S.Jarré
Enigmas Extremos- Argentina-BA-Los Ángeles
Copyright 2007 por Sebastián Jarré Copyright 2007 para América Latina y Europa
Todos los derechos reservados
Prohibida cualquier reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio, sin permiso escrito del autor.
Printed in U.S.A
Dirección de Arte. Augusto Di Santtis
Armada Electrónica. Alejandra Unda
ENIGMAS EXTREMOS
10 años buscando la verdadPrefacio.
Este libro es fruto de muchos años de investigación. Para hacerlo he estado afuera y adentro. Es decir, viajando por el mundo y encerrado en la
biblioteca recabando paralelos e información que pudieran dar coherencia a los asuntos aquí tratados.
En ocasiones he dejado fluir la pluma como ha sido escrito en su día, sin ánimo de modificar nada de lo narrado tiempo atrás.
Más allá de lo que encuentre aquí, querido lector, usted debe saber algo importante: la profunda fascinación que siempre sentí por los temas misteriosos y como esa fascinación comenzó a mermar al descubrir el mundo tal cual es.
Por tal razón, tal vez, no he hecho un discurso filosófico de las cosas que ahora considero genuinas. No pretendo un debate de creencias, ni enseñar la inexistencia de los dioses, sólo me ha movido y me moverá siempre algo: la búsqueda de la verdad.
Aquí pues tiene un compendio de disímiles investigaciones y temas para regocijo, frustración o ira suya.
Fueron más de diez largos años de búsquedas, pero lo más fascinante de todo no ha sido escalar montañas buscando monasterios o cuevas de brujas, ni observar las fotografías de cadáveres o las ruinas de antiguas edificaciones, no. Lo más fascinante de todo es que esta búsqueda todavía continúa. Y casi acertaría a decir: que apenas ha comenzado.
METAMORFOSIS IMPOSIBLE: ¿CUANDO EL
HOMBRE DEJA DE SER HOMBRE?
Primavera del 2002.
Aquellos fueron días aciagos. Ahora lo recuerdo con total nitidez y me recorre un sutil y efímero escalofrío. Por aquellos días estaba empantanado en las bibliotecas buscando – o intentando – coherencia a un asunto muy complejo y controvertido.
Nada menos que la leyenda del hombre lobo. Leyenda que se
transformó en una “palpable” realidad –al menos para los lugareños- en un solitario pueblito de Misiones, en el límite con Brasil.
Y sé con seguridad que lo que me dispongo relatar –arrellanado en mi
sillón, tecleando en este ordenador portátil – puede parecer broma.
Pero es una experiencia. Y debe ser contada. Aunque no parezca
verosímil.
Veo mi llegada en un día torrencial de lluvias. El cielo gris que empañaba aún más el parabrisas del autobús. Sentir la soledad de investigar, viajar sin otra compañía que el deseo, la pasión por lo inexplicable. Ese era yo.
En el viaje, extenso y agotador, me dispuse a pensar cómo se había
en la Biblioteca.
Allí, el investigador Fabio Picasso, verdadera Biblioteca viviente, me desayunó con una noticia: al parecer, en un ignoto pueblo de la provincia de Misiones, en San Javier, un joven humilde había sido protagonista de una extraña e inquietante metamorfosis. A tal extremo que su madre, aterrorizada, había llamado a su vecino quien al enfrentarse con el muchacho no tuvo mejor idea que telefonear a la policía.
¿Qué había ocurrido? Pues sencillamente –aunque no tan fácil – el
joven se había convertido en un mismísimo animal, en cuatro pies, jadeante y de ojos colorados. ¿Increíble? Eso mismo me pareció.
Lo adjudiqué “a priori” a una
alucinación. Una leyenda. Una
superstición. Allí estaban los miles de informes en la Edad Media para
respaldarme. Puras historias
enfebrecidas. Nada de misterio. La cuestión –lo reconozco- cambió al estar ante la madre, ante el comisario, y ante un barrio convulsionado por la noticia.
MALIGNO PROVOCADOR
La lluvia me empapa toda la ropa. El cabello gotea y el cielo, allí arriba, relampaguea. Llego como los protagonistas de Pacto de Lobos, pero sin oriental que me defienda.
Estoy en pleno San Javier, escenario de esta inquietante historia. He
recorrido más de 1184 km desde Buenos Aires y, creo yo, no tuve un minuto de tranquilidad. La desbordante historia me ha sacudido. Y no es que otras muchas no lo hayan hecho también. Pero aquí estoy cara a cara
con el pasado, el misterio que todos consideramos superstición. ¿Cómo es que se producen estos mitos?.
Camino despacio, intentando reconocer el lugar de autos. Un
lugareño me indica donde queda la jefatura que tomó intervención en el suceso. Allí dirijo mis pasos. La lluvia es tan insoportable que ya me siento un bollo marchito, los dedos arrugados, la ropa anegada.
En la puerta de la jefatura notó las caras arrobadas de los policías
escrutando el inclemente cielo y, tras presentarme, clavando fijamente sus ojos en mi demacrado estado. Lo reconozco, estoy estropeado.
Ya había telefoneado desde Buenos Aires informando mi próxima
visita a San Javier por lo que - pienso - no debe causarles extrañeza mi súbita presencia allí.
Y mientras espero, me secó y reflexiono. Y la palabra Licantropía
acude a mí. Luego, porfiria. Tras esto, razono, todo puede deberse a un estado enfermo de la persona; tal vez sugestivo. Cualquier cosa con tal de no caer en la tentación del folklore.
Por las ventanas empañadas veo el conato de pueblo. Vacío. Tétrico. Y pensar que aquí hubo, tan solo dos semanas atrás, una convulsión psicológica por lo imposible.
No dejo de pensar en el 7 (séptimo hijo varón) y en Heródoto,
historiador que reconoció en sus crónicas la existencia de un valle con Hombres con la capacidad inaudita de mudarse en lobo, cuando las frías y
sorpresivas manos del oficial Olivera se posan en mis hombros.
A cargo del expediente de la fecha,
me invita a pasar a su despacho atestado de fotografías, planos, y una antiquísima – diría prehistórica –maquina de escribir. Nos sentamos y me zambullo en los detalles.
- Leí en el periódico El Territorio que ustedes se habían visto requeridos por una extraña patología en el Barrio, ¿qué puede decirme al respecto? - Que fue la cosa más extraña que me ha tocado vivir aquí. Yo fui el que recogió al muchacho luego, en un estado de incoherencia, abandonado, casi desnudo. Todo empieza con un llamado telefónico de un vecino que nos informa que una señora, la madre del joven, estaba teniendo graves problemas. Fuimos en el acto para allí. Cuando llegamos el joven ya no estaba. Pero nos relataron, tanto la señora como el vecino, que se había puesto en cuatro pies, alargándose las manos, gimiendo, y los ojos se habían cambiado de color, rojizos estaban. Todo él parecía dispuesto a atacar a los integrantes de la familia, por eso nos llamaron.
- Y dígame, ¿qué ocurrió luego con el joven? ¿Lo hallaron me decía?. - Dimos una vuelta por la zona, recorriendo cada lugar. Pero no vimos nada. A la una de la madrugada, pido que se vuelva a relevar el terreno, metiéndonos con linternas en el monte, y allí al fin lo encontramos. Tenía el pelo un tanto largo, cubriéndole la cara. Y de inmediato le pregunté qué le había pasado. No lo recordaba. Sólo sabía que había aparecido aquí, en este yerbal del monte. Lo tomamos en brazos y lo trasladamos aquí para ser examinado por los médicos.
- ¿Y qué ocurrió aquí?.
- Hablamos con él, le invité un cigarrillo, nos hicimos amigos, le dijimos brevemente lo que había pasado. Y no lo podía creer. Tampoco pudo
recordar nada. Luego, en su casa la madre volvió a relatarnos lo que había ocurrido, básicamente lo que ha salido en los diarios de la zona.
Humildemente le dije que no sabíamos que podíamos hacer en un caso así. Le dije, antes de irme, que lo mejor sería consultar un sacerdote o algo semejante. Ese día, lo recuerdo al salir, era Luna Llena. Yo no creo en las brujas pero, como dice el refrán, que las hay las hay.
- ¿Qué dictaminó el profesional que lo revisó?.
- Nada. No encontró nada inusual. Solamente un shock nervioso. No había consumido fármacos, ni ningún tipo de droga casera. Estaba
completamente limpio en este sentido.
