CUADERNOS
DE
C/TUDIO/Ar&KANO/
INSTITUTO DE ESTUDIOS POLÍTICOS
CUADERNOS DE ESTUDIOS AFRICANOS
SUMARIO DEL NUMERO l
Págs.
Ensayos:
JOSÉ MARÍA CORDERO T O R E E S : Marruecos : su unidad y sus
límites 1 EMILIO BLANCO IZAGA: Política, africana 43 IvUis TKUJEDA INCERA : El problema demográfico y la política
indígena en los Territorios españoles del Golfo de Guinea. 57 PEDRO SALVADOR DE VICENTE : Consideraciones en torno al
concepto de Colonia 67 CARMEN MARTÍN DE LA ESCALERA : Unión Federal Francesa. 101
Nota:
ANTONIO TOVAR LLÓRENTE : Los estudios bereberes en rela- zión con España 113
Recensiones de libros:
ROMÁN PERI'IÑÁ GRAU : De Colonización y Economía de la Guinea Española, por L. T. 1 125 Dirección de Agricultura de los Territorios Españoles del Gol-
fo de Guinea.—Anuario de Estadística y Catastro, por P. S. DE V 130 J. GÉSAR BANCIELLA BARZANA : Espacio y Economía, por A N -
TONIO DE ZUBIAURRE 134 CARMEN MAKTÍN DE LA ESCALERA: Fatma, por A. DE Z 137 FERNÁNDEZ DE CASTRO Y PEDRERA (RAFAEL) : Melüla Prehis-
pánica, por J. M. C. T 139 HERBERT P . I/IEJHSSNY : The Government of French North
África, por J. M. C. T 141 WILLIAMS POSTEL (A.) : The Mineral Resources of África,
por J. M. C. T 141 GITHENS (T. S.) & W O O D (C. E.) : Food Resources of Afri-
Págs.
ca, por J. M. C. T 163
MAC DOUGAI,!) (DUNCAN) : The languages and Press of África, por J. M. C. T I" 164 H. A.. WIESCIIOFF : Colonial Policies in África, por J. 11. C. T. 166 ÍNOON (JOHN A.) : iMbor problems of África, por J. M. C. T. 18x5
J. R. BATHEX : Thaughls on African Citizniship, por J.
M. C. T 193
Revista de Revistas: 201
Textos coloniales:
Libro Blanco Británico sobre la organización interterritorial del África Oriental 226
Secretaria: Instituto de Estudios Políticos - Plaza de la Marina Española
E N S A Y O S
M A R R U E C O S : SU U N I D A D Y S U S L I M I T E S
Consideramos indispensable explicar el alcance de este trabajo. Sobre Marruecos se lian escrito cente- nares de volúmenes de muy desigual valor, que lo es- tudian en todos sus aspectos. Nada de cuanto aquí citamos procede de investigaciones originales. A lo .sumo, la interpretación y el comentario de los datos extraídos de las fuentes que se citan. Desgraciada- mente hemos tenido que optar entre hacer un traba- jo incompleto, con lagunas muy sensibles, o no na- cerlo. Y pensamos que la última solución ha sido la mejor ; sobre todo cuidando de señalar al lector, siem- pre que sea posible, la existencia de esas omisiones, para que las subsane si ello le interesa o, al menos, las tenga en cuenta.
El presente trabajo no pretende ser un «dilettan- te» alarde de erudición. Ni siquiera de paciente acu- mulación de datos. Tiene una. finalidad pragmática, que se limita a esbozar, dejando a los lectores que de- duzcan por sí las últimas consecuencias de sus pre-
misas ; incluso en desacuerdo con las sugestiones que
•contiene. El autor no ha dejado de preguntarse hasta
•qué punto tienen razón los que establecen una sepa- ración entre la ciencia pura >—por ejemplo, la Geo- grafía, la Historia y la Etnografía—• y la inclina-
•ción política que inevitablemente se colorea del punto
•de vista nacional. Un otras disciplinas, como el De-
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
recho Internacional, son más difíciles de separar aque- llas tendencias. Y ha llegado a la conclusión de que le será tan perfectamente lícito como a los demás trata- distas nacionales o extranjeros que lo hacen intentar poner la ciencia al servicio de sus aspiraciones pa- trióticas. Pero con dos límites, que nos proponemos respetar cuidadosamente : no falsear ningún hecho ni ocultarlo, sino ponderar imparcialmente las realida- des contrapuestas, haciendo posible que el lector pue- da sentar una conclusión distinta de la del trabajo.
Y no contraponer nunca las aspiraciones españolas al sentir de los propios marroquíes.
Otras dos advertencias preliminares se refieren al
valor de los conceptos empleados, especialmente de la
terminología geográfica, puesto que la jurídica es me-
nos equívoca ; y a la imposibilidad de agotar todos los
aspectos de un problema, susceptible de ser indefini-
damente prolongado. Respecto de la primera cuestión
no es posible, dentro de los límites de estas páginas,
dar un curso abreviado de Geografía, desarrollando
los múltiples y no siempre armónicos sentidos del
concepto de «límites». El lector verá que unas veces
nos referimos a las fronteras en su acepción política,
de elemento separador de dos poderes diferentes —in-
dependientes no lo han sido en todos los casos, sobre
todo desde la implantación de los Protectorados— ;
otras en su acepción administrativa de demarcaciones
de una entidad territorial de carácter oficial, aunque
sea interior ; y otras veces a la frontera como elemen-
to geográfico más o menos natural y real : accidentes
del suelo, término de la extensión de un grupo hu-
mano, de un medio de vida, de un paisaje o de una
preponderancia de vida económica. Por tanto, los «lí-
mites» de Marruecos que se mencionan en el título
serán unas veces verdaderos límites en su prístina y
estrecha acepción ; otras, confines; otras, fronteras,
y otras, rayas o líneas, espacios o zonas, ya de dife-
rencia, ya de contacto, ya de transición. El sentido
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
común del lector, tanto o más que su preparación es- pecializada, le dirá automáticamente cuándo nos refe- rimos a elementos reales y cuándo a elementos imagi-
narios, artificiales o convencionales, de toda índole ;demarcaciones sobre un mapa trazado por referencias sin contrastar; demarcaciones efectivas sobre el terre- no, incluso delimitaciones negativas por vía de exclu- sión o separación, que de todo ha conocido Marruecos en su agitada trayectoria, especialmente cuando los ca- zadores europeos se repartían la «piel del oso» antes de haberlo matado.
Con las dificultades de terminología geográfica se
enlazan los de transcripción de la fonética local ára-be o berebere. Existen infinidad de sistemas, unos más extendidos que otros, e incluso adoptados oficial- mente. Un España tenemos, de éstos, un sistema de transcripción árabe-beréber, de la Real Sociedad Geo- gráfica, que impera en los textos de sus Boletines.
Otro de la antigua Academia de Árabe y Beréber de Tetuán, usado en cierta época por las Intervencio- nes, y que no coincide del todo con el recomendado^
para el actual marroquí por la Delegación de Asun- tos Indígenas en 1943. Y otro, más propio de los re- latos de tiempos pretéritos y del árabe liberal, de las Escuelas de Altos Bstudios Árabes de Madrid y Gra- nada. En Francia hubo también una transcripción ofi- cial metropolitana y otra argelina, predominando ac- tualmente la de la Residencia de Rabat, elaborada bajo la inspiración del Instituto de Altos Estudios Marroquíes de Rabat. Este ultimo ha confeccionado otra para el beréber. En España, como equivalentes bereberes, existen varias de los RR. PP. Sarraonain- día e Ibáñez y del señor Pelegrín, inclinándonos por la mayor autoridad de la segunda. En definitiva, he- mos resuelto, como profano, copiar sin alteración los.
nombres con la ortografía de su fuente originaria, sal-
vo la sustitución de los sonidos franceses —K H por
JOSÉ MARÍA CORHEKO TOKRES
/ , i? H por G, D 1 por Y, Olí por 17, NE (final) por
N, Z por S— según nuestra prosodia castellana.Respecto de la segunda advertencia, la mejor ex- plicación será trazar a grandes rasgos el esquema del presente trabajo para que el lector sepa los temas en que puede invertir su tiempo. A nuestro modo de ver, los grupos de problemas que plantea su enunciado de conjunto son los dos siguientes :
Primor o. ¿ Constituye Marruecos una unidad geo-
gráfica ? Kn caso afirmativo, ¿ cuáles son sus caracte- rísticas ? Kn caso negativo, ¿ cuáles son las que lo im- piden ? Con estas derivaciones, ¿ se integra Marruecos en un conjunto superior o se descompone Marruecos
•en fracciones inferiores ?
