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Aristipo: el placer y la escuela cirenaica

2. Qué sabemos de Hegesías

2.1. Aristipo: el placer y la escuela cirenaica

La mayoría de testimonios sobre Hegesías se los debemos a Diógenes Laercio. Se encuentran en el segundo libro de Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres. Existe una mención sobre el cirenaico en Cuestiones (o Disputaciones) tusculanas, de Marco Tulio Cicerón (2005), en el libro primero, apartado 34.

Sabemos de la existencia de Hegesías porque el texto de Dióge- nes Laercio se refiere al fundador de la escuela hedonista, Aristipo de Cirene, a la cual perteneció el filósofo que nos atañe. A Hegesías se lo menciona porque se lo comprehende apenas como una consecuencia de las enseñanzas y obras de Aristipo. Para entender a Hegesías, primero debe conocerse qué planteaba su maestro y en qué consistió la escuela cirenaica hedonista.

Aparte de las consignaciones de Diógenes Laercio acerca de Aristipo, hay además desperdigadas menciones en Jenofonte, Aristóteles, Plutar- co, Vitrubio y San Agustín de Hipona. Muchas de aquéllas se consignan y explican en el tercer tomo de Historia de la filosofía griega, de Guthrie (1994, pp. 463-470).

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Aristipo caviló el placer, la ἡδονή (hēdoné), como el máximo bien posible para el ser humano y todo lo vivo. Es decir, estableció al placer como objeto ético y epistemológico. Aquel objeto de estudio y el modo de valorarlo hicieron que muchos los denominasen, a él y a su escuela, hedonistas. Sin embargo, es mejor declararlos a él y a sus adeptos como cirenaicos o, si se quiere, hedonistas cirenaicos, porque toda la filosofía antigua —desde Sócrates hasta Epicuro— se ocupó de justipreciar el placer como un bien o, al menos, de saber hasta dónde podía conside- rárselo bueno, proficuo, nocivo o inútil.

El fundador de la escuela hedonista cirenaica fue discípulo de Só- crates, escrutó sus ideas y discrepó dellas. Cuando el hijo de la partera fue acusado en juicio, Aristipo abandonó Atenas y se retiró a Egina, una localidad cercana. Suelen reprochársele su inasistencia a la cárcel y su ausencia a los últimos sermones socráticos. Muchos, incluido Diógenes Laercio (II, 36), infieren que Platón ofendiose por ello; otros más aducen que, ardido, Platón lo condenó con su particular modo, desterrándolo del universo de sus diálogos y de la posteridad que pretendía legar. No hay pruebas contundentes. Cabe la posibilidad de que Sócrates y Aristipo hubiesen podido conversar en la intimidad de la prisión unos días previos a la ingesta de la cicuta o que el cirenaico no hubiese podido resistir la congoja y la indignación de ver morir injustamente a su bienamado maes- tro. También, ¿por qué no?, es conjeturable que Aristipo, al percatarse de la inminencia de la condena y al conocer la negativa socrática de huir del presidio, simplemente partió por considerar que ya había escuchado suficientemente al filósofo ateniense y pudo haber estimado que esperar a que muriese sería una pérdida de tiempo valioso que podría, mejor, estar dedicando a la consecución de placeres y a la ejecución de su verdad.

Fruyéndose de la vida lo honraba mejor que llorándolo. Como fuere, ya llevaba inscriptas las enseñanzas socráticas en el ánimo. Le correspondía encargarse desos vestigios.

Desde el principio, el incumbido Aristipo mostró una interpretación disímil a la socrática. Toda interpretación implica un enriquecimiento, una inclusión de lo interpretado en el universo que el intérprete es y mora.

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Mientras que el maestro fue un ciudadano por excelencia, un orgulloso ateniense, Aristipo, cual si de un Diónysos se tratase, hizo de la extranjería su postura, lo que le brindaba argumentos para no dedicarse a la política, no defender nacionalidades y errar por el mundo tomándolo por suyo.

