II. DIMENSIONES TEÓRICO-CONCEPTUALES
4. La perspectiva de género como problemática y dimensión de análisis
4.1 El concepto de género y los roles atribuidos a las mujeres
La tarea de alimentar que articula el funcionamiento de los comedores comunitarios supone un conjunto de actividades que son asignadas a los roles tradicionales de las mujeres, con un fuerte arraigo en la asociación entre la idea de mujer y madre, y la infinidad de tareas que se espera socialmente de nosotras en el desempeño de ese rol.
Desde hace muchos años los estudios de género vienen advirtiendo, visibilizando, denunciando el sistema desigual y opresor al cual estamos sometidas las mujeres. Uno de los aportes inaugurales en este campo fue el Simone de Beauvoir (1949) quien con su potente afirmación de que “no se nace mujer, se llega a serlo” da cuenta del complejo entramado de poder que predetermina roles, espacios y modos de relación en el sistema capitalista, resaltando que se trata de una construcción social. Desde entonces se han elaborado un gran cumulo de producciones dando cuenta de este proceso de dominación.
El entramado de poder anteriormente mencionado es denominado como patriarcado. Valeria Fernández Hassan (2006), citando a Bellotti, lo define como
un sistema de relaciones sociales que se caracteriza por la dominación que los hombres ejercen sobre las mujeres. El sostenimiento del poder patriarcal requiere de una política sexual específica que permita presentar como natural e inevitable la opresión de las mujeres (p. 72).
A partir de este sistema, se construyen estereotipos que sustentan el sentido común (Cremona, 2013) y van definiendo imaginarios sociales sobre cómo ser mujer. Así, determinan a su vez las identidades colectivas y se establece todo un complejo andamiaje de estructuración social. Corina Rodríguez Enríquez (2012) citando a Benería (2003), explica que los estereotipos generan modelos estáticos sobre los géneros, los cuales sostienen por ejemplo que “las mujeres cocinan mejor que los hombres y son mejores que ellos para el cuidado infantil, mientras que los hombres son mejores en el trabajo de mercado” (p.28), lo cual actúa como justificación para la división tradicional del trabajo.
Uno de los ejes más abordados dentro de las teorías feministas es la separación entre el ámbito público y el privado (Valdivieso, 2012). Siguiendo a la autora, podemos decir que en la vida social hay espacios diferenciados que determinan ciertas funciones, roles y relaciones que presentan connotaciones desiguales. Así, el espacio “natural” de la mujer se suscribe al ámbito privado: la casa.
La tarea del feminismo, desde distintas vertientes y con algunos acuerdos y desacuerdos, ha sido la de “politizar” (Valdivieso, 2012) asuntos considerados del orden de lo privado para abordarlos como problemáticas comunes desde el ámbito público. Este modo de incidencia, como sugiere la autora, propone cambios en las maneras de concebir las relaciones de poder, las formas de organización social, hasta incluso asuntos del orden de lo económico y político.
Uno de los aportes en ese sentido ha sido el de dar cuenta de la existencia de una división sexual del trabajo en las formas de estructuración de la sociedad patriarcal. Silvia Federici (2018) reconoce el inicio de este fenómeno con la introducción del salario masculino, a fines del siglo XIX. A partir de este momento, se restringe el acceso al mundo laboral a las mujeres y se limita nuestro ámbito de actividad a las tareas domésticas, generando así lo que la autora denomina como un “patriarcado del salario” e iniciando una nueva organización que es la familia nuclear.
Este acontecimiento provocó un cambio significativo, a partir del cual la mujer, en su rol de reproductora de trabajadores desde la casa, se convierte en el pilar del sistema capitalista. Desde esta postura, el salario no es únicamente una suma de dinero, sino que determina una forma de organizar la sociedad, a partir del cual, el proceso de producción
se destina a los hombres (quienes reciben su correspondiente salario), mientras que el proceso de reproducción es un trabajo no remunerado ejercido por las mujeres.
Desde este lugar, Federici (2018) problematiza el trabajo doméstico de las mujeres y explica que se trata de una forma de explotación, la cual las mujeres asumimos de manera “natural”. Entonces, desde su perspectiva, esta división sexual del trabajo no es algo inocente ni casual, sino que responde al entramado de poder que estructura nuestras sociedades patriarcales:
El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos ―los futuros trabajadores― cuidándoles desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo. (p.30)
En una orientación similar, Elizabeth Jelin (2010) aborda esta problemática dando cuenta de la existencia de una separación entre el trabajo y la familia. Según la autora, las mujeres somos responsables de las tareas reproductivas en tres niveles: el primero de los niveles es el de la reproducción biológica, al ser quienes gestamos a los/as niño/as; el segundo nivel lo constituye el de la reproducción cotidiana, al realizar las tareas domésticas que posibilitan la subsistencia de los/as demás miembros de la familia; y el tercer nivel es el de la reproducción social, a partir del cual las mujeres contribuimos a la socialización y el cuidado de los/as niños/as, transmitiendo patrones de conductas esperadas y reproduciendo el mismo sistema que nos oprime.
