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"Tiempos Violentos: Paternidad Y Adolescencia"

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Academic year: 2021

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"Tiempos Violentos: Paternidad Y Adolescencia"

(*) Trabajo Presentado En La Reunión Lacano Americana De Psicoanálisis. Recife-brasil. 29 Agosto Al 01 De Septiembre De 2001.

Analía Stepak

"Como era de esperarse, la imposibilidad de una relación amable tuvo otra consecuencia: yo perdí el don del habla. De todas formas no hubiera sido un gran orador". (Franz Kafka, Carta al Padre)

Es nuestra intención plantear algunas cuestiones en relación a la adolescencia, en tanto tiempo lógico de pasaje en el que habremos de encontrarnos con un real que irrumpe con violencia, además de una conmoción imaginaria frente al espejo.

Quisiéramos remarcar algo que insiste en nuestra clínica: la problemática que se desata cuando un hijo no condice con lo que se espera de él, o que denuncia la alteridad casi como un ataque al narcisismo de los padres, a quienes confronta volviéndose ajeno e insoportable. Así mismo, nos interesa situar una vez más hasta qué punto la sexualidad, en su emergencia, se presenta como traumática, dando lugar a un efecto disrruptor en los progenitores frente a la sexualidad de un hijo. Dicho efecto pone en juego el modo en que los padres son habitados por el deseo y la ley, su confrontación con los ideales y la angustia, tanto como su relación a la castración.

Con respecto al joven, devenir hombre o mujer no será sin relación a cómo fue nombrado, hablado un sujeto, ni sin la identificación a ciertos rasgos del Otro que lo alojó según su discurso.

¿Cómo responderá a aquello que insiste y se presentifica como deseo del Otro? Está claro que las respuestas no serán unívocas sino singulares, sin embargo observamos en la clínica cierta insistencia: el encierro en un mutismo a veces preocupante, la recurrencia en los conflictos con el estudio, una angustia que irrumpe violentamente, sin descartar la frecuencia con que se presentan los más variados actings out en la adolescencia, actings que montan una escena que se ofrece a la mirada, en lugar de decirse, que reclaman una intervención que reordene y permita que el joven se resitúe en relación a la ley, aliviando su padecimiento. En cierta oportunidad me llama por teléfono una mujer muy preocupada por su hijo mayor: el joven duerme todo el día y deambula mirando la TV o escuchando música a todo volumen por

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la noche. Últimamente no va más a la facultad, no le interesan las chicas, no sale con amigos. Come con voracidad, devorando todo lo que está a su alcance. Por otro lado, provoca

sistemáticamente a su padre, desatando peleas que ella ya no puede soportar. A ciencia cierta no sabe si el joven aceptará o no acudir a una entrevista. Propongo que le den mi número de teléfono para que él me llame si así lo desea, teniendo en cuenta que tiene veinte años.

No vuelvo a recibir noticias de Ariel por casi tres semanas. Finalmente me llama un día sábado y pide verme urgente, de ser posible ese mismo día. Dice que no aguanta más, que está muy asustado, que no puede seguir así. A raíz de su insistencia e inusualmente para mí, lo cito para esa misma tarde, dando lugar así a una primera serie de entrevistas.

Aparece un muchacho absolutamente abatido, de mirada extraviada, angustiado hasta puntos inusitados, que habla con voz casi inaudible. Está aterrado, piensa todo el tiempo en

suicidarse; como no se anima a hacerlo, duerme todo el día. Dormido se siente casi muerto, de este modo no piensa sin parar en todo lo que no puede hacer, para eso es mejor morir. Insiste una y otra vez con esta idea.

Le ofrezco mi escucha y le sugiero que si pudiera decir algo de estos pensamientos e ideas, tal vez no se sentiría tan atormentado. Para mi sorpresa, su reticencia da paso al relato locuaz de una serie interminable de padecimientos: éste es el peor momento de su vida, tiene pánico a todo, fundamentalmente a no recibirse; no puede acercarse a ninguna chica, si bien antes lo hacía con éxito. Se siente impotente, y una duda permanente le impide tomar cualquier

decisión. Su preocupación fundamental es ¿y si se equivoca? Le pregunto: "Y si te equivocás, ¿qué pasa?" Responde no soportar ser tan fallado y decepcionar permanentemente a todos pero fundamentalmente a su madre, que tanto espera de él.

