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Si en el proceso transculturador la idea de la detnocracia es la de mayor proyección histórica en América Latina, es también la que desde el sue"ño de los próceres hasta los populismos del
XX
ha evolucionado en forma más compleja.La
lucha por la emancipación fue también la de sus escritores por crear un lenguaje propio y autonómico. Si al comienzo de nuestro siglo se afirma conceptualmenté la democracia, es el modernismo el primer discurso original y pleno en lo literario. Angel Rama analiza la dialéctica interna y las interacciones histórico-culturales de este rico proceso en un estudio apasionan te que consolida un nuevo camino en la en sayística mayor de nuestro continente.J
Angel Rama
LAS MASCARAS
DEMOCRATICAS
DEL MODERNISMO
LAS MASCARAS
DEMOCRATICAS
DEL MODERNISMO
Indice
Capítulo
1: Democratización de la sociedad yla literatura
Notas
al Capítulo
1Capítulo U: El arte de la democratización Notas al Cap. 11:
Capítulo III: I.a guardarropía histórica de la
so iedad burguesa Notas al Cap. lll Capítulo IV:
I.a canción del oro de la clase emergente Notas al Cap. IV
Capítulo V: El poeta en el carnaval democrático. Notas al Cap. V
Capítulo VI: Interpretación americana del texto universal. Notas al Cap. VI
11
29
31
73
79
106
109
147
151
170
173
193
NOTA INTRODUCTORIA
Una primera redacción del presente ensayo constaba de una cin cuentena de páginas, aún con fecha y destino impreciso hasta la rea lización de un estudio detallado y exhaustivo del Archivo de An¡:el Rama, todavía no agrupado ni ordenado definitivamente. Es presu mible que constituyera una ponencia, o una puesta en orden, cabal pero abreviada, referida a los estudios sobre el desarrollo cultural de América L:ltina, tema que ocupó sus últimos años de investiga ción y reflexión.
Sin duda, este ensayo debe verse en el marco de un estilo más am plio y al cual se integra su otro libro "La
dudad letrada",
aún cuan do muchas de sus ideas rectoras aparecen en artículos y ensayos an teriores. A la muerte de Angel Rama se encontró una segunda redac ción de mayor desarrollo y análisis dotada de un ordenado cue¡po de notas y apenas algunas correcciones de detalle, manuscritas. Esta segunda, cubría unas dos terceras partes de la primera versión y en ella trabajaba a ñnes de 1983.Hemos optado por completar esta versión, más desarrollada, con los capítulos ñnales de la primera redacción con la cual se completa la obra. Por encima de los imposibles del caso, publicamos un libro en el cual el pensamiento de Ange! Rama brilla por la riqueza y pro fundidad de sus planteos y por lo fecundo de su magisterio,
I
DEMOCRATIZACION DE LA
SOCIEDAD Y DE LA LITERATURA
No preveía Thomas Hobbes en
1651,
cuando publica su Leviatán, que de las tres clases de República por insti tución que describe, en un ejercicio de rigurosa especu lación racic;>nal, la que menos atiende y estima habría de ser la que alcanzaría más ancha aceptación en los tiempos modernos. Ni la monarquía, que es el modelo que prefie re, ni la aristocracia, alcanzarían el éxito que estaría re servado a esa tercera que él definió en sus términos clási cos: "Cuando el representante es una asamblea de todos agrupados, es una democracia o república popular. •La palabra élemociacia, bien exótica en esa fecha y aun durante el siglo siguiente, se haría protagónica a partir de las revoluciones burguesas -la norteamericana de
1 776
y en especial la francesa de1789-
para ser plenamente aceptada, progresivamente, en los países hispanoameri canos nacidos de la Emancipación de1810.
Uno de los mo_tivos de la reticencia, cuando no de la oposición hispa noamericana al Brasil durante el siglo XIX , fué el régimen monárquico allí imperante, que animó los vituperios de Lastarria.Habiendo sido la consigna progresista del XIX euro peo, ya a mediados de ese siglo la palabra democracia le servía al colombiano José. María Samper (en quien pode mos ver a un fundador de la sociología latinoamericana) para una curiosa definición de la raza hispanoamericana
12
(que él prefirió llamar colombiana) concebida desde el ángulo de una incipiente y confusa antropología cultural:
Ella pertenece a una etnología enteramente nueva: es la raza democrática Es una raza sin pasado, que ha na cido de una revolución continental en el siglo XIX; raza sin nobles, ni plebeyos, toda de mártires y héroes, toda de ciudadanos hermanos, toda pueblo. Es una raza que, resultando de la fusión de las razas indígenas con la europea y la etíope, forma un compuesto crea do para la libertad, sin más título que el derecho, y te iuendo por runa la victoria de todos. 2
Pero si las repúblicas democráticas de la modernidad, comenzarían a aparecer y a hacer sus primeros ensayos públicos desde fines del XVIll, muy frecuentemente en mascarando las que Hobbes definía con rigor como repú blicas aristocráticas, el
proceso de democratización
de la sociedad europea se había iniciado con anticipación, pri mero con la evolutiva incorporación burguesa y luego con la de otros estratos sociales inferiores.De hecho,
la
palabra democratización sólo alcanza su significado íntegro, históricamente hablando, en relación �_antc:_��r _campo de valores contrá el cual se formula, re volucionariamente, oponiéndosele por estimar que no es democrático, que ño representa los intereses de ios.más. La sociedad se democratiza cuando echa abajo las barre ras jerárquicas pre-existentes, o al menos algunas de ellas, aun cuando mantenga o edifique otras, las cuales a veces losgrupos
renovadores ni siquiera llegan a percibir. Esas barreras -conservadas o nuevas- serán objeto de posterio res embates democratizadores por las clases marginadas o inferiores dela
pirámide social, ya se trate de clases so metidas de antes o clases generadas al servicio de los nue vos sistemas sociales. Lúcidamente, Marx observó ese proceso de sustitución de las clases en el poder:Toda nueva clase que ocupa el lugar de la que domina ba anteriormente, para realizar sus fines está obligada
a presentar sus intereses ·como el interés colectivo de todos los miembros de la sociedad, expresándolo idealmente: de presentar sus pensamientos bajo forma universal, como los únicos racionales y universalmen te válidos.
Toda clase nueva, por lo tanto, establece su domina ción sobre un base más amplia que la antigua clase do minante; por eso, más tarde, el antagonismo de la clase no dominante contra la nueva clase dominante, se de sarrollará de una mánera aguda y profun
da
. 3la descripción sólo se refiere a la ocupación plena del poder, pero de ella se infiere que la habitual emergencia progresiva de·una clase que se va formando -al tiempo que toma conciencia de sí- implica una modificación también progresiva de los valores vigentes en la sociedad, a través de una guerra de ideas (también de estéticas) que preludia la posterior guerra de las armas. La AufkHirung del
XVIII
dio e! modelo de esta mutación progresiva, cu yas manifestaciones aun puden comprobarse desde fines del XVII con nitidez.Marx
llegó a ver cómo el triunfo burgués le era <tisputado en el XIX por los estratos emer gentes que el nuevo sistema et:onómico había forjado, los que desarrollaban un pensamiento, un estilo, un comportamiento opositor. Este incesante proceso, que teje la di námica de la sociedad, también es reproducido por el arte.
Hubo democratización artística en el siglo XVIII, cuan do comenzó la que Arnold Hauser ha denominado "diso lución del arte cortesano" que se expresó primerantente en el rococó: "En el favor del público progresista ocupan las galantes escenas de sociedad de Watteau el lugar de los cuadros ceremoniales, religiosos e históricos, y el cambio. de gusto del siglo
se
expresa de la manera más clara en este tránsito de Le Brun al maestro de lasfétes ga
lantes".
