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EL PP ANTE VOX Y LAS IDEAS

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EL PP ANTE VOX Y LAS IDEAS

INTRODUCCIÓN.

Recientemente, en la opinión pública española y en el Partido Popular ha crecido una confusión derivada del acuerdo de coalición alcanzado con VOX en Castilla y León y de los comentarios e interpretaciones que se han hecho sobre él.

Esa confusión podría hacer pensar que durante los últimos años el PP ha estado ejerciendo una oposición firme y seria frente a VOX por decisión de su presidente saliente, Pablo Casado, y que el acuerdo alcanzado en esa Comunidad se ha producido no solo después de que este haya perdido su posición efectiva al frente del partido sino por esa causa, que habría hecho posible la desactivación de algún tipo de barrera sólida, política e ideológica, vigente hasta ese momento.

Esto no pasaría de ser un episodio político relevante pero no nuclear si no fuera porque fácilmente podría llevar a un error de consecuencias muy profundas y duraderas en la política española.

Ese error sería el de pensar que tanto la incapacidad del PP para convertirse en alternativa real al Gobierno de Pedro Sánchez como el fortalecimiento de VOX a lo largo de los últimos años se han debido a la firmeza del PP ante este partido.

Dicho de otro modo: si es cierto que Pablo Casado ha mantenido una posición firme, pública y constante contra cualquier coalición con VOX, se puede pensar que al PP le ha ido mal y a VOX le ha ido bien por esa razón y, en consecuencia, el PP podría encarar su próximo Congreso Extraordinario a partir de esa convicción general.

Creo que este peligro sí es muy grave y que justifica que se proceda a un desmantelamiento minucioso de esa idea, que, a mi juicio, no se corresponde con la realidad.

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Durante la campaña de Castilla y León, como un episodio más de un larguísimo e infructuoso intento de casi cuatro años de lograr para el PP un cierto anclaje ideológico que incluyera ese compromiso frente a VOX, el presidente del PP recibió y rechazó estas líneas y otras parecidas en varias ocasiones:

“El europeísmo no puede formar coalición con el antieuropeísmo;

el autonomismo no puede formar coalición con el antiautonomismo;

el reformismo y la moderación no pueden formar coalición con el rupturismo, el populismo y el radicalismo;

el centrismo no puede formar coalición con el extremismo;

la defensa del pluralismo político y social no puede formar coalición con el rechazo al pluralismo político y social;

la voluntad de consenso no puede formar coalición con la voluntad de fractura.

Y por todas estas razones, el Partido Popular no puede formar coalición con VOX.

Acataremos, como siempre, la voluntad de los españoles expresada democráticamente, la asumiremos, y a partir de ella buscaremos siempre los acuerdos que mejor sirvan al interés de todos en lo que sea posible y ayude al país, pero sin movernos de nuestras posiciones de base, y no formaremos Gobiernos de coalición con lo que no es posible que el PP forme coalición sin dejar de ser lo que es.

Una coalición de Gobierno tiene que ser una suma de voluntades orientadas en lo esencial en un mismo sentido, y eso no puede ocurrir entre el Partido Popular y VOX.

Asumiremos todas las consecuencias prácticas que se deriven de esta posición de principio, y yo las asumiré el primero: no seré presidente en un Gobierno de coalición con VOX y no sacrificaré las bases de la convivencia y del progreso entre españoles en ninguna negociación con nadie y por nada.”

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También se rechazaron después de las elecciones.

No creo que en la opinión pública española conste que Pablo Casado haya clausurado explícita, pública y razonadamente la posibilidad de una coalición del PP con VOX en todo caso y en todas partes, algo que podría y, creo, debería haber hecho en uso de sus facultades estatutarias. Ni siquiera consta esa determinación sobre sí mismo, un descarte categórico e inequívoco de personas de VOX en un hipotético Gobierno presidido por él, si los números “obligaban” a incluirlos. De hecho, alguna vez explicitó lo contrario. Las declaraciones más recientes han sido ambiguas, y nunca se ha dado el paso de zanjar la cuestión.

Debo añadir que en este punto particular la secretaría general del partido, al menos recientemente, veía las cosas de manera diferente.

Lo más parecido a una posición clara del presidente del PP ante VOX fue el conocido discurso con motivo de la moción de censura, pero aquella posición suscitó el entusiasmo derivado de su novedad porque efectivamente era nueva, y suscitó luego la decepción derivada de su inmediato abandono, como se explica más adelante.

Desconozco las conversaciones privadas entre la dirección nacional del PP y la dirección del partido en Castilla y León, pero conozco, creo que con detalle, la trayectoria de su presidencia con respecto a VOX desde 2018 hasta hoy, que no es más que una manifestación destacada y especialmente destructiva de su relación con la renovación ideológica del partido, pendiente y fallida.

Creo que la decisión política de fondo durante años y hasta el final no solo no ha sido la de excluir explícita y públicamente una coalición con VOX, sino que ha sido precisamente la de no excluirla por si fuera necesaria para una investidura nacional, aunque sin llegar a afirmarla. La novedad de estos últimos días, coincidente con la polémica, es que VOX ya nunca será relevante para una investidura de Pablo Casado.

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La última nota política de fondo que hice llegar como asesor a la presidencia del PP el día 4 de febrero contenía párrafos que, me parece, no dejan dudas sobre el estado de esta cuestión en ese momento:

“La no confrontación directa y razonada con VOX, anclada en los principios políticos que definen al PP y que deben definir a su líder como garante y defensor primero de ellos, no solo blanquea a VOX y oscurece al PP, sino que alimenta la salida de voto desde el PP hasta VOX e impide el retorno. Eso es lo que está devastando la imagen de Casado, porque nada de lo que diga, por interesante que sea, puede sobreponerse a esta idea: “este va a gobernar con VOX”. Insisto, llevamos así desde octubre de 2018 y hay que zanjarlo ya definitivamente y hacerlo con coraje y audacia, no mediante voces medias o pellizcos de monja. Es evidente que el mejor momento personal y político de Pablo Casado llegó con ocasión de su discurso de la moción de censura. Ese ha sido el único momento de clara visibilidad presidencial obtenida personalísimamente ante los españoles.

Pero no tuvo continuidad, entre otras cosas porque dentro del equipo de Casado son significativas y muy perseverantes en el error (moral e intelectual) las voces de quienes siguen pensando que es posible y que no pasa nada si Casado gobierna con Abascal. Pasa de todo y no va a ocurrir. Y además ya se sabe que “la casa dividida contra sí misma no puede permanecer”. O se busca abiertamente una coalición con VOX, se dice, se hace un equipo compacto para eso y todos actuamos en consecuencia y tomamos las decisiones que en conciencia consideremos adecuadas; o se rechaza categóricamente, y, de nuevo, se hace un equipo compacto para eso y todos tenemos oportunidad de actuar en conciencia.

A mi juicio, es imposible que ese Gobierno PP-VOX se refrende en las urnas, y además de un error político es un trágico error moral. Yo, como es sabido, no podría trabajar para eso, y ahora mismo no estoy seguro de lo que queremos hacer. No hablar claro aun teniéndolo claro porque se estime que tácticamente es mejor no cerrarse puertas es, de nuevo, un error grave. Hay

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puertas que hay que cerrar para ser creíble y persuasivo, para poder hacer que el voto retorne y para evitar que siga saliendo.

Si nosotros no tenemos objeciones nítidas y definitivas sobre VOX, ¿por qué habría de tenerlas nuestro votante potencial?

¿Cómo creemos que se recibe el mensaje cuando le decimos que VOX es tan malo como para que él no deba votarle pero suficientemente bueno como para que nosotros podamos gobernar con él en coalición? Hemos elegido la peor posición política frente a VOX, y no hemos elegido la posición moral correcta. Y la conjunción de esas dos cosas le está salvando la vida a Sánchez.

