Universidad de los Andes
Facultad de Economía
Efectos a mediano plazo de la violencia en la primera infancia sobre la salud mental:
evidencia para Colombia
Asesores: Philipp Hessel y Andrés Moya
Presentado por: María Alejandra Martínez, código 201415110
Fecha: 12 de abril de 2021
Efectos a mediano plazo de la violencia colectiva en la primera infancia sobre la salud mental: evidencia para Colombia1
Por María Alejandra Martínez Botero2
Resumen
Este trabajo examina el impacto de la exposición a la violencia colectiva durante los tres primeros años de vida, por cohorte de nacimiento, sobre la salud mental en el mediano plazo durante la adolescencia. El estudio se basa en los adolescentes (N=3.391) entre los 10 y 15 años, que fueron entrevistados en la ola del 2016 de la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA) con el fin de conocer el estado de su salud mental. Para estos jóvenes se identificó el nivel de violencia relacionada al conflicto armado que presenciaron durante sus tres primeros años de vida dentro de su municipio de residencia, empleando un panel anual de violencia municipal. La metodología del estudio busca identificar las desviaciones álgidas de la violencia colectiva respecto al promedio histórico municipal y ver si los jóvenes estuvieron expuestos a estos choques durante su primera infancia, por cohorte de nacimiento, para luego evaluar el efecto en salud mental en el mediano plazo. Con el fin de aislar el efecto de la violencia en la salud mental, la estrategia empírica busca comparar jóvenes de una misma región, pero que experimentaron picos de violencia en diferentes cohortes de nacimiento durante sus tres primeros años de vida.
Tomando como supuesto que los picos de violencia ocurridos dentro de cada región son exógenos y no están correlacionados con otro determinante de la salud mental de los jóvenes, es posible estudiar un efecto causal. Los resultados indican que haber estado expuesto a un choque agudo de violencia colectiva en el primer año de vida incrementa los problemas de salud mental en la adolescencia en 0,123 desviaciones estándar. Los efectos encontrados van en línea con la literatura, la cual indica que la exposición a eventos adversos durante etapas tempranas de la vida crea alteraciones en el desarrollo cerebral que luego en etapas posteriores de la vida son difícil de modificar, llegando a comprometer la salud mental y las trayectorias de vida en general. Los resultados de este trabajo dejan ver la importancia de realizar intervenciones de política pública en niños expuestos a altos niveles de violencia colectiva, de tal modo que ayuden a atenuar el deterioro cerebral, mejorar sus trayectorias de vida y, por tanto, a romper el ciclo vicioso entre pobreza y salud mental.
Palabras Claves: Conflicto armado, Salud Mental, Primera Infancia, Colombia Clasificación JEL: I12, I15, N40
1 Agradezco a Philipp Hessel y Andrés Moya por su continuo apoyo y asesoramiento en el desarrollo de este trabajo.
Igualmente, a Jorge Cuartas y Daniel Mejía por sus comentarios. También quiero agradecer por la retroalimentación y los aportes que han surgido a lo largo de este proyecto, de mano de Alejandra Prada, Santiago Gómez y Juan Miguel Jiménez.
2 Estudiante de la Maestría PEG en la Universidad de los Andes, correo: [email protected]
I. Introducción
La incidencia de los conflictos armados en el mundo ha afectado de forma ostensible las condiciones de vida de la población en general (Collier y Hoeffler, 2002; Matowu et al., 2001;
Stewart y Fitzgerald, 2000). En Colombia, las consecuencias de la violencia incluyen factores como la destrucción del capital social, incertidumbre sobre los mercados laborales, disrupción de los mercados financieros, riesgos en la estructura económica y pérdida de productividad (Camacho y Rodríguez, 2013; Echeverry et al., 2001; Kutan y Yaya, 2016; Pinto et al., 2004; Rubio, 2014).
Estos efectos de la violencia de conflicto armado ha llevado a que la población afectada sea más propensa a caer en una senda de pobreza, a través de canales como la pérdida de ingresos y bienes, el deterioro del capital humano y una mayor aversión al riesgo (Ibáñez y Moya, 2009;
Justino, 2009; Loaiza et al., 2018; Moya, 2018). No obstante, otros efectos menos tangibles, como lo es la conducta de la salud mental que surge a raíz del estrés tóxico3 en la primera infancia por cuenta de la violencia colectiva, todavía requieren de un mayor estudio y entendimiento para la aplicación de las políticas públicas. Estudiar este canal es importante, pues la evidencia ha demostrado que el estrés tóxico liberado en una etapa temprana genera afectaciones en el desarrollo cerebral que con la edad se hacen más difíciles de modificar (Keuroghlian y Knudsen, 2007). El efecto persistente del estrés tóxico puede llegar a comprometer las trayectorias de vida, la salud mental y el bienestar en general en etapas futuras (NSCDC, 2007). Esto lleva a que los desordenes en salud mental se consideren como un factor de riesgo para la lucha contra la pobreza, dado que las personas tienden a alterar sus decisiones de consumo y las preferencias conductuales como consecuencia de la reducción de la productividad, la posible pérdida de empleo y el abandono escolar (Crisp et al., 2000; Patel y Kleinman, 2003). Incluso, es posible que estas consecuencias lleven a un círculo vicioso entre la pobreza y la salud mental, pues el menor acceso a los recursos, la exclusión social y la reducción del capital social que derivan de vivir en un entorno vulnerable pueden generar angustia, frustración y estrés y, por tanto, afectar la salud mental (Crisp et al., 2000;
Kuruvilla y Jacob, 2007; Patel y Kleinman, 2003).
3 Se define estrés tóxico como la activación continua y/o prolongada de los sistemas de respuesta al estrés en el cerebro tras la exposición a experiencias adversas.
Teniendo en cuenta lo anterior, este trabajo estudia el impacto causal de la exposición a la violencia colectiva durante los tres primeros años de vida, por cohorte de nacimiento, sobre la salud mental en el mediano plazo. La importancia de estudiar los efectos de la violencia en edades tempranas radica en que el futuro socioeconómico y laboral de las personas depende del desarrollo cognitivo y socioemocional adquirido durante la niñez y la adolescencia (Bernal y Camacho, 2010;
Cunha et al., 2005). La evidencia indica que las condiciones de vida de los primeros cinco años de vida, al ser un periodo sensible4 para el desarrollo cerebral, tienen un efecto directo sobre los salarios, la escolaridad y la participación en crímenes (Currie y Vogl, 2013; Cunha et al., 2005;
NSCDC, 2007). Si bien el cerebro es capaz de cambiar y adaptarse a lo largo de la vida, dicha capacidad se limita con la edad (Keuroghlian y Knudsen, 2007). En este sentido, el riesgo de estar expuesto a eventos adversos durante la primera infancia puede afectar la salud mental y comprometer las trayectorias de vida en términos de escolaridad, el mercado laboral y productividad (Bubonya et al., 2017; Frijters et al., 2014), a través de canales biológicos, como la liberación de estrés tóxico, de canales sociales, como las privaciones socioeconómicas por la violencia, y de otros canales contextuales asociados al aprendizaje (Dohrenwend, 1961; NSCDC, 2008; 2014).