Las preocupaciones antes mencionadas se mezclan con ideas obsesivas recurrentes: "Me mato o lo mato a mi papá, ésta es la única opción".

Desde que tiene uso de razón, su padre le pegó y lo maltrató sin piedad. Él fue su

contrincante preferencial, si bien su madre tampoco se vio librada de insultos y humillaciones. Escucha voces que sabe ?dice?, provienen de su cabeza, voces que lo incitan a confrontar al padre diciéndole: "Animate, matalo, no tenés nada que perder". Interrogo con curiosidad: "¿Realmente no tenés nada que perder?". Ariel responde casi automáticamente: Cree que sí, podría perder esa cara de infeliz con la que se ve en el espejo. Si no lo mata, se quiere morir. Le propongo hacer un paréntesis antes de tomar cualquier decisión o provocar una nueva pelea y le ofrezco, para seguir conversando sobre esto, que planifiquemos varios encuentros la semana entrante; por último y antes de irse le digo que no es lo mismo pensar en dormir que en morir y que me parece que "me mato o lo mato" no es la única opción.

Tengo que reconocer que me habitó cierta inquietud. Sin embargo Ariel vuelve y comienza a desplegar deshilvanadamente la trama que lo aqueja.

El "me mato o lo mato" da lugar a otras ideas obsesivas que se ligan a la facultad, a su método de estudio. Una frase se reitera e insiste: "Siempre quiero que me digan qué tengo que hacer".

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Su padre fue quien dio indicaciones y directivas. Si no cumplía con las expectativas, lo golpeaba o lo humillaba. Espera de él un título, "la única forma de demostrarles a los demás que se es alguien en la vida". Sólo le transmitió exigencias, si bien él renunció a su profesión por dinero y a una mujer de la cual se enamoró por temor a enfrentar a la familia y por no dividir sus bienes. "Es tan careta que ni él se cree lo que dice, pero tan cruel que te destroza si fallás". A pesar de todo esto, Ariel vacila y de a ratos habla de él como si fuera un ganador. Avanza en las entrevistas, hace oír su padecimiento, mientras en su casa discute, pelea, se hace golpear sistemáticamente, pero con una diferencia: Ahora comenzó a amenazar con matarse o con matar a su padre; antes era sólo una idea.

Los padres, asustados, acuden a la consulta. En ella el padre se reconoce como causante mayoritario de los problemas del joven, se nombra como un padre con "mala praxis". Quiso enseñar exigiendo cada vez más. Su madre también esperaba de él un diez absoluto. Se ocupó minuciosamente de sus estudios, tanto como se había ocupado de los cuidados de su cuerpo cuando era un niño. Estas expectativas tan insistentes dieron lugar a que les haga una pregunta: "¿Hubo algún embarazo antes de Ariel?". Relatan, conmovidos y azorados, la existencia de un embarazo que interrumpieron voluntariamente, del cual nunca más hablaron. En esa época ambos militaban políticamente, no era tiempo para hijos. Ése sí hubiese sido, tal vez, el hijo tan perfecto que ambos anhelan. Ausencia que habitó a los padres, que hace que el hijo siguiente "no pueda satisfacer el duelo". Aborto no contabilizado como falta, no

subjetivado, que trae dificultades con el hijo que sigue.

¿Cómo se sitúa nuestro joven en este entramado fantasmático? Paga con su cuerpo y con sus síntomas aquello que sus padres se sustrajeron a tramitar. Vivo o muerto cobra ahora otra dimensión.

El "me mato o lo mato", en el marco de una relación dual resalta una situación, si bien recíproca, al mismo tiempo excluyente: "o él o yo".