El impulso de la moción se dejó morir y decayó por completo con motivo de las elecciones catalanas. Se decidió no competir con VOX en Cataluña, ni siquiera se mencionó su voto a favor de regalarle los fondos a Sánchez, con las consecuencias conocidas. Y desde entonces estamos a la búsqueda de una fortaleza vicaria, derivada de resultados de otros en elecciones autonómicas. No está funcionando, al revés: esa búsqueda de fortaleza vicaria se percibe como tal y daña gravísimamente la imagen de Casado, cuya percepción pública no puede continuar en los niveles en los que está ni un día más”.

A mi juicio, insisto, no es acreditable que Pablo Casado haya mantenido una posición firme y constante de rechazo a VOX, tampoco a la posibilidad de una coalición con ese partido. Nada me habría gustado más.

Por terminar de cerrar el círculo de este episodio, me parece evidente que la posición pública más sólida ante VOX y en general en la defensa de la autonomía política del PP ante sus rivales ha sido la que se marcó en las últimas elecciones gallegas.

En las generales de noviembre de 2019, 180.000 votantes gallegos de VOX y Cs obtuvieron una representación de cero escaños, mientras Podemos, con igual porcentaje de voto, obtenía dos. Unos meses más tarde, en las autonómicas, el voto a esos dos partidos

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quedó reducido a 35.000, Podemos tampoco tuvo escaño y el PP repitió investidura. El proceso de aprendizaje de esos 150.000 votantes, aproximadamente lo que creció el PP en Galicia en ese intervalo, es ahora esencial para España.

Es cierto que probablemente pesó la estructura de partido, la diferencia de capilaridad y de capacidad de movilización entre el PP y el resto en una Comunidad como la gallega, pero también lo es que aquellas elecciones estuvieron precedidas por debates de fondo sobre lo que el PP debía hacer o no con esos otros partidos. Las elecciones en el País Vasco, celebradas al mismo tiempo, pueden hacer de “grupo de control” sobre estas decisiones, lo mismo que más tarde podrían hacer las catalanas de 2021, en las que las elecciones estratégicas fueron otras.

Pero este de Castilla y León, aun siendo importante, no es más que un caso concreto derivado de una actitud general en la que es necesario poner la atención. Eso es lo que me gustaría hacer en estas páginas.

El Congreso Extraordinario del Partido Popular de 2022 es un momento clave no solo en la historia del partido, sino en la historia política de España. La memoria del mandato de Pablo Casado estará

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PENÚLTIMAS ÚLTIMAS

EVOLUCIÓN AUTONÓMICAS

PAÍS VASCO CATALUÑA GALICIA

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inevitablemente envuelta en la excepcionalidad, en su inicio (después de una moción de censura que inauguró un tiempo político nuevo y peor, y de un proceso de primarias), en su desarrollo (unos años social, económica e institucionalmente sin precedentes) y en su final, abrupto y traumático, que abre un período de incertidumbres, de oportunidades pero también de riesgos. Esa excepcionalidad pesará en el juicio histórico que se haga en el futuro.

Pero el tiempo político apremia, y a la espera del trabajo de los historiadores conviene ensayar una interpretación de urgencia que trate de poner algo de luz en lo sucedido, especialmente en sus causas de fondo y en sus efectos de medio y largo plazo.

El suelo sobre el que se sitúa este desenlace y que explica algunas de sus características es la amarga sensación de que el PP sigue estando más o menos en el mismo lugar donde lo encontró el Congreso Extraordinario de 2018 y con los mismos problemas que desembocaron en la -también traumática- moción de censura contra Mariano Rajoy.

Este trauma de 2022 no corrige ni contrarresta el de 2018 sino que se añade a él. Y de esa suma de frustraciones sale la imagen de un partido que no ha sabido revertir el severo deterioro de su rendimiento electoral nacional, que se inició hace exactamente una década.

En momentos como estos es natural que los análisis pongan el foco en la superficie más que en los procesos de fondo, en lo inmediato y casi anecdótico mucho más que en lo estructural, en lo personal más que en lo colectivo. Pero la realidad del PP como partido, como institución importante para España, merece algo más que ese tipo de aproximaciones. Esa realidad es que desde hace diez años, con personas muy distintas y con estilos teóricos muy diferentes, se encuentra en un mismo laberinto, ha carecido de la conexión necesaria con los españoles y ha permanecido en un terreno inestable que no le permite ser una alternativa real al Gobierno

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socialista, incluso a este Gobierno socialista. Sobre esa debilidad, que no tenía corrección a la vista, ha sobrevenido el desenlace.

El hundimiento histórico de la intención de voto del PP se produce en los primeros meses de 2012, y nunca se ha recuperado desde entonces un nivel parecido al que se perdió, a pesar de mantener mayorías en algunas Comunidades. Pero las dinámicas autonómicas tienen vida propia, contextos y circunstancias diferenciados, y no es posible “escalarlas” sin más a la vida nacional, ni para lo bueno ni para lo malo; de hecho, hay rendimientos autonómicos y locales alimentados por lo que no podría alimentar nunca a un liderazgo nacional, como es el caso de los nacionalistas. Y hay experiencias de éxitos sobresalientes en elecciones autonómicas que luego desembocaron en derrotas nacionales, como en el periodo 2007- 2008.

No es un hecho irrelevante, porque puede considerarse casi

“antinatural”, que ninguno de los presidentes del Gobierno de España lo haya sido después de haber desarrollado una tarea larga en una Comunidad autónoma (Aznar presidió Castilla y León, pero muy poco tiempo y con un lenguaje, una agenda y un impulso claramente nacionales desde el principio). Esto obedece a varias causas:

inicialmente porque no hubo tiempo de madurar liderazgos autonómicos que pudieran elevarse, pero luego por la dificultad de compaginar una proyección nacional sin aristas con un arraigo autonómico suficiente, con un lenguaje local de la intensidad que exige con frecuencia la vida regional española, tomada ya por procesos identitarios y retóricas de la diferencia exacerbadas que tratan de arrastrarlo casi todo. Y también por las dinámicas y los equilibrios territoriales de los partidos que, al menos para esa posición presidencial, no han visto la política autonómica como cantera, como espacio de reclutamiento, como experiencia capaz de forjar lo que necesita la política nacional. Con frecuencia la ruta ha sido la de sentido contrario, desde lo nacional hasta lo autonómico.

Cambiar esa costumbre y dar naturalidad, coherencia y continuidad a la relación entre lo local, lo autonómico, lo nacional y también lo

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europeo es importante y sería provechoso, pero no será fácil. De hecho, esa debería ser una de las mejores contribuciones del PP a la vida política española, porque implicaría una vida nacional más atenta a las variedades de lo español y una vida autonómica más comprometida con el interés general.

El cambio requerirá equilibrios delicados y afrontará dificultades previsibles, dada la naturaleza de la competición electoral que se debe encarar en las próximas generales y la complejidad de componer un mensaje nacional viable en un momento de tan graves fracturas de todo tipo.

La tensión, el tironeo que padece actualmente el PP desde un lado y desde el otro, tanto en el eje izquierda-derecha como en el eje territorial, no ha podido vencerse en diez años mediante ningún ejercicio de escapismo pendular táctico, como ya se ha hecho evidente. Más bien al contrario, eso lo ha empeorado todo, porque contra lo que algunos pensaban no hemos entrado en un tiempo sin historia ni pasiones políticas, sino más bien en tiempos de ideología descarnada en los que la buena política capaz de oponerse con éxito a la nueva y al populismo debe ganar peso, densidad. Se necesita una clarificación hasta lo cristalino de las posiciones propias que permita al partido competir por el voto con convicción y que haga posible para los españoles saber por qué votar al PP es diferente y mejor que votar a cualquier otro, por qué es lo que conviene a su vida, a la de su familia y a la de su país.

