El caso de la población de Cap de l’Aljup –antiguo vicus romano llamado Portus Illicitanus y actual Santa Pola- es más sencillo, ya que surge de la construcción en el siglo XIV de una torre defensiva conocida como Torre Vieja o Torre del Port del Cap de l’Aljub que fue empla- zada en el mismo lugar que ocupa el Baluarte Este del fortín, en una zona accesible y bien comunicada (Sánchez Fernández, García Mas, 1990: 15). Sus precedentes, aun- que su realidad arqueológica sea evanescente en estos mo- mentos de la investigación, se puede apoyar en las fuentes anteriores a la conquista cristiana, donde es un punto geo- gráfico de indudable interés.
Según las fuentes árabes, la primera mención de San- ta Pola la encontramos en el siglo XI, y en concreto en la
descripción del conocido como “Canal de la Mancha del Mediterráneo”, existente entre las costas del Magreb y de la Península Ibérica, que realizará el geógrafo onubense
‘Ubayd Allâh Al-Bakri, de fines del siglo XI, cuyo texto fue estudiado por Mikel de Epalza y de su traducción del fran- cés extraemos los párrafos dedicados a las costas alicanti- nas (1986: 26-27):“…Le sigue, a treinta y cinco millas, el puerto de Magila Bani Hâsim (…) tiene en frente, en tierras de Al-Andalus, a Captel de Tudmir (Qabtil Tudmir, en la parte norte del Mar Menor..). Le sigue el puerto el puerto de la ciudad de Tenés (…) El puerto de Tenés tiene enfren- te, en tierras de al-Andalus, Santa Pola (Sant Bûl). Sigue el puerto de Tenés, hacia el este, a más de veinte millas, el puerto de la isla de Wuqûr (Las Cavidades). (…)Tiene en frente, en tierras de al-Andalus, el puerto de Alicante (Laqant). Se corta el mar, entre los dos, en cinco etapas”.
Una geografía algo diferente a la descrita, medio si- glo después, es la del geógrafo ceutí Al-Idrîsî (1099- 1165) que en su libro sobre “los caminos de al-Andalus”
(Uns al-Muhay), dedica un apartado a enumerar los puer- tos y embarcaderos que existían desde Barcelona hasta Algeciras, de cuya traducción efectuada por J. Abid Mi- zal, extraemos la parte dedicada a nuestras costas: “…
Los embarcaderos (al-marâsî) de Barcelona a la ciudad de Algeciras; que está al Estrecho de gibraltar (Bahr al-Zuqâq): “(…) a Denia hay cuarenta millas, al Peñón de Ifach (Yabal Kalb) hay ocho millas, a la ciudad de Alicante hay cuarenta y dos millas, de Alicante al cabo de Santa Pola (Taraf al-Nâzûr) hay diez millas, a Hulûq Bâlus (Bahías de Bâlus) (Mar Menor?) hay cuarenta y dos millas, al Cabo de Palos (Taraf al-Qabtal) hay doce millas, al embarcadero de Portman (Marsà Burtumân) (…)”(al-Idrīsī, 1989: 96).
La descripción de la costa efectuada por al-Idrīsī con- firma la existencia de puntos geógraficos que en el texto se describen como cabos, con el término árabe “Taraf” -, los lugares de Santa Pola (1989: 319-320, nº 469). Del mismo autor y de su geografía universal más conocida “Nuzhat al-Mustâq”, vamos a entresacar la mención más detallada que hace de Santa Pola y de la isla de Tabarca, siguiendo la traducción que hiciera en su día Míkel de Epalza (1985:
217):“…Cerca de esta ciudad (Alicante), hacia el oeste, hay una isla llamada Planesa. Está a una milla de la cos- ta. Es un buen fondeadero, que puede servir a las naves del enemigo. Está frente al promontorio del observatorio (taraf an-nâzûr). Desde el Promontorio del Observatorio a la ciudad de Alicante hay 10 millas. Desde la ciudad de Alicante, por tierra, a la ciudad de Elche hay una jornada escasa. Desde la ciudad de Alicante a las gargantas de Palos (hulûq bâlus) hay 57 millas…”. Esta detallada des- cripción no sólo vuelve a confirmar la importancia de los actuales cabos de Santa Pola y de Palos, más al sur, sino que, por primera vez, encontramos una referencia concre- ta a la isla de Tabarca, denominada por su imagen orográ- fica de “Plana o Planesia”, de la que además dice que es un buen “fondeadero” y puede servir de refugio para las naves enemigas (Azuar, Lajara, 2012: 46-49).
