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los bebes tambien juegan

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Academic year: 2021

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¿Es difícil divertir a los bebes? ¿Cuáles son los

jue-gos más adecuados para ellos? ¿Por que les resulta

tan complicado a los padres jugar con sus hijos?

Aprender jugando, ésta es la clave, y la labor de los

padres será conseguirlo. Para ayudarles, los autores

ofrecen un manual de actividades y juegos para

niños hasta los 3 años de gran sencillez a la vez que

muy educativos. Además, el libro también incluye

canciones infantiles tradicionales. Para facilitar su

uso y comprensión se ha dividido cada edad en

semestres con una introducción de carácter teórico.

Destinados tanto a padres como a profesionales.

estos juegos fomentarán la creatividad de los niños,

les permitirán pasar un rato agradable y

estimula-rán todos sus sentidos.

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José M.a Batllori (Barcelona, 1927), fundador de Jobara, gabinete asesor de actividades lúdicas dedicado a la investi-gación y aplicación del juego en cualquier área, se dedica al juego infantil como principal herramienta educativa desde hace más de cincuenta años. Autor de diversos libros sobre el tema, es colabo-rador habitual de revistas especializadas y conferenciante asiduo en centros de enseñanza.

Jordi Batllori (Barcelona, 1962), doc-tor en geología por la Universidad de Barcelona, ejerce la enseñanza, profe-sión que comparte como educador de tiempo libre infantil y juvenil. Es autor de varios libros sobre el juego infantil.

El ilustrador, Antonio Santos (Lupiñen, 1955), es licenciado en escultura por la Facultad de Bellas Artes de Barcelona. Pintor, escultor e ilustrador, sus obras han sido expuestas en importantes gale-rías de Francia, Inglaterra y España. Ha obtenido numerosos premios nacionales de dibujo e ilustración.

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LOS BEBES TAMBIÉN JUEGAN.

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ilustraciones de Antonio santos.

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P r ó l o g o .

A través del trabajo diario en nuestro Consulting Pedagógico comprobamos que, para desarrollar todas las potencialidades de los niños, el entorno más estimulante y natural es el juego.

En estos algo más de diez años de trabajo renovador, cada uno de los educadores que ha intervenido en cursos, coloquios, seguimientos o conversa-ciones personales ha encontrado fácil y atractivo el nuevo reto que llamamos

«prevención educativa». Y lo más sorprendente es que su interés -y frecuen-temente', entusiasmo— ha surgido de su propia vocación educadora al compro-bar que, con el aprendizaje temprano de las habilidades humanas, se han abierto más horizontes de superación para el mismo profesional.

Siendo aún muy pequeño, el niño quiere aprenderlo todo. Ha de utili-zar la totalidad de su cuerpo, lo que le plantea constantes problemas. Para resolverlos necesita ánimo, coraje, tiempo y oportunidades. En definitiva, ha de manipular todo tipo de objetos, situaciones, palabras e, incluso, ideas y pensamientos. Si no fuera así, ¿cómo podría abrirse camino con éxito en este

mundo tan complejo?

Enfrentarse con los problemas es algo completamente natural. Podemos decir que es espontáneo, sin más coacción que la del placer de jugar... y triunfar. Toda situación resulta un reto para el niño, y una fuente de estí-mulos.

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No es difícil concluir que cuantas más oportunidades, mejor. Somos con-secuentes en nuestra tarea educativa. Veamos. El niño dice: ¡¡Dame una oportunidad! !

Si lo contemplamos desde el punto de vista neurológico aún lo compren-deremos mejor. Una de las ideas centrales que se establecen en el ámbito del desarrollo y la organización de las estructuras cerebrales es la que se refiere a la importancia capital del ejercicio de la función para que estas estructu-ras se establezcan. A medida que se fomente el uso de dicha función por parte del niño en su período de formación, más rápida y completa será su organi-zación neurológica y, consecuentemente, más altas resultarán sus capacida-des cognitivas.

Si en los primeros años de vida el niño no disfruta de un medio ambiente colmado de estímulos de todo tipo, corre el peligro de no aprovechar jamás sus riquezas interiores innatas; habrá aprendizajes que dejarán de producirse y serán de dificultosísima recuperación. Es decir, que la prontitud y adecua-ción al dar unos estímulos es la variable más significativa de la adquisiadecua-ción del aprendizaje.

Otra idea básica que hemos tenido en cuenta en la observación y segui-miento de los niños y niñas, tanto en la escuela como en la familia, es el uso del criterio integral para tratar a cada niño, en definitiva a cada persona. El niño es un todo y no se le puede comprender ni ayudar si no se tienen en cuenta todos los aspectos del desarrollo simultáneamente. Hay que formar el carácter en el comienzo de la vida.

Es adecuado afirmar que la educación no es propiamente un problema de dinero o de tiempo, sino de amor y esfuerzo, o lo que hemos llamado cari-ño, dedicación y competencia, ha verdadera visión de futuro la tiene aquel educador que no cae en la trampa de «preparar» al niño o a la niña, sino que no desaprovecha ni un solo momento para desarrollarle. Según expresión popular: Empezar prontísimo, pues el niño es el padre del hombre.

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debe-mos llenar adecuadamente. Por ejemplo, con materiales que proporcionan a los bebés las situaciones que favorezcan el aprovechamiento de sus potencia-lidades.

José María yjordi Batllori han contribuido a ello con gracia y con pe-ricia; nos han demostrado incansablemente que la vida de los niños es un juego, vivida con gran seriedad, rigor y una espontaneidad encantadora. Estos grandes cerebros de los niños podrán recibir toda clase de estímulos en sus niveles sensorio-motrices, significativos y conductuales, que les lleven a establecer y perfeccionar las más diversas habilidades.

Es cierto que tanto los niños como sus educadores quieren y necesitan las habilidades mentales para llegar a resolver problemas y tomar decisiones co-rrectas o, al menos, adecuadas. Hace falta una gran dosis de creatividad y oportunidades para que las actitudes de un buen aprendizaje se manifiesten espléndidamente.

Este prodigio lo consiguen los juegos, sabiamente ofrecidos por la fami-lia y su entorno, y los profesionales de la educación.

Nuestros amigos, durante años, han sabido poner en las manos de los que rodean al niño o a la niña, en las propias manos infantiles, diversos juegos y problemas —es fantástico adentrarse en su archivo—, con un enfoque tan amplio que abarca distintas edades, capacidades y temáticas, para que los pequeños, los bebés, crezcan en inteligencia y voluntad, de modo divertido y progresivo.

Animo especialmente a los padres, abuelos y familiares de los bebés que usen los juegos con la ilusión y la emoción del que ama, pues para ellos se ha confeccionado este libro. Decimos siempre, y no desaprovecharemos la ocasión, que el amor verdadero es acción, entrega. Así es como el acto educativo lleva a una expansión en todas direcciones, pero hacia el niño.

La respuesta del niño es más inmediata: quiere y admira más a aquel que le ha permitido aprender a. ser más y más capaz, autónomo; en definiti-va, a estar mejor preparado, pues éste es el camino de la felicidad.

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El presente volumen nos proporciona un nuevo instrumento a todas luces necesario, para que niños y niñas lleguen a tener un correcto desarrollo total desde el comienzo de la vida, con muchas oportunidades, Se ha conseguido, creo que acertadamente, plantear estas oportunidades mediante unos entor-nos ricos en estímulos, presentados como retos irresistibles.

De esta manera, los autores contribuyen a enriquecer los medios que des-de hace más des-de diez años estamos empleando en la revolución des-del des-desarrollo infantil con el método de Aprendizajes Tempranos: démosle a cada niño lo que espera, hagamos un excelente trabajo de prevención con naturalidad y alegría.

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I n t r o d u c c i ó n .

El objetivo principal que nos ha llevado a escribir este libro es el de dejar claro que cualquier bebé juega desde el primer instante de su vida, cosa que hay quien cree ridicula, y no lo es, porque lo que el adul-to entiende por juego, el niño, aunque sea bebé, lo interpreta como trabajo.

A través del tiempo nos hemos encontrado con padres que creen q u e jugar es algo restringido a determinadas edades. Lo q u e sí es cierto es que cada edad tiene sus juegos y éstos adquieren un signi-ficado distinto. Así, el juego en la infancia es aprendizaje. En la ju-ventud, deporte. En la madurez, descanso; y en la vejez, recreación. Y en todas es diversión. Todo esto quiere decir que los juegos varían según el m o m e n t o en que se desarrollan en la vida de la persona.

