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Crecimiento y productividad

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Crecimiento y productividad (1999-2018):

la contradicción de los números

Reflexiones desordenadas para un debate ordenado y necesario

Carles Manera

1. Productividad al alza, productividad a la baja: ¿quién tiene razón?

La productividad proporciona un indicador simple pero potente de la capacidad de

un país, sector o empresa para utilizar de manera óptima sus recursos e impulsar el

crecimiento. La medida de la productividad total de los factores (PTF) representa la

salida de todos los inputs en el proceso de producción, no sólo laboral. El crecimiento

de la productividad total de los factores es el resultado de una combinación de mejoras

en la eficiencia (se necesitan menos inputs para un output determinado), así como la

tecnología y la innovación (más producción se logra a partir de una entrada dada).

Todas las tasas de crecimiento de la productividad se miden en términos reales, es decir,

después del ajuste por inflación.

Veamos un análisis concreto. Para su realización, se ha utilizado el importante

material de la Conference Board 1

para efectuar una selección de variables que inciden

en una hipótesis general: la economía mundial se encuentra, todavía, sacudida por los

efectos de la Gran Recesión. Lejos de haberse producido una recuperación plausible, las

cifras de productividad, relacionadas con otras variables relevantes –PIB, datos

derivados del mercado de trabajo– plantean un estancamiento económico que está

afectando no sólo a las economías maduras, sino también a las emergentes. Los

liderazgos no acaban de cuajar, y los datos pueden estar sugiriendo que mientras no se

desbloqueen los procesos de inversión productiva, va a resultar muy difícil salir con

solvencia de esta crisis que, a nuestro juicio, es sistémica. Pero, además, puede inferirse

una segunda hipótesis estrechamente relacionada con la anterior: las caídas en las tasas

de crecimiento de la productividad laboral, los retrocesos en las tasas del PIB, la

                                                                                                               

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contracción en las horas trabajadas y, en paralelo, la mayor concentración de la renta en

la parte del capital en detrimento de los salarios, sugiere un hecho que debiera ser

explorado con otros indicadores e informaciones cualitativas: el aumento de la

explotación laboral y, en una relación intrínseca, la mayor precariedad contractual y el

incremento de la desigualdad.

La productividad laboral global, medida como producción por persona

empleada, aumentó un 2,1% en 2014, al mismo ritmo que en 2013. El estancamiento en

el crecimiento global de la productividad no se explica por cambios en las tasas de

producción y de empleo de crecimiento mundial. El crecimiento del PIB real (PIB

ajustado por la inflación) a nivel mundial mejoró en sólo 0,1 puntos porcentuales desde

el 3,1% en 2013 al 3,2% en 2014, mientras que el crecimiento del empleo se desaceleró

desde el 1,3% al 1,1%. La tasa media de crecimiento de la productividad laboral en las

economías maduras se redujo del 0,8% en 2013 al 0,6% en 2014, a pesar de observarse

un aumento en la tasa de crecimiento promedio de la producción para las economías

maduras en casi medio punto porcentual del 1,4% en 2013 a 1,8% en 2014. La razón de

la desaceleración de la productividad es que el crecimiento del empleo ha mejorado

mucho más rápidamente de un 0,4% en 2013 a 1,2% en 2014, impulsado principalmente

por Estados Unidos y Europa. Tal desaceleración es un fenómeno a largo plazo que

comenzó mucho antes de la Gran Recesión.

Cabe señalar que las economías maduras vieron una recuperación en el

crecimiento de la productividad en 2010; sin embargo, se volvió rápidamente a la

tendencia de desaceleración. En Estados Unidos, comenzó el declive alrededor de 2005,

cuando los efectos de la productividad desde el auge de la tecnología de la información

–inversiones que se remontan a la segunda mitad de la década de 1990– se

desvanecieron. Las economías de Europa y Japón han mostrado un crecimiento más

lento que Estados Unidos, tendencia que se inició también en los años 1990, relacionada

con un menor ritmo de adopción de la tecnología y la innovación en las economías,

especialmente en el sector servicios.