Jelin (2010), además, analiza la situación del trabajo femenino incorporando la dimensión de clase. Según la autora, la sociedad patriarcal configura un modelo de familia en el que el núcleo y proveedor es el varón, quien a partir de su actividad productiva puede dar sustento económico al grupo familiar. Sin embargo, este ideal solo puede materializarse en las clases medias, ya que ellos no subsisten a partir de su salario, mientras que en el caso de las clases populares los salarios son insuficientes para garantizar la subsistencia de una familia a partir de un único ingreso.
Es por esto que surge la paulatina incorporación de las mujeres al ámbito laboral.
Federici (2018) explica que esta situación, lejos de constituir un proceso liberador, nos carga con una doble tarea. En el mismo sentido, la incorporación de las mujeres en el mercado laboral, y el aumento de la participación económica no significó una redistribución de las tareas del hogar, sino que:
La redistribución de tareas y responsabilidades hacia los miembros varones es limitada, y tiende a implicar una participación en el cuidado de los/as hijos/as más que una participación y sistemática en las tareas domésticas. Ambas -las tareas domésticas y las de cuidado- siguen siendo definidas como femeninas, a cargo de las mujeres amas de casa-madres que, en caso de disponer de ella, pueden recurrir a la “ayuda” de otras mujeres del núcleo familiar (abuelas, hijas adolescentes o aún niñas) o a mujeres empleadas en el servicio doméstico. (Jelin, 2010, p. 66)
Otra de las dimensiones de análisis que cobra relevancia en esta temática, y la cual ha sido objeto de múltiples reflexiones desde el feminismo, es la tarea de los cuidados como responsabilidad natural de las mujeres y las desigualdades que dicha situación genera.
En esta discusión, Roberta Flores Ángeles y Olivia Guerrero (2014) sintetizan que se han realizado líneas de análisis de la problemática de los cuidados desde una dimensión macro y micro social. En cuanto a lo macro, los estudios feministas han puesto de manifiesto las relaciones entre el Estado/familia/mercado/comunidad; mientras que a nivel microsocial el foco de la problematización ha estado en la división desigual de tareas entre mujeres y varones. Las autoras recalcan la necesidad de que los estudios de género contemplen ambas esferas y no caigan en el error de analizar únicamente los procesos subjetivos que se enmarcan en lo microsocial, porque dicho análisis perdería la capacidad de comprender que las acciones están configuradas por estructuras macro:
En los países latinoamericanos, la figura de la mujer-madre por antonomasia ha sido fortalecida por diferentes actores como el Estado, la Iglesia católica y los medios de comunicación, al grado de ser introyectada por mujeres y hombres bajo esta forma de sexismo sutil, que interpreta una ética del cuidado que deja intacta la división sexual del trabajo y las formas de desigualdad que conlleva. (p. 39)
A partir de la idea anterior, Flores Ángeles y Guerrero (2014) exponen que en los debates que se enmarcan en las corrientes feministas producidas en América Latina sobre la problematización de los cuidados tienen a la maternidad como hilo conductor. Desde estas perspectivas se considera que el rol materno, asociado a las mujeres, es utilizado con fines políticos e ideológicos. Así, se constituye un régimen familista que se sustenta en la figura de la madre, y que constituye un símbolo de estabilidad social.
Siguiendo con la idea anterior, como esta actividad se da en el ámbito familiar, una de las particularidades que las autoras reconocen dentro de las tareas del cuidado es la importancia que adquiere la dimensión afectiva. Por esto plantean que existe una dimensión relacional de los cuidados, que constituye uno de los ejes sobre los que se sustentan las perspectivas en esta temática. En las relaciones que se generan entre quien cuida y quien es cuidado, se produce una dependencia, que en muchos casos está determinada por una dimensión moral, ya que al ser en el seno familiar emerge como una obligación desde el afecto.
La dimensión afectiva y la determinación de roles en las sociedades patriarcales se convierte en una situación enajenante, a tal punto que una de las principales afirmaciones que realizan las autoras feministas es que el cuidado en función de un bienestar para otros termina significando una renuncia del cuidado propio (Flores Ángeles y Guerrero, 2014), es por esto que:
Una ética del cuidado que contempla la identificación y atención de las propias necesidades y no solo las necesidades de los otros resultan de especial importancia para nuestra reflexión sobre las sociedades familistas y orientadas a la maternidad como la latinoamericana, donde las dimensiones moral y emocional del cuidado que ejercen las mujeres tienen dentro de sus mandatos implícitos la renuncia de sí. (p. 34)
Por último, nos interesa mencionar otra línea de análisis dentro de la temática que ronda en torno al concepto de trabajo. Continuando con la perspectiva de Flores Ángeles y Guerrero (2014) la necesidad de definir a las tareas del cuidado como un trabajo, frente las representaciones femeninas asociadas a la figura de “buena madre” y de cuidadora innata, constituye una de las grandes reivindicaciones del feminismo. Desde esta perspectiva, se afirma que es necesario visibilizar que el trabajo del cuidado no es algo natural, sino que:
(…) implica esfuerzo, que requiere de alguien que lo realice, que demanda un gasto de energía física y psíquica, un gasto de tiempo y un despliegue de habilidades desarrolladas a partir del proceso de socialización de género dentro del marco de una ideología patriarcal. (p. 35)