Queremos dedicar lo escrito a los noveles padres de familia que acaban de estrenar este título con un bebé en los brazos. Les espera una apasionante carrera para lograr que su hijo llegue a ser un sen-sato y feliz habitante de este planeta.

Estos padres saben poco de su nuevo oficio, pero el bebé aún sabe menos del mundo que le rodea y en el que habrá de moverse a partir de este momento. Enseñarle habilidades, conocimientos y vir-tudes no es tarea demasiado fácil, pero la naturaleza ha puesto a su

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alcance una herramienta muy accesible, divertida y eficaz: el juego y, con él, el poder lograr la estimulación temprana de sus sentidos, algo de importancia vital para su vida futura.

Aunque la mayoría de los juegos que se expondrán en este libro han de desarrollarse en el interior del hogar, los padres han de saber adaptarlos a los lugares donde se encuentren con sus pequeñines como puede ser un patio, jardín, parque o en el campo durante una salida dominical o en las vacaciones. Uno puede esconderse perfec-tamente detrás de un árbol, matorral, banco o cualquier otro obs-táculo que tenga a su alrededor. Lo mismo podemos decir de sus pe-queños juguetes: las pelotitas, el muñeco de peluche, etc. La arena la podremos encontrar en la playa o a orillas de un riachuelo... El es-pacio que se precisa en estas edades es el mínimo. Pensemos que da lo mismo jugar con el agua en la bañera de casa que en una piscina desmontable que tengamos en nuestro jardín o en la piscina infan-til que haya en nuestro lugar de veraneo. La cuestión es no dejar nun-ca sólo al niño dentro o alrededor del agua.

Ante todo, el bebé precisa, además de cariño, desarrollar sus dé-biles miembros y, para fortalecerlos, se mueve constantemente. Pero hay que ayudarle y para ello se le hace jugar. Su aprendizaje empieza de la mano de los padres. A veces, éstos no ven claro cómo pueden colaborar con la naturaleza para que su hijo vaya cogiendo habilida-des y conocimientos. Para ayudarles hemos relacionado una serie de juegos sencillos y cancioncitas propias de las tiernas edades a las que se refiere este libro.

No se puede ignorar que, durante los tres primeros años de la vida del ser humano, todo lo bueno y lo malo que el pequeño apren-da tendrá repercusión en su viapren-da futura. Por ello hemos empezado hablando de costumbres, que son las que marcarán, con seguridad, su personalidad.

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Para lograr frutos positivos, los padres han de saber pensar como niños, actuar como niños y jugar como tales. No creamos que la edu-cación de un hijo empezará el día en que pise por primera vez una escuela. La educación y la misión de hacer florecer virtudes en el hijo comienza desde que se le pone el primer chupete en la boca y dura las veinticuatro horas de cada día de la semana.

La educación temprana que nuestros abuelos daban a sus hijos no se parece en nada a la que hoy pueden proporcionar los padres. Ellos se guiaban por la intuición y el sentido común y en la actua-lidad dicha educación puede basarse en conocimientos bien asimi-lados, gracias a los muchos libros y estudios que tienen a su dispo-sición y que antes no existían.

Quiere ser éste un libro que colabore con los padres y con esta ilusión se ha escrito. Como se dice en alguno de los apartados, no todo lo escrito servirá para «tu» hijo, pero seguro que más de una de las sugerencias podrá sacar de algún apuro a los felices padres.

Creemos que es muy interesante para los padres el conocer, si ya no lo saben, q u e el juego es el gran aprendizaje de la vida. Sin el jue-go, el ser humano no llegaría a ser plenamente persona, padecería deficiencias, tanto en el campo físico como en el intelectual. Por lo tanto, es tan importante el juego como el biberón. No se ha de ol-vidar.

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JUEGOS

PARA EL PRIMER AÑO

DEL BEBÉ.

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capitulo 1. Buenas costumbres.

Lo más esperado: un híjo.

Han quedado atrás casi nueve meses de lectura intensa de libros y revistas especializadas. De almacenamiento de consejos de madre, sue-gra, familiares y amigas. De ir a ver escaparates y tiendas cuya mi-sión es aconsejar, convencer y vender artículos para bebés. La asig-natura parece bien aprendida por parte de la futura mamá e incluso se podría asegurar que le sobran conocimientos que, si se analizan bien, incluso pueden resultar contradictorios entre sí.

Pero, al fin, el niño ha nacido felizmente y toda la familia lo ce-lebra con alegría, como es natural. Además están que no caben en sí de gozo, pues todos han estrenado un título que, no siendo univer-sitario, podría serlo. Título de padres, abuelos, tíos, etc., etc. Lo malo es que estos títulos han de ser revalidados mediante un examen sobre unas materias que casi todos desconocen, aunque se creen ca-pacitados para ejercer perfectamente la nueva función. ¡Quién no podrá con un ser tan pequeño!

La madre, con tanta ciencia acumulada, empieza a pasarlas ca-nutas para cambiar los primeros pañales. Coger al indefenso bebé le parece igual que cuando cogía a su querida muñeca, pero resulta que el nuevo habitante de la casa se mueve más de la cuenta y da la

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sensación de que, en cualquier momento, se vaya a romper. Por otra parte, le han enseñado seis maneras distintas de hacerlo y aquello es un lío. La suerte está en que la madre también leyó que no se había de dejar impresionar por tanto consejo oral y escrito y que lo mejor que podía hacer al sentirse atribulada, era olvidarse de casi todo y utilizar el sentido común.

Recuerda que es preferible cometer algún error al principio que seguir puntualmente los consejos y teorías asimiladas, no fuera caso de que, en su nerviosismo, colocara un imperdible en la boca del niño en lugar de en los pañales, aunque pueda llegar un momento en el que al padre le gustara porque vendrán noches...

También sabe que todos los niños son distintos y que el suyo no va a ser una excepción. Hay muchas diferencias de un niño a otro, y no sólo en lo que hace a lo físico: el entorno define dichas diferen-cias. Empezamos porque no todos los padres piensan lo mismo ni son igual de cariñosos y delicados. Los hay que tienen la suerte de tener cuatro abuelos a su alrededor o algún hermanito que lo mira con curiosidad manifiesta. Cuando un niño llega a casa por vez pri-mera siempre hallará aspectos que harán que su llegada sea dife-rente a la de otros niños: la decoración de su vivienda, las caracte-rísticas de su cuna...

Hay casas sonoras, porque hay hermanos ruidosos o porque la se-ñora tele está cerca y difícilmente está apagada. Hay casas silenciosas, en las que el vuelo de una mosca es ruido y el bebé sólo puede oír la suave voz de la madre cuando le dice algo.

Todo lo dicho y mucho más que podríamos añadir, condiciona, de entrada, la forma de ser del pequeño; ello quiere decir que, desde el primer m o m e n t o , le estamos acostumbrando a muchas cosas que pueden beneficiar su educación o que, al contrario, pueden convertir-lo en un pequeño tirano capaz de esclavizarnos con sus lconvertir-loros y gritos.

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No olvidemos que, desde el m o m e n t o en que nace, su cerebro se dispara y su d i m i n u t a inteligencia sabe perfectamente cómo hacer mover a placer a los mayores que le rodean. Asimismo, aprende en-seguida a distinguir a los que se dejan gobernar por el rey de la casa y a los que no. Así se espabila en berrear ante la abuelita compasiva que le coge y le mima o se queda tan tranquilo ante el padre que sabe que no le hará el menor caso hasta la hora del baño.

«El hombre es un animal de costumbres», dijo alguien y los pa-dres no lo han de olvidar y deben procurar variar la frase por otra que diga «nuestro hijo será un animal de buenas costumbres». Que no olviden que las buenas costumbres del bebé más adelante las lla-maremos virtudes y los malos hábitos que pueda adquirir serán vicios dentro de poco tiempo.

Conseguir el máximo de buenas costumbres es un claro objeti-vo que los padres se han de marcar.

E m p e z a r a inculcar costumbres.

