173 Durante los partidos, en las calles del barrio y sus casas, pudimos constatar la importancia de esas redes de mujeres, futboleras, amigas y compañeras de trabajo. Bety repetía que constituían para sí un gran espacio de contención, en el que mezclaban el trabajo con el fútbol. “Saben igual que cuentan conmigo, o sea, con las chicas de mi equipo, yo les he dicho, yo las trato, las quiero ver de mi familia, para mí es como si fueran de mi familia. No quiero que seamos un equipo equis. Quiero que seamos una familia. Nos duele cuando pasa algo equis, en lo mucho o poco que podamos”. (Entrevista con Bety, Tlalpan, Ciudad de México, 12-12-18). En tales procesos, la construcción de sus propias viviendas o la colaboración de casas de sus vecinas, amigas familiares fue un elemento recurrente en las experiencias de estas mujeres.
174 Uno de los testimonios que la autora recoge entre los primeros hacedores de la colonia refleja el papel que los vecinos tuvieron en la construcción del barrio.
Se puede decir que empezamos de nada, o sea que de ser… ¡ora sí que no había nada aquí! Este era un lugar solo, sin nada, sin casas, fuimos los primeros que llegamos aquí […] Con la ayuda de mi esposo, cuando llegamos aquí, teníamos un cuartito, que era de lámina. Después, poco a poco hicimos el de aquí, el de tabique;
poco a poco, empezamos hacer este. Uno es quien construye su propia casa, entrándole los hijos, la mujer y el esposo. (Señora Dolores, 40 años) (Zavala Caudillo 2011)
La participación de las mujeres en los procesos de autoconstrucción fue relevante en Techachaltitla así como en las colonias populares donde habitan las interlocutoras de esta investigación. Existen algunos trabajos de investigación que indagan en los procesos de autoconstrucción y la participación de las mujeres en ellos, que ponen énfasis en la composición familiar y el ciclo de vida de las mujeres (Massolo 1992), en la organización política del movimiento urbano popular (MUP) (Hunter Dodsworth 2020;
Massolo 1998), entre otros. Si bien fueron sumamente fructíferos, la antropóloga mexicana Claudia Zamorano Villarreal considera que estos estudios se centraron únicamente en las familias de clases trabajadoras que practicaban la autoconstrucción (Zamorano Villarreal 2007). Valeria Cuevas Zúñiga, por su parte, sostiene que “la autoconstrucción no es una estrategia de provisión de vivienda exclusiva de los sectores pobres y/o populares, es una práctica de uso extendido entre diversos sectores de la población urbana, presente desde antes del siglo XIX en la ciudad de México” (Cuevas Zúñiga 2016:2). Aun así, como lo señalan Fidel y Ziccardi (1986), la autoconstrucción de vivienda popular fue uno de los procesos económicos sociales más masivos.
Por los más diversos mecanismos económicos, políticos y sociales las clases populares urbanas accedieron a una parcela de tierra en la que fueron construyendo inicialmente precarias viviendas. La saturación de las vecindades del centro, obligó a que ya en los años treinta, y más desenfrenadamente en la década siguiente, este
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tipo de fraccionamientos populares se transformasen en la opción habitacional masiva para los trabajadores. Dos décadas después el Distrito Federal se expandió sostenidamente sobre la periferia inmediata que ampliaba considerablemente el área urbana para dar cabida a millones de trabajadores migrantes (Fidel and Ziccardi 1986:23)
Me interesa remarcar la relevancia del papel que tuvo la autoconstrucción, históricamente con gran participación femenina, no sólo en México, sino también en Bolivia, y podría decir que en gran parte de América Latina. Por un lado, fue central en el abaratamiento de la fuerza de trabajo que demandaba la economía urbano-industrial de este proceso, ya que garantizaba a través de la vivienda y la ocupación de tierras, las condiciones de reproducción de la clase trabajadora. En segundo lugar y fundamentalmente, participando activamente y sin remuneración, en estos procesos de construcción de infraestructura urbana.