Segundo. Considerando a Marruecos como con-
junto —para no decir unidad— geográfico y político,
¿cuáles, lian sido, son y deben ser sus límites? ¿Qué valor lian tenido, tienen y pueden alcanzar estos lí- mites o exteriores ?
Con estos dos problemas planteamos un conjunto de cuestiones que suponen el examen :
a) De la formación y evolución de los conocimien-
tos en torno a la figura, contornos y sustancias de Ma- rruecos, geográfica y políticamente.
b) De sus diversas fronteras desde la antigüedad
hasta después de la implantación de los Protectorados, incluso las que nunca lian llegado a tener realidad práctica, y las interiores.
II
Como sobre todo objeto de polémica, existen nu-
merosos partidarios y adversarios de la unidad geográ-
fica de Marruecos. En realidad, tendrían que empe-
zar por ponerse de acuerdo sobre lo que entienden por
unidad geográfica. A grandes rasgos, los que la nie-
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS IJMITES
gan integran a Marruecos en un conjunto superior
—del que lo suponen una parte más o menos caracte- rizada, pero no totalmente diferenciada— o lo frac- cionan en trozos diferentes. Sólo que no están de acuer- do en cuáles sean ese conjunto superior o esas partes.
Difieren los europeizadores de Marruecos de sus afri-
canizadores y ambos de sus fraccionadores.Los europeizadores de Marruecos son los que sien- tan la existencia de un mundo geográfico, especial, de transición entre Europa y África, que suele estar integrado por la Península Ibérica y Marruecos. Al- gunos particularizian más y asignan a este mundo como límites los Pirineos y el Atlas, con lo que queda fuera de Marruecos una parte de su suelo oficial ac- tual. Con este criterio detallista había que segregar la vertiente cántabro-atlántica de la Península, desde el Bidasoa al Mondego o el Tajo : la Iberia europea o húmeda, aunque el Marruecos atlántico sea también bastante húmedo. Pero nos quedaríamos sin saber los límites de esta unidad por el Sudeste, es decir, con Argelia, porqiie la dificultad de establecer una neta separación entre ambos países es el punto flaco de esta teoría ; aunque no faltan los que, como Ghirelli, la resuelven constituyendo una unidad mucho mayor, que comprende toda el África del Norte o berberisca, la Península Ibérica, las islas desde Ibiza a Sicilia 3^
aun la Península Itálica.
Los partidarios de la unidad ib ero-marroquí sue-
len tomar como base de su tesis elementos muy dis-
pares : accidentes geográficos—incluso llegando- a sen-
tar una discutible simetría de morfología geofísica,
como García Figueras y Benumeya—-., parentesco ét-
nico o humano, similitud de economías—Graux—, in-
terferencias históricas—González—, comunidad de
fruiciones y destinos universales ; en fin, una mezcla
de todos ellos. Lo curioso de esta teoría no es sólo su
mezcla con los sentimientos nacionales de sus defen-
sores, sino la trayectoria de su evolución.
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
Así primeramente los franceses pusieron en circu- lación la frase que «África empezaba en los Pirineos»
—frase de la que hay vestigios en D'Antillon—, ante la protesta de los españoles coetáneos—Madoz, Coello,
Gómez de Arteche—, que la consideraban despectiva.
Desde León Galindo y Vera, los españoles cambian y empiezan a meditar sobre las ventajas de ser afri- canos : Coello, Costa, Saavedra, Ferreiro, Reparaz acogen con entusiasmo y exageración la tesis de la unidad hispano-marroquí. Algún portugués, como Oli- ven-a. Martins y Sardinha, tampoco sentirán escrúpulo en que su país figure en ese conjunto. Con la solita- ria protesta de Maura Garnazo, la idea llega hasta nuestros días—Gómez, León y Ramos, Becker, Me- rino, Sangróniz, Martín Peinador, Caballero de Puga, Triviño, Aranda, Domenech, etc. — perfeccionada y corregida. Fn Francia, a la inversa, después de Vi- vien de Saint-Martin y de Reclús, los geógrafos o es- critores modernos, con alguna rara excepción parcial
—Levi-Provencal, filólogo—, buscan la separación o, al menos, diferenciación entre Marruecos y la Pen- ínsula : Canal, Kahn, Taillis, Hardy, Célerier, Ber- nard, mezclando también a las puras deducciones cien- tíficas sentimientos de otro orden. Los anglosajones o germanos adoptan la solución intermedia, menos atrevida : Van Loon llama a España «la tierra que no es Furopa, sin ser África», y a «Marruecos», el país que no es Fspaña, pero tampoco el Sahara», mien- tras los marroquíes se deciden por cuanto afirma la personalidad natural de su país, incluso en la geogra- fía : Uatasi, Fasi.
Los que integran a Marruecos en otro conjunto
superior, pero africano, son también numerosos y tie-
nen raíces más viejas, con brotes más recientes. Rit-
ter, al emplear la denominación ((África Menor» por
analogía al Asia Menor, no hacía sino resucitar un
viejo concepto clásico olvidado. Desde la Fdad Me-
dia la denominación de este conjunto fue Berbería
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
—
íaun en fuerte uso—, hasta qtie en nuestros días los indígenas nacionalistas la llaman Che-mal Ifrikia, y los franceses imperialistas, A frique du Nord o A fri- que frangaise du Nord. Bien es verdad que esta deno- minación se ha empleado más por la existencia de Conferencias de Gobernadores 3^ Residentes, o por la fugaz de un Ministerio en París, que en libros o tra- bajos científicos.
Los africanizadores de Marruecos destacan la con- tinuidad territorial de Marruecos, Argelia y Tú- nez ; lo preciso de su separación marítima con Europa, la comunidad de religión y cultura ; bien que el islamismo malekita presente variantes locales, como sucede al árabe vulgar de cada país, y que la re- partición de los llamados bereberes varía considera- blemente. En fiu, suelo, habitantes y economía son el reflejo de esa continuación sobre el mapa, donde los grandes accidentes caracterizadores — Sahel, Ita- uien, Yebel, Tell, Erg, llamadas—son comunes con variantes. El punto fuerte de esta teoría, menos dada a las mezclas de razonamientos políticos que la eu- ropeizadora, es la artificiosidad de las fronteras ofi- ciales de los tres países y lo confuso de sus confines, tan ampliamente extendidos entre sí o mirando hacia el desierto, vecino común y nada favorable. Sin em- bargo, ¿ cuándo lia imperado en Marruecos el poder otomano común a sus dos vecinos ?
Los que descomponen a Marruecos en varias uni- dades, que juzgan muy convencionalmente agrupadas, parten de esa característica que hace de su suelo y de sus gentes un país de contrastes bruscos o rápidos.
En España serían separatistas geográficos, al estilo
de Pau Vila, o como los portugueses Arnorim Girao
y Silva Telles. Quizá entre nosotros se aproximen a
este criterio Sangróniz, Vicente Tomás y el propio
Torres^ Campos. Inconscientemente los grandes explo-
radores galos o de otros países han proporcionado fun-
damentos a este criterio : Foucauld y Segonzac, en
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
primer término; nuestros Badía, Gatell y Bonelli ; los literatos geografizantes como D'Amicis, Aubin, Rohlfs y hasta el viejo L-empriére han puesto tanto ca- lor en el relato del pintoresquismo local que nos pre- sentan no uno, sino muchos Marruecos. En verdad que Marruecos tiene variantes geográficos muy dife- renciadoras y caracterizadoras ; cada ciudad era un mundo distinto del haus vecino. L,a llanura y la mon- taña son más irreconciliables que en ningún otro país.
Bl Maruecos del hambre y el de la abundancia se en- frentaban, como el Bled-el-Majzén y el Bled-es-Siba políticos. Bl cantonalismo, quizá la anarquía política permanente, han influido en la geografía viva del país, destrozando su unidad. Si casurianos, nómadas—gran- des y pequeños—, sedentarios, rurales y ciudadanos- variaban, ¿cómo englobar sus géneros de vida en una unidad común ? Simplificando la separación, el Ma- rruecos del Norte—hasta el Atlas—no era nada pre- sahárico, como el del Sur ; ni encerraba grandes caí- des, ni colectivismo agrario. Y los mismos políticos franceses, aun después de haberse adueñado de casi todo el Imperio, tuvieron que mantener por tres años dos Altos Comisarios, uno general y otro para el Ma- rruecos Oriental, verdadero mundo aparte, prolonga- ción en todos los sentidos de Argelia.
