NIKIAS LUIIMANN FIN RACIONALIDAD EN LOS SISTEMAS . INTRODUCCIÓN ACCION Y SISTEMA
Es una vieja y firme tradición aquella en cuya virtud el concepto de fin se hace referir a la acción humana. Su significación se despliega en la teoría de la acción, sin que hayan faltado trasplantes extensivos: fines han sido atribuidos a complejos de acción de mayores dimensiones, grupos, asociaciones, organizaciones, incluso a construcciones espirituales de sentido y a los objetos de la naturaleza, esto es: a sistemas de todas las clases. Estas atribuciones se han mostrado, en líneas generales, problemáticas, no muy consistentes, mientras que la representación básica del fin de la acción ha permanecido inob jetada. En las siguientes investigaciones nos proponemos reconstruir los pasos que nos han llevado a la sospecha de que estos dos resultados de los esfuerzos hasta ahora realizados en torno al concepto de fin guardan una relación entre sí, de que la teoría de los fines de los sistemas ha seguido siendo problemática por la razón de que el concepto de fin ha sido concebido originariamente a partir de la acción aislada.
Nuestras reflexiones se ordenan, pues, en torno a la distinción entre acción y sistema. Presuponen una contraposición entre ambos conceptos, y se extienden a la diferente índole de la racionalidad que en ellos se implica o, en su caso, que con ellos
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se persigue; pues el concepto de fin da testimonio, en primer tér-mino, de la racionalidad del fenómeno que lo soporta y realiza.
Por acción ha de entenderse todo comportamiento orientado Icon sentido y dotado de repercusión exterior, y por sistema todo ser real (Wirklich-Seiende) que —en parte en virtud de su propia ordenación, en parte a causa de las condiciones ambientales— mantiene su identidad en medio de un ambiente extremadamente complejo, en mutación, y que en su conjunto no resulta dominable. A los fines de nuestra
investigación hemos procedido a la reducción de un concepto de sistema tan amplio como éste, de modo que en lo sucesivo, donde no lo hagamos constar de manera expresa, hablamos sólo de sistemas de acción, esto es: de sistemas que se componen de acciones concretas de una o varias personas y que se delimitan con respecto a un ambiente por medio de relaciones de sentido entre esas acciones.
Estas indicaciones que hemos adelantado no tienen más objeto que el de facilitar la comprensión del planteamiento, pero no pueden considerarse como una definición concluyente ni, menos aún, como un esclarecimiento suficiente de la cuestión. Por el contrario, dejan entrever una implicación recíproca que constituye la dificultad general del tema: en los conceptos de «orientación», «repercusión exterior», «comportamiento humano», definidores de la acción, se presupone ya el concepto de sistema con su diferenciación entre lo interior y lo exterior, de la misma manera que el concepto de sistema, en la definición dada, presupone una actividad de autoconservación, un
intercambio con el ambiente, tanto en las personas como en los sistemas sociales, esto es: acción.
El contorneo de los conceptos de acción y sistema indica también que nos encontramos en el ámbito de un viejo dilema, a saber: el problema de los conceptos fundamentales de movimiento y sustancia, que no resultan reconducibles entre sí. Este dilema habría de
ocupar un rango central entre las premisas de pensamiento de la metafísica ontológica, que postulaba que el ente (das Seiende) es constante en su ser, la negación misma del no-ser. En él fracasaron las premisas de la ontología. El concepto de fin tenía la función de ocultar ese fracaso, y lo cumplía a base de imprimir sobre lo perecedero de una acción, que es y, sin embargo, no es, el sello de lo permanente del fin, como si integrara esto su propia esencia. En el fin podía la acción, el movimiento,
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presentarse como sustancia: tal era la condición bajo la cual, ante semejantes premisas de pensamiento, se la podía concebir como racional. Así, pues, no es ningún azar la
circunstancia de que el concepto de fin alcance rango y consideración a raíz del alejamiento que el pensamiento griego —sobre todo en una filosofía tan próxima a la acción como la de Aristóteles— verificó con respecto a los problemas originarios, radicales e irreal-esqui máticos del filosofar presocrático. El concepto de fin devino así una de las grandes representaciones auxiliares —otra lo sería el concepto de jerarquía, una tercera el concepto del todo compuesto por partes—, merced a las cuales la filosofía escolastizante se cierra el acceso a sus premisas de pensamiento. Esta función del concepto de fin tradicional del pensamiento explica la firmeza de su anclaje como pieza clave y también el aseguramiento de ese anclaje por medio del tratamiento de los fines como «naturaleza», como esencia previamente dada de la acción, del movimiento por antonomasia. Sería un error, y no un investigar pleno de sentido, su puesta en cuestión. Para la actual investigación científica una mirada retrospectiva hacia los orígenes del pensamiento occidental y la tradición intelectual que a él se suma ya no puede significar encadenamiento, pues no en vano está la ciencia sobradamente resguardada de todo cuestionar filosófico. Pero este resguardo puede convertirse, por su parte, en cadena. Introducida a título de protección frente a una tradición en extremo poderosa, la
impenetrable frontera de la ciencia con respecto a la filosofía produce hoy, cuando ya se ha quebrado el poder de la tradición, barreras de reflexión, provincialismo y, en no raras ocasiones, una interpretación demasiado estrecha de lo que propiamente se piensa, dejando a la investigación sumida en la ocupación con conceptos básicos y
planteamientos derivados, especializados y no pensados hasta el fondo. Es así como hoy nos encontramos precisamente en la situación contraria de que la orientación por la tradición ontológica, si bien guardando las distancias, en el sentido de una conversación y no como mera asunción de un ideario de frecuente cita, puede significar liberación. Aquí no pretendemos sino aludir a esa posibilidad, pues no es ella el tema principal que ocupa esta obra. Su objeto, la racionalidad teleológica, se encuentra talmente impregnado de sedimentos históricos que no se le puede tratar con objetividad
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Pero hay también otra circunstancia que nos mueve a reflexionar acerca de la función que desempeñan los fines en el seno de los sistemas y que nos llama asimismo la atención cuando dirigimos retrospectivamente nuestra mirada hacia la historia del pensamiento teleológico. En el pensamiento occidental era una firme tradición doctrinal la de que la elección racional sólo pudiera significar elección de medios para un fin, no elección del fin mismo, a no ser que se le concibiera como medio para un fin ulterior. Esta concepción se fundamentó, originariamente, por medio de la evidencia de los valores buscados, que, como tales, no sería suceptible de elección; posteriormente, en base a la idea, precisamente contraria, de la no veritatividad, de los fines, lo que excluye una fundamentación científica y, en este sentido, una racionalidad de la elección 2. Lo enfrentado de las fundamentaciones pone al descubierto su incapacidad para captar el problema. Independientemente de su veritatividad, es, a causa de su función para el proceso decisorio —y sólo en cuanto lo exija esa función—, por lo que el fin ha de venir dictado de modo invariante. La constancia de los fines, pues, solamente es una
constancia relativa con respecto al sistema, lo que no excluye una alteración de los fines en el marco de su función'.
En el fondo, el concepto de sistema se encuentra ya contenido en la idea que las teorías de la acción se forjan habitualmente acerca de la noción del fin, si bien no resulta suficiente para captarle y desarrollarle. Hace tiempo que se ha dejado de comprender a
los fines como el verdadero estado definitivo del movimiento de acción, para
entenderlos como compromiso subjetivo. Pues sólo a título de representación subjetiva pueden los fines desplazarse desde el futuro, donde se encuentran, hasta el presente, y verse así incluidos en el contexto de la causalidad «mecánica» —el único que resulta susceptible de someterse a criterios de verdad— en el sentido de que el fin sólo vale ya como
representa-2 Cfr. Aristóteles, Etica a Nicómaco, 111representa-2 a ss., por una parte, y Talcott Parsons, The Structur e of Social Action, ed., Glencoe/I11., 1949, en especial páginas 228 s., por la otra.
3 De esta opinión arranca, expresa o tácitamente, la moderna ciencia de la organización. Vid., por ejemplo, Chester 1. Barnard, The Functions of the Executive, Cambridge/Mass. , 1938, pág. 195, o Karl W. Deutsch, The N erves of the Government. Models of Political Comunication and Control, Nueva York y Londres, 1963, págs. 195 ss. Como base de variación racional de los fines se toma cada vez más en consideración la idea de la existencia sistémica. Vid. al respecto Harry M. Johnson, Sociology, Nueva York, 1960. 13
más que si se revive a un tiempo la historia intelectual en cuanto historia, remitiéndola así al pasado. Los conceptos de acción y sistema por los que hemos comenzado, se encuentran concebidos de tal manera que a partir de ellos, y en cuanto sea necesario, puede establecerse contacto con las más viejas interpretaciones de la acción, esto es: de la identidad del ente, y fertilizarlas.