El crecimiento de la productividad en las economías emergentes y en desarrollo

alcanzó su punto máximo alrededor de 2007, y desde entonces también se embarcó en

una tendencia a la baja. Esta desaceleración parece ser el resultado final de un período

de sustancial recuperación del crecimiento, iniciado a fines de 1990. Las economías

emergentes, que compilan rezagados países con mayores niveles de productividad y

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adopción, los procesos y las estrategias desarrolladas ya desplegados por los países

líderes. Estamos ante genuinos late comers. Los años 1990 y 2000 fueron de hecho un

período rápido de puesta al día, facilitado por reformas internas en algunas de las

economías emergentes como China e India, el aumento de la globalización (la entrada

de China en la Organización Mundial del Comercio), y la inversión decidida en

tecnologías de la información y comunicación. Por tanto, la tendencia a la

desaceleración en el crecimiento de la productividad en los mercados emergentes es, al

menos en parte, un reflejo de los éxitos del pasado.

Sin embargo, en la transición a una senda de crecimiento más maduro y

sostenible, las economías emergentes y en desarrollo tienen que hacer reformas

drásticas en mano de obra, capital y los mercados de productos para continuar

impulsando el crecimiento y la competitividad. Esto ha impactado significativamente el

desarrollo del crecimiento de tales economías en los últimos años: el del producto en las

economías emergentes y en desarrollo se redujo de 4,7% en 2013 a 4,4% en 2014. Por

su parte, la tasa de crecimiento del empleo también se contrajo, de modo que, en

promedio, la productividad del trabajo en realidad mejoró ligeramente desde el 3,3% en

2013 al 3,4% en 2014, todavía muy por debajo de la tasa media de crecimiento del 4,7%

entre 2007 y 2012.

Dada la moderación en el crecimiento de la productividad en la mayoría de

regiones del mundo, la contribución relativa de emergentes y economías en desarrollo

en relación al crecimiento de la productividad mundial aumentó marginalmente de 1,7

en 2013 a 1,8 puntos porcentuales en 2014, mientras que la contribución de las

economías maduras se redujo de 0,4 puntos porcentuales en 2013 a 0,3 puntos

porcentuales en 2014. En definitiva, a medida que las economías emergentes y en

desarrollo tienen mayor cuota de producción en la economía mundial, su impacto es

más positivo en las tasas de crecimiento de la productividad global.

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las grandes fábricas y de las cadenas de distribución. Los teóricos de la “segunda ruptura industrial” se convierten en principales referentes de esa perspectiva, en especial, M. Piore, C. Sabel y J. Zeitlin, junto a los innovadores análisis sobre los distritos industriales de los economistas regionales italianos. Según estos autores, se certifica un cambio técnico que afecta a la información y a la investigación, con incrementos en la flexibilidad y en los procesos de descentralización que incluyen la esfera más comercial, la que establece un contacto mucho más directo entre productor, proveedor y consumidor, a partir de la utilización de las redes informáticas y de los sistemas just in time y business to business. Esas apuestas comportaron una intensa inversión en la renovación de equipos tanto en el sector público como en el empresarial, el incremento notable de la productividad –hecho igualmente subrayado por R. Brenner–, la creación de puestos de trabajo y el control de la inflación.

El tema es, como puede apreciarse, muy discutible, toda vez que es posible observar, en la economía norteamericana, aumentos en el crecimiento de la productividad en los últimos años –como determinan J. Stiglitz y R. Brenner–, fruto de lo que se denomina “nueva economía”, a pesar del escepticismo de algunos importantes expertos que, como P. Krugman, dudan de las mediciones efectuadas para calcular la productividad de un sector, el de servicios, mucho más volátil que el claramente fabril Las cifras de Madrick no difieren demasiado de las que aporta el sociólogo M. Castells, firme convencido de la enorme significación de la economía internacional para explicar los incrementos de la productividad.

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Cuadro 1. Crecimiento de la productividad del trabajo y de la productividad total de los factores, 1999-2015. Países escogidos

 

 

Gráfico 1

FUENTE: elaboración personal a partir de The Conference Board Total Economy Database, mayo de 2015.

