y con el escaso dinero que le enviaba su familia bacana desde Entre Ríos.

– Son unos garcas Donato, tienen miles de hectáreas con vaquitas, soja, yerba mate, naranjas, me podrían pasar algo más de guita, pero no, a la lesbiana que es la vergüenza de los Nadeo no la van a consentir, pufff.

Donato sonreía ante las quejas de su amiga, por lo menos le pasaban algo de dinero y podía dedicarse a estudiar con las pocas horas de clases particulares que daba, él había conseguido un trabajo de seis horas en un McDonald's donde limpiaba mesas y sillas y le alcanzaba para sus gastos menores, pero llegaba bastante cansado a sus relucientes clases en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde estudiaba la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación Social o sea, periodista.

– A ver. – esa tarde miraba Daniela sus cuentas en la libreta de gastos, sentada en la mesa de la

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cocina mientras se tomaba el café con leche de todas las tardes – No podés seguir así. Estás hecho mierda con ese laburo. Si en lugar de tomar el colectivo voy en bici a las clases y si en lugar de comprarme el morfi en la facu me llevo los sándwiches de acá, podría ahorrar …

– ¡Pará loca! – la interrumpía dejando de lavar los platos que se habían acumulado por varios días y secándose las manos – Casa gratis, morfi gratis ¡¡¿me vas a bancar los gastos también?!!

– No te hagás el ofendido, boludo, es una cuestión de solidaridad común, vos también harías lo mismo por mí. A vos tus viejos te hicieron la cruz, a mí mi familia me ignora y si puede me declara muerta, si vos y yo no nos ayudamos, ¿quién lo va a hacer, eh?

Donato la miraba asintiendo, tenía razón la chica.

– Pensar que mi abuela me dejó un fangote de guita que los conchudos de mi familia nunca me dieron. Con eso, ¡vos y yo terminábamos de

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estudiar! – suspiraba Daniela.

– ¡¡¿Tu abuela Dora te dejó guita y nunca te la dieron?!!

Daniela levantaba la vista de sus cuentas y asentía.

– ¡¡¿Sabés lo que les duele a mis viejos y mis hermanos que la nena sea una tortillera?!! Creo que se bañan en agua bendita cada vez que van a misa, a ver si se les limpia la culpa eterna.

Donato reía con ganas.

– Dani, ¡hacéles juicio por esa guita! – la aconsejaba sensatamente.

– No tengo plata para contratar un abogado. Donato negaba con la cabeza.

– Tenés docenas de profesores abogados que te firmarían si iniciás un juicio que esté bien hecho, preparálo y vemos quién te lo firma, yo lo sigo en el juzgado y hacemos todas las respuestas que haya que hacer, ¡dale! – se entusiasmaba.

– Jmmm, no es mala idea, ¡qué digo mala! ¡¡Sos un genio Donato!! – se ponía de pie e iba a abrazar

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a su amigo.

Esta Daniela, ¡¡Donato amaba a esta mina!! Aunque jamás de los jamases sería su pareja o novia o lo que sea – y conste que lo habían intentado apenas se conocieron en la facu, sólo para que ella se reafirmara en que le gustaban más las chicas que los chicos y él supiera que nunca iba a ser su novia pero que la quería tener a su lado siempre, como fuera.

Con dos años y medio de cursada en abogacía Daniela preparó todos los escritos, la Saldívar – su profesora adorada – aceptó “poner el gancho” leyendo lo que había preparado y ni fue necesario ir a juicio, ante la presentación su familia “retrocedió en chancletas” y Daniela se probó por primera vez “negociando un juicio” y lo hizo tan bien que a partir de ahí recibía una suma considerable de dinero mensualmente, lo que les permitía a los dos no trabajar, dedicarse a estudiar y además, ¡¡refaccionar la casa!!

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no tanto. No era tan traga e inteligente como su amiga y además había aparecido en escena una chica, Mara Collach, estudiante de Relaciones Públicas y el amor y el noviazgo comenzaron a consumir parte de su tiempo.

Esa noche se la presentaría, casi tan formal como presentarla en su familia, al fin de cuentas Dani significaba mucho para Donato y quería que esas dos mujeres importantes en su vida se llevaran bien. Daniela sonreía viendo a su amigo cocinar un pollo al horno para la cena de esa noche.

– ¿No querés que te ayude? – le decía apoyada en la mesada, de brazos cruzados – Puedo pelar las papas.

– Voy a preparar puré de sobre Knorr. – seguía adobando el pollo para después meterlo en el horno.

– ¿De postre?

– Compré helado. ¡Uy, me olvidé el pan! – julepeado, se giraba a mirarla.