Los padres habilitan algunos de estos temas entre ellos y con Ariel. Junto con ello comienzo a preguntarle si puede advertir en qué medida participa él de la acción de quien lo arremete o lo golpea: ¿dónde está el gusto en hacerse pegar? El joven se enfurece, amenaza con no venir más... sin embargo, y contrariamente a lo que supuse, comienza a relatar en qué consiste la violencia que se despliega en la escena familiar, delatando una fijación, denunciando un goce mortífero, poniendo de manifiesto una vez más que lo real gobierna la repetición signando que lo que se repite es lo que no se pudo asimilar.

Por este tiempo se queja con insistencia de su madre, que lo controla y escudriña con fijeza. Si su nariz no es perfecta, le sugiere que se la opere: los resultados de la operación son nefastos. Ahora se ve peor, deformado.

No sabe diferenciar cuándo tiene hambre y cuándo no. Entonces, si está angustiado se da un atracón.

Luego observa con detenimiento cada cambio frente al espejo. Mira y se hace mirar por su madre, quien acude a sancionar: más gordo que antes, más flaco que ayer, etc. Esta mirada, hasta aquí, sólo provocó efectos devastadores.

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Ariel se detiene frente al espejo sin que el mismo le devuelva lo él espera. Pivotea con cierta fijeza entre el objeto oral y el escópico, siempre con un matiz compulsivo, apremiante, acéfalo. Se interroga y me interroga. El dramatismo y la urgencia van perdiendo fijeza.

Ariel insiste: si no se trata de hacerse mirar por la madre ni de hacerse pegar por el padre, ¿cómo diferenciarse? ¿Cómo ser un hombre?

Al padre lo supone con una potencia sin vacilaciones, mientras él, permanentemente erecto, no puede eyacular, hace gala de su posición falófora: falo precioso o despreciable, demasiado gordo o demasiado flaco frente a una mirada materna que no decae nunca; falo presente para el joven en tanto mitiga la angustia, ya que no será fácil para él en la detumescencia soportar ese lugar de no ser, de pérdida, de desfallecimiento que todo hombre deberá soportar para relanzar su deseo. Falo que no entra en función sin ser tachado antes del mapa del

narcisismo.

En la insistencia gozosa de ser el falo de la madre, el joven no logra sino encontrarse una y otra vez con su impotencia, que subraya la omnipotencia del Otro.

Coincidimos con M. Safouan cuando propone: "Es su deseo lo que el sujeto sacrifica voluntariamente a fin de poner a cubierto su falo".

Mientras tanto Ariel empieza a ir a bailar pero no aborda a las chicas, tiene miedo que todo salga mal: se cree rígido y sin método, desprovisto de un saber, si bien se la pasa estudiando a los galanes de las películas. Cuando por fin se produce algún intento de encuentro, se paraliza y quiere que ellas hagan todo, cosa que, desde luego, le cuesta conseguir.

Me pregunta: "¿En tu época, se curtía? ¿Te gustan las películas de lesbianas?". Se ríe con ganas cuando le confieso que no vi ninguna. A él son las "porno" que más le atraen: mientras las observa se masturba sistemáticamente. Me interpela, ¿puedo entenderlo? Le propongo leer juntos la escena: él mira imágenes de mujeres (sin falos a la vista), dos iguales que no presentifican la diferencia de los sexos. Le pregunto de qué "la juegan" los hombres y Ariel responde "no la juegan de nada".

Insiste en evocar fantasías plagadas de mujeres con mujeres, que excluyen la necesidad de hombres que, como su padre, a quien nombra frecuentemente como un "pobre tipo", se la pasan renunciando a la profesión por miedo o comodidad, a la mina por guita y a los hijos por no saber qué hacer con ellos.

Me increpa: ¿Tengo algo para decir que salve a su padre? Le digo que en algún lugar su padre es, a veces, un ganador, y otras, con sus miserias, un pobre tipo. Es cierto que

renunció, además me parece que repitió con él lo que padeció con su propio padre: hasta aquí no supo cómo acercarse a su hijo ni queda claro qué le transmitió.

Esta intervención permitió un viraje que situó otro tiempo: Ubicar a un Otro que falle en su función trajo como consecuencia cierto alivio, aquietando su necesidad imperiosa de convocarlo a una situación dual en la cual la violencia desplegada delataba una profunda fijación a un goce mortífero.