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entre la locomotora europea y sus otros vagones; de hecho, entre 2007 y 2014 la tasa de crecimiento de la productividad en España ha sido más elevada que en Alemania, al tiempo que el indicador español ha superado los correspondientes a Francia, Italia y Grecia. El caso es diferente si se observa la PTF: aquí el dominio es germánico, frente a las pérdidas notorias de todos los países europeos considerados.

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Cuadro 2. Economías emergentes: variables clave

Gráfico 2

FUENTE: elaboración personal a partir de The Conference Board Total Economy Database, mayo de 2015.

Un tercer factor a considerar es que el crecimiento de la productividad por hora se retrae en la economía mundial en el sector industrial (cuadro 4). La disparidad es subrayable entre países:

a) España en 2014 ve crecer la productividad al mismo nivel que en la etapa anterior a la Gran Recesión.

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Al mismo tiempo, la pérdida de horas trabajadas es patente en la Eurozona y, de forma especial, en España (cuadro 3). Las cifras no son tan contundentes en los otros casos considerados. En España, el crecimiento tenue pero positivo de la productividad laboral se contrapone a la evidente caída de las horas trabajadas. En otras palabras: con menos contrataciones horarias se sigue desarrollando la productividad del trabajo, en el marco de un retroceso del crecimiento económico.

Cuadro 3. Crecimiento total de horas y del PIB, 1999-2015

FUENTE: elaboración personal a partir de The Conference Board Total Economy Database, mayo de 2015.

Cuadro 4. Sector Industrial: variables clave, por países escogidos, 1999-2014

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En el caso de España, y desde una perspectiva más general, se subrayan dos elementos centrales, con la acotación cronológica de la Gran Recesión:

1. Las cifras sobre remuneración a asalariados y excedente bruto de explotación, recogidas en el cuadro 5, datos que provienen de la Contabilidad Nacional por trimestres.2

Cuadro 5

Remuneración asalariados y

Excedente Bruto de Explotación en España, 2007-2013. Datos trimestrales, en millones de €

Período Rem.Asalariados Exc.Explotación 2007T1 118.204 103.631 2007T2 127.620 114.194 2007T3 121.036 108.754 2007T4 137.288 114.592 2008T1 128.580 107.826 2008T2 137.683 121.412 2008T3 128.882 113.461 2008T4 142.498 115.433 2009T1 125.525 107.576 2009T2 134.390 116.114 2009T3 124.950 109.680 2009T4 139.793 111.778 2010T1 122.188 104.904 2010T2 132.457 110.758 2010T3 122.881 103.285 2010T4 137.298 117.955 2011T1 121.421 106.494 2011T2 131.858 113.788 2011T3 122.016 105.497 2011T4 135.673 119.325 2012T1 117.483 105.595 2012T2 125.297 116.485 2012T3 115.551 107.081 2012T4 124.276 123.256 2013T1 110.142 109.221 2013T2 118.409 118.294 2013T3 111.782 109.489 2013T4 125.445 121.085

FUENTE: elaboración personal a partir de los datos del INE, Contabilidad Trimestral de España.

                                                                                                               

2La remuneración de asalariados comprende, además de los sueldos y salarios en efectivo y en especie,

las cotizaciones sociales efectivas a cargo de los empleadores y las prestaciones sociales directas que los mismos realizan (cotizaciones sociales imputadas). El excedente bruto de explotación engloba todas las rentas no salariales generadas en el proceso productivo (dividendos, beneficios no distribuidos, intereses efectivos e imputados, alquileres y otras rentas inmobiliarias), así como el consumo de capital fijo. Las rentas mixtas se denominan así por ser imposible deslindar lo que corresponde a la aportación de trabajo, de capital o propiamente empresarial del preceptor, e incluye las rentas de los agricultores, de los empresarios y trabajadores autónomos, y de los profesionales liberales. Sobre esto, véase Consejo Económico y Social, Memoria sobre la situación socioeconómica y laboral, España 2012.