Estas citas geográficas contrastan, por vez primera, con la existencia de restos arqueológicos, gracias a las exca- vaciones realizadas por la arqueóloga Silvia Yus Cecilia, dentro de las obras de seguimiento arqueológico realizadas con motivo de la rehabilitación del Castillo-Fortaleza de Santa Pola en el año 20037 (Fig. 5.8). En dichos trabajos, en concreto en la excavación de las estancias 15 y 16, se do- cumentó una cimentación fabricada en tapial de hormigón, con orientación norte-sur e interrumpida en tres puntos, que se produjeron durante la construcción del fortín en el siglo XVI (Fig. 5.9). La adscripción de los restos anterior a la construcción del fortín se confirma con el análisis cerámico que hace la responsable de los trabajos, donde documenta
“…fragmentos de cerámica esgrafiada, restos de ataifores vidriados en verde oscuro-verde claro, marmitas de pare- des finas realizadas a torno con pastas de textura arenosa vidriadas al interior, alcadafes con el borde pintado a la almagra, candiles de pie alto y los brocales de pozo estam- pillados con cubierta vítrea verde oscuro…” (Yus Cecilia, 2003; 2012, 158-166) que la arqueóloga fecha en la prime- ra mitad del siglo XIII, en contexto claramente almohade.
Aunque la autora establece que, ante las pruebas arqueolo- gicas, “…es prácticamente imposible dar una fecha con- creta a la obra, puesto que la estratigrafía arqueológica no aparece sellada por ningún pavimento contemporáneo a la misma…” (Yus Cecilia, 2003; 2012: 158-166).
7 Trabajo que ha sido de muy reciente publicación (2012: 158-166), y que se centraron en las dependencias 15-16-19-20-21-22 y patio de Armas de la fortaleza, por lo que queremos expresar un agradeci- miento especial a la arqueologa directora de las excavaciones, Silvia Yus Cecilia, por habernos dejado consultar la memoria técnica de los trabajos en fechas previas a la edición de su trabajo que también hemos querido reseñar, dado que hemos accedido a la maqueta de la obra. Agradecimiento que queremos extender a María Jose Sánchez Fernández, que entonces era la directora del Museo Arqueológico de Santa Pola, por la amabilidad y atenciones tenidas para con nosotros.
Coincidimos con la responsable de los trabajos en todos los puntos del análisis, dado que, por lógica estra- tigráfica, los restos documentados bajo la estructura del fortín, deben ser, por fuerza anteriores al levantamiento de la obra renacentista. Vaya por delante la adscripción medieval de las estructuras documentadas durante el se- guimiento y que la autora sitúa, al menos, en fechas “…
anteriores al 20 de mayo de 1406, fecha de un documento conservado que nos informa de que el rey Pedro, donó la torre a Pedro Esteban, un vecino de Elche…” (Yus Ceci- lia, 2003) y que podría llevarse a fechas incluso de última del dominio islámico, sobre todo, por lo conjuntos cerámi- cos de época almohade que localiza en las excavaciones.
Podrían tratarse de los restos de la torre medievalo incluso de una torre islámica? Es posible, aunque una anchura de 1,42 cms que la arqueologa documenta en la base, la creemos algo escasa como cimentación de una to- rre defensiva de reango exento –se precisaría al menos de 2 a 2,40 metros-, dado que, conforme avanza en altura, los muros van perdiendo grosor. Sólo recordemos aquí otros casos de torres en tapial como las de Beneixama (Esquem- bre Bebia, Bolufer Marques, 1994: 251-261; Esquembre Bebia, 2001: 38) y la de Negret en la misma localidad (Es- quembre Bebia, Bolufer Marqués, 2001: 40); la torre prin- cipal del Palacio de Altamira en Elche con 3,85 metros; la torre Mocha del Castillo de la Mola en Novelda con 2,60 metros, o la imponente torre almohade del castillo de la Atalaya en Villena con 3,70 metros (Quiles, Robey, Hues- ca, 1994: 227-249).
En cambio, sí que se puede identificar con torres de un desarrollo constructivo más pequeño, de planta y con- figuración cercana a las que se pueden documentar en las torres huerta de Valencia, vinculadas con explotaciones agrícolas a modo de alquerías. Estas medidas estarían más cerca de torres como Biar, con 1,60 metros (Quiles, Ro- bey, Huesca, 1994: 227-249; Segura Herrero, Simón Gar- cía, 2001: 55-60); la Torre de Sax, (Segura Herrero, 2001:
101-103), o la Torreta de Elda (Segura Herrero, 2001:
Figura 5.9: Planta de los restos de la torre medieval de Cap de l’Aljup. Fuente: Silvia Yus Cecilia. Museo del Mar.