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ahora se encuentra necesariamente confrontado con el odio, odio que, en este caso, leemos como propiciatorio en tanto deshizo su consistencia ideal y dio paso a que el trabajo de duelo por el mismo comience.

Duelo que permita situar que si hay algo que un padre puede transmitir a su hijo, para que una ley pase y no sea arbitraria, es la posición de un hombre en relación a una mujer que es su causa, dado que si esto fracasa no le queda al hijo más que ser tomado en ese goce

devastador, poniendo de manifiesto una vez más que es de padre a hijo como se transmite la castración.

Este padre que no da cuenta de haber hecho de ninguna mujer objeto a causa de su deseo y que, en relación a los hijos, no dejó de proferir una ley arbitraria acera de todas las cosas, ¿qué lugar ocupa en el orden simbólico que le concierne?

Por otra parte, ¿qué desea su madre? ¿Qué lugar le reserva esta madre a dicho padre en la promoción de la ley para que todo intento de salida se torne tan dramático? Tampoco se puede advertir cuál es la causa de su deseo ni qué le falta. Podríamos suponer tal vez que este joven ha sido situado como metonimia de su deseo de falo, y no como metáfora del amor por un hombre.

Ariel comienza a leer la trama que lo detiene, contornea un borde, interroga los objetos pulsionales que lo fijan e intenta anudar un dolor descarnado que, una vez mitigado, dará paso a la interrogación por la dimensión paradojal y enigmática del deseo.

Llegados a este punto, nos preguntamos ¿Cuál es el lugar del analista en la cura con adolescentes?

No hay duda que para un analista acompañar dicho trayecto de pasaje será un desafío que permitirá propiciar un corte y la re-distribución del goce, que una vez efectuado haga posible la salida a la exogamia. Analista que no deberá situarse como amo y que seguramente estará ubicado en una posición que dista de ser confortable, en tanto la presentificación de la angustia exige cierta habilidad para dosificarla y hace que nos cuestionemos a cada paso la operatoria analítica. Se trata del tránsito por un tiempo de pasaje que comporta un

padecimiento extremo y sitúa, como en este caso, con crudeza, la posición de los padres, con sus límites e insuficiencias, revelando hasta qué punto las mismas inciden en el joven. El desprenderse de ellos dará lugar al despliegue de un enmarcado fantasmático propio que refrende la estructura del sujeto y lo confronte con su propio deseo tanto como a la sexualidad y a la muerte.

En el mejor de los casos el joven podrá reconocerse sujetado al significante e involucrado en el goce del Otro encarnado en los progenitores. Descubriendo así que lo que el Otro niega o no da, no se trata sino de lo que el Otro no tiene, en tanto también él está en falta.

Para finalizar, recurro a sus palabras: "Hasta ahora, todo lo que hice lo hice por ellos, fracasar también. ¿Podés ayudarme a salir? Me descompensé. Perdí el rumbo. ¿Me podés ayudar a reencontrarlo?"

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Referencias bibliográficas

Dolto, Françoise. La causa de los adolescentes, Editorial Seix Barral.

Flesler, Alba. Clínica con adolescentes II, Ficha de circulación interna de la E.F.B.A Freud, Sigmund. Tres ensayos para una teoría sexual, Editorial Amorrortu.

Julien, Philipe. El manto de Noé. Editorial Alianza Estudio.

Lacan, Jacques. Seminario IV, Las relaciones de objeto, Editorial Paidós.

Lacan, Jacques. Seminario X, La angustia, versión de circulación interna de la E.F.B.A Lacan, Jacques. Seminario XVII, El revés del psicoanálisis, Editorial Paidós.

Lacan, Jacques. Seminario XXII, R.S.I, versión de circulación interna de la E.F.B.A Safouan, Moustapha. La palabra o la muerte, Ediciones de la Flor.

Safouan, Moustapha. Estudios sobre el Edipo, Editorial Siglo XXI. Wainstein, Silvia; Millan Enrique. Adolescencia, Editorial El Megáfono.

Referencias

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