Mientras Sócrates privilegiaba el mundo de las ideas para reasumir la vida gozando de un excelso conocimiento, Aristipo sostenía que no debía pensarse mucho en el alma ni en los dioses, pues el placer sólo se daba en la materia turbada y en el ser humano que perseguía aquesa peculiar agitación. Mientras Sócrates dialogaba, se ejercitaba, preparaba (¿difería?) los pasos para un éxtasis divinal, el expedito de Aristipo los atajaba y facilitaba. Las diferencias con Sócrates no deben considerarse como una pugna o una traición, sino como el resultado natural de un movimiento dialéctico entre los filósofos. Dice Guthrie (1994, pp. 469-470) en el tercer tomo de Historia de la filosofía griega:

Con lo que refiere a su hedonismo, que contrasta tanto con la vida de Sócrates y con el espíritu de su enseñanza, debemos recordar siem- pre que, en primer lugar, Sócrates no respondió a su propia pregunta sobre el fin último de la vida humana y en segundo lugar que, como he intentado mostrar, lo que él dijo lleva ciertamente a una interpretación utilitaria, e incluso hedonista. Stenzel observó (RE, 2. Reihe, V. Halbb., col. 887) que la doctrina cirenaica del placer no era tanto (a pesar de habérsela considerado así) el polo opuesto de la ética socrática, cuan- to una limitación al individuo de un principio básico de Sócrates. Sería más acertado decir que aunque ambos tenían presente al individuo, Aristipo omitió mucho de lo que Sócrates había dicho sobre la natura- leza de la psyché y sobre la clase de conducta que podría beneficiarla.

Sócrates, pese a haber buscado una verdad universal y divinal, no adoctrinó, no pretendió respuestas últimas, con lo cual cada filósofo estaba llamado a buscarse una y a examinarla. El hijo de la partera quiso que se presumiese la verdad y que se la buscase a toda costa. El hedonismo no contradecía en aquel punto a Sócrates, y, aunque lo hubiese hecho, el filósofo ateniense —si se tomaban seriamente sus palabras— estaría contento de ver que se inquiriese la verdad, pues aquélla era más im-

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portante que él mismo o que cualquier opinión. El maestro instalaba una presunción y un deseo, dejando abiertas vías y las respuestas.

Aristipo consiguió fama, se hizo sofista, cobró por sus clases, a lo cual, es sabido, se oponía el hijo de la partera y facto que, por lo demás, los filósofos platónicos le reprochaban. Logró ganarse un lugar en la corte del tirano Dionisio y fue avasallado por el sátrapa Artafernes. Conoció tanto la inopia como la opulencia. Fue un mundano y se codeó, al mejor estilo socrático, con seres humanos de todos los tipos y clases sociales. Amaba los perfumes, lucía vestidos y joyas, se travestía en las fiestas y, como los cínicos, se acompañaba de las hetairas, de quienes estimaba que había mucho por aprehender en cuanto al gozo y la voluptuosidad. Las valoraba como mujeres virtuosas porque entendían que no yacía deshonra en la satisfacción de los apetitos ni codiciaban la exclusividad ni la posesión del otro en el amor. Tuvo una hija, Areté —Virtud—, a quien le enseñó que mirara siempre por encima el exceso y a quien le encargó su escuela en Cirene. Ella laboró allí como su primera maestra y administradora, tenien- do a su cargo la enseñanza de muchos filósofos, incluyendo a su hijo, el otro Aristipo, apelado μητροδίδακτος (mētrodídactos), el enseñado por la madre. Luego de sus muchos años al avío, Aristipo retornó a Cirene para encargarse de la escuela que venía administrando su hija.

El filósofo hedonista concibió la natura como el reino donde se evi- denciaba y ejecutaba el placer y donde se huía del dolor; la interpretó como el lugar de un conocimiento actual —donde se puede actuar—, y, por ello mismo, se la figuró como maestra máxima. La definición que extraía del vivir se equiparaba al gozo o tendencia hacia el placer y la delectación.

Expuso que el placer era asequible y exequible, pues la naturaleza ya había prodigado todos los medios para disfrutarlo y servirse de él.