Aunque la literatura médica y biopsicológica ha establecido relaciones entre la violencia en primera infancia sobre la conducta de salud mental (NSCDC, 2007; Shonkoff et al., 2012), en el contexto colombiano solo una poca ha encontrado asociaciones de forma empírica entre la violencia y la salud mental, incluyendo los estudios transversales de Cuartas y Leventhal (2020)5, Cuartas y Roy (2019)6, Gómez-Restrepo et al. (2018)7 y Molano et al. (2018)8. La falta de literatura al respecto es inquietante si se tiene en cuenta que la evidencia sugiere que poco más del 40% de los niños del país están en riesgo de padecer problemas de salud mental (Gómez-Restrepo et al.,
4 Se define como sensible dado que es un periodo donde el cerebro experimenta la mayor parte de su desarrollo y las experiencias tempranas determinan la arquitectura neuronal (NSCDC, 2007).
5 Cuartas y Leventhal (2020) encuentran que un incidente de crimen violento cerca a los hogares de los niños aumenta los problemas de salud mental entre 0,28 a 0,38 SD.
6 Cuartas y Roy (2019) encuentran que un aumento de una desviación estándar (SD) de los homicidios ocurridos en un radio de 100 metros incrementa los problemas de salud mental en 0,16 SD.
7 Gómez-Restrepo et al. (2018) encontraron una prevalencia de 6,5% de trastornos de ansiedad en niños entre los 7 y 11 años que fueron desplazados por la violencia; mientras que dicha cifra aumenta a 13,2% en problemas de estrés post-traumático
8 Molano et al. (2018) encuentran un efecto de 0.106 SD en menor regulación emocional por cuenta de la exposición a homicidios en un radio de 500 metros del colegio, 7 días antes de la prueba SABER de quinto grado.
2016), una cifra que, además de ubicarse por encima del promedio global del 20% (Kieling et al., 2011), puede estar relacionada con la dinámica de la violencia del conflicto armado interno (Gómez-Restrepo et al., 2018; Pérez-Olmos et al., 2005).
Si bien algunos de estos estudios han encontrado relaciones en el corto plazo sobre la salud mental en niños que viven en municipios con alta exposición al conflicto armado colombiano (Gómez-Restrepo et al., 2018; Pérez-Olmos et al., 2005)9, desde el punto de vista científico y para las políticas públicas una pregunta relevante es sí estos efectos también persisten a lo largo de la vida. De acuerdo con la literatura médica, las conexiones neuronales que se generan en la primera infancia definen una estructura particular de los circuitos, que luego en etapas posteriores de la vida se hacen más difíciles de modificar. El cerebro adulto sigue contando con cierto grado de plasticidad, aunque en menor grado a la del cerebro de un niño (NSCDC, 2008). En este sentido, la exposición a un entorno violento durante los primeros mil días de vida podría estar trastocando la conducta de la salud mental en el futuro y la trayectoria de vida en general, por lo cual la política pública debe tener un especial enfoque en este grupo. No obstante, resulta interesante ver que una proporción de la literatura ha encontrado que los niños expuestos a eventos adversos podría no estar desarrollando dificultades psicopatológicos, al exhibir una mayor resiliencia y una adaptación positiva después de la adversidad (Elder, 2018; Haskett et al., 2006; Herrenkohl, 2011). Ahora bien, otra pregunta relevante, es si existen diferencias sobre el efecto en salud mental por la edad exacta de exposición al evento adverso. Si bien la primera infancia es una etapa de la vida sensible, la literatura médica ha identificado que un mismo entorno estresante puede proporcionar diferentes experiencias cerebrales sobre el desarrollo cognitivo, social y de regulación emocional, dependiendo de la edad en que ocurran (NSCDC, 2007; 2008). En efecto, la arquitectura cerebral y los circuitos neuronales de una persona están formados por experiencias específicas en el tiempo.
En esta medida, este trabajo busca contribuir a la literatura de la salud mental, no solo en el frente colombiano sino en un contexto más global. En primer lugar, al ampliar la literatura de los efectos de la exposición a la violencia en el mediano y largo plazo. En el contexto internacional, una amplia evidencia ha logrado examinar este tema, como lo es el trabajo de Elder (2018), que
9 El estudio de Gómez-Restrepo et al. (2018) incluye niños entre los 7 y 11 años, mientras que el de Pérez-Olmos et al. (2015) comprende una muestra de niños entre los 5 y 17 años.
estudia los efectos en la adultez de los niños expuestos a la crisis económica de 1929; el de Rousseau et al. (2015), que evalúa el impacto en la salud mental en jóvenes que presenciaron el 11 de septiembre en los Estados Unidos; el de Singhal (2019), que proporciona evidencia sobre la depresión en adultos que durante la niñez fueron expuestos a los bombardeos durante la guerra de Vietnam; el de Rieder y Elbert (2013) y Schaal et al. (2012), quienes documentaron efectos a largo plazo en depresión y estrés postraumático tras el genocidio ocurrido en Ruanda; el de Paardekooper et al. (1999), quienes hallaron que los niños refugiados sudaneses en Uganda tenían mayores tasas de suicidio y de consumo de alcohol hasta 15 años después del exilio; entre otros10. Si bien la literatura en el contexto internacional es amplia, hasta donde se sabe en Colombia no existe evidencia al respecto. Con este trabajo, y aprovechando la estructura longitudinal de los datos con la que se cuenta, se busca aportar desde este frente, pues la adolescencia resulta ser un periodo crítico para las intervenciones de política pública al ser un periodo donde empiezan a evidenciarse muchos de los problemas de salud mental (Cunha et al., 2005; Kessler et al., 2005). En segundo lugar, al evaluar las diferencias de los efectos por edad de exposición a la violencia sobre la salud mental. Sobre esto, en la literatura aun existe un gran vacío de conocimiento, pues hasta donde se sabe solo se conocen un trabajo al respecto (Ramírez y Haas, 2021). La contribución desde ambos aspectos es fundamental para el diseño de recomendaciones de política pública, como se menciona en la discusión final de este trabajo.
