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Las mascaras democraticas del modernismo

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(1)

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Si en el proceso transculturador la idea de la detnocracia es la de mayor proyección histórica en América Latina, es también la que desde el sue"ño de los próceres hasta los populismos del

XX

ha evolucionado en forma más compleja.

La

lucha por la emancipación fue también la de sus escritores por crear un lenguaje propio y autonómico. Si al comienzo de nuestro siglo se afirma conceptualmenté la democracia, es el modernismo el primer discurso original y pleno en lo literario. Angel Rama analiza la dialéctica interna y las interacciones histórico-culturales de este rico proceso en un estudio apasionan­ te que consolida un nuevo camino en la en­ sayística mayor de nuestro continente.

J

(2)

Angel Rama

LAS MASCARAS

DEMOCRATICAS

DEL MODERNISMO

(3)

LAS MASCARAS

DEMOCRATICAS

DEL MODERNISMO

(4)

Indice

Capítulo

1: Democratización de la sociedad y

la literatura

Notas

al Capítulo

1

Capítulo U: El arte de la democratización Notas al Cap. 11:

Capítulo III: I.a guardarropía histórica de la

so iedad burguesa Notas al Cap. lll Capítulo IV:

I.a canción del oro de la clase emergente Notas al Cap. IV

Capítulo V: El poeta en el carnaval democrático. Notas al Cap. V

Capítulo VI: Interpretación americana del texto universal. Notas al Cap. VI

11

29

31

73

79

106

109

147

151

170

173

193

(5)

NOTA INTRODUCTORIA

Una primera redacción del presente ensayo constaba de una cin­ cuentena de páginas, aún con fecha y destino impreciso hasta la rea­ lización de un estudio detallado y exhaustivo del Archivo de An¡:el Rama, todavía no agrupado ni ordenado definitivamente. Es presu­ mible que constituyera una ponencia, o una puesta en orden, cabal pero abreviada, referida a los estudios sobre el desarrollo cultural de América L:ltina, tema que ocupó sus últimos años de investiga­ ción y reflexión.

Sin duda, este ensayo debe verse en el marco de un estilo más am­ plio y al cual se integra su otro libro "La

dudad letrada",

aún cuan­ do muchas de sus ideas rectoras aparecen en artículos y ensayos an­ teriores. A la muerte de Angel Rama se encontró una segunda redac­ ción de mayor desarrollo y análisis dotada de un ordenado cue¡po de notas y apenas algunas correcciones de detalle, manuscritas. Esta segunda, cubría unas dos terceras partes de la primera versión y en ella trabajaba a ñnes de 1983.

Hemos optado por completar esta versión, más desarrollada, con los capítulos ñnales de la primera redacción con la cual se completa la obra. Por encima de los imposibles del caso, publicamos un libro en el cual el pensamiento de Ange! Rama brilla por la riqueza y pro­ fundidad de sus planteos y por lo fecundo de su magisterio,

(6)

I

DEMOCRATIZACION DE LA

SOCIEDAD Y DE LA LITERATURA

No preveía Thomas Hobbes en

1651,

cuando publica su Leviatán, que de las tres clases de República por insti­ tución que describe, en un ejercicio de rigurosa especu­ lación racic;>nal, la que menos atiende y estima habría de ser la que alcanzaría más ancha aceptación en los tiempos modernos. Ni la monarquía, que es el modelo que prefie­ re, ni la aristocracia, alcanzarían el éxito que estaría re­ servado a esa tercera que él definió en sus términos clási­ cos: "Cuando el representante es una asamblea de todos agrupados, es una democracia o república popular. •

La palabra élemociacia, bien exótica en esa fecha y aun durante el siglo siguiente, se haría protagónica a partir de las revoluciones burguesas -la norteamericana de

1 776

y en especial la francesa de

1789-

para ser plenamente aceptada, progresivamente, en los países hispanoameri­ canos nacidos de la Emancipación de

1810.

Uno de los mo_tivos de la reticencia, cuando no de la oposición hispa­ noamericana al Brasil durante el siglo XIX , fué el régimen monárquico allí imperante, que animó los vituperios de Lastarria.

Habiendo sido la consigna progresista del XIX euro­ peo, ya a mediados de ese siglo la palabra democracia le servía al colombiano José. María Samper (en quien pode­ mos ver a un fundador de la sociología latinoamericana) para una curiosa definición de la raza hispanoamericana

(7)

12

(que él prefirió llamar colombiana) concebida desde el ángulo de una incipiente y confusa antropología cultural:

Ella pertenece a una etnología enteramente nueva: es la raza democrática Es una raza sin pasado, que ha na­ cido de una revolución continental en el siglo XIX; raza sin nobles, ni plebeyos, toda de mártires y héroes, toda de ciudadanos hermanos, toda pueblo. Es una raza que, resultando de la fusión de las razas indígenas con la europea y la etíope, forma un compuesto crea­ do para la libertad, sin más título que el derecho, y te­ iuendo por runa la victoria de todos. 2

Pero si las repúblicas democráticas de la modernidad, comenzarían a aparecer y a hacer sus primeros ensayos públicos desde fines del XVIll, muy frecuentemente en­ mascarando las que Hobbes definía con rigor como repú­ blicas aristocráticas, el

proceso de democratización

de la sociedad europea se había iniciado con anticipación, pri­ mero con la evolutiva incorporación burguesa y luego con la de otros estratos sociales inferiores.

De hecho,

la

palabra democratización sólo alcanza su significado íntegro, históricamente hablando, en relación �_antc:_��r _campo de valores contrá el cual se formula, re­ volucionariamente, oponiéndosele por estimar que no es democrático, que ño representa los intereses de ios.más. La sociedad se democratiza cuando echa abajo las barre­ ras jerárquicas pre-existentes, o al menos algunas de ellas, aun cuando mantenga o edifique otras, las cuales a veces los

grupos

renovadores ni siquiera llegan a percibir. Esas barreras -conservadas o nuevas- serán objeto de posterio­ res embates democratizadores por las clases marginadas o inferiores de

la

pirámide social, ya se trate de clases so­ metidas de antes o clases generadas al servicio de los nue­ vos sistemas sociales. Lúcidamente, Marx observó ese proceso de sustitución de las clases en el poder:

Toda nueva clase que ocupa el lugar de la que domina­ ba anteriormente, para realizar sus fines está obligada

(8)

a presentar sus intereses ·como el interés colectivo de todos los miembros de la sociedad, expresándolo idealmente: de presentar sus pensamientos bajo forma universal, como los únicos racionales y universalmen­ te válidos.

Toda clase nueva, por lo tanto, establece su domina­ ción sobre un base más amplia que la antigua clase do­ minante; por eso, más tarde, el antagonismo de la clase no dominante contra la nueva clase dominante, se de­ sarrollará de una mánera aguda y profun

da

. 3

la descripción sólo se refiere a la ocupación plena del poder, pero de ella se infiere que la habitual emergencia progresiva de·una clase que se va formando -al tiempo que toma conciencia de sí- implica una modificación también progresiva de los valores vigentes en la sociedad, a través de una guerra de ideas (también de estéticas) que preludia la posterior guerra de las armas. La AufkHirung del

XVIII

dio e! modelo de esta mutación progresiva, cu­ yas manifestaciones aun puden comprobarse desde fines del XVII con nitidez.

Marx

llegó a ver cómo el triunfo burgués le era <tisputado en el XIX por los estratos emer­ gentes que el nuevo sistema et:onómico había forjado, los que desarrollaban un pensamiento, un estilo, un compor­

tamiento opositor. Este incesante proceso, que teje la di­ námica de la sociedad, también es reproducido por el arte.

Hubo democratización artística en el siglo XVIII, cuan­ do comenzó la que Arnold Hauser ha denominado "diso­ lución del arte cortesano" que se expresó primerantente en el rococó: "En el favor del público progresista ocupan las galantes escenas de sociedad de Watteau el lugar de los cuadros ceremoniales, religiosos e históricos, y el cambio. de gusto del siglo

se

expresa de la manera más clara en este tránsito de Le Brun al maestro de las

fétes ga­

lantes".