La doctrina tradicional del obrar entiende el fin como parte de la estructura de la acción, como aquella parte que da su sentido y su justificación al todo: como punto culminante o final (en el sentido del «lelos») de la acción', mientras que hoy se Id 10
*1" entiende como el efecto a producir. En el fin parecía la esencia ,de la acción tornarse ónticamente consistente y veritativa. Hoy parece venir justificada, por el valor de sus efectos. Aquí no nos proponemos «refutar» semejante concepción, sino que intentare-mos traducirla sobre otra base de comprensión. Es posible intentare-mostrar cómo se ha vuelto quebradiza en su propia interioridad, cómo, desde diversos puntos de vista, se encuentra destrozada, abandonada incluso, sin que haya sido preciso acabar radicalmente con ella. Por todo ello resulta recomendable —y posible— una reorientación a base de desplazar el concepto de fin desde la teoría de la acción hacia la teoría de los sistemas, perdiendo así su --por lo demás, periclitada— función metafísica, aquella que consistiría en mediar entre la contraposición de movimiento y sustancia. Pierde también su anclaje en la «esencia» de la acción y, con ello, su posición como concepto fundamental, no suscepti-ble de fundamentación ulterior, de las ciencias de la acción. Como contrapartida, la orientación teleológica se convierte en un importante tema de investigación en el marco de la teoría de los sistemas y a la luz de sus conceptos fundamentales, presentándose, así, como una forma particular de racionalización sistémica entre otras. Ya resulta posible analizar su función, averiguar sus condicionamientos funcionales y controlar
empíricamente su presencia en determinados tipos de sistemas.
' A este respecto, la concepción antigua —cfr. Aristóteles, Metafísica, 1032 a y ss.— ve al mismo tiempo en el fin del movimiento físico el inicio del movimiento noético contrario, de manera que el obrar, en el circuito que va del principio al fin, despliega plenamente su ser. Este ciclo del ente hace aparecer lo que es, y no sirve, al contrario, por ejemplo, que el ciclo cibcrnético, a la adaptación continua a lo existente en un tiempo sin término y, por ello, sin fin. Según los conceptos antiguos, la acción descubre su fin durante su ejecución, y no se le imagina, pongamos por caso, a la manera de un medio, permutable por principio bajo la perspectiva de unos efectos valiosos.
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ción actual, que se ha buscado provocar y que continúa dejando sentir su virtualidad en la dirección del representar'. Como quiera que los fines, en cuanto a estados de futuro, ya no pueden quedar sometidos a criterios de verdad, han aceptado el carácter de punto de
vista subjetivo que el sujeto agente escoge vinculantemente con la mirada puesta en el futuro. Esta vinculación consiste en un compromiso autónomo con respecto a una selección de consecuencias de la acción que se estiman valiosas y, a un mismo tiempo, un rechazo de otras consecuencias que el sujeto considera que, o bien no merecen ser consideradas o bien resultan «de valor para el fin», esto es: neutralizadas en sus propias referencias valorativas. Y como quiera que el establecimiento subjetivo de fines
neutraliza otras consecuencias, reduciéndolas a la condición de meros costos, no puede reclamar ninguna vinculatoriedad general o, lo que es igual, ninguna verdad.
En este círculo de ideas (no-veritatividad-subjetividad-compromiso subjetivo en relación a unas consecuencias específicas-falta de vinculatoriedad general -
no-veritatividad) el sujeto permanece exento de mayor reflexión. Se le presupone a la ma-nera de un sistema complejo, consistente, que sobrevive al fin, pero que se encuentra más allá de la estructura racional de acción escudriñable a partir de él. Los fines no son meras expectativas ni tampoco meros deseos, y sólo llegan a ser tales fines por medio de la predisposición a la renuncia'. El establecimiento de los fines viene, pues, representado como un acto de voluntad. Ahora bien, el concepto de volición revela una reflexión — aunque insuficiente y abreviada— sobre la totalidad de la persona.
En torno a esa disolución de la causalidad teleológica y su conversión en causalidad mecánica, cfr., por ejemplo, la exposición de Max Weber, Knies und das
Irrationaliteitsproblem, nueva impresión en: del mismo autor, Gesammelte Aufsätze zur Wissenschaftslehre, ed., Tubinga, 1951, pág. 128, nota 1 o Felix Kaufmann,
Methodenlehre der Sozialwissenschaften, Viena, 1936, páginas 80 ss. En esta versión, típicamente moderna, del problema de los fines resta inexplicable, por lo demás, cómo lo presente, concretamente: motivos, puede ser ocasionado verdaderamente mediante la representación de algo futuro. Sobre la crítica de esta concepción, vid. Christoph
Sigwart, Der Kampf gegen den Zweck, en: del mismo autor, Kleine Schrif ten, II, 2.* ed. , Friburgo de Brisgovia, 1889, págs. 24-67; Wilhelm Wundt, Logik, tomo I, 5.* ed., Stuttgart, 1924, págs. 628 ss., y, muy acertado, Alf Ross, Kritik der sogenannten prak-tischen Erkenntnis. Zugleich Prolegomena zu einer Kritik der Rechtswissenschaft, Copenhaguen y Leipzig, 1933, pág. 56.
s Esto lo subraya, por ejemplo, Alfred Schutz, «On Multiple Realities», en Philosophy and Phenomenological Research, 5 (1944-45), págs. 533-576 (536); nueva impresión en: del mismo autor, Collected Papers, vol. I, La Haya, 1962, páginas 207-259 (211).
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Para ello debe empezar por existir un algo que se crea capaz de semejante predisposición de actuación y renuncia, que sea suficientemente firme y que tenga el suficiente tiempo para poder permitirse la asunción de fines alejados del presente. Ese algo que de modo tal entra en acción y procede a imponerse vínculos —un organismo, una persona, una organización, un grupo— se encuentra, sin embargo, en su condición de sistema, al margen de los cálculos en términos de fin y medios. Es su «sujeto», y como tal a ellos resulta subyacente. Este subyacer la subjetividad del sistema es un extremo sobre el que se habrá de reflexionar si se quiere romper el aludido círculo y recuperar —aunque de otra manera y por medio de otros conceptos— el rango de pensamiento teleológico de la filosofía escolastizante, inmediatamente referida a la verdad.
Desde Kierkegaard, ciertamente, la subjetividad de la elección se ha visto radicalizada más allá de los límites de la vinculación teleológica. El vínculo que unía la elección con la estructura racional-teleológica de la «prohairesis» aristotélica ha saltado en pedazos al menos en el ámbito de la filosofía. La representación del sujeto como sujeto libre, escogiendo en sus propios fines, sin embargo, ha experimentado en el seno del llamado existencialismo una versión transracional, cuando no irracional. En ello pervive la dependencia con respecto a la posición combatida, especialmente a la de la racionalidad teleológica como racionalidad de la acción que prescinde del sujeto. La tarea de tornar imaginable un elegir que, siendo racional, no tenga ninguna dependencia con respecto a valores, es algo que aún no ha encontrado solución.
Si a mí me resulta posible escoger mis propios fines, los demás también han de poder hacerlo.'Entonces ya no existe garantía alguna de que esos otros actúen dentro de unos
marcos conocidos y en los que se pueda confiar, ni tampoco de que no alteren de súbito sus fundamentos de acción en tanto que yo procedo a tomar una decisión. No es sólo que uno haya de temer estulticia y perversidad en los demás y precaverse ante ellas; es el otro hombre, precisamente él, lo que se convierte en problema. De esta manera aflora una dimensión enteramente nueva de la complejidad6. La pérdida de verdad teleológica común, la sub
jetivi-Cfr. G. L. S. Shackle, «Time, Natura, and Decision», en Money, Growth, and
Methodology and other Essays in Economics in Honor of Johan Ackerman, Lund, 1961, págs. 299-310 (299).
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zación del establecimiento de los fines hace consciente al otro hombre en su condición de libre alter ego: en la historia europea las guerras civiles de religión del siglo XVI
contribuyeron lo suyo a la ilustración de este problema. Con esta nueva complejidad se transforma el sentido de la racionalidad en un modo apenas percibido. Ya no puede entenderse la racionalidad como despliegue inteligente y como observancia de un sentido previamente dado. Es, por encima de todo, reducción de complejidad.
Estas consideraciones remiten al sistema de sujetos, que aparece implícito en la representación de un compromiso basado en fines y al que ha de hacerse, ahora más explícitamente, tema de reflexión. Para ello habría que transformar el concepto de lo ra-cional de una simple rara-cionalidad de acción, teleológicamente orientada, en una más compleja y comprensiva racionalidad sistémica. Su sentido resultaría de la referencia al problema de la complejidad. Una reorientación de esta índole viene suficientemente preparada, como hemos de ver, gracias a los más recientes desarrollos que han experimentado diversas ciencias empíricas.