No hay solo un problema de comunicación, hay más y están antes.

Lo que hay que comunicar -que no es difundir ni contar a la prensa sino algo más complejo y también anterior- sigue pendiente de ser pensado y elaborado para poder ser expuesto con persuasión. Para empezar, para ser contado al propio partido, que sobrelleva su ayuno de referencias solventes como puede desde hace mucho tiempo, y que en ocasiones ya no sabe si permanece en la ortodoxia o ha cruzado la línea de la herejía, porque el dogma apenas consta y se vive casi siempre de la tradición oral, que deriva con frecuencia en variantes más o menos ocurrentes del teléfono escacharrado.

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La sociedad española ha cambiado mucho en la última década, como casi todas, y el PP tiene aparcada una tarea de reflexión seria sobre esos cambios a la luz de su propio ideario.

El PP no tiene que intentar “volver”, porque no es posible, no hay a dónde. El país que gobernó ya no existe. El PP más bien debe abrir los ojos a realidades sociales, económicas y políticas nuevas con las que no ha aprendido a relacionarse seriamente ni es posible hacerlo apelando a los grandes éxitos de los noventa. Simplemente, no tiene lo que necesita, ni lo tiene a mano ni lo tiene en el trastero, y tampoco está a la venta, tiene que crearlo.

El éxito de los noventa se basó precisamente en renovar el repertorio, en entender lo que estaba pasando en el país y en el mundo, en anticipar el impacto que esos cambios tendrían para España y en proponer una forma constructiva, prudente y “democrática” de participar en ellos y de orientarlos atendiendo al interés general, dentro del universo de valores, experiencias y criterios de un centroderecha europeísta y moderno.

Esa era la tarea que estaba pendiente hace cuatro años y, lamentablemente, creo que esa sigue siendo la tarea pendiente hoy.

Todo lo demás está lastrado y en buena medida explicado por esta carencia primaria, porque de ella deriva la insuficiencia electoral y, de esta, los problemas. Por ejemplo, cuando se abordan cambios orgánicos territoriales desconectados de un ideario, de una agenda política ordenada y de una estrategia solvente que la sirva, el riesgo es que los cambios se perciban como fruto de la arbitrariedad, que por ello encuentren resistencias basadas en la defensa de un statu quo que no encuentra razones para dejarse sustituir porque no se siente culpable de los malos resultados y, finalmente, que todo ello derive en enfrentamientos vinculados a la pura conservación o conquista de espacios de poder. Espacios irrelevantes todos ellos si por el camino se ha perdido la conexión con el votante, y espacios que llegado el momento deciden proteger su continuidad y no hacer

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honor a una lealtad inexistente porque ha carecido de elementos sólidos para forjarse, personales e ideológicos.

A mi juicio, hay una continuidad de fondo en lo esencial a lo largo de la última década que está lastrando la recuperación del partido, a pesar de la apariencia de cambio que produjo el Congreso de 2018.

Hubo cambios en las personas, que obviamente han sido distintas en algunas de las posiciones más relevantes -aunque no en tantas como en ocasiones se piensa-, pero no en las cosas, en las rutinas, en las ideas, en el lenguaje y en las actitudes esenciales ante lo político. Y, por tanto, deben ser esos cambios de fondo los que se aborden, si no se quiere que los cambios en las personas vuelvan a ser frustrados por la permanencia de las inercias en casi todo lo demás.

Estas páginas pretenden exponer muy brevemente el vínculo entre lo que a mi juicio ha sido un desistimiento en la renovación ideológica del PP y lo que le ha pasado al partido y a su dirección. Creo que esa ha sido y es la clave de lo que viene ocurriendo desde hace muchos años. El destino electoral del PP y el destino personal de su dirección han estado vinculados estrechamente al destino que han tenido sus documentos ideológicos. No hablo de “batalla de las ideas” sino de renovación ideológica y programática, que desde luego se hace en un contexto de rivalidad y competencia, pero que no puede hacerse

“contra” sino “para”.

Sospecho que hay devotos de la batalla de las ideas que son rehenes de una pulsión guerrera irrefrenable adquirida en escuelas ajenas por completo a la mejor tradición liberal y conservadora española, gentes que pretenden que en España haya dos izquierdas culturales duras, una en la izquierda y otra en la derecha, y que han encontrado en la promoción del populismo el mejor camino para lograrlo. El PP, obviamente, debería resistirse a consolidar un marco cultural, político y comunicativo como ese, en el que, como es evidente, su derrota, y puede que su extinción y la de todo lo que encarna, estaría casi asegurada.

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La importancia de que un partido conozca bien, explicite y fortalezca su base ideológica -que no son solo los principios- deriva precisamente de que casi todo salvo ella deberá estar en evolución constante, en cambio prudente y coherente, pero en cambio. Los principios políticos de un partido son algo así como la estanqueidad del casco para el buque, la garantía de su flotabilidad, y, por tanto, la oportunidad para la navegación. Sin principios no se puede ir a ninguna parte. Pero solo con principios, tampoco. Sobre ellos descansa la posibilidad de moverse sin hundirse, pero saber a dónde hay que ir y para qué -es decir, concretar un programa que tenga sentido aquí y ahora para la sociedad española- es una tarea específica que no se cumple invocando de cuando en cuando palabras importantes como libertad, Constitución o España.

Creo que el PP entendió mal su disputa interna en los años finales de la presidencia de Mariano Rajoy. Lo que fallaban no eran los principios ni los valores de las personas, acusación probablemente gratuita y en todo caso poco relevante en términos de historia política, sino el engranaje de los principios del partido con la realidad de un país en crisis y mutación acelerada; faltaban el sentido y la utilidad del centroderecha para la España real, una vez colapsada la imagen de pulcritud y de buena gestión.

El hecho de que los dos últimos congresos del PP hayan sido de carácter extraordinario significa que no ha habido oportunidad ni obligación de desarrollar ponencias ni documentos razonados, que se reservan para los congresos ordinarios.

Y eso, a su vez, significa que el PP va a pasar, salvo que alguien decida remediarlo, prácticamente una década completa sin haber producido un trabajo ideológico serio, y probablemente va a pasar más de treinta años sin renovar el impulso ideológico profundo que hizo posible su condición real de alternativa y su victoria en 1996. Los dos momentos más traumáticos del PP en toda su historia se han abordado sin sentir la necesidad de ponerse a pensar, de producir un diagnóstico y de señalar un camino. Eso, a mi juicio, es expresión de una cultura de partido que merece revisión.

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En octubre del año pasado el PSOE hizo públicas las conclusiones de su 40 Congreso. Se trata de un documento cuyos fundamentos y propuestas son erróneos y producirían efectos muy malos para la sociedad española, ya lo están haciendo; pero se trata de un documento trabajado durante mucho tiempo por muchas personas que claramente conocen su oficio y la intención política con la que lo ejercen. El PP no dispone ni tiene a la vista disponer de algo equivalente, un documento de características análogas que revele trabajo de fondo y propósito social y electoral en el que puedan beber todos los cargos y todas las iniciativas. Si no se compensa pronto esa deficiencia las cosas no podrán mejorar.

