Hijo mayor de una familia jujeña de comerciantes acomodados con seis hijos, era el primero de la familia en emigrar de la provincia de Jujuy a la gran urbe del país para continuar sus estudios. Su padre había imaginado ya su futuro. Abogado, estudio en el centro de la ciudad, sus hermanos menores seguirían sus huellas como procuradores o médicos u odontólogos y las hijas bien casadas con buenas perspectivas masculinas entre familias “como ellos”.
Le había tocado en suerte dejar atrás la siestera vida jujeña para meterse en la vorágine de la gran ciudad. Vivía en un departamentito de un ambiente que le pagaba su familia en la zona de Caballito, recibía puntualmente dinero para sus viáticos y las encomiendas con comida, pero avanzaba poco y nada en sus estudios, le interesaban otras cosas y no la abogacía.
– Decíles que no querés ser abogado, que te gusta el periodismo. – le aconsejaba su amiga y
compinche, mientras se tomaba el último sorbo de su capuccino, repasando apuntes en la cafetería de la facultad.
– ¿Estás en curda? Me cortan los víveres. – mordía el sándwich tostado que se había pedido.
– Y bueno, como cualquier hijo de vecino, te buscás un laburo y hacés las dos cosas, laburar y estudiar. No sos el primero, te cuento. – llamaba al mozo y le indicaba “otro” levantando la taza de su capuccino – Casa y morfi tenés.
Donato la miraba sin entender mucho.
– Boludito, te mudás a mi casa, hay espacio de sobra. Y donde come una, comen dos, vos y yo. Te buscás un laburito de medio tiempo así tenés para los viajes y alguna pilcha y te deja tiempo para estudiar.
¿Qué tenían en común estos dos?
Ella, Daniela Nadeo, una lesbiana desclasada y desheredada de una familia terrateniente en su Entre Ríos natal.
subida de tono, un metro noventa, ojos negros y cejas pobladas, tímido y buenazo no encajaba en las aspiraciones patriarcales de su familia acomodada de la capital de Jujuy.
Además de tener la misma edad, Daniela y Donato eran dos provincianos solos en la gran ciudad capitalina. Un par de años atrás se habían encontrado de casualidad cursando el ciclo Básico de la UBA y querían seguir en la Facultad de Derecho; se “reconocieron” al instante y enseguida hicieron buenas migas y se convirtieron en pendejos amigos y compinches.
Tal como había anticipado, un mes después que Donato anunciara a la familia que dejaba abogacía y recibiera la subsecuente respuesta desde Jujuy "no alimentamos vagos" – léase se acabó lo que se daba – se había instalado en el viejo PH4
de Daniela en el barrio de Boedo, una enorme casona algo desvencijada que le había dejado en herencia su abuela Dora. Necesitaba reparaciones, muchas, pero la chica apenas
sobrevivía dando clases particulares y con el escaso dinero que le enviaba su familia bacana desde Entre Ríos.
– Son unos garcas Donato, tienen miles de hectáreas con vaquitas, soja, yerba mate, naranjas, me podrían pasar algo más de guita, pero no, a la lesbiana que es la vergüenza de los Nadeo no la van a consentir, pufff.
Donato sonreía ante las quejas de su amiga, por lo menos le pasaban algo de dinero y podía dedicarse a estudiar con las pocas horas de clases particulares que daba, él había conseguido un trabajo de seis horas en un McDonald's donde limpiaba mesas y sillas y le alcanzaba para sus gastos menores, pero llegaba bastante cansado a sus relucientes clases en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde estudiaba la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación Social o sea, periodista.
– A ver. – esa tarde miraba Daniela sus cuentas en la libreta de gastos, sentada en la mesa de la
cocina mientras se tomaba el café con leche de todas las tardes – No podés seguir así. Estás hecho mierda con ese laburo. Si en lugar de tomar el colectivo voy en bici a las clases y si en lugar de comprarme el morfi en la facu me llevo los sándwiches de acá, podría ahorrar …
– ¡Pará loca! – la interrumpía dejando de lavar los platos que se habían acumulado por varios días y secándose las manos – Casa gratis, morfi gratis ¡¡¿me vas a bancar los gastos también?!!
– No te hagás el ofendido, boludo, es una cuestión de solidaridad común, vos también harías lo mismo por mí. A vos tus viejos te hicieron la cruz, a mí mi familia me ignora y si puede me declara muerta, si vos y yo no nos ayudamos, ¿quién lo va a hacer, eh?
Donato la miraba asintiendo, tenía razón la chica.
– Pensar que mi abuela me dejó un fangote de guita que los conchudos de mi familia nunca me dieron. Con eso, ¡vos y yo terminábamos de
estudiar! – suspiraba Daniela.
– ¡¡¿Tu abuela Dora te dejó guita y nunca te la dieron?!!