Tras él se a:bre paso "el ideal de sencillez y la serie dad de un concepto puritano de la vida", de tal modo que "al finalizar el siglo no hay en Europa sino un arte burgués, que es el decisivo"
S. Hubo aúnmás
visible
14
tización artística, expansivamente derram:tda por el XIX que fue el siglo republicano, burgués, social: nos dio la novela emocionalista y el melodrama románticos en que la prosa triunfa sobre la poesía y nos dio el realismo de prosa y poesía de mediados de siglo, orientado paradóji camente por los "artepuristas" Flaubert y Gautier. Hubo nuevos avances de la democratización; consciente y aun teorizada, en el final del siglo XIX, que nos proveyó de la pintura impresionista y del simbolismo poético. El impul so transformativo de ambas estéticas, respondió a una de mocratización curiosamente similar a la que había signa do al rococó inicial, con el cual compartió regímenes de expresión, salvo que no se desprendía de la aristocracia, sino de la burguesía que había ocupado su lugar en el po der, y que su circunstancia, social y estilística, fue dife rente, pues operó contra el realismo anecdótico de Cour bet (exceptuados sus solitarios retratos de rocas) o el na turalismo mecánicamente legalizador de Zola. Su pecu liar medio, dentro de la sociedad industrial triunfante a la que regía imperiosamente la burguesía vuelta su segura clase dominante, fue el de los pequeños empleados y ope rarios, decididamente urbanizados, o pueblerinos que acudían a las capitales, de la baja clase media.
Por debajo de las sucesivas conquistas -técnicas o artís ticas, políticas o sociales- de estos dos siglos largos, y diri giéndolas distantemente desde la infraestructura, se en contrará al impetuoso crecimiento demográfico y eco nómico de las sociedades occidentales, que nos deparan el proletariado, la baja clase media, las muchedumbres que pueblan las primeras ciudades masivas de la historia, los nuevos sistemas de producción industrial, la expan sión imperial, la agresiva política comercial de la burgue sía. Fueron acompañadas por fuertes demandas presenta das por los estratos que ascendían y que reclamaban un lugar dentro de la estructura cultural que, por anterior a ellos, los ignoraba, y a la cual fatalmente modificarían me diante su incorporación, fuera central o marginal, con sentida o arrancada a la fuerza: desde los austeros
burgue-ses a quienes interpretó Pope (o Bello) hasta los bohe mios de la clase baja entre quienes cantó Verlaine (o Da río).
Se
subieron al barco del mundo sin reparar en me dios, en franca pelea: venían de las profundidades, de los márgenes desdeñados, y se hicieron un lugar entre los que ocupaban espaciosos puestos sobre cubierta. Aca rreaban cosmovisiones propias, a veces simples e incluso distorsionadas por los orígenes sometidos de que proce dían, se caracterizaban por un aire aventurero y provoca tivo que tenía que ver con los modelos sociales estableci dos por los poderosos de la hora, y al introducir su visión dentro de aquella que regía desde antes el sistema, logra ron subvertirlo, trasmutarlo a veces, siempre modificarlo de alguna manera, aunque no podría decirse que lo susti tuyeran completamente.Desde que Alexis de Tocqueville impasiblemente des cribió a sus compatriotas europeos cuál sería su futuro, leyéndolo en el espejo de La
démocratie américaine
(
1835-1840
)
, adquirió cuerpo y coherencia la alarma in telectual que, sin necesidad de prevalecerse de las viejasReflections on the Revolution en France
de Edmund Bur ke( 1790
)
, atacaba la subversión de valores que acarrea ba la democratización y que se testimoniaba en las mu chedumbres urbanas generadas por la industrialización, que reclamaban derechos políticos y sociales.Dentro de un abundante
corpus
doctrinalse
inscribi rían las lecciones magistrales de Ernest Renan, los panfle tos flamígeros de Nietzsche e incluso la escuela socioló gica de GustaveLe
Bon, que tanto pesara y ahogara a los latinoamericanos, más la beligrante lucha antimodernista de la Iglesia desde la pérdida de los estados papales en1870.
El siglo de la ciencia, como se le llamó, era también el de la democracia, con su masificación y su vulgaridad, su materialismo y su igualitarismo, los que ponían en peli gro la entera estructura jerárquica de la cultura, agredien do a sus más conspícuos oficiantes. No solo los intereses económicos estaban en juego, sino también los cultura les, pues esta arremetida afectaba el principio mismo de16
la propiedad, se tratara de tierras o de conocimientos, de acciones de la Bolsa o de exclusivistas degustaciones del arte.
Esa doble vertiente del siglo la sintetizó José Enrique Rodó, desde un punto excéntrico, el Montevideo de
1900,
en su mensaje a la juventud americana,Ariel,
que concitara la adhesión de las juventudes cultas y ordena das de la época:Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas fun damentales el desborde del espíritu de utilidad que da su nota a la fisonomía moral del siglo presente, con menoscabo de la consideración
estética
y desinteresa da de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la natu raleza -que, según intérpretes, ya adversos, ya favora bles a ellas, convergen a destruir toda idealidad por su base- son la una; la universal difusión y el triunfo de las ideas democráticas, la otra. ( ... ) Sobre la democracia pesa la acusación de guiar a la humanidad, mediocri zándola, a un Sacro Imperio de utilitarismo.•El proceso democratizador había entrado a Améri.ca Latina de la mano de la expansión económica imperial ha cia
1870
y la enorme disparidad de los dos niveles que en tonces se pusieron forzosamente en relación, así como la violencia de esta irrupción transformadora y mediocriza da que para muchos traía riqueza, sembraron la alarma en el equipo intelectual que estaba formado en las tradicio nes aristocráticas de la cultura. Pues no empece la revolu ción emancipadora, eran esas tradiciones las que consti tuían el baluarte del núcleo intelectual de la vieja "ciudad letrada" colonial que seguía persistiendo a pesar del pasa je de Virreinato a República. Sin reconocer la cualidad aristocrática, elitista y clasista en que durante siglos se ha bía desarrollado la tarea de los intelectuales americanos, la cual había sobrevivido al cataclismo de la revolución, nada se puede entender de la conmoción que se produjo durante la modernización, ni se puede medir cabalmente qué significó ésta para los más jóvenes que sin pasarpor
las viejas y rutinarias vías que daban acceso al cogollo le
trado, irrumpieron desde la calle tratando de apoderarse
de la literatura.
Más alarma experimentaron los intelectuales tradicio
nales de aquellas zonas en que irrumpieron las masas fa
mélicas de inmigrantes europeos, las que procuraban an
siosamente las indispensables y básicas conquistas mate
riales de la vida, sin parar mientes en cómo ni cuándo. Los
programas románticos abstractamente diseñados (el "go
bernar es poblar" que hizo la fortuna de Alberdi) mostra
ban su rostro real. Prácticamente no hubo intelectual al
tamente educado que no se sintiera agredido por esas ma
sas que ignoraban todo del pasado americano, se desen
tendían de sus valores particulares
y
se aplicaban a asegu
rar su situación económica sin mayor respeto por los sím
bolos tradicionales. (Sólo unos pocos intelectuales, for
mados en el mensaje revolucionario que venía con los in
migrantes -el anarquismo internacionalista- fueron
capa-ces de encontrar positividad cultural y democrática a esa
17hora del continente, como lo demostró con su obra
tea-tral Florencio Sánchez). En distintos grados, desde el
Ra-mos Mejía que reinterpretó las antiguas "multitudes
ar-gentinas" a la luz de las nuevas que presenciaba, hasta el
Rodó que, con
suequilibrio, apostó a que a esa
democra-tización vulgar seguiría una nueva selección jerárquica
de los mejores, no hubo quien no viviera el período
como una subversión, pues efectivamente la
moderniza-ción burguesa y dependiente acarreaba una
democratiza-ción que desquiciaba los valores establecidos y fijaba una
contradicción que reproducía la que ya se había visto en
Europa. Por un lado instituía los mecanismos del
desarro-llo económico, respondiendo a la incitación externa; por
el otro procuraba contener a la población que convocaba
a esas tareas, tratando de mantenerla en una anterior
suje-ción.