Y por último, la lucha en torno a la vivienda y a un entorno con condiciones dignas de existencia ha nucleado los procesos de participación política en los barrios populares de América Latina. El protagonismo de las mujeres en dichos procesos han estado históricamente invisibilizados. En los relatos sobre los primeros acercamientos con el oficio de la construcción las mujeres se referían a las experiencias de autoconstrucción, ya sea de sus propios hogares, como los de algunos parientes. Sara tiene 24 años y es encargada de la instalación de aires acondicionados. La conocí trabajando en la construcción de una de las grandes plazas comerciales en Satélite, un nucleamiento urbano de la Zona Metropolitana del Valle de México, en el Municipio de Naucalpan de Juárez.
Sara me narraba su experiencia en la autoconstrucción
Conozco varias, primero, mi mamá y yo. Y una tía, que ella misma construyó su casa.
Yo tenía aproximadamente 9 o 10 años. Mi papá que no es arquitecto empezó a construir mi casa. Y nosotros realmente le ayudábamos a todo. Había veces que nosotras le pasábamos los tabiques, le ayudábamos a pegar tabiques
M: ¿pero todos tenían el conocimiento?
S: tenía conocimiento porque te digo, mi abuelo era foráneo, y hacía luego de albañilería o cosas así. Entonces como que fue a encaminarlo. Pues desde chica, recuerdo que íbamos al terreno a escarbar para meter, escarbábamos la zanja para poder meter la piedra. Empezamos desde las bases. Ya posteriormente
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colocábamos… o sea, ya mi casa tardó muchísimos años en construirse eh. No creas que es de un día para otro. Recuerdo que cada sábado o domingo íbamos a adelantar un poco, allá comíamos, cenábamos y ya nos regresábamos. Le ayudábamos a hacer los amarres de las varillas, yo me acuerdo muy bien que yo era la que me encargaba de eso. Lo único que no realizó mi papá fue el colado de las losas. Eso sí contrató gente. Lo demás sí lo hicimos nosotros. Posteriormente cuando se terminó la obra negra, los aplanados también nosotros lo hacíamos. Todavía mi mamá estaba embarazada de mi hermana la más chica. Cuando colocábamos el azulejo de la loseta, yo me encargaba de hacer la revoltura, mi papá y mi hermano nivelaban y pegaban, nivelaban y pegaban. Entonces mi mamá se encargaba de todas estas orillas, limpiarlas, para que no quedaran residuos de mezcla. Entonces era realmente todo lo que hicimos. MI hermano, como en la secundaria había estudiado una carrera técnica de electricidad, él puso toda la electricidad de la casa.
(…) Con mi tío, el de al lado. Empezó él a querer construir su casa y lo apoyamos también. (…) Mi tía también. Ella realmente la hizo toda, porque ella realizó todo. No es madre soltera, porque su esposo está ahí, pero es como si fuera madre soltera. Yo me acuerdo igual que ella, estaba ya un poco grande, tenía como 15 años más o menos, yo luego iba a su casa y la veía pegando tabique, colando castillo. Y yo le decía ¿qué haces tía? No, pues, voy a ampliar aquí mi cocina. Ya como que tenía la idea y nada más la desarrollaba (Entrevista con Sara, instaladora de aire acondicionado en las obras, Estado de México, 20-10-18)
Las mujeres que entrevisté en Bolivia, especialmente aquellas que son mayores de 50 años, manifestaron de modo recurrente haber comenzado su recorrido en el oficio de la construcción, al igual que en México, a partir de sus experiencias de autoconstrucción.
Lucy es una mujer aymara, nació en La Paz hace 44 años. Su familia también es paceña. Ella recuerda que aprendió a construir desde sus 12 años, cuando sus padres comenzaron a hacerse su casa.
Antes se hacía con adobe. Así empecé y me ha empezado a gustar, y hemos construido otra casa, de otros pisos. El piso de abajo lo hemos hecho de adobe, y el de arriba de ladrillo. Tenía un hermano que también trabajaba en la construcción, y yo le ayudaba a él. Después, desde hace 17 años, también construí mi casa con un albañil, y después he trabajado así, con otros maestros y ayudantes. Ahora como contramaestre trabajo. Soy independiente (Entrevista con Lucy, El Alto, Bolivia, 25-2- 19).
