A S A L T A QUESADA E L PALACIO D E L R E Y D E TUNJA, A QUIEN PRENDE, Y DESPUES D E U N B R E V E COMBA- T E SAQUEA S U C O R T E CON P R E S A D E L O S T E S O R O S
QUE NO PUDO OCULTAR.
L
OS españoles trabajaban en romper las liga- duras y amarras de la puerta principal en que estaban detenidos, sin darse m a ñ a a conseguirlo, porque se embarazaban unos a otros, hasta que el alférez Antón de Olalla, sacan- do la espada, cortó de un golpe lazos y vueltas tan diestramente, que abrió paso por donde pudiesen cómodamente penetrar los infantes; que visto por el general Quesada, desmontó del caballo, y en compañía de Olalla y de otros diez compañeros, fueron los primeros que entraron dentro, siguién- dolos después toda la infantería con fin de hacer- les espaldas; y como la segunda cerca no tenía puertas, y entre ella y la primera mediaba un pa- tio en que podían muy bien formar escuadrón, con facilidad pasaron los doce hasta la casa que les pa- reció más autorizada de todas, que tenía otro pa- tio semejante al primero, rompiendo por gran ca- terva de gente, donde hallaron a Quimuinchatecha asentado en un duho o silla baja, y puesto en pie en contorno del copioso número del gentilhombres de su casa y demás criados, que serían más de m i l , todos con patenas de oro en los pechos, medias lu- nas en las frentes y debajo de ellas rosas de pluma, y recogido el cabello dentro del círculo de una guir- nalda de las mismas plumas, las vestiduras mati- zadas de diferentes colores; y, en f i n , así éstos co- mo los demás que salieron a recibir a los nuéstros, y serían más de cincuenta mil tunjanos, iban tanHISTORIA D E L NUEVO REINO 47
ricamente adornados, que no vieron semejante grandeza los españoles después, ni la oyeron, aun- que les causaba siempre recelo verlos con sus ar- mas a todos. Pero el zaque, sin embargo de reco- nocer a los españoles tan cerca de su persona y con tan sangrientas señales, se estuvo inmóvil y seve- ro, sin dar muestra de sobresalto ni de movimien- to alguno, fiado en la vana presunción de que nin- guno sería tan osado que se atreviese a tocar su persona, profanando el respeto debido a las majes- tades humanas.
Tanta era la confianza de este príncipe, que se persuadía a que la veneración misma con que lo trataban los suyos sería de obligación forzosa en los extraños. Y aun esto no es de reparo respecto de la mentida divinidad que se apropian aquellos que por costumbre tienen el dominio y por heren- cia el obsequio, sin atención a las vueltas de la fortuna con que humilla lo njás elevado, y de las ruinas de un edificio deshecho fabrica la grandeza de un monte desvanecido. Pero apenas reconoció el general Quesada ser aquel bárbaro rey el que bus- caban por las señas, cuando se le acercó con fin de abrazarlo amorosamente: acción tan mal recibida de los uzaques, que, poniéndole las manos en el pe- cho, intentaron retirarlo con tal vocería, que no era posible entenderse unos ni otros; mas con todo esto, le instaba Quesada por su intérprete en que hiciese callar su gente mientras le hablaba de par- te del vicario de Dios y del gran rey de España, que no tuvo lugar por los gritos y confusión que había entre todos, con que se embarazaba el intérprete;
y así, valiéndose atropelladamente de algunas pro- testas para que lo recibiese de paz, que tampoco fueron oídas, se halló precisado a nuevas resolu- ciones acometiéndole con Olalla, y éste (que era caballero de gran fuerza y valor) le echó mano pa- ra sacarlo del cercado, con intento de asegurar su persona en prisión y guarda de los españoles, sin que pueda dudarse la valentía del arrojo, aunque le quitasen la gloria de singular los ejemplos re-
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cientes de México y Cajamarca. Acción fue la obrada que turbó de fuerte el ánimo de Quimuin- chatecha, que, descompuesta la gravedad del sem- blante y dando veces, representaba a su gente el atrevimiento de los extranjeros con un rey a quien privilegiaba la naturaleza de pasar por las fortu- nas de la gente común. ¿Quién ha visto (decía)'^Me se precipite tanto la soberbia de unos locos, que se arroje a ultrajar la majestad de los reyes? ¿o qué vasallos tan cobardes ha visto el mundo, que per- mitan en el centro del reino y en medio de tanto concurso de gente armada, que sea aprisionado por dos forasteros el señor natural que obedecen? Sea desquite la violencia de nuestra parte, contra la que usan de la suya, pues ya tan grande agravio no tendrá más satisfacción que la muerte de estos atrevidos.