Yno solo por crudas razones clasistas, sino también
porque esta emergencia popular chocaba a los hábitos
elitistas que habían caracterizado tanto la vida política
como la intelectual, las cuales frecuentemente se
confun-I!S
dían en las mismas personas integrantes de un reducido
cogollo superior.
El fenómeno democratizador tuvo expresiones ópti
mas en las regiones más diflámicas, que fueron en la épo
ca las del sur del continente (de Rio de Janeiro a Santiago
de Chile, pasando por la cadena de ciudades:· Sáo Pauto,
Montevideo, Buenos Aires, Rosario) pero no dejó de ha
cer sentir sus efectos en todas partes, aun en áreas como
la andina de escasa o nula inmigración. También en ella la
modernización acarreaba la emergencia de una pobla
ción ineducada que reclamaba una participación, por
mínima que fuera, en los beneficios, lo que de hecho la
constituía, a los ojos de ia clase dirigente, en practicantes
del "utilitarismo". Es a esta percepción de una concupis
cencia material que se estaría desarrollando en las socie
dades latinoamericanas, tanto por los inmigrantes como
por los trabajadores nativos, tanto por los dispendiosos
nuevos ricos como por los sectores bajos en quienes sor
presjvamente
se
registraban las mismas tendencias, que
debemos la cruzada anti-utilitarista que recorrió el conti
nente. En su versión atemperada hizo el éxito del mensa
je arielista de Rodó que desviaba el ataque dirigiéndolo a
los Estados Unidos, aunque su �ndamentación era sufi
cientemente explícita co�o para que pudiera hacerla
suya el sector conservador, pues podía referir esa doctri
na a las circunstancias sociales de cada país americano.
En su versión conservadora se la puede apreciar en los es
critos y en la acción pública de dos jntelectuales altamen
te educados de Colombia, Rafael Núñez (1825-1894) y
Miguel Antonio Caro (1843-1909) que fueron los forja
dores del estado en el período de la modernización, res
ponsables de la teoría política de la "regeneración" y de la
Constitución de 1886.
En su serie de artículos para El Tradicionalista
(1871-1876), Miguel Antonio Caro resucitó una polémica co
n
tra Bentham, desarrollando los principios de su Estudio
sobre el uplitarismo ( 1869) y de su jesuitas y artesanos
( 1867) referido
alorden social, siendo el más lúcido y
coherente expositor del pensamiento conservador de la época?.
Lo
que en otros tratadistas se disfraza con conce siones al espíritu democrático o se amalgama con tradi ciones liberales americanas, en él adquiere un rigor esti mable, una exposición categórica a partir de una adhe sión sin fisuras al catolicismo militante de la lucha anti· positivista. Examinando las dos soluciones a la "reforma social" que con más nitidez polarizaron el pensamiento del XIX según su opinión, la católica y la socialista, Caro fundamentó el principio de la desigualdad, como obliga da llave del orden social:tratar· de anular las desigualdades es tratar de anular el orden, y en último resultado las existencias; porque las existencias conspiran al orden mediante relacio nes; quien dicoe relaciones, dice desigualdades. Para relacionarse dos seres, han menester que uno
no sea
lo que el otro es: ¡desigualdad! Es meneste
r que uno no esté donde está el otro; ocuparán situaciones co rrelativas que se llamarán"arriba
yabajo, derecha e
izquierda:
¡desigualdad! Luego, eliminar las desigualda des es eliminar las existencias.•Obviamente de tal concepción se deduce la organiza ción paternalista del Estado, la jerarquización clasista de la sociedad, las limitaciones de la soberanía popular me diante el establecimiento de un orden estricto acompa ñado de deberes impuestos, la oposición franca al llama do "dogma de las mayorías" propuesto por los utilitaris tas, quienes, según Caro, "suelen presentarlo siempre como programa de conducta y de gobierno y en esto pro ceden por temor de declarar con franqueza que su verda dero programa es el de su interés, su bienestar o sus capri chos". La oposición a los utilitaristas, efectivamente, com bate la tendencia hedónica, capital en el pensamiento de Jeremy Bentham y de john Stuart Mili, (cuya raigambre burguesa analizó perspicazmente Marx) que se estaba re gistrando en la sociedad latinoamericana a un siglo de la
publicación de la
Introduction to the Principles ofMorals
20
and Legislation
(
1780 )
,lo que mide el desfase entre la
metrópoli
yla colonia, no solo en cuanto a pensamiento,
sino en cuanto a la construcción de las bases socio-eco
nómicas que amparan su surgimiento. Ciertamente podía
haber una parte en el discurso crítico de C�o que res
pondiera a un doctrinarismo abstracto, pero su actividad
pública corrobora la importante parte que debe recono
cérsele en tanto respuesta a situaciones sociales que esta
ba viviendo.
En ese texto augural de su larga campaña ideolOgica,
destinado a refutar las tendencias utilitaristas de la socie
dad burguesa en ciernes, Miguel Antonio Caro parece vi
sualizar
lasaún no florecidas bases del modernismo,
yarremete tanto contra el subjetivismo idealista como
contra el hedonismo utilitario que con claro rigor inte
lectual reconoce opuestos a la enseñanza religiosa, aun
que le falte el mismo rigor para comprender que son fuer
zas de esa misma sociedad burguesa que patrocinó
yapuntaló desde el poder, amparando así una contradic
ción entre las bases materiales que defendió (la famosa
trilogía de propiedad, seguridad y
orden)
yla cúspide
que respondía a ellas, a la cual combatió por su flagrante
oposición al catolicismo.
El idealista se refugia en d
yo,
y el utilitarista enel pla
cer,
modificación delyo;
y de ahí no salen. Esasmis
mas ideas,yo, placer,
independi
entes
dela idea funda
mental de Dios, de Dios por quien el yo existe, por quien el placer se produce, sin el cual el yo y el placer nada significan; esas mismas ideas así aisladas, anula dos los objetos que representan, se desustancian y anulan ellas mismas. Son círculos fatales de ignorancia y de contradicción. Así el idealista y el utilitarista, ba jan como Satanás al abismo, en su esfuerzo insensato de ponerse en lugares de Dios.9No era menor que la de Caro la cultura letrada de Ra
fael Núñez, aunque estuviera filiada en un linaje liberal
que él hizo converger al conservador y. registrara un
co-nocimiento
�ásatento de la obra de Spencer. Su proposi
ción de la "república autoritaria" no se respaldaba en el
catolicismo ultramontano cómo eQ. Caro, sino en la típica
política de la modernización (orden, paz y administra
ción) que promovía un desarrollo económico burgués, a
cuyo servicio estaba dispuesta a poner las fuerzas restric
tivas y equilibradoras de la Iglesia para evitar el desborde
popular que obviamente reclamaría su parte en los bene
ficios. Era la misma contradicción que apuntamos. en
Caro, vista desde el otro ángulo: el de la sociedad burgue
sa racional (y agnóstica) que se fomentaba y cuyos forzo
sos efectos democratizadores quería impedir o, al menos
reducir, gracias al encuadre ideológico que prestaba la
Iglesia. Núñez y Caro coincidieron así en el mensaje que
el primero dirigió
alConsejo de Delegatorios para expe
dirla Constitución centralista de
1886: "En lugar de un
sufragio vertiginoso y fraudulento, deberá establecerse la
elección reflexiva y auténtica; y llamándose, en
fin,en au
xilio de la cultura social los sentimientos religiosos, el sis
tema de educación deberá tener por principio primero la
divina �eñanza cristiana ( ... ) A
lo expuesto se agrega la
necesidad de mantener, durante algún tiempo, un fuerte
ejército, que sirva de apoyo matedal a la aclimatación de
la paz".10
En uno .de esos curiosos artículos con los cuales Rafael
Núñez aSpiraba a gobernar ("El realismo en política",
1882) establece un singular paralelismo entre la degrada
ción del realismo en literatura que, guiado por el "excesi
vo espíritu de análisis" conduce a la corrupción de la no
vela naturalista, y la para él similar degradación del si'Ote
ma político que se había podido ver en la Revolución
Francesa, pasando de los ¡¡.].tos ideales de libertad a la "vul
gar
Carmañola" para por último recalar en "la dinastía na
poleónica". Su conclusión literario-política se resume en
estas líneas:
�
"!.'¡oA principio de este esc,rito se ha visto donde puede llegar el descendente curso del realismo en
22
teratura. Una degeneración equivalente tiene que ocurrir respecto del realismo que se ensaya en políti ca. De la pretendida República verdadera se pasa a la oligarquía o al despotismo, como de la abolición del culto religioso se desciende a la estéril y triste incre dulidad, y de la supresión de la estética, en el arte, se cae en el albañal de las novelas llamadas naturalistas.