Tras él se a:bre paso "el ideal de sencillez y la serie­ dad de un concepto puritano de la vida", de tal modo que "al finalizar el siglo no hay en Europa sino un arte bur­

gués, que es el decisivo"

S. Hubo aún

más

visible

(9)

14

tización artística, expansivamente derram:tda por el XIX que fue el siglo republicano, burgués, social: nos dio la novela emocionalista y el melodrama románticos en que la prosa triunfa sobre la poesía y nos dio el realismo de prosa y poesía de mediados de siglo, orientado paradóji­ camente por los "artepuristas" Flaubert y Gautier. Hubo nuevos avances de la democratización; consciente y aun teorizada, en el final del siglo XIX, que nos proveyó de la pintura impresionista y del simbolismo poético. El impul­ so transformativo de ambas estéticas, respondió a una de­ mocratización curiosamente similar a la que había signa­ do al rococó inicial, con el cual compartió regímenes de expresión, salvo que no se desprendía de la aristocracia, sino de la burguesía que había ocupado su lugar en el po­ der, y que su circunstancia, social y estilística, fue dife­ rente, pues operó contra el realismo anecdótico de Cour­ bet (exceptuados sus solitarios retratos de rocas) o el na­ turalismo mecánicamente legalizador de Zola. Su pecu­ liar medio, dentro de la sociedad industrial triunfante a la que regía imperiosamente la burguesía vuelta su segura clase dominante, fue el de los pequeños empleados y ope­ rarios, decididamente urbanizados, o pueblerinos que acudían a las capitales, de la baja clase media.

Por debajo de las sucesivas conquistas -técnicas o artís­ ticas, políticas o sociales- de estos dos siglos largos, y diri­ giéndolas distantemente desde la infraestructura, se en­ contrará al impetuoso crecimiento demográfico y eco­ nómico de las sociedades occidentales, que nos deparan el proletariado, la baja clase media, las muchedumbres que pueblan las primeras ciudades masivas de la historia, los nuevos sistemas de producción industrial, la expan­ sión imperial, la agresiva política comercial de la burgue­ sía. Fueron acompañadas por fuertes demandas presenta­ das por los estratos que ascendían y que reclamaban un lugar dentro de la estructura cultural que, por anterior a ellos, los ignoraba, y a la cual fatalmente modificarían me­ diante su incorporación, fuera central o marginal, con­ sentida o arrancada a la fuerza: desde los austeros

(10)

burgue-ses a quienes interpretó Pope (o Bello) hasta los bohe­ mios de la clase baja entre quienes cantó Verlaine (o Da­ río).

Se

subieron al barco del mundo sin reparar en me­ dios, en franca pelea: venían de las profundidades, de los márgenes desdeñados, y se hicieron un lugar entre los que ocupaban espaciosos puestos sobre cubierta. Aca­ rreaban cosmovisiones propias, a veces simples e incluso distorsionadas por los orígenes sometidos de que proce­ dían, se caracterizaban por un aire aventurero y provoca­ tivo que tenía que ver con los modelos sociales estableci­ dos por los poderosos de la hora, y al introducir su visión dentro de aquella que regía desde antes el sistema, logra­ ron subvertirlo, trasmutarlo a veces, siempre modificarlo de alguna manera, aunque no podría decirse que lo susti­ tuyeran completamente.

Desde que Alexis de Tocqueville impasiblemente des­ cribió a sus compatriotas europeos cuál sería su futuro, leyéndolo en el espejo de La

démocratie américaine

(

1835-1840

)

, adquirió cuerpo y coherencia la alarma in­ telectual que, sin necesidad de prevalecerse de las viejas

Reflections on the Revolution en France

de Edmund Bur­ ke

( 1790

)

, atacaba la subversión de valores que acarrea­ ba la democratización y que se testimoniaba en las mu­ chedumbres urbanas generadas por la industrialización, que reclamaban derechos políticos y sociales.

Dentro de un abundante

corpus

doctrinal

se

inscribi­ rían las lecciones magistrales de Ernest Renan, los panfle­ tos flamígeros de Nietzsche e incluso la escuela socioló­ gica de Gustave

Le

Bon, que tanto pesara y ahogara a los latinoamericanos, más la beligrante lucha antimodernista de la Iglesia desde la pérdida de los estados papales en

1870.

El siglo de la ciencia, como se le llamó, era también el de la democracia, con su masificación y su vulgaridad, su materialismo y su igualitarismo, los que ponían en peli­ gro la entera estructura jerárquica de la cultura, agredien­ do a sus más conspícuos oficiantes. No solo los intereses económicos estaban en juego, sino también los cultura­ les, pues esta arremetida afectaba el principio mismo de

(11)

16

la propiedad, se tratara de tierras o de conocimientos, de acciones de la Bolsa o de exclusivistas degustaciones del arte.

Esa doble vertiente del siglo la sintetizó José Enrique Rodó, desde un punto excéntrico, el Montevideo de

1900,

en su mensaje a la juventud americana,

Ariel,

que concitara la adhesión de las juventudes cultas y ordena­ das de la época:

Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas fun­ damentales el desborde del espíritu de utilidad que da su nota a la fisonomía moral del siglo presente, con menoscabo de la consideración

estética

y desinteresa­ da de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la natu­ raleza -que, según intérpretes, ya adversos, ya favora­ bles a ellas, convergen a destruir toda idealidad por su base- son la una; la universal difusión y el triunfo de las ideas democráticas, la otra. ( ... ) Sobre la democracia pesa la acusación de guiar a la humanidad, mediocri­ zándola, a un Sacro Imperio de utilitarismo.•

El proceso democratizador había entrado a Améri.ca Latina de la mano de la expansión económica imperial ha­ cia

1870

y la enorme disparidad de los dos niveles que en­ tonces se pusieron forzosamente en relación, así como la violencia de esta irrupción transformadora y mediocriza­ da que para muchos traía riqueza, sembraron la alarma en el equipo intelectual que estaba formado en las tradicio­ nes aristocráticas de la cultura. Pues no empece la revolu­ ción emancipadora, eran esas tradiciones las que consti­ tuían el baluarte del núcleo intelectual de la vieja "ciudad letrada" colonial que seguía persistiendo a pesar del pasa­ je de Virreinato a República. Sin reconocer la cualidad aristocrática, elitista y clasista en que durante siglos se ha­ bía desarrollado la tarea de los intelectuales americanos, la cual había sobrevivido al cataclismo de la revolución, nada se puede entender de la conmoción que se produjo durante la modernización, ni se puede medir cabalmente qué significó ésta para los más jóvenes que sin pasar

por

(12)

las viejas y rutinarias vías que daban acceso al cogollo le­

trado, irrumpieron desde la calle tratando de apoderarse

de la literatura.

Más alarma experimentaron los intelectuales tradicio­

nales de aquellas zonas en que irrumpieron las masas fa­

mélicas de inmigrantes europeos, las que procuraban an­

siosamente las indispensables y básicas conquistas mate­

riales de la vida, sin parar mientes en cómo ni cuándo. Los

programas románticos abstractamente diseñados (el "go­

bernar es poblar" que hizo la fortuna de Alberdi) mostra­

ban su rostro real. Prácticamente no hubo intelectual al­

tamente educado que no se sintiera agredido por esas ma­

sas que ignoraban todo del pasado americano, se desen­

tendían de sus valores particulares

y

se aplicaban a asegu­

rar su situación económica sin mayor respeto por los sím­

bolos tradicionales. (Sólo unos pocos intelectuales, for­

mados en el mensaje revolucionario que venía con los in­

migrantes -el anarquismo internacionalista- fueron

capa-ces de encontrar positividad cultural y democrática a esa

17

hora del continente, como lo demostró con su obra

tea-tral Florencio Sánchez). En distintos grados, desde el

Ra-mos Mejía que reinterpretó las antiguas "multitudes

ar-gentinas" a la luz de las nuevas que presenciaba, hasta el

Rodó que, con

su

equilibrio, apostó a que a esa

democra-tización vulgar seguiría una nueva selección jerárquica

de los mejores, no hubo quien no viviera el período

como una subversión, pues efectivamente la

moderniza-ción burguesa y dependiente acarreaba una

democratiza-ción que desquiciaba los valores establecidos y fijaba una

contradicción que reproducía la que ya se había visto en

Europa. Por un lado instituía los mecanismos del

desarro-llo económico, respondiendo a la incitación externa; por

el otro procuraba contener a la población que convocaba

a esas tareas, tratando de mantenerla en una anterior

suje-ción.