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Se aprecian sendos puntos de inflexión: uno en el tercer trimestre de 2008 referido a la remuneración a asalariados, que empieza a delinear un claro declive; y otro que afecta al excedente bruto de explotación, que inicia una caída en el segundo trimestre de 2008 para recuperarse con nitidez también desde el segundo trimestre de 2012. Los datos absolutos muestran que a lo largo de 2012 se apuntaló la reducción de la remuneración

de los asalariados, mientras al mismo tiempo se incrementa el excedente bruto. La

disminución de masa salarial en 2012 responde a la destrucción de empleo, a la

extensión de su desplome a segmentos y sectores mejor remunerados y, de forma

especial, a la reducción de los salarios, tanto en la mayor parte de las ramas de actividad

del sector privado, como en el conjunto del sector público. Esto se relaciona con el

patrón de crecimiento de la economía española durante la etapa de expansión de la

actividad y el empleo, centrado en sectores de baja productividad, escaso valor añadido

e intensivos en mano de obra poco cualificada, como la construcción y algunos

servicios (comercio y hostelería, particularmente). Aquí se concentra la creación de

empleo temporal con salarios inferiores al promedio, ocupados por inmigrantes, mujeres

y jóvenes escasamente formados. En tal aspecto, cuando el empleo creado es, en

promedio, de bajo valor añadido, se produce poco avance en la participación de los

salarios en la renta3 .

2. Los costes laborales unitarios (CLU) expresan el porcentaje del producto por ocupado

–es decir, la productividad aparente– que se dedica a retribuir el trabajo –la

remuneración media por asalariado– (cuadro 6). Se observa que esta cifra en España se

reduce hasta 2006, deviene en tasas positivas hasta 2009, y vuelve a caer entre 2010 y

2013. Esta evolución es dispar si se compara con la eurozona: aquí –y según el Consejo

Económico y Social– desde 2010 el indicador se estabiliza en niveles parecidos a los

registrados entorno a 2004-2005, mientras que en España el CLU se precipita de manera

notable.

                                                                                                               

3 Sobre todo esto, Consejo Económico y Social, Memoria sobre la situación socioeconómica y laboral,

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Cuadro 6

España y Eurozona. Costes Laborales Unitarios y Excedentes Explotación, 2000-2011

FUENTE: elaboración personal a partir de los datos del INE, Contabilidad Trimestral de España.

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Gráfico 3

Gráfico 4

Gráfico 5

FUENTE: INE, Contabilidad Trimestral de España.

2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 2013

Variación interanual % 3,1 4,2 5,7 1,6 -1,7 -1 -3 -1,6

-4 -2 0 2 4 6 8

P

or

ce

n

taje

España. Evolución de CLU

56 58 60 62 64 66 68

2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011

Costes Laborales Unitarios, % s/PIB

Eurozona España

24 25 26 27 28 29 30 31 32

2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011

Excedentes de explotación, % s/PIB

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Estas situaciones infieren procesos de mayor desigualdad social prácticamente en todo el mundo. En efecto, los resultados del crecimiento económico son acaparados por una franja social cada vez más pequeña. Esta afirmación, que podría ser ideológica o intuitiva en algún tiempo, se ha revelado veraz a raíz de las investigaciones de A. Atkinson, T. Piketty y E. Saez, con estudios de largo plazo de Historia Económica, anteriores a las investigaciones más comentadas –tanto crítica como elogiosamente– por Piketty. El indicador que utilizan estos economistas es simple y, a la vez, de gran potencia explicativa: la parte del 1 por ciento de los más ricos que accede al conjunto de los ingresos. Las conclusiones son ilustrativas, y se exponen de forma telegráfica. A principios del siglo XX, el dato de los más pudientes representaba un nivel muy elevado, entorno al 20 por ciento de la renta nacional. La reducción de desigualdades se afianza tras la Segunda Guerra Mundial, de forma que a principios de la década de 1950 el porcentaje de los más ricos resumía el 10 por ciento, en una tendencia claramente a la baja. Pero esta trayectoria cambia desde los procesos de desregulación económica y financiera de principios de los años 1980, lo cual atisba una profundización de las desigualdades. La evolución es diferente, si bien se confirma una conclusión de carácter general: la desigualdad ha aumentado entre 1982 y 2005, con cotas relevantes en Estados Unidos y en Reino Unido. Los contrastes son, en tal sentido, claros: casi diez puntos se incrementa el acceso de los más ricos al pastel de la renta nacional en Estados Unidos y más de siete en el caso británico, con una media de todas las áreas consideradas que no llega a los cuatro puntos. Es decir, las naciones que promueven el cambio de paradigma social y económico e inauguran la etapa neoliberal –con una clara noción hayekiana de la importancia del individuo y el mercado sobre el conjunto social y la participación del estado en economía–, son los que marcan la pauta para el resto del mundo.4