La tarea que se aborda aquí se desarrolla con una restricción que es necesario explicitar: creo que ni la política ni ninguna actividad humana relevante pueden sobrevivir a la ruptura de los códigos de privacidad que deben regir cualquier relación entre personas confiables, especialmente si actúan en espacios sometidos a alta presión, como suelen serlo aquellos en los que se habla, se discute y hasta se colisiona en materia política. Habitualmente, poco de lo que puede considerarse protegido por ese código de privacidad tiene realmente valor explicativo insustituible de las cosas importantes, por mucha curiosidad transitoria que pueda despertar, pero aunque ocasionalmente lo tenga y convenga a quien lo puede utilizar para arrojar luz sobre sí mismo o sobre otros, hay que procurar renunciar a ello y buscar otras formas de explicarse, si no queremos liquidar algo tan elemental como la mera posibilidad de seguir diferenciando lo público de lo privado, la mera posibilidad de tratarnos con el respeto que siempre merecen las personas, sin el cual no es posible que produzcan juntas nada realmente memorable. Y a hacer cosas memorables es a lo que la política debe aspirar.

II. AGENDA PARA UNA NUEVA MAYORÍA.

La posición estratégica inicial del PP desde el verano de 2018 debilitó mucho cualquier posibilidad de lograr lo que habitualmente se ha

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denominado “reunificación del centroderecha”. En realidad, la idea de

“suma de las tres derechas”, sostenida no solo por la dirección del PP sino también en medios y estudios de opinión pública de forma tan abrumadora como irreflexiva, produjo varios efectos nocivos de gran alcance, condensados en la “Foto de Colón”. Basta con mirar hoy esa fotografía y recorrer mentalmente la trayectoria de sus protagonistas para comprender lo que le ocurre al centro cuando se mezcla con lo que no lo es.

Esa idea de “tres derechas” diluyó el liderazgo y el propósito del Congreso Extraordinario, confirmó los temores sobre la insustancialidad ideológica del PP, disolvió sus características específicas como partido de centroderecha diferenciado de sus rivales, profundizó la desatención a las ideas y a los programas por considerarse no solo innecesarios sino inconvenientes para la buena relación y fáciles acuerdos con quienes se suponía que se iba a formar gobierno y ya se compartía encuadre, y llevó a la convicción de que la llegada al Gobierno era cuestión de muy poco tiempo, casi una cuestión de semanas. Las encuestas decían que se sumaba, de sobra: 182 escaños se proyectaron en diciembre de 2018. Y hasta la misma jornada electoral de abril hubo quien insistió al presidente del PP en que tendría una mayoría clara de investidura.

La responsabilidad de lo ocurrido en abril de 2019 no es imputable solo a una persona, sino a todo un clima de opinión que reveló una grave carencia en casi toda la derecha social y política democrática española que persiste hasta hoy, una grave incapacidad para analizar su propia trayectoria y su propia circunstancia. Esa carencia está aún lejos de ser superada, a la vista de lo que se ha estado escuchando y leyendo sobre lo que el PP debía hacer en su relación con VOX y ha comenzado a hacer en Castilla y León.

Considérese el efecto práctico nacional previsible: plebiscitar una coalición entre el PP y VOX llevaría prácticamente a cero el rendimiento del PP en Cataluña y en el País Vasco y lo lastraría en todas partes. Lo apartaría de la relevancia europea, ya lo está haciendo. Quien quisiera eso votaría a VOX, quien no lo quisiera no

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votaría al PP. Se movilizaría y compactaría el voto radical, antisistema y de izquierda, se aseguraría el respaldo de los escaños de la España vacía a favor de cualquiera menos de esa coalición; en fin, se regalaría el Gobierno a la izquierda durante mucho tiempo.

Como ya está ocurriendo pero peor.

En una Cataluña harta de tensión, un PSC “estilo Illa” atraería casi todo el voto constitucionalista, temeroso de que una coalición de Gobierno entre el PP y VOX significara la ocasión para el inicio de un nuevo proceso insurreccional abierto. Los catalanes no están en eso y el PP no debe estarlo, porque se pondría rumbo al escenario de la derrota de 2008, de entrada por una diferencia de escaños insalvable entre el PSC y el PPC, igual que entonces, pero también peor. Sin presencia electoral en Cataluña no se puede gobernar España. Y además sin la España vacía, menos.

La cuestión no es ignorar lo que diga la izquierda sobre la coalición, porque la izquierda dice que sería un escándalo pero está deseando que se produzca. La cuestión es hacer lo que le conviene a España y alinear al PP con ese interés, manteniendo el rumbo por encima de desmarques tácticos. Una vieja inercia ochentera lleva por defecto a un cierto PP a pensar que hay que hacer siempre lo que la izquierda dice que le molesta, ignorando: 1.) que la izquierda se ha aprendido el truco y utiliza sus golpes de pecho contra algo para pastorear a esa derecha sin complejos exactamente hacia ese algo, en una rutina de psicología inversa bastante obvia cuyo mejor resultado es la existencia y persistencia de VOX y, ahora, que esa cierta derecha crea que no pasa nada por coaligarse; 2.) que, como se ha dicho ya, el sistema de partidos nacional no tiene nada que ver con el de entonces y las dinámicas de voto, tampoco, y por supuesto no tiene nada que ver con los sistemas autonómicos.

Una coalición con VOX no es para el PP la elección posibilista y templada, es, simplemente, la garantía de su derrota y la seguridad de que Sánchez volverá a gobernar. VOX es el sueño de cualquier nacionalista y de Sánchez pero cree que es su pesadilla, lo que indica hasta dónde ha llegado el extravío. No parece discutible su efecto

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divisivo para promover un programa que jamás ha sido parte del ideario del PP, que lo neutraliza, que lo combate y que busca su destrucción.

Pero no es solo una cuestión de rendimiento electoral, sino de lo que va antes de que cualquier proyecto político pueda tener rendimiento electoral.

La relación con VOX depende de lo que el PP elija ser. ¿Y qué debe ser el PP para España? A mi juicio, el partido que reactive y reúna a una clara mayoría reformista de España, a pesar de que se le empuja a abandonarla en manos del rupturismo. El partido que evita que España repita su peor historia. El partido que se niega a minusvalorar el impacto destructivo potencial de lo que VOX hace, dice y pretende, aunque le convenga, sin que eso suponga dejar de combatir el impacto destructivo actual de la izquierda y sus socios, al contrario, como única decisión compatible con el combate electoral eficaz contra estos. El partido que pudiendo coaligarse con VOX le dice no para poder decir sí a su auténtica misión, que es asegurar la continuidad de la España constitucional. Porque las dos cosas no pueden ser a la vez.

La coherencia se sigue exigiendo al PP, y está bien que sea así, aunque a VOX se le dispense. Hoy habla del derecho a entrar en un Gobierno autonómico quien en octubre de 2018, en su primer Vistalegre, afirmó: “O pensiones o autonomías, o becas para los estudiantes o autonomías, o impuestos bajos o autonomías, o ayudas a las personas dependientes o autonomías … fuera autonomías”. La Agenda España de VOX dice literalmente esto: “40 años de ensayo autonómico nos han dejado una comunidad política dividida en 17 reinos de taifas, un enorme caos administrativo, lazos afectivos debilitados y un país sumamente desigual. Además, en contra de lo esperado, el estado autonómico se ha convertido en enemigo de la rica diversidad de España, atacando la pluralidad provincial y comarcal y tratando de homogeneizar territorios artificialmente.”

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Y entre las medidas que se comprometen están las siguientes:

“Devolución inmediata al Estado de las competencias en Educación, Sanidad, Seguridad y Justicia, limitando en todo lo posible la capacidad legislativa autonómica, como paso previo a la creación de un estado unitario, administrativamente descentralizado, que promueva la igualdad y la solidaridad entre españoles.”

¿Exactamente dónde reside la compatibilidad de esto con la literalidad de los Estatutos de autonomía y con la Constitución que el PP sí defiende?