Y

no solo por crudas razones clasistas, sino también

porque esta emergencia popular chocaba a los hábitos

elitistas que habían caracterizado tanto la vida política

como la intelectual, las cuales frecuentemente se

(13)

confun-I!S

dían en las mismas personas integrantes de un reducido

cogollo superior.

El fenómeno democratizador tuvo expresiones ópti­

mas en las regiones más diflámicas, que fueron en la épo­

ca las del sur del continente (de Rio de Janeiro a Santiago

de Chile, pasando por la cadena de ciudades:· Sáo Pauto,

Montevideo, Buenos Aires, Rosario) pero no dejó de ha­

cer sentir sus efectos en todas partes, aun en áreas como

la andina de escasa o nula inmigración. También en ella la

modernización acarreaba la emergencia de una pobla­

ción ineducada que reclamaba una participación, por

mínima que fuera, en los beneficios, lo que de hecho la

constituía, a los ojos de ia clase dirigente, en practicantes

del "utilitarismo". Es a esta percepción de una concupis­

cencia material que se estaría desarrollando en las socie­

dades latinoamericanas, tanto por los inmigrantes como

por los trabajadores nativos, tanto por los dispendiosos

nuevos ricos como por los sectores bajos en quienes sor­

presjvamente

se

registraban las mismas tendencias, que

debemos la cruzada anti-utilitarista que recorrió el conti­

nente. En su versión atemperada hizo el éxito del mensa­

je arielista de Rodó que desviaba el ataque dirigiéndolo a

los Estados Unidos, aunque su �ndamentación era sufi­

cientemente explícita co�o para que pudiera hacerla

suya el sector conservador, pues podía referir esa doctri­

na a las circunstancias sociales de cada país americano.

En su versión conservadora se la puede apreciar en los es­

critos y en la acción pública de dos jntelectuales altamen­

te educados de Colombia, Rafael Núñez (1825-1894) y

Miguel Antonio Caro (1843-1909) que fueron los forja­

dores del estado en el período de la modernización, res­

ponsables de la teoría política de la "regeneración" y de la

Constitución de 1886.

En su serie de artículos para El Tradicionalista

(1871-1876), Miguel Antonio Caro resucitó una polémica co

n

­

tra Bentham, desarrollando los principios de su Estudio

sobre el uplitarismo ( 1869) y de su jesuitas y artesanos

( 1867) referido

al

orden social, siendo el más lúcido y

(14)

coherente expositor del pensamiento conservador de la época?.

Lo

que en otros tratadistas se disfraza con conce­ siones al espíritu democrático o se amalgama con tradi­ ciones liberales americanas, en él adquiere un rigor esti­ mable, una exposición categórica a partir de una adhe­ sión sin fisuras al catolicismo militante de la lucha anti· positivista. Examinando las dos soluciones a la "reforma social" que con más nitidez polarizaron el pensamiento del XIX según su opinión, la católica y la socialista, Caro fundamentó el principio de la desigualdad, como obliga­ da llave del orden social:

tratar· de anular las desigualdades es tratar de anular el orden, y en último resultado las existencias; porque las existencias conspiran al orden mediante relacio­ nes; quien dicoe relaciones, dice desigualdades. Para relacionarse dos seres, han menester que uno

no sea

lo que el otro es: ¡desigualdad! Es menes

te

r que uno no esté donde está el otro; ocuparán situaciones co­ rrelativas que se llamarán

"arriba

y

abajo, derecha e

iz­

quierda:

¡desigualdad! Luego, eliminar las desigualda­ des es eliminar las existencias.•

Obviamente de tal concepción se deduce la organiza­ ción paternalista del Estado, la jerarquización clasista de la sociedad, las limitaciones de la soberanía popular me­ diante el establecimiento de un orden estricto acompa­ ñado de deberes impuestos, la oposición franca al llama­ do "dogma de las mayorías" propuesto por los utilitaris­ tas, quienes, según Caro, "suelen presentarlo siempre como programa de conducta y de gobierno y en esto pro­ ceden por temor de declarar con franqueza que su verda­ dero programa es el de su interés, su bienestar o sus capri­ chos". La oposición a los utilitaristas, efectivamente, com­ bate la tendencia hedónica, capital en el pensamiento de Jeremy Bentham y de john Stuart Mili, (cuya raigambre burguesa analizó perspicazmente Marx) que se estaba re­ gistrando en la sociedad latinoamericana a un siglo de la

publicación de la

Introduction to the Principles ofMorals

(15)

20

and Legislation

(

1780 )

,

lo que mide el desfase entre la

metrópoli

y

la colonia, no solo en cuanto a pensamiento,

sino en cuanto a la construcción de las bases socio-eco­

nómicas que amparan su surgimiento. Ciertamente podía

haber una parte en el discurso crítico de C�o que res­

pondiera a un doctrinarismo abstracto, pero su actividad

pública corrobora la importante parte que debe recono­

cérsele en tanto respuesta a situaciones sociales que esta­

ba viviendo.

En ese texto augural de su larga campaña ideolOgica,

destinado a refutar las tendencias utilitaristas de la socie­

dad burguesa en ciernes, Miguel Antonio Caro parece vi­

sualizar

las

aún no florecidas bases del modernismo,

y

arremete tanto contra el subjetivismo idealista como

contra el hedonismo utilitario que con claro rigor inte

­

lectual reconoce opuestos a la enseñanza religiosa, aun­

que le falte el mismo rigor para comprender que son fuer­

zas de esa misma sociedad burguesa que patrocinó

y

apuntaló desde el poder, amparando así una contradic­

ción entre las bases materiales que defendió (la famosa

trilogía de propiedad, seguridad y

orden)

y

la cúspide

que respondía a ellas, a la cual combatió por su flagrante

oposición al catolicismo.

El idealista se refugia en d

yo,

y el utilitarista en

el pla­

cer,

modificación del

yo;

y de ahí no salen. Esas

mis­

mas ideas,

yo, placer,

independ

i

en

tes

de

la idea funda­

mental de Dios, de Dios por quien el yo existe, por quien el placer se produce, sin el cual el yo y el placer nada significan; esas mismas ideas así aisladas, anula­ dos los objetos que representan, se desustancian y anulan ellas mismas. Son círculos fatales de ignorancia y de contradicción. Así el idealista y el utilitarista, ba­ jan como Satanás al abismo, en su esfuerzo insensato de ponerse en lugares de Dios.9

No era menor que la de Caro la cultura letrada de Ra­

fael Núñez, aunque estuviera filiada en un linaje liberal

que él hizo converger al conservador y. registrara un

(16)

co-nocimiento

�ás

atento de la obra de Spencer. Su proposi­

ción de la "república autoritaria" no se respaldaba en el

catolicismo ultramontano cómo eQ. Caro, sino en la típica

política de la modernización (orden, paz y administra­

ción) que promovía un desarrollo económico burgués, a

cuyo servicio estaba dispuesta a poner las fuerzas restric­

tivas y equilibradoras de la Iglesia para evitar el desborde

popular que obviamente reclamaría su parte en los bene­

ficios. Era la misma contradicción que apuntamos. en

Caro, vista desde el otro ángulo: el de la sociedad burgue­

sa racional (y agnóstica) que se fomentaba y cuyos forzo­

sos efectos democratizadores quería impedir o, al menos

reducir, gracias al encuadre ideológico que prestaba la

Iglesia. Núñez y Caro coincidieron así en el mensaje que

el primero dirigió

al

Consejo de Delegatorios para expe­

dir

la Constitución centralista de

1886: "En lugar de un

sufragio vertiginoso y fraudulento, deberá establecerse la

elección reflexiva y auténtica; y llamándose, en

fin,

en au­

xilio de la cultura social los sentimientos religiosos, el sis­

tema de educación deberá tener por principio primero la

divina �eñanza cristiana ( ... ) A

lo expuesto se agrega la

necesidad de mantener, durante algún tiempo, un fuerte

ejército, que sirva de apoyo matedal a la aclimatación de

la paz".10

En uno .de esos curiosos artículos con los cuales Rafael

Núñez aSpiraba a gobernar ("El realismo en política",

1882) establece un singular paralelismo entre la degrada­

ción del realismo en literatura que, guiado por el "excesi­

vo espíritu de análisis" conduce a la corrupción de la no­

vela naturalista, y la para él similar degradación del si'Ote­

ma político que se había podido ver en la Revolución

Francesa, pasando de los ¡¡.].tos ideales de libertad a la "vul­

gar

Carmañola" para por último recalar en "la dinastía na­

poleónica". Su conclusión literario-política se resume en

estas líneas:

"!.'¡o

A principio de este esc,rito se ha visto donde puede llegar el descendente curso del realismo en

(17)

22

teratura. Una degeneración equivalente tiene que ocurrir respecto del realismo que se ensaya en políti­ ca. De la pretendida República verdadera se pasa a la oligarquía o al despotismo, como de la abolición del culto religioso se desciende a la estéril y triste incre­ dulidad, y de la supresión de la estética, en el arte, se cae en el albañal de las novelas llamadas naturalistas.