177 A sus 25 años, Lucy se casó con un compañero del colegio y vecino. Recién casados se fueron a vivir a El Alto, y compraron un terreno para construir su casa. “Yo la construí con un ayudante. Es bajito, de aquí a 2 o 3 años pienso subir un piso más”, dice Lucy. A los 27 años tuvo a su primer hijo. De este modo relata su trayectoria laboral:
Ahí trabajaba en la fábrica de pipocas86, 7 años. Seguí trabajando un año más después que tuve a mi hija. Después tuve otra hijita más. Y luego descansé unos 2 años y luego ya empecé en construcción. No, me fui a Santa Cruz después de eso, allá trabajaba en la fábrica de blusas. Ese trabajo conseguí con mi vecina. Primero llegué a Santa Cruz y vendía refrescos. Allá se vende bien el refresco por la calor.
Después mi vecina me dijo, ¿no quieres ir a trabajar a las blusas? Bueno le dije. Y fui.
En Santa Cruz trabajé 8 años. Me fui con mi familia y dejé cuidadora en mi casa y no quiso salir la cuidadora, y de eso me tuve que venir de vuelta aquí a La Paz. Pude conseguir mi casa, le saqué a la fuerza a la cuidadora, y ahora vivo sola, mi esposo más. Vivo con mi esposo (…) Cuando regresé comencé a trabajar en la construcción.
Hace unos 10 o 12 años (Entrevista con Lucy Mamani, El Alto, Bolivia, 25-2-19).
Luego especifica que comenzó a dedicarse a la construcción a tiempo completo cuando tenía 30 años, por invitación de su cuñado que es contratista albañil. “Yo antes había hecho mi casa, como ya tenía una base, con él fue empezar fácil. Había 2 ayudantes más, entre 4 trabajábamos. Así empezamos, ahorita soy independiente, trabajo sola. Con él trabajé unos 4 o 5 años. Ya gané experiencia”, me dice Lucy durante la misma charla. Ella vive en El Alto y trabaja principalmente allí, aunque a veces “baja a La Paz”. “Cualquier rato me llaman, hágame un murito, póngame una ventanita”, dice con tono de orgullo.
Me comenta que, cuando es para pintura, suele trabajar con 2 de sus 4 hijas, las dos más jovencitas. “A ellas yo llevo como ayudantes, a mis hijas”
(Entrevista con Lucy Mamani, 25-2-19).
Como mencioné, es habitual que las mujeres en las colonias y barrios populares en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México y de La Paz tengan conocimientos adquiridos en la práctica sobre el oficio de construir casas.
86 Pipoca se le dice en Bolivia a lo que en México llaman palomitas de maíz. Se elabora con una variedad de maíz, se los tuesta con aceite hasta que explotan.
178 Forma parte de dinámicas cotidianas para garantizar las condiciones de existencia y de reproducción social. Podemos inferir que el trabajo comunitario, en el caso de la tradición andina, establece el principio de complementariedad entre los géneros. Al llegar a las ciudades, las mujeres comienzan a trabajar en tareas de autoconstrucción con más paridad con los varones, en tanto garantiza las condiciones de reproducción familiar en la construcción de sus viviendas. Las mujeres entrevistadas en México, forman parte de familias que se han asentado desde hace dos o tres generaciones en la gran ciudad. Las transformaciones que produce el proceso de proletarización tiene efectos directos en la individualización del trabajo. Del trabajo comunitario para sostener la vida, se asienta cada vez en el trabajo asalariado, que parte de contratos individuales y que subsume a los trabajos de reproducción familiar para su mantenimiento. En ambas localidades de estudio, las mujeres relatan tener una experiencia protagónica en las actividades de autoconstrucción, sin embargo, ingresar al mercado de trabajo en el sector de la construcción expresa múltiples condicionantes e impedimentos, los cuales parecen ser más laxos en el caso de las mujeres aymaras, debido, por un lado, a su pertenencia étnico-racial y al proceso organizativo que impulsa su ingreso. En México, tanto los procesos históricos de asalarización como de mestizaje han operado en mayor profundidad en la configuración del trabajo.
Numerosas metáforas se han utilizado para analizar la relación entre la lógica del capital y el modo en que opera el patriarcado como sistema de dominación. En el siguiente apartado retomo brevemente, desde la perspectiva del trabajo para la reproducción social, algunas dimensiones del feliz matrimonio entre el capitalismo y el patriarcado desde las experiencias de las mujeres trabajadoras de la construcción, quienes encuentran intersticios significativos para maniobrar la dominación y enfrentar la violencia.