Daniela levantaba la vista de sus cuentas y asentía.
– ¡¡¿Sabés lo que les duele a mis viejos y mis hermanos que la nena sea una tortillera?!! Creo que se bañan en agua bendita cada vez que van a misa, a ver si se les limpia la culpa eterna.
Donato reía con ganas.
– Dani, ¡hacéles juicio por esa guita! – la aconsejaba sensatamente.
– No tengo plata para contratar un abogado. Donato negaba con la cabeza.
– Tenés docenas de profesores abogados que te firmarían si iniciás un juicio que esté bien hecho, preparálo y vemos quién te lo firma, yo lo sigo en el juzgado y hacemos todas las respuestas que haya que hacer, ¡dale! – se entusiasmaba.
– Jmmm, no es mala idea, ¡qué digo mala! ¡¡Sos un genio Donato!! – se ponía de pie e iba a abrazar
a su amigo.
Esta Daniela, ¡¡Donato amaba a esta mina!! Aunque jamás de los jamases sería su pareja o novia o lo que sea – y conste que lo habían intentado apenas se conocieron en la facu, sólo para que ella se reafirmara en que le gustaban más las chicas que los chicos y él supiera que nunca iba a ser su novia pero que la quería tener a su lado siempre, como fuera.
Con dos años y medio de cursada en abogacía Daniela preparó todos los escritos, la Saldívar – su profesora adorada – aceptó “poner el gancho” leyendo lo que había preparado y ni fue necesario ir a juicio, ante la presentación su familia “retrocedió en chancletas” y Daniela se probó por primera vez “negociando un juicio” y lo hizo tan bien que a partir de ahí recibía una suma considerable de dinero mensualmente, lo que les permitía a los dos no trabajar, dedicarse a estudiar y además, ¡¡refaccionar la casa!!
no tanto. No era tan traga e inteligente como su amiga y además había aparecido en escena una chica, Mara Collach, estudiante de Relaciones Públicas y el amor y el noviazgo comenzaron a consumir parte de su tiempo.
Esa noche se la presentaría, casi tan formal como presentarla en su familia, al fin de cuentas Dani significaba mucho para Donato y quería que esas dos mujeres importantes en su vida se llevaran bien. Daniela sonreía viendo a su amigo cocinar un pollo al horno para la cena de esa noche.
– ¿No querés que te ayude? – le decía apoyada en la mesada, de brazos cruzados – Puedo pelar las papas.
– Voy a preparar puré de sobre Knorr. – seguía adobando el pollo para después meterlo en el horno.
– ¿De postre?
– Compré helado. ¡Uy, me olvidé el pan! – julepeado, se giraba a mirarla.
– Dejá, voy hasta la panadería de la avenida. ¿Algo más? ¿Vino, cerveza?
– Mara sólo toma Coca Cola.
– Ah. Pero bueno, los demás podemos tomar un vinito, ¿no?
– Yo la voy a acompañar, comprá un vino para vos en todo caso.
– Okei. Voy a comprar unas cositas para una picada que se me ocurrió con las sobras que tenemos en la heladera. – le guiñaba el ojo y se iba.
– ¿Te parece? – dudaba.
Daniela no se lo dijo nunca. Su primera impresión de esa Mara no fue buena. Le parecía demasiado “paso el dedo por los muebles a ver si limpian”, demasiado controladora para su amigo. Pero Donato estaba reboludo por la mina y al fin de cuentas, era su relación, su novia, su futuro, no tenía por qué meterse y menos que menos dar opinión, aunque él se la pidiera. Trató de que le cayera bien la chica pero tragó saliva más de una
vez ante los comentarios despectivos sobre la vieja casona que estaban refaccionando.
– Acá no viviría nunca. – apenas cruzar la entrada, mirando las habitaciones dispuestas en fila a lo largo de la galería, viejos PH en donde la casa de abajo – como era el caso – eran una sucesión de altas y cómodas habitaciones con paredes de 45cm de ancho, alineadas alrededor de un patio en una especie de galería, comunicándose cada habitación entre sí por una puerta y compartiendo todas la cocina comedor apenas se ingresaba por la puerta de calle.
– Es muy cómoda. – terciaba Donato tomando el tapado que la chica le entregaba y el bolso, para que lo guardara en su habitación.
– Y muy vieja. ¿Tienen humedad? – con cara de asco.
– Tuvimos humedad de cimientos, ahora no, pusimos un sistema electrónico alemán que repele la humedad vía onda corta, parece cosa de mandinga pero está dando resultado. – Daniela
con ganas de darle un sopapo y decirle, “¡quién mierda te creés que sos boludita!” – En el verano vamos a picar el revoque, reparar a nuevo y dejar todo bien arreglado y pintado, además de hacer toilettes para cada habitación.