El estudio toma una muestra de adolescentes entre los 10 y 15 años (N=3.391) de la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA), para quienes se conoce el estado de su salud mental. La metodología se basó en identificar para cada uno de estos jóvenes si durante su primera infancia, por cohorte de nacimiento, estuvo expuesto a periodos agudos de violencia de conflicto armado, medidos como las desviaciones atípicas frente al promedio histórico municipal. De esta identificación resulta la variable dependiente del estudio. Los datos de salud mental se toman del cuestionario de capacidades y dificultades (SDQ, por sus siglas en inglés) realizado en la ola del 2016 de la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA), el cual a partir de 25 preguntas mide factores asociados a problemas emocionales, conductuales, de hiperactividad, con compañeros y comportamientos pro-sociales. A partir de estas preguntas se construyó un solo índice de salud
10 Ver Murthy y Lakshminarayana (2006), para más literatura sobre los efectos a mediano y largo plazo de las guerras y conflictos armados alrededor del mundo en la salud mental.
mental, el cual ya ha sido validado en la literatura (Di Riso et al., 2010; Goodman y Scott, 1999;
Yao et al., 2009). Los datos de violencia resultan de un panel anual municipal construido a partir de diferentes fuentes. La estrategia empírica del estudio explota la variación de los picos de violencia que se da entre cohortes y entre municipios. Para la estimación del modelo, se tuvo en cuenta una amenaza para la identificación por sesgo de variable omitida relevante, pues la dinámica de los picos de violencia podía estar correlacionada con características municipales que explican la salud mental de los jóvenes. Con el fin de aislar el efecto de la exposición a los picos de violencia colectiva en la primera infancia sobre la salud mental en el mediano plazo, y teniendo en cuenta que el contexto social, económico y cultural de los municipios es similar a nivel regional, se incluyen una serie de efectos fijos de región. Los resultados muestran que los jóvenes que estuvieron expuestos a estos choques críticos de violencia en el primer y tercer año de vida, tienen más problemas de salud mental en un mediano plazo en 0,123 y 0,083 desviaciones estándar (SD), respectivamente. De estos resultados deriva la importancia de hacer intervenciones de política pública en niños que viven en zonas con altos niveles de violencia del conflicto armado.
Con el fin de que las implicaciones de política sean más efectivas, este trabajo también contribuye en identificar posibles condiciones y características socioeconómicas, así como factores de resiliencia que ayuden a aplacar los efectos en salud mental. En particular, se encontró que, aunque la exposición a un pico de violencia durante el primer año de vida compromete la salud mental en el mediano plazo, ciertos factores protectores individuales, como la participación a organizaciones religiosos o a actividades extracurriculares, ayudan a que el efecto en salud mental disminuya, al exhibir resiliencia o funcionamiento adaptativo después de la adversidad. Asimismo, otros factores a nivel del hogar, como la cohesión familiar, también ayudan a moderar el impacto de la exposición a la violencia colectiva.
Además de la introducción, la sección 2 de este trabajo examina de forma más completa la literatura sobre la incidencia de la violencia en la salud mental, así como los potenciales efectos mediadores que explicarían la asociación entre ambas variables. La sección 3 describe los datos que se van a utilizar a lo largo del trabajo, mientras que la sección 4 explica la estrategia empírica que se empleará para cubrir con objetivos. La sección 5 muestra los resultados obtenidos, la sección 6 incluye una serie de pruebas de robustez y finalmente se concluye.
II. Marco teórico 2.1 Evidencia empírica
Los avances en campos de investigación como la neurociencia, la psicología, la antropología y la economía han permitido tener una mejor comprensión del impacto a lo largo de la vida que pueden tener las situaciones adversas vividas durante la primera infancia. Para los niños, el entorno del hogar y la familia tiene una fuerte incidencia en su desarrollo y formación cerebral. En efecto, el estrés tóxico experimentado en una etapa sensible de la vida se ha establecido como un potencial factor de riesgo a largo plazo en ámbitos como el aprendizaje, el comportamiento, la conducta y la salud (Dube et al., 2001; Schilling et al., 2007). Según la literatura sociológica, los niños que rondan los 0-3 años no tienen la autonomía suficiente para responder a choques adversos, por lo que son más vulnerables a la exposición de un entorno estresante (Dickson‐Gomez, 2002; Elder 2018).
Una parte de esta evidencia ha encontrado que las experiencias adversas en la primera infancia figuran como un desencante de varias de las complicaciones de salud mental en etapas futuras de la vida, y principalmente en la adolescencia que es cuando se empiezan a manifestar varios de los problemas psicológicos (Cunha et al., 2005; Kessler et al., 2005). Dichos síntomas se han asociado a los efectos negativos de vivir en malas condiciones materiales o por un deficiente manejo y comprensión materna (Richards y Wadsworth, 2004), vivir rupturas familiares (Persson, y Rossin- Slater, 2018), violencia intrafamiliar (Boney-McCoy y Finkelhor, 1995), haber sido abusado física y sexualmente, o que alguno de los padres se encuentre en situación de desempleo (Schilling et al., 2007). Dentro de los efectos estudiados en estos trabajos, se destacan trastornos de depresión y de estrés postraumático, o factores más severos como tendencias suicidas. Incluso, algunos estudios como el de Elder (2018) dejan ver como los niños que experimentaron cambios es la estructura socioeconómica del hogar durante la crisis económica de 1929 mostraron algunos efectos psicológicos en el curso de la vida en términos de depresión.
Los efectos adversos en la primera infancia no solo se han relacionado con la dinámica de la salud mental, sino por ejemplo con varias de las afecciones de salud más comunes en la adolescencia y la adultez, como la obesidad, la diabetes, problemas cardíacos, el consumo de
drogas y el alcoholismo y la mortalidad individual (NSCDC, 2007; Ramírez y Haas, 2021; Van den Berg et al., 2011; Van den Berg et al., 2006).
Aunque esta parte de la literatura ha encontrado que la exposición a eventos adversos en la niñez está relacionada con varias de las dificultades psicológicas y comportamentales a lo largo de la vida, existe otra evidencia que muestra como estos efectos podrían ser transitorios o incluso nulos. Algunos estudios han demostrado que ciertos niños no alcanzan a desarrollar síntomas de psicopatología, pues logran adaptarse de forma positiva y generar resiliencia por factores asociados a sus características individuales de los niños o características contextuales del hogar y el entorno (Elder, 2018; Haskett et al., 2006; Herrenkohl, 2011). Estos factores protectores se han asociado con un mejor funcionamiento en los niños que han sido expuestos a diferentes tipos de violencia como maltrato infantil, abuso sexual (Afifi y Macmillan, 2011; Marriot et al., 2014) y la violencia colectiva (Ozer et al., 2017), o a adversidades más generales como crisis económicas (Elder, 2018).