"
Ambos escritores-políticos expusieron así, de manera
más sistemática que en cualquier otro punto del conti
nente, una doctrina conservadora de la modernización
que rotaba sobre una contradicción intema: aspiraba a
desarrollar las potencialidades económicas de la socie
dad burguesa (la fundación del Banco Nacional, las emi
siones de papel moneda, el sistema crediticio, sobre cuya
filosofía disertó malabarísticamente Caro) y al mismo
tiempo restringir el impulso democratizante que acarrea
ba, no solo en el campo social y político, sino asimismo
en la filosofía y en la literatura, con una amplitud de vi
sión intelectual que fue raro encontrar en otros políticos
conservadores, aunque estos compartieran el esquema
interpretativo y procuraran actuar del mismo modo.
La
sólida formación intelectual de Rafael Núñez y Mi
guel Antonio Caro, como la de José María Samper (
1828-1888) o Marco Fidel Suárez (1855-1927) permitió que
proporcionaran exposiciones orgánicas de la doctrina
conservadora, que además pusieron en práctica a través
de su acción como gobemantes, y el hecho de que todos
fueran capaces ejercitantes de las "bellas letras", los auto
rizó a fijar los equivalentes literarios de esa doctrina. Caro
fue el fundador de la Academia Colombiana de ia Lengua
( 1872), la primera que
se
constituyó en América, como
correspondiente de la española, y fue el tenaz abogado de
la causa cultural hispánica en un período de avasallante
influencia francesa, practicando la misma restricción del
espíritu de análisis que defendió en su escrito Rafael Nú
ñez, oponiéndose a la evolución estética que en la Europa
democratizada llevada al naturalismo, al impresionismo, al simbolismo.
En contraposición a esta maciza doctrina restrictiva, conviene examinar la visión que tenían de la época los es critores más jóvenes o que habitaban en zonas de mayor dinamismo. Antes de concentrarnos en el impetuoso cri sol que representó Buenos Aires, resulta útil la consulta de los escritos de un escritor mexicano, quien también sería amigo del orden, el Justo Sierra
( 1848-1912)
que a los veinte años se c>..strenaba como poeta, ensayista y cro nista en los periódicos mexicanos.Había comenzado por percibir agudamente que Amé rica Latina se incorporaba a un período internacionalista. Hablando todavía de Lamartine, antes de su descubri miento admirativo de Victor Hugo, decía en
1869:
"Ma ñana quizá deba inaugurarse esa gran civilización que dará una sola alma a la humanidad". Dos años después examina con rigor la situación de la literatura en México,partiendo de un principio estrictamente opuesto al de 23 Rafael Núñez, ("El carácter distintivo de nuestra época es
la crítica"; "Las tendencias positivistas han dado margen al inmenso desarrollo del espíritu de examen") que le au-toriza a apostai" confiadamente sobre la inmensa renova-ción intelectual en curso y legitimar la "ansiedad nativa" que ella provocaba:
en esa sed inextinguible de ciencia, anatematizada tor pement� por la autoridad teocrática, entra por mucho el espectáculo de tanto absurdo pulverizado, de tanta creencia desvanecida, de tantas preocupaciones que habían acabado por atrofiar el cerebro humano, com primiéndolo con el lento depósito de los siglos, y re ducidas a humo bajo la acción de la ciencia y de la filo sofia, como la yesca bajo el doble influjo de los espejos conjugados. 12
Es
un artículo polémico que se refiere fundamental mente al tan debatido problema del "teatro nacional" pero que en vez de sumarse al coro lacrimógeno dequie-24
nes en toda América pusieron sus fracasos a la cuenta de la ignorancia de sus países, reconoce objetiv�ente la si tuación: "El hecho es que en el día, nadie, nadie hace caso de la literatura nacional bajo ningún aspecto".
Ve la solución en la conquista del interés del público (y secundariamente del gobierno) mediante obras que efec tivamente respondan a sus apetencias, lo que implica al
canzar la misma eficacia y atraccón de las obras extranje ras a las que el público sí concurría, por lo tanto imitando sin vacilar ("imitad, aunque os digan que esa es literatura extranjera"), teoría que reiterará provocativamente en textos posteriores, pero que en éste todávía es justificada con viejos modelos de los que pronto se alejará. Sierra de fiende a la falange joven que piensa está ya en esta vía, jus tifica la aclimatación de "la escuela realista, hija legítima de nuestro siglo", y sobre todo encarece el esfuerzo crea tivo libre, indagatorio, descubridor, de los "pobres bohe mios" que navegan en el caótico panorama de su tiempo, confiando en ellos, respetando sus sufrimientos. Años después, en el prólogo a los poemas de su amigo Manuel Gutiérrez Nájera publicados póstumamente en
1896,
vuelve sobre este asunto obsesivo, haciendo un recono cimiento explícito de las condiciones especialmente confusas y angustiosas de la época, encontrando que los poetas lashan
expresado correctamente, al precio de in gentes sufrimientos personales:"¡El pesimismo de los [óvenes poetas es una actitud, no es un sentimiento!" dicen los tlamantes espirituales discípulos de Pangloss. ¡Así, pues, la-pérdida del rum bo en pleno océano (porque la ciencia solo sirve, y ad mirablemente, eso sí, paca la navegación costanera por los litorales de lo conocido), la intuición invenci ble de la inmensidad de lo desconocido, la ocultación de la antiquísima estrella polar que se llamaba la Reli gión, el enloquecimiento de la aguja de marear que se llamaba la conciencia Ubre, no son motivo de suprema angustia, no son capaces de trascender a toda nuestra sensibilidad y de enlutar la
lira,
como asombran elalma con la más densa de las sombras! ¡Y eso no es dig no de ser llorado y clamado en sollozos y gritos inmor tales! ¡Ah!, si todo eso es una actitud, es la actitud en que nos ha colocado la civilización, la actitud de Lao conte entre los anillos de las serpientes apolíneas." Aun antes, en un texto que puede ser considerado el
Maniti.esto de la modernidad
en Hispanoamérica, el pró logo que escribió para la edición delPoema del Niágara
del venezolano Juan Anto.nio Pérez Bonalde (Nueva York,1882),
José Martí había ofrecido una precisa des cripción de la confusión contemporánea, viéndola en una perspectiva sociológica nítida, como "una época de ela boración y transformación espléndidas", como "el tiem po delas
vallas rotas" pues ya no se tropezaba con el con vento o el solar de los señores, como una "época de tu multos y de dolores" en el cual no había "obra permanen te, porque las obras de los tiempos de reenquiciamiento y de remolde, son por escencia mudables e inquietas", cuando "no hay caminos constantes, vislúmbranse ape nas los altares nuevos", la é¡>9Ca, en fin, enla
que se proce día a "la elaboración del nuevo estado social".l4 Su vi sión de la época no es muy diferente de la que tuvieron sus amigos mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Justo Sierra, ni diferente su respeto por la dificil navegación de los escritores a través de ella. Junto a la inquietud y desa sosiego que esta prodigiosa mutación provocaba en los artistas, el otro rasgo insistentemente analizado por José Martí, es el que corresponde ala
democratización cultu ral que se había producido vertiginosamente, de la cual él ya había conocido la expresión de punta en el panorama mundial, representada por el New York de1880.