Pero, en definitiva, es la hora de la verdad. La hora en que hay que empezar a inculcar costumbres al pequeñajo. ¿Tan pronto? me pre-guntaréis. Sin duda alguna. Pensemos que, a pesar de que el ser h u m a n o es el animal más débil e indefenso en sus primeros meses sobre nuestra querida Tierra, es, también tal como ya hemos insinua-do, el más avispado y se quiere aprovechar de ello. Sabe cómo provo-car compasión o cómo pedir que satisfagan sus necesidades, y una de las misiones de la madre es saber diferenciar estas dos situaciones: ignorar sus berreos a la hora de exigir que lo lleven en brazos, por ejemplo, o acudir presta si está pidiendo que le cambien la ropita mojada. Es un lenguaje algo particular que hay que saber entender. El pequeño se pone a llorar y todos los que se han reunido para celebrar el fausto acontecimiento, pasan a aconsejar seriamente a la

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atribulada madre. «Le aprieta demasiado la ropa», «Le molesta la luz», «Este niño está enfermo», « H a estado demasiado tiempo en la misma posición», etc. La madre, sin hacer caso a nadie, prepara el biberón y lo pone en la boca de la famélica criatura: se han acabado los berreos, pues el niño padecía una enfermedad muy normal: tenía hambre.

Las costumbres que se han de crear para el pequeño, también han de servir para todos aquellos que se le acerquen a cincuenta me-tros a la redonda.

Si la madre, con todo cariño, lo coge una y mil veces para con-templarlo, juega con él y le canta canciones, no habrá hecho nada más que convertirse en la esclava de aquel pequeño dictador. Sus so-noros lloros sólo terminarán cuando se le coja en brazos. Lo mismo cuenta para abuelos, tíos y amigos. El niño ha de aprender muchas cosas, pero los mayores también.

Puedo recordar el caso de unos amigos que pasaron la expe-riencia de lo que acabamos de decir: la madre, lógicamente secun-dada por el padre, siguió la táctica de no coger al pequeño en cual-quier m o m e n t o , lo cual le iba fenomenal. Pero ella también tenía una madre, es decir, una abuela del pequeño recién nacido, y la buena mujer no podía resistir la tentación de coger al pequeñín una y otra vez.

El pequeño se dio cuenta de que la madre lo cogía solamente para darle de comer, cambiarle las ropitas y bañarle y para hacerle unas cuantas carantoñas un par de veces al día, y no exigía más por-que sabía por-que no se le hacía caso. Pero, en cuanto aparecía la abue-la, el concierto estaba armado: se ponía a berrear y a patalear hasta que la compasiva abuelita lo cogía en brazos.

«A este crío lo tenéis m u y mal acostumbrado», repetía un día y otro. «Sólo quiere estar en brazos.» La madre se desesperaba, pues

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veía claramente el origen del problema. «Pero mamá, no lo cojas y deja que llore. Ya se cansará.» La abuela se ponía furiosa al ver el de-sinterés de la madre. «No te preocupa que el pobre se desgañite. Yo no puedo resistir tanto lloro.»

La suerte del caso era que la madre vivía a unos kilómetros de distancia de la población del nieto y sus visitas no eran diarias, sino más bien espaciadas.

Jugar educa en todas las edades.

Y ¿cómo aprenderá el niño? Pues, jugando. No me sonría usted, querido amigo; el niño necesita jugar desde los primeros meses, cla-ro está que no estará jugando en el sentido que los adultos damos a este concepto. Sin duda, no le convenceremos para que juegue al ajedrez ni para que nos haga una demostración de baloncesto. Sus juegos son bien distintos a los que nosotros admitimos como tales. Encontrará, por ejemplo, un delicioso juguete en sus propias manos y pies. El bebé quiere que se le deje tranquilo en sus tres labores principales: comer, dormir y jugar.

Tengamos presente que la vida del niño se reparte entre el sue-ño y el juego, actividades entre las que se intercala la comida. Tan grave es que un niño no duerma como que no juegue, porque el juego contribuye al buen desarrollo psicomotriz, que es la base de un aprendizaje adecuado y que va a continuar a lo largo de toda su vida.

No olvidemos que el juego, para el niño, es un trabajo de apren-dizaje de los quehaceres de la vida. Y el pequenín, menos comer y llorar, lo ha de aprender todo; por lo tanto ha de jugar mucho hasta que le llegue la edad de poderse llamar hombre o mujer. Los bebés no necesitan trabajar para vivir, pero sí jugar: el juego es su trabajo profesional, del que depende su desarrollo total. Y ¿a qué jugará?

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Leo de Joanne F. Oppenheim, dirigiéndose a una madre en sus primeros juegos con su bebé: «Usted, con su rostro fascinante, sus ojos chispeantes que hablan y arrullan; sus brazos cálidos, sus ma-nos suaves, sus dedos acariciantes, su olor familiar, su propia pre-sencia, le convierten en el primer juguete que existe en el m u n d o para su hijo y el más perfecto de todos.

N i n g ú n fabricante ha diseñado jamás un juguete para niños que se pueda comparar con usted misma. ¡Piense si alguien pudiera ha-cerlo, ¿se imagina qué dirían los anuncios?

No digamos como aquel hermanito de un recién nacido, que un día exclamó: «¡Si ni siquiera sabe jugar!». Y esto no es cierto. El bebé juega de acuerdo con sus posibilidades y en forma limitada: balbuceando, haciendo burbujas con la saliva, moviendo manos y pies, etc. Realmente sus manos y pies pasan a ser un excelente ju-guete que dice muchas cosas. Comprende que esa cosa que se mueve es su mano o su pie. Desde este preciso momento, aprenderá dónde acaba él y dónde empieza el m u n d o . Verá que él controla sus manos o sus pies y que les puede dar órdenes.

Para el niño, un juego es el oír a menudo la voz de su madre y sentir su presencia de vez en cuando, aunque sea a metros de dis-tancia. La madre, mientras plancha o hace cualquier otro menester, puede hablar con él y contarle cosas, aunque sea El Quijote. El pe-queño va aprendiendo sonidos que un día no muy lejano convertirá en sílabas y luego en palabras.

Las sílabas y las palabras vendrán de su deseo de imitar y, el jue-go en general, no es nada más que una imitación de todo cuanto le rodea. Oír cantar a la madre o sentir que, a ratos se juega con él, no es nada más que un gran juego para el bebé. No olvidemos que su inteligencia es grande. Si le alimentamos bien, crecerá físicamente bien. Lo mismo ocurrirá con su desarrollo intelectual.

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A medida que el niño crece, la madre verá con gozo que el pe-queño va comprendiendo las cosas: trate de hacerle muecas diverti-das, sáquele la lengua, hinche los mofletes de aire y haga ruidos gra-ciosos con la boca. Si el niño estornuda, que lo haga ella también; si bosteza, que le imite. Éstos son juegos que divierten al niño y que acrecientan su afecto hacia los padres. Porque éstos no tienen por qué ser ajenos a esta simpática y necesaria labor. El pasar determi-nados ratos jugando con su hijo, no significa que deban pasarse el resto de su vida jugando con él.

Lógicamente, los padres no se pasarán el día haciendo monadas frente a la cuna, primero porque sería contraproducente, pues el pe-queño cada vez exigiría más, y en segundo lugar, porque es de su-poner que tanto el padre como la madre tienen otras ocupaciones a las que atender. Entonces es cuando vemos la necesidad de rodearle de juguetes. La inteligencia del niño exige del ambiente constantes novedades, nuevos datos para su cerebro en vertiginoso desarrollo. El clásico sonajero no puede faltar. Hace tiempo perdió su des-tino inicial, que era el de ahuyentar a los malos espíritus. Se trata de un juego milenario que ya en el antiguo Egipto se usaba para este menester. La suerte es que al niño le gusta jugar y no porque sea fá-cil y divertido, sino porque en su pequeñez ya comprende que ha de vencer dificultades y sabe que está aprendiendo cosas. Se esfuerza en perfeccionar sus movimientos y, al ver que es capaz de conseguirlo, se llena de felicidad y de ahí se deriva el divertimento.

Muy a menudo, el adulto cuando se lanza a comprar un jugue-te para un bebé, busca cosas modernas, pensando que los juguejugue-tes u objetos de siempre son anticuados. Ha de pensar que un juego ade-cuado hoy, es decir, que divierta y eduque al pequeñín, seguro que también lo hacía hace cien años. En las tumbas egipcias y en exca-vaciones realizadas en diferentes partes del m u n d o , se han hallado

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aros, sonajeros, canicas, muñecas, etc. Varían en su forma y en el material en que están construidos, pero su utilidad seguro que era la misma que la que la que posee en la actualidad.

EL j u e g o es un trabajo a l e g r e m e n t e serio.