Centellas fueron éstas que encendieron volcanes en su gente, pues luégo dieron principio a una con- fusa grita y alaridos, dentro y fuera del cercado, trabándose el combate por todas partes, sin que diese lugar el alboroto para percibir el orden de los cabos. Los infantes, que dijimos haberse dete- nido en el primer patio (conocido el peligro) en- traron luégo en el segundo en socorro de su gene- ral, que, sin perder' de vista al zaque, á quien ya tenía de nuevo asegurado el capitán Cardoso en compañía de Olalla, se defendía valerosamente de una escuadra obstinada que lo cercaba; y los de a caballo estuvieron resueltos a lo mismo, si el capi- t á n Gonzalo Suárez Rondón no los persuadiera a que desistiesen de semejante error, representán- doles ser tanto el valor de los que estaban dentro, que con seguridad se debían confiar de que serían bastantes para salir bien del empeño ; que la ciu- dad y campos estaban llenos de gentes enemigas, y se necesitaba m á s de impedir le entrase socorro al Tunja, que asolar los que se hallaban dentro:
que estando ellos de guarda a las puertas donde forzosamente habían de cargar las tropas contra- rias, conseguían que el mismo cercado fuese res-
HISTORIA DEL NUEVO REINO 49 guardo a los españoles para que no se les aumenta-
se el peligro: que puestos a caballo con facilidad resistirían los acometimientos externos, cuyo re- paro y defensa consistía más en la ferocidad de los caballos y temor que les tenían que en la fuerza de los brazos españoles, que forzosamente habían de ceder al cansancio y a la muchedumbre. Y, final- mente, que desmontando para socorrer a los de adentro, se desarmaban voluntariamente para ser lastimosamente oprimidos de la fiereza bárbara.'
Admitieron los jinetes el consejo, y el suceso confirmó los discursos del capitán Rondón, que sin necesidad de entrar en el cercado fueron bastantes los que se hallaron dentro para resistir la constan- cia de los enemigos con que batallaban por quitar- les de las manos a su rey preso. Mucha sangre cos- tó el combate, porque eran los m á s notables tun ja- nos los que peleaban dentro de la cerca, y no hay sangre ilustre que en el riesgo de su príncipe se pueda contener dentro de las venas. La flor de la caballería francesa se entregaba a la muerte quita- das las viseras en la batalla de Pavía, para escri- bir con sangre que no hay noble que estime la vida cuando no redime la afrenta de ver a su rey prisio-
nero ; pero lo que m á s reparo hace es que haya re- yes de tan infausta estrella que las acciones todas de su vida, o sean de felicidad o desgracia, siempre corran bañadas en sangre de sus vasallos: vióse en el de Tunja no menos perjudicial a los suyos, cuando libre que cuando preso, cuando próspero que cuando mal afortunado. Por otra parte, la ca- ballería obró tan vigilante, que no cesando de es- caramuzar en torno del cercado, impidió a lanza- das los socorros de más de cincuenta mil indios que ocurrían al palacio, y asombrados de los caba- llos o escarmentados de los botes de lanza, se de- tuvieron hasta que sobrevino la noche, con que ce- só la porfía, recatándose unos y otros de tener las sombras por enemigas; mas no por eso dejaron de trasladar a la lengua la venganza que no pudieron
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tomar con las manos. Llamaban a los nuéstros va- gabundos, sin m á s ocupación que la de robar ha- ciendas ajenas y darse a la áensualidad, y en esto de la lascivia decíanles tantas injurias cuantas ca- bían en los excesos que de ellos relataban los indios del servicio del campo que se les pasaban cada día.