Acarrea ba una subversión de los tradicionales sistemas producti vos de literatura y la instauración de nuevos y desconoci dos que Martí vióeri
pasmosa agudeza criticay
a los cua les se debió esa fulgurante respuesta líriCa que constituyó elIsmaelillo (
1882 )
, que más que hijo de su hijo lo fue del sacudimiento que experimentó Martí ante la experiencia26
de la modernidad democrática y de sus nuevas pautas de producción artística.
Si revisamos este texto anhelante, podremos despren der algunas de las características del
sistema productivo
democrático
que se había inaugurado para la poesía:(
1)
ya no podían concebirse las obras macizas, largamente pensadas y elaboradas, las que habían sido sustituídas por el espontáneo poema corto, el texto rápido y certero: "impresión, choque, golpe de ala, obra genuina, rapto sú bito";(2)
ya nada podía quedar encerrado en pequeños grupos en un tiempo en que "el periódico desflora las ideas grandiosas" y donde por .lo tanto "todo es expan sión, comunicación, florescencia, contagio, esparcimien to";(3)
ya los pensamientos no eran únicos y permanen tes, sino que nacían del comercio de todos y entraban en un tráfago multitudinario, pues las "ideas se maduran en la plaza en que se enseñan, y andando de mano en mano, y de pie en pie";( 4)
ya no quedaban "entidades su prahumanas recogidas en una única labor de índole teni da por maravillosa y suprema" sino que se asistía "a una descentralización de la inteligencia" que también se re producía en la 'e5tetka: "Ha entrado a�
lo bello dominio de todos";(5)
ya, sobre todo, no había sitio para las con venciones heredadas, ni para las construcciones al ímpe tu de libertad que anidaba en el pecho de los hombres, quienes debían recuperar su individualidad, ser ellos mis mos y no "lo que le añaden con sus lecciones, legados y ordenanzas los que antes de él han venido", siendo esta la clave de la originalidad artística y simultaneamente de la libertad política.Por eso el texto martiano encarece supremamente la recuperaciÓn de la personalidad propia, fuera de las illo sofías, las religiones o los sistemas políticos establecidos, condena la "vasta morada de enmascarados" en qué la tie rra se ha tornado y entona un himno al libre albedrío:
Asegurar el atbedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma propia; no deslucir con la imposición
de ajenos prejuicios las naturalezas v.írgenes, ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni im pelerlas por una vía marcada. ( ... )Ni la originalidad li teraria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse. Urge devolver los hom bres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el despertar de sus sentidos y recarga su inteli gencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso."
Es este uno de los primeros textos, y sin duda de los más categóricos, en una serie que se prolongará por casi tres décadas con coincidencia de las mayores personali dades poéticas de la época (Darío en
1896:
"mi literatura es mía en mí, quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal"; Valle Inclán en1908:
"si en literatura existe algo que pueda recibir el nombre de modernismo, es, ciertamente, Un vivo anhelo de personalidad") respal dando los tres rasgos con que Onís caracterizó a la época: "el subjetivismo, el afán de libertad individual y la vo luntad de innovación",'6 los cuales sintetizan el espíritu que animaba a la nueva sociedad.Individualismo
es palabra que cobra carta de ciudada nía en el XIX para designar una tendencia que será com batida tanto por el pensamiento de derecha (de Xavier de Maistre a Maurras) como por el pensamiento de la iz quie•·da (los saint-simonianos, aunque Fourier y el mismo Marx la evaluarán positivamente) y que fue vista asociada a la república burguesa en oposición al régimen aristocrá tico. Así la percibió Tocqueville, como un producto de la disolución de la sociedad aristocrática: "El indivualismo es de origen democrático y amenaza desarrollarse a me dida que las condiciones se igualan" dirá, y lo condenará porque destruye el orden jerárquico delAncien Régime:
la aristocracia había hecho de todos los ciudadanos una larga cadena que llegaba desde el aldeano hasta el
28
rey. La democracia la rompe y pone cada eslabón apar te.
Así, la democracia no solamente hace olvidar a cada hombre a sus abuelos; además, le oculta sus descen dientes y lo separa de sus contemporáneos. Lo condu ce sin cesar hacia sí mismo y amenaza con encerrarlo en la soledad de su propio corazón.'7
El individualismo, efectivamente, habría de regir la
vida económica y social de América Latina, en una rara y
breve interrupción o aflojamiento de su tradicional con
centración del poder,
yobviamente regiría del mismo
modo a la literatura. El liberalismo económico y la demo
cratización que avanzan con vigor desde 1870, nos d
a
rían un hirviente período de individualidades creativas
que explícitamente se opondrían a toda clasificación
dentro de rígidas escuelas y solo aceptarían la participa
Notas
al Cap. 1
l . Thomas Hobbes,
Leviatán
(trad. de Antonio Escohotado, in· troducción de Carlos Moya), Madrid, Editora Nacional, 1979, p.278.
2. José María Samper, "La confederación colombiana" en
El Fe·
rrocarril, Santiago de Chile, enero de 1859 y recogido enUnión
y confederación de los pueblos hispanoamericanos,
Santiago de Chile, 1862, reproducción facsimilar, Panamá, Ediciones de la revistaTareas,
1976 (con prólogo de Ricaurte Soler), pp. 349.· 350.3. Karl Marx,
Oeuvres choisies,
Paris, Gallimard, 1963, t. J,pp. 1 42·3.4. Arnold Hauser,
Historia social de la literatura y el arte,
Ma· drid, Guadarrama, 1 962, t. 11, p. 25.5. Ob. cit., p. 16.
6. José E. Rodó,
Ariel. Motivos de Proteo,
Caracas, Biblioteca 29 Ayacucho, 1976, p. 23.7. V. Jaime Jaramillo Uribe,
El pensamiento colombiano en el si·
glo XIX,
Bogotá, Editorial Temis, 1974, ( 2a. ed.).8.
Antología del pensamiento conservador en Colombia,
Bogo· tá, Instituto Colombiano de Cultura, 1982, ( ed. Roberto Herre· ra Soto), t. 1, p. 3 1 2.9. Ibídem, p. 297.
10. V. Alvaro Tirado Mejía, "El Estado y la política en el siglo XIX", en
Manual de Historia de Colombia,
Bogotá, Instituto Co· lombiano de Cultura, 1978/9, t. ll.1 1 . V.
Pensamieuto conservador (1815·1898), Caracas, Biblio·
teca Ayacucho, 1978
(
ed.]osé Luis Romero y Luis Alberto Ro·
mero) pp. 79·99.
1 2. Justo Sierra,
Obras completas,
t. III,Crítica y artículos litera·
ríos,
México, UNAM, 1977, p. 98.1 3. Ob. cit., p. 4 10.
1 4. José Martí, "El poema del Niágara" en
Obra literaria,
Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 205·2 17. Ver mi ensayo "La dia· léctica de la modernidad en José Martín, enEstudios martianos,
San Juan, Editorial Universitaria, 1974, pp. 1 29· 1 97.30
16. "Sobre el concepto de modernismo" ( 1949
)
, en España enAmérica, San Juan, Editorial Universitaria, 1968 ( 2a. ed.