El juego, para el niño, quiere decir trabajo o aprendizaje. Somos no-sotros, los mayores, los que llamamos juego a sus actividades, cre-yendo que sólo se divierten. Para que en sus más tiernos principios en este m u n d o vaya aprendiendo a hacer movimientos distintos que le fortalezcan sus todavía débiles músculos y le vayan enseñando que moviéndose puede ir viendo más mundo que mirando simple-mente al techo, existen una serie de pequeños ejercicios, algunos de los cuales serán reseñados en el apartado de juegos. El padre y la ma-dre se los han de ir enseñando pacientemente.

A veces, al hablar del juego, uno se pregunta: ¿somos capaces los adultos de entender el valor educativo del juego? Quizás al hacer jugar a un bebé se pretenda divertirle un rato o bien se persiga el divertimento propio, al disfrutar de sus monadas y sonrisas, pero ¿sabemos para qué sirve el juego? Yo creo que si se le diera la i m -portancia que tiene, los familiares de los bebés estudiarían más a fondo esta materia educativa para el beneficio de aquel ser para quien desean lo mejor del m u n d o .

Dice Pau Vila: «Yo diría que no se puede concebir la vida del niño sin el juego; creo que no llegaría a hombre. Moriría, como m o -riría si lo encerráramos en una habitación de la que previamente hu-biésemos extraído el aire, o tendría un desarrollo raquítico y enfer-mizo como el que presentaría alguien a quien se obligara a vivir en un lugar con aire insuficiente. Así, también crecería con una perso-nalidad débil y un organismo insuficiente el niño que no se hubie-se desarrollado en pleno juego».

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En los primeros meses de la vida del bebé hemos de educar sus capacidades sensoriales, tan importantes para su desarrollo futuro. Sin duda ha empezado a «andar» por esta vida y lo ignora todo, lo cual quiere decir que tiene que aprender muchísimo y dispone de unos grandes maestros, aunque de entrada estén algo desentrenados en estos menesteres. Sólo es cuestión de que le vayan proporcionan-do, a medida que vaya crecienproporcionan-do, juegos al alcance de sus capacidades.

El tacto, la vista y el oído son partes del cuerpo humano que precisan de una paciente y sabia labor de educación. El niño debe acostumbrarse a que sus ratos de juego en los que se produce el con-tacto físico con sus padres son momentos concretos, como puede ser el rato del baño, cuando se despierta por la tarde, etc. Que sepa que aquélla es la hora del juego, con lo que se evita que nos lo pida en cualquier otro momento.

Hemos dicho que necesitan juguetes y, afortunadamente, existen los de materia plástica, que no representan ningún peligro para el bebé, pues no suelen tener astillas, cantos punzantes, ni sus colores se desprenden al ser mordisqueados por los pequeños, cosa muy na-tural entre los 6 y los 12 meses. Deben ser juguetes de material lige-ro y de formas que hagan fácil su sujeción por las pequeñas manos del bebé. Que sean lavables ha de ser, asimismo, una de sus virtudes.

Los primeros juguetes le ayudarán a moverse y a poder hacer su pequeña gimnasia. Las cosas que pongamos a su alcance le crearán movimiento; el movimiento le producirá energía y ésta estimulará su desarrollo. Los juegos sensoriales son muy recomendables, ya que ayudan notablemente al temprano desarrollo general del pequeño. Al ponernos frente al bebé y querer jugar con él, nos han de m o -ver dos pensamientos. U n o puede ser el disfrutar de él en una edad irrepetible, como todas. Haciéndolo padre y madre juntos, facilitan que el pequeño, inconscientemente, vaya comprendiendo que

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aqué-lla es su familia. Que aquellos seres que tanto están por él, dándole de comer, acariciándolo, bañándole y proporcionándole cariño, no son sólo personas que están a su lado para satisfacer sus necesidades físi-cas, sino seres que le aman como cosa propia.

El segundo pensamiento que debe inspirar a los padres en su ca-lidad de educadores ha de ser el de enseñar cómo jugar, puesto que el bebé aún no puede manipular el m u n d o de los objetos y depende totalmente de las personas que están a su lado. El sonajero o un oso de peluche, son objetos sin sentido si no hay alguien que los mueva y les dé vida. Así vemos que jugar, para el bebé, es algo del todo re-lacionado con la dedicación que le puedan prestar los mayores. De esta manera estamos desarrollando y fortaleciendo el espíritu de la familia.

Y al decir mayores quiero poner en primerísimo lugar al padre y a la madre. Hemos de reconocer que la forma de jugar del padre no tendrá nada que ver con la de la madre. La ventaja es que tienen maneras distintas de hacerlo, pero que se complementan perfecta-mente. Las madres suelen ser más cariñosas, mientras que los pa-dres, siéndolo a su manera, se muestran más activos a la hora de jugar, dependen menos de la palabra y más de la acción.

Por ello, los niños buscan a la madre para encontrar consuelo y seguridad, y a su padre como compañero de juego.

Me diréis que la madre suele tener más tiempo para estar con el pequeñín y que por ello éste la busca más. El secreto del padre ha de consistir en aprovechar los ratos de que dispone al máximo.

Es en los primeros meses de su vida cuando el bebé precisa más de la compañía y contacto con los padres, pues, por sí solo, pocas co-sas puede hacer. Pronto llegará la hora en que ya se irá independi-zando en sus actividades y no necesitará tanto de los mayores quie-nes, por otra parte, no se desentenderán de él.

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Si los padres han comprendido el valor educativo del juego, se tienen que esforzar en proporcionar al bebé no sólo materiales y ju-guetes, sino también los espacios y las oportunidades para que sea feliz en la actividad de aprendizaje juguetón de la vida.

Al decir que hemos de proporcionar al bebé situaciones y mate-riales que le hagan feliz, no quiere decir que se lo tengamos que dar «todo». Estamos llegando al segundo semestre, al final del cual el pequeño se habrá transformado bastante y lo querrá ver y tocar todo.

Debemos empezar a mentalizarnos de que, al bebé, le hemos de dar muchas cosas, pero que también tenemos que negarle otras tan-tas. No lo hemos de arropar constantemente entre algodones, para que el día de mañana sea un ser indefenso incapaz de hacer nada sin la ayuda del padre o de la madre. La vida que le espera puede ser maravillosa, pero no hay que ignorar que también le esperan con-tratiempos y sólo fortaleciendo su cuerpo y su espíritu de jovencito, será capaz más adelante de afrontar cualquier eventualidad.

Me diréis que aún es muy pequeño para enseñarle estas cosas y que todavía no puede comprenderlas. Yo os replicaré que tenéis ra-zón y que, precisamente por esto, los padres han de sustituir este desconocimiento con su sentido común y con sus suaves pero perió-dicas dedicaciones a este tema. Si al pequeño ya se lo damos todo, luego querrá más. Ni podemos darle demasiado calor para que esté cómodo; ni demasiada comida para que no padezca hambre; ni de-masiados mimos para que no se crea falto de afecto; ni dede-masiados juguetes para que no sea el pobre del barrio.

La historia de los pieles rojas americanos nos muestra cómo a los niños, desde la más tierna infancia, se les bañaba en las aguas de ríos y lagos aunque para ello se hubiera de hacer un agujero en el hielo que las cubría. Asimismo, mayores y pequeños habían de dormir, en invierno, sobre el suelo helado de la pradera.

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Los pequeños de la tribu Winnebago, en concreto, cuando lle-gaban a los 6 o 7 años, eran enviados a ayunar a alguna colina cer-cana, con la orden de no regresar hasta el alba siguiente. Gradual-mente incrementaban el tiempo de ayuno y alejamiento en dos y tres días. Claro que su forma de vida no tenía nada que ver con la que puedan tener nuestros hijos, pero todo era hecho con la idea de que aquellos pequeños muy pronto se tendrían que enfrentar con dificultades que, quizás, los adultos no seríamos capaces de superar. Es evidente que nosotros no vamos a exagerar la nota hasta lle-gar a estos extremos, pero tampoco es bueno que los cuidemos como si de una delicada flor se trataran.

Un justo medio bien estudiado es el que puede iniciar a nues-tros pequeños en la austeridad y en un espíritu de sacrificio, cosa que podremos ver más adelante. De momento no es malo que vaya-mos meditando sobre este tema, del que puede depender que nues-tros hijos sean hombres sin carácter o seres de espíritu fuerte.

La vida nos ha rodeado de maravillas y nos ha dado posibilida-des de disfrutarlas: cuanto mejor entrenados estemos para hacerlo, tanto mejor preparados estaremos para gozar plenamente de todo cuanto nos envuelve. Es algo que hemos de desear para nuestros pe-queños, y para lo que les debemos preparar. Empecemos a pensar en ello.