Indudablemente la unidad política y social de Ma- rruecos como ahora se conoce es una obra de la di- plomacia europea y de sus consecuencias colonistas.
Sea o no Marruecos una unidad geográficamente—Ce- lerier escribe más modestamente que existe un «raum»
marroquí—, nunca ha existido un Bstado marroquí
en el sentido occidental y europeo de la palabra. Y no
existiendo Bstado marroquí, mal podía tener ((fron-
teras» el Majzén, rudimentaria realidad, perfecciona-
da sólo después de la intervención europea, cuya
autoridad se extendía sobre gentes y tierras perma-
nentemente rebeldes. Bl marroquí no ha conocido el
sentimiento de la Patria, ni ha poseído la idea de la
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SL'S LÍMITES
nacionalidad hasta que, por una extraña paradoja, los Protectorados lian creado un nacionalismo que, a pe- sar de su xenofobia tradicionalista, es de inspiración exterior. La autoridad religiosa del Sultán—que lle- gaba al Sahara y Sudán—dejaba libre la conciencia del cabileño berebere de toda obligación de obedecerle como soberano. La misma palabra Marruecos—Ma- rrocos, Mar roe en sus otras versiones hispánicas, de donde pasó a los demás idiomas—es una palabra es- pañola y procede de la importancia que los cristianos atribiiyen a la ciudad de Marrakech, como cabeza o símbolo del país. Hasta el siglo XVIII se dijo más
«Reino de Fez» y ((Reino de Marruecos» como térmi- nos distintos, que «Marruecos» como concepto único (1).
Los naturales del país tampoco tienen una rotulación exacta y distintiva de su extensión. De los domina- dores preislániicos heredaron la idea de que pertene- cían a un vasto conjunto, la ((Mauritania», distinto del actual Marruecos. De los invasores árabes, una vaga denominación de locación en el espacio : Garb occidente. La palabra Mogreb—o Magrib—, literal- mente ((poniente», es más moderna. La famosa «Mo- grib-al-Aksa», «el Bxtremo Occidente», fue importa- da y erudita. F
Y1 marroquí era un mogarba, luego ma-
gribi, es decir, un ((occidental» en el mundo islámico,como el sahariano del Atlántico o el argelino de Tú- nez. Aun hoy en Kgipto es magribi todo el proceden- te de un territorio más allá de la Cirinaica. Proba- blemente fue Abulfeda quien consagró las tres deno- minaciones «Mogreb-al-Acsa», «Magreb-al-Aula» y
(1) Dice Bernard : «Le Maroc n'est qu'tme mosaique de grou- pements elementaires, de kbüa ay:mt chacim leur autonornie.
L'Ristoite de les lurtes et les tendances de ees groupements, des tribus et de lenta lejfs, l'histoire des zaouias et des coníreries, sont la veritable liistoire du pajrs. Les aveuements que conoernants les dynasties établies á Fez, á Tkinsen, a Cordoue, ou a Baglidad n'intei'f.ssent pás sa vie profonde. Jamáis les groupeinent n'ont étés agréges en un IJtat veritable. Acertaines époques une orga- nisation snperficielle et épliemerc leur a été imposce du deliors, mais a chaqué defaillance du poitvoir céntrale tribus et kasours, bérberer. et árabes son revenus a leur marche tradinionelle.»
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
«Mogreb-al-Basat», que no pueden equipararse a Ma- rruecos, Argelia y el Desierto. Los bereberes no po- seen una palabra especial para rotular en su lengua todo su país. La frase «Yesiret-al-Magreb» o ((isla de occidente» ha derivado en ((Argelia» (Algérie).
La imprecisión del cuerpo de Marruecos como ex- teriorización de su unidad es tal que ni aun los censos y mediciones recientes de carácter oficial han podido llegar a una cifra única, porque los confines y límites estimados oscilaban al compás de dificultades reales y de designios que las aprovechaban.
Por otra parte, no hay ningxin país del mundo tan homogéneo que no encierre contrastes ni tan caracte- rizado que no posea un límite artificial trazado a tra- vés de un paisaje igual, a veces de la misma gente.
Si Bélgica, formada por Valonia y Flandria, es una tinidad natural, lo mismo puede serlo el doble Marruecos árabe y beréber. Además de que si Ma- rruecos, consta de muchas partes, éstas son de difícil precisión. El mapa geofísico no excluye las zonas de transición o en la que se superponen los caracteres de varias, por ejemplo, en los cultivos y géneros de vida. Él mapa lingüístico está variando con rapidez y encierra ya el importante elemento aglomerante de los bilingües—o trilingües si contamos el idioma de
"los protectores—y el de los «declassés». Mapa étnico no puede establecerse seriamente. El económico no sólo varía, sino que acentúa al compás de la indus- trialización del país los vínculos entre sus regiones.
Los Protectorados están logrando realizar la uni-
dad de Marruecos, tan hipócritamente proclamada
como móvil de la penetración desde el acuerdo franco-
estjafíol de 1904 a los Tratados de 1912. La acción
de la Administración protectora jr del Majzén des-
pués de reformado lleva un elemento de homogenei-
dad a donde nunca existió. La solidaridad social o
económica y los contactos humanos son mayores que
nunca. La red de comunicaciones es la artífice del
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
cambio operado a despecho de la naturaleza disocia- dora. Ha pasado mucho tiempo desde que para defi- nir Marruecos los diplomáticos europeos tenían que acudir al sistema de la exclusión ; como cuando Ju- les Cambon se dirigía a Kindelen el 4 de noviembre de 1911 diciendo que «Marruecos comprende toda la parte del norte de África que se extiende entre Ar- gelia, África Occidental francesa y la Colonia espa- ñola de Río de Oro» (posteriormente, y según la de- limitación administrativa francesa posterior a los Tra- tados de 1912, Argelia ha alcanzado el Sahara es- pañol, impidiendo el contacto entre Marruecos v el A. O. F . ) . '
La acción de los Protectorados no ha concluido aún de delimitar exteriormente a Marruecos. Porque la frontera entre ambas zonas, a pesar de las sucesi- vas v minuciosas descripciones, sigue siendo un mo- tivo de litigio en su trazado actual, y porque desde el Codo del Draa a Colomb-Bédhar hay un trozo sin frontera precisa que incluso ha aprovechado la polí- tica gala para englobarlo en una unidad territorial a caballo sobre los «confines argelo-marroquíes». Inte-
riormente sí ha dotado al Imperio de fronteras oficia-les precisas como nunca las conoció. Fronteras que no siempre coinciden con divisorias naturales y que han variado con harta frecuencia, pero que han resuelto 3^a los enojosos problemas a que daba lugar la inde- terminación de los poderes de las autoridades locales majzenianas, que los interesados dirimían según su fuerza y los europeos según su capricho o su" buena fe gaográfico-política. Marruecos, pues, podrá inte- grarse idealmente en un conjunto ibero-atlántico o en otro berebere. Pero existe oficialmente como unidad fraccionada en las tres zonas que teóricamente respe- tan su sustancia única de Estado protegido : la ac- ción política y la económica han logrado más que la ciencia geográfica.
Veamos sucesivamente el fundamento de las an-
JOSJÍ MARÍA CORDERO TORRES
tenores consideraciones en las diversas fuentes. Por motivos de comodidad hasta el siglo X I X seguiremos un orden de exposición cronológica no muy rígido.
Los textos aducidos son siempre importantes. Desgra- ciadamente, los omitidos también lo son en muchos casos. Que el lector forme su criterio, sin olvidar la existencia de esas omisiones involuntarias.