Además de la evidencia sobre los efectos de la exposición adversa durante la primera infancia, es importante profundizar en el estado del arte de la literatura sobre el impacto en la salud mental en el mediano o largo plazo por cuenta de otros eventos adversos en la niñez, como lo es la exposición a la violencia colectiva. En el contexto global existe una amplia literatura sobre los efectos negativos en la salud mental como consecuencia de violencia asociada al terrorismo, guerras civiles y otros conflictos bélicos (Paardekooper et al., 1999; Rieder y Elbert, 2013;
Rousseau et al., 2015; Singhal, 2019; Schaal et al., 2012). También una gran proporción de las investigaciones se han encargado de documentar el impacto del trauma de la violencia en el corto plazo, mediante el uso de cortes transversales (Attanayake et al., 2009; Barenbaum et al., 2004).
En el caso colombiano, hasta donde se sabe, no existe literatura empírica que analice el impacto de la exposición a la violencia colectiva, asociada en parte al conflicto armado interno, durante la primera infancia sobre la salud mental en el curso de vida. Dado el vacío de conocimiento que persiste, con este trabajo se busca contribuir a la literatura, tanto en el contexto colombiano como global, al estimar el efecto de la violencia colectiva en la salud mental en horizontes de tiempo más largos. Una de las ventajas que tiene este estudio es que la estructura de datos es longitudinal, lo que permite tener información en dos momentos del tiempo, en la exposición a la violencia durante
la primera infancia y en la adolescencia. Además del estudio de Singhal (2019), dentro de la literatura mencionada todos los estudios emplean cortes transversales.
Aún cuando la evidencia ha dejado en claro que el impacto de los eventos adversos puede mostrar efectos diferenciados en el largo plazo sobre varias dinámicas de la vida, hay una pregunta que desde el punto de vista de las políticas públicas resulta crucial entender, y es cómo este efecto, de ser negativo, puede diferir por la edad exacta de exposición. El estudio más reciente al respecto es el de Ramírez y Hass (2021), en donde, a partir de información longitudinal, se analiza el efecto a largo plazo en los adultos mayores que estuvieron expuestos durante el periodo de conflicto de la Segunda Guerra Mundial, por la edad de exposición desde la gestación hasta los 15 años. Los autores encuentran que el momento de la exposición influye en la magnitud del impacto en la salud, tanto física como mentalmente, pues las cohortes que nacieron durante la guerra fueron las que tuvieron un mayor efecto negativo. Asimismo, Richards y Wadsworth (2004) encontraron que las condiciones materiales en el hogar durante los primeros cuatro años de vida tienen efectos diferenciados en las habilidades cognitivas de acuerdo con la edad exacta de exposición. Más allá de estos dos estudios, no se conoce literatura económica que busque diferenciar el impacto de la exposición a situaciones adversas durante la primera infancia, por la edad de exposición. Ante este vacío de conocimiento, este trabajo contribuye a la literatura empírica desde este frente, de tal forma que los resultados sirvan de apoyo estratégico en el diseño de las políticas públicas.
2.2 Mecanismos de transmisión
Existen tres potenciales canales de transmisión, uno biológico, uno social y uno asociado al aprendizaje, para entender la razón por la cual la exposición a los picos de violencia puede estar incidiendo negativamente en la salud mental de los adolescentes (ver Gráfica 1). A continuación se explicará cada uno de ellos.
Gráfica 1. Mecanismos de transmisión
2.2.1 Biológicos
Gráfica 2. Etapas tempranas en el desarrollo del cerebro
Fuente: Tomado de NSCDC (2008) y Leisman et al. (2015). Traducción propia
Uno de los factores que permite entender la asociación entre la exposición a los picos de violencia y la salud mental en el mediano plazo es el estrés. Los tres primeros años de vida se han definido como un periodo altamente sensible, donde la actividad neuronal comienza a moldearse y a adaptar sus propiedades funcionales acorde a la calidad del entorno y a las experiencias específicas a las cuales están expuestos los niños (NSCDC, 2008; 2014). En particular, el cerebro en desarrollo es particularmente más susceptible a la liberación de hormonas de cortisol como consecuencia de la activación del Hipotálamo Pituitario Adrenal (HPA) (Johnson et al., 2013;
Lupien et al,.2009). Cuando las activaciones son frecuentes se da lugar a situaciones de estrés
tóxico, lo que afecta la formación de los circuitos neuronales básicos y, por tanto, la arquitectura del cerebro (Lupien et al., 2009).
Los entornos estresantes que inciden en la estructura neuronal temprana cobran una mayor relevancia si se tiene en cuenta que, como se observa en la Gráfica 2, los tres primeros años de vida es un periodo primordial para la vida, dado que es en cuando se manifiesta la mayor parte del desarrollo cognitivo, social y emocional de la persona (NSCDC, 2012; 2014). La exposición a eventos de alto estrés tóxico es capaz de alterar los patrones del desarrollo de la arquitectura cerebral y, en particular, la interconexión de los circuitos neuronales en áreas del cerebro como la corteza prefrontal, la cual se ve comprometida con la activación frecuente del HPA (NSCDC, 2011;
2012). Entre las funciones de la corteza prefrontal, se destaca el desarrollo de las funciones ejecutivas, que incluyen la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la flexibilidad cognitiva, además de la regulación de las emociones (NSCDC, 2011; 2012). En este sentido, dado que durante los primeros años de vida varias de las funciones cerebrales están en su máxima plenitud, la exposición a un evento estresante en una edad temprana puede afectar la salud mental de los niños al irrumpir con el desarrollo las capacidades emocionales, lingüísticas, para aprender y para relacionarse con los demás (NSCDC, 2012; 2014). En particular, la interrupción de estas capacidades dificulta el hecho de poder regular las respuestas psicológicas, reducir la amenaza o alejarse de una situación amenazante, lo que termina incidiendo en la salud mental del menor (NSCDC, 2008; 2014). Factores como la pérdida de ingresos, la destrucción del capital social y la incertidumbre sobre los mercados laborales por la violencia del conflicto (Matowu et al., 2001;
Rubio, 2014; Stewart y Fitzgerald, 2000) no solo redundan en la salud mental de los padres, sino que pueden transmitirse y profundizar el deterioro en el desarrollo cerebral de los niños (Manning et al., 2009). En el caso del estrés prenatal materno, este puede causar fuertes alteraciones en el desarrollo cerebral del niño, debido a que la liberación de la hormona de cortisol por cuenta del estrés tóxico es capaz de atravesar la placenta y afectar al feto (Gitau et al., 2001).