"

Ambos escritores-políticos expusieron así, de manera

más sistemática que en cualquier otro punto del conti­

nente, una doctrina conservadora de la modernización

que rotaba sobre una contradicción intema: aspiraba a

desarrollar las potencialidades económicas de la socie­

dad burguesa (la fundación del Banco Nacional, las emi­

siones de papel moneda, el sistema crediticio, sobre cuya

filosofía disertó malabarísticamente Caro) y al mismo

tiempo restringir el impulso democratizante que acarrea­

ba, no solo en el campo social y político, sino asimismo

en la filosofía y en la literatura, con una amplitud de vi­

sión intelectual que fue raro encontrar en otros políticos

conservadores, aunque estos compartieran el esquema

interpretativo y procuraran actuar del mismo modo.

La

sólida formación intelectual de Rafael Núñez y Mi­

guel Antonio Caro, como la de José María Samper (

1828-1888) o Marco Fidel Suárez (1855-1927) permitió que

proporcionaran exposiciones orgánicas de la doctrina

conservadora, que además pusieron en práctica a través

de su acción como gobemantes, y el hecho de que todos

fueran capaces ejercitantes de las "bellas letras", los auto­

rizó a fijar los equivalentes literarios de esa doctrina. Caro

fue el fundador de la Academia Colombiana de ia Lengua

( 1872), la primera que

se

constituyó en América, como

correspondiente de la española, y fue el tenaz abogado de

la causa cultural hispánica en un período de avasallante

influencia francesa, practicando la misma restricción del

espíritu de análisis que defendió en su escrito Rafael Nú­

ñez, oponiéndose a la evolución estética que en la Europa

(18)

democratizada llevada al naturalismo, al impresionismo, al simbolismo.

En contraposición a esta maciza doctrina restrictiva, conviene examinar la visión que tenían de la época los es­ critores más jóvenes o que habitaban en zonas de mayor dinamismo. Antes de concentrarnos en el impetuoso cri­ sol que representó Buenos Aires, resulta útil la consulta de los escritos de un escritor mexicano, quien también sería amigo del orden, el Justo Sierra

( 1848-1912)

que a los veinte años se c>..strenaba como poeta, ensayista y cro­ nista en los periódicos mexicanos.

Había comenzado por percibir agudamente que Amé­ rica Latina se incorporaba a un período internacionalista. Hablando todavía de Lamartine, antes de su descubri­ miento admirativo de Victor Hugo, decía en

1869:

"Ma­ ñana quizá deba inaugurarse esa gran civilización que dará una sola alma a la humanidad". Dos años después examina con rigor la situación de la literatura en México,

partiendo de un principio estrictamente opuesto al de 23 Rafael Núñez, ("El carácter distintivo de nuestra época es

la crítica"; "Las tendencias positivistas han dado margen al inmenso desarrollo del espíritu de examen") que le au-toriza a apostai" confiadamente sobre la inmensa renova-ción intelectual en curso y legitimar la "ansiedad nativa" que ella provocaba:

en esa sed inextinguible de ciencia, anatematizada tor­ pement� por la autoridad teocrática, entra por mucho el espectáculo de tanto absurdo pulverizado, de tanta creencia desvanecida, de tantas preocupaciones que habían acabado por atrofiar el cerebro humano, com­ primiéndolo con el lento depósito de los siglos, y re­ ducidas a humo bajo la acción de la ciencia y de la filo­ sofia, como la yesca bajo el doble influjo de los espejos conjugados. 12

Es

un artículo polémico que se refiere fundamental­ mente al tan debatido problema del "teatro nacional" pero que en vez de sumarse al coro lacrimógeno de

(19)

quie-24

nes en toda América pusieron sus fracasos a la cuenta de la ignorancia de sus países, reconoce objetiv�ente la si­ tuación: "El hecho es que en el día, nadie, nadie hace caso de la literatura nacional bajo ningún aspecto".

Ve la solución en la conquista del interés del público (y secundariamente del gobierno) mediante obras que efec­ tivamente respondan a sus apetencias, lo que implica al­

canzar la misma eficacia y atraccón de las obras extranje­ ras a las que el público sí concurría, por lo tanto imitando sin vacilar ("imitad, aunque os digan que esa es literatura extranjera"), teoría que reiterará provocativamente en textos posteriores, pero que en éste todávía es justificada con viejos modelos de los que pronto se alejará. Sierra de­ fiende a la falange joven que piensa está ya en esta vía, jus­ tifica la aclimatación de "la escuela realista, hija legítima de nuestro siglo", y sobre todo encarece el esfuerzo crea­ tivo libre, indagatorio, descubridor, de los "pobres bohe­ mios" que navegan en el caótico panorama de su tiempo, confiando en ellos, respetando sus sufrimientos. Años después, en el prólogo a los poemas de su amigo Manuel Gutiérrez Nájera publicados póstumamente en

1896,

vuelve sobre este asunto obsesivo, haciendo un recono­ cimiento explícito de las condiciones especialmente confusas y angustiosas de la época, encontrando que los poetas las

han

expresado correctamente, al precio de in­ gentes sufrimientos personales:

"¡El pesimismo de los [óvenes poetas es una actitud, no es un sentimiento!" dicen los tlamantes espirituales discípulos de Pangloss. ¡Así, pues, la-pérdida del rum­ bo en pleno océano (porque la ciencia solo sirve, y ad­ mirablemente, eso sí, paca la navegación costanera por los litorales de lo conocido), la intuición invenci­ ble de la inmensidad de lo desconocido, la ocultación de la antiquísima estrella polar que se llamaba la Reli­ gión, el enloquecimiento de la aguja de marear que se llamaba la conciencia Ubre, no son motivo de suprema angustia, no son capaces de trascender a toda nuestra sensibilidad y de enlutar la

lira,

como asombran el

(20)

alma con la más densa de las sombras! ¡Y eso no es dig­ no de ser llorado y clamado en sollozos y gritos inmor­ tales! ¡Ah!, si todo eso es una actitud, es la actitud en que nos ha colocado la civilización, la actitud de Lao­ conte entre los anillos de las serpientes apolíneas." Aun antes, en un texto que puede ser considerado el

Maniti.esto de la modernidad

en Hispanoamérica, el pró­ logo que escribió para la edición del

Poema del Niágara

del venezolano Juan Anto.nio Pérez Bonalde (Nueva York,

1882),

José Martí había ofrecido una precisa des­ cripción de la confusión contemporánea, viéndola en una perspectiva sociológica nítida, como "una época de ela­ boración y transformación espléndidas", como "el tiem­ po de

las

vallas rotas" pues ya no se tropezaba con el con­ vento o el solar de los señores, como una "época de tu­ multos y de dolores" en el cual no había "obra permanen­ te, porque las obras de los tiempos de reenquiciamiento y de remolde, son por escencia mudables e inquietas", cuando "no hay caminos constantes, vislúmbranse ape­ nas los altares nuevos", la é¡>9Ca, en fin, en

la

que se proce­ día a "la elaboración del nuevo estado social".l4 Su vi­ sión de la época no es muy diferente de la que tuvieron sus amigos mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Justo Sierra, ni diferente su respeto por la dificil navegación de los escritores a través de ella. Junto a la inquietud y desa­ sosiego que esta prodigiosa mutación provocaba en los artistas, el otro rasgo insistentemente analizado por José Martí, es el que corresponde a

la

democratización cultu­ ral que se había producido vertiginosamente, de la cual él ya había conocido la expresión de punta en el panorama mundial, representada por el New York de

1880.