Sostuvo, a diferencia de los estoicos y del mismo Epicuro, que el objeto sensible y el bien en sí mismo se concretaban en el placer, el cual podía ser prodigado a cada momento por cualquiera, pues el cuerpo había dotado de todo lo necesario para ello. Los epicúreos se distinguían en que consideraban que los placeres de la mente y del alma eran mucho más importantes y en que estimaban la ausencia de dolor como un modo del

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placer, mientras que para los cirenaicos, la ausencia de dolor era sólo eso, ausencia, pero no un bien en sí mismo.

Privilegió Aristipo los placeres del cuerpo sobre los de la mente;

prefirió la risa embriagada, que actualiza el placer, a la gravedad metafísica que aleja el bien. Se consideró, como se predijo, forano (ξένος: xenos) en todas partes para enseñar que el placer no dependía de estados ni nacionalidades. Se era proprio y suficiente en el placer. Así, la humanidad sería la única ciudadanía y la única universalidad. Nunca dependió de las posesiones, consideraba que el cuerpo —entendido como potencia de la vida y de la ética— era la única posesión curable. Recomendaba la libertad para comprometerse exclusivamente con la búsqueda del placer y para discernir cómo elegirlo adecuadamente. La libertad, en su caso, no producía el vértigo que pregonaría Kierkegaard, pues para el hedonista habría un objeto previamente dado hacia el cual tender, mientras que el vértigo del filósofo danés acusaba la ausencia de un objeto, se debía a la constante sensación de errancia y a la parálisis ante la exigencia de responsabilidad. El cirenaico, como casi todos los antiguos, era un naturalista. Creía que había una posibilidad de reunión, de canaliza- ción del ser humano conforme con el ser que naturalmente la physis supuestamente había dispuesto. Vivía obrando, queriendo alcanzar, su definición de natura.

Formar parte de la corte de Dionisio no lo avasalló, sino que lo liberó de la fatiga de la búsqueda de su proprio sustento. Al igual que Sócrates, argumentaba que el filósofo debería de ser dueño de sí mismo; empero, a diferencia de su maestro, Aristipo concluía que dello no se derivaba una morigeración o una privación del placer. Quien supiese dominarse a sí mismo podría arrojarse al placer sin temores, pues él poseería al placer y no éste a aquél, “de la misma manera en que dominar un barco o un caballo no significaba no usarlos, sino conducirlos a donde uno quería”

(Guthrie, 1994, p. 467).

A la mayoría de los seres humanos les ha horrorizado el arrojo decidido al placer y el desbordamiento que conlleva, por lo que han recubierto su pavor con moralinas, presumiendo que la vida humana no

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debe equipararse a la de las bestias o los vegetales. Este pavor genera una mezcla de inquinas e invidias hacia quienes viven impúdica y fastuo- samente su hedoné. Muchos consideraron las concepciones aristipeas meras ramplonerías, falacias para dedicarse a una vida disoluta, nociva y desagradable. Otros, quizás quienes tenían el arrojo al placer como pérdida del señorío sobre sí mismos, lo acusaron de no tener un pen- samiento filosófico. Aquesto último queda desmentido por la cantidad de libros que se dice escribió. Michel Onfray (2007, p. 108) expone en Contrahistoria de la filosofía: “Marginado, rechazado de la corte de los grandes, ignorado, Aristipo era objeto de la mala reputación que, como tan a menudo ocurre, tiene su origen en fantasmas, en imaginarios sin control, en delirios surgidos en el alma de los apocados, pequeños y mezquinos en lo tocante a la cuestión del placer”.