Ayuntamiento de Santa Pola.
Figura 5.8: Vista cenital de las excavaciones en el Patio de Armas del Castillo de Santa Pola con el descubrimiento de los
restos de la torre medieval de Calp de l’Aljup. Fuente: Silvia Yus Cecilia. Museo del Mar. Ayuntamiento de Santa Pola.
111-113), ambas de clara cronología feudal. Eso coincidi- ría con la posibilidad de vincular la torre con estructuras anexas de habitación y almacenaje que la documentación medieval revela y que veremos en los próximos párrafos.
Porque la documentación de archivo es prolífica y abundante relacionada con la torre. La primera noticia que nos ha llegado nos la ofrecen Alfredo García Mas y Fancisco Requena Amoraga, rescatando un privilegio8 expedido en Huete per el Infante Juan, fechado el 8 de Febrero de del año 1284, en una época en que esta zona de la frontera meridional del Reino de Valencia se hallaba bajo dominio castellano, en el que se daba permiso a los vecinos de Elche para vender alimentos en el puerto sin que el alcaide de la torre lo pudiese impedir (1994: 118), que sustituye como referencia más antigua a la que hasta ahora teníamos de esta construcción. Años más tarde, en 1304, en plena política real de reforzamiento de la frontera costera con el levantamiento de novas poblas y ante los ya habituales ataques de la flota nazarí; Jaime II encomienda la alcaldía de la torre a Mateu de Castellsent, bajo el ré- gimen pro domo plana, sin salario aunque le concede los beneficios de la alquería de Benicreixent. La alcaldia pasa unos años después a manos de Alfons Guillem, con carác- ter vitalicio y con un salario de 700 sueldos (García Mas, Requena Amoraga, 1994: 118).
Ambas referencias hablan evidentemente, de una construcción que ya se halla operativa y en funcionamien- to. En cuanto a su forma, no poseemos ningún documento que la ilustre, si bien, según los autores, es posible que se tratase de un pequeño castillo de recios muros con varios huecos para las puertas y ventanas, de planta cuadrada, de mampostería irregular a cara vista y rematada en la parte superior. A efectos de sus descripción contamos con el tes- timonio del catedrático y arquitecto don Gerónimo Muñoz que ha quedado en un documento de 1595 conservado en el Archivo de Simancas9: “Era tan fuerte la torre que el capitán Barbarroja la cercó con 40 galeras para batirla, y aunque la cañoneó con diversas piezas de artillería jamás pudo batir ni rendir, y que el duque de Maqueda habiendo visto y reconocido la fortaleza de nuestra torre no permi- tió que se derribase por entonces sino que quedara den- tro del baluarte de Levante como torre de homenaje para defensa del paso, y habiéndose hecho una fortaleza de un padastro que tenía otra torre, con lo cual se pensó servir de algún favor, por haberse reconocido el que no sintió efecto que se juzgó, se tuvo por más conveniente derribar la torre y con efecto se derribó10” (Sánchez Fernández, García Mas, 1990: 16)
Sin embargo, esa sensación exterior de torre fuerte y sólida se derrumba si atendemos a los documentos si-
8 Archivo Municipal de Elche, índice de los documentos que se con- servan en el archivo de Elche, vol. 1, any 1871. Libro intitulado Privilegios, hoja 32 v.
9 Archivo General de Simancas, Guerra Antigua, Leg. 79
10 El fortín ya debe estar levantado en 1595, siendo una obra llevada a cabo por el duque de Maqueda en 1553.
guientes al levantamiento de la torre y que están fechados en los principios del siglo XIV. Hacia el año 1316 el esta- do general de la construcción parece estar muy deteriora- do, como para justificar la realización de unas obras en el edificio y, en lo que es más importante, en los almacenes y estancias contiguos a la torre, estancias que algunos auto- res identifican con dependencias para refugio de los pesca- dores que conformaban el exiguo puerto medieval (Gar- cía Mas, Requena Amoraga, 1994: 118). Las obras, o bien no alcanzan la profundidad necesaria, o bien se quedan en un escaso lavado de cara que hace forzoso la intervención algunos años más tarde, en 1324, con reparaciones de ma- yor calado cuyos costes llegaron a elevarse hasta los 1000 sueldos (Garcia Mas, Requena Amoraga, 1994: 118). Sin embargo, el documento que recoge José Ramón Hinojosa Montalvo sobre Calp de l’Aljup en la cual se establece la concesión de la licencia concedida por el infante Ramón Berenguer en 1333 para construir una torre que defendiera el puerto del Cap de l’Aljup nos viene a indicar que la torre, o bien es reparada y terminada en esta fecha o bien es levantada nuevamente dada la mala calidad de la obra construida en 1284.