La conversión de categorías de acción en categorías sistémicas afecta a los conceptos referenciales de la racionalidad, manifestándose así en toda su profundidad. Con la racionalidad se transforma —desapercibidamente en la mayoría de los casos—aquello que se entiende por «racional» y, en consecuencia, aquello que el hombre, en sus más altas posibilidades, espera de sí mismo. Talcott Parsons había llegado hasta las puertas de este pensamiento en un importante capítulo de su primera gran obra'. Según él, en las ciencias de la acción hay proposiciones científicas que presuponen en su objeto un determinado nivel de complejidad y que, por tanto, sólo tienen pleno sentido si se las pone en relación con sistemas de acción, no con acciones aisladas. Así no se podría hablar de racionalidad económica en relación a una acción aislada, explicitada en términos de fin y medios, sino sólo en relación a sistemas de acción, ya que este concepto de lo racional presupondría escasez de medios y una pluralidad de objetivos. Para Parsons, empero, fines y medios son todavía en
pri-Me estoy refiriendo al epígrafe «Systems of Action and Their Units», en Parsons, op. cit., págs. 739 ss. Formulaciones que van más allá en la dirección que aquí se defiende se encuentran, siguiendo a Parsons, en Alfred Schutz, «The Problem of Rationality in the Social World», en: Economics, 10 (1943), páginas 130-149; nueva impresión en: del mismo autor, Collected Papers, II, La Haya, 1964, págs. 64-88 (80).
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mera línea atributos esenciales del obrar'. Surge, pues, la cuestión de si no se debiera detener en este lugar el argumento de Parsons o si acaso las nociones de fin y medios no pertenecen también a esa categoría de conceptos que no pueden fundamentar
«racionalmente» el juicio más que puestos en relación con sistemas. Es ésta una suposición que irrumpe con fuerza casi irresistible cuando se trata de comprender los fines, ya no como desvelamiento de una esencia predeterminada del obrar, sino a través de su función.
Una consideración distinta también nos sirve para arrojar luz sobre la misma cuestión: la perspectiva de pensar el fin a la manera del efecto que uno se ha imaginado como
valioso convierte a la acción en medio. Entonces la acción, si es que acaso no se le quiere considerar racional, no puede ser sino medio'. El «fin en sí mismo» es una fórmula de protesta, sin sentido y contradictoria, de la que puede colegirse el miedo a la realidad de su contrapartida'''. Esto no significa, sin embargo, que todo obrar hay de ser siempre
experimentado o coexperimentado bajo la óptica de un fin y mucho menos aún que también los sistemas de acción no puedan ser «sino medios»; pero tampoco queda resuel-to de antemano que los sistemas sólo puedan ser racionales en virtud de un fin específico. Así las cosas, tal vez pudiera indicarse una salida a la insatisfactoria equiparación de instrumentan-dad y racionalidad —lo racional sería entonces, en verdad, lo
insatisfactorio e incompleto en sí mismo— si la mirada, puesta por ahora en la
racionalidad de la acción, se dirigiera hacia la racionalidad sistémica y sus condiciones. Semejante consideración alienta también el intento de interesarse por la función que los fines cumplen en lo que se refiere a racionalización de los sistemas.
Como lema de la obra arriba citada escode Parsons la cita de Max Weber: «Toda reflexión pensante de los elementos últimos de una acción humana plena de sentido se encuentra vinculada en principio a las categorías fin y medio.» Otro ejemplo es el que ofrece un ensayo de fundamentar expresamente la ciencia administrativa sobre la estructura racional-teleológica del obrar: Alfred de .Grazia, «The Science and Values of Administration», en Administrative Science Quarterly, 5 (1960), págs. 362-397, 566-582, en particular 363 s.
9 Con relativa infrecuencia se confiesa abiertamente esta circunstancia. Un ejemplo es Rudolf von Jhering, Der Zweck im Recht, vol. I, 3.9 ed., Leipzig, 1893, pág. 13.
'8 Se encuentran buenas anotaciones en torno a la mistificación romántica del «fin en sí mismo» en Kenneth Burke, A Grammar of Motives, Cleveland, Nueva York, 1962, págs. 289 s. (Edición de Meridian Book).
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Cinco capítulos hemos precisado para el desarrollo de este pensamiento. Empezaremos por ver, en el primer capítulo, hasta dónde llegamos en el plano de la acción aislada, con la iluminación del sentido de la interpretación de la acción, entendida como provocación de una eficacia así como con el gobierno racional-teleológico de esa interpretación de la acción. Estas reflexiones nos han de proporcionar una capacidad crítica de
representación con la que podremos examinar, en el segundo capítulo, la concepción de los fines que anida en la doctrina clásica de la organización y, en el tercero, los más importantes de los enfoques tendentes a su superación. De todo ello se obtienen algunas sugerencias que conducen a un tratamiento de la cuestión del establecimiento de los fines en términos de teoría de los sistemas. Por más que puedan apreciarse ciertas ideas fundamentales, se echará en falta un desarrollo consecuente de esa teoría. A estas
disgresiones crítico-despectivas sigue, en los últimos capítulos, el intento de principio de trasladar el concepto de fin desde la teoría de la acción a la teoría de los sistemas. Para ello hemos de estudiar detalladamente, en el capítulo cuarto, el más importante de todos, qué función específica cumple la orientación teleológica en el seno de los sistemas sociales y más particularmente en el seno de las organizaciones, qué problemas genera y qué alternativas existen ante ella. Finalmente, en el quinto capítulo, nos enfrentaremos a la tarea de consolidar las inteligencias obtenidas, valiéndonos para ello del tratamiento de algunos problemas ligados a la confección de programas teleológicos en el interior de organizaciones.
CAPÍTULO PRIMERO
LA ACCION Y LA ESPECIFICACION DE SUS FINES
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1. LA INTERPRETACION TELEOLOGICA DE LA ACCION Y SU CRITICA Hoy ha dejado de ser una evidencia el hecho de que el obrar tenga su sentido en el cumplimiento de un fin. En verdad que no se ha podido sustituir esa interpretación y que el esquema de fin/medios sigue encontrando aplicación con entera normalidad lo mismo en contextos representativos cotidianos que científicos. Pero, en cualquier caso, hace tiempo que se halla conmovida la pretensión de validez —y más aún, la de verdad— de semejante interpretación.
La fundamentación del ser sobre el sujeto de la autoconciencia ha hecho aparecer radicalmente problemática, desde los inicios de la Edad Moderna, la intersubjetividad del representar. Por ello se buscan nuevos raseros críticos para una determinación del
ente que resulten vinculantes para todo ser racional. Bajo la aguda claridad de esa nueva luz pierden los viejos temas su contenido veritativo y los viejos planteamientos su sentido. Es así como a raíz de las exigencias metódicas de las ciencias modernas se ha visto desacreditada también la veritatividad que antaño poseían los fines en su condición ontológica. La limitación de las posibilidades veritativas a objetos que pueden ser determinados con certeza intersubjetiva conduce a la subjetivización de los fines. Considerado en la Antigüedad como elemento de la unitaria estructura de la acción, como culminación del proceso de la
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acción a lo largo del cual la aspiración se ve cumplida y queda en reposo, el fin ya sólo vale ahora como representación semejante, ahora bien, se abre al análisis científico en su facticidad, no en su corrección.
La agudización de las exigencias veritativas ante las que sucumbe la verdad teleológica da testimonio de una nueva y particular conciencia de la complejidad del mundo en perspectiva temporal, material y social. La filosofía escolastizante, sobre premisas antiguas, había exigido para las series de efectos un final natural («Ende») y, en ese sentido, un fin («Zweck»), ya que la infinitud no puede ser 1. Al hombre de los inicios de la Edad Moderna ese pensamiento sólo le lleva ya a la conciencia el carácter finito de su propio espíritu 2, esto es: la discrepancia entre la inabarcable complejidad del mundo y la propia capacidad de aprehensión. Los fines se convierten entonces en estaciones de paso —arbitrarias o, en todo caso, socialmente convenidas— de un proceso causal infinito. Por otra parte, la inteligencia de la limitación de la capacidad de raciocinio del hombre es ahora algo distinto a lo que era antes, no mero motivo de resignación, de moderación o de reverencia creyente, sino concentrado de una certeza que hace de la subjetividad de la autoconciencia el punto de partida de procesos cada vez más penetrantes de reducción de complejidad sobre la base de premisas bien seguras.