Aristipo mantenía los pies en la tierra, atendía los fenómenos po- líticos, las utilidades cotidianas y las veleidades humanas. La civilidad y sus provechos eran medios para permitirse el placer. Mémbrese que se decía a sí mismo siempre xenos, siempre extranjero, advirtiendo a quienes entraban en contacto con él de que no podían adueñárselo. Enmascararse y desenvolverse en el mundo no se equiparaban con una venalidad ni con pérdida de la autosuficiencia. Cuando el sátrapa Artafernes lo esclavizó, Aristipo le dijo que se había hecho esclavizar adrede para tener una opor- tunidad de hablar con el gran persa. Es decir, ni subyugado se mostraba como un esclavo, puesto que hasta su esclavitud había sido decidida por él. Recuérdese que al tirano Dionisio le repuso que uno nunca era esclavo si quien acudía ante el tirano se presentaba libre (Dióg. II, 82): «οὐκ ἔστι δοῦλος, ἂν ἐλεύθερος μόλῃ» (ouk esti doúlos, an eleútheros mólē).

Para él, no existía más que el ahora, el presente (to parón, Dióg. II, 66), habitado en un cuerpo que era menester cuidar y con el cual habría cada quien de solazarse y fruirse del mundo. Esta consciencia y ubicación constante en el ahora —presente en todas las filosofías antiguas—

significaban, también, que pensar en el pasado o en el futuro, así fuera para evocar o proyectar buenos momentos, no constituía una fuente de placer y sí una pérdida de tiempo precioso que podría estarse usando para

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placerse. Había que precaverse de perderse en la fantasía, la utilidad y la moralina, pues distraían del placer presente y positivo.

La vida sólo podía gozarse y sentirse con la intensidad que el cuerpo abierto a los estímulos permitía. El cuerpo mismo constituiría el canon y el límite natural que dictaría lo que debía hacerse o evitarse, que informaría de lo suportable y lo insuportable. La mente y el alma conformaban, en esta lógica de pensamiento, partes del cuerpo o cualidades inherentes a él, por lo que también permitían y exigían sus solaces. En todo caso, los placeres más intensos, honestos, preferibles y positivos eran los corporales. El placer representaba para el filósofo grados de intensidad, beneficio y bondad que debían discernirse. El cuerpo, ya de por sí guiado por naturales leyes, se propulsaba directamente al bien prodigado por el placer así que, de algún modo, aquesto facilitaba la cuestión; no había más que seguir la impulsión natural sin arruinarse. He allí el fruto de su epistemología: gratificar al cuerpo suponía fruir del máximo bien y seguir los lineamientos físicos. No habría mayor bien que un cuerpo sano y una mente impúdica educada.

La fantasía, la moral y los pudores obstaculizaban la propulsión hacia el placer. La propuesta del cultivo de un placer únicamente estribado en la mente, es decir, de un placer meramente intelectual o espiritual, constituía un modo retórico para justificar un distanciamiento, un repudio o un pavor al placer corporal. Mientras más se privilegiaba lo mental, más alejado del placer se encontraba el ser humano. El filósofo moralista, fantasioso e idealista consistía, para Aristipo, básicamente en un pusilánime, en un cobarde ante el placer que se habría convencido de que en su flaqueza y temor yacía una virtud.

Cuando, verbi gratia, una idea conmovía y producía placer, como cuando se evocaba un grato suceso o se escuchaba un bello verso, aquel placer se sentía, en últimas, en el cuerpo. Esta delectación corporal justi- ficaría la existencia de las artes y de lo bello, asuntos que no desdeñaba Aristipo. El cuerpo sería el sustrato único —principal y final— donde el placer se experimentaría inicial y finalmente. Mémbrese que para Aristipo debía privilegiarse el placer somático sobre el mental, lo cual no quería

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decir que desconociese una dilección derivada del fantaseo; más bien, planteaba que, pudiendo elegir los placeres, se eligiesen los del cuerpo, los cuales resultaban más intensos que los de la fantasía y siempre remitían a las poéticas de las experiencias reales y diversas.

Aquesta lógica condijo a que Aristipo desdeñase las matemáticas, según refiere Aristóteles (citado en Guthrie, 1994, p. 464), por carecer de un objeto real placentero y por no permitir placer fantasioso ni somático alguno. Ni los números ni el conocimiento abstracto lo entusiasmaban.