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– Dejá, voy hasta la panadería de la avenida. ¿Algo más? ¿Vino, cerveza?

– Mara sólo toma Coca Cola.

– Ah. Pero bueno, los demás podemos tomar un vinito, ¿no?

– Yo la voy a acompañar, comprá un vino para vos en todo caso.

– Okei. Voy a comprar unas cositas para una picada que se me ocurrió con las sobras que tenemos en la heladera. – le guiñaba el ojo y se iba.

– ¿Te parece? – dudaba.

Daniela no se lo dijo nunca. Su primera impresión de esa Mara no fue buena. Le parecía demasiado “paso el dedo por los muebles a ver si limpian”, demasiado controladora para su amigo. Pero Donato estaba reboludo por la mina y al fin de cuentas, era su relación, su novia, su futuro, no tenía por qué meterse y menos que menos dar opinión, aunque él se la pidiera. Trató de que le cayera bien la chica pero tragó saliva más de una

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vez ante los comentarios despectivos sobre la vieja casona que estaban refaccionando.

– Acá no viviría nunca. – apenas cruzar la entrada, mirando las habitaciones dispuestas en fila a lo largo de la galería, viejos PH en donde la casa de abajo – como era el caso – eran una sucesión de altas y cómodas habitaciones con paredes de 45cm de ancho, alineadas alrededor de un patio en una especie de galería, comunicándose cada habitación entre sí por una puerta y compartiendo todas la cocina comedor apenas se ingresaba por la puerta de calle.

– Es muy cómoda. – terciaba Donato tomando el tapado que la chica le entregaba y el bolso, para que lo guardara en su habitación.

– Y muy vieja. ¿Tienen humedad? – con cara de asco.

– Tuvimos humedad de cimientos, ahora no, pusimos un sistema electrónico alemán que repele la humedad vía onda corta, parece cosa de mandinga pero está dando resultado. – Daniela

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con ganas de darle un sopapo y decirle, “¡quién mierda te creés que sos boludita!” – En el verano vamos a picar el revoque, reparar a nuevo y dejar todo bien arreglado y pintado, además de hacer toilettes para cada habitación.

– No me gustan las plantas. – mirando las macetas, macetitas y macetones que eran el orgullo y hobby de Daniela, alineadas en el largo patio longitudinal paralelo a la galería, donde cultivaba desde flores y plantas a tomates, lechuga y perejil.

– A mí sí. – decía Daniela y se iba hacia la cocina, temía descontrolarse con esa mina fifí que le había tocado en suerte de novia a su querido Donato – ¿Qué tal si comemos la picadita que Donato preparó?

– ¿Vos la preparaste? – fascinada la tal Mara con que su Donato fuera un “chef”.

– Sí. – derretido Donato por su mirada, mentía asquerosamente, había sido la Nadeo a quien se le había ocurrido una de esas tentadoras picadas

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donde no faltaba lo tradicional – queso, salame, jamón, aceitunas – más pickles, verduritas adobadas, tortillitas con restos de comida, quesos de todo tipo y color y trocitos de pan frito; la picada fue un éxito, la cena de pollo al horno con puré otro exitazo y el postre encantador. Pero a Daniela esa tipa no le gustaba nada de nada y fiel a su forma de ser, no se lo dijo a su amigo, era “su” novia, “su” decisión.

– Linda chica tu novia Donato, ¡felicitaciones! – no mentía, la piba era bonita.

¿Cuánto pasó antes que Donato y Mara se fueran a vivir juntos y se embarcaran en un préstamo para comprar un departamentito de mierda – opinaba Daniela después de verlo porque salía de garante del crédito con su casona de Boedo? Lo suficiente como para recibirse ambos y empezar Donato a trabajar a destajo en el diario La Nación, primero como pinche becado, luego aquí o allá, hasta recalar en policiales del diario que le gustaba mucho y demostraba más de una

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vez que era muy bueno en lo suyo, especialmente en el periodismo de investigación. Para resumir, un par de años de noviazgo tú en tu casa, yo en el mía, al tercero nos mudamos juntos en una casa que compramos.