ENTREVISTA CON LA MADRE DEL PROTAGONISTA: PACTO DE LOBOS Pienso ahora en los estudios de Hipertricosis. El “mal lobuno” que cubre la piel con vellos excesivos. Y el caso de México acude a mi memoria. He ahí la explicación.
Pero, cómo saberlo, más tarde en Buenos Aires, la bibliografía que consultaría terminaría por mostrarme que estas historias son más comunes de lo que pensamos. Y me conduciría a otro caso. Aún más macabro y espeluznante.
Pero no nos detengamos.
Olivera se ofrece gentil a conducirme al domicilio del joven. La tarde – aunque con la lluvia y ese cielo todo el día es eterno – promueve algunos envalentonados que atraviesan al ras las calles enlodadas, cubriéndose precariamente. Ahora el viento es un desastre.
Ya a algunos metros de la propiedad, Olivera me aconseja prudencia
con la familia. Están muy resentidos por lo ocurrido. Los medios de prensa habían corrido el rumor y ahora todos estaban pendientes de una nueva transformación del joven.
Esta última afirmación me choca. Transformación. No puede ser.
Sencillamente es de locos. Prefiero llamarlo alucinación. Pero - me digo, y enfiló hacia la humilde propiedad - por algo estoy ahora aquí mojándome despiadadamente la cara.
Golpeo una desvencijada puerta de madera arañada y aguardo en el vano de la entrada. Un techo, remozado en algún periodo, me socorre del clima.
Y aparece un niño, sucio, maltrecho y con los ojos terriblemente
maliciosos. Me pregunta qué quiero en el dialecto sesgado de la provincia y se introduce como una rata dentro de la casa. Al instante aparece la madre. Pequeña, rellena, y con el cabello y los ojos de un marcado azabache, me mira inquieta.
Me presento con la mejor cara de estúpido posible. Mirando
ingenuamente mi derredor como si hubiera ingresado desde otra
dimensión. Es crucial que lo haga. Ganarme la confianza de la mujer es tan elemental como que deseo conocer los detalles de la historia.
Y esta vez, mi mirada surte efecto. Doy la confianza requerida para
que se explaye en una reservada y exclusiva entrevista.
Cuando apoyó el grabador lo mira como si jamás sus ojos hubieran
visto algo así.
Niega con la cabeza. No me permite que la grabe, aunque dudo que sepa a qué se niega. Tras una charla informal, suelta sus reticencias.
Y mi memoria, registra, infaltable, estas afirmaciones.
Al parecer todo comenzó días atrás a la supuesta transformación. La
casa se había alterado. Sus muchos hijos habían empezado a percibir extrañas manifestaciones en torno a las habitaciones. Oían ruidos.
(¿Raps?). Notando claramente cómo en diversas oportunidades una “mano”, o lo que fuera, los tomaba en medio de la noche desprevenidos.
Su hijo, el protagonista de la Transformación, había visto en
reiteradas oportunidades sombras erigiéndose en medio de la noche.
Sombras que “se transportaban como el viento mueve las hojas”, recordaba la madre, Salomé Goméz.
Pregunto sobre el joven y duda un segundo. Me confiesa que está
separada de su marido hace nueve años. Y sin su marido, su hijo no quiere ser entrevistado. Ya suficiente hicieron los del Barrio para ganarse su
enojo. Es más: ahora rondaban con perversa satisfacción, cámara de foto en mano, intentando capturar “in fraganti” aquel prodigio de
transformación en tape.
No sólo eso.
Llegaron a encadenarlo reiteradas veces en plenulio para atraparlo en
su ya aclamada metamorfosis.
Pero afino el olfato. Quiero detalles. Y se los hago confesar. Por ejemplo: me ratifica que, en efecto, se puso en cuatro pies “ gimiendo en
una combinación de cerdo con serpiente”. También, los ojos se le
enrojecieron. Y lo más llamativo: un pie y los colmillos se le alargaron desmesuradamente. Posteriormente, me dice, “le dolieron las encías”.
Finalizo la entrevista con más dudas que certezas. Y un hondo sentimiento de preocupación al ver como irrumpe aquella realidad en mi realidad
cotidiana. Es la sensación, lo sé muy bien, de lo imposible convirtiendo –o pervirtiendo- mis pensamientos.
Fuera de la propiedad, la lluvia cesó. El cielo parece escampar. Y mi
pronóstico, en todo sentido, es un fracaso.
MATERIAL INEDITO: EN EL ORBE ARGENTINO
Biblioteca Nacional. Buenos Aires. De noche. Salgo caminando presurosamente, atisbando a mi alrededor, y reconfortándome de estar en la ciudad. Sí, gustoso de estarlo. Pues uno se llega a sugestionar a tal grado que no puede evitar caer en el primitivismo.
Y es que lo que acabo de hallar habla muy mal
de los bosques, descampados, parajes alejados de la urbanización. Son cientos de archivos que me señalan que años atrás, este país ha sido testigo de conturbadoras escenas de hombres convirtiéndose en Bestias horrendas.
¿Qué puedo decir?. Sería tedioso volcar ya
mismo los túmulos de casos que apilan mis archivos. Pero me resisto a terminar este artículo sin algunas referencias.
Y seré los más escueto posible.
Empezando por Cámara Cascudo, reputado folklorista, y terminado por los diarios de las provincias, todos nos hablan de un ser horroroso que
deambula por las noches – sea plenulio o no – en busca de presas con las cuales satisfacer su voraz hambre.
Nada de suposiciones. Nada de leyendas. Estas historias frescas nos
llegan desde los mismísimos periodistas que estudiaron detenidamente los casos. Incluso más: los propios policías, tal es el caso del Líbano en 1951, en las puertas de Buenos Aires, fueron testigos calificados. Sea una
sugestión, engaño intencional, falsa percepción, el relato quedó en la historia de los recortes periodísticos.
Una singular jauría, precedida por un enorme can, parecía rondar las
calles nocturnas, amedrentando a aquel infortunado que se cruzara con ellos. Los oficiales, tras intentar darles caza, se asombraban al ver que “se
esfumaban en las sombras sin dejar rastros”.
Pero no quiero detenerme en los archivos.
Para aquel que tenga curiosidad le diré que el diario El Andino, de
Mendoza, guarda en sus amarillentas páginas sucesos impresionantes, inverosímiles, sobre hombres que aparentemente podían convertirse en bestias horrendas. Y doy una fecha: 1973. Y otra: 1983. En ambos años hubo una suerte de epidemia referida a estos casos que se escapan del escalpelo analítico y razonable. Y entran dentro de aquel cofre que más tarde se convertirá en leyenda.
Y 1968. Los propios oficiales declaraban haberse enfrentado a lo que
“no debería de existir, no pude existir”. Como se informó, al ser requerida la presencia policial en un apartamento donde había disturbios, los
gendarmes se toparon atónitos con un hombre que, recostado en la cama, presentaba una desfiguración total de su persona.
Creer, o –como dicen por estas regiones- reventar. Yo prefiero
Analizar.
Ahora pienso, ya llegando al final de este artículo, si los griegos y sus fábulas no nos habrían estado desde siempre inyectando una “verdad” ilógica para el ser humano.
Una “realidad” conveniente y fácil de aceptar para la mente humana, cuyo cerebro primitivo aún está latente y le fascina todos estos tipos de sucesos de hombres lobos, vampiros, monstruos, etc.
Esta realidad, que moldea las leyendas y que, agazapada, tenebrosa,
ha sido cubierta por el polvo de los años, para conducirnos hacia aquel miedo ancestral de saber que no estamos solos. Y menos en el campo, el bosque. Allí donde la luna imprime sus fauces sobre nosotros sin reparo de que, tal vez - y solo tal vez – “algo” nos aceche. Ese “algo” que no debería existir y que tanto temor ocasionaba a nuestros antepasados de las cavernas.
Y que no es justamente un hombre lobo. Es nuestra vívida
imaginación que más tarde o más temprano siempre nos juega una mala pasada. No soy psicólogo para afirmar que se trate de una deformación -o mezcla - de sueños lúcidos y folklore. No obstante, como investigador, si puedo afirmar que todo lo que he narrado ha sido cierto. Y que lo más probable es que alucinemos casi siempre con remanentes de nuestro pasado primitivo.
EL HORROR DE LAS AGUJAS
Aquella aventura fue aleccionadora. Y complicada en extremo. Y ahora, reflexionando en el suceso, pienso: ¿cómo alguien, en su sano juicio, pudo llevarlo a cabo en una criatura de 3 años de edad?.