III
Adosado al Mediterráneo, que desde muy remota
época
inavegaron los puños y los helenos, la Geogra-
fía antigua ha legado abundantes textos sobre el ac-
tual Marruecos. Don Antonio Blázquez nos ha deja-
do una síntesis de los más importantes. Los «diálo-
gos» de Platón, con su referencia a la Atlántida, son
quizá los de contenido, más antiguo. Kl periplo de
Hannon como el de Sc\dax son relatos puramente li-
terales que, sin embargo, corresponden a una época
en la que el elemento cainita, negro o negroide cons-
tituía una gran parte de la población sobre el actual
suelo marroquí. Plinio ha transcrito el relato de Po-
libio. A su juicio, el Atlas es el extremo de Mauri-
tania. Estrabón señala que el río Molochat sirve de
límite a Maurusios y Massesylios. Maurusios parece
ser la transcripción helena de una voz púnica : mo-
harin, que, según unos, significaba «occidental», ysegún otros, «sometido». Los nombres latinos mau-
ro, mauritano, de donde vino Matiritania, pueden serotra transcripción del anterior. También Pomponio
Mela destaca que el «Muluya remata la región de la
Mauritania». Plinio y Ptolomeo dan noticias muy pre-
cisas, pero referidas a la época romana. 151 último
precisa que la Mauritania Tingitana limita al EJste
por el Muluya (Molochat), al Sur toca a la Libia y
al Usté, al Océano. Su enumeración de ((provincias»
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
es puramente convencional : Metagonia, Masicia, Ver- bitia, Selitia y Caima, Bacuatia, Bacanitia, Vernia, Volubiiia, Angau'cania y Nectiberia. Debajo de la for- ma latina pueden adivinarse raíces berberiscas de pue- blos más o menos persistentes después de muchos si- glos. Kl itinerario atribuido a Antonino también re- pite que el Muluya divide las dos Mauritanias (1).
Todos estos datos tienen muy distinto valor, según
ún -Uccc/feo
se refieran a localidades y a accidentes costeros o al
• lado de vías recorridas directamente, o bien a tribus y comarcas inaccesibles que sólo son conocidas por referencias deformadas. Históricamente las factorías fenicias, luego cartaginesas, en la costa del Magreb, desde Russadir (Melilla) hasta Anfa (Casablanca) y
(1) IJ11 la cartografía clásica cobran una excepcional impor- tancia el cabo Ifspartel y la Península de Yebala. Hecateo la da ttíia fotina aguda. Estrabón, Herodoto y Herastótenes, más an- cha. Ptolonieo, aunque tambiér. la marca estrechamente, señala el Atlas como cadena paralela a la ribera mediterránea. Ténganse en cuenta las exageradas dimensiones que todos los autores clásicos asignaron al Mediterráneo y sus contornos, dentro del conjunto de la tierra conocida. Ul Atlas aparece niemionado o descrito por to- dos los geógrafos, pero atribuyéndole una continuidad que no co- rresponde a la realidad. Más abajo del Atlas los datos suelen ser en gran parte imaginativos, aun cuando el desierto no fuera en- tonces tan seco como actualmente.
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
quizá al Cabo Guir (aunque la última reconocida con certeza está en el Sebu), fueron siempre comptoirs que servían para las transacciones con las tribus vecinas,
ocgrd/i Pfohmeo
sin pretensiones de influencia política. El dominio car- taginés, compacto territorialmente hasta el Cherchen, no parece que se asentara establemente en el actual Marruecos. Subsistieron, pues, las tribus independien- tes y anarquizadas que han encontrado—bajo dife- rentes formas y proporciones—los Protectorados con
inestables límites y en perpetuas guerras intestinas.
Roma fue quien regularizó las primeras organizacio-
nes políticas en el actual Marruecos. Después de la
segunda guerra ptinica se instala en el ángulo N. E. de
la Berbería mediante la anexión de la Zeugitania o
África Proconsular, sobre el suelo cartaginés de la
actual Túnez, desde Tabarca a Tenae, con sede en
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
Utica. El nombre latino o latinizado de África ha quedado tan arraigado que los tunecinos conocen hoy a su país por Ifrikia. Roma había iniciado ya sn po- lítica de alianzas y expansión gradual. A su lado ha- bía combatido un príncipe indígena, Massinisa, rey de los númidas masilios, pueblos bereberes de la re- gión entre Argel y Tabarca, con sede en Cirta (cerca de Constantina) e Hippo-Regio (Bona). A su lado los masesilios tenían por rey a Sifax. Este rey Massinisa había recibido en 20 a. antes de J. C. el reino de Sifax, extendiendo su poder hasta Muluya, si bien la obe-
1iB- >S/&¿o
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diencia de todos sus vasallos era irregular ; su pa- dre, Gala, y su abuelo, Narva, habían evolucionado desde la vecindad amistosa con Cartago a la hostil.
Los romanos lo utilizaron como auxiliar e instrumen- to de provocación, recompensándolo con las factorías y tierras cartaginesas de la costa de su reino, de- jando un resto para Vermina, sucesor de Sifax. Mi- piesa, hijo de Massinisa, repartió la Numidia entre sus hijos Hiempsal y Asberbal y su sobrino Yugurta.
Este se casó con la hja de otro régulo, Boco, cuyo
dominio (106 a. antes de J. C.) se extendía allende
el Muluya al Atlántico, pero todavía con una autori-
dad más discontinua respecto de las tribus inte-
riores. Yugurta pelea contra los romanos y arras-
tra a su suegro a la lucha, adversa a ambos. En 104,
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
Boco, ante la derrota de su yerno, pacta con Roma, delimitando sus poderes en el Mtiruya ; Gauda recibió la región de Cirta. Muerto Gauda, la mitad oriental de su reino pasó a Hiarbas ; el resto, a Hiempsal. L,os hijos de Boco, Boco II y Bogud, in- tervienen en las guerras civiles romanas, incluyendo como tal el levantamiento de Sertorio. Al principio César premia a los lujos de Boco'I, dando a Boco II las tierras del númida Juba I, sucesor de Hiempsal,
desde Ampsago—al Bste de Cirta—ral Muluya y re-
conociendo a Bogud la Mauritania desde Muluya. Ivas
dos cortes indígenas residían en Iol. (Cherchell) y Tin-
gis (Tánger). Luego Boco II corre la suerte de los
derrotados pompeyanos : Boco había peleado por Cé-
sar para pronunciarse más tarde por Octavio, mien-
tras que Bogud lo hacía por Marco Antonio. Pero
aunque Octavio hubiera podido anexionar gran par-
te de las Mauritanias, consideró político mantener un
Estado indígena cliente : el de Juba II, hijo de Juba I,
entre los ríos Nasavath (Uad-es-Sahel) y Ampsagas,
lo que se llamó luego Mauritania Sisifense. A los
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
cuatro años (25 a. de J. C.) Roma trocó este territo- rio—que se incorporó—por el extendido a su Occi- dente, sometido a una total anarquía desde la muer- te de Boco III. La Mauritania romana desde la época de Tiberio formó dos provincias, ambas fuera del ac- tual Marruecos ; mas las tribus bereberes del interior
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UMITE OS OJOCE5ÍS
» " PROVINCIA
•—los tacfarinas del Aurés—aun se agitaron contra
el dominio romano. Cayó Ptolomeo, hijo de Juba II,
cada vez más influido por el poder romano ; fue de-
portado a Roma el año 40 y su reino anexionado. Dos
años después se creaban las dos provincias imperia-
les de la Mauritania Cesarense (lol) y la Tingitania
(Tingis), separadas por el Muluya, pero de impreci-
sa extensión interior. Otón (69 a. antes de J, C.) agre-
gó la Tingitania a la Bética, llamándola Hispania
Tingitana, que, según Orosio, Bartio y Sagarra, lle-
gaba al Malva. Temporalmente bajo Adriano, la Tin-
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
gitania estuvo agregada a la Tarraconense. Caracalla
—el concesor de la ciudadanía a las gentes del Impe- rio—la rebautizó «Nova Hispania Ulterior Tingita- nia». Dioeleciano estableció que la Tingitania, como las restantes provincias hispánicas, dependería del Vi- cario de las Españas, en Hispalis, y de la Prefectu- ra de las Galias (l/ugdunum) en la mitad occidental del Imperio (285). La <(Pax Romana» en África fue relativa. La rebeldía de las montañas continua bajo Adriano, Antonino, Marco Aurelio a veces, tomó for- ma organizada, como en el levantamiento de Nubel, y pasó al Estrecho. Sin embargo, oficialmente hasta la extinción del poder romano (430), la Mauritania Tingitana siguió agregada a España. Su metrópoli no era sólo Tingis, sino Gades, sede de un convento jurídico de la Bética. Becker admite la existencia de 620.000 colonos hispano-romanos, repartidos en 60 colonias, dentro de su suelo.