Daniela firmó el aval para el préstamo sin problema. Ponía las manos en el fuego por Donato. Y de últimas, si perdía esa casa, viviría en otra, alquilaría, lo que fuera. Su padre había muerto en un accidente estúpido de coche en la ruta 12 poco tiempo atrás, era heredera – muy a pesar de sus hermanos y de su madre – de una parte de la cuantiosa fortuna familiar en campos, vacas, sembradíos y vaya a saber uno qué más, aunque a ella le interesaba todo poco y nada, había conseguido postularse como secretaria en los novísimos juzgados porteños – contra los cuales, intelectualmente, despotricaba a mares – y había ganado su cargo. ¡Cómo para no hacerlo con los títulos que adjuntaba a su currículum! Tenía trabajo y sueldo suficiente como para sobrevivir

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mientras seguía haciendo la suya y de paso ayudaba a su amigo más querido. Lo de su herencia quedaría ahí, postergado, para cuando por alguna razón lo necesitara y si no lo necesitaba, ¡mejor!, sus hermanos y su madre eran una “peste hedionda” que prefería no tener que “oler”.

– Dani, ¿ no querés que hablemos? – Donato, esa noche cuando le avisaron a Daniela del accidente de su padre, estaba en la cocina leyendo un libraco.

La chica levantaba la vista del libro y le sonreía con esa , “su” sonrisa que a Donato lo dejaba boludísimo y a todos los que tenían la oportunidad de “gozarla”, lo mismo.

– ¿Estás preocupado por mí? – cerraba el libro y se ponía de pie para ir hasta la cafetera expreso – ¿Querés un capuccino?

– No, no. Sí Dani, estoy preocupado. Te avisaron que tu viejo murió y … no sé, estás … como si nada. – se sentaba en una de las sillas al

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costado de la mesa donde momentos antes Daniela estudiaba.

– No sé cómo será en Jujuy Donato. – llenaba de café el filtro de la cafetera expreso, esperaba que se encendiera la luz verde, ahora ponía leche en la espumadora – Donde yo vivía, todo era muy … opresivo, Donato, opresivo, no se podía respirar.

– Conozco eso, Dani. – suspiraba recordando su propia adolescencia.

– Me encontraron besando con una chica en la escuela de las monjas. ¡Hijas de puta! ¡Le chusmearon enseguida a mi familia!

Donato meneaba la cabeza, se imaginaba lo que se le vino encima a su amiga.

– ¿Sabés cuál fue la reacción de mi muy cristiana, católica ferviente familia, bañada en agua bendita y confesada de rodillas sobre maíz, expiando sus culpas muchas? – la observaba colocar el café, luego la leche espumada, luego una cucharadita apenas de azúcar y tomar un

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sorbo, mientras veía caer unas lágrimas por su mejilla izquierda, la que alcanzaba a notar desde donde estaba.

– Arreglaron mi casamiento con el hijo de un compadre de mi viejo, que me desvirgó con el aval de mi padre, de mi madre y de mis hermanos. Y lo iba a seguir haciendo hasta que llegara el día del casorio con él. – las lágrimas se multiplicaban.

– ¡¡Mierda!! ¡¡Te violó!! – bajaba la vista Donato, conmovido.

– Quince años tenía Donato. Mi madre lo permitió, mi padre lo planificó, mis hermanos estaban en la habitación de al lado. Nunca, jamás, los voy a llorar. Se murió el patriarca, punto. Sólo lloro la juventud que se cargaron, dejándome indefensa y culposa ante el mundo. Por suerte, por suerte, tenía a mi abuela Dora que apenas se enteró los maldijo y me llevó a vivir a su casa. Gracias a mi abuela Dora soy esta Daniela. ¡Si existe el infierno, que se queme ahí por la eternidad!

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Donato se levantó y fue hasta donde estaba su amiga para abrazarla y sostenerla mientras lloraba amargas lágrimas de rencor y dolor.

Donato se mudó con Mara al departamentito en Caballito, ella se quedó con toda la casa para usar sólo dos habitaciones, la de dormir y la que era su estudio para su trabajo.

Y así las cosas el tiempo fue pasando, Daniela tenía todo su tiempo ocupado en clases en la facultad, terminar su Licenciatura en Criminología, escribir esto o lo otro más su trabajo en el juzgado porteño como secretaria y no tuvo otras noticias del préstamo – lo estaban pagando – hasta que un día se le apareció Donato de improviso en su laburo.

– ¿Qué te pasa? – viendo la cara de velorio del muchacho desde su escritorio.

– Me rajaron de La Nación, Dani.

– Me enteré del conflicto gremial. ¿Qué pasó? – Nos quisieron anular el convenio y meternos como monotributistas, nos rebelamos y nos

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rajaron, Dani. – apesadumbrado, se sentaba en la silla al lado de su escritorio.

– Era de esperar, esos son unos conchudos de mierda. – típica calificación de Daniela a las patronales, en este caso a los del diario La Nación, además que era uno de sus insultos favoritos para toda ocasión – Esperá que llamo a alguien que sé se está ocupando del caso en el sindicato.