Acarrea­ ba una subversión de los tradicionales sistemas producti­ vos de literatura y la instauración de nuevos y desconoci­ dos que Martí vió

eri

pasmosa agudeza critica

y

a los cua­ les se debió esa fulgurante respuesta líriCa que constituyó el

Ismaelillo (

1882 )

, que más que hijo de su hijo lo fue del sacudimiento que experimentó Martí ante la experiencia

(21)

26

de la modernidad democrática y de sus nuevas pautas de producción artística.

Si revisamos este texto anhelante, podremos despren­ der algunas de las características del

sistema productivo

democrático

que se había inaugurado para la poesía:

(

1)

ya no podían concebirse las obras macizas, largamente pensadas y elaboradas, las que habían sido sustituídas por el espontáneo poema corto, el texto rápido y certero: "impresión, choque, golpe de ala, obra genuina, rapto sú­ bito";

(2)

ya nada podía quedar encerrado en pequeños grupos en un tiempo en que "el periódico desflora las ideas grandiosas" y donde por .lo tanto "todo es expan­ sión, comunicación, florescencia, contagio, esparcimien­ to";

(3)

ya los pensamientos no eran únicos y permanen­ tes, sino que nacían del comercio de todos y entraban en un tráfago multitudinario, pues las "ideas se maduran en la plaza en que se enseñan, y andando de mano en mano, y de pie en pie";

( 4)

ya no quedaban "entidades su­ prahumanas recogidas en una única labor de índole teni­ da por maravillosa y suprema" sino que se asistía "a una descentralización de la inteligencia" que también se re­ producía en la 'e5tetka: "Ha entrado a

lo bello dominio de todos";

(5)

ya, sobre todo, no había sitio para las con­ venciones heredadas, ni para las construcciones al ímpe­ tu de libertad que anidaba en el pecho de los hombres, quienes debían recuperar su individualidad, ser ellos mis­ mos y no "lo que le añaden con sus lecciones, legados y ordenanzas los que antes de él han venido", siendo esta la clave de la originalidad artística y simultaneamente de la libertad política.

Por eso el texto martiano encarece supremamente la recuperaciÓn de la personalidad propia, fuera de las illo­ sofías, las religiones o los sistemas políticos establecidos, condena la "vasta morada de enmascarados" en qué la tie­ rra se ha tornado y entona un himno al libre albedrío:

Asegurar el atbedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma propia; no deslucir con la imposición

(22)

de ajenos prejuicios las naturalezas v.írgenes, ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni im­ pelerlas por una vía marcada. ( ... )Ni la originalidad li­ teraria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse. Urge devolver los hom­ bres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el despertar de sus sentidos y recarga su inteli­ gencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso."

Es este uno de los primeros textos, y sin duda de los más categóricos, en una serie que se prolongará por casi tres décadas con coincidencia de las mayores personali­ dades poéticas de la época (Darío en

1896:

"mi literatura es mía en mí, quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal"; Valle Inclán en

1908:

"si en literatura existe algo que pueda recibir el nombre de modernismo, es, ciertamente, Un vivo anhelo de personalidad") respal­ dando los tres rasgos con que Onís caracterizó a la época: "el subjetivismo, el afán de libertad individual y la vo­ luntad de innovación",'6 los cuales sintetizan el espíritu que animaba a la nueva sociedad.

Individualismo

es palabra que cobra carta de ciudada­ nía en el XIX para designar una tendencia que será com­ batida tanto por el pensamiento de derecha (de Xavier de Maistre a Maurras) como por el pensamiento de la iz­ quie•·da (los saint-simonianos, aunque Fourier y el mismo Marx la evaluarán positivamente) y que fue vista asociada a la república burguesa en oposición al régimen aristocrá­ tico. Así la percibió Tocqueville, como un producto de la disolución de la sociedad aristocrática: "El indivualismo es de origen democrático y amenaza desarrollarse a me­ dida que las condiciones se igualan" dirá, y lo condenará porque destruye el orden jerárquico del

Ancien Régime:

la aristocracia había hecho de todos los ciudadanos una larga cadena que llegaba desde el aldeano hasta el

(23)

28

rey. La democracia la rompe y pone cada eslabón apar­ te.

Así, la democracia no solamente hace olvidar a cada hombre a sus abuelos; además, le oculta sus descen­ dientes y lo separa de sus contemporáneos. Lo condu­ ce sin cesar hacia sí mismo y amenaza con encerrarlo en la soledad de su propio corazón.'7

El individualismo, efectivamente, habría de regir la

vida económica y social de América Latina, en una rara y

breve interrupción o aflojamiento de su tradicional con­

centración del poder,

y

obviamente regiría del mismo

modo a la literatura. El liberalismo económico y la demo­

cratización que avanzan con vigor desde 1870, nos d

a

­

rían un hirviente período de individualidades creativas

que explícitamente se opondrían a toda clasificación

dentro de rígidas escuelas y solo aceptarían la participa­

(24)

Notas

al Cap. 1

l . Thomas Hobbes,

Leviatán

(trad. de Antonio Escohotado, in· troducción de Carlos Moya), Madrid, Editora Nacional, 1979, p.

278.

2. José María Samper, "La confederación colombiana" en

El Fe·

rrocarril, Santiago de Chile, enero de 1859 y recogido en

Unión

y confederación de los pueblos hispanoamericanos,

Santiago de Chile, 1862, reproducción facsimilar, Panamá, Ediciones de la revista

Tareas,

1976 (con prólogo de Ricaurte Soler), pp. 349.· 350.

3. Karl Marx,

Oeuvres choisies,

Paris, Gallimard, 1963, t. J,pp. 1 42·3.

4. Arnold Hauser,

Historia social de la literatura y el arte,

Ma· drid, Guadarrama, 1 962, t. 11, p. 25.

5. Ob. cit., p. 16.

6. José E. Rodó,

Ariel. Motivos de Proteo,

Caracas, Biblioteca 29 Ayacucho, 1976, p. 23.

7. V. Jaime Jaramillo Uribe,

El pensamiento colombiano en el si·

glo XIX,

Bogotá, Editorial Temis, 1974, ( 2a. ed.).

8.

Antología del pensamiento conservador en Colombia,

Bogo· tá, Instituto Colombiano de Cultura, 1982, ( ed. Roberto Herre· ra Soto), t. 1, p. 3 1 2.

9. Ibídem, p. 297.

10. V. Alvaro Tirado Mejía, "El Estado y la política en el siglo XIX", en

Manual de Historia de Colombia,

Bogotá, Instituto Co· lombiano de Cultura, 1978/9, t. ll.

1 1 . V.

Pensamieuto conservador (1815·1898), Caracas, Biblio·

teca Ayacucho, 1978

(

ed.

]osé Luis Romero y Luis Alberto Ro·

mero) pp. 79·99.

1 2. Justo Sierra,

Obras completas,

t. III,

Crítica y artículos litera·

ríos,

México, UNAM, 1977, p. 98.

1 3. Ob. cit., p. 4 10.

1 4. José Martí, "El poema del Niágara" en

Obra literaria,

Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 205·2 17. Ver mi ensayo "La dia· léctica de la modernidad en José Martín, en

Estudios martianos,

San Juan, Editorial Universitaria, 1974, pp. 1 29· 1 97.

(25)

30

16. "Sobre el concepto de modernismo" ( 1949

)

, en España en

América, San Juan, Editorial Universitaria, 1968 ( 2a. ed.