Aunque la exposición a los eventos adversos compromete el desarrollo cerebral temprano, es importante entender si este efecto del estrés temprano puede persistir en el tiempo y por qué. Una vez que se generan conexiones neuronales alteradas durante la primera infancia y se define una estructura particular de los circuitos, es complejo que las experiencias posteriores de la vida puedan
modificar la arquitectura del cerebro. La afectación de los circuitos neuronales más básicos por cuenta de la exposición a un entorno estresante durante la primera infancia hace que los circuitos neuronales de mayor complejidad no tengan una buena base para desarrollarse y tampoco que puedan recibir la información necesaria para configurar la arquitectura del cerebro en etapas posteriores (NSCDC, 2008). Asimismo, si bien la capacidad plástica del cerebro es capaz de persistir a lo largo de la vida, dicha capacidad disminuye con la edad (Keuroghlian y Knudsen, 2007), pues los estímulos externos estresantes durante la primera infancia pueden modificar el sistema de estrés, de tal forma que este se active con una frecuencia más alta y por períodos más largos de los requeridos (NSCDC, 2014). Dadas estas respuestas neuronales y psicológicas, las experiencias e influencias contextuales adversas vividas durante la primera infancia no solo alteran el desarrollo de la salud mental de los menores en el corto plazo, sino que incluso puede perpetuarse en etapas futuras (Danese y McEwen, 2012; Goodman et al., 2011; Shonkoff et al., 2012).
Adicional a lo anterior, es importante analizar si los efectos sobre la salud mental podrían diferir dependiendo del momento en que se experimentó el choque adverso. Sobre ello, la literatura médica ha demostrado que un mismo entorno estresante puede proporcionar diferentes experiencias cerebrales dependiendo de la edad en que ocurran. Se sabe que los periodos sensibles relacionados al análisis de bajo nivel de estímulos sensoriales terminan antes o cerca al nacimiento, lo muestra la Gráfica 2. Mientras que, las experiencias cognitivas, sociales y emocionales básicas se desarrollan de forma álgida poco después del nacimiento y luego se atenúan gradualmente durante el resto de la primera infancia (NSCDC, 2008).
2.2.2 Sociales
Un segundo canal que permite entender la asociación entre la exposición a los picos de violencia y la salud mental en el mediano plazo radica en que la exposición al conflicto armado trae consigo múltiples secuelas para las trayectorias de vida de los niños, que luego se manifiestan sobre la salud mental. Desde ramas de estudio como la sociología se ha establecido la hipótesis de la causalidad social, la cual indica que los síntomas de problemas de salud mental que empiezan a evidenciarse con el tiempo son el resultado de las privaciones socioeconómicas experimentadas en el pasado (Dohrenwend, 1961). En particular, se ha encontrado que cuando dichas privaciones ocurren durante la niñez tiene efectos que pueden persistir en la salud mental a lo largo de la vida
(Fan y Eaton, 2001; Gilman et al., 2002; Gilman et al., 2003). Por ejemplo, algunos factores como los bajos ingresos del hogar, vivir en un entorno de pobreza y tener un menor nivel educativo se han relacionado con la aparición de los problemas psicológicos y de salud mental en la adolescencia (Dashiff et al., 2009; McLaughlin et al., 2011; Reiss, 2013).
En Colombia, gran parte de esas privaciones han respondido a la incidencia del conflicto armado interno. Técnicas como el desplazamiento forzoso han llevado a que los hogares tengan una menor capacidad de generar ingresos y reduzcan su consumo, hasta llevarlos a una situación de vulnerabilidad económica (Ibáñez, 2008). De igual manera, la literatura ha identificado que el conflicto tiene efectos perjudiciales y duraderos en la formación de capital humano sobre la edad escolar, pues la destrucción de la infraestructura escolar y el miedo de enviar a los niños al colegio conducen a una mayor propensión al abandono educativo (Cervantes-Duarte y Fernández-Cano, 2016; Rodríguez y Sánchez, 2012). Akresh y De Walque, (2008) muestran que los niños que fueron expuestos a la violencia durante su infancia tienen un 18% menos de probabilidad de asistir al colegio y casi un 15% menos de completar el cuarto grado de primaria. Estos factores sociales, las oportunidades de vida más limitadas y la potencial pobreza que suscitan a raíz de la exposición a la violencia temprana terminan siendo un factor de riesgo para la salud mental en los adolescentes (Dashiff et al., 2009; McLaughlin et al., 2011; Reiss, 2013). En efecto, la menor accesibilidad a los recursos, la exclusión social y la reducción del capital social que derivan de ello pueden generar angustia y frustración (Kuruvilla y Jacob, 2007).
2.2.3 Modelo Dimensional de Adversidad y Psicopatología (DMAP)
Adicional al estrés tóxico y los factores sociales, vale la pena mencionar otro potencial mecanismo de transmisión por el cual la exposición a eventos adversos podría repercutir en la salud mental en el mediano plazo. Este se basa en el Modelo Dimensional de Adversidad y Psicopatología (DMAP), desarrollado por McLaughlin y Sheridan (2016), el cual contempla que el neurodesarrollo de los niños se puede ver más afectado por ciertas experiencias adversas. Si bien la exposición a un evento estresante modifica la arquitectura del cerebro temprano, el entorno podría influir en la estructura y función neuronal de distintas maneras. El modelo propone que cada experiencia adversa está compuesta de dos dimensiones: i) el grado de amenaza (daño a la
integridad física) y ii) la privación (falta de estímulos cognitivos, sociales o físicos). Este enfoque ha sido defendido por otros autores sobre importancia de examinar distintas dimensiones de la adversidad infantil (Miller et al., 2018; Humphreys y Zeanah, 2015).
El modelo se centra, por un lado, en evaluar la gravedad de las experiencias que reflejan cada dimensión y, por otro lado, en examinarlas simultáneamente para luego identificar el impacto en el desarrollo de los menores. Los autores explican cómo las personas que experimentaron un evento traumático durante su infancia tienen una mayor prevalencia de tener afectaciones sobre el desarrollo cerebral, aunque en diferentes grados dependiendo de la experiencia vivida. Por ejemplo, los estímulos asociados con la amenaza afecta los procesos de aprendizaje del miedo y la memoria, debido a cambios en la morfología y función del hipocampo (Kim et al., 2006). En consecuencia, estas alteraciones incide en el desarrollo cerebral, al alterar el funcionamiento cognitivo y socioemocional de los niños. Dichas afectaciones se terminan asociando con los síntomas de problemas de salud mental en el curso de la vida, pues el rezago en el desarrollo cerebral dificulta ir en línea con el aprendizaje establecido en la mayoría de colegios y hogares. Esto a la vez entorpece el proceso de relacionarse y genera problemas para percibir las emociones y expresarse.
Teniendo en cuenta los efectos mediadores, la hipótesis central de este trabajo establece que la exposición a un periodo agudo de violencia colectiva, relativo al promedio municipal observado, deriva en síntomas de problemas de salud mental en un mediano plazo. No solo ello, sino que, dado que durante el primer año de vida se desarrollan de forma más intensa los procesos cognitivos, sociales y de regulación emocional, es de esperar que los niveles atípicos de conflicto armado interno colombiano repercutan en mayor medida sobre aquellos que fueron expuestos en ese periodo. Asimismo, ya que durante el resto de la primera infancia los procesos de desarrollo cerebral se atenúan, y teniendo en cuenta que los circuitos neuronales definidos en esta etapa sensible son difíciles de alterar en el tiempo, la hipótesis para este trabajo establece que los efectos en salud mental en el mediano plazo disminuirían conforme la edad de exposición aumente.