3.5 “Tener dinerito en el bolsillo, sí hace la diferencia”. Maniobras de las mujeres para sostener la vida entre el patrón y el patriarca.
En términos generales, identifiqué que, en Bolivia, mis interlocutoras presentan trayectorias laborales vinculadas al trabajo en el comercio minorista, en el
179 sector agrícola-campesino, la venta callejera, el desempleo y el trabajo remunerado y no remunerado del hogar. Es decir, observo un proceso de proletarización sin demasiada asalarización. En México, por su parte, también presentan una trayectoria heterogénea e intermitente, sin embargo, la mayoría cuenta con experiencia en el sector asalariado, ya sea como operarias en industria y/o empleadas en el sector servicios87. Recibir un salario como retribución de su trabajo en el sector de la construcción, que generalmente supone un monto mayor que el que se recibe por otras actividades, representa un hecho significativo en lo que respecta a su posicionamiento para la toma de decisiones en cuanto a la administración de la economía familiar. Este abordaje analítico no es nuevo, sino que consolidó, en el caso de México, en la década de 1980 y principios de 1990 y se centraba en el análisis de las relaciones de género en el interior de los hogares a partir del trabajo doméstico y extradoméstico de las mujeres (de Barbieri 1984; Benería and Roldán 1992;
Estrada Iguíniz 1996; García and de Oliveira 1994; González de la Rocha 1986). Sin embargo, los relatos de las mujeres constructoras evidencian que es un debate sumamente vigente.
Matilde, una maestra pintora que vive en La Paz, de 46 años, decidió trabajar en la construcción para ayudar con los ingresos del hogar, porque con los de su esposo, que se dedicaba a la docencia, no eran suficiente. Las mujeres elaboran estrategias para hacer alcanzar el dinero, y además, intentan cuidar la salud e integridad de sus hijos. Matilde relata que, lo poco que el marido le daba no alcanzaba ni para el pan, entonces ella se las ingeniaba para elaborar una bebida con cebada y haba, alimento nutritivo para sus hijos.
Cuando ella comenzó a trabajar en la construcción, compraba por quintales en mercados mayoristas, a diferencia de la dinámica establecida con su esposo, que le daba de a poco y, por lo tanto, solo podía comprar por arrobas.
Generalmente, el pago de servicios públicos o alquiler, se hacía con ingresos del hombre. Los gastos cotidianos, dirigidos principalmente a la alimentación
87 “Un rasgo distintivo del mercado de trabajo en México hasta 1970 fue la reducida presencia de las mujeres en las actividades extradomésticas (asalariadas o por cuenta propia) destinadas a la producción de bienes o servicios. Los estudios sobre trabajo femenino realizados en esta época también son escasos. Con la marcada expansión de la presencia femenina en los mercados de trabajo en los años setenta y ochenta ganan importancia los análisis sobre el tema” (García and de Oliveira 1994:25–26).
180 familiar, se realizaba con ingresos de la mujer. A cada uno de los gastos se asocian sentidos positivos o negativos. Las mujeres relatan que sus esposos resaltan el poder y el carácter necesario de los gastos mensuales, a diferencia de los otros.
Al principio, como mi esposo nomás trabajaba, yo tenía que alcanzar todo, agua, luz.
Él me daba la plata, y yo tenía que darle para su pasaje, para sus gastos. Por ese motivo, yo para mis hijos, para que no falte nada, no sé tener para pan. Entonces yo se comprar pito, tostado sabía comprar. Pito de cebada está hecho, es como harina, se tuesta y se hace harina y eso puedes tomar con tecito. Es la haba tostada, y eso se llama tostado de haba. Yo siempre me hacía, no tenía dinero para pagar, entonces mis hijos se hacían tostado, es super nutritivo. Antes no costaba, ahora ya cuesta. A la haba entonces la pelaba, y en la taza, y agua hervida le echaban, tecito más o matecito le ponían, super, así tomaban ellos. Así yo me hacía alcanzar. Cuando yo empecé a trabajar, lo primero que yo hacía era comprar víveres para mi casa y a mi esposo ya le aliviaba. Yo me compraba quintal de arroz, quintal de azúcar, 20 litros de aceite, envases grandes. En mi dinero yo me gastaba todo en eso, ya no me compraba por arrobita nada, porque cuando mi esposo me daba, me compraba por arrobita de arroz, azuquita así. Cuando yo empecé a ganar él ya no me ha dado, no me ha dado el total, algunas veces para mercar no más me daba, o para la verdura.