)

, p. l 79. 1 7. Alexis de Tocqueville, La democracia en América, México, F,C.E., 1957, p. 466, 467 (libro 11, Cap. 11)

(26)

JI

EL ARTE DE

LA DEMOCRATIZACION

Los cambios históricos no son el producto de mutacio­ nes bruscas y conclusivas, ni siquiera cuando son promo­ vidos por revoluciones, y aun éstas, cuando son auténti­ cas transformaciones profundas, obedecen a modifica­ ciones graduales que se han producido en la estructura económica y han ido contaminando los diversos niveles de la sociedad. Aun aquellos períodos de cambio de dura­ ción relativamente reducida, al ser examinados en detalle revelan que están compuestos de tendencias evolutivas. de progresivas modificaciones, de desplazamientos gra­ duales de distintas concepciones, las que incluso pueden aparecer superpuestas en un mismo tiempo.

En los estudios que he consagrado a una esfera más am­ plia que la literaria, como es la de la cultura latinoameri­ cana en ese período que la investigación histórica, eco­ nómica y socioló

gi

ca se ha acostumbrado a llamar de la

modernización

y que se extiende aproximadamente de

1870

a

1920,

he podido reconocer, ba

j

o el impulso gene­ ral que la constituye, el cual se ya intensificando median­ te su propia acumulación a lo largo de ese medio siglo, di­ ferentes estados o momentos de una misma evolución. Entre ellos hay perceptibles diferencias, tanto en los comportamientos sociales como en las paralelas expre­ siones literarias que son las que aquí nos interesan. Hay también diferencias entre las distinas áreas culturales del

(27)

32

continente, aunque ellas no alteran las tendencias evolu­ tivas fundamentales sino que modifican los tiempos en que se producen y sus intensidades.

La atención para el proceso cultural concreto del con­ tinente tiene la ventaja de evitar dos habituales riesgos de los estudios latinoamericanos: la mecánica transposición al continente de los procesos sociales y culturales del mundo capitalista que en el período influyen sobre Amé­ rica Latina (Europa y Estados Unidos) y la rígida aplica­ ción de teorías interpretativas que se han fraguado en el cauce europeo, distorsionando así la peculiaridad del proceso cultural latinoamericano. (Cuando ya nos creía­ mos liberados de las teorizaciones positivas y nacionalis­ tas hemos caído en las mismas mecanicidades con las pre­ suntamente marxistas por quienes, una vez que aprenden el esquema, lo hacen calzar como sea sobre la realidad la­ tinoamericana).

La modernización, como nunca debemos olvidarlo, no nace de una autónoma evolución interna sino de un re­ clamo externo, siendo por lo tanto un ejemplo de contac­ to de civilizaciones de distinto nivel, lo que es la norma del funcionamiento del continente desde la Conquista. Si bien fue un largo reclamo de las culturas latinoamerica­ nas (la capital obra de Sarmiento) sólo comenzó a ser rea­ lidad cuando las demandas económicas de las metrópolis externas se intensifican tras la Guerra de Secesión en Es­ tados Unidos y la franco-prusiana en Europa. Las apeten­ cias internas y externas se conjugaron óptimamente en ese momento, aunque las segundas dispusieron de una potencialidad incomparablemente mayor que las prime­ ras, las que a veces se confundían con una simple y quejo­ sa reclamación de ese "orden y progreso" que concluiría siendo la divisa positiva del período. ·

Las metrópolis inyectan un nuevo dinamismo en la re­ gión, proponen modelos de organización económica y de estrUcturación social y reclaman el rápido ajuste a sus re­ querimientos, cosa nada fácil pues es de sobra sabido que

(28)

ninguna sociedad se prepara previamente para la even­ tualidad de un futuro desarrollo económico. La acción externa implica una ingente reacomodación, la cual no puede sino pasar por etapas evolutivas, a medida que se generan modificaciones de la demanda, a veces perma­ nentes -el café, los cereales- y otras temporarias y erráti­ les -el caucho, el guano- las que a su vez están sujetas a bruscos deterioros de precio y volumen, según las cir­ cunstancias metropolitanas, todo lo cual compuso ese pa­ norama agitado e inseguro que conoció el período, don­ de los espléndidos avances encadenaban rápidamente con depresiones dentro de un clima de improvisación y de aventurerismo.

De los numerosos indicadores de ese progreso que los sectores urbanos comprobaron, ninguno más alecciona­ dor que la reinversión de la estancada curva demográfica latinoamericana que gracias al grueso aporte de inmi­ grantes europeos comienza a elevarse, compitiendo tar­ díamente con la norteamericana y anunciando la instau­ ración de más fuertes mercados nacionales'. "En un me­ dio siglo, entre

1 850

y

1 900,

Latinoamérica duplicó su población. De

30,5

millones pasó a ostentar

6 1 ,

progre­ sando a razón de

1,4

por ciento anual. Esta tasa era dos tercios superior, aproximadamente; a aquella con la que había crecido durante el siglo precedente"2 y la mayor parte de su aumento se situó a partir de

1 880

gracias al aporte inmigratorio que alcanzó sus mejores cifras en Brasil, Uruguay y Argentina. En este país, señala Sánchez Albornoz, "el tope de la influencia extranjera se sitúa en

1 9 1 4;

un

30

por ciento de los residentes habían nacido entonces fuera del territorio nacional. En ningún mo­ mento de su historia fueron tantos los extraños en los Es­ tados Unidos; a lo sumo, la mitad de esa cifra".3

Ese crecimiento es directo responsable de la urbaniza­ ción, al sumarse los inmigrantes europeos a los que vie­ nen de los campos nacionales pauperizados. 4 Por primera vez en la historia de América las ciudades triunfan sobre

(29)

las áreas rurales, imponiéndoles su conducción e incor­ porándolas a la unidad nacional y a sus planes económi­ cos. En la medida en que es entonces que se constituyen las "literaturas", éstas aparecerán como productos urba­ nos y las diversas líneas creativas, tanto cultas como po­ pulares, registrarán marcadamente las pautás urbanas. Tanto la urbanización como la heterogeneidad de los aportes demográficos que robustecen las ciudades, impli­ caron ingentes y contradictorias reacomodaciones cultu­ rales, frecuentemente bajo la forma de estratificaciones que seguían la distribución en clases. Esa variada masa ur­ bana será la que reciba primero el impacto modernizador y la que vaya adaptándolo a sus propios requerimientos, para trasmitírselo luego a los pueblos y comunidades ru­ rales. Rigió aquí una ampliación progresiva de la base contaminada por la modernización, en la medida en que ésta fue aumentando su acción y reclamando nuevos sec­ tores participantes del proceso, lo que a su vez auspició

34

contradicciones y luchas sociales, acompañadas por su­ cesivas transformaciones educativas, religiosas, doctrina­ les. La modernización arrasará sectores que

se

le oponen (el doblegamiento de los campesinos), generará nuevos estratos ( los proletarios), despertará apetencias desco­ nocidas y desencadenará una movilidad social, inespera­ da en las tradiciones de la región.

Cuando

se

va anunciando en la década del

70,

encuen­ tra solo una muy restringida élite intelectual para atender a sus demandas. Su número de integrantes era excesivo para las necesidades de la anterior sociedad estancada, se­ ñorial y jerárquica, y desde luego se conocían todos, te­ nían relaciones personales y por lo común vivían en el es­ pacio de unas pocas cuadras que conformaban el centro urbano. Pero la modernización comprueba bruscamente que los recursos intelectuales de que se disponía eran no­ toriamente insuficientes para la nueva coyuntura. Resulta pintoresco que una de las argumentaciones de Rafael Nú­ ñez en favor de la conjunción de los dos partidos, liberal y conservador, fuera que "nuestra población

(30)

medianamen-te culta es poca, y los elementos personales de gobierno que ella suministra, son, por fuerza, escasos.

La

absoluta exclusión de un partido es, por tanto, un grande error ad­ ministrativo que casi raya en imposible moral" '

La

experiencia que hicieron los-latinoamericanos en el último tercio del XIX, fue la de la apertura del horizonte social que favoreció los raudos ascensos sociales que dan la tónica y aun la mitología de las sociedades burguesas dinámicas. También los latinoamericanos revivieron las apetencias y frutradones de los Julien Sorel o Eugenio de Rastignac en la Francia de la primera mitad del XIX. Hubo circunstancias que incitaron el espíritu aventurero y oportunista, con quejas de sobra conocidas en relación a la nueva clase burguesa de la época, pero bastante menos vistas cuando se habla de los escritores, quienes eran sin embargo miembros de la misma sociedad y tiempo, so­ metidos a similares impulsos.