)
, p. l 79. 1 7. Alexis de Tocqueville, La democracia en América, México, F,C.E., 1957, p. 466, 467 (libro 11, Cap. 11)JI
EL ARTE DE
LA DEMOCRATIZACION
Los cambios históricos no son el producto de mutacio nes bruscas y conclusivas, ni siquiera cuando son promo vidos por revoluciones, y aun éstas, cuando son auténti cas transformaciones profundas, obedecen a modifica ciones graduales que se han producido en la estructura económica y han ido contaminando los diversos niveles de la sociedad. Aun aquellos períodos de cambio de dura ción relativamente reducida, al ser examinados en detalle revelan que están compuestos de tendencias evolutivas. de progresivas modificaciones, de desplazamientos gra duales de distintas concepciones, las que incluso pueden aparecer superpuestas en un mismo tiempo.
En los estudios que he consagrado a una esfera más am plia que la literaria, como es la de la cultura latinoameri cana en ese período que la investigación histórica, eco nómica y socioló
gi
ca se ha acostumbrado a llamar de lamodernización
y que se extiende aproximadamente de1870
a1920,
he podido reconocer, baj
o el impulso gene ral que la constituye, el cual se ya intensificando median te su propia acumulación a lo largo de ese medio siglo, di ferentes estados o momentos de una misma evolución. Entre ellos hay perceptibles diferencias, tanto en los comportamientos sociales como en las paralelas expre siones literarias que son las que aquí nos interesan. Hay también diferencias entre las distinas áreas culturales del32
continente, aunque ellas no alteran las tendencias evolu tivas fundamentales sino que modifican los tiempos en que se producen y sus intensidades.
La atención para el proceso cultural concreto del con tinente tiene la ventaja de evitar dos habituales riesgos de los estudios latinoamericanos: la mecánica transposición al continente de los procesos sociales y culturales del mundo capitalista que en el período influyen sobre Amé rica Latina (Europa y Estados Unidos) y la rígida aplica ción de teorías interpretativas que se han fraguado en el cauce europeo, distorsionando así la peculiaridad del proceso cultural latinoamericano. (Cuando ya nos creía mos liberados de las teorizaciones positivas y nacionalis tas hemos caído en las mismas mecanicidades con las pre suntamente marxistas por quienes, una vez que aprenden el esquema, lo hacen calzar como sea sobre la realidad la tinoamericana).
La modernización, como nunca debemos olvidarlo, no nace de una autónoma evolución interna sino de un re clamo externo, siendo por lo tanto un ejemplo de contac to de civilizaciones de distinto nivel, lo que es la norma del funcionamiento del continente desde la Conquista. Si bien fue un largo reclamo de las culturas latinoamerica nas (la capital obra de Sarmiento) sólo comenzó a ser rea lidad cuando las demandas económicas de las metrópolis externas se intensifican tras la Guerra de Secesión en Es tados Unidos y la franco-prusiana en Europa. Las apeten cias internas y externas se conjugaron óptimamente en ese momento, aunque las segundas dispusieron de una potencialidad incomparablemente mayor que las prime ras, las que a veces se confundían con una simple y quejo sa reclamación de ese "orden y progreso" que concluiría siendo la divisa positiva del período. ·
Las metrópolis inyectan un nuevo dinamismo en la re gión, proponen modelos de organización económica y de estrUcturación social y reclaman el rápido ajuste a sus re querimientos, cosa nada fácil pues es de sobra sabido que
ninguna sociedad se prepara previamente para la even tualidad de un futuro desarrollo económico. La acción externa implica una ingente reacomodación, la cual no puede sino pasar por etapas evolutivas, a medida que se generan modificaciones de la demanda, a veces perma nentes -el café, los cereales- y otras temporarias y erráti les -el caucho, el guano- las que a su vez están sujetas a bruscos deterioros de precio y volumen, según las cir cunstancias metropolitanas, todo lo cual compuso ese pa norama agitado e inseguro que conoció el período, don de los espléndidos avances encadenaban rápidamente con depresiones dentro de un clima de improvisación y de aventurerismo.
De los numerosos indicadores de ese progreso que los sectores urbanos comprobaron, ninguno más alecciona dor que la reinversión de la estancada curva demográfica latinoamericana que gracias al grueso aporte de inmi grantes europeos comienza a elevarse, compitiendo tar díamente con la norteamericana y anunciando la instau ración de más fuertes mercados nacionales'. "En un me dio siglo, entre
1 850
y1 900,
Latinoamérica duplicó su población. De30,5
millones pasó a ostentar6 1 ,
progre sando a razón de1,4
por ciento anual. Esta tasa era dos tercios superior, aproximadamente; a aquella con la que había crecido durante el siglo precedente"2 y la mayor parte de su aumento se situó a partir de1 880
gracias al aporte inmigratorio que alcanzó sus mejores cifras en Brasil, Uruguay y Argentina. En este país, señala Sánchez Albornoz, "el tope de la influencia extranjera se sitúa en1 9 1 4;
un30
por ciento de los residentes habían nacido entonces fuera del territorio nacional. En ningún mo mento de su historia fueron tantos los extraños en los Es tados Unidos; a lo sumo, la mitad de esa cifra".3Ese crecimiento es directo responsable de la urbaniza ción, al sumarse los inmigrantes europeos a los que vie nen de los campos nacionales pauperizados. 4 Por primera vez en la historia de América las ciudades triunfan sobre
las áreas rurales, imponiéndoles su conducción e incor porándolas a la unidad nacional y a sus planes económi cos. En la medida en que es entonces que se constituyen las "literaturas", éstas aparecerán como productos urba nos y las diversas líneas creativas, tanto cultas como po pulares, registrarán marcadamente las pautás urbanas. Tanto la urbanización como la heterogeneidad de los aportes demográficos que robustecen las ciudades, impli caron ingentes y contradictorias reacomodaciones cultu rales, frecuentemente bajo la forma de estratificaciones que seguían la distribución en clases. Esa variada masa ur bana será la que reciba primero el impacto modernizador y la que vaya adaptándolo a sus propios requerimientos, para trasmitírselo luego a los pueblos y comunidades ru rales. Rigió aquí una ampliación progresiva de la base contaminada por la modernización, en la medida en que ésta fue aumentando su acción y reclamando nuevos sec tores participantes del proceso, lo que a su vez auspició
34
contradicciones y luchas sociales, acompañadas por su cesivas transformaciones educativas, religiosas, doctrina les. La modernización arrasará sectores quese
le oponen (el doblegamiento de los campesinos), generará nuevos estratos ( los proletarios), despertará apetencias desco nocidas y desencadenará una movilidad social, inespera da en las tradiciones de la región.Cuando
se
va anunciando en la década del70,
encuen tra solo una muy restringida élite intelectual para atender a sus demandas. Su número de integrantes era excesivo para las necesidades de la anterior sociedad estancada, se ñorial y jerárquica, y desde luego se conocían todos, te nían relaciones personales y por lo común vivían en el es pacio de unas pocas cuadras que conformaban el centro urbano. Pero la modernización comprueba bruscamente que los recursos intelectuales de que se disponía eran no toriamente insuficientes para la nueva coyuntura. Resulta pintoresco que una de las argumentaciones de Rafael Nú ñez en favor de la conjunción de los dos partidos, liberal y conservador, fuera que "nuestra poblaciónmedianamen-te culta es poca, y los elementos personales de gobierno que ella suministra, son, por fuerza, escasos.