Pero nada que hacerle. Es común que las víctimas más trágicas de
las pseudociencias y el pensamiento mágico sean inocentes criaturas como aquella niña, cuyo nombre se me ha prohibido divulgar por el secreto de sumario, quien cargará por el resto de sus días con el estigma de lo
“extraño” en su cabeza: tres agujas de coser que, de manera “inexplicable”, (según los cultores del misterio) fueron introducidas en su anatomía
cerebral.
Aquella tarde húmeda y oscura en que llegué a Osorno, X región de Chile, los acontecimientos se me antojaron familiares. La nota periodística que había trascendido no decía mucho. Hablaba de una niña de tres años y cinco meses a la que había sido detectada el pasado 14 de enero del 2005, en una radiografía de rutina, tres agujas de coser.
con el propósito de controlar el crecimiento de la cabeza que, para ellos, era anormal. Se habló de una leve macrocefalia.
Pero la sorpresa predispuso los ánimos de los facultativos, al
corroborar, por medio de un Scanner que, en efecto, la pequeña tenía tres agujas de coser en su cabecita.
Rápidamente el asunto trascendió al Departamento Jurídico de
Osorno quienes comunicaron el hecho a la fiscalia del Ministerio Publico de dicha ciudad.
Pronto – demasiado para gusto mío – toda la documentación concerniente al caso iba a
evaporarse en la hermética justicia antigua, a la cual, desde luego, nadie, ningún periodista, podría acceder.
Por tanto, era cuestión de tiempo para que el caso se cubriera del acostumbrado manto de silencio y todo quedara en el olvido para más tarde perpetuar la
acostumbrada leyenda.
Y no lo pensé dos veces. Ante la inminencia de esta decisión
burocrática, opté por recorrer varios miles de kilómetros, en una marcha que duró 30horas hasta llegar a Osorno. Y ahora revelaré cómo fueron aquellos acontecimientos in sittu para este libro, y adonde quedó relegado todo el caso, de por si, aberrante y difícil de olvidar.
EL ARTE DE CLAVAR
Y uno ante hechos semejantes tiene dos posibilidades. O atajarse por el lado sobrenatural (y me vienen a la memoria varias leyendas autóctonas que tiempo habrá para comentarlas que usan de excusa los amantes del misterio como “evidencias” de sus investigaciones).O confiarse por el frío razonamiento lógico.
Lo primero que hice fue telefonear a la fiscal Maria Isabel
Ruiz-Esquide (con la cual ya había hablado desde Buenos Aires) para concertar una entrevista y ver si podía enseñarme los documentos del caso, entre
ellos, las radiografías de la niña. Pero no hubo suerte en ese primer día. Y pese a reiterarle más de cinco llamados en diferentes horas del día no logré
comunicarme. Decepcionado, intenté con el subdirector del Hospital Base Osorno, quien, en extremo gentil, se ofreció a ponerme sobre antecedentes. Al parecer estaba muy interesado en el caso que le había comentado por teléfono ocurrido en España.
Refrescaré un poco la memoria sobre aquel episodio español. Ocurrió en 1971, en la región de La Seca, en
Valladolid. Y en esta oportunidad la víctima fue un niño de sólo un año de edad. De alguna misteriosa manera alguien – todo indica que su madre, pero se prefiere siempre el término “misterioso” – le introdujo cerca de 27 agujas en diferentes partes de la anatomía, entre ellas, el cerebro, los pulmones y la espina dorsal.
Aquel estado, huelga decirlo, era totalmente incompatible con la vida.
Y sin embargo, el pequeño sobrevivió, tras ser sometido a muchas cirugías para retirarle las ponzoñosas agujas.
Este suceso fue el primer proceso en pleno siglo XX de un caso de
brujerías que fue llevado a los tribunales de justicia donde se encontró culpable a la madre del niño, la cual terminó recluida en alguna mohosa sala de algún psiquiátrico para luego salir y nunca más saberse nada. Otro episodio semejante había ocurrido supuestamente en Italia, en Otorna. Pero en este caso el desalmado infanticida le habría asestado más de cien agujas al cuerpo de un niño. Así y todo, había un nexo entre ambos casos: los padres y sus contactos con la brujería ritual.
Quedaba, por tanto, y ante esta marea de datos, corroborar en
Osorno si los padres de la niña también eran “afectos” a los aquelarres y la brujería (aclaro: que hagan brujerías no implica que existan tales artes).Ya de por si, la región de Chile es famosa por la cantidad de curanderos y de brujos practicantes.
Una vieja leyenda afirma que los brujos de Chiloe acostumbran a robar los niños cuando son bebés para someterlos a unas agudísimas torturas – que incluye entre las aberrantes prácticas doblarles las piernas sobre la espalda y coserle los ojos y la boca – y convertirlos en Imbuches, una guisa de fetiche para los actos de brujería. Algo semejante a lo que ocurre con el Anchimalén, convertido por las brujas en una criatura horrenda que por las noches despide luz por los descampados.
En Chos Malal, Río Negro, existe difundida la creencia en la
Calchona, una repugnante bruja que recorre la noche por lúgubres
caminos con el propósito de lanzarse encima de los caballos y atrapar a algún incauto viajero.
Otro testimonio que recogí en Chile me indica que en Chiloe existen
grupos sectarios de brujos que en determinadas fechas del año acuden en procesión, ataviados de negro, por desolados parajes con la intención de practicar una ceremonia privada en algún sector insospechado.
Realmente no sé si secuestran niños para abusarlos de esa forma,
convencidos en sus creencias extremas en lo sobrenatural, pero debo admitir que es muy plausible que se efectúen rituales con ese propósito.
Como sea, - y volviendo a lo nuestro - si había alguien capaz de
ponerme sobre los “detalles” del episodio eran la fiscal que hasta el
momento llevaba el caso y el subdirector del Hospital. También, la asistente social que se entrevistó con la familia del menor. Empecemos con el
subdirector del Hospital, José Ochoa, quien dio la alarma a las autoridades regionales.
UNA ENTREVISTA INQUIETANTE
“En mis años en este Hospital jamás me topé con algo parecido, pero ahora
usted me comenta que ya ha ocurrido en España ¿cómo puede ser?”, se ataja
el subdirector Ochoa, de gafas marrones y mirada piadosa.
En mis manos estaba el expediente médico del suceso. Lo viera por
cuatro centímetros – habían sido introducidas por la zona de la fontanela, sector de la anatomía que es más delicado en los recién nacidos. Esto indicaba dos cosas. Por un lado la fecha estimativa de dicha penetración: antes que se cerrara la fontanela y el cráneo endureciera, dado que no habían incisiones de cirugía y era la única opción plausible. Por otro, indicaba que quien fuera el autor de tremenda aberración sabía lo que hacía. Finalmente, por tanto, había una mano humana y bien humana detrás de todo.
Pero dejemos que el expediente médico sea más preclaro:
“El 14 de enero del 2005 ( 3 años y cinco meses de edad) se
tomó la radiografía de cráneo posterior y lateral que mostró tres finas agujas metálicas intercraneanas
en la línea media, en la unión del tercio anterior con el tercio medio del cráneo, con alguna calcificación alrededor de una de ellas. Huesos de la calota intactos. Sin otras alteraciones. El
radiólogo indicó su inmediata hospitalización. Ingresó en buenas condiciones, asintomatica, signos vitales normales, examen físico y neurológico normales, evolucionando toda su hospitalización sin síntomas ni signos de enfermedad, presión arterial 102/41,
frecuencia cardiaca 108 por minuto, temperatura 36,5 C. Se revisó el caso con neurólogo, neurocirujano y radiólogos concordando que existen tres objetos metálicos rectos de aprox 4 cm de longitud, ubicados intercraneanos, en la línea media , perpendiculares y por debajo de la zona de la antigua ubicación de la fontanela anterior, con la punta hacia caudal y un ojetillo hacia cefálico, sin signos de lesión ósea, concluyendo que se trataría probablemente de 3 agujas de coser introducidas desde el exterior a través de la fontanela mientras esta estaba abierta, es decir, antes de los 14 meses de edad. La ecotomografia cerebral realizada antes de los 10 meses de edad no permite visualizar agujas corrientes , por lo que no descarta
su presencia en esa fecha. Se realizó tomografía axial computada sin contraste de cerebro el día 19/1/05 para confirmar el diagnostico y la ubicación, la que concluyó cuerpos extraños de origen metálico intercraneanos de trayecto
frontal bilateral, que se extienden en la profundidad hasta el sistema ventricular supratentorial. Dado que los cuerpos extraños no producen
ningún daño orgánico ni síntomas , se decide no realizar más estudios y no requiere más tratamiento. La extracción está
contraindicada en este momento, por el riesgo de producir lesiones cerebrales durante el procedimiento. Se solicita intervención de asistente social, quien sugiere dar de alta con los padres, pues no existen evidencias de violencia intradomiciliaria, pero sugiere realizar una denuncia ala Justicia por posible maltrato infantil, lo que se cursa siguiendo el conducto regular. Se da de alta el 21 de enero del 2005 en buenas condiciones de salud, con indicación de controles en el policlínico de neurología infantil del Hospital Base Osorno.”
