registro lítico de las sociedades agroalfareras, tanto formativas como las consolidadas de los períodos Medio e Intermedio Tardío, si bien se acomodó a los estándares modernos de ciencia, su resultado en cuanto a producción por regiones, fue muy dispar (Gaál 2014). Este desigual interés respecto al componente lítico, resultó en áreas por un lado intensamente estudiadas como la Puna (Escola 1991, 1996, 2000, 2002, 2004; Ratto 2003; Aschero y Hocsman 2004; Babot 2006; Elías 2006, 2007, 2010 y 2014; Hocsman 2006; Elías y Escola 2007,; Pérez 2010, Escola et al. 2013, entre otras) y en el Valle Calchaquí, donde el mayor foco se observó en las sociedades formativas ( Carbonelli y Gaál 2010; Gaál 2010b; Sentinelli 2012;
Ávalos 2013; Sentinelli y Toselli 2013; Mercuri y Mauri 2015, entre otros).
Este desbalance se hizo notorio en el vacío de conocimiento que se produjo respecto al registro lítico de los grupos valliserranos agrícolas de filiación Aguada (ca. 600-1100/1300 AD) que abarcó tanto las sociedades formativas que las precedieron, como las aldeas de economías productivas en los Períodos Medio y Tardío, que llegó incluso hasta el contacto inca-español. Sin embargo, desde hace pocos años en ésta multiplicidad de microregiones de Tucumán, Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, se percibió un recobrado interés a partir de algunos trabajos en el valle de Hualfín (Flores 2012 y 2014; Wynveldt et al. 2013), valle de Antinaco (Borgo 2014) y Angualasto (Guráieb et al. 2014). Paradójicamente estas sociedades fueron el eje de discusión que propició una tradición en la investigación arqueológica; desde ese lugar se iniciaron los principales aportes al conocimiento del pasado en el NOA y que llega hasta hoy, a través del análisis de la
tecnología cerámica, funebria, espacialidad social, textilería y metalurgia (un resumen en Raffino 1979/1982), no así por vía del análisis lítico.
A partir de ese cúmulo de aportes, las sociedades Aguada (ca. 600-1300 AD) pueden llegar a definirse como un conjunto de sociedades que compartieron una misma ideología religiosa, que se materializó fundamentalmente en un complejo simbólico de creencias, que convalidó y puso en marcha un proceso de diferenciación social que se extendió por los grupos aldeanos en los valles mesotermales de Catamarca, La Rioja y el norte de San Juan (González 1998; Nuñez Regueiro y Tartusi 2002). Se considera a Aguada como la expresión de un momento de integración regional basado en un conjunto de ideas religiosas compartidas durante el Período Medio (ca. 500-1000 AD) en el NOA (Pérez Gollán 1991 y 2000;
Tartusi y Núñez Regueiro 2003), tanto para el área valliserrana occidental (González 1979) como para la oriental, en el borde selvático (Pantorrilla y Núñez Regueiro 2006; Zucarelli Freire 2013).
Las sociedades Aguada ocuparon generalmente los valles fértiles mesotermales, desarrollando trayectorias históricas propias que se plasmaron en diferencias microrregionales y regionales, representados entre otros aspectos, por sus diseños cerámicos y las prácticas funerarias, pero bajo un sustrato cultural común que se manifestó en las representaciones de la iconografía del arte rupestre, textil y metalurgia (González y Montes 1998; Callegari 1999; Gordillo 1999 y 2009; Balesta y Zagorodny 2002; González 2002; De la Fuente et al. 2005;
Callegari et al. 2009, entre otros). El creciente proceso de complejización social se manifestó en aldeas de diversa densidad poblacional y diferenciación estructural, un profundo conocimiento de la tecnología cerámica, metalúrgica y la práctica agrícola-ganadera, como también el modelado de un sistema político basado en la administración del mito y el rito, expresados a través de una diferenciación jerárquica de los espacios arquitectónicos (Callegari 2004; Gordillo 2004; Callegari 2007; Laguens 2007, entre otros).
En la macroregión a partir de poder identificar la variabilidad interna que diferenciaba a estas poblaciones Aguada, como el tratamiento tecnológico y formal de la producción cerámica, aunque compartiendo como motivo central imágenes figurativas del felino, fueron ocupando áreas con características propias identificadas como Oriental (este de Catamarca), Septentrional (norte, centro y sur de Catamarca) y Meridional (La Rioja y norte de San Juan) (González 1993; González y Pérez Gollán (1972) 2000), abarcando éste último nuestra área de estudio. Sin embargo, la expansión de la ideología Aguada sugiere una génesis escalonada cuyas diferencias más significativas están vinculadas a la cronología inicial de su incorporación y permanencia en cada sector (Kusch y Gordillo 1997: 88). Así se registra una presencia temprana y duradera de su firma en el oriente catamarqueño, en Ambato, que se extendería hasta ca. 1200 (Gordillo 2007) seguido de Bañados del Pantano, en el norte riojano. En tanto que en Hualfín, Abaucán, Anillaco y Antinaco se distinguieron por un formato de continuidad cultural de un mismo colectivo, a través de Ciénaga-Saujil, con fechados que superan el primer milenio (Kusch y Gordillo 1997). Otro tanto sucede en el oeste riojano con las poblaciones en el Valle de Vinchina y el norte y centro sanjuanino (Gambier 2002; Callegari 2007; Callegari et al. 2012; Guráieb 2014, entre otros) que confirman la presencia Aguada en tiempos decididamente tardíos, cercanas en el tiempo a la ocupación incaica (Bárcena 2001 y 2002).