El giro moderno del pensamiento ha cuestionado así la vieja interpretación teleológica de la unidad de la acción y a un mismo tiempo, con sus conceptos de la causalidad mecánica (neutral en lo que al tiempo atañe), de la representación y del valor, ha confeccionado el marco de referencia conceptual en el que se despliega la problemática del pensamiento en términos de fin/ medios. Estos conceptos dan paso primeramente a una contem-plación más diferenciada de la acción: fines y medios (o, en su caso, decisión, acción y efectos) se tornan visibles como estaciones diversas de un suceso, que ya no están invariante y necesariamente vinculadas, sino que pueden poseer su propio destino. A su través, la interpretación de la acción se ve penetrada de movilidad, variatividad,
inseguridad. Por otra parte, de
1 Cfr. Aristóteles, Etica a Nicómaco, 1194 a; Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles, 3, 2.
2 Así Descartes, en las Premiares Réponses (edición de la Bibliothéque de la Pléiade, París, 1952, págs. 347 s.), en relación a las causas y a las demostraciones escolásticas de la existencia de Dios.
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esta manera se ve estimulada precisamente la búsqueda de salidas y nuevas soluciones, alternativas y combinaciones de nueva y particular fractura. El futuro ya no está
obstruido por fines previamente dados y verdaderos, sino que está abierto hasta la infinitud, contiene más posibilidades de las que pueden ser actualizadas y debe, pues, ser fijado por medio de planes.
Esta diferenciación e inseguridad de la estructura de la acción da ocasión para la diferenciación de una serie de ciencias de la acción. La ética y el derecho natural se disgregan en varias ciencias que asumen su sucesión y que representan un sentido, respectivamente distinto, de racionalidad. Las ciencias empíricas, que tratan de explicar la facticidad de la determinación de los fines y averiguar sus consecuencias pensadas y no pensadas, esto es: la psicología y la sociología, se separan de las ciencias que, abstrayendo de la realidad su idea de la acción, continúan ocupándose del carácter correcto de la acción. Las ciencias económicas siguen aferradas al esquema de fin/medios e intentan construir modelos racionales de la elección de medios para la
obtención de determinados fines que gocen de la validez más general posible (por ejemplo, la maximalización de las ganancias). Otras disciplinas —sobre todo la ciencia del Derecho, que se puede apoyar en el derecho positivo y permitir por ello, en cualquier caso, asignar a la estructura de fin/medios de la acción la significación de un «supuesto de hecho»— pretenden alcanzar su juicio sobre lo correcto de la acción valiéndose para ello de la interpretación de normas o de valores.
Que las diferentes ciencias que se ocupan del establecimiento de fines por parte del hombre sean analíticamente independientes entre sí, representa, por lo demás, una especie de sucedáneo (provisional) de verdad teleológica. La independencia del marco conceptual de referencia y la dirección del interés analítico permiten a las ciencias en particular limitar el foco de su atención y el contexto de variaciones que investigan y, en los límites, aceptar como constante o, en su caso, como aleatoriamente variable aquello que cae dentro de la esfera de otras ciencias. Es así como resulta característico de las ciencias económicas el que se despreocupen de los motivos que —de manera causal-empírica— generan los procesos de establecimiento de fines o el que, de un modo u otro, traten de proteger los propios intereses teóricos frente a una filtración de la problemática de los
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dios motivacionales que se puedan realizar por la psicología o la sociología 3. De manera semejante, la ciencia del Derecho se distancia de la complejidad que supondría una total inteligencia de la acción mediante la tesis de que está permitido todo lo que no está prohibido.
La separación de esas orientaciones especializadas ha contribuido a que la problemática del esquema de fin/medios en cuanto tal apenas se haya tornado visible, por no hablar de que hubiera llegado a ser objeto de discusión. Esta objeción, resultante del trasfondo esbozado de la historia del pensamiento, se ha proseguido con notoria dispersión fuera de los trabajos de las disciplinas científicas especializadas, y en la filosofía vitalista y el pragmatismo, la fenomenología y el existencialismo —a veces también en estudios sociológicos, psicoanalíticos, etnológicos y de teoría jurídica— ha encontrado portavoces verdaderamente variados 4. Su argumentación puede expresarse de Críticamente al respecto Talcott Parsons, Die Motivierung des wirtschaftlichen Handelns, en: del mismo autor, Beiträge zur soziologischen Theorie (traducción alemana), Neuwied y Berlín, 1964, págs. 136-159; además, cfr. Parsons, op. cit., 1949, págs. 62 s., y George Katona, Das V erhalten der Verbraucher und Unternehmer. Ueber die Beziehungen zwischen Nationalókonomie, Psychologie und Sozialpsychologie (trad. alemana), Tubinga, 1960.
Con rasgos muy típicos, esa crítica del pensamiento de fin/medios se encuentra en casi todos los escritos de John Dewey. Cfr., en especial, Human Nature and Conduct, Nueva York, 1922; Democracy and Education, Nueva York, 1916 (24? ed., 1951), en particular págs. 123 s.; The Quest for Certainly. A Study of the Relation of Knowledge and Action, Nueva York, 1929; «The Theory of Valuation», en International Encyclopedia of Unified Science, vol. 2, número 4, Chicago, 1939 (6.° ed., 1950); vid. también al respecto Aldo Visalberghi, «Remarks on Dewey's Conception of Ends and Means», en The Journal of Philosophy, 50 (1953), págs. 737-753, y Eduard Baumgarten, Die geistigen Grundlagen des amerikanischen Gemeinwesen, vol. II: Der Pragmatismus: R. W. Emerson, W. James, J. Dewey, Francfort, 1938, págs. 282 ss. Al objeto de poner en evidencia la amplia dispersión de la crítica, basten algunas remisiones seleccionadas arbitrariamente: Ferdinand Tónnies, «Zweck und Mittel im sozialen Leben», en Erinnerungs-Ausgabe fiir Max Weber, vol. I, Munich y Leipzig, 1923, págs. 235-270; Alfred Schütz, Der sinnhaf te Aufbau der sozialen Welt. Eine Einleitung in die verstehende Soziologie, Viena, 1932, y una serie de artículos del mismo autor, reunidos en Alfred Schütz, Collected Papers, 3 vols., La Haya, 1962-1966; Michael Oakeshott, «Rational Conduct», en The Cambridge Journal, 4 (1950-51), págs. 3-27; reimpreso en: del mismo autor, Rationalism in Politics and Other Essays, Londres, Herford y Harlow, 1962, págs. 80-110; Martin Heidegger, Ueber den Humanismus, Francfort, 1949, pág. 5; Carlos Cossío, «Intuition, Thought and Knowledge in the Domain of Law», en Philosophy and Phenomenological Research, 14 (
1953-54), págs. 470-493; D. Demetracopoulou, «A primitive System of Values», en Philosophy of Science, 7 (1940), págs. 335378; Jürgen Habermas, «Analytische
Wissenschaftstheorie und Dialektik. Ein Nachtrag zur Kontroverse zwischen Popper und Adorno», en Zeugnisse. Theodor W. Adorno zum 60. Geburtstag, Francfort, 1961, págs. 473-501 (aquí: 498 ss.), y específicamente procedente de la ciencia de la organización, Bertram M. Gross, «The Managing of Organization», en The Administrative Struggle, vol. II, Nueva York y Londres, 1964, pág. 470.
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la manera siguiente: la vivencia cotidiana, corriente, natural, contempla el discurso de una futura secuencia propia de acción como si de un suceso unitario de determinada típica se tratase. Se orienta de acuerdo con esa expectativa y las circunstancias adyacentes. La descomposición de esta vivencia en fin y medios es una separación artificial, y no acerca a la luz de la razón una esencia de la acción planeada, digamos, racional y presente por sí misma', sino que representa una aportación ordenadora constituyente que en los procesos decisorios posee una función indicable con más precisión. El hombre puede aprovechar esa posibilidad en una medida limitada; puede también introducirse en su obrar, ya sea de manera irreflexiva, en su horizonte de
vivencias natural o conducido por otras representaciones. Pero, dado su carácter infinito, nunca puede agotar las potencialidades presupuestas en la orientación en base al
esquema de fin/ medios. Aunque planee con conceptos tomados de tal esquema, debe utilizar representaciones simplificadoras, no susceptibles de justificación con tales conceptos. Así resulta ser la cuestión fundamental la de cuáles sean las funciones específicas que cumple la orientación teleológica. Pues sólo después de haber dado respuesta a esta cuestión puede esbozarse, con las necesarias simplificaciones decisorias, una técnica de decisión orientada teleológicamente, averiguarse las condiciones
ambientales de una técnica semejante y, en definitiva, aclarar en qué situaciones resulta recomendado un decidir teleológicamente orientado.