La
absoluta exclusión de un partido es, por tanto, un grande error ad ministrativo que casi raya en imposible moral" 'La
experiencia que hicieron los-latinoamericanos en el último tercio del XIX, fue la de la apertura del horizonte social que favoreció los raudos ascensos sociales que dan la tónica y aun la mitología de las sociedades burguesas dinámicas. También los latinoamericanos revivieron las apetencias y frutradones de los Julien Sorel o Eugenio de Rastignac en la Francia de la primera mitad del XIX. Hubo circunstancias que incitaron el espíritu aventurero y oportunista, con quejas de sobra conocidas en relación a la nueva clase burguesa de la época, pero bastante menos vistas cuando se habla de los escritores, quienes eran sin embargo miembros de la misma sociedad y tiempo, so metidos a similares impulsos.Más aún porque la multiplicidad de nuevas funciones generadas por la modernización, les dio posibilidades de trabajo y los puso en repentino contacto con las fuerzas operantes sobre el público. Para tomar un solo ejemplo, el brusco avance de la prensa absorbió prácticamente a todos los escritores existentes y como no resultaban sufi cientes, debió improvisar a muchos más para atender a sus urgentes necesidades, lo que provocó conflictos de competencia y de jerarquización profesional. • Los mis mos escritores fueron reclamados a la vez para la docen cia y también resultaron insuficientes. Los Institutos nor males y profesionales creados entonces no eran tampoco capaces de abastecer los puestos que reclamaba la am pliaCión educativa, lo que en la época provocó un recluta miento indiscriminado de alfabetizadores y una contrata ción masiva de maestros extranjeros, sobre todo españo les.
El primer segmento de la modernización, que se ex tiende desde 1870 hasta bien entrada la década siguiente, concedió, por las razones expuestas, un papel protagóni co a los intelectuales. Eran pocos los que estaban
36
dos y dotados para comprender la hora internacionalista que se había instituído (sumándose al equipo de audaces burgueses nacionales del tipo de Mauá, que desempeña ron el papel de capitanes de industria, aunque más fre cuentemente, el de simple especuladores), por lo tanto capaces de formular la doctrina adecuada al momento.
Lo
hicieron saqueando las filosofías europeas en boga y con sagrándose a la que fue su principal tarea: la formación de equipos intelectuales mediante la educación. Para citar dos nombres claves: en México lo hizo Gabino Barreda desde laOración cívica
de1 868
en que traspuso Comte a la historia nacional, y en Brasil Tobías Barreto, quien des de1 882
anima laEscuela de Recife
e introduce la filosofía alemana en América, luchando con la influencia francesa que estaba creciendo. Ellos enmarcaron ideológicamen te la renovación social y es por eso que, siguiendo los agu dos estudios de Roque Spencer Maciel de Barros para el Brasil, he designado ese .primer momento del período ge neral (que llamo de laCultura modernizada internaciona
lista
)como el de lacultura ilustrada.
Nadie ha visto mejor la importancia de este equipo y su extraordinaria acción pública que Maciel de Barros, al es tudiar la evolución universitaria de un país que se había caracterizado, bajo el suave despotismo culto de Pedro 11, por haber desarrollado una alta y dotada clase intelectual: "sob o infiuxo dos autores "pópulares" do seculo XIX, criamos un movimiento "ilustrado" que, sob forma nova, de certo modo desempenhou um papel semelhante ao do iluminismo na Europa do século XVIII". 7 Su estudio se re fiere solo al Brasil, pero es patente su penetración, si se revisa desde esa perspectiva lo que por las mismas fechas ocurría en el resto del continente. las mismas palabras pueden aplicarse en México a la acción de Ignacio Alta mirano y su grupo tras la restauración de la Repúbiica, o a la tarea educativa que en Cuba cumple Enrique José Ve rona y en Santo Domingo Eugenio María de Hostos, o a la profícua actividad de quienes han sido denominados en la Argentina como los miembros de la "generación del
80", patricios en buena párte que cumplen plurales fun
ciones como periodistas, ministros, educadores, y tam
bién literatos o, mejor, a la francesa, "hommes de let
tres".7
bis.La aproximación de esta rica generación, (don
de caben no solo los liberales citados, sino también los
conservadores a que ya hicimos referencia) con los ilu
ministas del
XVIII,es extraordinariamente fecunda, aun
que provoque una desarticulación de los tiempos cultu
rales a la europea que es habitual se sigan en la historio
grafía americana, cuando lo propio del continente es una
arritffiia temporal respecto al modelo extranjero. Del
mismo modo que en la modernización, florecen proyec
tos típicamente románticos que no llegaron a cuajar en la
época adecuada (la citada constitución de las "literatu
ras"), también reaparecen problemas, debates, concep
ciones, típicamente iluministas, que nos permiten com
pensar la endeblez del pensamiento americano de la Ilus
tración.•
Los escritores de ese primer perí� todavía siguen
manejando la variedad c:te asuntos que fue propia de los
enciclopedistas; son tantó o más ideólogos (y educado
res) que artistas, como fue en cambio la norma de sus su
cesores; actúan indistintamente en los campos de la polí
tica, la filosofía y las letras; tienen una decidida vocación
internacionalista, con un registro de una amplitud uni
versal que ya no conocieron quienes los siguieron; son
mayoritariamente hijos del positivismo (Spencer o Coro
te) y del realismo, aunque pueden rastrearlo hasta Steme
( Machado de Assis) y combinan la omnímoda influencia
victorhuguiana con el rigor parnasiano.
Dado lo restringido de su número, en las circunstan
cias amplificadas que comienzan a vivir, se produce en
América Latina esa curiosa inversión característica de los
períodos ilustrados: el desarrollo que vive la cultura pare
ce nacer de las ideas más que de las transformaciones rea
les de la sociedad y el movimiento generado responde a
la estricta tarea intelectual que busca imprimirse sobre lo
real. Además, estas ideas parecen venir todas de fuera
38
como urgentes importaciones para cubrir. vacíos y ana
cronismos. Maciel de Barros ha valorado honradamente
esta situación paradójica, al reconocer las ventajas que
acarreó para desestancar a la América Latina e introducir
la en la contemporaneidad:
ésse caminhar das idéias muito antes dos fatos e faz que compreendamos que essa civiliza<;ao "litoranea",
voltada para a Europa, a espera de novos figurinos e novos livros, nao era um luxo, um requinte, urna alie na<;ao da realidade; compreendendo que o Brasil era, como é, urna na<;ao típicamente ocidental -e nao ape
nas "portuguesa", como muito menos o era "indígena" ou "africana"- éstes homens buscaram os instrumen tos capazes de intergrarnos, de vez, na grande comuni dade euro-americana; ao invés de se entregarem a urna suposta realidade brasileira, procurayam criá- la pela a<;ao educativa da lei, da escota, da imprensa, do livro!
El campo en que esta brillante generación cumplió su
misión más alta fue el de la educación.
Le
debemos una
revolución en los planes pedagógicos ( íntegramente el
pestalozzismo, o las versiones atemperadas de la pedago
gía de Horace Mann ), la aparición de las escuelas técnicas
que acabaron con el exclusivismo universitario que os
tentaban la abogacía y la medicina y un ingente avance en
la preparación de los equipos intelectuales del continen
te, al punto ·que puede <te
arse·
que
suconstitución se mo
dificó por primera vez luego de casi tres siglos de rutina
ria vida universitaria. En el hemisferio hispanoamericano
su figura clave fue Eugenio María de Hostos (
1839-1 903), cuya aportación en pedagogía, sociología y ética
fue capital para la modernización de las jóvenes genera
ciones de al menos tres países (Santo Domingo, Chile y
Venezuela) a los que habría que agregar su tardía influen
cia en su patria, Puerto Rico.
Este primer momento de la Cultura modernizada inter
nacionalista,
no esconde, sino que se enorgullece de la
nota minoritaria y aristocratizante que la distingue. Sus
integrantes son los custodios del saber, -disponen
fre-cuentemente de una sólida formación intelectual- pero
ambicionan trasmitirlo y expandirlo dentro de la socie
dad utilizando todas las vías a su alcance, desde las aulas a
las columnas periodísticas o los puestos culturales de la
administración estatal. Con ellos cambia sensiblemente
el tono de la vida intelectual. Un estilo menos engolado,
más accesible y compartible lo distingue. Entramos al es
tilo de la conversación que irá expandiéndose con consi
derable éxito en las décadas posteriores, al ser asumido
por los jóvenes, respondiendo todos, mayores o meno
res, a los sistemas de producción que propicia la prensa.