Aquel parte médico lo resumía todo.
En otras palabras: la niña debería cargar toda su vida con las agujas,
puesto que una operación era desaconsejable. Extrañado por esta decisión, le pregunté al subdirector. Sus ojos marrones me miraron un instante antes de zanjarse con una explicación: “Ocurre que como no hay signos de
lesiones cerebrales. Y como aquellas agujas no afectan el funcionamiento normal de la paciente, una operación craneal puede resultarle perjudicial y compleja para extraerle las agujas. Debemos recordar que aunque aquella zona es indolora, se pueden producir daños cerebrales”.
“Si, así es.”
“Y si tuviera más?”
“¿Cómo dice?”
Y le expliqué sucintamente el caso español donde fueron halladas 27
agujas en un menor. Desde luego, estaba la terrible posibilidad de que la niña Osornina tuviera más agujas en su anatomía, puesto que no se le practicaron radiografías en su cuerpo, salvo en su cabeza. Y en cuestiones de creencias mágicas, todo era posible.
José Ochoa quedó tremendamente sorprendido con la noticia. Y, de
inmediato, me solicitó lo pusiera en antecedentes del caso español, repasando cada detalle.
“Y dígame, ¿ qué hizo usted cuando descubrió esta irregularidad en
la niña?.”
“ Desde luego que al constatar este hecho de las agujas tuve la
obligación de dar parte a las autoridades competentes para que
investiguen. Pero le aclaro, ahora le será muy complejo ir más lejos, dado que la investigación oficial se cierra y todo penderá de un momento a otro de la justicia antigua, cuyo régimen estrictamente hermético prohíbe
ventilar información a nadie. Tendrá mucha suerte si consigue ver aunque sea las radiografías, hasta hace unos días estaban en manos de la fiscal”.
Aquel lapidario comentario me desilusionó. Y más aun: desde mi
llegada a Osorno, por alguna razón, no podía comunicarme con la fiscal. Tras repetidas llamadas y mensajes a su secretario no había tenido noticias suyas. Y eso -más allá de alarmarme - me molestaba.
Pero aún tenía algunas cartas por jugar. Y la idea de contactar al
periódico local podría ayudarme en mis pesquisas. Así, bajo la mansa llovizna que cubría la región osornina, me deslicé hasta un coche y me dirigí de prisa a las oficinas de El Diario Austral. Tenía la esperanza de que podrían arrojar un poco de luz al caso y, cuando menos, tener una copia de las radiografías.
SORPRENDENTE CASO MEDICO
Así rezaba el título con que el diario osornino avivaba la noticia de la “niña de las agujas”. Tras una escueta presentación de mi persona y objetivos en la ciudad, entablé una amistosa conversación con el periodista osornino David Muñoz, encargado en la fecha de la
investigación del caso. Pero la desgracia parecía importunarme.
No sólo no sabía como se llamaba la niña, ni tenía conocimiento de las radiografías, sino que – me lo aclaró muy explícito – quien se ocupó en primer instancia del caso era un colega suyo, Pablo Obreque, el cual se hallaba de vacaciones en la fecha. Pero a aquel periodista no le costó mucho activarse su instinto reporteril. Y de inmediato se puso a maquinar la forma de conseguir una audiencia con la fiscal, única depositaria de toda la
documentación. Nos estrechamos las manos y prometimos comunicarnos si alguno tenía una novedad. Salí del periódico decepcionado, lo reconozco.
La investigación estaba tomando derroteros sinuosos y que parecían
conducirme a un grueso y oscuro muro impenetrable. Por momentos dudé de mi papel allí y maldije mi mala estrella de caer justo en un momento tan delicado. Y sin embargo, otra opción no tenía. Los archivos, toda aquella documentación preciada estaba por pasar a manos de la justicia antigua. Y en un abrir y cerrar de ojos todo, absolutamente todo, podía evaporarse en la nada.
Pero no estaba dispuesto a dejarme vencer. Y por enésima vez intenté
comunicarme con la fiscal. Su secretario – que confío me perdone las infinidades de llamadas que realicé – me informó que estaba en una audiencia en la localidad de Río Negro, lejos de la ciudad.
Regresé al Hotel abatido y con el espectáculo del atardecer en la
región. La noche se aproximaba y con ella lo poco de bello que tenía la ciudad se difuminaba. Los negocios cerraban temprano. Y la actividad
humana parecía desintegrarse. Una imagen de abandono, tétrica y deprimente, me invadió de golpe. Ya con las primeras sombras aquella ciudad con alrededor 150.000 habitantes – a no más de 940 km de la capital de Santiago de Chile – se transformó en un desolado paraje. Y casi como si caminara en un pueblo fantasma, fui avanzando hacia mi hotel, con un pensamiento tan corrosivo como inquietante: ¿Tendría la niña más agujas en su cuerpo?.
FALTA DE SINCRONICIDAD
Desperté temprano y reiteré unas llamadas para averiguar el paradero de la fiscal. Nada. No estaba. Seguía en Río Negro y probablemente por la tarde
me respondería el llamado.
Por otro lado, David Muñoz no tuvo mucho éxito. No la había podido localizar. Y mucho menos dar con el domicilio de la pequeña. Pero eso sí que iba a complicarse. Además, después de todo, no se nos permitiría fotografiarla porque violaría un importante estatuto que impide la reproducción de fotos de menores en un caso en manos de la justicia.
Resignado a las pocas alternativas que me quedaba, decidí tomarme
la mañana rastreando a la asistente social. Tal vez – imaginé esperanzado - podría indicarme sutilmente donde vivía la familia o, cuando menos,
referirme si se trataba de una familia normal o tenían tendencias a prácticas brujeriles.
Luego de una laboriosa búsqueda en Internet, y tras un par de
llamados aquí y allá, logré dar con la asistente social que, en primicia, declaro su nombre: Gloria Díaz.
Pero Murphy no estaba dispuesto a que las cosas resultaran
con acento chileno: “¿ Quien es usted?”, lanzó la asistente social sorpresivamente.
Una vez más – y como comprobé que era efectivo decirlo - le expliqué
mis motivos en aquella zona y le especifiqué que mi intención era aunar los casos por mi investigados. Le recalqué el caso de España como probable antecedente pero no pareció muy interesada. Y cuando le pregunté, como si tal cosa, qué opinaba de la familia de la menor y si descubrió algún indicio de que fueran los responsables me topé con aquel duro y rígido muro al que tan bien me estaba acostumbrando a tropezar: „No tengo permitido
hablar de este asunto sin consentimiento de la justicia legal de Osorno”.
Al oír aquello corté la comunicación y me debatí en una sola opción:
hablar con la fiscal como fuera. Otra vez reiteré mi llamado al Ministerio Publico. Y otra vez me zanjaron con que no estaba.
Llegué a mi hotel antes de caer el tétrico crepúsculo. En verdad me
deprimía ver la ciudad muerta en la noche. Pero no todo era malo. Y ni bien ingresé al hotel, la conserje me comunicó que una señorita, llamada Maria Isabel Ruiz-Esquide, se había comunicado. ¿Qué dejó dicho? Pues nada. Sólo me devolvía el llamado.
Maquinalmente me dirigí a Internet y comprobé que tenía un mensaje
de ella. Un mensaje demoledor: toda la investigación había pasado a manos de la justicia antigua, por lo que ella ya no podía ayudarme en nada.
Era suficiente. Y aquella noche busqué estérilmente un bar lleno de
personas donde ahogar mis lamentaciones. Pero sólo hallé un silencio y una depresión incomoda escoltándome de calle en calle.
TOMADA POR SORPRESA
No había duda. Si quería avanzar en mis investigaciones debía contactarme con la fiscal e informarme de sus averiguaciones al respecto. Pero todo parecía indicarme que dicha oportunidad difícilmente vendría a mi. Así que decidí ir a por ella. Tracé un plan simple: seguir a la fiscal.