Roma no dio nn sentido unitario a la vida de los pueblos del Marruecos actual porque su influencia fue muy limitada. Los focos de romanización fueron Tin- gis, Zila (Arcila), Lixus (cerca de Carache), Thimya- 'terion (cerca de Mjehedia), Sala (Cfreláfaj, cerca de Rabat), Julia Trayecta (Ceuta) y Russadir (Melilla) en el litoral. Más abajo de Sala se citan dos ciudades romanas cerca de Azemur y del Cabo Cantin. En el interior lo fueron Tamuda (cerca de Tetuán), Oppi- duin Novum (¿Alcazarquivir?), Banassa (¿Zoco del Arba del Garb?), Volubilis y Tocolosida (cerca de la actual Mulay Idris). Los centros romanos de Admer- curios (Kasba Yedida) y Anoceur son más discutibles.
Había otros muchos menores, a veces simples etapas en las vías,- como Ad Mercuri, Tabernae y Frigidae, en la vía de Tingis a Sala, por la costa. De Ad Mer- curi, pasaba otra vía a Volubilis por Ad Novas, Oppi- dum Novum, Tremolae, Vopiscinae, Gilda Aquae Da~*
ciae. No consta la existencia de una ruta permanente,
tranquila desde este Marruecos pacificado a la Cesarien-
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
se. El tránsito por el corredor de Taza o la costa rifeña estuvo siempre obstruido. Una vía como la Flaminia, en la Cesariense, no existió en la Tingitania. La ro- manización se ejerció, pues, sobre la gente pacífica del Marruecos llano, que luego se islamizó fácilmente -y que más sumisa ha estado a los Sultans : el «Marrue- cos útil», de Tardieu. Iva independencia del Rif fue, pues, incuestionable, como la del Bajo< Atlas. Más allá del Atlas la presencia romana fue esporádica : expe- dición de Paulino Suetonio al desierto, por el pasillo entre el Ayaclii y el Midelt. Kl latín y el cristianis- mo se introdujeron, sin embargo, superviviendo lar-, gañiente al poder romano ; los montañeses bereberes fueron los últimos defensores de la fe cristiana en el siglo VIII, quizá en el XI. Kl Marruecos romaniza- do fue una sucursal del mundo latinizado de la Bé- tica ; Benumeya lo localiza entre el Buregreb, el Beht y el Lau. La mezcla de héticos y mauritanos en las ciudades fue grande y comenzaron a afluir otros ele- mentos : iberos y árabes, traídos como soldados que guardarán el limes romanus contra los clieloj. La cul- tura de este mundo pacífico vivía de los ecos de Cór- duba e Hispalis. Su economía del tráfico a través del Estrecho, precisando los cereales de la Bética. Sus
comes v preses, del Vicario hispánico.Sobre las tribus indígenas poseemos pocos datos
precisos. Mientras los relatos primitivos les consideran
como una parte del gran tronco libio que expulsó a
los negroides hacia el Sur, los más modernos los van
diferenciando ya. Algunos nombres pueden identifi-
carse hoy : Getulos = Gezzuli. Otros son más difí-
ciles de identificar. Su extensión, imposible de preci-
sar, por su movilidad —^aun siendo menos nómadas que
sus vecinos «númidas»— y por sus alteraciones. En
todo caso, parece que existían ya grandes diferencias
entre los dos grupos berberiscos botr y branes, que
luego distinguió Aben-Jaldún. Ghirelli ve semejanzas
entre ios Gidanes y los Uled Nail. Alguna de estas tri-
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
bus —los Garamantes— se habían retirado hacia el Sur y el Este hacia la época de Trajano. En todo caso, ni tuvieron la conciencia de formar un todo común ni podría encontrarse una total relación directa entre su conjunto y la actual población mogrebina.
Con la desaparición del poder romano, el Marrue- cos de hoy conoció tres dominaciones exteriores tan fugaces y periféricas como las púnicas y romanas. La primera fue la que menos huella dejó en el país : la de los vándalos, de los que no quedan más restos que las excavaciones de los historiadores a su supuesta violencia, "porque el montañés rubio de nuestras regio- nes marroquíes no es un descendiente suyo, sino un tipo étnico beréber. El paso de los vándalos por Ma- rruecos (415-534) fue sólo un tránsito al margen de la vida indígena. Su poder tendió a asentarse en la rica provincia del África y en la antigua Sitifense. La se- gunda y tercera dominación, que coexisten temporal- mente, fueron la goda y la bizantina. I
va goda, desde la época de Teudis (533) en un primer intento sobre Ceuta y tras de la conquista de la Península de Ye- bala por Leovigildo (574) o Suintila (621), duró hasta la invasión árabe. Eué una continuación traducida de sistema liispano-romano. La intranquilidad de los mon- tañeses redujo a los comes, representantes de Toledo, a las plazas litorales —y no a todas las que cita Ga- lindo y Vera, inspirado en Ximénez y Sandoval—. Bi- nando alcanzó también ejl suelo
1marroquí. Pero el poder de los Exarcas v Prefectos de la provincia de África, otras veces llamada Hesperia, antes de la re- organización de Mauricio (528), que le dio forma es- table, se ejerció más allá del Adyerud, comprendien- do sólo en la costa del Estrecho algunas plazas li- torales como Russadir y, muy dudosamente, Lixus.
Eué un poder ejercido desde lejos, en dirección Oeste, o sea tropezando con fuertes barreras indígenas que no permitieron una expansión de la cultura bizantina.
Por eso la capitalidad fue trasladada desde Tingis a
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS IÍMITES
Ceuta, dando ejemplo a los godos que allí la mantu- vieron. Rl poder bizantino conoció continuas rebel- días, como las del masageta Aigán y la de Stozas.
Permanentemente el limes bysanthinum no pasaba de Saldae, bajando a Tabi, para correr hacia el Este (Tlievescae, Cappa, Tanapa) ; solo aisladamente llegó por vía marítima al litoral de Maruecos, después de la reorganización. De este período los vestigios más vivos fueron la cristianización del Marruecos en con- tacto con España. Tvos mauritanos de entonces recha- zaron el arrían ismo con igual firmeza que los hispa- nos. Y la Iglesia mauritana fue una prolongación de la hispánica, a su vez muy emparentada con la carta- ginesa y oriental (1).
El problema étnico de los antiguos pobladores de lo que hoy es Marruecos subsiste, pero su esclareci- miento no es fundamental para -el objetivo de nues- tro trabajo. Si fuera cierta la tesis de Renán que iden- tifica a los lebú (libios), los bereberes, mauritanos -y aieres como un solo pueblo, los cimientos africanos del país serían más antiguos ; pero, de todos modos, no puede negarse que a la corriente humana africana se unió la corriente europea representada por los ibe- ros, más una tercera oriental-asiática, prefenicia. Pic- quet ve en los mauritanos y númidas del país, entre el Atlas v el mar, una mezcla de autóctonos e iberos.
Efectivamente, hoy día un kabyla argelino s
;e parece más a un campesino burgalés ,o soriano que cualquier cheraga. Y en los habitantes del sur del Atlas ve otra capa humana más pura, origen de los zenetas y sen-
hayas—hoy a los dos lados de la cordillera—, comolos Uiareg del desierto. Que con los iberos entraron celtas dejando los vestigios de los dólmenes del Garb, es más hipotético. L,o cierto es que estos dólmenes sólo se dan en el único país atlántico de la Berbería :
(1) No obstante _ desdo, el siglo XV al XVIII muchos autores defendieron la tesis de una conquista de Marruecos hasta el Atlas por el godo Teudis, cuyos derechos invocó Castilla contra Portugal.
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
anotémoslo como un precedente diferencial más de Marruecos. Bien pueden sentarse estas conclusiones : 1), en la que coinciden Obermaier, Soler, Ferrándiz, Ouedenfelt, Picquet, Sergi, Bertholon, Schulten y, casi todos los investigadores : la pluralidad, en parte mez- cla, en parte yuxtaposición, de los elementos inmigra- dos humanos ; 2), la continuidad de la gran masa huma- na local a causa de la pequenez demográfica de las colo- nizaciones históricas hasta el Medievo; 3), la persis- tencia actual de características descritas por los obser- vadores de la época que Tissot y Moulieras recogen veinte siglos después : trajes, fiestas, costumbres, gestos, manera de vivir, en fin. Mas guardémonos de ver en Boco—como ha sucedido con Viriato—un «Jefe nacional», antecesor de los cherifes, ni en los reinos
dientes de Roma o en las provincias romanas «el Ma-rruecos de los tres primeros siglos cristianos». Más bien podría compararse con el África francesa poste- rior a 1934, que con el Magreb filali o saadiano. Tam- poco podemos exagerar el valor de la identidad de las convencionales fronteras clásicas ; Roma no llegó al Atlas. El Malva o Molochat, lo mismo puede ser el Muluya que el Kert, como Ghirelli cree. El Estrecho no fue casi nunca una «frontera» al estilo actual. Y los «septem montes» clásicos podían ser lo mismo el macizo rifeño-yebli que el de Kelaya.