– No me gustan las plantas. – mirando las macetas, macetitas y macetones que eran el orgullo y hobby de Daniela, alineadas en el largo patio longitudinal paralelo a la galería, donde cultivaba desde flores y plantas a tomates, lechuga y perejil.
– A mí sí. – decía Daniela y se iba hacia la cocina, temía descontrolarse con esa mina fifí que le había tocado en suerte de novia a su querido Donato – ¿Qué tal si comemos la picadita que Donato preparó?
– ¿Vos la preparaste? – fascinada la tal Mara con que su Donato fuera un “chef”.
– Sí. – derretido Donato por su mirada, mentía asquerosamente, había sido la Nadeo a quien se le había ocurrido una de esas tentadoras picadas
donde no faltaba lo tradicional – queso, salame, jamón, aceitunas – más pickles, verduritas adobadas, tortillitas con restos de comida, quesos de todo tipo y color y trocitos de pan frito; la picada fue un éxito, la cena de pollo al horno con puré otro exitazo y el postre encantador. Pero a Daniela esa tipa no le gustaba nada de nada y fiel a su forma de ser, no se lo dijo a su amigo, era “su” novia, “su” decisión.
– Linda chica tu novia Donato, ¡felicitaciones! – no mentía, la piba era bonita.
¿Cuánto pasó antes que Donato y Mara se fueran a vivir juntos y se embarcaran en un préstamo para comprar un departamentito de mierda – opinaba Daniela después de verlo porque salía de garante del crédito con su casona de Boedo? Lo suficiente como para recibirse ambos y empezar Donato a trabajar a destajo en el diario La Nación, primero como pinche becado, luego aquí o allá, hasta recalar en policiales del diario que le gustaba mucho y demostraba más de una
vez que era muy bueno en lo suyo, especialmente en el periodismo de investigación. Para resumir, un par de años de noviazgo tú en tu casa, yo en el mía, al tercero nos mudamos juntos en una casa que compramos.
Daniela firmó el aval para el préstamo sin problema. Ponía las manos en el fuego por Donato. Y de últimas, si perdía esa casa, viviría en otra, alquilaría, lo que fuera. Su padre había muerto en un accidente estúpido de coche en la ruta 12 poco tiempo atrás, era heredera – muy a pesar de sus hermanos y de su madre – de una parte de la cuantiosa fortuna familiar en campos, vacas, sembradíos y vaya a saber uno qué más, aunque a ella le interesaba todo poco y nada, había conseguido postularse como secretaria en los novísimos juzgados porteños – contra los cuales, intelectualmente, despotricaba a mares – y había ganado su cargo. ¡Cómo para no hacerlo con los títulos que adjuntaba a su currículum! Tenía trabajo y sueldo suficiente como para sobrevivir
mientras seguía haciendo la suya y de paso ayudaba a su amigo más querido. Lo de su herencia quedaría ahí, postergado, para cuando por alguna razón lo necesitara y si no lo necesitaba, ¡mejor!, sus hermanos y su madre eran una “peste hedionda” que prefería no tener que “oler”.
– Dani, ¿ no querés que hablemos? – Donato, esa noche cuando le avisaron a Daniela del accidente de su padre, estaba en la cocina leyendo un libraco.
La chica levantaba la vista del libro y le sonreía con esa , “su” sonrisa que a Donato lo dejaba boludísimo y a todos los que tenían la oportunidad de “gozarla”, lo mismo.
– ¿Estás preocupado por mí? – cerraba el libro y se ponía de pie para ir hasta la cafetera expreso – ¿Querés un capuccino?
– No, no. Sí Dani, estoy preocupado. Te avisaron que tu viejo murió y … no sé, estás … como si nada. – se sentaba en una de las sillas al
costado de la mesa donde momentos antes Daniela estudiaba.
– No sé cómo será en Jujuy Donato. – llenaba de café el filtro de la cafetera expreso, esperaba que se encendiera la luz verde, ahora ponía leche en la espumadora – Donde yo vivía, todo era muy … opresivo, Donato, opresivo, no se podía respirar.
– Conozco eso, Dani. – suspiraba recordando su propia adolescencia.
– Me encontraron besando con una chica en la escuela de las monjas. ¡Hijas de puta! ¡Le chusmearon enseguida a mi familia!
Donato meneaba la cabeza, se imaginaba lo que se le vino encima a su amiga.
– ¿Sabés cuál fue la reacción de mi muy cristiana, católica ferviente familia, bañada en agua bendita y confesada de rodillas sobre maíz, expiando sus culpas muchas? – la observaba colocar el café, luego la leche espumada, luego una cucharadita apenas de azúcar y tomar un
sorbo, mientras veía caer unas lágrimas por su mejilla izquierda, la que alcanzaba a notar desde donde estaba.