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Capítulo 2

J u e g o s p a r a e l p r i m e r s e m e s t r e .

A l g u n a s aclaraciones.

• Todos los niños son distintos. No pretendamos que el nuestro jue-g u e a todo lo descrito y en el mes en que se indica. Se trata sola-mente de dar unas ideas generales que han de ser aprovechadas en aquello que los padres crean más oportuno para su hijo.

Sin que quiera decir nada de anormal, tu bebé puede ir más ade-lantado o más atrasado que otro, por lo que, el sentido común de los padres ha de decidir cuándo es el m o m e n t o oportuno para cualquier actividad.

• Los ejercicios del bebé se han de hacer siempre sin forzar en nin-gún m o m e n t o su cuerpo, aún muy frágil.

• Los objetos que pongamos colgando en su cuna o cerca de ella, de-berán ir variando en forma periódica (dos o tres meses), para que el niño se vaya acostumbrando a cosas distintas, no vaya a creer que la vida es monótona y aburrida.

• No olvidemos que los juegos que se puedan enseñar al pequeño son en un 8 0 % para irle formando física y mentalmente y en un 2 0 % para divertirle.

• Los juegos a estas tempranas edades han de ser muy breves. • Al pequeño no le importa que tanto los juegos como los cuentos y las

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canciones se vayan repitiendo una y otra vez a través de los días. Si les han divertido, desean que se los repitan. Hay que tener paciencia. • Las cancioncitas gustan a los pequeños a todas las edades, por ello en el libro se incorpora una pequeña colección de éstas, para que se pueda ir escogiendo a gusto. Muchos niños disfrutan más con can-cioncitas rimadas que con las simples palabras; por ello es intere-sante irlas probando.

Pensemos que en este primer semestre el niño dará un gran sal-to en su forma de ser y de hacer. Desde apenas ver y oír, pasará a em-pezar a saber coger los objetos y a darnos la tabarra con las inacaba-bles repeticiones de sílabas que tanto le gustan, además de con otras muchas cosas. Por esta razón los juegos van ganando en variedad.

PRIMER MES.

E L g r a n j u g u e t e .

Sin duda alguna, el mejor juguete que puede tener el bebé recién nacido es la madre, que es la que normalmente está más horas con él, atendiéndole en sus necesidades.

Vamos a leer una descripción de este «juguete» que hace Joanne F. Oppenheim en su libro Los juegos infantiles:

La madre:

• Se mueve sin interruptores, botones ni baterías.

• Habla, toca música y juega contestando a sus primeros balbuceos. • Es reconfortante, proporciona seguridad y muchos ratos de placer. • Es muy entretenida y hace cosas muy divertidas.

• Está compuesta de materiales resistentes, flexibles y no tóxicos, to-talmente naturales.

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• Es un juguete único, diseñado para cubrir todas sus necesidades. • Disponible sólo a través de distribución privada.

E m p e z a r a trabajar.

Si lo ponemos acostado boca abajo, observaremos cómo, en un muy breve espacio de tiempo, levanta un poco la cabeza obligado por la

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postura en que le hemos colocado. Insisto en que los ejercicios a es-tas edades, han de ser breves y no demasiado repetitivos.

Rodeos interesantes.

Ponerlo echado encima de la mesa, dándole el dedo índice de cada mano para que se agarre a ellos. Si se consigue, acompañarle suave-mente hacia un lado y hacia otro, en un arco de 90°. Si no se agarra todavía, se le da igualmente los dedos índice, pero con el pulgar se le presiona algo la mano, de forma que se le pueda hacer girar igual-mente. El ejercicio se puede repetir unas cinco veces.

Jugar con los pies.

El niño en la cuna o encima de la mesa. Le acariciamos suavemente la planta del pie, cerca del talón. La sensación que le produce le hace extender los dedos. Seguidamente hacemos lo mismo cerca de los dedos, veremos como los contrae. Aparte de que le gusta la broma, está haciendo una gimnasia muy saludable.

Estos dos ejercicios, combinados alternativamente, se le han de hacer cuatro o cinco veces.

Qué bonito!.

Coloquemos una goma elástica atravesada a la cuna por encima del bebé y sin que éste pueda llegar todavía a ella. En la goma colgare-mos una serie de objetos, a poder ser brillantes y de colores vivos, que llamarán su atención. Llegará un m o m e n t o en que se dará cuen-ta de que, dando pacuen-tadas o moviéndose con fuerza, aquellas cosas se mueven divertidamente.

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C a n c í o n c í t a s .

Palmas.

Haciendo batir las manos al pequeño: Palmas, palmitas,

que viene papá; palmas, palmitas, que pronto vendrá. Palmas, palmitas, higos y castañitas, almendras y turrón

para mi niño son.

C o m e , m i n i ñ o .

Al ir a dar de comer al pequeño: Tortas, tortitas,

de manteca y miel para que mamá

te dé de comer.

SEGUNDO MES.

Músíca barata.

Es un momento en que al pequeñín le encanta oír ruidos agradables. Puede servir cualquier objeto y no es menester ejercitar esta actividad diariamente, basta con llevarla a cabo un par de veces por semana.

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Coger las tapas de unos pucheros y hacerlos sonar suavemente puede ser uno de estos ejercicios.

No olvidemos que el niño ha de ver siempre de dónde viene el ruido y quién lo produce, no fueran a cogerle miedos y temores, di-fíciles luego de curar.

C o n t i n u a r trabajando.

Ahora podemos continuar poniendo al niño boca abajo y veremos que el rato en el que levanta la cabeza, es bastante superior al del primer mes (unos 10 segundos).

b u e n a vista.

El niño en posición de acostado y el adulto frente a él con un ju-guete de colores alegres en la mano. Ponerlo a unos 40 centímetros de su cabeza y hacerlo girar en forma de arco delante de él, de dere-cha a izquierda y viceversa, para que lo vaya siguiendo con la vista. Se ha de hacer despacio.

Estirarse.

Siempre que nos sea posible, demos al pequeño la oportunidad de ad-quirir nuevos conocimientos. Después de haberle enseñado un objeto interesante (como en el juego anterior), debemos ponérselo cerca de él, de forma que, esforzándose un poco, pueda llegar a cogerlo. Pueden empezar a alcanzar y coger objetos a partir de las 8 o 10 semanas. Que lo haga después no quiere decir nada en contra del esforzado aprendiz.

Moviles.

Son objetos muy ligeros colgados del techo o de algún lugar alto. Los venden, pero no es nada difícil hacerlos en casa. Se puede colgar un aro que quede en sentido plano, tal como está el bebé en la cuna. \

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En él se cuelgan con hilos delgados figuras m u y livianas que pueden estar recortadas en cartulina o papel. Dichas figuras han de tener formas simpáticas y colores vistosos. Un poco de aire les dará m o v i m i e n t o y esto proporcionará una agradable sensación al bebé.

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C a n c í o n c í i a s .

Baila, mi amor.

Cogiendo al niño en brazos y bailando suavemente: Panderito chico

pasó por aquí, cantando y bailando

y haciéndolo así.

Mano quebrada.

Moviendo una mano del bebé arriba y abajo: Quebradita tengo yo mi mano que no tiene un dedito sano. Quebradita y muy quebradita tengo yo mi mano malita. Sin m i e d o .

El niño, sin duda, no entenderá nada, pero no es malo que se vaya acostumbrando a que en determinado momento

se dicen unas cosas que, más adelante, sí entenderá: La Virgen me dijo:

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no le tengas miedo a ninguna cosa.

TERCER MES

•••

Vara m á g i c a .

Coger una vara de unos 60 centímetros de largo y atar en su extre-mo un juguetito. Con la vara en la mano, colocar el objeto a unos 90 centímetros de la cabeza del pequeño e irlo moviendo despaci-to en una dirección y en otra, de forma que lo pueda ir siguiendo con la vista. Si lo hacemos tatareando una canción, le resultará más grato.

Cuando veamos que sus ojos ya se han acostumbrado a seguirlo, cosa que no ocurrirá el primer día, podemos ir aumentando la rapi-dez en el movimiento.

¡M irame!.

El que juega con el pequeñín, se pone frente a él y se balancea len-tamente de un lado a otro, haciéndole guiños e imitando los sonidos que el pequeño suele emitir.

Luego hacer lo mismo con alguno de sus juguetes. Le estamos ayudando a fortalecer sus ojos.