Al final, todo se solucionó. Por supuesto, siempre los laburantes pierden algo. Aunque en este caso fue parte del salario. Donato retomó su trabajo en relación de dependencia – o sea, ¡de monotributista un carajo! – pagaron los días caídos, pero el salario mensual bajaba, una quita que parecía no ser demasiado, lo suficiente como para encender los alertas en Donato.

– No me alcanza para la cuota del préstamo – lloraba casi.

– ¿Y tu mujer? ¿No la pusiste también en el crédito? ¿Pagás vos solo? – juntando bilis de bronca ante lo que suponía estaba pasando.

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– Dani, no estamos casados, estamos... yo que sé, juntados.

– ¡¿Quién te asesora a vos?! ¡¿El enemigo?! – hirviendo interiormente – La casa es de los dos, ¡¡boludo!! ¡Qué mierda tiene que ver el estatus civil de ustedes dos!!

Como antes, como no podía ser de otra manera, se hizo cargo del dinero que faltaba. Sabía que Donato pagaría si fuera necesario con “flesh and blood” como en El Mercader de Venecia, pero le intrigaba esa mujer, que no aparecía, que no se manifestaba, que lo mandaba a Donato al frente y que dirigía todo desde las sombras.

Pasó un año, pasaron dos, ellos se encontraban regularmente todas las semanas para tomar una birra, un café, charlar de laburo o de sus profesiones, en el último tiempo notaba a su amigo algo apesadumbrado, varias veces se quedaba a dormir en la que fuera su vieja habitación porque su mujer se iba de viaje a algún país de Latinoamérica y no quería quedarse solo,

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Daniela percibía que la relación se estaba deteriorando entre esos dos pero cada vez que le preguntaba le decía que no, que estaba todo bien, evidentemente no quería tocar el tema.

Hasta que se enteró, el mismo día que “conoció” el traslado de la mina que era su amante, confirmó al fin por qué no le gustaba para nada esa mujer con la cual Donato se había mudado un tiempo antes a ese departamentito del cual ella era garante y pagadora solidaria, mujer de la cual su mejor amigo se había enamorado como un pelotudo.

– Hola, Dani. Necesito hablar con vos. – decía el mensaje del whatsapp.

– ¡Donato! Ay, te necesitaba justo ahora.

–sonreía Daniela leyéndolo y se lo contestaba –

Dale, venite a la salida a Tacuarí, nos vamos a algún barcito, hoy no tengo facu. – le escribía.

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CAPITULO III. UN FETO, UNA FISCALIA Y EL DESPUES

Se encontraron en el bar de siempre, a unas cuadras del edificio de Tacuarí, a eso de las cinco y media de la tarde. Daniela lo miraba inquieta. Demacrado, ojeroso, lloroso, ¿qué le pasaba?

– Donato, me estás preocupando, ¿estás bien? ¿Mara está bien? – estiraba la mano por encima de la mesa y agarraba la de su amigo, que estaba fría y sudorosa.

– Está embarazada. Se quiere hacer un aborto porque entre sus planes no está tener un hijo. Y dice que es su derecho. – escupió la perorata a punto de quebrarse en llanto.

Daniela no le comentó nada sobre su postulación a la fiscalía ni las novedades del caso de su amante, lo que a su amigo le sucedía era mucho más importante.

– Bueno, si ella no quiere... – suspiraba su respuesta, sabía que no le iba a gustar a Donato, mientras se tomaba un sorbo del capuccino.

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– Dani, ¡yo quiero tener ese pibe! – vociferaba Donato, irritado.

– Donato, primero, no es un pibe, es un feto, sabés mi opinión sobre el tema. – lo miraba con pena y volvía a tomar su mano y a apretarla – Si Mara no lo quiere tener, está en su derecho.

– ¡¡La ley no dice eso!! – gritaba, ofuscado.

– Primero, no grites, por favor. – volvía a apretar su mano – Muchas veces hablamos esto, no es cuestión de leyes, la ley está desfasada de la realidad social. Y aún más con respecto al derecho de las mujeres a disponer de su cuerpo. – trataba de hacerlo reflexionar – Además Donato, un hijo no es un polvo en el que falló la prevención o un forro, es algo más importante, es un proyecto común de vida en una pareja o en una persona.

– ¡Yo quiero ese hijo! – no la dejaba terminar, sus ojos rojos de dolor.

– ¿Aunque lo críes vos solo? ¿Sin Mara? Donato, esto es algo que divide aguas en una pareja. Me parecía que entre ustedes las cosas no

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iban bien – Donato asentía bajando la cabeza – y ahora esto, no sé por qué no se siguieron cuidando como hasta ahora si las cosas no estaban bien.