Añadían que eran hombres perdidos, no hijos del sol ni de la luna, como al principio creyeron, sino del demonio o criatura peor si la había, y pudiera tener esto más de sensible en los nuéstros para la enmienda, cuanto tenía de verdadero para el opro- bio.
Manifestóse, sin embargo, en esta ocasión la Providencia Divina en favor de los españoles, por- que según el número de la gente que había ocurri- do, sobraba mucha para oprimidos a puñados de tierra cuando no tuvieran armas; pero quiso Dios que la soberbia y cruel ánimo de Quimuinchatecha confesase en la esclavitud del desagrado con que los piadosos cielos miraban la falta de clemencia en los príncipes, y que su fe santa prevaleciese con- tra la idolatría, apoderada de aquélla mayor parte del mundo por tantas edades, siendo fundamentos de tan alta fábrica y soberano edificio las hazañas de estos primeros españoles, los cuales, como re- conociesen la molesta y confusa vocería de los in- dios, ya reducidos a silencio cuidadoso, aplicaron centinelas por la parte de afuera y dispusieron la gente de a caballo de suerte que velase cóh la v i - gilancia que su seguridad requería, lo cual orde- nado, metieron en una de aquellas casas a Qui- muinchatecha, encargando a files guardias su cus- todia, con la de algunas de sus mujeres que asistie- sen a su servicio con la veneración debida a per- sona real, dándole buenas esperanzas de su liber- tad, mientras los demás que se hallaban dentro, , con el deseo de hallar los tesoros que manifestaban
las muestras exteriores de las pendientes láminas, andaban con lumbres averiguando si correspondía lo oculto con lo aparente, y en una petaquilla de las que estuvieron dispuestas para retirar del palacio
HISTÓRIA DEL NUEVO REINO 51 y no pudieron, encontraron ocho mil castellanos de oro y una urna en forma de linterna del mismo me- tal, que encerraba los huesos de un hombre muer- to, y pesó seis mil castéllanos, sin una hermosa par- tida de esmeraldas que estaba dentro de la misma urna, y en lo restante de la casa, de láminas, cha- gualas y otras joyas que le servían de arreo, se re- cogieron cantidades tan considerables como se ve- rá después.
Hallaron también tres thytuas, que son cajas re- dondas, llenas de mantas y telas de algodón, de las que tributan sus vasallos al zaque; muchas sartas de piedras turquesas y de otras verdosas y colora- das de grande estimación para el ornato de los in- dios y que han llegado a ser de aprecio para los es- pañoles, por hallarse virtud medicinal en las ver- des para las ijadas y en la coloradas para restañar la sangre. Cañutos de oro obtusos que en sus fies- tas solemnes servían de coronas o rodetes a los más nobles, para ceñirse las sienes, gargantas y muñecas de las manos. Caracoles marinos guarne- cidos de oro, que usaban por trompetas o sordinas en sus regocijos y en las sangrientas lides, y que para este efecto se llevaban de la costa de una en otra nación, hasta que por vía de rescate iban a pa- rar a los moscas, que los tenían por preseas de buen gusto. La priesa que se daban los españoles al saco era tanta, que en sus diligentes pasos lle- vaban escrita su codicia, y en favor de ella cuan- tas presas hallaban las trasladaban al patio, ufa- nos del pillaje y tan alegres que cuantas veces sa- lían con alguna, vueltos a Quesada le repetían:
Perú, Perú, señor geheral, que otro Cajamarca he- mos encontrado. Y a la verdad si hubieran llegado con m á s días y copia de gente, que a un mismo tiempo cercase el palacio y saquease otras casas y templos principales, no desmintieran los efectos a las palabras y la suma hubiera sido grandísima : pero4a poca gente ocupada en el cercado, falta ya de-lo m á s sustancial, y la oscuridad de la noche.
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dieron lugar para que cada cual de los indios pu- diese escapar sus bienes de las manos españolas.
