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consumo (Baldini 2011).

El sector Meridional de Aguada se caracteriza por un marco temporal que se extiende desde el ca. 600 AD hasta épocas tardías, ca. 1300-1400 (Callegari 2004, 2005, 2007, 2012), que permitió prolongar los límites más allá del primer milenio establecido hasta entonces. Las campañas sistemáticas en el área durante los últimos quince años (ver próximo apartado) permitieron establecer algunas diferencias con los otros sectores, aunque el rasgo básico de la sociedad Aguada en esta área se asentó sobre relaciones de heterogeneidad y segmentación social, que se infirió de los análisis del hábitat a nivel intersitio, que revelaron diferentes jerarquías espaciales (Callegari 2007). El tipo de emplazamiento y patrón de asentamiento podían variar desde estructuras residenciales y productivas tanto en el piedemonte y fondo de valle, como en faldeos y cimas de montañas, con la incorporación de edificaciones defensivas y de control de personas, con presencia o no de estructuras ceremoniales, como plataformas y montículos (Callegari et al. 2006; Revuelta 2010; Callegari et al. 2013), en tanto que la densidad poblacional de éstas aldeas podía variar desde pequeños grupos que albergaban entre 20 y 40 personas como en Valle Hermoso y El Puesto (Dlugosz 2007; María Gabriela Rodríguez 2014, comunicación personal), hasta otras que superaban las 100, o el medio millar como en Los Rincones (Callegari et al. 2006) y probablemente entre 1000 y 2000 pobladores a finales del Período Medio, como en el sitio La Cuestecilla (Rodríguez 2011).

Es decir, el fenómeno Aguada sugiere ser analizado como una estructura dinámica de alcance regional, con una ideología compartida que va redefiniendo sus perfiles microrregionales según la intensidad de sus conexiones, a través de recorridos históricos diferenciales (Kusch y Gordillo 1997).

3.1.2: Antecedentes de investigación en el Noroeste de La Rioja, con especial

el valle de Vinchina con sus casi 200 Km de extensión que comunican el sur valliserrano y la puna catamarqueña por el norte, con pasos cordilleranos hacia Chile y el norte de San Juan, es una de las áreas arqueológicamente menos conocidas de nuestro país, de allí nuestro interés en poner el foco en el sector central del valle. En comparación con otros desarrollos investigativos en arqueología del Noroeste Argentino, ésta microrregión de estudio ha recibido poca atención y recién en la última década éste vacío de conocimiento comenzó a ser cubierto con campañas sistemáticas de prospección, excavación y análisis del material cultural (Callegari 2004; Callegari et al. 2012, entre otros); hasta la aparición del trabajo de uno de los integrantes de nuestro equipo en La Cuestecilla (Borgo 2014) los análisis sobre organización tecnológica lítica estaban ausentes, no sólo para el sector noroeste de los grupos Aguada, sino para toda la provincia.

Antes de la iniciación de esos estudios por parte del equipo de la Dra.

Adriana Callegari (Callegari 2004), sólo se conocían unos pocos trabajos, de carácter descriptivo. El primero en dar a conocer el sitio fue Francisco de Aparicio (1936), en un trabajo donde se enumeran los tambos incaicos a la vera de la red troncal del incanato en La Rioja, informando de algunos tramos y en donde por primera vez se menciona a Rincón del Toro como un probable sitio de filiación incaica y plasma un informe donde da cuenta de algunas estructuras, sus técnicas de construcción, tomando dibujos y notas del arte rupestre, al que denomina como Tambería del Rincón del Toro (de Aparicio 1940/42); recién a principios de los años 70´ se renueva cierto interés arqueológico por el lugar, a partir de los trabajos de Nicolás de la Fuente (1971, 1973 a y b) que revela la real magnitud del sitio y comenta el material cerámico de superficie y describe los rasgos defensivos de La Fortaleza del Cerro Toro, que las relaciona funcionalmente con el sitio Rincón del Toro. Tras un paréntesis prolongado, las investigaciones recién se reanudarían en la zona a partir de 1986 con un trabajo sobre la reocupación incaica en el valle de Vinchina (Callegari y Gaviña 1986); una de ellas (Callegari 1992 y 1999) continuará indagando sobre las primeras evidencias de instalación de las

poblaciones Sanagasta en el valle, cuyos grupos se diferenciarían de los grupos Aguada, a partir de atributos estilísticos iconográficos de la cerámica y del espacio construido (Spengler y Callegari 2010). En ese sentido también fue usada la información etnohistórica y documental para apoyar la lectura del registro arqueológico y los primeros contactos hispano-indígenas en la región (Callegari 1999 b).

Las investigaciones sobre los grupos Sanagasta iniciarían un notable avance para el período Tardío, especialmente con los análisis sobre las estructuras espaciales y tecnología cerámica en el sitio El Carmen (Spengler y Callegari 2010) en el piedemonte del Cerro Toro; éstas diferencias permitieron discutir grados de conflictividad interétnica en el período Tardío (Callegari 2003 y 2004). Durante esos años, los estudios sistemáticos en la zona de El Galfón, al norte de Villa Castelli, revelaron la presencia de poblaciones Sanagasta, a partir de la comparación espacial de técnicas constructivas arqueológicas y etnohistóricas centradas en ensayos granulométricos y mineralógicos (Spengler 2010;

Spengler y Callegari 2010). El análisis sobre el material cultural en los sectores residenciales de los sitios Las Taperas, El Carmen y Tamberías de Guandacol, fechados entre el ca. 850 y 1480 AD, permitió establecer sincronías en el espacio construido entre poblaciones Aguada-Sanagasta-Inca, en cuanto a los procesos de continuidad y cambio cultural desde finales del Período Medio hasta poco antes del contacto indígena-español (Callegari y Gonaldi 2007/8; Spengler y Callegari 2010).

En cuanto al sistema de sitios en Los Rincones, comenzó a ser mejor comprendido a partir del análisis de decenas de grabados, tanto en la zona residencial del sitio Rincón del Toro como en la vecina serranía de Las Marcas, que confirmaron la pertenencia cultural Aguada a partir de la localización de patrones estéticos similares a los motivos pintados en la cerámica Aguada Meridional, como figuras antropomorfas con atributos de jaguar y mascariformes, además de gran cantidad de motivos abstractos (Callegari 2001; Callegari et al. 2009). En ese sentido, estas investigaciones, a partir de la implementación de un programa de

largo alcance y la integración de distintas líneas indagatorias, que todavía prosiguen, lograron establecer un sistema integrado de sitios con diferentes funcionalidades.

En suma, estos estudios permitieron establecer algunas claves para la comprensión de sociedades agropastoriles de disímiles configuraciones sociales y simbólicas en un probable contexto de hostilidad regional y atravesada por diferentes complejidades, durante los cambios transicionales que emergieron a partir del siglo ca. XI en el NOA.