Ahora bien, no puede desvelarse de un solo trazo la función que cumple la orientación en términos de fin/medios. Todo parece indicar que se hayan de diferenciar dos cuestiones, cuya respuesta, en cualquier caso, ha de guardar una íntima relación. La primera y
fundamental reza como sigue: ¿Qué sentido tiene interpretar la unidad natural y vivencial del suceder de la acción de una manera causal, esto es: como diferencia entre causa y Este es el viejo modo del racionalismo tradicional de tratar las formas vivenciales naturales corno conocimiento insuficiente. Próxima está la interpretación de Nicolai Hartmann, Teleologisches Denken, Berlín, 1951, especialmente págs. 76 ss., en el
sentido de que la reflexión en términos de fin y medios sería el proceso decisorio natural, el cual, no obstante, tiene lugar generalmente de una manera intuitiva y rutinaria,
quedando explicitado particular- mente sólo en casos problemático. s. Una mirada a la discusión científico-económica de los modelos racionales decisorios en términos de fin y medios podría devolver sus dimensiones verdaderas a la cuestión. Incluso cálculos elementales de este tipo no se le puede pedir diariamente al subconsciente.
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efecto? Sólo cuando se ha contestado esta cuestión, y sólo en relación a su respuesta, puede plantearse la segunda interrogación: ¿Qué sentido tiene caracterizar a
determinados efectos (pero no a todos) del obrar causal como «fin», pero a aquél, por el contrario, como «medio»? El hecho de que en las discusiones que hasta la fecha se han verificado no se hayan diferenciado cuidadosamente ambos pasos cuestionadores parece integrar la fuente principal de las vaguedades que hasta hoy han afectado al sentido de la orientación teleológica. Y sólo por ello ha podido preservarse, más allá aún del
hundimiento de sus premisas de pensamiento, el mito de que el esquema de fin/medios desvela una «esencia» previa de la acción.
Ante los ojos del pensamiento tradicional ambos planteamientos no se presentan como el despliegue de un esquema funcional de problematización, sino como la
contraposición de dos especies de causalidad o de dos principios del conocimiento: lo mecánico y lo teleológico 6. Hoy, por el contrario, domina la separación de esquema causal y orden axiológico. Como quiera que precisamente esta separación ha dado al
concepto de fin un nuevo sentido y una función específica que ya no podía aprehenderse en el horizonte representativo de la vieja teleología, nos vemos obligados a tratar con alguna mayor detención el complejo de cuestiones que de ella resulta.
2. LA INTERPRETACION DE LA ACCION COMO PRODUCCION DE EFECTOS En la experimentación natural del mundo en que se actúa, las representaciones causales y los aspectos axiológicos, en la medida en que realmente estructuran esa experimentación, en un principio no están separados, ni resultan inseparables las unas de los otros. Los efectos son efectos a los que se atribuye valor. Sobre esta base, el principio teleológico puede verse
ele-Vid., a título representativo, Rudolf Stammler, Lehrbuch der Rechtsphilosophie, 3.6 ed., Berlín, 1928, págs. 57 s., o Wundt, op. cit., págs. 574 ss. En torno a la fundamental condición de esta simple contraposición ya ha dicho Hegel lo necesario: «Si mecanismo y oportunidad (Zweckmässigkeit) están contrapuestos, por ello, .precisamente por causa de esta contraposición, no se les puede tomar como si fueran conceptos indiferentes, correctos, tomados por y para sí
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vado a la condición de principio universal de la interpretación del mundo. Pero precisamente esta fusión limita al mismo tiempo la potencia de la experimentación natural —o, dicho en términos más precisos: limita su potencial con respecto a la com-plejidad. Presupone que los efectos ya están dotados de valor por la naturaleza, que, en esa misma medida, pues, está reducida la complejidad de otras posibilidades de la valoración. Frente a todo esto, presenta importantes ventajas una separación analítica de esquema causal y orden axiológico. Esta separación posibilita trabajar a un tiempo con dos interpretaciones distintas y entre sí invariantes de la complejidad del mundo: una esquemática y una regulativa. En el esquema causal el mundo viene definido como la infinitud de las posibles relaciones entre causas y efectos, que «en sí» son
axiológicamente neutrales, pero que en virtud de la valoración pueden adquirir una estructura de relevancia. En el pensamiento en términos de valores se postula un orden regulativo de las perspectivas preferenciales, «válidas en sí» con independencia de su realización causal, pero susceptibles de proyectar sobre efectos en la medida en que contienen reglas que indican qué efectos han de preferirse en el caso concreto (y a qué otros se haya de renunciar en consecuencia). Deberemos, pues, cercioramos del sentido que tiene la causalidad analíticamente abstraída, para a continuación adentramos en las posibilidades y límites de un orden axiológico, antes de que podamos aclarar la función del establecimiento de fines en relación al problema de la interdependencia de ambas esferas.
La interpretación de la acción como producción de un efecto postula que se sitúa en posición de invariancia recíproca, autonomizándolas con ello, a dos (o más) estaciones de un fenómeno de acción. Esto significa que se pueden determinar las particulares estaciones del proceso y que éstas pueden tener valor en sí aunque otras se vean alteradas o permutadas. Puede quererse un determinado efecto, pero escogerse entre varias causas
apro-y tan válidos el uno como el otro, apro-y como si la cuestión se redujera a saber cuándo se podría aplicar uno y cuándo el otro. Esa igual validez descansa meramente en el hecho de que están ahí, de que nosotros les poseemos a ambos. Pero la primera y necesaria pregunta es la de por qué están contrapuestos, cuál de los dos es el verdadero; y la
siguiente pregunta, la auténtica interrogación. es la de si acaso no es un tercero su verdad o uno de ellos la verdad del otro» (Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Wissenschaft der Logik, vol. II; Obrar completas —ed. Lasson—, vol. IV, Leipzig, 1948, pág. 384). 27
piadas, rechazar, por ejemplo, la más cercana a la tradicionalmente usual y buscar otra'. En sentido contrario, también puede tratarse a los efectos desde la perspectiva de la causa y considerárseles invariables a base, por ejemplo, de —mediante otros componentes del entramado de la acción— volver a eliminar consecuencias que se producirían «en sí» al tenor de la presencia de dicha causa. Incluso es posible en este esquema de pensamiento tratar a los fines como variables: la acción querida (por
determinadas consecuencias suyas) puede justificarse en base a otras consecuencias (no motivantes, pero sí bien representables).
En el esquema causal —y es esta una circunstancia que contemplamos ya que no como la «esencia», sí como la base de la función de la causalidad— la existencia de
alternativas se postula en dos direcciones: siempre hay otras causas que también podrían producir un determinado efecto; y siempre hay otros efectos que podrían ser igualmente generados por una determinada causa —cuando, más en concreto, el efecto o la causa se desplazan hacia el interior de otro contexto causal. Esta estructura alternativa del
esquema causal guarda estrecha relación con el dato de que ninguna causa basta por sí sola para la producción de un efecto, de igual manera que tampoco ninguna causa o ningún conjunto de causas poseen tan sólo un único efecto. La representación de una causa o, en su caso, de un efecto es una abstracción que cumple una determinada función de ordenación. Sólo la pluralidad de causas y efectos que en todo evento causal fáctico se encuentran conectadas, posibilitan la identificación abstrayente de una causa o de un efecto en el
Acertadas disgresiones al respecto se encuentran en C. West Curchman/ Russell L. Ackoff, «Purposive Behavior and Cybernetics», en Social Forces, 29 (1950), págs. 32-39 (en especial 35 ss.), con la definición del concepto de «medio» como alternative types of behavior having the same function y la reunión de las causas en una functional class para cada caso, definida por la potentiality for producing a specified product. Como
consecuencia de ello se deriva el conocimiento de que no hay predicciones exactas de los efectos necesarios de causas determinadas, sino meras probabilidades que se orientan según la distribución de posibles causas en contextos causales necesarios para la
suscitación fáctica de un efecto. Cfr. las consideraciones de Omar K. Moore y Donald J. Levis, «Purpose and Learning Theory», en The Psychological Review, 60 (1953), pági-nas 149-156, que se suman a las anteriores y que, por lo demás, vuelven a introducir la distinción de causalidad teleológica y causalidad mecánica, no estando, por ello, enteramente a la altura del problema. Véase además la definición del fin en base a la predisposición a suscitar el mismo efecto mediante un comportamiento distinto que da Heinrich Gomperz, «Interpretation», en Erkenntnis, 7 (1937-38), págs. 225-232 (227). 28 sentido de que la causa A no pierde su identidad aun cuando en una cambiada
constelación global genere los efectos a, b, c, d, e, f en lugar de a, b, c, f, g. Sólo por ello puede uno imaginarse que una determinada causa pueda tener diversos posibles efectos. La búsqueda de leyes causales en el sentido de correlaciones invariantes entre,
respectivamente, una causa y un efecto, que caracterizara al pensamiento causal tradicional, asume la abstracción (llena de sentido en cuanto aislamiento de un factor particular) en torno a la relación causal y malogra con ello su peculiar sentido heurístico, su apropiación como esquema de descubrimiento de alternativas. La teoría de las leyes causales postula un caso límite extremo en .que ni por parte de las causas ni por lo que atañe a los efectos existen posibilidades de intercambio y en el que la función
orientadora de la relación causal fracasa por consiguiente. Felizmente, en la realidad no se dan leyes causales tales que ni las causas ni los efectos sean disponibles 8. La ciencia causal dominante, que busca este tipo de leyes, debe siempre o eliminar fingidamente por medio de suposiciones en términos de ceteris paribus las alternativas dadas o atenuar el estrecho nexo causal, convirtiéndolo en relación de probabilidad.