Además, se establece una hipótesis alternativa de que la exposición a la violencia no presentaría ningún efecto en la salud mental, siguiendo la idea de que los niños podrían estar desarrollando algún tipo de resiliencia ante los eventos adversos.
III. Datos
Para cubrir con los objetivos del estudio se emplean dos bases de datos: la ELCA y una base de violencia municipal construida a partir de diferentes fuentes.
3.1 Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA)
La ELCA es una encuesta panel con información longitudinal que busca dar seguimiento a cerca de 10.000 hogares cada tres años desde el 2010. La encuesta cuenta con representatividad a nivel nacional para hogares urbanos en cinco regiones (Bogotá, Central, Oriental, Atlántica y Pacífica) y a nivel micro-regional para los rurales (Atlántica Medio, Eje Cafetero, Cundiboyacense y Centro-Oriente). Esta base, que incluye información de las características socioeconómicas de las personas, los hogares y las comunidades, contempla hogares para los estratos 1 a 4 y alcanza a tener una cobertura de seguimiento superior al 90% (Tibavisco y Castaño, 2018).
Para este estudio se tomaron los jóvenes entre los 10 y 15 años de la tercera ola del ELCA del 2016 (N=3.391) y que, además, también fueron encuestados en la primera ola del 2010. Asimismo, se tuvo en cuenta que para estos jóvenes fuera posible observar el nivel de violencia del municipio de residencia que se registró durante el período de su primera infancia (0-3 años)1112. Aunque la obtención de estos datos de violencia se discutirá más adelante, debe mencionarse que el proceso de identificación fue posible gracias a que la ELCA reporta la ubicación del municipio de cada individuo. Los jóvenes están ubicados en 75 municipios a lo largo del país. Con base en la ELCA, a partir del corte trasversal del 2016 se puede observar información relacionada al estado de la salud mental de los adolescentes, mientras que los datos de 2010 se incluyeron para controlar por características socioeconómicas individuales y del hogar de ese año base.
La variable de salud mental se mide a partir del Cuestionario de Capacidades y Dificultades (SDQ, por sus siglas en inglés) realizado en la ola del 2016, el cual está dirigido a todos los adolescentes entre los 10 y 15 años. El SDQ se compone de 25 preguntas en formato de escala de
11 Se toma el municipio de residencia observado para el año base 2010
12 Para el caso de algunos eventos de violencia, no se cuenta con datos en la ciudad de Bogotá
Likert (0= “No es cierto”, 1= “Un tanto cierto”, 2= “Totalmente cierto”), que miden factores asociados a problemas emocionales, conductuales, de hiperactividad, con compañeros y comportamientos pro-sociales. Dada la naturaleza de cada uno de estos componentes, el cuestionario de capacidades y dificultades (SDQ, por sus siglas en inglés) es usualmente utilizado en la literatura para medir problemas concurrentes de psicopatología y salud mental en general de los jóvenes (Bryant et al., 2020; Goodman et al., 2003). El cuestionario es usualmente utilizado en la literatura para medir problemas de salud mental en general de los jóvenes (Bryant et al., 2020;
Goodman et al., 2003) y se ha empleado para estudiar asociaciones con los resultados educativos, el comportamiento de la salud física, el desempleo y el crimen (Colins y Grisso, 2019; Dias y Seabra, 2020; Golberstein et al., 2016; Rajmil et al., 2009). De acuerdo con estas 25 preguntas, se construyó un índice de salud mental que oscila entre 1 y 35 puntos, en donde a medida que la escala aumenta los síntomas de problemas mentales son mayores. En la literatura se ha validado la fiabilidad de este índice para detectar problemas emocionales y de comportamiento (Di Riso et al., 2010; Goodman y Scott, 1999; Yao et al., 2009). En particular, para la construcción del índice de salud mental se encontró un alfa de Cronbach de 0,81. Este estadístico es comúnmente usado para evaluar el grado de correlación entre las variables que componen el índice y medir la confiabilidad de lo que la escala unidimensional pretende capturar. Dado que el índice de salud mental encontrado está por encima de 0,8, la evidencia indica que las 25 variables apuntan a una misma dirección y están altamente correlacionados entre ellas, sugiriendo que hay una alta consistencia interna en el índice (George y Mallery, 2003).
Gráfica 3. Histograma del Índice de salud mental SDQ.
La distribución de la variable de salud mental se muestra en la Gráfica 3. Si bien se observa una mayor concentración de los datos en la cola izquierda de la gráfica, es importante mencionar que el 42,4% de los jóvenes tiene un puntaje igual o mayor a 17, que es el punto de corte que ha definido la literatura médica para indicar un comportamiento riesgoso en la salud mental (Goodman, 1997). Aunque existen varios factores que pueden estar explicando esta conducta riesgosa, la exposición a eventos adversos durante la primera infancia, como lo es la violencia colectiva, puede estar incidiendo en la salud mental en los adolescentes.
3.2 Base de violencia municipal
La segunda base de datos corresponde a un panel de violencia municipal, que cuenta con información anual del número de eventos violentos que ocurrieron en cada municipio del país entre el 2000 y el 2009, por modalidad de violencia. Este periodo de análisis corresponde a aquel en donde los adolescentes de la ronda 3 de la ELCA (2016) nacieron y vivieron sus tres primeros años de vida. En particular, el panel incluye variables asociadas a la incidencia del conflicto armado, en materia del número de víctimas por i) desplazamiento forzoso, ii) masacres, iii) asesinatos selectivos, iv) enfrentamientos bélicos y v) actos de terrorismo, a lo cual se suma el número de eventos por i) daños a bienes civiles, ii) minas antipersona y iii) secuestros13. Estas variables fueron recolectadas de diferentes fuentes de información, algunas oficiales como el Ministerio de Defensa y el Registro Único de Víctimas (RUV), mientras que otras fueron tomadas del registro del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). Es importante mencionar que, si bien la ELCA cuenta con información sobre la incidencia de la violencia del conflicto armado en las comunidades, es factible que estos datos sean imprecisos dado que los encuestados pueden dar un sub-reporte por el miedo a las represalias que puedan tomar los grupos armados. Por el contrario, las tres fuentes que se tomaron para construir el panel anual de violencia no tienen este problema, al no ser registros de información auto reportada. Las estadísticas descriptivas de las variables de violencia se presentan en la Tabla 1 para los 75 municipios en los cuales están ubicados los jóvenes de la ELCA.