Habla de eso alguien que se pasea con el ultranacionalismo francés que ha estado siempre entre los peores enemigos de los intereses de los españoles y que ha votado a favor de los prófugos del procés por entender que se trataba de una persecución política.

Alguien que se declara antiglobalista, que es como ser antigravedad, o antioxígeno. Si hay una historia nacional construida alrededor de lo global, esa es la historia de España. Por ir a su registro: Tordesillas;

capitulaciones de Valladolid; el Globo como realidad política y comercial que existe desde que la Corona española hizo posible la circunnavegación de Magallanes-Elcano. Es obviamente globalista el catolicismo, como fue globalista Lepanto, invocado también en Vistalegre, donde combatió la cristiandad. Por eso, entonces, Pio V incluyó en las letanías del Rosario “auxilio de los cristianos” y no

“auxilio de los españoles”.

Invocar hoy la Europa de Lepanto por oposición a los tratados europeos en nombre de una herencia cristiana es sencillamente absurdo por razones obvias, pero también porque la obra política europea trascendental más reciente de inspiración cristiana es precisamente la Unión Europea, creada básicamente por empuje de católicos -alguno camino de los altares- frente a totalitarios de izquierda y de derecha, a favor del mestizaje, la tolerancia, la convivencia y la sociedad abierta, como cuadra a la doctrina social de la Iglesia. La UE tiene problemas graves y rumbos pendientes de rectificación, pero que exista es, casi literalmente, una bendición.

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¿Hay que recordar lo que suponen para España el mercado europeo, los fondos y el euro? ¿Por qué el franquismo quiso entrar en el Mercado Común desde 1962? Ningún Estado es hoy más débil que cuando pasó a formar parte de la UE. España, tampoco. La UE es consecuencia y remedio de la debilidad de los Estados después de la guerra, no causa. ¿Dónde ha quedado el Global Britain de Johnson?

Centralización no es igualdad, como evidenció la dictadura y como saben los vecinos con calefacción central: unos más, otros menos.

Ha sido el modelo autonómico el que ha igualado derechos y servicios y el que los ha protegido del mal gobierno central.

Ningún partido populista, antieuropeísta, antiautonomista y antiatlantista puede tutelar al PP. Lo que querrá será extraviarlo, como es lógico y como ha explicitado. Una coalición PP-VOX sería tener la oposición dentro del Gobierno.

Y esto es lo primero que el PP debe comenzar a explicar a los votantes de VOX, a quienes hay que respetar y a quienes, precisamente por ello, es hora de confrontar con la realidad del partido al cual votan si es que lo hacen en lugar de al PP. Porque VOX no está en lugar del PP, aunque haya jugado a eso, sino donde jamás ha estado el PP, ni con Aznar, ni con Rajoy. El elector debe saberlo y no lo sabe.

Respetar al votante es hablarle en serio, ofrecerle razones para que te elija como el mejor instrumento para lograr lo que quiere, aclararle lo que está oscuro, persuadirlo con transparencia de que los problemas que le preocupan se arreglan con más PP y se han agravado con menos. Esto es lo que el PP no ha probado todavía frente a VOX: disputarle el voto abiertamente.

El PP no debe intentar cabalgar su propio tigre. No pudo cabalgarlo el nacionalismo en el País Vasco, no pudo en Cataluña; no ha podido el socialismo y no podrá el PP. Si le das poder a VOX, VOX será más

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poderoso, no menos; si te pones en sus manos estarás en sus manos, no él en las tuyas; si quieres que el votante se quede y crezca, explica por qué eres distinto y mejor y deja de decir que te pareces y que no son peores. Es estupendo que VOX no sea como Bildu, pero parece una justificación bastante precaria -además de una comparación inquietante y reveladora- como para apoyar una coalición.

Una coalición de Gobierno tiene que sumar afinidades y propósitos si no convergentes, al menos paralelos. Eso no ocurre entre el PP y VOX. De hecho, una vez fijada la idea de lo que debe ser el PP, hay menos razones para una coalición entre el PP y VOX que para un acuerdo de Estado entre el PP y un improbable PSOE vuelto en sí alrededor de una Agenda Nacional de Reformas para enfrentar lo que está por llegar sobre la sociedad española. Un acuerdo destinado a resolver muchos problemas crónicos de nuestras instituciones, de nuestra economía y de nuestro bienestar que están pendientes, y cuya solución no pasa por la destrucción del sistema constitucional, que incluye autonomía, pluralismo, europeísmo y voluntad de concordia.

Probablemente, uno de los aprendizajes más necesarios para el PP es el de saber mantener una relación sana con quienes hacen encuestas. Hacer una encuesta es mirar por el retrovisor, pero interpretarla políticamente es algo muy distinto, y habitualmente quien tiene alguna idea de cómo hacerlo es quien supo anticipar lo que dirían las encuestas si se hacían ciertas cosas. En mi experiencia, ese no es el caso de quienes hacen encuestas, lo que no les resta calidad ni solvencia alguna en su verdadero oficio. La culpa no es suya sino de quien les pregunta, porque preguntar a un encuestador por lo que conviene hacer suele producir el mismo resultado que tendría atender las indicaciones sobre giros, aceleraciones y frenazos que proporcionara un copiloto sentado mirando hacia atrás.

¿Qué sentido tenía para un partido aquejado de falta de perfil y de indefinición ideológica afirmar que Ciudadanos compartía su mismo

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espacio político en lugar de decir que estaba en otro espacio -el centro izquierda, como realmente era- y ponerlo a competir con el PSOE? ¿Qué sentido tiene decir que VOX se parece mucho al PP en lugar de marcar las diferencias que separan a un partido populista, antieuropeísta, antiautonomista y radical, y por ello en conflicto político de fondo con la Constitución, de otro que milita en la moderación, el autonomismo, el europeísmo y la política institucional? ¿Qué sentido podría tener hacer esas dos cosas a la vez, abrir las puertas a los votantes propios para que se marcharan a dos partidos “parecidos” al PP pero más jóvenes, más limpios,

“frescos” y desinhibidos, en lugar de mantenerlos dentro explicando que esos partidos son muy distintos y no mejores pese a todo?

La unificación del voto no puede lograrse desplazándose alternativamente a lugares contradictorios, donde no es posible pretender estar al mismo tiempo sin que eso genere todo tipo de incoherencias y desconfianzas. Tampoco oscureciendo el perfil ni evitando las confrontaciones razonables “porque los vamos a necesitar para sumar”. Cuando se comenzó a decir eso y a actuar en consecuencia VOX tenía una proyección de un escaño.

La garantía de que los necesitarás más después de las elecciones es que no compitas con ellos antes de las elecciones. La unificación se logra atrayendo a los votantes, estén donde estén, hasta la posición que uno ocupa, generándose un perfil claro y distintivo hasta el punto de que el voto no sea en absoluto intercambiable con el de otro y se perciba como un voto mejor. Unificar el voto implica generar una distancia clara con los rivales, sin agresividad pero con firmeza, pero en abril de 2019 se hizo lo contrario, con el resultado conocido:

el PP se hundió, sus rivales se fortalecieron, la suma real quedó muy lejos de lo necesario y la posibilidad de una reunificación se alejó todavía más.

Para las elecciones de noviembre de 2019 se tuvo claro en el partido, no así en los medios, que la dispersión del voto garantizaba la victoria de la izquierda y aseguraba que el PP no gobernaría, y se intentó un acuerdo entre direcciones de partidos cuyo efecto, sin embargo, y a

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pesar de la subida del PP, fue el de confirmar la idea de voto intercambiable. Si la única razón para votar al PP era que no tenía sentido desunir el voto de la derecha, igual daba unirlo alrededor del PP que unirlo alrededor de otro. Y eso fue lo que ocurrió: el hundimiento de Ciudadanos no benefició suficientemente al PP.