EL escondite.

Al ir a dormir, cubrirlo con una toalla o trozo de ropa y preguntar: «¿Dónde está Miguelín?». A continuación, destaparlo, simulando una gran «sorpresa». El bebé suele disfrutar m u c h o y lo quiere repetir.

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Más escondite.

El niño en la cuna o tumbado encima de la mesa. El adulto, en cu-clillas y a su lado, desaparece de su vista. Entonces, asoma la cabe-za, mirándole y diciendo «¡cucú!» o las frases o palabras que uno quiera, hasta que el niño vuelva la cabeza; cuando nos vea, tenemos que sonreírle y decirle algo simpático. Volver a «desaparecer» y a rea-parecer de nuevo varias veces.

Seguramente, al final del tercer mes volverá la cabeza ensegui-da en la dirección correcta.

Balancearse.

Pondremos una pequeña almohada en el suelo y al bebé encima, boca abajo. Le levantamos suavemente las piernas y tiramos despa-cio hacia nosotros y luego en dirección contraria, logrando un di-vertido balanceo, que a la vez le va fortaleciendo los músculos.

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Cancíoncítas.

Los patitos. Todos los patitos se fueron a bañar, el más chiquito se quiso ahogar, Su madre enfadada le quiso pegar, y el pobre patito se echó a llorar. La pajarita.

Aquí puso la pajarita el huevo, éste lo vio,

éste lo cogió, éste le echó sal,

éste lo frió,

y este periquillo matapulgas se lo comió to,to,to.

Buscar leña. Este fue a por leña,

éste le ayudó, éste se encontró un huevo,

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y éste, por ser el más pequeño, se lo comió.

...

CUARTO MES.

Rdodar.

Colocar al bebé encima la mesa, boca abajo. Hacerlo rodar suave-mente hasta que quede mirando hacia arriba. Le gustará el movi-miento y, por otra parte, la vista de nuevas cosas que le irán apare-ciendo en este «recorrido».

Sonorídad.

Con el bebé boca abajo, se le acerca por delante un m u ñ e q u i t o de g o m a que, al apretarlo, produzca algún ruido. El bebé extenderá la mano hacia él y el adulto se lo irá acercando hasta que logre co-gerlo.

EL espejo.

Que se siente la madre frente a un espejo con el bebé encima de las rodillas es una acción que encanta a los pequeños, pues les permite descubrir algo que les fascina. Lo primero que descubren es el refle-jo de la madre y creen que tienen dos. Hay que dejarle tocar el es-pejo para que vea la diferencia de la una con la otra.

La madre le ha de ir enseñando su propio cuerpecito reflejado en el espejo. «Tu nariz» le dirá, tocándosela. «Tus dedos», le dirá to-cándoselos o cantándole alguna cancioncita apropiada.

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Cancioncítas.

Simpáticas cosquillas.

Para terminar haciéndole cosquillitas en la cintura: Por esta pierna

subía un hombre pisando fuerte con los tacones

y se metía por aquí, por aquí.

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Más cosquillas.

Tocándole la mano, el brazo y terminando en la axila: Por aquí pan.

Por aquí miel. Por allí

las cosquillitas de san Miguel. •••

B u e n a s cosquillas.

Para terminar haciéndole cosquillas en el cuello: Mi abuelo, como era viejo,

tenía barbas de conejo y mi abuela Catalina tenía barbas de gallina.

•••

QUINTO MES.

•••

A r m a r ruido.

Una de las debilidades de los bebés es la de hacer ruido. En primer lugar, hemos de proporcionarle un sonajero. Seguidamente, pode-mos hacerle uno con una botellita de plástico con tapón de rosca, metiendo dentro unas cuantas piedrecitas o unas judías. Antes de dárselo, hemos de comprobar que el tapón quede bien sujeto. M ú s i c a « a m b i e n t a l » .

Escuchar a ratos música suave por medio de la radio o casetes le re-sulta agradable al pequeño.

Sin embargo, no hay nada como la música propia. Es hora de

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ofrecerle una olla o sartén y una cuchara o un instrumento similar. Que se lo ponga entre las piernas y enseñadle a golpear el objeto. Pronto habréis de buscar nuevos y más «modernos» sistemas. No es necesario indicar que las cacerolas que le demos no han de ser las preferidas de la cocinera.

Pedaleando.

Para que sus piernecitas vayan cogiendo fuerza, ponerlo tumbado de espaldas en la cama o encima de una mesa. Se le cogen ambos pies y se le hacen mover hacia adelante y hacia atrás. Luego, como si apre-tara los pedales de una bicicleta, hacedle mover los pies dándoles este movimiento.

Balanceo.

A todos los bebés les encanta que les hagan moverse en un sentido u otro. Por esto es bueno que el mayor los coja en posición de sen-tado y, cantándole o rimándole algo simpático, vaya balanceándolo

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o subiendo y bajándolo. Para descansar, y teniendo al bebé en las rodillas, enseñadle la mano cerrada y abriéndola despacio, idle can-tando alguna de las cancioncitas que se exponen en otros apartados. También lo podemos hacer utilizando la mano o los pies del bebé, apretando suavemente los dedos que se vayan nombrando.

Cancíoncitas.

Cinco lobitos. Cinco lobitos tenía la loba, cinco lobitos detrás de la escoba. Cinco tenía y a cinco criaba y a todos cinco tetita les daba.

Cinco tenía y cinco crió y a todos cinco

tetitas les dio.

Mil gracias señor.

Al pequeño ya le hemos de acostumbrar a cortas oraciones por la noche a la hora de dormir o a la hora de levantarse.

Mil gracias, Señor, y alabo tu gran poder,

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-que con el alma en el cuerpo me has dejado amanecer;

y así te pido, Señor, que me dejes anochecer.

Mi cuna. En esta noche oscura y fría, guarda mi cuna, Virgen María.

SEXTO MES.

••• A p a r i c i ó n divertida.

Poner el bebé en la falda, cara a cara con el adulto. Con las manos taparse la cara y, de pronto, descubrirse y decir alegremente: «¡Aquí estoy!».

Luego, poner las manos igual y, sin moverlas, sacar la cabeza por un lado y por el otro, diciendo lo mismo o lo que se nos ocurra. El pequeño disfrutará en grande.

La g r a n sorpresa.

El padre o la madre, en cierto momento, se esconde detrás de una puerta o de un mueble diciendo: «Papá se ha ido», de forma que el bebé vea la operación. Al momento, volver a salir alegremente d i -ciendo: «Papá ha llegado».

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La rica g a l l e t a .

Tenemos que ponernos una galleta en la mano y enseñársela al bebé. Luego esconder las manos detrás de nosotros y preguntarle al pe-queño: «¿En qué mano está la galleta?». Cuando señale uno de los lados, la sacamos con la galleta cogida y se la entregamos. Primero podemos hacer ver que se ha equivocado de mano para repetir la operación.

E L a g u a m i l a g r o s a .

El agua es la gran aliada de la madre para conseguir divertir al bebé. El agua tiene un montón de virtudes: chapoteándola produce unos ruidos insospechados. No olvidemos que lo que para nosotros es lo más normal, para el pequeño son descubrimientos fantásticos de cosas desconocidas.

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C a n c í o n c í t a s .

Arre caballito.

El niño sobre las piernas y, a medida que se va recitando, se mueven éstas arriba y abajo cada vez más aprisa,

cual si del trote de un caballo se tratara: Arre caballito,

vamos a Belén, a ver a la Virgen y al Niño también.

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Arre caballito que vamos a la feria,

no me tires coces que soy buen chico.

Las tortitas.

El mayor, jugando con las manos del niño: Y las tortitas y las tortitas para tu madre las más bonitas. Roscones y más roscones, para tu padre, los coscorrones. ... Daba, daba.

Se acompaña la mano del pequeño a su cabeza mientras se recita:

Daba, daba, daba en su cabecita y no se escalabraba. Tanto se dio, que se escalabró. ii, ...

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Capítulo 3.

A f i n a r l a e d u c a c i ó n .

Nuevas actividades del p e q u e ñ o .

Los padres se han de hacer a la idea de que, cada día que pasa, puede ser un paso de gigante en la formación del pequeño, que comienza a ver y a aprender cosas para él insospechadas. El gran primer cam-bio lo tendrá el día que empiece a gatear, que no está demasiado le-jos de pasados los seis primeros meses.