A su vez, las naciones emergentes no se quedan atrás en ese desarrollo inequitativo: India y China ven crecer de manera exponencial sus PIB, pero al mismo tiempo consagran un modelo de crecimiento que impone la desigualdad como sello de identidad, en clara correspondencia con lo que acontece en las zonas más avanzadas del planeta.

                                                                                                               

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2. La productividad como debate mediático

En abril de 2018, John Williams, presidente de la Reserva Federal de San Francisco, lanzó el mensaje, titular de muchos periódicos: los salarios van a subir poco, porque la productividad es baja. La afirmación, referida a la economía americana, pero extendida a otras economías, se ha reiterado por parte de otros economistas y policy makers. William señala esto, pero otras tres cosas más, igualmente de interés: la preocupación por el proteccionismo económico de Trump; los problemas del déficit público americano, que se arrastrarán con la reforma fiscal de la nueva administración; y la necesidad de incrementar los ingresos (o, como contrapartida, recortar gastos). El colofón es, a su vez, relevante: los bancos centrales han de actuar agresivamente en coyunturas de crisis. Estos cuatro aspectos resultan cruciales en el contexto económico presente; de ellos, el que más se invoca es el del decrecimiento de la productividad, una pieza medular en el proceso de crecimiento económico que se relaciona, una vez más, con la capacidad y el talento del capital humano y de la inversión tecnológica.

Pero la pregunta es si, realmente, la productividad ha sido tan baja, sobre todo en relación con la evolución de los salarios. Los datos invitan a conclusiones a veces confusas. En un reciente trabajo publicado en Financial Times,5

Rana Foroohar ha trabajado con información estadística de la misma Reserva Federal; recoge las curvas de las ganancias reales de los trabajadores (ganancias promedio por hora de producción) y la productividad en los sectores no agrarios. Las evoluciones de ambas magnitudes son elocuentes: entre 1947 y 1980, salarios en alza cabalgaban sobre la productividad, de forma que se cumplía esa regla de que los sueldos se debían acoplar al aumento o disminución de la productividad; pero a partir de los inicios de esa última década, el gap

se ha disparado, hasta el punto que estamos ante un incremento notable de la productividad –que pasa de un índice 100 en 1947 a otro cercano a 450 en 2017–, mientras que los salarios, que partían también de un índice 100 en 1947, se estabilizan en algo menos que el 200 entre 1980 y 2017. Por consiguiente, la pérdida salarial es notoria, si se relaciona con la trayectoria de la productividad. De manera que resulta difícil entender la aseveración de John Williams, el citado mandatario de la Reserva Federal de San Francisco, habida cuenta que los datos, que provienen además de la propia institución, la FED, le contradicen.

                                                                                                               

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Las cifras recordadas por Foroohar no sorprenden cuando se refieren a los llamados gloriosos treinta años, los que podríamos calificar como de regulación keynesiana. Otros estudios e investigaciones, con indicadores distintos –productividad del capital, evolución de beneficios, excedentes brutos de explotación, masa salarial– van en una tendencia muy parecida. Esta fase de la historia económica, breve pero muy intensa en cuanto a los cambios de todo tipo que se generaron –económicos, políticos, culturales, sociales–, cedió paso a otra etapa, inaugurada a raíz de las crisis de la energía, que acabaron por sellar la regulación neoliberal. El contraste entre el salario-hora y la productividad, ya descrito, conforma un escenario nuevo en el que la presión se ejerce, de manera esencial, sobre los costes laborales unitarios y, de forma preferente, sobre los salarios. A éstos se les suele culpabilizar de posibles problemas de competitividad. Pero no resulta fácil argumentar que la evolución salarial que hemos señalado pueda dar lugar a algo que descarrile la suerte de las empresas, que gozan de márgenes de ganancias récord. El salario de los trabajadores podría aumentarse a costa de recortar los beneficios empresariales, habida cuenta que los peligros inflacionistas no se ven por ningún lado, aunque se tensaran al alza los sueldos. En tal contexto, la tecnología sigue teniendo un poderoso efecto deflacionario y disruptivo en los mercados. Solo se puede ver cómo la expansión de Amazon ha tenido un impacto en Wal-Mart o en las fusiones desesperadas que se intentan en los sectores de los mass-media y en los relacionados con la sanidad; y en otras industrias que están siendo