– Yo qué sé... pasó Dani, algo falló, estaba tomando las pastillas, no sé. La cuestión es que está embarazada y ella quiere abortar y yo no. ¿No tengo ningún derecho sobre ese feto según vos? – la miraba con rabia.

– Si ese feto se desarrollara y naciera, sería un bebé y tendrías el derecho y la obligación de ser su padre, de criarlo y ocuparte de él. Hoy por hoy es tan solo un feto en el cuerpo de Mara y ya sabés mi opinión, ella es dueña de su cuerpo y de decidir si quiere tener un hijo o no. – la rabia de Donato brotaba en sus ojos y sus labios tensos – Lamento que tengas que enfrentarte con esto. – apretaba su mano, intentando de alguna manera calmar su ira y angustia aunque viendo lo que le pasaba a su amigo encaró otra vertiente de preguntas – ¿Estás seguro que vos querés tener un hijo, criarlo vos solo? Porque olvidate de un proyecto común con

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Mara. – tanteaba la respuesta de Donato, le dolía la pena de su rostro.

– ¡¡Sí!! ¡¡Yo solo!! ¡¡Quiero a ese pibe o a esa piba!! – casi llorando – Hace rato las cosas con Mara no van más, Dani. Estábamos pensando en separarnos y viene y me dice que está embarazada de alguna vez que tuvimos sexo, que no fueron muchas últimamente. – meneaba la cabeza, se la tomaba entre las dos manos lloriqueando su pena – Yo le había dicho varias veces de tener un pibe, Dani. – levantaba la vista y la miraba lloroso – Ella no quería, yo sí. Porque la única familia que tengo sos vos y ahora tener un hijo sería formar una familia Dani, criarlo, que se parezca algo a mí, ir juntos al parque, aunque lo tenga que hacer solo... – se le iluminaban de emoción los ojos – es mi proyecto de vida, Dani, no sé si me entendés.

Asentía. Comenzaba a entender lo que pasaba por la cabeza de Donato, pero lo de Mara y este embarazo de pronto le resultaba un tanto sospechoso. Estaba claro que enfrentaba una

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situación inversa a lo que cualquiera podía esperarse, casi lo que tenían que enfrentar las parejas gay buscando un hijo nada más que en este caso era un hombre solo. ¿Cómo solucionarlo sin renegar de sus principios, de los derechos de ella y de los deseos de él? De una sola manera, negociando y creía saber qué estaría dispuesta a negociar esa Mara.

– Okei, tranquilo Donato, supongo que se podrá hablar con Mara. Yo creo que puedo hablar con ella y llegar a un acuerdo para que acepte tener el pibe o la piba y que te lo entregue para que vos sigas de ahí en más. – le apretaba la mano de nuevo.

Donato levantaba la cabeza y la miraba con los ojos enrojecidos.

– ¿Te parece....? ¿Cómo?

– Vamos a intentarlo, ¿sí? – puchereaba un poco mientras asentía – Supongo que habrás sacado algo de ropa de tu departamento, ¿te venís a casa?

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Donato asentía.

– Dale, vamos, compramos algo de comer en el chino de la avenida y nos tomamos unos cuantos whiskies, que todo esto es muy groso.

– Dani, ¡qué haría yo sin.... ? – mientras Daniela lo abrazaba de costado caminando hacia afuera del bar.

– No seas taradito, Donato. Vos y yo somos así, medio boludos, ¿no?

Al día siguiente, viernes, la llamó a su oficina y le explicó brevemente que necesitaba hablar con ella sobre la situación con Donato. La tal Mara le empezaba a dar vueltas a la cuestión cuando con un....

– Mirá Mara, no me chamuyes más, te conviene a vos lo que te voy a ofrecer, este fin de semana nos vemos y definimos, te interesa o no te interesa, podés hacerte el aborto si no te interesa, aunque... no te olvidés quién soy, mi cargo en la justicia. – una velada amenaza a veces surtía efecto, especialmente con esa Mara que siempre le había

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parecido una manipuladora de cuidado.

Se la encontró el sábado a la mañana a eso de las once, en un bar de Primera Junta, cerca del departamento que ahora no compartían.

– No quiero tener hijos, se lo dije claro. Tengo una carrera en Amstrong. Me nombraron CEO para Latinoamérica, ahora no es el momento de tener hijos. ¡Mozo! – levantaba la mano llamando al camarero – Creo que vos lo entendés, escribiste mucho sobre esto. – la verdugueaba.