Si bien la tabla deja ver que para cada variable existe una gran dispersión entre los valores mínimo y máximo, este estudio buscar identificar los valores atípicos de violencia dentro de cada municipio durante 2000-2009.
13 Cada una de estas variables se transformó a la tasa equivalente por 100.000 habitantes.
Tabla 1. Estadísticas descriptivas de las variables originales de violencia
Variable n Promedio SD min máx.
Desplazamientos 78 1.169,3 3.768,8 0 64.644
Secuestros 78 3,1 6,8 0 100
Masacres 78 0,8 4,8 0 81
Asesinatos selectivos 78 3,5 10,7 0 97
Daño a bienes civiles 78 0,4 2,1 0 30
Muertos en actos bélicos 78 0,2 1,9 0 29
Minas antipersonas 78 5,1 36,2 0 478
Actos de terrorismo 78 0,1 0,6 0 12
Nota: Incluye información para los 75 municipios, durante el periodo 2000-2009. Todas las variables están expresadas en la tasa equivalente por 100.000 habitantes.
Fuente: Ministerio de Defensa, RUV y CNMH
A partir de la base de datos anual de violencia municipal, se construye la variable dependiente del modelo, con la cual es posible determinar si un joven estuvo expuesto, o no, durante su primera infancia, y por cohorte de nacimiento, a un periodo álgido de violencia colectiva. Para obtener esta variable, como primer paso se construyó un Índice de Intensidad de la Violencia (IIV), basado en la metodología de Análisis de Componentes Principales (ACP). Con esta técnica fue posible reducir la dimensión del número de variables iniciales a un único índice que sintetizara toda la información original y que por sí solo explicara la mayor parte de la variación de la muestra. Una ventaja importante de utilizar el método de ACP es que esta aproximación asigna una ponderación a cada variable dentro del índice, que puede entenderse como el aporte que tiene la variable sobre la varianza total de la muestra. Esto facilita el hecho de que no sea necesario incurrir en supuestos adicionales sobre la relevancia de cada variable dentro del indicador, pues a priori no es preciso determinar la magnitud del impacto de cada evento violento en términos de intensidad. Al final, el IIV que resulta de este proceso captura la intensidad del conflicto armado interno a nivel municipal entre el 2000 y 2009. Para detalles sobre la construcción del índice y análisis de la consistencia interna, ver Anexo 1.
Si bien con el método del ACP es posible ver la intensidad de la violencia municipal en un solo índice, la variable de interés para este estudio es diferente, pues en realidad busca determinar los picos de este nivel de intensidad de violencia que han ocurrido dentro de cada municipio. Para ello, como segundo paso se recurre a calcular las desviaciones atípicas del IIV para cada municipio, con
relación a su promedio observado entre el 2000 y el 2009. Esta variación temporal permite identificar las diferencias del nivel de IIV que se han observado dentro de cada municipio durante este intervalo de tiempo. Ahora bien, con el fin de distinguir cuales son los periodos de violencia más agudos para cada municipio, como tercer paso se crea una variable binaria que toma el valor de 1 si estas desviaciones están por encima del percentil 75. Es decir, si las desviaciones frente al promedio por municipio en el periodo 2000-2009 están por encima de dicho umbral. Este punto de corte se tomó para diferenciar estos periodos álgidos de violencia. En la sección VI de este trabajo se realiza una prueba de robustez mostrando que los resultados obtenidos se mantienen bajo diferentes definiciones de este umbral. Finalmente, gracias al reporte de ubicación geográfica que otorga la ELCA, como cuarto paso se identifica para cada joven si estuvo, o no, expuesto a periodos de violencia agudos por encima del percentil 75 durante su primera infancia, por edad exacta de exposición. Esta última transformación es la variable dependiente del modelo.
3.3. Base final
Recapitulando los elementos anteriores, y recordando que la ola del 2016 del ELCA comprende información de salud mental para los jóvenes entre los 10 y 15 años, al final se tiene un corte transversal con el cual es posible entender de qué forma los jóvenes estuvieron expuestos a la violencia para cada año durante sus tres primeros años de vida, así como evaluar el impacto de ello en la salud mental en un mediano plazo. Ahora, dado es que factible identificar la edad exacta en la que fue expuesto cada joven, la estructura de los datos hace que sea posible explotar diferencias de la intensidad de la violencia entre cohortes, así como dentro de cada región. En total se cuenta con una muestra de 3.661 jóvenes, los cuales están ubicados en 75 municipios a lo largo del país.
La Tabla 2 reporta las estadísticas descriptivas para los jóvenes incluidos en el análisis, en relación con las variables de interés y características socioeconómicas a nivel individual, del hogar y la comunidad. El análisis se hizo por medio de una diferencia de medias entre el grupo “tratado” y de
“comparación”, para cada cohorte de nacimiento. El grupo tratado hace referencia a aquel que estuvo expuesto a un pico de violencia colectiva, mientras que el grupo de comparación, o no tratado, fueron aquellos que no experimentaron dicho evento. La Tabla 2 deja ver un primer diagnóstico al análisis de este trabajo, pues se observa que existe una diferencia significativa del puntaje del índice de salud mental entre ambos grupos que oscila entre 0,32 y 0,62 puntos.
Adicionalmente, se encuentra que ciertas características socioeconómicas de los jóvenes difieren entre los que fueron expuestos a un pico de violencia y los que no. Por ejemplo, la edad,
VariableGrupo T (1)
Grupo NT (2) Diferencia (1-2)Grupo T (1) Grupo NT (2)
Diferencia (1-2)Grupo T (1) Grupo NT (2)
Diferencia (1-2)Grupo T (1) Grupo NT (2)
Diferencia (1-2) Características individuales Índice de Salud Mental 16,2915,810,48***16,4015,780,62***16,2515,930,32**16,3815,900,48*** Edad12,9312,100,82***13,1712,141,0313,1112,260,8613,3612,241,12 Sexo (Hombre=1)0,500,50-0,010,480,51-0,02***0,490,50-0,01***0,480,50-0,02*** Etnia Indígena0,090,050,04***0,090,060,03***0,100,060,05***0,090,070,02*** Afrodescendiente0,000,000,000,000,000,000,000,000,000,000,000,00 Gitano0,030,030,000,030,030,000,030,030,000,020,030,00 Ninguna 0,880,92-0,04***0,880,92-0,04***0,870,92-0,05***0,890,91-0,02* Enfermedad de nacimiento 0,250,37-0,12***0,260,34-0,080,290,31-0,020,300,30-0,01 Características del hogar Composición del Hogar Biparental0,650,69-0,04***0,650,68-0,020,660,67-0,010,660,67-0,01 Monoparental 0,290,260,03**0,300,270,03**0,290,270,010,290,280,01 Ningún padre0,060,050,010,050,06-0,010,050,06-0,010,050,06-0,01 Años de educación del jefe del hogar3,473,360,11**3,453,380,073,373,45-0,083,353,44-0,09 Edad del cuidador 48,5547,331,2249,5146,682,8347,6248,28-0,6645,7949,06-3,27 Número niños en el hogar2,282,270,022,272,280,002,312,260,052,292,270,03 Zona1,561,62-0,06***1,541,63-0,09***1,591,590,001,591,59-0,01 Servicio de alcantarillado 0,430,350,08***0,450,360,09***0,400,400,000,400,400,00 Servicio recolección basura 0,450,390,07***0,480,380,09***0,420,420,000,440,42-0,02 Características de la comunidad Servicios prestados 2,652,88-0,23***2,652,83-0,19***2,522,91-0,39***2,442,90-0,46*** PASARLA A FORMATO PDF E INSERTARLA COMO OBJETONotas: Grupo T hace referencia al grupo tratado, mientras que el Grupo NT hace referencia al grupo no tratado. Todas las variables sociodemográficas, con excepción de la edad, se toman de la base de la primera ola del 2010 del ELCA. La variable de servicios prestados en la comunidad resulta de la construcción de un índice (alfa de Cronbach a=0.9) con variables como colegios, puesto de salud, guarderías y hogares de ICBF..