Más aún porque la multiplicidad de nuevas funciones generadas por la modernización, les dio posibilidades de trabajo y los puso en repentino contacto con las fuerzas operantes sobre el público. Para tomar un solo ejemplo, el brusco avance de la prensa absorbió prácticamente a todos los escritores existentes y como no resultaban sufi­ cientes, debió improvisar a muchos más para atender a sus urgentes necesidades, lo que provocó conflictos de competencia y de jerarquización profesional. • Los mis­ mos escritores fueron reclamados a la vez para la docen­ cia y también resultaron insuficientes. Los Institutos nor­ males y profesionales creados entonces no eran tampoco capaces de abastecer los puestos que reclamaba la am­ pliaCión educativa, lo que en la época provocó un recluta­ miento indiscriminado de alfabetizadores y una contrata­ ción masiva de maestros extranjeros, sobre todo españo­ les.

El primer segmento de la modernización, que se ex­ tiende desde 1870 hasta bien entrada la década siguiente, concedió, por las razones expuestas, un papel protagóni­ co a los intelectuales. Eran pocos los que estaban

(31)

36

dos y dotados para comprender la hora internacionalista que se había instituído (sumándose al equipo de audaces burgueses nacionales del tipo de Mauá, que desempeña­ ron el papel de capitanes de industria, aunque más fre­ cuentemente, el de simple especuladores), por lo tanto capaces de formular la doctrina adecuada al momento.

Lo

hicieron saqueando las filosofías europeas en boga y con­ sagrándose a la que fue su principal tarea: la formación de equipos intelectuales mediante la educación. Para citar dos nombres claves: en México lo hizo Gabino Barreda desde la

Oración cívica

de

1 868

en que traspuso Comte a la historia nacional, y en Brasil Tobías Barreto, quien des­ de

1 882

anima la

Escuela de Recife

e introduce la filosofía alemana en América, luchando con la influencia francesa que estaba creciendo. Ellos enmarcaron ideológicamen­ te la renovación social y es por eso que, siguiendo los agu­ dos estudios de Roque Spencer Maciel de Barros para el Brasil, he designado ese .primer momento del período ge­ neral (que llamo de la

Cultura modernizada internaciona­

lista

)como el de la

cultura ilustrada.

Nadie ha visto mejor la importancia de este equipo y su extraordinaria acción pública que Maciel de Barros, al es­ tudiar la evolución universitaria de un país que se había caracterizado, bajo el suave despotismo culto de Pedro 11, por haber desarrollado una alta y dotada clase intelectual: "sob o infiuxo dos autores "pópulares" do seculo XIX, criamos un movimiento "ilustrado" que, sob forma nova, de certo modo desempenhou um papel semelhante ao do iluminismo na Europa do século XVIII". 7 Su estudio se re­ fiere solo al Brasil, pero es patente su penetración, si se revisa desde esa perspectiva lo que por las mismas fechas ocurría en el resto del continente. las mismas palabras pueden aplicarse en México a la acción de Ignacio Alta­ mirano y su grupo tras la restauración de la Repúbiica, o a la tarea educativa que en Cuba cumple Enrique José Ve­ rona y en Santo Domingo Eugenio María de Hostos, o a la profícua actividad de quienes han sido denominados en la Argentina como los miembros de la "generación del

(32)

80", patricios en buena párte que cumplen plurales fun­

ciones como periodistas, ministros, educadores, y tam­

bién literatos o, mejor, a la francesa, "hommes de let­

tres".7

bis.

La aproximación de esta rica generación, (don­

de caben no solo los liberales citados, sino también los

conservadores a que ya hicimos referencia) con los ilu­

ministas del

XVIII,

es extraordinariamente fecunda, aun­

que provoque una desarticulación de los tiempos cultu­

rales a la europea que es habitual se sigan en la historio­

grafía americana, cuando lo propio del continente es una

arritffiia temporal respecto al modelo extranjero. Del

mismo modo que en la modernización, florecen proyec­

tos típicamente románticos que no llegaron a cuajar en la

época adecuada (la citada constitución de las "literatu­

ras"), también reaparecen problemas, debates, concep­

ciones, típicamente iluministas, que nos permiten com­

pensar la endeblez del pensamiento americano de la Ilus­

tración.•

Los escritores de ese primer perí� todavía siguen

manejando la variedad c:te asuntos que fue propia de los

enciclopedistas; son tantó o más ideólogos (y educado­

res) que artistas, como fue en cambio la norma de sus su­

cesores; actúan indistintamente en los campos de la polí­

tica, la filosofía y las letras; tienen una decidida vocación

internacionalista, con un registro de una amplitud uni­

versal que ya no conocieron quienes los siguieron; son

mayoritariamente hijos del positivismo (Spencer o Coro­

te) y del realismo, aunque pueden rastrearlo hasta Steme

( Machado de Assis) y combinan la omnímoda influencia

victorhuguiana con el rigor parnasiano.

Dado lo restringido de su número, en las circunstan­

cias amplificadas que comienzan a vivir, se produce en

América Latina esa curiosa inversión característica de los

períodos ilustrados: el desarrollo que vive la cultura pare­

ce nacer de las ideas más que de las transformaciones rea­

les de la sociedad y el movimiento generado responde a

la estricta tarea intelectual que busca imprimirse sobre lo

real. Además, estas ideas parecen venir todas de fuera

(33)

38

como urgentes importaciones para cubrir. vacíos y ana­

cronismos. Maciel de Barros ha valorado honradamente

esta situación paradójica, al reconocer las ventajas que

acarreó para desestancar a la América Latina e introducir­

la en la contemporaneidad:

ésse caminhar das idéias muito antes dos fatos e faz que compreendamos que essa civiliza<;ao "litoranea",

voltada para a Europa, a espera de novos figurinos e novos livros, nao era um luxo, um requinte, urna alie­ na<;ao da realidade; compreendendo que o Brasil era, como é, urna na<;ao típicamente ocidental -e nao ape­

nas "portuguesa", como muito menos o era "indígena" ou "africana"- éstes homens buscaram os instrumen­ tos capazes de intergrarnos, de vez, na grande comuni­ dade euro-americana; ao invés de se entregarem a urna suposta realidade brasileira, procurayam criá- la pela a<;ao educativa da lei, da escota, da imprensa, do livro!

El campo en que esta brillante generación cumplió su

misión más alta fue el de la educación.

Le

debemos una

revolución en los planes pedagógicos ( íntegramente el

pestalozzismo, o las versiones atemperadas de la pedago­

gía de Horace Mann ), la aparición de las escuelas técnicas

que acabaron con el exclusivismo universitario que os­

tentaban la abogacía y la medicina y un ingente avance en

la preparación de los equipos intelectuales del continen­

te, al punto ·que puede <te

arse

·

que

su

constitución se mo­

dificó por primera vez luego de casi tres siglos de rutina­

ria vida universitaria. En el hemisferio hispanoamericano

su figura clave fue Eugenio María de Hostos (

1839-1 903), cuya aportación en pedagogía, sociología y ética

fue capital para la modernización de las jóvenes genera­

ciones de al menos tres países (Santo Domingo, Chile y

Venezuela) a los que habría que agregar su tardía influen­

cia en su patria, Puerto Rico.

Este primer momento de la Cultura modernizada inter­

nacionalista,

no esconde, sino que se enorgullece de la

nota minoritaria y aristocratizante que la distingue. Sus

integrantes son los custodios del saber, -disponen

(34)

fre-cuentemente de una sólida formación intelectual- pero

ambicionan trasmitirlo y expandirlo dentro de la socie­

dad utilizando todas las vías a su alcance, desde las aulas a

las columnas periodísticas o los puestos culturales de la

administración estatal. Con ellos cambia sensiblemente

el tono de la vida intelectual. Un estilo menos engolado,

más accesible y compartible lo distingue. Entramos al es­

tilo de la conversación que irá expandiéndose con consi­

derable éxito en las décadas posteriores, al ser asumido

por los jóvenes, respondiendo todos, mayores o meno­

res, a los sistemas de producción que propicia la prensa.