En un planteamiento tal, sin embargo, la función del esquema causal, al menos en lo que hace a las ciencias de la acción, no llega a entrar dentro de la esfera de su atención. No reside en el conocimiento de una secuencia inmutable de factores causales, que carece enteramente de interés por no ser influenciables, sino, precisamente todo lo contrario, en el conocimiento de una capacidad de mutación, estructurada de una determinada
manera, de semejantes relaciones de causa/efecto, que son siempre sólo posibles, pero no necesarias. La interpretación causal de la acción, en otras palabras, libera de la
vinculación a una tipología procesual que se imagina con caracteres de naturalidad. Constituye una estructura de la acción que posibilita, a partir de una estación del proceso, analizar otras, tratar a unas como constantes para así poder modificar otras con miras a ella. Un suceso no tiene entonces por qué ser aceptado o rechazado, apreciado o
desestimado a título de complejo totalizador (como
' Cfr. en lo relativo a dudas similares experimentadas con ocasión del concepto del «medio necesario», infra capítulo III, nota 27.
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una condición vivencial que inevitablemente está encadenada a los habituales tipos de acción y, así, pues, tradicionalmente orientada), sino que se le puede descomponer y, desde su misma interioridad, modificar —por la variación de sus particulares
componentes— en lo que se refiere a constantes específicas.
Donde esta concepción ha sido hasta la fecha defendida y elaborada tal vez con la mayor claridad es en la teoría económica de la empresa, que interpreta la relación entre
factores de producción y rendimiento de los factores como función de producción, divisando en ella la relación básica y la premisa de racionalización del proceso de producción industrial. Las funciones de producción, no obstante, no son —como el concepto mismo de función ya lo deja entrever— sino reglas de sustitución relativas al intercambio de particulares factores o complejos factoriales —al margen de los rasgos que puedan presentar en sus detalles de modelos decisorios de la sustitución, y lo mismo si pueden ser reconducidos o no a una solución matemática por medio del cálculo diferencial o de la programación lineal9. En todo caso la función es el esquema de acuerdo con el que se orientan la averiguación y la valoración de alternativas.
La interpretación causal de la acción es, pues, un esquema heurístico de pensamiento. Estimula la búsqueda de alternativas, y acierta a vencer el obstinado conservadurismo de la vivencia natural frente a innovaciones a base de abrir posibilidades de variación controladas en diversas y específicas maneras.
En cualquier caso no se ha de desconocer que la vivencia natural remite, también fuera de la esfera de aplicación del esquema causal, a otras posibilidades. La interpretación del mundo como «realidad» causal es una interpretación penetrante. Toda identidad, como Edmund Husserl nos ha descubierto, se
Cfr. al respecto Erich Gutenbcrg, Grundlagen der Betriebswirtschaftslehre, volumen I, 10.' ed., Berlín, Heidelberg y Nueva York, 1965, págs. 290 s. Se ha de señalar en particular que en la teoría general de la decisión económica no sólo se investiga esa sustitución de factores, esto es, causas, sino que en la teoría de las funciones de
indiferencia también se estudian relaciones de sustitución entre efectos valorados. Véase, por ejemplo, la tipología de esas funciones en Gérard Gáfgen, Theorie der
wirtschaftlichen Entscheidung. Untersuchungen zur Logik und ókonomischen Bedeutung des rationalen Handelns, Tübingen, 1963, págs. 165 y ss. La cuestión sigue siendo la de si esta bilatcralidad de la orientación en última instancia no fuerza a abandonar la búsqueda de soluciones extremas de maximización o minimización y a pasar a modelos de input/output.
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constituye por remisión a otras posibilidades de experiencia y «el contexto de las causalidades no es sino una de las especies de una remisión dotada de horizonte» u. El sentido de la esquematización de la experiencia posible consiste, pues, meramente, en sistematizar e interpretar las potencialidades de experiencia y comportamiento que se muestran en la vivencia natural de modo que se tornen disponibles a efectos
comparativos, esto es: racionalizables.
Los conceptos de causa y efecto no designan, entonces, determinadas propiedades del suceso, producir la «virtualidad» o atraer causas, pongamos por caso. No son otra cosa sino variables, lugares vacíos para el intercambio de posibilidades funcionalmente equivalentes. Su particularidad y, con ello, lo característico de la causalidad reside en el hecho de que son puntos funcionales de referencia entre sí. La idoneidad de una causa para generar un efecto sirve como principio de selección, de la delimitación de
posibilidades de variación. Es posible variar causas en lo que atañe a un efecto y hacer lo propio con los efectos mismos, pero lo que nunca se puede hacer es tratar como
variables a causa y efecto simultáneamente, pues ello desataría un regreso infinito y volatizaría la temática haciéndola indeterminable ". Esta distinción funcional de factores causales fijados y variados respectivamente integra la razón interna de la necesaria
tría de la relación causal. Aunque la categoría causal articula sus dos conceptos
fundamentales como variables, exige que una u otra sean tratadas respectivamente como base de la variación, como constantes. Ahora bien, este tratamiento como constante no ha de ser necesariamente absoluto, y la constante puede ser tratada en otros contextos enteramente como modificable, si bien nunca en aquel contexto cuya variación articula. La categoría causal prevé, pues, que todo puede ser alterado, aunque no a un mismo tiempo.
Vid., por ejemplo, Edmund Husserl, «Cartesianische Meditationen und Pariser Vortráge», en Husserliana, vol. I, La Haya, 1950, págs. 79 ss.; del mismo autor,
Erfahrung und Urteil. Untersuchungen zur Genealogie der Logik, Hamburgo, 1948; en especial págs. 26 ss. Vid., también, Helmut Kuhn, «The Phenomenological Concept of Horizon», en Marvin Faber (ed.), Philosophical Essays in Memory of Edmund Husserl, Cambridge/Mass., 1940, págs. 106-123; Aron Gurwitsch, Théorie du Champs de la Consciente (París), 1957.
" Husserl, Manuscrito C 7 11, pág. 14 (citado en Gerd Brand, Welt, lch und Zeit, La Haya, 1955, pág. 11).
u En ello funda Gáfgcn (op. cit., págs. 103 s., 170 s.) su crítica del pensamiento en términos de fin y medios, sin darse cuenta de que sirve a la superación de precisamente esa dificultad.
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Esta interpretación estratégico-funcional de la causalidad se ve intensamente sostenida por el hecho notable —y no explicable de otra manera— de que pese a la infinita complejidad de la red causal del mundo real sólo existen dos factores causales de diferente contextura ": causas y efectos. Pero ¿por qué dos y sólo dos precisamente? Si se deja de considerar como dada la estructura del esquema causal —sea como
atributo esencial de la naturaleza o como propiedad de una categoría óntico-ideal— y se indaga su función, aparece entonces claro que se encuentra- en relación con el limitado potencial de complejidad de los procesos superiores humanos de pensamiento. Aunque la más reciente investigación psicológica que se desatara sobre todo a raíz del
descubrimiento de máquinas capaces de ordenar informaciones aún se encuentra, en lo que atañe a esta cuestión, en sus inicios N, sabemos ya con alguna seguridad, de
cualquier modo, que el potencial humano de complejidad, la capacidad de aprehender y ordenar fenómenos verdaderamente complejos, tiene su centro de gravedad en los procesos subconscientes de percepción y que, por el contrario, todos los rendimientos intelectuales superiores, que operan eón consciencia selectiva, sólo pueden abarcar simultáneamente muy pocas variables. Mientras que a mí no me resulta muy difícil op-tar entre dos cestos de frutos si uno tiene cuatro y otro cinco naranjas, la elección entre otros cestos de fruta variada es mucho más difícil ". Entonces debo atenerme a una preferencia intensa,
" Esta bipartición no ha de ser confundida con la estructuración binaria de situaciones de elección. Acerca de sus ventajas, que se han percibido precisamente en relación con la construcción de ingenios de ordenación automática de datos, cfr. Stafford Beer, Kybernetik und Management (trad. alemana), Francfort, 1962, págs. 104 ss. La distinción de causas y efectos, naturalmente, no es por sí sola un esquema apto para la determinación de alternativas. Pero en ambos casos subyace el mismo problema de la complejidad y ambos se sirven de una técnica reductora que procede paso a paso. Por lo demás, señalemos que también la teoría sistémica de Talcott Parsons tiene una estructura conscientemente binaria.