El problema era saber cómo era y donde la podría ubicar fuera del Ministerio Publico.
Aquí es cuando – es justo reconocerlo – mi buen amigo David Muñoz
me enseñó las fotos que le había tomado a la fiscal. Y por primera vez vi su rostro. Un rostro en verdad bello de inolvidables ojos azules. Tras esto, me dirigí presuroso al Ministerio y entablé una conversación con su secretario
quien no tuvo reparos en decirme donde la podría localizar a la fiscal.
Estaba en ese momento en los tribunales de garantía, en una audiencia. Si tenía suerte podría encontrarla y entrevistarla al salir. Pero sólo tenía 10 minutos antes que todo finalizara.
Corrí de prisa hasta los tribunales, pero una vez allí me topé con otro
lastre: no sabían decirme si aún estaba en audiencia. Finalmente no tuve más remedio que infiltrarme en los tribunales de garantía con mi mejor cara de inocente.
Una mujer, de pechos rebosantes y gran simpatía, al verme
merodeando me ayudó a inmiscuirme en la audiencia, a sólo dos bancos de la nuca castaña de la fiscal. Cuando se puso de pie la reconocí. Y, saliendo fuera del tribunal, empezamos una sucinta pero fructífera conversación, de pie al lado de su coche colorado.
Según sus investigaciones –al menos hasta el momento en que el
caso estuvo en sus manos – a la niña le colocaron las agujas por la región de la fontanela antes de los 14 meses de edad.
Por esa razón, como el delito habría ocurrido años atrás, le pertenecía
la investigación a la justicia antigua. Pero sus pesquisas no arrojaron luz al caso. Los padres de la niña estaban tan sorprendidos como los facultativos y no se explicaban qué ocurría.
Los propios investigadores criminalistas no detectaron nada anormal
en la familia – pese a su aguzado olfato en estos menesteres. Y aunque cabía la posibilidad de que hubiera sido accidental la introducción de una
aguja, ya no lo era con tres. Y menos aún porque, como digo, fueron
puestas en una región especifica que sólo quien sabe un poco de anatomía puede insertar.
Y sí. En efecto, eran simples agujas de coser. En las radiografías, cuando estaban en su poder, podían apreciarse las cabezas con oquedades de las agujas.
“Más no puedo decirte, lo siento. Porque si el juez se entera que ando
ventilando su caso no le gustara nada. Discúlpame de veras por no poder comunicarme contigo antes, pero me fue imposible. Es bueno que hayas venido hasta aquí, porque así es más efectivo y directo. A veces es la única forma de dar conmigo. Espero ahora que puedas seguir con tu investigación, pero es todo lo que sé.”
“Y las radiografías ¿cómo podría hacer para verlas? Ya me han hecho
un dibujo, pero nada reemplaza el poder verlas.”
“Lamento decirte que este lunes pasó toda la documentación a manos de la fiscalia antigua. Por lo que ya no tengo nada en mi poder’.
Le agradecí, igualmente, su cortesía y delicadeza en explicarme estos
asuntos. Y quedamos para una cita a las 19 hs. Y aunque luego de la cita podría llegar al corazón de este caso, debo destacar que en todo momento la fiscal fue un ángel para mi. Y ella sabrá porqué lo digo. Pero vayamos al final de esta investigación.
CALLATE O MIRALO
La tarde se desmoronó sobre mi apenada persona. Había logrado reunir una copiosa documentación sobre el caso de las agujas, pero aún no lograba penetrar hasta el fondo del caso.
En efecto, adolecía de un dato que, de poder verlo tan solo, sería
Y creo que mis continuas llamadas y pesquisas por la ciudad
rindieron sus frutos. Y ante el final execrable de mi último día en Osorno tuve una revelación.
Lamento decir ahora que he prometido no divulgar la fuente que me
facilitó unas copias de las radiografías. No sólo sería puesta en falta aquella persona, sino que también rompería mi palabra de no dar a conocer su nombre. Por tanto, estas reproducciones de las radiografías son inéditas y ni siquiera las posee El Diario Austral de Osorno.
Espero el lector aprecie este trabajo que me ha costado muchas de
mis horas y energías.
Y todo ocurrió tan de prisa que no tuve tiempo de reaccionar. Ante
mi, tenía las insólitas radiografías, donde se apreciaba claramente las agujas e incluso sus oquedades. Una costra recubría una de ellas,
consecuencia, según mi informante, de la calcificación. Parecían dispuestas como una flecha.
Pero mejor será que ceda todo comentario a la copia ilustrada que hice (advierto: son copias de las originales, una reproducción casera, siquiera llega a ser una fotocopia).
Para finalizar debo reconocer que no sólo la
idiosincrasia de la ciudad es aliciente para promover actos rituales o llevar la excentricidad de las
creencias hasta el límite de clavarle a una menor agujas en la cabeza (en Italia se pensaba que esto produciría longevidad) sino que muchos promueven estos episodios como mágicos o con algún viso de
realidad paranormal, de modo de disipar el delito implícito cometido en los menores.
Siempre el pensamiento mágico, amén de ser un refugio para los
MUERTES DIABOLICAS
Abril de 1989. El médico les recetó un comprimido antifebril pese a no detectar ninguna patología en especial. Las dos mujeres estaban solas en aquel departamento de la localidad de Florida (Buenos Aires), y jamás habrían imaginado lo que el destino les deparaba. Una de ellas, la menor, estaba en la cama cuando los delgados dedos del profesional la palparon intentando conocer la causa de su malestar. Nada, sin embargo, detectó.
Una vez garabateada la receta, le echó una prolija mirada a la mayor,
de 21 años, y se despidió cortésmente. Y mientras avanzaba por aquel pasillo tétrico y desvencijado, mientras caminaba hacia la noche, la muerte se adentraba sigilosa y macabra por los resquicios de aquella propiedad.
¿Y cómo saber que estaba dejando atrás a las que serían víctimas de
una de las muertes más enigmáticas de la historia argentina? ¿Cómo saber que él se transformaría en un testigo privilegiado, siendo el último en verlas
con vida? ¿Cómo saber que “algo”, lo que fuera, aguardaba pacientemente agazapado para ejecutar su siniestro plan?
La noche era terrible y el clima gélido de la época propiciaba todo tipo de malos augurios.
Un olor nauseabundo escapaba de aquel departamento de Florida. Alarmados, los vecinos empezaron a desfilar con morbosa curiosidad en torno al mismo. Y la duda, persistente y corrosiva, obligó a la señora que rentaba el domicilio a telefonear a la Comisaria Numero 2 de Vicente López. De inmediato se apersonó la fuerza policial. Y, tras insistir en ser atendidos, derribaron la puerta encontrándose con un horroroso hallazgo.
En la bañera, arrellanadas en sendas esquinas, observándose sin
vida, estaban las mujeres en un avanzadísimo estado de putrefacción. Los cadáveres, totalmente irreconocibles, en una escena del todo dantesca, presentaban una fauna cadavérica plenamente desarrollada, con gusanos que por su color, forma y tamaño y otras características correspondían a una muerte de por lo menos un mes.
Y sin embargo, dos días antes, un médico y la vecina que les rentaba
el departamento, las habían visto con vida. ¿Cómo se explicaba entonces?
Acababa de empezar el misterio de la Bañera Maldita.
EL SUCESO
Ocurrió el mismo año y mes en que un asesino serial incursionaba en Mar del Plata, zona balnearia de Buenos Aires; en que era descubierta una banda satánica antropófaga en México. El caso de “Las primas de la bañera”, como se caratuló, se hizo masivo en diferentes medios de comunicación, radial, televisiva y prensa.
Empecé en la Biblioteca Nacional. Debía despolvar aquel episodio que
tanto horror y misterio había causado en Buenos Aires. Y elegí un día de abril para comenzar con esta investigación que, lo adelantó, nadie se podrá atrever jamás a esclarecer satisfactoriamente.
Creo yo, la señorita de la Biblioteca, al alcanzarme los innumerables
folios encarpetados, tuvo un instinto de curiosidad que la llevó a preguntarme, furtiva y audaz su mirada, qué buscaba allí.
Era la segunda vez que me pasaba.
Apenas me senté empecé a escrutar hoja por hoja en busca de algunas pistas. Al cabo de un instante tenía numerosas notas periodísticas que me ponían al corriente del suceso.