Veremos cómo hacia los 8 o 9 meses sus grandes esfuerzos se centran en tratar de desplazarse de la forma que sea. Si los mayores van de un sitio a otro ¿por qué no él? se debe de preguntar. Y en cuanto se inicia el gateo, aparte de que también comienzan a peli-grar muchas cosas en la casa, varía sustancialmente la forma de ju-gar, pues nuestro hombre o nuestra mujer ya empiezan a disfrutar de una relativa independencia.

Antes de meternos en sus juegos, nos hemos de referir a las lógicas previsiones de las futuras andanzas, en forma de gateo o de titubean-te andar de nuestro querido bebé. Es divertido recordar unas frases de una madre dichas con unos pocos meses de diferencia. Marchando por la calle con el cochecito del bebé, refunfuñaba por lo incómodo que representaba ir de compras, subir a un ascensor, tener unos pel-daños que salvar, etc. Decía: «¡Tengo unas ganas de que ande!».

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Pocos meses después, frente a pequeños desastres caseros origina-dos por la inacabable curiosidad del mismo crío, se lamentaba una y otra vez: «¡Con lo tranquila que estaba yo cuando aún no andaba!». Como estas aventuras y estas frases se vienen a repetir en todas las familias, los padres se han de mentalizar que ellos tampoco se esca-parán de decirlas o, al menos, de pensarlas.

Esto no tiene solución, pues la ley del crecimiento de nuestros queridos bebés así lo exige, pero lo que sí debe tener solución es el intentar evitar que los desastres caseros sean demasiado espectaculares.

Cuando el niño empiece a ser independiente en sus movimien-tos, lo querrá ver y tocar todo, lo cual entraña un peligro tanto para su integridad como para la de los objetos, cortinas, hilos eléctricos, etc., que se pongan a su alcance.

Y lo bueno es que lo pueda hacer, pero justo hasta el p u n t o que a nosotros nos interesa para evitar desastres que no deseamos. Dare-mos un mini decálogo de seguridad que cada uno, en su casa, sabrá cómo aplicar y cómo ampliar. Lo que no se debe es pensar en él cuando ya ha pasado el primer susto.

• Arrinconar o prescindir de las mesitas pequeñas que se pueden volcar.

• Colocar las lámparas de pie detrás de butacas o lejos de las posibles rutas ordinarias de los pequeños.

• Poner tapas u obstáculos en los enchufes eléctricos.

• Procurar que no cuelguen los extremos de los manteles, puesto que ejercen una curiosa tentación de tirar de ellos.

• Revisar periódicamente las alfombras y suelos en busca de cosas que hayan caído desapercibidamente y que puedan ponerse en la boca.

• Poner totalmente fuera de su alcance los medicamentos y produc-tos de limpieza.

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• Tratar de que los espejos estén bien sujetos a la pared. • Retirar las mesitas de cantos agudos.

• Intentar poner fuera de su alcance los cordones eléctricos, pues ejercen una magnética fascinación para tirar de ellos.

• Revisar sillas y muebles, que no tengan astillas o clavos mal rema-chados, que puedan crear peligro.

f o r m a r cuerpo y espíritu.

Nuestro bebé, de plácido muñequito, se va convirtiendo en una fie-recilla con curiosidad, que quiere conocer todo cuanto le rodea. A los 8 o 10 meses ya gatea y se coge a los muebles o a lo que encuentra por medio, para intentar ponerse de pie como su mamá. A los 12 ya jugará al «corre que te pillo» con la madre por los suelos, haciendo de gatito detrás del ratoncito de su bebé.

Gracias a Dios, no todos los niños son iguales, tal como ya se ha dicho, y puede ser que estas actividades se adelanten o se atrasen en nuestro caso, sin que ello haya de significar ningún trauma.

Cuando estamos hablando de estas primeras actividades del bebé en este picaro m u n d o , parece como si sólo nos tuviéramos que dedicar a cuidar su frágil cuerpo. La misión de los padres es mucho más delicada y responsable. El pequeño también tiene es-píritu y esto no lo podemos olvidar. Por ello hemos de empezar a cultivarlo.

Por otro lado no debe ignorar lo que es un libro y lo bonito que puede ser el poderlo manejar e interpretar como lo hacen sus padres. Nos lo sentamos en la falda y le vamos pasando las hojas de un libro de imágenes que representen a algún pequeño inmerso en activi-dades familiares como dormir, vestirse, comer, jugar, etc., y se lo va-mos comentando. No es menester que a esta edad sean libros con un argumento a seguir. Pueden verse animales o artefactos de

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locomo-ción. Si las imágenes son claras y atractivas y nosotros las sabemos ir explicando pacientemente (rugimos cuando le enseñamos un león, maullamos cuando vemos un gato o imitamos el sonido de una moto cuando observamos una) el pequeño se irá familiarizando con los nombres y ruidos que todas aquellas cosas producen.

No olvidemos que más que entretener al pequeño, le estamos ayudando en su trabajo de aprendizaje del m u n d o que le rodea. Es-tamos cultivando su espíritu y podemos conseguir que un libro no sea, el día de mañana, una pesadilla en sus manos.

Encontraremos el momento de empezar a jugar con un libro de-lante y de pedirle que identifique animales, personas o situaciones. Es una alternativa necesaria a los juegos de tipo físico que, si sabe-mos plantear, encantarán al pequeño. Puede representar, además, un merecido descanso para los padres.

A pesar de que en el apartado de juegos hemos incluido una pe-queña colección de cancioncitas de toda la vida, los padres no tienen por qué reproducir exactamente la misma letra. Se puede usar la idea de una de ellas, con palabras variadas que hagan referencia al propio bebé o a la misma familia o lugar. Las cancioncitas que se interpretan con alguna ligera actividad física tienen doble efectividad y son se-guidas con más entusiasmo por el protagonista de aquel momento.

Quizás lo descrito corresponde más al segundo año que al pri-mero, pero no está de más que vayamos empezando a meternos en estos terrenos, explorando las preferencias y forma de acogida que puedan tener.

Educar para la felicidad.

Estamos hablando de juegos, canciones, libros, oraciones, comer, beber, etc., o sea, un abanico extraordinariamente amplio de activi-dades que hemos de ir planteando a nuestro aprendiz de hombre y

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que hemos de procurar que asimile lo mejor posible. Esto no de-pende del niño, sino de los padres. No olvidemos que hay profeso-res con un caudal de ciencia envidiable que, dando clases, son una calamidad, pues no saben ni exponer ni explicar las materias. Exis-ten padres con una personalidad muy reconocida que, a la hora de enseñar a sus hijos a llegar a ser las personas que ellos desean, no sa-ben por dónde empezar. Quizás no se han sabido convertir en niños, para ser compañeros del pequeñajo que tienen entre sus manos.

Se han de enseñar tantas cosas que no se pueden olvidar dos puntos de ataque: saber ser niños y no desperdiciar ni un solo día en la formación del pequeño. No hay que coger el rábano por las hojas y pensar que hemos de estar todo el día sometiendo al bebé a una continua sesión de aprendizaje. Es una edad, la que estamos tratan-do, en la que el que un pequeño juegue diez minutos a una misma cosa es realmente un milagro.

Empezará a jugar con un cubo y verá pasar una mosca y mirará de seguirla. Encontrará una pelota en su camino y querrá jugar con ella, pero al tropezar con un camión, empezará a cargarlo de cacha-rros. Seguidamente... sin parar.

Para este ir jugando a mil cosas y este ir aprendiendo es preciso poner a su alcance una pequeña serie de juguetes de su agrado, sin que ello quiera decir que le tengamos que enterrar en un montón de ellos. Debemos ir guardando unos, durante unos días, para dar paso a otros y así irle variando su panorama juguetón. Lo que sí que le hemos de respetar es su juego mascota, o sea, el preferido, que puede ser una determinada muñeca o un simpático caballo. Acostumbra a ser aquel objeto que quieren en su cama cuando es hora de dormir o que difícilmente abandonan durante el día.

Cuando sea el m o m e n t o en el que intente ponerse de pie, el niño deberá haberse acostumbrado ya a estar dentro de un parque. Si

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le habituamos cuando aún el pequeño tiene poca movilidad, no pa-sará nada. Si queremos reducir su espacio de movimiento cuando ya ha dado sus primeros pasos, se rebelará contra su encierro y creará problemas.