Tabla 2. Estadísticas descriptivas de las variables del estudio
la etnia, la composición del hogar, el número de niños en el hogar, la zona, los servicios públicos de los hogares, así como los servicios prestados por la comunidad. Con el fin de evitar sesgos en los resultados de la estimación por variable omitida se incluyeron todas estas variables como controles.
El análisis de la Tabla 2 se complementa con la Gráfica 4, en la cual se observa que los municipios en donde, en promedio, se exhibieron choques más agudos de violencia, son también aquellos en donde se presentan mayores síntomas de problemas de salud mental en un mediano plazo. En particular, se observa que persiste una brecha de la mediana de la distribución de salud mental entre los municipios cuyas desviaciones del nivel de IIV están por encima del percentil 75 y los que están por debajo de este umbral. Para todas las cohortes, excepto para la edad 2, esta diferencia es significativa al 95% de confianza14. La evidencia que en conjunto provee esta gráfica y la Tabla 2 apoya la hipótesis central de esta investigación, en la medida en que los niveles atípicos de violencia por conflicto armado pueden estar acentuando los síntomas de problemas de salud mental de los jóvenes. Por otra parte, cuando se analiza el grupo de municipios que, en promedio, mostraron desviaciones del nivel de IIV por encima del percentil 75, se encuentra que los problemas de salud mental son mayores sobre la población que evidenció picos de violencia en edades más tempranas de su vida y, especialmente, durante el año siguiente al nacimiento. Para los siguientes años, se muestra una tendencia decreciente de la mediana de la distribución de la salud mental conforme la edad de exposición aumenta. Este diagnóstico es consistente con la literatura, y va a favor de la hipótesis, pues teniendo en cuenta que el desarrollo cerebral básico se manifiesta de forma más crítica en los primeros días de vida justo después del nacimiento, cualquier estímulo externo estresante que ocurra durante este año de vida afectará la salud mental en el mediano plazo de una forma más acentuada que en el caso de que hubiera ocurrido en otro momento de la primera infancia.
14 La diferencia de medias es de 0,17 puntos cuando la cohorte de análisis es la gestación, de 0,73 cuando es la edad 1 y de 0,66 cuando es la edad 3.
Gráfica 4. Promedio municipal del Índice de salud mental SDQ, según nivel de exposición a violencia colectiva durante la primera infancia.
Nota: La gráfica muestra la distribución del promedio municipal del Índice de salud mental
SDQ, para los casos en que las desviaciones del nivel de IIV de cada municipio están por encima o por debajo del percentil 75. Este análisis se hace teniendo en cuenta cada cohorte de nacimiento en particular. La línea del centro de los rectángulos hace referencia a la mediana de la distribución, la distancia de la caja define el rango intercuartílico, mientras que los extremos de las líneas verticales representan los valores extremos de la muestra.
IV. Estrategia Empírica
En esta sección se describe la estrategia empírica que se utiliza para identificar el impacto de haber estado expuesto durante cada cohorte de nacimiento de la primera infancia a un pico de violencia colectiva, relativo al promedio histórico municipal, sobre la salud mental en un mediano plazo. Dada la estructura de los datos con la que se cuenta, este estudio profundiza en examinar como el efecto en salud mental difiere por la edad de exposición a estos picos de violencia.
La estrategia empírica busca explotar las variaciones de los picos de violencia colectiva que se da entre cohortes y entre municipios. A partir de la Gráfica 5 es posible ilustrar esta idea. Tomando como referencia dos municipios que pertenecen a una misma región, se observa que, de un lado, cada uno de estos municipios tiene una dinámica diferente en cuanto a la intensidad de la violencia y, por ende, experimenta picos de violencia en distintos periodos de tiempo. De otro lado, dentro
de cada municipio los adolescentes presenciaron los picos de violencia en diferentes momentos de su primera infancia. Ambas variaciones ocurren dentro de una misma región, como se observa en la Gráfica 5, pues el modelo, como se discutirá más adelante, debe incluir efectos fijos regionales.
En este caso se considera como exógeno el hecho natural de que las cohortes de nacimiento de cada joven durante su primera infancia coincidan con la presencia de algún pico de violencia colectiva en su municipio. En principio porque, luego del nacimiento, es poco probable prever la ocurrencia de un pico de violencia para un año específico de la primera infancia de un joven.
Gráfica 5. El diseño de la estrategia empírica
Teniendo en cuenta lo anterior, se lleva a cabo una regresión lineal multivariada bajo el método de Mínimos Cuadrados Ordinarios, de la siguiente forma:
(1) 𝑆𝑎𝑙𝑢𝑑 𝑀𝑒𝑛𝑡𝑎𝑙! = 𝛽"+ ∑&ñ( *%+,-.#&%!ó0𝛽#𝑃𝑖𝑐𝑜𝑉𝑖𝑜𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎!,%+ 𝛽*𝑋! + 𝛽1𝑋2+ 𝛽3𝑋% + 𝜁4+ 𝜀!5
Donde 𝑆𝑎𝑙𝑢𝑑 𝑀𝑒𝑛𝑡𝑎𝑙! hace referencia al índice estandarizado SDQ para el individuo 𝑖. Se optó por estandarizar la variable de resultado para efectos de una mejor interpretación sobre los resultados obtenidos, toda vez que el índice no tiene por sí mismo una unidad de medida específica.
El término 𝑃𝑖𝑐𝑜𝑉𝑖𝑜𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 es una serie de variables binarias, en donde cada una toma el valor de 1