Había ocurrido en la zona de, como se dijo, Florida, a unos pocos
kilómetros del centro de Buenos Aires. Las mujeres, Irma Beatriz Girón (21) y Gloria Fernández (15), habían sido encontradas en la mañana del
Domingo en el departamento de planta baja de la calle Melo 3354. Los vecinos habían detectado los pestilentes hedores que emanaban de la propiedad y supieron en el acto que algo anormal ocurría.
Y luego, el hallazgo. Desnudas, en un estado deplorable.
Pero el misterio no hacía sino comenzar.
No habían pasado diez días de aquello, cuando el juez que llevaba la
causa, doctor Raúl Casal, titular del Juzgado Penal de Instrucción N 2 de San Isidro, pensó que sería bueno y justo hacer una nueva pesquisa en el lugar. Palpó la replica de la llave que tenía en el cajón y se dirigió hacia el lugar de los hechos.
Una vez allí, se encaminó al baño. Encendió la luz y se quedó lívido: con repulsión descubrió, desconcertado, que la bañera estaba nuevamente llena de fauna
cadavérica.
¿Cómo era posible aquello?
Más aún - y como comentó en una entrevista exclusiva para la
televisión en Canal 2 – si se había limpiado toda la bañera y la canilla no goteaba , mucho menos estaba tapada la cañería para producir semejante situación. Y fue inevitable, los vellos de la nuca se le erizaron y no tuvo más que resignarse al misterio.
“A los diez días yo volví a la escena del caso porque en realidad quería hacer
un cuadro de la situación, de cómo era. Y estaba la bañera hasta la mitad, de nuevo llena, con toda la fauna cadavérica reposando como si nada. Imagínese mi sorpresa cuando vi aquella bañera”
Y recordando aquel episodio nos decía: “El estado de los cuerpos era
llamativo. Es decir se habían convertido en una suerte de muñecas inflables”.
Como para menos. Ya el libro de Bonnet dedica varios capítulos al
tema de los ahogados, especificando cuando la muerte es de horas, meses, o días basándose en la caída del cabello, uñas, etc. Y no había dudas: la muerte de las jóvenes databan de por lo menos 1 mes. Y no sólo eso. Las sucesivas autopsias no arrojaron claridad al asunto. No se pudo esclarecer la causa del deceso.
Se descartó intoxicación por monóxido de Carbono. Electrocución.
Ahogo. Etcétera.
Así, de a poco, se fueron tejiendo las más variopintas hipótesis. Entre
las más inquietantes, figuraba aquella que hacía mención a una serpiente africana que tiene la particularidad de inocular su poderosísimo veneno dejando a la víctima muerta por descomposición en poco tiempo. Esta teoría de la víbora Mamba fue presentada por uno de los médicos legistas que había investigado el caso desde hacía meses, llegando, incluso, a hallar paralelos en Canadá, de donde recibió valiosa literatura al respecto.
Y sin embargo, nada sólido.
En el archivo de la causa pude verificar que figuraba como muerte
súbita y simultánea, pero luego cambiaron esta primera declaración, clasificándola como “Muerte por causa desconocida”.
El Subcomisario Raúl Torres, en una entrevista a Canal 2, declaró su
total escepticismo en el asunto, inclinándose a la teoría del monóxido, pese a que las dos autopsias referían que “no se había debido a monóxido de carbono”. Un verdadero desafío para las autoridades competentes.
Y en tanto deshilvanaba las polveras de las hojas, en busca de
mayores datos, constando las versiones oficiales, una idea maquinal empezó a germinar en mi cabeza. ¿Podía ser que toda esta historia
estuviera armada? Un rumor, una sensación parecía indicarlo.
Difícilmente me resigno a la sobrenatural y prefiero siempre
inclinarme a las explicaciones racionales. Y en este caso, si bien pudiera haber algo maligno detrás, existían hechos concretos del todo físicos y constatables. Toda muerte sin explicación, creo yo, acarrea este problema de saber y no saber a que se enfrenta.
Para colmo, el forense Doctor Osvaldo Raffo hacía más truculento el
asunto:
“Se produjo un misterio más. Cuando se hace la autopsia de los
cadáveres el perito queda obligado a llevar al laboratorio bajo custodia
personal todo el material que saca de la autopsia. Esto es, sangre, orina, y el corazón de las víctimas. Esto desaparece”.
En otras palabras: se habían robado el corazón de las jóvenes.
CAMINO SIN PISTAS
Pongamos orden al asunto. En este suceso había tres insistentes misterios. Por un lado, la fauna cadavérica datada de un mes. Incluso, como declaró un forense, “aceptando que como quedaron las luces
prendidas todo el tiempo, el ambiente se saturó de calor y se dieron las condiciones de pleno verano, la descomposición cadavérica era de mes, y no de pocas horas.”
Un mes, pero dos días antes habían sido vistas rebosantes de vida
ambas mujeres. Segundo: el juez Raúl Casal halla nuevamente en la bañera “fauna” (en un lugar precintado y clausurado a extraños.) Tercero: alguien substrae el corazón de las jóvenes.
Un puro enigma sin resolver. ¿Y qué ocurrió con aquel médico,
Arnoldo Bresciani, que las vio por última vez? Pues verificó toda la historia. Añadiendo, si se quiere, otra rareza más al caso.
donde faltaban dos comprimidos. Pero hete aquí que las autopsias no detectaron aquel medicamento en los cuerpos.
¿Otro misterio o una punta a la Verdad?
Sea como sea, las incógnitas empezaron acumularse y los policías,
forenses, anatomopatólogos y médicos legalistas que intervinieron no tuvieron más que quebraderos de cabeza. Nada era seguro.
Ni siquiera la hipótesis que explicaba que lo que halló posteriormente
el juez Casal se debía a depósitos de cebo de la piel que habían obstruido la cañería y un goteo periódico había llenado la bañera, dejando al
descubierto los restos de gusanos que sobrevivieron a la limpieza. Algo del todo insostenible.
Aún dando por supuesto que la canilla perdía – lo que fue
meticulosamente verificado – jamás habría llenado, goteando, la bañera en 10 días, de acuerdo al nivel constatado.
Por fin, esta hipótesis fue rechazada de plano por carecer de
fundamentos. Estaba claro que alguien había ingresado a la propiedad luego que fuera clausurada, llenado con fauna cadavérica la bañera, pero ¿por qué motivo arriesgarse? ¿Sembrar misterios y pistas falsas? Quien sabe...
Otra pregunta era ¿por qué habían sido halladas las mujeres
ocupando la misma bañera? Se pensó en una intriga de lesbianismo que pronto se descartó, pero que arrojó alguna luz al asunto al estudiarse la vida privada de las jóvenes. La noche anterior al hallazgo no habían
asistido a un casamiento de un familiar, donde debían llevar un regalo de bodas.
Y allí surgió una nueva pista: un novio. Como dicen los
investigadores policiales, cuando se investiga la personalidad de la víctima se llega al asesino. Y en este caso, Irma Girón, la mayor, estaba
comprometida con Darío Arnoldo Tojo que, según los testimonios, había estado el viernes en la propiedad pero nadie lo había atendido. Y ¡oh extraña casualidad!: trabajaba en un serpentario. Y las pesquisas lo señalaron con vehemencia.
para sorpresa y desilusión de los policías, el muchacho huyó para nunca más volverse a verlo. ¿Era el responsable? Si lo era, ¿Por qué se tomó la molestia de llenar nuevamente la bañera con fauna cadavérica? ¿Cómo logró hacerse con los corazones de las mujeres? ¿De tanto es capaz un simple muchacho?
Eso, como sea, no explicaba lo súbito de las muertes. Tan súbitas
que “ una de las víctimas tenía muy cerca de su mano la prenda íntima que
se acababa de quitar...y ese brazo quedó rígido, fuera del receptáculo”,
declaraban los peritos.
¿Qué fue aquello que sesgó sus vidas con tremenda celeridad? ¿Qué
les causó aquel espantó mortal petrificándolas en la escena? ¿Un veneno? ¿Un fármaco? ¿O vieron “algo” mucho más terrorífico con ellas aquella noche invernal de abril?
Todo, pienso, es posible.
Quedaba un camino por
seguir. Visitar la propiedad y averiguar en el terreno lo que ni la policía ni los periodistas habían sabido esclarecer. Nada sencillo.
UNA MALDICION DEL MÁS ALLÁ
Tenía que hacerme con las fotos de las mujeres. Desde hacía un tiempo la idea de ver con mis propios ojos aquellos macilentos cuerpos era un reto para mí.
En los tribunales de San Isidro figuran los expedientes en transición
número 4, cuyo legajo 2-36 380 se encuentra sobreseído: es decir, no me facilitaron nada para ver.