Se entrará entonces a un segundo momento que se lo
gra. por la adaptación de varios miembros de la cultura
ilustrada pero, fundamentalmente, por incorporaciones
juveniles, en la medida en que se intensifica y se amplía la
base social de la modernización. Desde mediados de los
años 80 se percibe ese cambio, al cual se adaptan más
presto los nuevos reclutas que elaboran con audacia las
proposiciones de su tiempo, pero asimismo marca el
tránsito de algunas grandes figuras que habiéndose desa
rrollado en los marcos de la cultura ilustrada son sensi
bles al cambio. Es el caso de los dos mayores de su tiem
po, Joaquim Machado de Assis, que en 1881 publica M
e
mórias Póstumas de Brás Cubas
y José Martí que en 1 882
escribe el
Ismaelillo,
abriendo el camino a la novela y la
poesía modernas, respectivamente.
·
América Latina se incorpora entonces a la
cultura de
mocratizada,
nombre con el cual quiero significar que no
se trata aún de una plena cultura democrática, en la rara
acepción del término, sino de una cultura moderna, in
ternacional, innovadora, que sigue el proceso de demo
cratización que está viviendo la sociedad. El descentra·
miento de la vida intelectual se intensifica, aumenta el nú
mero de sus ejercitantes, la producción crece, la difusión
en el medio social es muy alta y la competitividad profe
sional, que puede medirse por la cantidad de polémicas,
se vuelve mayor. Creo que sin embargo no desaparece la
conciencia de "aristos" de que estaban poseídos los in
40
lectuales y que aun claramente se detecta en el sentido individualista que todavía había animado en 187l las
De
mocratic Vistas
de Walt Whitman, que defendían la nueva cultura en curso en Estados Unidos. Creo también que este cambio no eludió los riesgos de superficialización, improvisación, oportunismo, que fatalmente acecharon a una promoción juvenil y urgida, que aún más que en los libros, se educó en diarios y revistas, y practicó con más asiduidad que sus antecesores, las reuniones de café y la vida bohemia, sustituyendo los templos del saber laico que eran los Ateneos y las logias masónicas.Es característico de este segundo momento la flora ción de autodidactos y la reticencia respecto a la vida uni versitaria, que había sido la norma del intelectual del XIX. Los jóvenes no encuentran en las aulas cabida a sus voca ciones, o deben atender inmediatas demandas económi cas ya que carecen en su mayoría de recursos, o no tienen tiempo ni ganas de cumplir con los rituales de la forma ción académica. Este fenómeno es un subproducto de la creciente división del trabajo que introduce la moderni zación; en esa circunstancia, las letras, que habían sido simplemente un anexo de la actividad del universitario o del político, se constituyen en especializaciones autóno mas, dentro de las precarias condiciones del momento. '0 Un testigo juvenil de la época, Alberto Zum Felde, ha des tacado la contribución que hicieron a la formación de los autodidactos, las casas editoriales españolas, en especial la anarquista Sempere, de Valencia:
"La
aparición del intelectual de café,
nutrido de Sempere, término común del autodidacta, en el que son excepción los tipos de una cul tura s�perior, supone a su vez, como es inherente, la apa rición del café literario, fenómeno nuevo, asimismo, en el ambiente platense."" No será por lo tanto habitual el ri gor intelectual de un Paul Groussac, un Silvio Romero o un Valenrín Letelier, ni el deseo de investigar sistemática mente la gran tradición cultural y, sustituyéndolo, serán las actualidades literarias las que moldearán a los escrito res mediante los últimos figurines que llegaban en pocoslibros y más que nada en las noticias de la prensa. La pose
sión de un libro podía ser una hazaña que resolvía el éxito
literario de un escritor; de Julio Herrera y Reíssíg se dijo
que tenía a Albert Samaín encerrado en un armario; los
desvelos de Sanín Cano para conseguir las obras de
Nietzsche y de George Brandes, acreditan el rigor con
que se posesionó de la cultura europea;
Os Simples
de
GuerraJunqueíro pudo haber resuelto el destino literario
de Cruz e Sousa y toda la sabiduría del movimiento sim
bolista brasileño se debía a que Medeiros e Albuquerque
había conseguido que un amigo le enviara de Europa los
libros de los innovadores recientes. Pero aún más que es
tos libros casi sagrados que pasaban de mano en mano,
era influyente la prensa que concedía una atención, luego
desaparecida de sus páginas, a los acontecimientos litera
ríos. Más importante todavía fue el circuito de comunica
ción oral que se estableció gracias a los cafés. La genera
ción anterior practicaba las reuniones privadas y algo ce
remoniales, tal como las ha contado Ignacio Altamírano
en sus
Revistas Literarias
para el caso de México, en tanto
que la nueva vivía en la redacción de los periódicos adon
de llegaba nutrida información europea, se encontraba
en los teatros y sobre todo se reunía públicamente en los
cafés, cuyo bullício no impedía que allí mismo fueran es
critas obras definitivas, a veces sobre el reverso de los for·
mularíos del Telégrafo (Florencio Sanchez).
Estos escritores de la
cultura democratizada
se consti
tuyen en hijos exclusivos de la modernidad. Leen mayori
tariamente lo que se produce en su tiempo, en especial
las novedades y comienzan a ignorar la robusta tradición
milenaria de la letras. Son hijos del tiempo, de sus urgen·
cías, de sus modas, por lo cual extraordinariamente re·
ceptivos a las influencias del momento. Su autodidactis
mo les concede una libertad atrevida, propicia alevosos
robos literarios, les hace caer fácilmente en las epidemias
artísticas y en algunos pocos conduce a una "tragedia es
piritual",
talcomo dijo Sanín Cano de José Asunción Silva.
Esta ejemplar amistad intelectual entre dos
42
nos eminentes, permite avizorar las dos caras de ese auto
didactismo. En
1894,
Silva le escribe desde Caracas ofre
ciéndole el panorama de la vida intelectual de una ciudad
que fue centro activo de la renovación (con sus revistas
El Cojo Ilustrado, 1892- 1 9 1 5
yCosmópolis, 1 894- 1 898)
y
en la que sin embargo él registraba el facilismo, la imita
ción
yla inconsistencia: "De Rubén Dariacos, imitadore�
de Catule Mendes como cuentistas, etc., de crítico al
modo de G., pero que no han estado en Europa
yde pen
sadores que escriben frases que se pueden volver como
calcetines
yquedan lo mismo de profundas, están llenos
el diarismo
ylas revistas"12• Por su lado, en las notas a la
poesía de Silva, escritas en
1923,
Sanín Cano describió
como "la tragedia de su vida espiritual" la insuficiencia
educativa de la enseñanza de la época
yla insuficiencia
aún
másgrave del autodidactismo:
Silva recibió apenas el bautismo de la ciencia. Los co legios por donde paseó su serena adolescencia apenas suministraban ocasión de aprender
nada. El
día en que sintió la<> morqeduras del genio sobre su frente, tendió la vista hacia atrás para averiguar lo que había aprendi do en la escuela y descubrir, como todos nosotros, que no sabía nada.Otros habíamos hecho ese descubrimiento y había mos emprendido una doble . tarea. Estábamos desa prendiendo las falsas e incompletas nociones del cole gio, y, mientras lucrábamos el pan de cada día, tratába· mos de adquirir ideas menos falsas y menos incomple tas que las primeras.
En esto encontrábamos una diversión y la disfrazába mos de fin noble, a falta de otras disciplinas caballeres cas. La seriedad con que Silva miró siempre la vida le hizo considerar con gesto trágico esta ocurrencia de todos los días.