– Sí, Mara. Escribí mucho sobre esto. Donato quiere el pibe o la piba, quiere que no abortés y tengas al bebé. ¿Qué pedís para ser la donante de óvulo y madre subrogante? – directa al meollo de la cuestión, sus ojos fijos en los ojos de la otra, la otra casi se cae de culo.

– ¡¿Qué?!

– Donadora de óvulo, madre subrogante. Habrás leído de Ricky Martin, de Elton John... ¿quién más? El gayego, jmmm, ah, Miguel Bosé. – Mara la miraba asombrada – ¿No leíste? Bueno,

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si querés te ilustro aunque es más fácil que te explique el caso desde nosotras las lesbianas. Para nosotras – casi mofándose de la tal Mara aunque muy seria y circunspecta – todo es cuestión de buscar un donante de semen, pero en el caso de los hombres es donante de óvulo y útero subrogante, o sea, una mujer que acepte gestar el feto hasta su alumbramiento, nueve meses, por supuesto, a cambio de algo. Alquiler de vientres se llama.

Mara la miraba sin poder creer que le hablara así, a calzón quitado y sin pelos en la lengua.

– Entonces, como donante de óvulo y útero subrogante, ¿cuál es tu precio?

Mara la miraba en silencio, asombradísima, sin decir nada.

– El departamento tiene una hipoteca, si me hago cargo de la hipoteca, la cancelo y ponemos el departamento a tu nombre, ¿aceptás ser el viente subrogante y donante de óvulo del hijo o hija de Donato? Desde ya, habrá que firmar varios

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documentos que certifiquen esto, no es cuestión que digas sí y nosotros nos comamos que es así, yo a vos Mara, no te creo ni el buen día. – la miraba con cara de asco – Y personalmente, para mi satisfacción personal, voy a hacerle un análisis de ADN al pibe o piba y si no es de Donato, como que me llamo Daniela Nadeo, ¡¡pobre de vos!!

Mara seguía sin salir de su asombro.

– ¡Vaya! – atinaba a balbucear cuando el mozo preguntaba qué querían.

– Yo un capuccino, la señora no sé... – señalando con la cabeza a la compañera, ex-novia o lo que fuera de su mejor amigo.

Así fue convenido, Mara sería donante de óvulo-vientre de alquiler y recibiría en pago “por sus servicios” un departamento a su nombre. Por el lado de la madre o donante de óvulo o vientre subrogante o como se la quiera llamar, Mara cedería todos sus derechos parentales a Donato. ¿Legal, ilegal? No había legislación prohibiéndolo, Daniela sabría cómo moverse

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dentro de los límites del Código Civil o algo se le ocurriría llegado el momento.

El acuerdo fue en parte doloroso para Donato porque significaba la ruptura con la persona a quien seguía amando, pero a la vez lo alegraba saber que iba a tener un hijo o hija gracias a la negociación de su amiga.

– No sé cómo voy a pagar ese departamento, Dani. Algo de guita puedo conseguir con un préstamo personal, pero faltan muchas cuotas, es un fangote de guita.

– Vos por eso no te preocupés, no vas a endeudarte para pagar esto. Yo tengo dinero Donato. – le devolvía el mate que su amigo le había dado.

– ¿Tanto como para pagar 50 mil dólares? – asombrado, mientras cebaba un mate para él.

– Voy a hablar con mis hermanos y mi madre para que me adelanten parte de mi herencia.

– Dani, ¡¿hablar con esos hijos de puta?! – apenado.

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– No te angustiés y cebáme otro mate. En algún momento lo iba a tener que hacer, tengo muchas ideas para hacer con la guita que me corresponde. Ahora voy a arreglar solamente que me adelanten lo necesario para pagar el crédito hipotecario, lo demás... ya veré cuándo lo hablo. – recibía el mate.

– Dani, no sé... – negaba con la cabeza gacha su amigo.

– Ché, boludo, esto no me cuesta nada, es guita que viene de arriba, le vamos a dar un buen uso a esa dinero que vaya uno a saber qué trapizondas hizo mi familia para juntar esa millonada. – le sonreía y tomaba su mano con cariño – Dale, empecemos a pensar donde vamos a poner al bebé y qué reformas tenemos que hacer.

Mientras juntaba todos los certificados y acreditaciones para presentar en el concurso a la fiscalía, Daniela decidió no contestar ningún whatsapp que viniera de “su señoría”. Y fueron llegando varios, durante días y días, todo el mes

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siguiente. Ninguna respuesta, ni siquiera los abría. Ese sábado caminaba por Puerto Madero, se había tomado la mañana para eso, caminar hasta el río, le gustaba la vista del Puente de la Mujer y todo lo que lo rodeaba en esa zona cheta y finoli de Buenos Aires. Mientras tanto, meditaba qué hacer con el quilombo de cuestiones personales a resolver, que no eran solamente esa amante “insensible” que estaría ahora en la estancia de su marido. Era un día plomizo, bastante fresco y garuaba. ¡Tenía tanto para pensar y decidir! El ringtone del celular “pirata” le avisaba un whatsapp de la única persona que tenía ese número.