La evidencia de que no sería posible alcanzar los pactos a los que apuntaba el “España Suma”, llevó a un cambio de posición importante que, sin embargo, fue tardío y no llegó a tiempo de condicionar las elecciones de noviembre. El 23 de septiembre de 2019, en su discurso ante el Comité Ejecutivo Nacional, el presidente del PP enunció su deseo de impulsar una Agenda para una Nueva Mayoría, como tarea derivada de la conclusión de que el PP debía empezar a “unificar por la base” lo que era imposible unificar mediante acuerdos de las cúpulas.

Y unificar por la base obligaba a competir, a aclarar perfiles, a precisar propuestas, a tener ideas propias y mejores. Obligaba a tener una agenda para una nueva mayoría de españoles. A mi juicio, en ese momento el PP encontró su buen camino para cambiar la tendencia que lo lastraba, y fue esperanzador que los titulares señalaran que el presidente había logrado el aplauso unánime de sus barones a aquel nuevo mensaje. Un PP unido y en el buen camino era una buena noticia.

El 20 de julio de 2020 la dirección del partido recibió un documento titulado “Bases de una Agenda para una Nueva Mayoría”, cuya introducción vale la pena citar completa:

El pasado mes de febrero y a requerimiento del presidente del Partido Popular, Pablo Casado, quedó constituido un grupo de trabajo cuyo propósito es proporcionarle a él y al partido sucesivos documentos destinados a renovar el ideario y la agenda del centroderecha español. Se buscaba una aproximación sintética e integral, sin excesivas ataduras a documentos o programas anteriores, que comenzara a desarrollar la Agenda para una Nueva Mayoría enunciada en el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Popular el 23

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de septiembre de 2019. Y se quería, además, que en él participaran desde el inicio personas de gran valor profesional e independientes de la estructura orgánica del partido, para abrir la Agenda a la sociedad española, escucharla y recibir sus propuestas, renovar los enfoques y el lenguaje. Esto sin el menor ánimo de transformar el Partido Popular en algo distinto de lo que es, ni de desplazar su posición y su base electoral; al contrario, con la intención de arraigarlo más profundamente, de ensanchar su base, de poner al día un proyecto claramente reconocible, apoyado en sus pilares esenciales, y de hacer posible de nuevo una clara mayoría social reunida alrededor de un mismo punto de encuentro y de una misma opción electoral.

A treinta años de distancia del Congreso de Sevilla, la tarea es proyectar las bases intelectuales y morales últimas del PP sobre los nuevos problemas políticos, económicos y sociales de la España del siglo XXI, de revisarlas, de enriquecerlas y de hacerlas plenamente operativas en el día a día del partido, en todos los niveles de Gobierno y Administración, de forma coherente, coordinada y útil para la sociedad española. Se trata, en suma, de hacer de este tiempo de oposición un tiempo de innovación, de regeneración y de fortalecimiento, como interpretación fiel del mandato salido del Congreso Extraordinario de 2018, que llevaba aparejado necesariamente este proceso de evolución y de apertura, un proceso interrumpido con frecuencia por las sucesivas convocatorias electorales concatenadas desde finales de 2018.

La idea de este primer documento, al que hemos titulado Bases de una Agenda para una Nueva Mayoría, es proporcionar un análisis profundo pero no erudito ni extenso, que pueda comenzar a rendir una utilidad práctica a los órganos del Partido Popular, sin sacrificar para ello ni el rigor, ni la evaluación crítica, ni el soporte académico que se ha estimado adecuado, aunque se ha reducido al mínimo necesario. No es solo un documento para ser leído sino para dos cosas más: 1.) “demostrar” que es perfectamente posible y razonable abordar la actual agenda pública española y europea desde una posición de centroderecha sin necesidad de hacer concesiones

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indeseables a los enfoques y al lenguaje de otros espacios políticos;

2.) inspirar realmente, con sentido práctico y con densidad política, una renovación del centroderecha español, sus actitudes, sus mensajes, sus programas y sus políticas, en el contexto de fractura y polarización actuales, que es necesario revertir para que España pueda ser realmente gobernable y para que pueda serlo de forma constructiva.

El documento “recuerda” al centroderecha cuáles son sus anclajes, sus éxitos, sus tentaciones y sus errores; restaura y limpia una clara filiación social y europeísta; sitúa en el centro la persona, el carácter instrumental del poder político, el concepto de progreso, la idea de subsidiariedad, el aprecio por la iniciativa privada como bien público esencial, su carácter internacionalista, su respeto por las diferencias sin menoscabo de la idea de ciudadanía, etc. Es decir, ilumina una historia intelectual y política para que en ella se puedan apoyar interpretaciones solventes de la realidad y propuestas operativas y justas para actuar en ella.

El trabajo del Grupo ha avanzado fijándose como horizonte una vocación integradora de sectores, de ideas y, en último término, de votantes alrededor de una Agenda, es decir, de un compromiso público explícito y concreto con la promoción de cursos de acción política sólidamente anclados en ideas y actitudes diferenciables de otras, destinadas a inspirar políticas públicas para España y para Europa. En un tiempo de descrédito generalizado de la política, parece claro que el camino para restablecer la confianza de los electores en sus partidos debe pasar inexorablemente por el abandono de algunas de las prácticas menos edificantes de la efímera “nueva política” y su enceguecida confianza en la imagen, las redes y la política de frases más o menos ocurrentes, y por el retorno a la política de realidades, ciudadanos, análisis y textos tan complejos y sofisticados como lo requieran los problemas a resolver.

La política es difícil y compleja, y no se debe confundir la encomiable y necesaria voluntad de hacer accesible a todos su comprensión, con el simplismo como parapeto de la pereza mental o, incluso, de la insolvencia intelectual.

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Por otra parte, en este documento se explicita un compromiso claro con el marco común de convivencia, que es perfectamente compatible con el igualmente explícito compromiso con una ubicación política concreta, nítida y renovada dentro de ese sistema común, de manera que lo sistémico y lo partidista puedan convivir con naturalidad dentro de un mismo discurso y se refuercen mutuamente.

Las ideas políticas de base, por tanto, son dos: la primera es que el sistema de 1978 sigue siendo extremadamente valioso para los españoles y debe ser defendido, lo que no significa renunciar a la reflexión crítica sobre sus problemas y sus necesidades; la segunda es que la reunión del voto de centroderecha es deseable y que esa reunión solo puede hacerse alrededor de un centroderecha encarnado en el PP, previa renovación profunda de su ideario, de sus análisis y de sus propuestas.

Este primer texto que el Grupo de Trabajo de la Agenda para una Nueva Mayoría entrega al presidente del Partido Popular, debe ser idealmente el primero de varios que progresivamente irán acercando los fundamentos políticos del centroderecha renovado -no más

“centrado” en su acepción tópica, sino más ancho, más profundo y más poblado-, hasta las políticas y las iniciativas legislativas específicas. No se trata de “bajar de las alturas del pensamiento”

hasta la “realidad de la política”, sino de restaurar la necesaria conexión entre las ideas y los actos políticos. Porque la política sin ideas no puede conservar ni su dignidad y su sentido, y eso, dignidad y sentido, es lo que debemos contribuir a poner de nuevo en el núcleo de la acción política. Para eso se convocó este Grupo de Trabajo, y esa sola decisión constituye en sí misma un motivo de esperanza para quienes hemos tomado parte en este trabajo, que hemos realizado con perfecta observancia de nuestra independencia política e igualmente perfecta observancia de nuestro compromiso cívico.