Una autorización que envié solo sirvió para que, una vez más, la
Y cuando ya creí que no podría obtener una copia de las fotos
originales, una amiga, avezada en ciertas tácticas, me ayudó a conseguir de manera, llamémoslo, “especial”, las fotografías que ahora podéis
contemplar. Lo acepto. Me era imposible no dar a conocerlas a los queridos lectores.
Ahora restaba ir al departamento.
Eran las 16 hs del 2/6/2004 cuando un autobús de la línea 133 me
dejó a algunas manzanas del lugar de autos. No había transeúntes. Estaba totalmente desierto, tal vez como consecuencia del golpe climático que
asolaba la temporada.
Las calles estaban teñidas por una
ligera humedad que, lo reconozco, me causó un cierto escalofrío.
Y es que, luego de 15 años, alguien
interesado en el caso de “Las Primas” volvía al lugar de los hechos; el clima no ayudaba.
El departamento era uno de tres que constituía aquella remozada
propiedad de Florida. Al lado, la vecina que otrora rentara a las muchachas vivía aislada por una pared frontal que lindaba a un garaje cuya puerta de madera barnizada brillaba con esa limpieza propia de los lugares
habitados.
Ya de pie en el vano de la puerta toqué timbre reiteradas veces.
Nadie, al parecer, poblaba aquel domicilio.
Me relajé y tranquilicé el mar de nervios que me corroía. Entonces lo
noté, y me apresuré a apuntarlo en mi diario de investigación.
Una vez más advertí “aquello”; sutil sensación poderosa y cautivante
de “algo” ordenando o permitiendo desvelar un tinglado oculto. Hablo de acontecimientos subjetivos que, tomados aisladamente, no representan nada. En su marco global, en cambio, ofrecen un siniestro bosquejo. Y ocurre, creo yo, siempre que vamos tras un misterio desconcertante; en el momento en que penetramos, a través de las sincronicidades, en un diseño
prohibido.
Lo vi todo como un ajedrez.
La primera “ficha” era un anciano que salía a sacar la basura y se
parapetaba en el vano de la entrada de piedra.
Carismático, me confesó que ningún habitante de la propiedad
vendría hasta la noche. Todos trabajaban. Incluso los dueños que rentaban los tres departamentos.
Afilé la grabadora.
- ¿Imagino que conoce el caso de “Las primas de la bañera”?
- Por supuesto – exclamó y me miró fugaz – ocurrió allí enfrente y no se supo nunca qué fue lo que pasó. Quiere que le diga, aquí se cuentan cosas raras. Como que existe una maldición en torno al lugar. Mire, la señora que vivía aquí que les alquilaba a las chicas, murió al poco tiempo al caer por esa escalera ¿ve usted? – y me señaló a la distancia lo que se divisaba notoriamente como una escalera de piedra que conducía a la segunda propiedad, la de los dueños – Y además el camillero que atendió, junto con el médico, a las primas murió de causas inexplicables, en un estado de descomposición semejante al de las jóvenes.
Aquello me descolocó. Pero dudé de inmediato. No podía ser posible.
Sin embargo – justo y bueno será que lo mencione ya mismo - más tarde habría de corroborar aquella información por el periodista Facundo Pastor de Canal 2 que también investigó el suceso no hacía mucho tiempo.
Y no sólo eso.
Pero dejemos que sea el anciano quien no los confiese.
- La antigua propietaria del departamento donde pasaron las cosas se fue horrorizada porque decía que veía presencias allí en la propiedad, sombras y ruidos extraños. Incluso la señora llegó a ver una vez a las chicas todas de negro en la bañera. Eso le causó un espantó tal que decidió quitar la bañera y llevarla lejos.
En efecto, tal como pude comprobar, hoy por hoy la dichosa Bañera
descampado ignoto, donde sirve como abrevadero para los animales, la mayoría caballos.
Y según confiesa el dueño del campo, sus animales no quieren
acercarse a aquella “tinaja” a beber agua. Como recelosos, o intimidados por el misterio, jamás abrevan allí.
¿Oculta algo la bañera que impide esto?. ¿O se trata de simple mito?.
Sea como sea, la segunda “ficha” se presentó –cuando ya mis
esperanzas fallecían de encontrar un inquilino - montando una moto.
Pese a las advertencias de mi interlocutor, desafiando todo
pronóstico, Karina, una de las propietarias del departamento se detenía a unos metros de mí. La abordé sin pensarlo.
Y sus ojos, de un verde diáfano, enmarcados en una cabellera rubia,
fueron rotundos: aquello no eran más que meros cuentos.
Si bien aceptó aquellas inexplicables muertes, desmintió todo el
misterio referido a fantasmas y apariciones gestado en torno el inmueble. Su suegro, el dueño de las tres propiedades, me dice, no quiere saber nada del asunto porque lo pone mal. Ella hace ocho años que vive ahí y me puede asegurar –puso especial énfasis en ello – que nunca oyó ningún ruido o manifestación inusual.
Y en cuanto a la bañera, me afirma segurísima, fue retirada por
refacciones que hicieron los antiguos dueños del lugar. Mera estética. Nada de intrigas sospechosas.
RAZONAMIENTO FINAL: ¿MISTERIO O CALCULO PROGRAMADO?
Hay algo – muertes aparte - que me inquietó de este caso. Algo que no cuadra como debiera. Me refiero a ciertos detalles que parecen
enlazados adrede. Demasiado oportunos.
las mujeres, que ni siquiera - cuentan los vecinos - se animaban a comprar en el Kiosco de al lado, ni en los comercios de la zona. Como si tuvieran una necesidad apremiante de no dejarse ver.
Curioso...
Además – y el resto quedará a imaginación del lector -: ¿No es
extraño, cuando no conveniente, que por un simple estado gripal llamaran a una guardia de emergencia para ser atendidas? ¿No habrá sido,
justamente, muy premeditado? ¿Por qué no se detectó el remedio en sus cuerpos si faltaban los comprimidos recetados?¿Acaso necesitaban un testigo de última hora?.
¿Y qué pensar del paradójico tiempo de exposición de los cuerpos?
Recordemos: un mes. Nada existe, ningún veneno es capaz de
acelerar la descomposición, evolucionando la fauna, incluso los gusanos, en un lapso tan reducido.
Este es el panorama. 24 hs: deshidratación. La sangre no transporta
más oxígeno, la piel se apergamina, el iris y las pupilas se deforman. 48hs: comienza la putrefacción. Surgen las primeras manchas verdosas. Los tejidos quedan como una goma, blandos. 72 hs: El color verde avanza ganando nuevos territorios del cuerpo. Es el momento de la fauna cadavérica, los insectos repugnantes que han germinado como larvas voraces de la carne. 96 hs: el cuerpo se ha deformado. Los gases han inflamado el estomago. La fauna se extiende. El olor es insoportable.
Pero, ¿para qué seguir? Imaginad – o mejor: mirad – en lo que se
transformaron aquellas mujeres.
Y pensemos, como me refirió mi amigo el comisario Marcelo Palmili,
que las huellas digitales son harto imposibles tomar a un cuerpo tan descompuesto, abotagado.
Tal vez sea como leemos en la novela Crímenes Imperceptibles: “El
crimen perfecto, escribe, no es el que queda sin resolver sino el que se resuelve con un culpable equivocado”.
Y hoy por hoy, ante aquel inquietante misterio la mejor frase de
batalla es “Fue el monóxido”, “Fue el novio”, “Hubo una maldición”.
anónimas no estarán riéndose de nosotros, jactándose de su audacia y sagacidad a la hora de consumar un crimen perfecto.
Porque de lo que no hay duda es que aquellos cuerpos tenían un mes
por lo menos. Otra cuestión será saber a quienes pertenecían de veras.
Así y todo, aquel emblemático episodio de las “primas” seguirá
abigarrando espacios en los medios y en cálidas salas de lectura de las bibliotecas; infiltrándose, impávido y aterrador, en las platicas después de medianoche, en los campamentos de verano y en las casonas vacías y tétricas que atestan Buenos Aires, donde algo, ya lo digo, late sin más pausa que el incomodo silencio.
SANGRE DEL CIELO: CRIATURAS ALADAS
Y sí. No hay mayor seductor con nosotros que nuestra propia sangre.
Recuerdo cuando por primera vez incursioné en estos terrenos del misterio, hace ya mucho tiempo. Había sentido sana curiosidad por unas luces que, caprichosamente, se mostraban incólumes en el cielo de la provincia de Santiago del Estero, Argentina. Y luego, aquello que me topaba: media docena de cabras muertas misteriosamente.