La fantasía, ya de por sí, procuraba un placer atenuado, menor; elegir los juegos mentales aburridos era incomprehensible para el hedonista materialista y lo estimaba una suerte de perversión o de mengua. ¿Por qué perder tiempo en lo que no causa intensidad cuando las positivas poéticas del placer pululaban? Se deduce de las anécdotas una suerte de exhortaciones o de lógica extrema para examinar cada decisión u objeto en la vida: ‘¿no te place?, ¡deséchalo! ¿Te placía antes y ahora no?, ¡vete y varía! ¿Te place sin dañarte ni a nadie más?, ¡arrójate a ello!, ¿Hay varios placeres?, ¡ahora, con urgencia, elige el más intenso!’

Otras exhortaciones aristipeas podrían haber sido estas: ‘¿para qué una vida infausta y para qué dificultarse los gozos cuando son tan simples y asequibles?, ¿para qué refrenarse cuando todos moriremos?, ¿para qué hacer de la vida una constante negación de la exultación?, ¿qué sentido tendría negarse el fasto de vivir?’ Aristipo situaba la pregunta por la utilidad, mostrándola como lo más inútil. Casi todo lo que la sociedad alegaba útil, en realidad, malgastaba la vida a los ojos del hedonismo. Aristipo con- sideraba a la utilidad desde su pragmática: tanto él como el otro podían ser vehículo para alcanzar el placer consensuado.

De Sócrates tomó Aristipo la preocupación ética, es decir, un pro- ceder eminentemente práctico. Al privilegio metafísico, sin embargo, lo consideró inútil o tangencial para el placer intenso o vero. Tal como Sócra- tes en El Fedro, Aristipo pedía que no se lo extraviase con temas insulsos, que no se lo alejase del placer ni se le entorpeciese su búsqueda. Aristipo se había soltado de la pasión por una episteme extrahumana, —objetiva o positiva diríase hoy— habíase liberado de la fútil pasión por saber de las

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cosas en sí mismas para hacer de la ética una cosa en sí, es decir, para celebrar los diversos modos de ser.

Estimaba el hedonista simplísima la sapiencia: vivir conforme con lo dado por la natura en su eterno presente —efimeral para lo vivo e individual—, lo que equivalía a la práctica inverecunda, furiosa, decidida e incontrita del placer. Distaban los humanos del resto de lo vivo, exponía Aristipo, en que la razón y los artificios sociales terminaron por extraviarlos de la simpleza. Considerarse diferentes, mejores o privilegiados con res- pecto al resto de lo viviente, había conseguido petulancias, vanaglorias, distanciamientos, esperanzas y frustraciones. El hedonismo concebía un retorno a la naturaleza conforme con sus proprios conceptos de la vida natural.

La exhortación filosófica del “¡conócete a ti mismo!” se traducía en el precepto hedonista de ¡entrégate ya al placer y huye del dolor!, lo que valía por ¡sitúate en lo vivo! y ¡recuerda lo único que eres! La sapiencia hedonista consistía en obedecer las leyes de la vida y en no pretender que fuesen de otro modo, punto del que, arriesgo y planteo, se distanció su discípulo Hegesías. La natura, declararía Aristipo, sólo se da en un perpetuo presente gozoso que deviene. Todo afán de trascender o forzar aquesas leyes revelaba una especie de estulticia que perdía al hombre. Recordaba el fundador de la escuela que se vive brevemente y, en sabiéndolo, urgía vivir intensamente, practicando el ζῇν ἡδέως (zēn hedéōs: vivir placenteramente). La sociedad humana y sus definiciones delirantes de utilidad y del deber se fundaban en el olvido del buen vivir, del único vivir posible, llenando a los humanos de responsabilidades, de ocupaciones fútiles y de fantasías de futuro o de conocimiento sistemá- tico. No habría otra trascendencia más que la de obedecer, sin más, a la ἀνάγκη (anánkē: perentoriedad) de la physis. Ser lo que somos conferiría ya la virtud. Sin embargo, gran arduidad la conquista de la simpleza de ser lo que ya se es. La reflexión aristipea apuntaba a conquistar la ardua simpleza. ¿Confiar en el mañana y afincarse en él? ¡Magno timo!

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