" Una buena y actual panorámica es la que procura Roger N. Shepard, «On subjectively Optimum Selection Among Multiatribute Alternatives», en Maynard W. Shelly, II, y Glenn L. Bryan (eds.), Human Judgements and Optimality, Nueva York, Londres y Sydney, 1964, págs. 257-281. Cfr., además, Jerome S. Bruner, Jacqueline J. Goodnow y George A. Austin, A Study of Thinking, Nueva York y Londres, 1956.
" Por ello, y como lo ha constatado la investigación experimental, es en situaciones de elección estructuradas de manera multidimensional donde se producen también la mayoría de los atentados contra el «principio de transitividad», esto es: en contra de la
exigencia de valorar también a A por encima de C cuando se valora a A por encima de B ya B por encima de C. Vid, al respecto, Gáfgen, op. cit., págs. 283 ss. Además, cfr. infra, págs. 37 ss.
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dominante —valorar los plátanos por encima de todo, por ejemplo— o proceder a una comparación de precios, esto es: dar siempre un rodeo para poder reducir primero la complejidad. Por la mtsma razón se pierde rápidamente la visión de conjunto sobre contextos causales cuando se debe tratar simultáneamente como variables a diversos factores causales que hacen acto de aparición unps tras otros '6. De modo similar a lo que ocurre en las simplificaciones de nuestro ejemplo de los cestos de fruta, la distinción entre causas y efectos ayuda a salir de esta dificultad. Pues, en efecto, posibilita variar en cada caso sólo un factor a la luz de la constancia de otro y entonces, una vez que se ha concluido esa reflexión, aplicar de nuevo el mismo esquema a factores entera o
parcialmente otros 17. Lo más útil para esta función es un esquema binario cuya aplicación pueda ser repetida cuantas veces se requiera.
Prescindiendo de todo establecimiento de fines, el principio causal, pues, comprende ya una esquematización estratégica con respecto a las extremadamente complejas
pretensiones que se plantean a la acción. Mediante la misma interpretación de la acción como producción causal de un efecto se está prestando un servicio constituyente que no es evidente por sí mismo ni cumple funciones precisables. El servicio y su dirección problemática pueden también ser aprehendidos en base a los conceptos de espe-cificación e infinitud. Ambos conceptos —y también esto representa una inteligencia fundamental para lo que ha de venir—guardan una estrecha relación mutua, y
ciertamente en el sentido de que sólo mediante la especificación del representar se torna problemática la infinitud de las causas y efectos, exigiendo, por tanto, mecanismos y apoyos decisolios que reduzcan la infinitud a un formato manejable, susceptible de proceder a toma de decisiones.
Pero cuanto máavanza la especificación, tanto mayor se hace el abanico vivenciado de lo infinito, tanto más se expande la
dis-" Aquí y en lo sucesivo utilizamos el concepto de «factor causal» sin consideración del sentido literal de «factor» en cuanto rótulo global que alude tanto a causas como a efectos, pero que deja sin determinar la distinción entre unas y otros. Que en nuestro lenguaje no haya un rótulo global semejante es, por lo demás, un dato interesante, que tal vez tenga su parte de culpa en la circunstancia de que sólo se haya analizado el esquema causal el cuanto «relación», pero no en la variabilidad de sus factores.
" Retomaremos este pensamiento infra en págs. 292 ss., cuando llegue el momento de discutir en detalle la programación teleológica.
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tancia entre tema vivencial y horizonte de consciencia. Con ello se alude a una problemática que puede interpretarse como el intento de captar la complejidad del mundo con ayuda de la interpretación causal y someterla a una esquemática que posibilite una actividad decisoria humana plena de sentido. Esto requiere un segundo paso en la formación de valores (o, en su caso, en el establecimiento de fines) por cuya virtud se reduzca esa compleja infinitud.
3. REGULACION POR MEDIO DE VALORES Y FINES: TRANSITIVIDAD U OPORTUNISMO
Mediante la resaltación de determinadas partes del suceso como factores relevantes y estratégicamente importantes de un proceso causal, la decisión en torno a las constantes y las variables de la planificación de la acción se ve expuesta a un gobierno por criterios de selección externos (valores). La acción ya no resulta experimentada, en unión de sus complejas condiciones y consecuencias, como un suceso funcionalmente difuso, compac-to, que no puede ser modificado porque, cargado con relaciones de sentido, cumple a un mismo tiempo muchas funciones; sucede, por el contrario, que la acción, junto con los factores que son tratados como constantes, se pone al servicio de una función específica por medio de la cual se pueden descuidar, modificar o intercambiar otros componentes del suceso. Por todo lo dicho, pues, no se hace consciente como un evento en sí pleno de
sentido, necesario, satisfactorio, sino que se le ejecuta con las miras puestas en algo distinto 18. Por ello, se le puede orientar de
acuer-e Fuacuer-entacuer-es clásicas dacuer-e acuer-estos pacuer-ensamiacuer-entos lo son concracuer-etamacuer-entacuer-e: Facuer-erdinand Tiinniacuer-es, Gemeinschaft und Gesellschaft, reimpresión de la 8' ed. (1953), Darmstadt, 1963, y Max Weber, Wirtschaft und Gesellschaft, 4.' ed., Tubinga, 1956, páginas 1 ss. Reelaborados, se les encuentra en dos lugares distintos en la teoría general de los sistemas de acción de Talcott Parsons: 1) en la teoría de las variables de orientación (pattern variables), una de las cuales viene señalada por la dicotomía de specifity y diffuseness —cfr., por ejemplo, Talcott Parsons y Edward Shils (eds.), Toward a General Theory of Action,
Cambridge/Mass., 1951, páginas 83 s., y, a título de versión reciente, Talcott Parsons, «Patern Variables Revisited», en American Sociological Review, 25 (1960), págs. 467-483 (471)—, y 2) en el esquema clasificatorio de la formación de sistemas en las rúbricas instrumental y consummatory. Véase, por ejemplo, Talcott Parsons, «General Theory in Sociology», en Robert K. Merton, Leonard Broom y Leonard S. Cottrell, Jr.
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do con consideraciones indirectas., organizar, permutar; pero al precio de una renuncia a un inmediato cumplimiento del sentido j9.
La especificación simplifica la orientación de un modo que, por otra parte, desafía al problema de la infinitud y le torna irrecusable. Sobre el fondo de un discurrir
indiferenciado, vitalmente típico, intenta la mirada previsoramente planificadora o explicativo-imputadora fijar determinados puntos como efectos o como causas. La identidad de unos y otras no se entiende por sí sola, sino que debe antes ser constituida ". Ahora bien, con la unidad de una causa viene constituida a un tiempo la pregunta por otras causas, con la unidad de un efecto la pregunta por otros efectos, con la específica identidad la infinitud de otras posibilidades.
Con ello se ha apuntado en un sentido muy general el problema referencial que guía la racionalización del decidir y del obrar. Si se interpreta la acción como fenómeno causal, el decidir debe venir entendido como la reducción de una infinitud de
posibili-(eds.), Sociology Today, Nueva York, 1959, págs. 3-58 (5 ss.). En especial David E. Apter, The Political Kingdom in Uganda. A Study in Bureaucratic Nationalism, Princenton/N. J., 1961, págs. 85 ss., y del mismo autor, The Politics of Modernization, Chicago y Londres, 1965, valora la distinción entre instrumental y consummatory en relación al aumento de la variabilidad de un sistema. Cfr. también la distinción entre extrinsic rewards e intrinsic rewards, referida en este caso a contextos de intercambio, formulada en Peter M. Blau, Exchange and Power in Social Life, Nueva York, Londres y Sidney, 1964; en especial págs. 35 ss.