En esa línea, en el sector oriental -valle de Ambato- se registró, además de una de las manifestaciones más tempranas de Aguada, una de las mayores amplitudes espaciales de ocupación y densidad poblacional entre ca. 600 y 1200 AD (Gordillo 2007), con áreas en donde se destacan sitios con diferente grado de tamaño, funcionalidad y complejidad estructural edilicia, principalmente de carácter ceremonial y campos agrícolas con irrigación distribuida por canales, que se han interpretado como indicios de diferenciación social (Gordillo 2004 y 2009; Laguens 2006; Gastaldi 2007, Asandri 2010, Figueroa 2010). Las investigaciones principales fueron hechas en los sitios La Rinconada, Bordo de los
Indios y Los Puestos, a partir de las cuales se pudo establecer un patrón de asentamiento definido por un centro ceremonial acompañado por uno o varios montículos de diverso tamaño, junto a un espacio comunitario o plaza, característico de un sistema social centralizado (Gordillo 2004 y 2009). Se destaca por una cerámica cocida en atmósfera reductora, de color negro y motivos antropofelínicos, recintos techados (Marconetto 2007) y por la localización de cráneos trofeo hallados en espacios habitacionales, lo que se interpretó como un marcador de la existencia de sacrificios humanos y la práctica ritual, apoyadas por varios hallazgos de la figura del sacrificador sobre soporte rupestre. Sin embargo, también se plantearon explicaciones alternativas, las cuales argumentaron que las mismas evidencias se podrían considerar como propias de una sociedad con jerarquías de tipo horizontal, no hereditarias, signadas por la homogeneidad y reciprocidad social andina y con un sistema de creencias más orientado al culto de los ancestros (Cruz 2006), lo que contribuyó al debate actual sobre la sociedad Aguada.
En cambio, en el sector Septentrional los poblados arqueológicos ubicados en el valle de Hualfín, se distinguieron por el tratamiento funerario y la disposición final de los cuerpos en cementerios colectivos, costumbre probablemente arraigada desde momentos formativos, ya que se registraron enterratorios con cerámica Ciénaga, que reflejaron una ocupación interrumpida entre ca. 100 y 950 AD (Baldini y Sempé 2011). Durante ese período, las inhumaciones reflejaron los procesos de cambio ocurridos en Hualfín, eventos que transcurrieron a partir de un momento interétnico con una coexistencia entre poblaciones Ciénaga y Aguada, seguida de un establecimiento pleno de la hegemonía religiosa de ésta última durante el Período Medio, ya en una etapa consolidada del proceso de integración regional (Sempé y Baldini 2005; Baldini y Sempé 2005). Se interpreta que el número de piezas y la complejidad de los diseños figurativos se correspondían con la jerarquía del individuo inhumado, en donde estas tumbas temáticas reflejaron la segregación en sectores sociales, indicativos de las formas de apropiación y
consumo (Baldini 2011).
El sector Meridional de Aguada se caracteriza por un marco temporal que se extiende desde el ca. 600 AD hasta épocas tardías, ca. 1300-1400 (Callegari 2004, 2005, 2007, 2012), que permitió prolongar los límites más allá del primer milenio establecido hasta entonces. Las campañas sistemáticas en el área durante los últimos quince años (ver próximo apartado) permitieron establecer algunas diferencias con los otros sectores, aunque el rasgo básico de la sociedad Aguada en esta área se asentó sobre relaciones de heterogeneidad y segmentación social, que se infirió de los análisis del hábitat a nivel intersitio, que revelaron diferentes jerarquías espaciales (Callegari 2007). El tipo de emplazamiento y patrón de asentamiento podían variar desde estructuras residenciales y productivas tanto en el piedemonte y fondo de valle, como en faldeos y cimas de montañas, con la incorporación de edificaciones defensivas y de control de personas, con presencia o no de estructuras ceremoniales, como plataformas y montículos (Callegari et al. 2006; Revuelta 2010; Callegari et al. 2013), en tanto que la densidad poblacional de éstas aldeas podía variar desde pequeños grupos que albergaban entre 20 y 40 personas como en Valle Hermoso y El Puesto (Dlugosz 2007; María Gabriela Rodríguez 2014, comunicación personal), hasta otras que superaban las 100, o el medio millar como en Los Rincones (Callegari et al. 2006) y probablemente entre 1000 y 2000 pobladores a finales del Período Medio, como en el sitio La Cuestecilla (Rodríguez 2011).
Es decir, el fenómeno Aguada sugiere ser analizado como una estructura dinámica de alcance regional, con una ideología compartida que va redefiniendo sus perfiles microrregionales según la intensidad de sus conexiones, a través de recorridos históricos diferenciales (Kusch y Gordillo 1997).
3.1.2: Antecedentes de investigación en el Noroeste de La Rioja, con especial