El documento tenía 160 páginas aproximadamente y a lo largo de sus 12 capítulos se abordaban temas como la libertad, las instituciones,

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el Estado autonómico, el secesionismo, la política catalana y la vasca, la Unión Europea, las bases históricas del centroderecha, el modelo social y de bienestar, la defensa de la comunidad política, la idea de ciudadanía, educación, la memoria y la historia, la familia, las políticas de género, la religión, la defensa de la vida…

A mi juicio, lo mejor del documento, escrito con un esfuerzo muy generoso por algunos de los profesores y profesionales más brillantes de España, es el hecho de que fuera producto de reuniones celebradas para hablar entre todos y sobre todo. El grupo operó como un verdadero fractal del centroderecha completo al que la Agenda se dirige, desde personas declaradamente ateas hasta otras declaradamente católicas, desde personas muy a la izquierda del centro hasta otras situadas muy a la derecha. Lo que ocurrió en aquellas reuniones evidenció que existe una posibilidad real y próxima de elaborar una agenda para una nueva mayoría de españoles cuyo eje sea el Partido Popular. Y no una agenda de retales, en la que cada uno puede encontrar una cosa distinta según su conveniencia o su necesidad, sino una agenda única destinada a hacer una sola cosa pensada y formulada de manera que merezca el apoyo de todos.

Las reuniones físicas, que incluyeron una larga cena con el presidente del PP en un céntrico restaurante de Madrid, quedaron muy pronto interrumpidas por los efectos de la pandemia, y fueron sustituidas por videoconferencias durante algún tiempo.

Concretamente hasta que se hizo evidente, y así se transmitió a los miembros del grupo, que el interés por desarrollar una estrategia de unificación del voto basada en la elaboración de la Agenda, reflexiva y profunda, había quedado apartada por la dinámica de oposición iniciada con la llegada del virus. Sinceramente creo que fue un grave error.

Probablemente fue “el” error que ha marcado estos cuatro años, porque no fue ni forzado por las circunstancias ni careció de advertencias insistentes, y porque de él se derivó la imagen personal de la dirección del PP hasta el día de hoy. Fue una elección política

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pura, informada, consciente, personal. Que el ministro de Sanidad de la pandemia ganara las elecciones en Cataluña y permanezca hoy ahí, convertido en una variable que será clave para el rendimiento del PP en las generales en Cataluña y por tanto en toda España, debe hacer pensar.

El documento permanece a disposición del partido para el que fue elaborado, y sospecho que no sería imposible activar de nuevo el grupo que lo redactó.

Creo que, pese a lo que se suele decir quizás como coartada contra la lectura, no son los buenos intelectuales los que viven en las nubes, sino muchos de los políticos comunes que piensan de sí mismos que saben por dónde pisan; un buen intelectual o un buen profesional suele tener una vida mucho más normal que un político profesional, suele tener los pies en la tierra y un contacto diario y exigente con personas de otras edades y de otras ideas que los mantienen al día de lo que se piensa y de lo que pasa, de lo que preocupa y de lo que se espera.

Habitualmente, además, su estudio, su tarea, su sana costumbre de leer, pensar y escribir, la necesidad de cumplir objetivos y expectativas, los preparan para la comunicación de cosas importantes, para la evaluación de escenarios y la previsión de consecuencias. Su realismo suele superar en mucho el que evidencia el político medio español de hoy, especialmente cuando su trayectoria biográfica y profesional se ha desarrollado casi íntegramente dentro del partido al que pertenece. Si los partidos se aíslan no pueden realizar bien su tarea, que es hacerse cargo de una realidad que ni se vota ni se deja reducir a tweet o emoji alguno. No es necesario para el político impostar un gusto exagerado por la lectura y la reflexión, pero no es aceptable, porque tiene consecuencias inmediatas, carecer de la rutina de lectura y reflexión sin la que no es posible ni sería prudente tratar de gobernar un país.

III. UNIDOS POR LA LIBERTAD. COMPROMISOS PARA EL FUTURO DE ESPAÑA.

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La situación política previa a la crisis del coronavirus estaba dominada por la reciente formación del Gobierno de coalición PSOE- Podemos. Un Gobierno que confirmaba todas las advertencias realizadas por el Partido Popular desde la campaña de abril de 2019;

un socialismo en mayoría minoritaria decidido a asociarse con los partidos situados a su izquierda y con partidos abiertamente contrarios a la Constitución y reticentes a la condena del terrorismo;

una derecha fracturada por un proceso de centrifugación ideológica previa hacia el populismo y hacia un moderantismo de centroizquierda, como resultado de lo que abrumadoramente se percibía como desistimiento ideológico y corrupción y de la utilización que de estos dos hechos realizaban nuevos partidos cuya intención real estaba muy lejos de restaurar un PP más limpio o más comprometido ideológicamente con su propia historia.

Lo cierto es que desde mayo hasta noviembre de 2019, el Partido Popular estableció con claridad el riesgo de un Gobierno como el que finalmente se formó y pidió el voto para evitarlo. Pero fracasó.

Entender que el fracaso es real y cuáles son sus razones es indispensable para superarlo. No se puede contextualizar arbitrariamente ni disfrazar a capricho para evitar mirarlo directamente, porque eso impide sobreponerse y alcanzar el objetivo.

Pese a que esa alerta de máximo riesgo para la continuidad de los consensos esenciales forjados alrededor de la realidad y del mito de 1978 llegó alta y clara a la opinión pública, las tendencias no se modificaron significativamente en las elecciones de noviembre. Los españoles prefirieron la posibilidad de un Gobierno Frankenstein como el que finalmente se formó, antes que concentrar su voto alrededor del Partido Popular. Este es el dato más importante de la política española actual y el dato esencial sobre el que el PP debería reflexionar, cosa que en absoluto se ha detenido a hacer.

Se ha producido un serio deterioro del compromiso de la mayoría electoral con el constitucionalismo habitual alrededor del cual se hizo la política desde los años ochenta hasta 2004. Dicho de otra forma:

el desafío a la institucionalidad y a las costumbres políticas en las que desembocó la Transición ha arraigado mucho más de lo que

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inicialmente cabía suponer, y hoy ese desafío no sólo no genera un rechazo mayoritario sino que es el núcleo de la nueva mayoría social,

“al ralentí”, pasiva, pero mayoría. Marca la agenda, arrolla en territorios clave como el País Vasco y Cataluña, decide Gobiernos en muchos otros, ha normalizado plenamente su existencia, alimenta a VOX por rechazo y para nada puede hablarse de él como de algo marginal o transitorio. Desde el punto de vista político, el postzapaterismo y sus satélites son la nueva normalidad en España.

Y frente a esto hay que comenzar por reconocer el fracaso del Partido Popular en la tarea de resistirlo y de derrotarlo. El PP no ha tenido solo un problema con las personas, lo tiene con las cosas. Por eso, se equivocaría si pensase que basta con sustituir a las personas para que las cosas sean distintas. Especialmente en Cataluña se ha demostrado que no es cierto que un modelo distinto de liderazgo bastara para activar una mayoría silente o dormida: esa mayoría no existe, hay que crearla. Pero del Congreso de 2018 hasta la fecha ha salido apenas un propósito de retorno fallido, cuando debía haber salido una nueva conquista.

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Es cierto que en ese proceso de trasgresión han operado falsificaciones groseras, pero sería muy erróneo ignorar que en su

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favor han jugado también acontecimientos reales y sostenidos durante muchos años en muchos sitios.

El deterioro de la jefatura del Estado fue dramático antes de la abdicación, y aun hoy sufre por muchas razones, sobre todo por la sobreexposición y la falta de protección que le ofrecen los partidos y sus actitudes, todos ellos, que la llevan recurrentemente al límite de las posibilidades de su papel moderador, especialmente cuando debe ejercerse ante un poder ejecutivo nacional o territorial abiertamente republicano, pero no solo en ese caso.