Las cargas del oro y joyas, que por todas partes se recogieron en el patio desde las seis de la noche, fueron tantas, que a cosa de las nueve, en que se acabó el saco (con no haber entrado en Tunja con quince mil castellanos cabales) se hizo de ellas un montón tan crecido, que puestos los infantes en torno de él, no se veían los que estaban de frente y los que se hallaban a caballo apenas se divisaban, como lo afirma el mismo Quesada en el capítulo nono del primer libro de su "Compendio Historial del Nuevo Reino", donde poco antes de lo referido pone estas palabras: Era cosa de ver ciertamente, ver sacar cargas de oro a los cristianos en las es- paldas, llevando también la cristiandad a las espal- das, poniendo las cargas en mitad de aquel patio, y lo mismo en lo de las esmeraldas que entre las joyas de oro se hallaban. Y en f i n del mismo ca- pítulo remata diciendo que si los nuéstros hubie- ran guardado las mantas de algodón finas, y la in- finidad de sartas de cuentas que hallaron, para rescatar con ellas después entre los indios, es cier- to que les hubiera valido más oro que cuanto vie- ron junto en el montón del cercado, por ser aque- llos dos géneros tan estimados de los señores mos- cas para el arreo de sus personas, que los tenían por su principal tesoro; pero que ignorantes de ello entonces los españoles, lo repartieron todo des- pués entre los indios amigos; no excedió en f i n la fama de las riquezas del Zaque de Tunja a lo que experimentaron los ojos aquella noche; y al día si- guiente se hizo la diligencia de examinar los tem- plos y casas de su corte; pero fue de muy poca con- sideración el despojo, aunque las esperanzas que tenían de satisfacer sus deseos con el rescate que imaginaban daría Quimuinchatecha por su perso- na, eran grandes; porque la guía afirmaba que cuanto habían hallado era mínima parte de las r i - quezas de aquel príncipe. Mas aunque se valieron
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de halagos y promesas muchas veces y otras mu- chas de amenazas, jamás pudieron sacar de él co- sa que conformase con sus deseos; antes estuvo siempre tan obstinado que rara vez respondía a lo que le preguntaban, menospreciando de una mis- ma suerte los halagos que los rigores, aunque no fue bastante su contumacia para que maltratasen su persona ni se le embarazasen las asistencias de criados y mujeres, sin que español alguno se atre- viese a levantar los ojos para mirar alguna: por- que el general Quesada era entero en ejecutar sus órdenes, y tenía mandado le guardasen el decoro debido a príncipe prisionero todo el tiempo que lo tuviesen en guarda, y que lo mismo se observase con los demás indios nobles que lo acompañaban en su fortuna.
No tiene duda sino que estas prendas fueron muy dignas de estimar en un caudillo de pocos años, que se hallaba libre de otro más superior que lo gobernase; y aunque en ello se esmeró tanto pa- ra ejemplo de sus soldados, en lo que más se señaló para crédito suyo fue en observar las paces, que una vez asentaba tan constantemente, qué ningún cabo de los que gloriosamente se empelaron en la conquista de las Indias le hizo ventaja. Y fue mal informado quien depuso de él lo contrario, excep- tuando lo que obró con Saquezazipa, como después veremos (desgracia común fabricada de la emula- ción contra los bienes quistos), pues si del sucesor de Quimuinchatecha se hizo justicia después con razón o sin ella, que fue lo cierto, poca culpa tuvo en la resolución el general Quesada, que a la sazón se hallaba en estos reinos de Europa, y la acción la ejecutó Hernán Pérez de Quesada, su hermano, que por aquel tiempo gobernaba el Nuevo Reino. Y aunque yo no califico circunstancias, pondré las palabras con que Castellanos más ha de ochenta años lo dijo en el sexto canto del cuarto tomo de su
"Historia general de las Indias", que viene a ser el primero de la conquista del Nuevo Reino. Habla,
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pues, de la muerte del Zaque de Tunja, sucesor de Quimuinchatecha, y prosigue:
Hízola Hernán Pérez de Quesada, hermano suyo, no sin imprudencia, y estímulos de malos consejeros venidos del Perú, de cuya parte pandetur omne malum, Dios quisiera que nunca gçnte de él en esta tierra hubiera puesto pies a gobernarla;
hubiéranse excusado pesadumbres, pues todos, o los más que vienen, traen un olor y un sabor de chirinolas.