IV
La Edad Media es decisiva para la formación de
la actual personalidad de Marruecos. El hecho esen
cial de ella es la invasión árabe, causa de la islamiza-
ción del país. Geográficamente no dibuja una unidad
delimitada, pues Marruecos conoce períodos de frac-
cionamiento local, momentos de unidad y épocas de
expansión, ora hacia España, ora hacia el resto de
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
Berbería. Subsiste el Marruecos berebere al lado del árabe recién aparecido. Pero la fe islámica, con sus adaptaciones y deformaciones locales, agrupa a las gentes del Mogreb, y esta realidad persiste hoy. Kn- tiéndase bien : el Islam no es un elemento diferencia-
dor, puesto que otros muchos países la profesaban yprofesan, incluso dentro del rito maleki. Pero sí esen-
cial, icatfacterizador, porque el desenvolvimiento de
Marruecos y su repulsión de los elementos exteriores
tuvo principalmente un impulso religoso local, pro-
pagado por un Jalifato nacional que. subsiste después
de lo>s Protectorados. H/yy día Marruecos es, con Ara-
bia, el país más religioso del Islam, el menos conta-
minado por la indiferencia o el ateísmo y donde más
difíciles son las conversiones ; que los abnegados fran-
ciscanos lo digan. Las ilusiones de los que han visto
en la «politique berebere» un instrumento de división
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
del país, tropiezan con esa unidad de creencias que hacen a los bereberes más xenófobos que los refinados habitantes de las ciudades de barniz árabe. Combi- nado el mahometismo con el particularismo local, Ma- rruecos, que ha rechazado a los cristianos durante el Medievo, lo seguirá haciendo—ya en su suelo—en la Edad Moderna ; pero a la vez rechazará a los turcos, que dependen del Jalifa de Constantinopla. Ese im- pulso nacional xenófobo se fragua en la Edad Media.
Sólo que en ésta tiene aspecto ofensivo y defensivo y desde el siglo XV será meramente defensivo.
1
La primera aparición del islamismo en el Marrue- cos actual, bajo Ocba-ben-Nafi, tomó la ¡forma de una cabalgata militar, a través del banquete de Taza, hacia el Atlántico, mientras un pequeño grupo bajaba hacia el Tafilete. Marruecos fue una teórica dependen- cia de Cairúan, metrópoli musulmana del Mogreb. La segunda irrupción bajo Muza-ben-Noseir, más honda, dominó los centros urbanos y nudos de enlace del país, que hacia el 710 constituyó un valíalo—comprendien- do Tremecén—, con sede en Tánger ; los árabes utili- zaron en lo posible los restos de la antigua organiza- ción territorial.
En 740 se registra ya una insurrección beréber de mickasas, berguata v zeneta, dirigidas por Mairsak.
Una curiosa herejía beréber—el jarichismo—da con- sistencia político-religosa a los alzados, que crean en el 757 un reino miknasa en Siyilmassa (Tafilete), el de los Benu-Midrar, amigos del otro reino jarichita rostemida de Tiaret, en la Argelia actual. Otros nú- cleos jarichistas dominan Yebala y el Rif. En fin, los Barguata o Berguata crean un tercer poder indepen- diente entre el Umer-Rebia y el Bu-Regreb, que, ins- pirado por el nuevo profeta indígena Salik, subsistiría hasta el siglo XII.
En 788 aparece un pequeño centro de poder, llama-
do a ser núcleo del Marruecos futuro ; es el organiza-
do por Idris, que huido de las matanzas de los Abási-
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS IJMITKS
das en Oriente, había agrupado a los bereberes Aura- ba, en el macizo de Zerjún, al lado de Volúbilis. En el contorno de esta pequeña mancha está el emplaza-
NÚCLEO ALMÓQAVfDE -/MPEO/O QM/MBVA/ ENSUSSDLSttDOQ.
IMP£PIO4¿MOPáV!D£ M su ESPLENDOR •'••••ÍMDmiOesMUlFy/SMd/L NÚCLEO ALMOIMOE +++++ IMPEQIOOEISULTÁND¿t¿á8l{DORADO) IMPEñlOALMOUADEENSU ESDLENOOQ
ZOK3 DISPUTADA Ef/raeiasMEOj'N/OAS r¿oj Zá YANIO/SS
miento de las que luego fueron capitales sultaniauas : Mekinez y Fez.
Aparte de estos cuatro grupos y de las tribus ára-
bes, Marruecos era un gran mosaico de bereberes en
perpetua inquietud : los paganos de Temesna y Tad-
JOSÉ MARÍA CORDERO TORKES
la, los cristianizados—más. o menos ortodoxos—de Demnat y del litoral ; en fin, los islámicos o fluctuan- tes del resto. Idris I creó un jalifato propio y ensan- chó sus dominios con Temsena, Chela, Beni-Luat, Mediuna, Jalula y Riata, a costa de los jarichitas, to- mando Tremecén. Idris II fundó la Fez, atrayendo a los andaluces, y dio un carácter árabe a su Bstado.
Pero los insumisos se desquitan ; los miknasa, bajan- do por el Muluya a Taza y cortando su pasillo, con lo que. Tremecén cayó en poder de los zenetas ; los mo- graua dominando medio Atlas. Un gran peligro del Este se cernía sobre Marruecos, que ya había cono- cido el dominio de Mésala de Ifrikia : el poderío fati- mita, extendido desde Egipto a Túnez. Huyendo de él, los marroquíes buscaron la protección de los Ome- yas cordobeses. El Reine islámico o mixto del Nccor ÍRif actual), ejercido por Abulaix. se colocó bajo aqué- lla en 917 ; luego Abderrahmán extendió su suzerai-
neté al territorio idrisita, apoyado por los mograua, ylas tribus botr (zenetas), enfrente de las bran&s (sen- jayas). El Magreb obtuvo entonces por primera vez su unidad, y llegó hasta la Cabilia, que contorneaba para tocar a Túnez por los chotis. Bajo la autoridad cherifiana gobiernan los mograua (zenetas)
;que fun- dan (994) a Uxda, como enlace entre las dos Magreb, pertenecientes a Ziri, que había conquistado Si\álmesa.
En 1048 había concluido el protectorado cordobés, y
no mucho desptiés el poder zeneta. Benumeya distin-
gue hasta cuatro épocas de dominio andaluz en Ma-
rruecos : penetración por medio de los zenetas en el
Rif (756-917), dominio directo (917-989), dominio de
Abu-Yesid en la actual Argelia y dominio mograua en
Marruecos (988-1039). Mas este dominio no es xm mero
recuerdo histórico. En el Magreb actual ha dejado una
huella, que—-justo es reconocerlo----se acrecentó des-
pués por la continua afluencia de españoles islámicos
expulsados, fugitivos o- emigrados de su país y que no
concluyó hasta 1617. Es el llamado Marruecos anda-
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
luz, que constituye un listado dentro del Estado ma-
rroquí, o por lo menos lo lia constituido hasta 1912.
Estado selecto de artistas y doctores, que dio su buro- cracia al Imperio, así como aventureros, estadistas-y combatientes, bien que no hayan sido sólo musulma- nes los españoles que lian intervenido para moldear el actual cuerpo de Marruecos a través de los siglos. Be- ntimeya delimita a este Marruecos andaluz como for- mado por un gran bloque en Yebala, contorneado por Tánger, Alcázar, TJazan, Fez, Taza y Bades. Luego al manchón de «Salé-Rabat», que fue hacia el si- glo XVIII la «República de las dos riberas», curiosa reproducción marroquí de las (¡polis» corsarias italia- nas o griegas. Y unos pequeños núcleos en Azamur, Tremecén y Nedroma ; los del Meyerda en Túnez, quedan muy alejados. Este Marruecos no puede ser ol- vidado ni desconocido cuando se pondera la europei-
zación del Mogreb y la orientación que en su futuroadoptará.