El objetivo, en cualquier caso, era defender el puerto medieval dando protección a los pescadores y comercian- tes de la zona y, sobre todo, controlar la isla Plana o de Santa Pola, uno de los refugios preferidos y habituales de los corsarios de la zona, como en el episodio del 4 de Abril del año 1384, en el que una galeota de moros atacó la to- rre, siendo rechazados por la ayuda providencial de los auxilios enviados desde Elche y que impidió la captura de los guardas (García Mas, Requena Amoraga, 1994: 119).
Sin embargo, la acción de los alcaides no siempre va en consonancia con el importante papel defensivo que ju- gaba la construcción. Por ejemplo, el 9 de Noviembre de 1379 el Consell de la villa de Elche decide escribir a a Condesa de Jérica y de Luna, esposa del Infantte Martín, quejándose de las escasas guardias que el alcaide hacia en la torre, ya que dejaba abandonada la posición, disponien- do guardas solamente durante dos meses al año, bajo las veladas acusaciones de malversación y compra ilícita, lo que una vez tras otra11, hacía que los cambios en el puesto de alcaide fueran continuos (García Mas, Requena Amo- raga, 1994: 119).
El mantenimiento y reparación corría a cargo del Con- sell de Elche, cuyo clavario disponía de fondos para las obras. La torre estaba situada junto a la orilla, como parece
11 Estas quejas se volvían a repetir el 25 de Marzo del año 1382, cuan- do el Consell escribe de nuevo a la condesa para informale de que
“…la torre del cap de l’Aljup del vostre port de la mar està en rohína e desabitada la mayor part de l’any per en Thomàs Verdú et al qual li a avets acomanat no y està sinó partida de l’yvern mentres los pecadors y estan…”, con el objetivo que la condesa nombrase a un vecino de Elche para dicho cometido que no abandonase la torre.
Posteriormente, algunos autores recogen otras quejas relacionadas, por ejemplo, con los derechos del agua del pozo, o con el retraso en la reparación de la torre (García Mas, Requena Amoraga, 1995:
119).
desprenderse de la orden dada a los jurados el 20 de Marzo de 1401 por el que todo pescado capturado en aguas de la isla debería descargarse delante de la torre del puerto.
Sabemos que después de uno de los período habituales re- paraciones para su mantenimiento, a la torre se la dota de un matacán o defensa vertical para defender la puerta, asi como la construcción una nueva planta, -con toda segu- ridad, una plataforma para la ubicación de la artillería- y el cerramiento con una puerta de los espacios de habita- ción que se encontraban alrededor de la torre (García Mas, Requena Amoraga, 1994: 119). Sin embargo, como solía suceder creemos que desde su levantamiento, el estado de conservación seguía siendo deficiente, como atestiguan las numerosas obras que en ella se realizaban. Por ejem- plo, el 17 de Octubre de 1430 se ordenó hacer una puerta nueva para la torre ya que la anterior la quemaron los cas- tellanos, testimonio claro de que la guerra de 1429-1430 sufrió los embates de la armada de Castilla. También se reparó el portal y el pavimento del terrado.
Una nueva puerta se elaboró en 1439, año en que el maestre Lluques fue contratado para hacer una cubierta de bóveda “ab ses tapies” con objeto de dar mayor consisten- cia a la torre en su función defensiva y evitando que pueda ser tomada. Al frente de los trabajos solía haber un obrero de la torre y en 1448 el Consell acordó que no pudiera desempeñar dicho cargo quien fuera deudor del Conde- ll. El 29 de Mayo de 1449 se nombro a Alfonso Quirant obrero de la torre, sin salario, con el fin de confeccionar de nuevos los andamios y el muro, contando el visto bueno del justicia, jurados y prohombres de la villa. Al mando de la torre había un alcaide, cuya misión era la de conservar el edificio y ejercer una vigilancia adecuada en el puerto.