CAPITÜLO.V
MARCHA QUESADA A SOGAMOSO, SAQUEA L A C I U - DAD Y QUEMASE S U T E M P L O . — V U E L V E A TUNJA, Y DESAMPABANDOLA POR IR A L A CONQUISTA D E NEI- VA, P E L E A E N E L CAMINO CON TUNDAMA Y ROMPE-
L O E N UNA B A T A L L A .
L
AS palabras sencillas de Castellanos descu- bren que las experiencias con que las dijo siempre se acreditarán más en los tiempos futuros; pero volvamos a Quesada, que vis- ta la gran riqueza que descubría la tierra, y cuán poco acertada resolución era seguir por entonces otra fortuna que la que se le mostraba propicia, mandó que tres jinetes fuesen a Ciénega por las demás gentes que había dejado en ella, y retardán- dose en seguirle contra la orden que les había da- do. Obedecieron, y cuando llegaron a la mitad del camino hallaron de más al capitán Juan de San Martín, que, como dijimos, arribó perdido y enga- ñado de malas g u í a s ; y sabida por él la buena suer- te que había tenido su general, prosiguió en su de- manda con el resto del campo que allí estaba, jun- tándose todos al quinto día en la ciudad de Tunja, alegres de la presa y con presunciones de aumen- tarla, por cuanto el gobernador de Baganique, que les dio la noticia del rey de Tunja, la daba nueva- mente de que Sugamuxi, cacique de la provincia de Iraca y pontífice máximo de los moscas, tenía r i - quísimos tesoros en su cercado y en el templo ma- yor de aquel reino, que era el de su corte, y que por ser santa toda aquella tierra, otros muchos caci- ques tenían en ella particulares oratorios, en que aparte ofrecían cantidades de oro según la posibi- lidad de sus dueños. Que oído por el general Que-56 FERNANDEZ PIEDRAHITA
sada, y escarmentado del malogro del pasado lance por su poco aceleramiento, prevenidos veinte ca- ballos y buena infantería, caminó tan apresurado, que abrevió a un día de marcha ocho leguas que hay desde Tunja a Paipa; repartimiento que cu- po en las conquistas a Gómez de Cifuentes, quien mereció por sus servicios que la mej estad católi- ca le permitiese poner sus armas enfrente de las reales, como se ve en la casa con torre que labró en la plaza de Tunja, y goza hoy con el mismo repar- timiento el capitán don Francisco de Cifuentes Monsalve, digno sucesor suyo, después de su tío Francisco de Cifuentes, que lo heredó al conquis- tador su abuelo, y por no tener hijos lo dejó al so- brino.
En Paipa tomaron algún descanso aquella no- che los españoles, y otro día en seguimiento de su jornada entraron por el territorio del Tundama, que cavilosamente les envió al encuentro un regalo de mantas y oro, diciéndoles por su embajador se detuviesen en tanto que personalmente salía a pre- sentarles ocho cargas de oro que se estaban ajus- tando entre sus vasallos: y como menos promesa sobraba para detenerlos, no queriendo perder aquella ocasión de aumentar el caudal con partida tan considerable, hicieron alto aquel tiempo que bastó para que el sol declinase del zenit más ar-
• diente, en cuyo espacio se dio Tundama tan buena maña con los suyos, que traspuso todo el oro de los templos y casas, y guarneciendo de gente bien ar- mada las colinas y partes altas, dando grita y vo- ces a los españoles, con grandes oprobios les decía se acercasen y llevarían sobre las cabezas el oro que tenían para darles, porque a menos costa no podrían ganarlo. Sintieron tanto los españoles la burla, que se determinaron a invadir la ciudad, aunque salieron de ella sin fruto alguno y maltra- tados de las piedras y flechas que despedían de los altos que tenían tomados, sin que pudiesen los nuéstros corresponderles por entonces con las ba- llestas y arcabuces, por serles forzoso excusar la