Se entrará entonces a un segundo momento que se lo­

gra. por la adaptación de varios miembros de la cultura

ilustrada pero, fundamentalmente, por incorporaciones

juveniles, en la medida en que se intensifica y se amplía la

base social de la modernización. Desde mediados de los

años 80 se percibe ese cambio, al cual se adaptan más

presto los nuevos reclutas que elaboran con audacia las

proposiciones de su tiempo, pero asimismo marca el

tránsito de algunas grandes figuras que habiéndose desa­

rrollado en los marcos de la cultura ilustrada son sensi­

bles al cambio. Es el caso de los dos mayores de su tiem­

po, Joaquim Machado de Assis, que en 1881 publica M

e

­

mórias Póstumas de Brás Cubas

y José Martí que en 1 882

escribe el

Ismaelillo,

abriendo el camino a la novela y la

poesía modernas, respectivamente.

·

América Latina se incorpora entonces a la

cultura de­

mocratizada,

nombre con el cual quiero significar que no

se trata aún de una plena cultura democrática, en la rara

acepción del término, sino de una cultura moderna, in­

ternacional, innovadora, que sigue el proceso de demo­

cratización que está viviendo la sociedad. El descentra·

miento de la vida intelectual se intensifica, aumenta el nú­

mero de sus ejercitantes, la producción crece, la difusión

en el medio social es muy alta y la competitividad profe­

sional, que puede medirse por la cantidad de polémicas,

se vuelve mayor. Creo que sin embargo no desaparece la

conciencia de "aristos" de que estaban poseídos los in

(35)

40

lectuales y que aun claramente se detecta en el sentido individualista que todavía había animado en 187l las

De­

mocratic Vistas

de Walt Whitman, que defendían la nueva cultura en curso en Estados Unidos. Creo también que este cambio no eludió los riesgos de superficialización, improvisación, oportunismo, que fatalmente acecharon a una promoción juvenil y urgida, que aún más que en los libros, se educó en diarios y revistas, y practicó con más asiduidad que sus antecesores, las reuniones de café y la vida bohemia, sustituyendo los templos del saber laico que eran los Ateneos y las logias masónicas.

Es característico de este segundo momento la flora­ ción de autodidactos y la reticencia respecto a la vida uni­ versitaria, que había sido la norma del intelectual del XIX. Los jóvenes no encuentran en las aulas cabida a sus voca­ ciones, o deben atender inmediatas demandas económi­ cas ya que carecen en su mayoría de recursos, o no tienen tiempo ni ganas de cumplir con los rituales de la forma­ ción académica. Este fenómeno es un subproducto de la creciente división del trabajo que introduce la moderni­ zación; en esa circunstancia, las letras, que habían sido simplemente un anexo de la actividad del universitario o del político, se constituyen en especializaciones autóno­ mas, dentro de las precarias condiciones del momento. '0 Un testigo juvenil de la época, Alberto Zum Felde, ha des­ tacado la contribución que hicieron a la formación de los autodidactos, las casas editoriales españolas, en especial la anarquista Sempere, de Valencia:

"La

aparición del inte­

lectual de café,

nutrido de Sempere, término común del autodidacta, en el que son excepción los tipos de una cul­ tura s�perior, supone a su vez, como es inherente, la apa­ rición del café literario, fenómeno nuevo, asimismo, en el ambiente platense."" No será por lo tanto habitual el ri­ gor intelectual de un Paul Groussac, un Silvio Romero o un Valenrín Letelier, ni el deseo de investigar sistemática­ mente la gran tradición cultural y, sustituyéndolo, serán las actualidades literarias las que moldearán a los escrito­ res mediante los últimos figurines que llegaban en pocos

(36)

libros y más que nada en las noticias de la prensa. La pose­

sión de un libro podía ser una hazaña que resolvía el éxito

literario de un escritor; de Julio Herrera y Reíssíg se dijo

que tenía a Albert Samaín encerrado en un armario; los

desvelos de Sanín Cano para conseguir las obras de

Nietzsche y de George Brandes, acreditan el rigor con

que se posesionó de la cultura europea;

Os Simples

de

GuerraJunqueíro pudo haber resuelto el destino literario

de Cruz e Sousa y toda la sabiduría del movimiento sim­

bolista brasileño se debía a que Medeiros e Albuquerque

había conseguido que un amigo le enviara de Europa los

libros de los innovadores recientes. Pero aún más que es­

tos libros casi sagrados que pasaban de mano en mano,

era influyente la prensa que concedía una atención, luego

desaparecida de sus páginas, a los acontecimientos litera­

ríos. Más importante todavía fue el circuito de comunica­

ción oral que se estableció gracias a los cafés. La genera­

ción anterior practicaba las reuniones privadas y algo ce­

remoniales, tal como las ha contado Ignacio Altamírano

en sus

Revistas Literarias

para el caso de México, en tanto

que la nueva vivía en la redacción de los periódicos adon­

de llegaba nutrida información europea, se encontraba

en los teatros y sobre todo se reunía públicamente en los

cafés, cuyo bullício no impedía que allí mismo fueran es­

critas obras definitivas, a veces sobre el reverso de los for·

mularíos del Telégrafo (Florencio Sanchez).

Estos escritores de la

cultura democratizada

se consti­

tuyen en hijos exclusivos de la modernidad. Leen mayori­

tariamente lo que se produce en su tiempo, en especial

las novedades y comienzan a ignorar la robusta tradición

milenaria de la letras. Son hijos del tiempo, de sus urgen·

cías, de sus modas, por lo cual extraordinariamente re·

ceptivos a las influencias del momento. Su autodidactis­

mo les concede una libertad atrevida, propicia alevosos

robos literarios, les hace caer fácilmente en las epidemias

artísticas y en algunos pocos conduce a una "tragedia es­

piritual",

tal

como dijo Sanín Cano de José Asunción Silva.

Esta ejemplar amistad intelectual entre dos

(37)

42

nos eminentes, permite avizorar las dos caras de ese auto­

didactismo. En

1894,

Silva le escribe desde Caracas ofre­

ciéndole el panorama de la vida intelectual de una ciudad

que fue centro activo de la renovación (con sus revistas

El Cojo Ilustrado, 1892- 1 9 1 5

y

Cosmópolis, 1 894- 1 898)

y

en la que sin embargo él registraba el facilismo, la imita­

ción

y

la inconsistencia: "De Rubén Dariacos, imitadore�

de Catule Mendes como cuentistas, etc., de crítico al

modo de G., pero que no han estado en Europa

y

de pen­

sadores que escriben frases que se pueden volver como

calcetines

y

quedan lo mismo de profundas, están llenos

el diarismo

y

las revistas"12• Por su lado, en las notas a la

poesía de Silva, escritas en

1923,

Sanín Cano describió

como "la tragedia de su vida espiritual" la insuficiencia

educativa de la enseñanza de la época

y

la insuficiencia

aún

más

grave del autodidactismo:

Silva recibió apenas el bautismo de la ciencia. Los co­ legios por donde paseó su serena adolescencia apenas suministraban ocasión de aprender

nada. El

día en que sintió la<> morqeduras del genio sobre su frente, tendió la vista hacia atrás para averiguar lo que había aprendi­ do en la escuela y descubrir, como todos nosotros, que no sabía nada.

Otros habíamos hecho ese descubrimiento y había­ mos emprendido una doble . tarea. Estábamos desa­ prendiendo las falsas e incompletas nociones del cole­ gio, y, mientras lucrábamos el pan de cada día, tratába· mos de adquirir ideas menos falsas y menos incomple­ tas que las primeras.

En esto encontrábamos una diversión y la disfrazába­ mos de fin noble, a falta de otras disciplinas caballeres­ cas. La seriedad con que Silva miró siempre la vida le hizo considerar con gesto trágico esta ocurrencia de todos los días.

Se

precipitó a adquirir conocimientos con un ardor religioso. Mas, como descubría que para leer a Spencer, verbigracia, era necesario saber mecá­ nica, historia natural, química, etnografía, ciencias exactas, su desesperación no tenía límites. Lo que

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