Luego viene un largo período de .religiosidad be- réber v violenta, que conquista el Mogreb, pero no se limita a él. ni garantiza siempre su unidad. Los almo- rávides, la gente sahariana de los «lemtuna», que su- biendo por el Dráa, el Sus y el Atlas a Taza, funda- ron Marrakech (1063) y ocuparon Marruecos para sal- tar a España, donde de «criados» se convirtieron en
«señores» (1090) ; también intentaron extender.se hacia
el Este, pugnando con los hilalies que habían logra-
do filtrarse y acentuaron la arabización del Garb, Du-
cala y Chauia hacia el siglo IX. Pero al comienzo del
siglo X I I son reemplazados por unos nmsinuda delAtlas, los almohades, restauradores de la fe pura, que
acabaron por conquistar Marrakech y España. Fue-
ron estos puritanos, sin embargo, los que utilizaron
mercenarios cristianos de España en sus guerras, y a
veces los que toleraron a los franciscanos y comercia-
ron también con los cristianos del Mediterráneo : mar-
selleses, písanos, genoveses, barceloneses. Al comienzo
J0S1Í HARÍA CORDERO TOR1U0S
del siglo XIII aparece la dinastía zen-eta de los Beni Merin, que dominan de Tafilete ai Draa e instalan su costa en Fez, asaltando al último reducto almohade
—-Marrakech—en 1268. Sin embargo, por el Usté les escapa Tremecén (1392) y allende el Estrecho los cris- tianos avanzan en España. Más allá del Atlas su po- der fue también rápido y precario. En el resto man- tuvieron una aparente unidad, interrumpida a veces por las particiones dinásticas, como las de Abderra- mán y Abul-Abás en 1383 ; Marrakech y Tafilete para el segundo, y Fez (al norte del Um-er-Rebia) para el primero ; los «dos Marruecos» de Foncauld y de 1902.
Todavía en 1361 el Tafilete mantenía una dinastía propia.
De todas las ((fronteras» de este período que como precedente puedan exhumarse, la menos estable fue la del Estrecho. Los soberanos mogrebíes se reserva- ron en distintas épocas el dominio directo de plazas y regiones a este lado del mar : Yusuf-ben-Yacub re- cibió del granadino Mohanied II, Tarifa, Algeciras y Gibraltar, que su hijo Yusuf-ben-Falsuf amplió con Ronda y otras plazas, hasta constituir una «marca»
guardiana del Estrecho, cedida por Abú Yacub en 1295 al rey granadino. Mas en 1393 volvió al Poder beni- inerin, que en 1411 se consolidó en sus alrededores hasta 1462. A la inversa, los reyes taifas de Granada y Málaga poseyeron en varias épocas Ceuta y un trozo del Rif ; los mismos cristianos, en tiempos de Jai- me II, ocuparon temporalmente a Ceuta. Caracterís- tico de esta influencia peninsular fue el Tratado de Monteaguado en 1291, por el que Castilla 3' Aragón delimitaron sus «esferas de influencia» en el río Mu- luya. Interesantes son los precedentes del pacto entre Abel el Muñen y Fernando ITT de Castilla, en el que a cambio de la ayuda cristiana ofreció aquél eutregar diez fortalezas de su reino, y la ocupación fugaz por Alfonso X (1291) de Salé. y'Laraclie.
Dice el P. Castellanos que en la época del benima-
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
rin Abu Tabit y en virtud del Tratado con Aba-Za- yan-ben-Otmán, de Tremccén. celebrado en 1302, «el emir marroquí cedió a Abu-Zayáti todas las ciudades que su abuelo había conquistado en aquel país, excep- to la nueva Tremecén... Desde esta época datan los límites que el Magreb ha tenido por la parte de la Argelia, límite que desde entonces ha conservado has- ta hoy, con muy pequeñas diferencias o variaciones».
Más adelante, veremos que esta afirmación es un tanto aventurada, como el mismo autor reconoce al consig- nar, poco después, nuevas incorporaciones temporales de Tremecén a Marruecos en 1360 y 1389, año en que Abulabás-ben-Abi unificó todo el Magreb desde el Chelif al Draa.
l£l fin de la dinastía beiii-merin y el 'advenimiento de los chorras sahadianos se marca no sólo profun- dos desgarramientos internos del cuerpo de Marrue- cos, sino por la presencia.de los cristianos en su litoral.
La Bdad Media islámica aporta considerables pro- gresos en el conocimiento de Marruecos. La Geogra- fía del lídrisi es muy minuciosa en nombres de iden- tificación actual segura. Según ella, Tremecén es la puerta de Marruecos y Honein—entre el Kis y Tai- na—la pertenece. También dependen de Marruecos el país del Sahara y el de los bereberes.
El Kitab-al-Istijar distingue el Magreb Occiden- tal y el Central, siendo sus capitales Fez y Tremecén, respectivamente ; de Tremecén depende. Uxda y algu- nas villas sobre el Muluya : Guersif ; hacia Taza, con- finan ambos Magrebs. La corte del primero reside en Marrakech y domina Siyilmesa, pero no el Sahara, hacia donde su último puerto es Uahili, a dos meses de Nul. Bn relación con el Magreb está el reino de Gana y el ((país de los negros».
La Geografía de Abulfeda limita al Magreb-al-
Acsa en Tremecén, Siyilmesa y el desierto ; el puerto
de Arscul o Rachgun pertenece a Marruecos, los de
Honein y Oran a Tremecén.
JOSÉ MARÍA JÜRDI5RO TOSHKS
El Kitab-al-Kartas de Abú Mohamed-al-Garnati, el Kitab-al-J abar de Ualí-ed-din, el Kitab-'Rahli de Iben Batuta y el Kital-Beladi de Abu-Mamid Rebia contienen datos que coinciden con los anteriores. Los
«Prolegónienos» de Aben Jaldún dan muchos datos sobre las tribus bereberes.
V
Agustín Bernard cree que la constitución de los tres reinos liafsánida—en Túnez—, Zayanida—en Tremecén—• y Merinida—en Fez y Marrakech—r en el siglo XIII, marca el comienzo de una diferenciación política, -earaeterizadora del futuro de los tres países actuales del Magreb.
L,o cierto es que a lo largo del siglo XV se opera
una profunda transportación en la vida de los pueblos
magrebíes. Tyos merinidas desaparecen con Abdelhak
(1465), sumiendo al país en la anarquía que reinó con
los Beni-Uata durante setenta y tres años. Mayor fue
la que se desencadenó sobre el Magreb central, frag-
mentado en múltiples taifas. A la vez que el Poder
central indígena se relaja, Marruecos, reducido a la
defensiva,- es objeto de una doble presión : la de los
cristianos peninsulares por el Norte y el Oeste, es
decir, desde el mar ; la de los turcos desde el Este,
a través de la Argelia actual. El país rechaza, no sin
sacrificios, la doble amenaza. Contra los cristianos,
proclama la guerra santa, más activa en unas épocas
que en otras. Contra los turcos mantiene su Jalifato y
el mayor aislamiento posible. De la presión cristiana
quedan sobre su cuerpo durante cinco siglos unas in-
crustaciones, que a partir de 1578 dejan de influir en
la vida del país, salvo por la vía negativa de la hos-
tilidad. De la turca, la huella es aún más fugaz y me-
nos perceptible. Una y otra empresa modelan el Esta-
do cherifiano. No es que los sultanes gocen de paz ni
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍM1TKS
que sean obedecidos en todo el territorio sobre el que pretenden reinar. Pero los pretendientes al Trono no aspiran a compartirlo, sino a ocuparlo total e indivi- siblemente. Y las comarcas insumisas--muchos de los cuales reconocen la soberanía espiritual de los eheri- fes—no alcanzan la categoría de reinos locales, sino
* PLAZAS TOMADAS A tasCGISr/ANOS
t
I 6l£D- Sí -MAJZEN í BLEO-BS-S/8A
u RE/NOS INDEPENDIENTES
— / m a d r a s de M¿/¿4.r-ms&3A/
de «manchas rebeldes», por el estilo de las cabilas del Bled-es-Siba del siglo XIX. Marruecos, al agruparse en torno a un trono y no aceptar ninguna dominación exterior, se diferencia de Tremecén y Argel, y de este
hecho diferencial surge el antecedente más directo delMájzen que encontraron Rspaña y Francia de 1902 a 1912.
I
va empresa cristiana venía anunciada por dos fe-
nómenos : el fin de la ¡(reconquista» peninsular (1250
para Portugal, 1492 para Castilla) y la expansión at-
lántica de ambos reinos, flanqueando las costas mo-
JOSIÍ MAMA CORDKRO TOREES
grebíes. M¡adera fue portuguesa ídesde 1439, Cabo Verde desde 1457 ; las Canarias castellanas desde 1402.