– Arreglaron mi casamiento con el hijo de un compadre de mi viejo, que me desvirgó con el aval de mi padre, de mi madre y de mis hermanos. Y lo iba a seguir haciendo hasta que llegara el día del casorio con él. – las lágrimas se multiplicaban.
– ¡¡Mierda!! ¡¡Te violó!! – bajaba la vista Donato, conmovido.
– Quince años tenía Donato. Mi madre lo permitió, mi padre lo planificó, mis hermanos estaban en la habitación de al lado. Nunca, jamás, los voy a llorar. Se murió el patriarca, punto. Sólo lloro la juventud que se cargaron, dejándome indefensa y culposa ante el mundo. Por suerte, por suerte, tenía a mi abuela Dora que apenas se enteró los maldijo y me llevó a vivir a su casa. Gracias a mi abuela Dora soy esta Daniela. ¡Si existe el infierno, que se queme ahí por la eternidad!
Donato se levantó y fue hasta donde estaba su amiga para abrazarla y sostenerla mientras lloraba amargas lágrimas de rencor y dolor.
Donato se mudó con Mara al departamentito en Caballito, ella se quedó con toda la casa para usar sólo dos habitaciones, la de dormir y la que era su estudio para su trabajo.
Y así las cosas el tiempo fue pasando, Daniela tenía todo su tiempo ocupado en clases en la facultad, terminar su Licenciatura en Criminología, escribir esto o lo otro más su trabajo en el juzgado porteño como secretaria y no tuvo otras noticias del préstamo – lo estaban pagando – hasta que un día se le apareció Donato de improviso en su laburo.
– ¿Qué te pasa? – viendo la cara de velorio del muchacho desde su escritorio.
– Me rajaron de La Nación, Dani.
– Me enteré del conflicto gremial. ¿Qué pasó? – Nos quisieron anular el convenio y meternos como monotributistas, nos rebelamos y nos
rajaron, Dani. – apesadumbrado, se sentaba en la silla al lado de su escritorio.
– Era de esperar, esos son unos conchudos de mierda. – típica calificación de Daniela a las patronales, en este caso a los del diario La Nación, además que era uno de sus insultos favoritos para toda ocasión – Esperá que llamo a alguien que sé se está ocupando del caso en el sindicato.
Al final, todo se solucionó. Por supuesto, siempre los laburantes pierden algo. Aunque en este caso fue parte del salario. Donato retomó su trabajo en relación de dependencia – o sea, ¡de monotributista un carajo! – pagaron los días caídos, pero el salario mensual bajaba, una quita que parecía no ser demasiado, lo suficiente como para encender los alertas en Donato.
– No me alcanza para la cuota del préstamo – lloraba casi.
– ¿Y tu mujer? ¿No la pusiste también en el crédito? ¿Pagás vos solo? – juntando bilis de bronca ante lo que suponía estaba pasando.
– Dani, no estamos casados, estamos... yo que sé, juntados.
– ¡¿Quién te asesora a vos?! ¡¿El enemigo?! – hirviendo interiormente – La casa es de los dos, ¡¡boludo!! ¡Qué mierda tiene que ver el estatus civil de ustedes dos!!
Como antes, como no podía ser de otra manera, se hizo cargo del dinero que faltaba. Sabía que Donato pagaría si fuera necesario con “flesh and blood” como en El Mercader de Venecia, pero le intrigaba esa mujer, que no aparecía, que no se manifestaba, que lo mandaba a Donato al frente y que dirigía todo desde las sombras.
Pasó un año, pasaron dos, ellos se encontraban regularmente todas las semanas para tomar una birra, un café, charlar de laburo o de sus profesiones, en el último tiempo notaba a su amigo algo apesadumbrado, varias veces se quedaba a dormir en la que fuera su vieja habitación porque su mujer se iba de viaje a algún país de Latinoamérica y no quería quedarse solo,
Daniela percibía que la relación se estaba deteriorando entre esos dos pero cada vez que le preguntaba le decía que no, que estaba todo bien, evidentemente no quería tocar el tema.
Hasta que se enteró, el mismo día que “conoció” el traslado de la mina que era su amante, confirmó al fin por qué no le gustaba para nada esa mujer con la cual Donato se había mudado un tiempo antes a ese departamentito del cual ella era garante y pagadora solidaria, mujer de la cual su mejor amigo se había enamorado como un pelotudo.
– Hola, Dani. Necesito hablar con vos. – decía el mensaje del whatsapp.
– ¡Donato! Ay, te necesitaba justo ahora.
–sonreía Daniela leyéndolo y se lo contestaba –
Dale, venite a la salida a Tacuarí, nos vamos a algún barcito, hoy no tengo facu. – le escribía.
CAPITULO III. UN FETO, UNA