El parque no tiene que convertirse en una jaula, sino todo lo contrario, y el niño así lo ha de sentir. Si uno se lo sabe montar, el parque se ha de utilizar durante unos ratos al día, en los que la ma-dre puede gozar de unos momentos de tranquilidad para poder de-sarrollar sus menesteres caseros, sin el estorbo que puede llegar a re-presentar la constante presencia del crío o el peligro de dejarlo solo en otra habitación, por donde campearía a sus anchas.

Para que el niño lo acepte sin traumas, hay que acostumbrarle a él desde su más tierna edad, de manera que se sienta el dueño y se-ñor de aquel recinto. Si lo ponemos dentro del parque después de los diez meses es algo difícil que acepte estar recluido en este pe-queño espacio una vez que ya se ha acostumbrado a gatear por toda la casa.

Dentro del parque se pueden tener juguetes distintos de aque-llos con los que habitualmente disfruta fuera de él. Si le hemos puesto dentro del parque antes de que ande, veremos cómo irá in-tentando ponerse de pie cogiéndose en los barrotes, lo cual le ayu-dará a practicar una gimnasia que él mismo se impondrá. Recorde-mos, de todas formas, que una estancia prolongada en el parque, so-bre todo al principio, puede causar algún tipo de trauma que podría repercutir en el pequeño el día de mañana.

Estos sencillos inventos, como es el parque, son de gran utilidad para la madre y no debe despreciarlos. Otra ayuda puede constituir-la una red para poner encima de constituir-la camita del niño para que, si elconstituir-la ha de ausentarse y dejar al niño solo, éste no corra el peligro de caerse de ella.

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Me gusta contar una anécdota que viví de cerca relacionada con una de estas redes: aquella familia tuvo un primer hijo, con el que la madre pagó la novatada. La madre, en rápidas salidas, iba a com-prar una vez al día. Mientras el pequeño no se movía, todo fue bien. Pero llegó un momento en el que se sentaba en la cama y el peligro de que se cayera era cada vez mayor. Alguien le indicó lo práctico de la red y la mujer compró una, creyendo haber resuelto la papeleta. El primer día que intentó cubrir al pequeño con ella, el drama fue tremendo y, tras varios intentos, tuvo que desistir. La lección es-taba aprendida. Vino el segundo hijo y, a los tres meses, cada día, por la noche, le ponía la red encima de la cama, de baranda a ba-randa, sin necesidad, por aquel entonces, de atarla.

Cuando llegó el m o m e n t o en que ya realmente la red era nece-saria, se seguía poniendo bien atadita, para evitar la fuga desde den-tro de la cuna. Lo sorprendente es que, cuando se ponía al pequeño dentro de la cama por la noche a la hora de ir a dormir, él mismo co-gía la red y la colocaba en su sitio para que la madre la atara. La lec-ción, como se desprende de la anécdota, había servido con creces de cara a tratar al segundo personaje de la casa, que admitió la red como cosa normal.

El niño se ha levantado, ¡ya anda!, quizás exclamemos al final de este semestre, con ilusión mal disimulada, viendo al pequeño m o -verse sin demasiada seguridad por toda la casa. Sin duda está reali-zando, con gozo, sus primeros movimientos hacia una deseada in-dependencia.

Hace no mucho tiempo que la madre suspiraba, cansada de lle-varlo de una parte a otra y deseando que su hijito tuviera más auto-nomía. Ahora, que el pequeño sonríe gozoso al ver que va consi-guiendo más libertad de movimientos, la pobre mujer empieza a temblar porque el pequeño querrá meterse hasta el ú l t i m o rincón de

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la casa, sin olvidar el interior de los armarios. Y empezará la serena-ta de los noes. «No toques esto», «no abras aquello», etc.

No podemos correr el riesgo de amargar la vida al pequeño, fre-nándole en sus ansias investigadoras, que son su instrumento inna-to para aprender a conocer materiales, pesos, etc. Lo mejor que po-demos hacer es poner en lugar seguro aquellas cosas que no desea-mos que pasen a mejor vida. Yo he visto en una casa, y seguro que se hace en otras muchas, cambiar los jarrones de material frágil por otros irrompibles. Quizás no son tan decorativos, pero evitan m u -chos disgustos.

Por otra parte, aunque todavía no sea el m o m e n t o de enseñarle la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, sí empieza a serlo para que sepa que cuando se dice «sí», es que «sí» y cuando se dice «no», es que «no». Los padres han de meditar un poco antes de pronunciar uno de estos dos monosílabos, pero cuando se han decidido por uno de los dos deben mantenerse en su decisión hasta sus últimas conse-cuencias.

Este tema lo trataremos al final del segundo año, que es cuando el niño empieza a poder razonar algo. Sin embargo, no es malo que los dos padres comiencen a poner en práctica, conjuntamente, el consentir o no determinados comportamientos del bebé que, como es lógico, aún no sabe lo que le conviene y lo que no. Asimismo es conveniente que éste, a pesar de sus berrinches y protestas, vaya aprendiendo que cuando se dice «sí» o se dice «no», ninguno de los progenitores modifica lo dicho.

El pequeño ha de empezar a saber que lo que dicen los padres es inamovible, aunque él intente variar la decisión por medio de ator-mentarles con sonoros lloros. No es malo que los demás miembros de la familia se sumen a esta táctica, evitando que el «no» de los pa-dres sea sustituido por el «sí» de los tíos o de los abuelos.

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Capítulo 4.

Juegos p a r a el segundo semestre.

Nuestro querido bebé, empieza a ser otro. Quizás todavía precise de la ayuda de los mayores para sentarse, pero será por poco tiempo. Ha dejado de ser aquel ser indefenso que se esforzaba para coger jugue-tes o cosas. Ahora, las coge, más o menos decidido, y las suelta a vo-luntad con gran gozo.

El pequeño se ha dado cuenta de que puede hacer cosas que antes ignoraba y se esfuerza para llevarlas a cabo. Los mayores tienen la gratificante tarea de irle ayudando, aunque sin darle demasiadas fa-cilidades, pues aprendería muy despacio si se colaborara con él en demasía y se le quisieran evitar fracasos.

Expondremos una serie de juegos, que han de ser complemen-tados por la fantasía y el cariño de los padres.

SÉPTIMO MES.

•••

Puntapíés.

El niño, en su cuna, goza ya dando puntapiés a las cosas. Poned a su alcance algunas pelotitas y objetos blandos, como pueden ser

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ani-males de peluche. Así, con los pies desnudos, irá descubriendo el tacto de los objetos, a la vez que se divertirá.

t i s o m b r e r o

Colocaremos un pañuelo o trapo encima de la cabeza del pequeño y le diremos: «¡Sácate el sombrero!», ayudándole a que lo haga, hasta que, repitiéndolo, se lo saque él mismo.

EL tentempié.

El clásico tentempié que, al darle un empujón va hacia adelante y hacia atrás y que presenta forma de payaso o de alguna otra figura agradable, es algo muy bueno para esta edad.

C a n c í o n c í t a s .

¿ D ó n d e están las llaves?. Yo tengo un castillo, matarile, rile, rile,

yo tengo un castillo, matarile, rilerón. Pim pom.

¿Dónde están las llaves?, matarile, rile, rile, ¿dónde están las llaves?, matarile, rilerón

Pim pom.

En el fondo del mar, matarile, rile, rile, en el fondo del mar, matarile, rilerón.

Pim pom.

¿ Quién las irá a buscar?, matarile, rile, rile, ¿quién las irá a buscar?, matarile, rilerón

(57)

Pues irá... Antonia, matarile, rile, rile, pues irá Antonia, matarile, rilerón.

Pim pom.

¿Qué le vais a regalar?, matarile, rile, rile, ¿qué le vais a regalar?, matarile rilerón

Pim pom.

Una linda muñequita, matarile, rile, rile, una linda muñequita, matarile, rilerón.

Pim pom.

Cinco pollitos.

Mientras vamos jugando con los dedos de una mano: Cinco pollitos

tiene mi tía, uno le baila,

(58)

otro le pía y otro le canta

la sinfonía. ...

El b a l a n c e o

Mientras vamos balanceando al pequeño: Aserrín, aserrán,

para vino, para pan y tocino merendar;

casa del rey sierra bien, casa de la reina, también, casa del duque merenduque truque, truque, truque.

...

OCTAVO MES.

EL tobogán.

El adulto, con las piernas bien extendidas y tiesas, haciendo de tobo-gán, se sienta al pequeño encima de la falda, de espaldas a él. Lo coge por las axilas y lo desliza por sus piernas suavemente. Si además le reci-ta una de las cancioncireci-tas que hemos expuesto, la juerga está asegurada. i

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