Y los pobladores y sus mitos intocables, insustituibles a la hora de ir a por el cuchillo, la escopeta, el rifle de cacería. Me viene a la memoria el trato parco al principio con los lugareños. Esa actitud distante, casi fría. Y aquella insistencia de no hacer atender a la razón y dar rienda suelta a las elucubraciones más intensas.
Lo mismo en Puerto Rico. Y su famosísimo oriundo nocturno: el vil
“Chupacabras” (nombre tan tonto como sus supuestas acciones). Pero fue en Argentina donde rastree el “ancestro” de todos estos bebedores de sangre nocturnos. El suceso fue relatado ampliamente por servidor en un libro (Entre Lobos y Vampiros) . Básicamente – diré para poner en
antecedentes al lector - resucité del polvo de los tiempos un caso acaecido en 1972, en Los Barriales, provincia de Mendoza.
En ese tiempo –y por más de dos años – las comarcas y poblados
es. Muertes de animales, sin una gota de sangre, como una piel de chivo, todos con una incisión precisa – y recalco lo de la “incisión” - en el cuello. Es más: se llegó a descubrir, años después, una criatura emparedada a una vivienda. ¿Realidad o fantasía? Allí están las fotos, - y la investigación - cada cual podrá evaluarlo.
Y siempre lo hago. Recopilo material. Archivo. Y luego saco
conclusiones críticas. Porque, aunada a una buena base de datos
bibliográficos, los recortes de prensa, al modo de Charles Fort son, como las leyendas, casi insustituibles.
Sino veamos a donde me condujeron esta vez, previa a una rigurosa
investigación de Biblioteca.
Es de reconocer que desde el primer instante esta historia me
cautivó. No era por la sangre involucrada, si se me permite la desviación acaso necrológica. Nada de eso. Lo hizo porque, amen de lo misteriosa que me resulta la provincia de Mendoza, se le sumaban las singularidades que venía siguiéndole la pista. Hablo, - que no haya duda – de los testimonios que mencionaban a cierta criatura alada, merodeando por los tranquilos poblados de Mendoza – límite con Chile - en la década del 90.
¿Alucinación? ¿Cuentos?¿Sueños vívidos?.¿Malas interpretaciones?
Otra vez, lo mismo pensé. Sin embargo, los datos y testimonios,
incluyendo informes policiales, eran más que rotundos.
En efecto, no solamente tras las masacres de animales había un halo
de misterio, sino algo más concreto. Un extraño ser alado. Los testimonios ya me lo habían señalado la primera vez que visité la provincia de Mendoza
en compañía de mi viejo amigo de aventuras Fabio Picasso (En la foto una criatura que hallaron emparedada en una vivienda en el año 1981; se sospechó que era el causante de las muertes del 72; pero era un felino disecado según el especialista que entrevisté).
LA NOCHE DE ALIADA
¿A qué cosa nos enfrentábamos? Era la pregunta que me hice apenas
ingresé en mi Hotel, base de operaciones y cuartel de logística, en Mendoza.
Fuese lo que fuese, lo sabía, era bastante escurridizo. Y minucioso.
No había pistas. Ni regueros de sangre desde las infortunadas víctimas. Ni orines, restos fecales. Nada. Y, naturalmente, sospeché. Porque, lo que sí había, para oprobio de los investigadores, eran unas escasas huellas anormales. Con Talón. Tres dedos. Garras. Etc.
Y pensé. ¿ Justamente no habrán sido dejadas adrede?.
¿Qué cosa deja tan escasas evidencias?
Y me dije – pensando en los testigos -: sólo algo que venga del cielo, que no precise dejar huellas de su paso por las víctimas podría obrar de manera semejante. O por el contrario: sólo algo que sea bien humano sabría borrar sus huellas criminales.
Fue inevitable. Mientras desayunaba frugalmente en el Hotel y me
mentalizaba para entrevistarme con Marcelo Palmili en la comisaria de Las Heras –quien, a propósito, me puso sobre la pista del caso que ya me
dispongo a relatar - , me sorprendí a mi mismo recordando los casos X de Buenos Aires, referidos a masacres de animales a manos de un desquiciado entrenador de canes.
Ocurrió donde una vieja amiga, Milena, estudia veterinaria. Eso me
permitió acceder a los detalles que siempre requiero. El año era 1997. Y según pude averiguar, las noches tormentosas sentenciaban asesinatos impunes en los descampados de la Agronomía, plena ciudad.
Alguien, muy licenciosamente, se había tomado la molestia de ir
exterminando una a una las ovejas de experimento. Destrozadas a
dentelladas, con espantosas mutilaciones, los animales eran atacados por una jauría de perros, comandados por un oscuro hombre que tenía por costumbre dirigirlos con un silbato.
Aquellos episodios mantuvieron en vilo a todo el país. Y nadie pudo
salvo algunas señas del individuo, poco arrojaron de luz al caso. Pero, según pude averiguar, aquellas ovejas eran empleadas para pruebas de fertilización “in vitro”, con el propósito de lograr animales transgénicos.
¿Los responsables podrían ser fanáticos de la clonación?
Jamás, como digo, se aclaró. Pero es interesante destacar que esta
persona - humana y bien humana - actuaba en noches de tormenta.
Apenas hube desayunado me subí a un autobús que me conduciría
en media hora aproximadamente a la jefatura de Las Heras.
Y no pude dejar de hacerlo. Me vi catapultado hacia aquellos días en
que había pisado por primera vez Los Barriales. Sin proponérmelo, había recopilado más de cuatro testimonios que mencionaban a una criatura alada merodeando las zonas de muerte de los animales de granja. Pero tiempo habrá para refrescarme la memoria.
Y marché. No sin muchísimas dudas encima mío.
UN REGRESO EMPAPADO DE ROJO
Así es. Ingreso a la comisaría y el estómago me juega una mala pasada. Parece crujir con cada paso, cada pregunta que hago. Y no se debe a que estoy detenido. Sino a la elocuencia de la declaración de Palmili.
Y durante más de una hora me entrego a la lenta pero estimulante
averiguación de algunos datos o señas de los casos que me relataba. No obstante, fue por Email que Palmili me puso en la pista de un caso realmente inquietante.
Pero mejor será que me explique.
Ocurre en 1990. Todavía no se ha ocultado por completo el Sol. Se
delata a la distancia, sobre la cordillera de los Andes, ese bello resplandor del ocaso.
El timbre de una casa ubicada en pleno centro de Mendoza repica
insistentemente. Y al abrir la puerta, descubren una mujer chorreada de sangre de cabeza a pies – al mejor estilo “Carrie” de Stephen King -
observando con miedo a quien le abre.
Los inquilinos dan un respingo. ¿Qué había pasado? Y piensan,
la joven les relata que mientras iba caminando con una compañera, de pronto, sintió que era rociada por algo desde el cielo.
Al ver sus manos comprobó que era sangre.
Y maquinalmente clavó su mirada en el firmamento. Y allí lo vio.
Había un pajarraco de bestiales dimensiones, de color negro, volando sobre ellas.
Sencillamente de no creer.
Y, pienso y vuelvo a pensar, de no ser por el bueno de Palmili, aquello
hubiera quedado relegado a una anécdota más. Pero aconteció. Y me dirigió a algo mucho más interesante que la investigación de muertes de animales.
- ¿Ocurrió en plena luz del día? –
pregunté al oficial Marcelo Palmili, el de la foto, de cabello rapado.
- Este hecho sucedió en horas de la tarde, con luz solar todavía, y ambas mujeres contaban en ese momento con edades de entre 16 a 18 años. Actualmente una de ellas es psicóloga y se llama Mariela Quinteros y la otra se llama Leticia Marin. Aún estoy tratando de localizarlas por algún teléfono o domicilio pero ya pasó mucho tiempo y tal vez se hayan mudado. - ¿Y qué opinas al respecto del caso?.
- Por el momento no te voy a dar una opinión porque no tengo elementos para formarme una. Pero es inquietante.
Pero este no era el único testimonio de alguien que en plena ciudad
de Mendoza se había topado con aquella bestia alada.
En una vieja abadía, el cuidador de la misma, José, me relató su
experiencia mientras hacía el servicio militar. Al parecer, cercano a la precordillera había sido observado un extraño animal gigantesco volando.
“Y el coronel me pidió que lo viéramos atentamente mientras se posaba