– ¡La puta madre que te parió! – sacaba el celular del bolsillo de su pantalón, lo miraba un segundo y con toda la bronca del mundo, lo lanzaba al río –Hora de cambiar el chip y empezar de nuevo.

Esa era una de las “virtudes” de Daniela Nadeo. No le daba demasiadas vueltas a las cosas, a los

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problemas, intentaba resolverlos y mirar p'lante siempre y si lo que había soñado-pensado-planeado no salía tal cual, a barajar y dar de nuevo. Y había que lidiar con el pasado y las metidas de pata, pero no lo sentía como una carga, apenas una parte más de experiencias. Trataba de sacar conclusiones, de sus aciertos, de sus errores, de sus dolores y de sus gozos y alegrías. ¿Lo lograba siempre? ¡¡Para nada!! Pero esa actitud le servía para no caer en bajones boludos o para superar tropezones serios y dolorosos. Al fin de cuentas, como le había enseñado su abuela Dora, “tenemos una sola vida, nena, si no superamos los problemas y tratamos de ser felices con lo que hay, no tenemos otra oportunidad. Eso que te dicen tus padres y los curas del cielo y la eternidad, ¡todas boludeces Dani! Tratá de ser feliz acá y disfrutá de lo que te gusta.”

Al final de ese año en el que su amigo Donato quedó “embarazado” vía su ex mujer y actual donante de óvulo-vientre subrogante – y ella era la

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que lo acompañaba y sostenía con cariño y con soporte financiero – Daniela Nadeo concursó, ganó y finalmente fue nombrada fiscal titular a cargo de una fiscalía de investigación en una zona bastante carenciada y dejada de lado por distintos gobiernos – Flores Sur o Bajo Flores y parte de Villa Soldati. Como había supuesto la Procuradora Nacional, la Nadeo se postularía para esa zona y el concurso fue un “paseo”, no había postulante a ese cargo que se acercara ni por asomo al currículum de esta abogada-criminóloga y ni qué decir del examen, en algún punto la futura fiscal pensaba que era una “cargada”, que no podía ser que el supuesto “jurado de concurso” preguntara esas boludeces.

La Nadeo se convirtió en fiscal con el 100% de puntaje por antecedentes, exámenes y luego, con la aprobación del poder ejecutivoa su designación entre la terna de postulantes elevadapor las autoridades del concurso, su cargo quedó en firme. No había quién negara o apelara su derecho a

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convertirse en la fiscal titular y menos que menos considerando la fiscalía a la que se había postulado, no era precisamente “el” lugar anhelado por la mayoría de postulantes inscriptos.

Fue el propio juez Luis Draghi quien le avisó que tenía que presentarse ese mismo día para la jura y toma de posesión.

– Voy ahora para allá. – hablaba con su amigo mientras el taxi se acercaba al lugar donde se haría la ceremonia de toma de posesión.

– ¡Uhh, qué bien! Esta noche nos vamos a celebrar a algún lado. – le contestaba Donato mientras escribía en su portátil una nota policial de esa tarde para la versión online de La Nación.

– ¿No tenés que ir a ver cómo está la conchuda de mierda? – siempre tan fina hablando del vientre de alquiler alias Mara.

– ¡Dani! – sonreía Donato, su amiga siempre tan expresiva.

– Te dejo, ya llegamos. Apenas termine toda esta boludez, te llamo y vemos dónde nos

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encontramos para chuparnos todo. – ¡Dale!

No conocía personalmente a la Procuradora, aunque había visto algunas fotos. Interesante mujer, con mucha personalidad. No pensaba que la fuera a reconocer entre tanta gente que haría el juramento.

– Doctora Nadeo, ¡al fin la conozco en persona! – se asombró de lo que le decía al hacer el saludo de estilo cuando entraban y estrechaban manos con la Procuradora, lo que se suele llamar el “besamanos”.

– Buenas tardes, señora... – la otra no la dejaba terminar.

– Quiero hablar con usted, en la semana le mando avisar.

Daniela no se esperaba esa respuesta, medio anonadada desarmó el apretón de manos y continuó hacia adelante, dejando al próximo para el saludo formal y supuestamente cordial entre la Procuradora y los nuevos fiscales a tomar

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posesión.