La corrupción ha dañado gravísimamente la reputación de los partidos y de sus representantes. El impacto de la crisis ha producido un estremecimiento de las clases medias y una precarización de las clases medias-bajas, que en muy poco tiempo pasaron de albergar expectativas reales de ascenso social a sufrir un retroceso súbito y dramático de su capacidad de pago y de compra. Expectativas asociadas a un crecimiento económico que irresponsablemente pretendía convertir ingresos coyunturales en compromisos de gasto estructurales -con el inevitable ajuste traumático, público y privado, derivado de ello-, y al crédito fácil al consumo. Y un mal paternalismo político dispuesto siempre a eximir a los electores de sus propias responsabilidades en lugar de ayudarlos a hacerse cargo de ellas, aunque no fueran las únicas concurrentes en el desastre.

Además, un sistema de bienestar sin horizonte financiero y poco redistributivo; una distancia inmensa entre la protección proporcionada por el sistema de pensiones y la desprotección generada sobre los trabajadores jóvenes, cuyos incentivos para implicarse en los asuntos públicos solo tienen que ver con la supervivencia económica inmediata, y no con una mirada de medio y largo plazo sobre lo que más conviene a su país, que parece pensar en ellos en términos muy parecidos a los que describe la peor caricatura del capitalismo efectuada por su peor adversario. Y un significativo crecimiento de la desigualdad real, una pérdida completa de la memoria vinculada a cómo construir una familia y progresar mediante el esfuerzo y el ahorro prudentes, la compra de una casa y la generación de un patrimonio que poder legar.

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Las fracturas generacional, territorial y social tantas veces mencionadas son reales y crecientes, y en ocasiones están alcanzando una profundidad insondable, pero si hay un partido sobre el que esas fracturas impactan especialmente ése es el PP, mucho más que el PSOE.

La práctica desaparición del PP en algunos territorios –catástrofe que el partido parece haber metabolizado sin inquietud visible-, en algunas franjas de edad y en algunos sectores de población, que ahora alimentan a VOX, deja una evidencia nítida: el PP está

fracasando en su esfuerzo de ofrecerse como vínculo reparador de las fracturas entre generaciones, territorios y clases. No es percibido como un partido dotado de una mirada suficientemente compleja sobre la diversidad territorial y social española, ya consagrada no solo en la Constitución sino en los Estatutos y en la jurisprudencia constitucional.

Es decir, el proceso de reconstrucción de una amplia mayoría electoral que recuperara la indispensable transversalidad territorial, generacional y de clase que todo proyecto nacional y de gobierno debe ofrecer, es en este momento una tarea no solo pendiente sino fuera de agenda para el PP. Con el añadido de que el PSOE puede obtener el Gobierno aun no disponiendo de ese proyecto, como es evidente, pero el PP no puede. El PSOE puede alcanzar el Gobierno a golpe de improvisación táctica, pero ese no es el caso del Partido Popular, porque la zona gris que todas las encuestas denominan como “otros” es en todo caso una zona electoral vetada para el PP en las elecciones generales y en una hipotética investidura.

Dos eran las debilidades fundamentales que acechaban al Gobierno de Sánchez antes de la crisis sanitaria. La primera, la complejidad no solo de su coalición de gobierno sino de sus apoyos parlamentarios.

Las tres grandes fracturas mencionadas convergen también en el Gobierno: fractura territorial, fractura generacional y fractura socioeconómica. Pero por razones asociadas a lo anteriormente mencionado, el PSOE, como promotor de la nueva mayoría social desde 2004 (no se olvide que Sánchez fue elegido finalmente con claridad por su partido como continuador y no como rectificador del

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zapaterismo) está en condiciones de “jugar” con socios diversos e incluso contradictorios que ven en él un complemento lo bastante comprometido con su causa como para hacer tratos, aunque nunca lleguen a consumarse plenamente.

La segunda debilidad eran los primeros síntomas de una crisis económica, de un debilitamiento del mercado laboral y de un deterioro de las cuentas públicas, que aún no era lo bastante clara como para operar electoralmente, pero que probablemente lo habría sido en unos meses.

Pues bien, la crisis sanitaria no solo no agravó estas dos debilidades de origen del Gobierno de Pedro Sánchez sino que las ha corregido significativamente. De hecho, puede decirse que la crisis sanitaria y las actitudes que los partidos han adoptado ante ella le han hecho en meses el trabajo que Sánchez habría tenido que hacer, probablemente sin éxito, durante toda la legislatura. Obviamente, Sánchez, para atenuar la sensación de radicalidad y excentricidad de su Gobierno y de sus apoyos, necesitaba crear una imagen simétrica en la derecha, que debía parecer tan extremosa, intratable y fuera de lugar como para que el contraste con lo suyo mejorara su apariencia.

Sánchez no solo obtuvo la imagen de una derecha dura y débil simultáneamente, sino la realidad de esa derecha. Una derecha enfadada pero sin alternativa. Y una supuesta derecha nueva, VOX, que profundiza las sospechas sobre la necesidad de un cambio institucional profundo, que quizás adquirirá la forma de una propuesta de reforma constitucional a lo largo de la legislatura, sin que conste que la derecha moderada tenga mucho que ofrecer ni en defensa de lo que hay ni como propuesta de cambio. La polarización era lo que Sánchez necesitaba y la polarización es lo que Sánchez tuvo.

Además, una muy mala gestión económica de la que sí era responsable quedó irremediablemente sumida en una crisis global de tal magnitud y alcance que resultaba imposible una culpabilización exitosa.

Si lo que se esperaba del abandono de la Agenda de la Nueva Mayoría y su sustitución por otro modelo de oposición en la pandemia

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era un vuelco electoral incontestable y una clara mejoría de la percepción pública del candidato a la presidencia del Gobierno del PP, es evidente que eso no ocurrió, al contrario.

Confiar en el deterioro económico y en mantener la polarización como estrategia no era lo mejor. Eso desalineaba aún más el interés del PP y de su candidato de lo que casi universalmente se considera el interés de España, que era buscar acuerdos razonables hacia el centro para acortar la crisis.

Ser duro no es lo mismo que ser fuerte. Se es fuerte cuando se logra avanzar en el propósito propio y cuando se logra impedir el propósito del rival.

La Agenda de la Nueva Mayoría apuntaba hacia un camino distinto hacia La Moncloa que pasaba por el crecimiento electoral transversal, por la reversión de voto desde Cs y Vox simultáneamente al PP, por la activación de una parte significativa de los abstencionistas, que hoy no prefieren al PP, y por poner a dormir al inmenso ejército de reserva del que dispone el PSOE entre los nacionalistas y los radicales en caso de confrontación bipolar agónica.

Por alguna razón el PP creyó que podía reproducir las elecciones de 2011, pero lo cierto es que lo ha puesto todo para reproducir las de 2008.

Demasiado remite a tiempos pasados y poco empuja a mirar hacia el futuro. Mucho parece una reivindicación de un derecho natural a ocupar el Gobierno, un derecho del que hubiera sido injustamente privado. Como si se quisiera ganar las elecciones que ya se celebraron y no las que vendrán. Eso es mortal y debería terminar.

Es evidente ya que el PP crece cuando propone cosas y lo hace con respeto, moderación y para muchos. Y es evidente que tener radicalidad frente a su propia radicalidad es lo que el Gobierno de la radicalidad prefiere. Hay que proponer horizontes y no nostalgias;

proyectos y no memoriales; políticas bien fundamentadas y no desagravios, por justos que en ocasiones puedan ser, que casi nunca

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