Pero ya no como antes. Por eso hay ratos que yo extraño tener mi propio dinero, porque yo dispongo, si quiero una olla me compro. Y ahora que no trabajo, tengo que decirle ¿me das para el mercado? Hay que pagar luz, agua, teléfono, internet, telecable, ahora que hay tantas cosas. Entonces él ya pone. No me da el monto que me daba antes, ahora me dice esto es para teléfono, para tal y tal, o sea, digamos que me da 1000 bs para la cocina. Pero ya no puedo comprar en mayorista”. (Matilde, La Paz, Bolivia, 25-2-19)
Es la misma situación que atraviesa Lucy, una contramaestra pintora de El Alto, de 44 años, que hace tabiqueados, sanitarios, lavanderías, instalaciones eléctricas, alcantarillados. Al igual que otras mujeres que comenzaban a llorar cuando las entrevistaba, Lucy lo hizo cuando relató que su esposo se gasta el dinero en alcohol y ella es la que sostiene a su familia. En su relato ella pone de relieve que es utilizado como elemento de poder “Él me da lo que él quiere”, y en última instancia, también se asocia con la responsabilidad materna de cuidar y sostener. Si las y los hijos no comen, será su “culpa”.
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Ahorita yo no tengo mucho apoyo de mi esposo. Él me da lo que él quiere.
Mayormente yo doy la plata. Yo gasto en mis hijos, yo soy la que más sostiene la familia. Él mucho toma, en eso se gasta. (Lucy mira hacia abajo y comienza a llorar) Así fue siempre. No es violento, solamente que tiene esa mala maña de tomar, gastarse la plata que gana. Es electricista, entonces gana un poco más que mí. Y aun así no me da. Yo sostengo todo. Ese es el motivo que yo también me he puesto a la construcción porque digamos, como me tienen como contramaestre, me pagan un poquito más que ayudante. Entonces yo siempre estoy con mis hijos, les doy a ellos.
No me descuido. La mayor tiene 19 años, la que le sigue 18, la otra 12 años, el otro 9 y la última tiene 7 años. Tengo 5. La mayor está estudiando parvulario y ya salió de bachiller, a la otra le falta dos años más para que salga bachiller. Todos viven en mi casa, tranquilos así. Están en la casa. Ahorita yo subo, les hago la comida, les dejo para mañana, para que no se perjudiquen en estudiar, en nada (Lucy, Notas del diario de campo Bolivia, 25-2-19).
Magdalena tiene 47 años y 4 hijos. Cuando vivía con su esposo, la dinámica era similar a la planteada por Lucy. La que tenía que maniobrar con las deudas producto de la administración de su esposo “panchulino”, era ella.
Yo ganaba por ejemplo 150. ¿Y qué hacía? Para mis hijitos compraba yogurt, yo compraba esas cositas, o sea era para los gustitos de mis hijos. Y lo que él hacía era que tenía que pagar luz, movilidad, colegio esas cosas. Hasta que así me empecé a endeudar pues, de aquí, de allá. Después empezaron más los problemas, fue por el dinero que nos separamos. Él era muy panchulino, no era malo, pero era muy conformista. Por decirte, tenemos 200 hoy en día y hemos hablado y hemos dicho esto tiene que ser para la semana. 40 por día. A eso digo cuando digo panchulino, él venía y su hijo le decía papi no hemos ido al parque. ‘Alístense, alístate gordita, vamos’. Y vivíamos nosotros en El Alto, en Río Seco. Desde ahí hasta aquí (La Paz) se hacía el presupuesto en pasajes y que uno quería globitos y que el otro quería esas cositas que giran, que papi un heladito. Y teníamos los 200 para la semana y él sacaba los 200 y los gastaba, o por lo menos 120, y yo le decía ahora qué vamos a hacer. Pero nada, déjalos a nuestros hijos ya están felices, dime que no te ha gustado. Y yo tenía que ir a la carnicería, tenía que ir aquí, y así me endeudada."
(Entrevista con Magdalena, La Paz, 6-3-19)
Lidia Romero, actual Secretaria General de la Asociación de Mujeres Constructoras de La Paz y El Alto (ASOMUC) reconocía el mecanismo de