No sabía qué hacer, adónde ir, con quién hablar, entre tanta gente, conocidos algunos y los más ni sabía quiénes eran, pero todos parecían estar ubicados en el lugar y el momento y disfrutar de su designación, ella ahí estaba mirando como una pelotuda desubicada y dando vueltas sin ton ni son cuando escuchó una voz conocida.

– Felicitaciones Dani, te lo merecías.

¿Esperaba encontrársela ahí después de esos meses de “ausencia” y silencio a sus mensajes? No.

No contestaba, se daba vuelta para mirarla a los ojos como intentando escrutar qué mierda significaban esas palabras en boca de “su señoría”.

– No has respondido a mis mensajes. – se acercaba sinuosa como la serpiente que era – ¿Por qué?

Daniela la miraba sin saber muy bien qué decir o hacer, aunque en esos “segundos” se le vinieron

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a la memoria las palabras de Donato en una charla que habían tenido unos días antes.

– Dani, vos sos medio boluda. – estaban tomando un café con leche en la cocina de la casona, Daniela había llegado de su trabajo en el juzgado porteño y se había enterado unos instantes antes del resultado del concurso.

– Eso seguro, pero... ¿qué tiene que ver con mi cargo? – lo ayudaba para que continuara con su razonamiento, sabía que Donato quería decirle algo y estaba “trabado”.

– Mirá. – dejaba la taza de la que había bebido un largo sorbo – En el diario todos lo dicen. La Nadeo es una crack.

– ¡¡Ahhh!! Soy una crack, entonces soy ¿medio boluda? – sonreía y tomaba ahora un sorbo de su taza.

– No, Dani, dejáme terminar. – suspiraba a ver cómo se explicaba lo mejor posible – Entre los periodistas laburantes caés bien.

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– Pero los de arriba te tienen entre ceja y ceja. Como vos sos medio boluda, que le creés a la gente y lo que te dicen, además que siempre decís todo lo que pensás. – acentuaba esta última palabra – si fuera por los periodistas, no hay problema, no te van a tergiversar lo que digas o a sacarlo de contexto... pero … ahora hay que responder a los de arriba Dani... – la miraba con ojos apenados.

– ¿Ahora? Donato, ¡siempre fue así! El otro negaba con la cabeza.

– Sí y no Dani, antes tenías un poco más de libertad, ahora... de arriba digitan todo, te cambian los títulos, te quitan esto o lo otro y siempre, ¡siempre! dicen lo que ellos quieren que se diga. Te dicen a éste lo entrevistás buscando esto o lo otro. A éste lo hacemos mierda. – Daniela lo miraba muy seria, parecía que Donato estaba blanqueando una situación que lo venía atormentado hace tiempo – A veces miro lo que escribí y lo que se publicó y me digo, ¡la mierda!

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Parece lo contrario de lo que yo quería decir. Y yo no estoy en la sección política, Dani, estoy en policiales, pero es lo mismo.

– No sabía que fuera tan así.

– No es sólo aquí, digo, no es sólo por la situación política especial de este país y de los del gobierno y los opositores. He hablado con periodistas de otros países y … pasa lo mismo. En los grandes medios no hay periodismo independiente, todos están casados con alguien del poder, puede ser que haya algún atisbo de libertad en algunos países de Europa, no sé, no conozco tanto.... bueno, acá, en los medios periodísticos importantes es así. – suspiraba – Por eso quería hablar con vos ahora que vas a estar expuesta a los medios, a la opinión pública, antes eras la secretaria en un juzgado porteño de cuarta, eras una académica, una conferencista, pero ahora podés llegar a tener casos importantes y te van a bombardear. Ahora vas a estar en el candelero más de una vez.

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La miraba fijo, no sabía si Daniela había entendido a qué se refería.

– Okei, te entiendo Donato, decíme entonces qué opinás que debo hacer ahora.

– Conociéndote y tu sinceridad y cómo te portás con la gente con la que trabajás. – se tomaba unos segundos y respiraba hondo – No hablar nunca. Cada vez que te pregunten, te pidan entrevistas, nada, ni una palabra.

Daniela lo seguía escuchando atentamente sin decir palabra.

– No confiar en nadie de tu fiscalía para los casos importantes.

Daniela negaba con la cabeza.

– Sí Dani. Los medios, diarios, tevé, todos compran gente en los juzgados. Aunque te parezca increíble, por dos mangos se vende cualquiera, desde un secretario a un pinche. ¿De dónde creés que salen esas fotos que ves en los noticieros o los datos de los expedientes que aún están bajo secreto de sumario? Dani, por favor, bajá a tierra.

Referencias

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