La alcaidía se arrendaba en pública subasta por las auto- ridades de Elche al mejor postor, por períodos de uno a tres años. El alcaide estaba obligado a residir en la torre.
Se trataba de evitar que el paraje quedase despoblado. La torre no contó en estos años con una guarnición perma- nente ya que hubiera supuesto una importante carga eco- nómica para un municipio como el de Elche. Por ello, el sistema arbitrado era colocar algunos vigilantes armados en los momentos de peligro. En enero de 1429 se pagaron 130 sueldos y 10 dineros a los ballesteros enviados a los jurados a la torre para su custodia. (Hinojosa Montalvo, 2004: 67-68)
La fragilidad del sistema era evidente y el peligro que suponía tener deshabitada la Isla de Santa Pola como re- fugio de piratas se intentó resolver en diciembre de 1427 por iniciativa personal de Bertomeu Vidal, de Alicante, quien propuso a los jurados de Elche la construcción de una torre en la isla, en la que hubiera una o mas personas de vigilancia. El acuerdo del Consell ilicitano fue escribir a Barcelona para consultar dicho proyecto que nunca llegó a prosperar. (García Mas, Requena Amoraga, 1994: 120;
Hinojosa Montalvo, 2004: 69).
Las referencias que disponemos antes del cambio de centuria nos hablan nuevamente de continuas reparacio- nes y modificaciones en las cubiertas y diversos elemen-
tos, tanto de las estructuras anexas que conformaban el puerto, como en la propia torre, aunque son libramientos de dinero cuya ubicación exacta no se puede determinar (García Mas, Requena Amoraga, 1994: 121).
5.2.1. La construcción del fortín de Santa Pola Con la llegada del mundo moderno y las nuevas ne- cesidades artilleras que la pólvora introduce a partir de la segunda mitad del siglo XIV, las defensas de la torre se van confirmando como obsoletas e inútiles para la defen- sa. Las murallas medievales como las que la torre de Cap de l’Aljup plantea, fueron obras eminentemente válidas en particular para la defensa estática. En su construcción, útiles para contrarrestar la capacidad ofensiva del atacante, con el remate de la coronación alcanzaban gran altura sobre el ni- vel del terreno. A su vez, y como hemos visto por los restos arqueológicos descubiertos en las actuaciones del subsuelo, estas fábricas tienen poco espesor. Su finalidad era impedir el acceso de agresores al interior del recinto que protegían.
La considerable altura de esas construcciones constituía un obstáculo, difícil de salvar por las máquinas de guerra empleadas en caso de asalto. Para los sitiados, la mejor de- fensa o la considerada como sistema más eficaz, a su vez, contando con la presencia de unas murallas de importancia, consistía en retrasar y prolongar temporalmente el asedio, a la espera de la llegada de refuerzos amigos externos. O bien, ante el posible agotamiento del atacante, que decidiera desistir y levantar el asedio.
Esta garantía atribuida a las murallas y, por tanto, el grado de confianza en su eficacia, entró en crisis con mo- tivo de la aplicación de la pólvora a la artillería. La nueva arma mostró su eficacia en el año 1494, con motivo de la campaña realizada en Italia por las tropas francesas de Carlos VIII. Entonces se puso de manifiesto su capacidad ofensiva sobre las defensas medievales. Las nuevas piezas de artillería en su morfología evolucionaron con rapidez, tanto en su eficacia y fueron perfeccionadas durante el siglo XVI. En especial, a lo largo de la siguiente centu- ria. Incide en aquella transformación la misma manera de construir las piezas de los cañones, recorrido material que pasa del empleo del hierro colado al bronce fundido. Tam- bién fueron importantes los avances en las características de los soportes para el apoyo de las piezas. Así como hay que referirse a la evolución en los tipos de los proyectiles utilizados, de este modo al evolucionar desde las balas de piedra, de las realizadas en mármol eran las, al parecer, de resultados más dañinos. Hasta alcanzar la mayor capaci- dad destructiva cuando se introdujeron las bombas de hie- rro, desarrollando seguidamente las granadas explosivas, incrementando así el efecto destructor.
De esta forma, con la llegada del siglo XVI, se pre- cisan nuevas soluciones para viejos problemas. De esta forma nace la idea del fortín de Santa Pola (Fig. 5.10), el cual formará parte de un sistema defensivo iniciado duran- te el reinado de Carlos I, desarrollado con mayor auge y pujanza por el sucesor Felipe II. Monarca que dispuso los