Tras de una discreta labor de información, Portugal puso los pies en Ceuta el 1415. La empresa era co- mercial, política y religiosa, aspecto que encubría a los demás. Tras de una tentativa desgraciada sobre Tánger (1437), ^e apoderaron ét Alcazarquivir en 1458, de Anfa (1464), de Arcila y Tánger en 1471.
En dicho año las naves portuguesas, costeando el lito- ral africano, habían alcanzado el África negra y se había organizado la «casa de Guinea». A poco, el des- cubrimiento del mar de las Indias distraería fuerzas a Portugal para su empresa marroquí. Entretanto, Castilla, que ya había atacado a Tetuán el 1400, como
«stizerana», luego «soberana», de las Canarias, hacía oír su voz respecto a sus iiitei eses en África, que juz- gaba derivados de la discutible soberanía del godo Teudis sobre todo Marruecos. Nicolás V había con- cedido a Portugal un monopolio de la evangelización de África, que los reyes castellanos consideraban exa- gerado, y así lo defendieron ante el Concilio y el Pa- pado. Las dos Coronas se
r:ntendieroii por fin : en el Tratado de Alcobaza de 1480, que reservó el Reino de Fez a la influencia portuguesa, pero dejando Cana- rías a sus dueños. Sólo que en 1476 las Canarias pu- sieron su pie en el vecino continente, y en 1499 los jeques de Uadán, Tarudant, Masa y Dráa rindieron vasallaje ante López de Valenzuela al Rey de Castilla.
Bl Adelantado Fernández de Lugo fundaba fortaleza en Tagaost, Nún y cerca del Bojador, repetidamente tocado por los portugueses. ¿Era ello una infracción del Tratado? El de Tordesillas de 1494, confirmando las estipulaciones del de Alcobaza dejaba pendiente la cuestión. Ambos reinos pasaron a los «hechos con- sumados». España conquistó en 1494 a Melilla, 'arrui- nada, según los cronistas, por ser escenario de las disputas entre los reyes de Fez y los de Tremecén.
¿ Era el Kerto el Muluya el límite oriental de Fez ?
MARRUECOS : SU UNIDAD Y SUS LÍMITES
La ocupación de Mazalquivir (1504) por ¡los caste- llanos no suscitó dificultad. Ni las de Castelo-Real (Mogador, 1506), Safi (1508) y Mazagán (1509) por los portugueses. Mas ofrecían dudas la de Agadír por López de Sequeira (1504) y Cazaza por Medina- Sido- nia (1505). La pugna se agravó cuando Pedro Navarro se apoderó del nido corsario del Peñón de Vélez (1508).
Se abrieron nuevas negociaciones, llevadas hábilmente por los portugueses Rui y Joao de Sousa y los caste- llanos Antonio de Torres, Lope de Isasa y Gómez de Santillán. De ellas salió el Tratado de Cintra (1509), que zanjó la cuestión fijando como límite común el de seis leguas al oeste del Peñón de Vélez, indudable puer- to natural de comarcas teóricamente fasies ; pero res- petando el «enclave» castellano de Santa Cruz de Mar Pequeña, que perduró hasta 1524, para sumirse en tina oscuridad histórica, que ha legado a Marruecos Tino de sus pleitos fronterizos aún no resueltos.
B-titretanto, las conquistas de Safi por Assambuya y Azamur por don Jaime de Braganza en 1513, com- pletaban con Tite y Almedina el dominio portugués en Marruecos. Los portugueses constituyeron una nueva provincia : el Algarve de Alemmar, de fuerte matiz asimilista. Reparaz, manejando a su manera datos antiguos de cronistas portugueses, afirma que toda Yebala obedecía a Portugal. Más real era la exis- tencia de una triple esfera de influencia portuguesa : alrededor de las plazas en sus territorios vecinos, so- bre los llamados «moiros de paz», semejantes a los
«moros del Rey» de las vecindades de Oran, es decir, protegidos ; sobre comarcas dominadas por jefes que se sometían a la autoridad portuguesa. León el Afri- cano nos ha dejado elocuentes asientos del poder por- tugués sobre Ducala, Garb, Haha, Chiadma y el Sus.
Bn 1514 los dominios de Yahia-ben-Taf uf eran un ver-
dadero protectorado portugués, que llegaba hasta
Tednest y acaso alcanzaba Marrakech. Aun hoy día
los indígenas llaman «portuguesa» a cualquier ruina,
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRES
como los españoles «mora» a las de la Península. I^iau- tey mismo mostraba en 1915 su sorpresa por la pro- fundidad de la penetración y de la influencia portu- guesa. Cerca del Cherif había un partido portugués, y varias veces fue planeada en Lisboa la conquista de todo el país.
Por la parte española existió una acción semejante fuera del adtual Marruecos : en Argelia y Túnez;'.
Tremecén era un protectorado español desde 1507 a 1559. Túnez lo fue desde 1535 (con cesión directa de la Gojeta, Bizerta y Bona) a 1539, y de nuevo en 1573. En 1509 los jeques de Túnez, Cherchel, Delis y Argel rendían vasallaje a los españoles. E n 1510 éstos ocupaban Bugia, el Peñón de Argel y Trípoli.
La aparición de Arux truncó sus planes ; en 1522 per- dieron el Peñón de Argel; en 1555, Bugia ; Carlos I cedió Trípoli a la Orden de Malta en 1530. Sobre Ma- rruecos perdieron el Peñón de Vélez (1522), recon- quistado luego (1564), y Cazaza (1534). El desmoro- namiento del dominio porttigués no fue menos rápi- do ; ya en 1529, el Duque de Braganza proponía el abandono de las plazas del Estrecho, conservando las del Atlántico. En 1546 se perdía Agadir ; en 1542, Safi, Azamor y Alcazarseguer ; en 1550, Arcila. Que- daban Ceuta, que pasó a la Corona común, después de 1580, y quedó para Castilla después de la Restau- ración (1640-1668). Tánger, que llevó como dote Ca- talina de Braganza a Carlos de Inglaterra (1661) fue inglesa hasta 1684, en que la asaltó Gailán, caudillo marroquí, sin dejar rastro de huella inglesa. E n fin, Mazagán fue abandonada en 1768. El último esfuer- zo portugués en el Magreb fue el desafortunado de don Sebastián como aliado del pretendiente Mohamed, que acabó en la rota del Májzen (1578).
España había obtenido en 1589 Arcila—para per-
derla en 1689—, Larache en 1610—rpara perderlo en
1689—, Mehedia en 1614 hasta 1681 y Alhucemas en
1678. Oran y Mozalquivir, perdidos en 1708 y reco-
MARRUECOS : StT UNIDAD Y SUS LIMITES
brados en 1732, se abandonaron en 1792^—cuarenta y dos años antes de la llegada de los franceses a Argel— ; de manera que desde comienzos del siglo XVIII Es- paña sólo poseía en Marruecos plazas que vivían en estado permanente de incomunicación o sitio cuyos lí- mites coincidían con el que en 1844 tenían nuestros
«presidios», salvos la pequeña merma del suelo veci- no al Peñón de Vélez, abandonado en 1708. y la ocu- pación de Chafarinas en 1847. L,a política española hacia Marruecos fue mucho más defensiva y diplomá- tica que ofensiva y guerrera. Recuérdese las relacio- nes amistosas de Muley-ech-Chiej con Felipe III y las desiguales de Muley Sidan con Felipe IV.
El «Marruecos cristiano» historiado no pertenece sólo al pasado de la vida marroquí, Merced a sus pre- sidios, España no ha sido completamente excluida del Protectorado. El recuerdo de Santa Cruz de Mar Pe- queña sirvió en 1860 y en 1912 para consagrar la pre- sencia española en el Sus. Sobre todo, Ceuta y Melilla son hoy dos potentes realidades de ciudades netamen- te españolas adosadas al suelo marroquí, que plantean problemas de geografía y política, sin adecuada solu- ción fuera de las que conduzcan a la "más estrecha unión entre los dos países.
VI
De los siglos XVI al XX dos dinastías ocupan el trono de Marruecos. Ambas cherifianas por su origen : la saadiand, originaria del Draa, que se inicia con Abdaláh Muley-^l-Kasiní, dueño de Marrakech en 1524, y con su hijo Abmed, que posee a Fez en 1549.
La filali o alauita, originaria del Tafilete, que se ini-
cia con Ab-el-Krim y su hijo Muley Errachid, due-
ños de Fez desde 1659. Las dos dinastías persiguen la
tarea heredada de combatir a los cristianos y a las tri-
JOSÉ MARÍA CORDERO TORRKS