19 Al objeto de anticiparnos a una mala interpretación romántica, hemos de señalar que por «inmediato cumplimiento del sentido» no se ha de entender aquí algo así como satisfacción o utilidad. Estos conceptos no pertenecen a una teoría de la acción, sino a la teoría sistémica, pues sólo resulta posible explicitarles por referencia a sistemas. La deficiente distinción de ambas teorías ha producido mucha confusión. Inmediato cumplimiento del sentido se da en la medida en que las representaciones motivantes se limitan a la ejecución misma de la acción, también en los casos, así pues, de que dicha ejecución se verifique a la manera de un ritual o de que resulte evidente por sí misma, sin otras implicaciones. El eje del problema no reside, pues, en la contraposición de disfrute y renuncia, intuición e intelecto; felicidad y trabajo. Se funda en la circunstancia de que a una acción que lleva en sí misma su sentido se le ha de ejecutar de modo necesariamente fatídico, sin libertad y sin alternativa, mientras que la libertad de disposición, que
promete en conjunto más satisfacción, sólo puede alcanzarse mediante la ampliación del horizonte temporal, aplazamientos, desviaciones, en resumidas cuentas: por la vía del disciplinamiento.
a En la discusión habitual de las infinitas causas y efectos de todo evento concreto y. de las dificultades que de ahí nacen se pasa por alto en la mayoría de los casos el extremo de que ni siquiera la unidad de una causa o de un efecto es aún algo predeterminado y reconocible en sí, sino que de la versión conceptual, en última instancia: del interés constatatorio, depende lo que en el seno de un determinado contexto de planificación o
de explicación se va a tratar como «una» causa o «un» efecto. A este respecto vid. David Braybrooke y Charles E. Londblom, A Strategy of Decision. Policy Evaluation as a Social Process, Nueva York y Londres, 1963, pág. 230, con acertadas disgresiones. 35
dades a una sola acción o, también, a una sola secuencia de acción. Y si se parte de una semejante consideración de este problema, resulta posible racionalizar de una
determinada forma el fenómeno decisorio y se puede averiguar qué función incumbe a cada una de las decisiones, representaciones auxiliares, formas de cooperación y técnicas simplificadoras en relación al problema general de la reducción de la infinitud. También el establecimiento de los fines e, incluso, la formación de valores, pueden iluminarse bajo una perspectiva funcional como ésta, que sirve a la estabilización selectiva de un reducido ámbito de causas y efectos relevantes 21. Así no se puede, por supuesto, «explicar» qué «son» fines y valores, pero sí que resulta posible comprender qué proporcionan.
La formación de valores es el principio primero, pero no suficiente por sí solo, de la reducción de infinitud. Reconducidos a la forma elemental del vivenciar, los valores son expectativas, si bien interpretadas, generalizadas y abstraídas en determinada forma, que están en condiciones de estructurar el horizonte de acción con miras a soluciones
racionales de los problemas planteados.
No por azar, a partir de la teoría económica, el concepto de valor ha irrumpido durante el siglo xxx como versión nueva de un problema viejo, en la conciencia general e, incluso, en la filosofía. Tal y como lo hemos esbozado inmediatamente, se encuentra
acompasado a la interpretación causal moderna de la acción, y sólo en relación con ella resulta inteligible n. Se refiere a efectos de la acción en la medida en que señala
específicos puntos de vista de la estimación (prácticamente, pues, de la preferencia) de semejantes efectos. La generalización del punto de vista de la estimación significa que adquiere una «vigencia» independiente de la aparición fáctica de determinados efectos en particular. Los valores son, pues, expectativas contrafácticamente estabilizadas en torno a las que se ha de pronunciar positivamente en términos
" Para establecer una comparación, véase la diversa interpretación de esta relación en Nicolai Hartmann, op. cit., 1951, en especial págs. 121 ss. También Hartmann contempla el nexo causal como esencialmente abierto y dispuesto a acoger nuevas causas y nuevos efectos, y el nexo final como introducción de una selección exclusiva en el campo general de la causalidad infinita. Interpreta esa relación, empero, no como reducción, sino en el sentido de su concepción general estratificada, a título de «nueva
conformación del nexo causal», inferior, en virtud de una determinación de superior rango.
" A este respecto vid., también, Niklas Luhmann, «Wahrheit und Ideologie», en Der Staat, 1 (1962), págs. 431-448 (439 ss.).
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generales, incluso cuando no se produzcan en un momento determinado o acaso en ningún momento 23. La especificación de los valores significa que fijan una determinada perspectiva de la valoración de los efectos, sin agotar la entera significación de sentido del evento concreto. Conforme a ello, hay muchos valores que si bien no se contradicen conceptualmente por fuerza, sí lo hacen en las pretensiones que plantean a la acción. La abstracción de los valores, finalmente, significa que la vigencia como valor no está desvinculada sólo de la masa de sentido de los efectos del evento concreto, sino también del complejo horizonte de consecuencias de determinadas acciones causales. Por ello, toda acción concreta debe contar con una compleja situación axiológica, ya que en sus consecuencias roza los más variados valores y disvalores. La especificación y
abstracción de los puntos de vista valorativos son indispensables desde el momento en que, no hay otra manera de estabilizar contrafácticamente los valores.
Con estas precisiones también se han apuntado ya los límites de las funciones de
ordenación que cumplen los valores 24. Toda acción concreta, si se la entiende de modo causal, conduce hacia un dilema axiológico. No puede orientarse sólo por valores, sino que necesita apoyos decisorios adicionales. Estos apoyos se le ofrecen en dos formas
radicalmente diversas: en el postulado de un orden axiológico «transitivo» (jerarquía axiológica) y en el esquema de fin/medios. Ambas posibilidades han de condensar informaciones acerca de la situación decisoria y posibilitar con ello la decisión. Desde este punto de vista funcional resultan equivalentes. Esto hace aparecer comprensible cómo la teoría moderna de la acción económica pudo reaccionar ante la crítica del esque-ma de fin/medios mediante la aceptalión del postulado de la transitividad. En cuanto intentos funcional-equivalentes de solución del problema, ambos principios son
intercambiables. Ahora bien, uno y otro tienen sus defectos y sus dificultades, de modo que la sustitución lleva en la práctica a un intercambio de secuelas.
Con el postulado de la transitividad de un orden axiológico integral se pretende asegurar la posibilidad de decisiones que
Acerca de esto vid. la panorámica que sobre la investigación en psicología social ofrece Ralph M. Stogdill, Individual Behavior and Group Achievement, Nueva York, 1959, págs. 59 ss., en especial 71 ss.
'A Prescindimos aquí, por ahora, de otros límites que se derivan de las dificultades de la formación de consenso y la institucionalización de los valores, ya que sólo se les puede tratar en el marco de la teoría de los sistemas.
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puedan ser consideradas como las únicas correctas 's. Se trata —y esó se torna
particularmente manifiesto si se aceptan los esfuerzos del Welfare economics en torno al llamado problema de la agregación, esto es: la conversión (por mezcla) de funciones de utilidad individuales en otras dotadas de vigencia intersubjetiva— de un derecho natural formalizado y matematizado. El principio de la transitividad dice que las relaciones entre valores han de entenderse como relaciones de preferencia y que toda relación de preferencia entre dos valores ha de ser reconocida como penetrante, esto es: que es válido el postulado de que si el valor A es preferible al valor B y este valor B al valor C, entonces también el valor A es preferible al valor C. En esta formación hoy se retiene el viejo pensamiento de que las complejas implicaciones valorativas de acción concreta sólo pueden ser ordenadas por la unidad de un valor supremo 24 o por un sistema de valores 27 o, respectivamente, una jerarquía axiológica 28. La ética axiológica
fenomenológica sostiene incluso abordar esta exigencia con intuición y contemplación óntica (wesensschau)29. Sin embargo, resulta muy fácil sacudir la creencia en ese principio.
25 En torno a esta premisa, y a modo de ejemplo de su utilización, cfr. Ward Edwards, «The Theory of Decision Making», en Psychological Bulletin, 51 (1954), págs. 380-417 ( 381 ss., 403 ss.); John M. Davis, «The Transitivity of Preferentes», en Behavioral
Science, 3 (1958), págs. 26-33; Kenneth J. Arrow, Social Choice and Individual Values, Nueva York y Londres, 1951; Jacob Marschak, «Towards and Economic Theory of Organization and Information», en Robert M. Thrall, Clyde H. Coombs y Robert L. Davis (eds.), Decision Process, Nueva York y Londres, 1954, págs. 187-220 y, de los mismos autores, «Actual versus Consistent Decision Behavior», en Behavioral Science, 9 (1964), págs. 103-110; R. Duncan Luce, Individual Choice Behavior. A Theoretical Analysis, Nueva York y Londres, 1959, páginas 1 y 9. Particularmente característico de esta orientación es que la transitividad de las ordenaciones axiológicas individuales la enfoca como premisa, mientras que la comparabilidad intersubjetiva y la posibilidad funcional de los valores, por el contrario, la contemplan como un problema al que se enjuicia con sumo escepticismo —una clara señal de un individualismo presociológico, ideológicamente condicionado.
24 Así la filosofía práctica tradicional desde Platón hasta, por ejemplo, John Stuart Mill, System of Logic. Rationative and Inductive, vol. II, 9' ed., Londres, 1875, pág. 554. " Así, por ejemplo, Bruno Bauch, Wahrheit, Wert und Wirklichkeit, Leipzig, 1923, págs. 479 ss.; F. Kaufmann, op. cit., págs. 95 ss.; Talcott Parsons J «The Pla- ce of Ultimate Values in Sociological Theory», en The International ournal of Ethics, 45 (1935), págs. 282-316 (294 ss.).
28 Cfr., pongamos por caso, Parsons/Shils, op. cit., por ejemplo, pág. 178; Gäfgen, op. cit., págs. 187 ss. (escala de valor).