remodeladas por las grandes compañías de tecnología. Esto lleva a un aspecto que caracteriza todas las etapas de consolidación de la economía capitalista, y que se agudiza a raíz de las crisis económicas: la creciente concentración de poder en la economía. La realidad, tozuda y severa, constata que las fortunas de las corporaciones más grandes de Estados Unidos y las de la mayoría de sus trabajadores están fundamentalmente desconectadas, en expresión de Rana Foroohar.

Ahora bien, los datos de Foroohar parecen una excepción en este panorama complejo sobre el análisis de la productividad. En realidad, ¿repunta la productividad, a pesar de los mensajes que se emiten declarando lo contrario? Las cifras más recientes del Conference Board6

indican que el crecimiento de la productividad laboral global mejoró en 2017 (2,0%) en comparación con 2016 (1,4%). Puede intuirse, por tanto, una nueva trayectoria ascendente. Para 2018, las proyecciones realizadas por la citada

                                                                                                               

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institución apuntan a un aumento adicional en el crecimiento hasta el 2,3%. Debe recordarse, sin embargo, que las tasas previas a la crisis crecieron a un promedio del 2,7% entre 1997 y 2007, un objetivo que parece lejano. A pesar de las mayores tasas de crecimiento global en las economías emergentes, las maduras están impulsando cada vez más el crecimiento de la productividad global, de manera que podrían representar casi el 30% de su crecimiento en 2018, frente al 14% en 2016. En efecto, el crecimiento de la productividad mejoró en 2017, especialmente en Estados Unidos y Japón y, en menor medida, en Europa. Para 2018, se aprecia una mejora significativa en el crecimiento de la productividad laboral, ya que el de la producción se expande con respecto a 2017, mientras que el laboral se queda atrás, con diferencias importantes entre geografías:

• En Estados Unidos es especialmente fuerte, debido a una marcada mejora en el avance de la producción, junto a un desarrollo similar a 2017 en el empleo.

• En la zona euro, se ve mucho más impulsada por una tasa más lenta de crecimiento del empleo y un crecimiento del PIB más o menos similar en comparación con 2017.

• Los mercados emergentes y las economías en desarrollo vieron que sus tasas de crecimiento de la productividad subieron del 2,2% en 2016 al 2,8% en 2017. Se espera un avance hacia el 2,9% en 2018.

• El crecimiento de la productividad de China se mantuvo fuerte, habida cuenta que el crecimiento del empleo total se detuvo en 2017, impulsado por el envejecimiento de la población. Un crecimiento demográfico en contracción, la disminución de la tasa de participación y las tasas de desempleo estables están impulsando el crecimiento del empleo en territorio negativo por primera vez en más de cincuenta años. Dado que el pronóstico de la producción disminuirá solo marginalmente, se espera que el crecimiento de la productividad mejore algo en 2018 en relación a 2017.

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• Brasil es uno de los pocos países en mostrar una tasa de crecimiento de la productividad negativa para 2018, ya que el empleo comenzó a mejorar mucho más rápidamente que el crecimiento de la producción.

• África Subsahariana, en su conjunto, saldrá finalmente de las tasas de crecimiento de la productividad negativas en 2018, ya que la producción está alcanzando su crecimiento demográfico.

En este contexto, el economista jefe del Banco de Inglaterra, Andy Haldane, pronunció hace pocos días un discurso sobre las causas del problema de productividad del Reino Unido, de gran utilidad para otros países. ¿Por qué el crecimiento de la productividad en casi todas las principales economías capitalistas se ha reducido, a pesar de las nuevas tecnologías emergentes y la recuperación económica? En el Reino Unido, los niveles de productividad son un tercio más bajos que los de Estados Unidos, Alemania y Francia. Además, la brecha de productividad entre las empresas de alto y bajo rendimiento es mayor en el Reino Unido que en Francia, Alemania y Estados Unidos. Estas diferencias de productividad también se han ampliado tras la crisis, y la caída ha sido más intensa, según Haldane, en el Reino Unido. Cabe preguntarse porqué está pasando esto. Para Haldane, el problema es en gran medida de difusión más que de innovación. Y este problema parece tener sus raíces en los problemas de transferencia de tecnología, know-how, capital humano y financiamiento, desde los prósperos centros del Reino Unido hasta sus áreas de influencia. De hecho, las principales empresas británicas pueden haber mejorado su productividad más que las pequeñas empresas, pero a un ritmo más lento desde el final de la Gran Recesión, por lo que el crecimiento de la productividad global se ha desacelerado.

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es tan pobre en Gran Bretaña, especialmente entre las principales empresas? La respuesta parece evidente: por la reducción de la inversión empresarial. En tal sentido, un dato muy reciente de inversión empresarial para el primer trimestre de 2018 señala una caída absoluta en la inversión. En el caso del Reino Unido, hay otro problema en particular: se trata cada vez más una economía “rentista”, que depende de las finanzas, los servicios comerciales y el sector inmobiliario. Estas son actividades que no aumentan la productividad del trabajo en comparación con otros sectores económicos (más netamente industriales o de servicios avanzados), pero sí reducen las ganancias disponibles para la inversión productiva. Un análisis sectorial detallado infiere que tres quintas partes de la caída en el crecimiento de la productividad corresponde a sectores que representan solo un quinto de la producción, incluidos finanzas, servicios públicos, productos farmacéuticos, informática y servicios profesionales. Es cierto que las mejores empresas mejoraron su productividad más rápido que el resto; pero su crecimiento ha disminuido. Y esto ha perjudicado la tasa de crecimiento del Reino Unido. Este corolario es útil, igualmente, para entender lo que puede estar sucediendo en otros países.

3. Conclusión

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Ahora bien, la inversión depende de su rentabilidad. Pero ésta es relativamente baja en muchos países europeos. Los datos son contundentes: por ejemplo, según el Banco de Inglaterra, en el Reino Unido la rentabilidad del sector no financiero sigue estando un 12% por debajo de su nivel en 1997, y en el sector del petróleo ha caído un 50%. Hasta que la rentabilidad no se recupere lo suficiente, los beneficios de productividad derivadas de la disrupción económica que suponen la robótica y la Inteligencia Artificial no estimularán el crecimiento de la productividad y del PIB real. Otro factor debe sumarse: la falta de capitales para que las empresas más pequeñas inviertan en nueva tecnología. Los cinco grandes bancos del Reino Unido no ayudan a las pequeñas empresas a invertir, sino que prefieren especular sobre activos financieros. He aquí, pues, otro problema grave que no puede ignorarse y que remite a otras cuestiones clave: ¿no se invierte porque no hay nichos rentables de inversión? ¿o no se invierte porque la masa de beneficios obtenidos –no la tasa de beneficio– es suficiente para la reproducción del sistema económico? En otras palabras: este modelo ¿es el que se adopta en función de la rentabilidad empresarial, frente a lo que podríamos denominar “lógica” del sistema económico, es decir, invertir para acumular?

Unos factores concretos son importantes, con el ánimo de aportar argumentos a las respuestas derivadas de esos interrogantes:

a) El avance de la productividad es desigual, en función de los países y de los sectores considerados, tal y como se desprende de los datos que se han presentado.

b) Innovar es clave para el incremento de la productividad; esto no siempre se recoge en las estadísticas oficiales y no se relaciona de forma invariable con el despliegue de una mayor inversión en I+D. Sería importante considerar la “i” de la expresión I+D+i como una pieza que, a pesar de que dependa de la investigación, puede operar también al margen de ella, de manera que se puede vincular a procesos de creatividad empresarial y organizativa.

c) Es a nuestro juicio muy importante no perder de vista la evolución de la productividad con otras variables determinantes, que a veces no se consideran suficientemente, como la tasa de beneficio empresarial.

Referencias

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