CAPÍTULO II: EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO COMO CONO-
4. Consideraciones generales: Microcosmía y antropología sabu-
La caracterización expresa del hombre como microcosmos por parte de Sabuco está recogida en el título LXII del «Coloquio del conocimiento de sí
40 NOREÑA, C. G.: »Juan Huarte's naturalistic philosophy of man», Studies in Spa- nish Renaissance Thought, p. 219.
mismo». Allí se especifican las tres razones que tuvo para asentir a esta tradicional concepción del hombre.
La primera razón consiste en la equiparación entre el gobierno del alma sobre el cuerpo con el de Dios sobre el universo. En este sentido, vemos que Sabuco se apropia de tal concepción —presente asimismo en otros autores de la época, como Fernán Pérez de Oliva, fray Luis de Granada, H. Merola, Valdés de la Plata, Álvarez de Miraval o Vives—, para manifestar su pensar en torno a la armonía psicosomática que se da en el hombre. Concepción ésta que, en los términos en que está declarada, entraña un encomio de la superioridad y dignidad propia del hombre que, en cierto modo, es comparado con la figura divina.
La segunda razón referida por Sabuco para aceptar la concepción mircrocósmica estriba en considerar que el hombre, y todos los seres vivientes, tienen idénticos movimientos, están en cremento o decremento, por sufrir unos y otros la influencia de la Luna. Tendremos aquí la creencia de que el curso temporal de los movimientos del microcosmos es copia o efecto del curso temporal de los movimientos del macrocosmos.
La tercera razón por la que Sabuco considera que el mundo pequeño tiene semejanza con el grande supone establecer un paralelismo configu- rativo en la variante que Laín Entralgo llamará configuración «estática».
En esta ocasión, Sabuco juzga la nutrición del cerebro por el jugo blanco, y su caída en la enfermedad, como un proceso completamente identifica- ble con el fenómeno meteorológico de la lluvia; es decir, el microcosmos imita la figura visible y el contenido concreto del macrocosmos.
Como se puede advertir, estas dos últimas explicaciones se mueven en un contexto distinto al de la primera razón microcósmica, de destacado acento moral y religioso. En ellas, más que apelar al alma como punto de comparación con el macrocosmos, nos encontramos con consideraciones de carácter fisiológico y anatómico; razones éstas que indican el alcance práctico y especializado que también tuvo, en muchas ocasiones, la misma doctrina microcósmica. Pero, asimismo, se constituyen en muestra reve- ladora de cómo el autor suele quedarse a veces en los esquemas más externos, siempre que no se trata de su propio terreno, el de los afectos; el cual, con relación a la microcosmía, sí es encuadrado de manera correcta en su «primera razón». En este sentido, Sabuco viene a apuntar, al fin, que sólo en las categorías de la libertad, sus actos e influencia, es donde está la más propia idea del microcosmos, porque sólo en ellas no es el hombre relativo a la naturaleza; sólo en ellas es «otro» cosmos que ella.
Sabuco sugiere esta reflexión cuando convoca en su microcosmía concep-
ciones ético-religiosas (rechazo de la soberbia humana y a favor de la gratitud del hombre con Dios). Pero también hay que decir que no apare- cen estas consideraciones por un desarrollo dialéctico o profundización de las relaciones propias de la microcosmía, sino que le son impuestas, aña- didas como compensación, a su otra interpretación de la microcosmía en determinaciones «naturales».
Como he adelantado, la doctrina microcósmica de Sabuco era una teoría compartida por otros pensadores renacentistas que evocaban así la antigua concepción del hombre como «mundo menor». Toda una serie de consideraciones acerca del hombre y de su dignidad, o acerca de su cons- titución anatómica, fisiológica y patológica fueron acuñadas a partir de la noción del hombre como mundo menor. Como también lo fueron las re- flexiones sociológicas, morales y religiosas que se derivaron de todo ello.
La doctrina microcósmica tenía un variado alcance: en unos servía para hacer ostensible la Providencia de Dios; en otros, tenía un alcance más práctico y especializado; para los más, como Sabuco, resultaba ser una doctrina que servía de encrucijada de pensamientos físicos, psicológicos, religiosos y morales.
La correspondencia entre el hombre y el universo podía ser entendida de diversas formas: haciendo del hombre la cima del universo, el centro del cosmos, el ápice de todo lo existente, o bien, concibiéndolo una copia subordinada de la realidad natural. La visión de Fiemo del universo como un enorme organismo suponía un punto de vista diferente del mecanicista.
Como diferente es el pensar de Paracelso al de Pico della Mirándola. El primero hace depender al hombre del universo. Pico apela a la microcos- mía para explicar la dignidad que es propia del hombre, así imagen de la divina sustancia. En algunos se trataba de conocer al hombre para cono- cer el universo y a Dios; en otros, se trataba de conocer el universo para conocer al hombre. La relación entre el microcosmos y el macrocosmos podía ser, como nos señala Laín, de índole «naturalista» o «personalista».
Como, también a veces podía tener la microcosmía un sentido ofertivo o meramente ostensivo: el microcosmos, dice Laín a propósito de fray Luis de Granada, «sirve para que el hombre viva, mas también para que su espíritu lo contemple, se asombre ante él y descubra la existencia creado- ra y providente de Dios» 41
.41 LAÍN ENTRALGO, P.: La antropología en la obra de Fray Luis de Granada, p. 123.
Además de las esclarecedoras reflexiones sobre la noción microcósmica que nos aporta Lamn en esta obra, debemos citar la de F. Rico, El pequeño mundo del hombre. A este respecto, debemos indicar que nos sorprende su elección de la tercera razón sabuceana (equipara-
Estas y otras variantes se podían encontrar en la concepción microcós- mica, y no siempre eran excluyentes. Lo podemos ver en Sabuco. Siguien- do la terminología de Laín Entralgo, se da en la doctrina microcósmica de nuestro autor un paralelismo entitativo, tanto como configurativo; de subordinación, tanto como de perfección. El hombre, en su modo de ser superior, asume los seres inferiores, a la vez que imita la figura del cosmos y reproduce sus movimientos y ciclos, los existentes en el macro- cosmos. Entendida así en Sabuco esta semejanza entre uno y otro mundo, encontramos en ella una serie de nociones decisivas para un más completo entendimiento del hombre, así como relativas al punto de vista metodológico que empleó.
Por un lado, el hecho de que el hombre venga a reproducir en pequeño el mismo orden y disposición que se da en el macrocosmos supone señalar implícitamente el camino de investigación por el que se puede llegar a su mejor comprensión. Para Sabuco, el conocimiento del mundo grande, aparte del interés que tiene por sí mismo, no está desligado de la atención hacia el hombre, ni supone un capítulo aparte, sino que es un esquema referencial válido y adecuado para la investigación sobre la naturaleza humana. En este sentido, hemos de hacer notar que su noción de macrocosmos no está restringida a la estructura y conformación de los Cielos que rodean la tierra, sino a todo el ámbito natural que rodea al hombre, a «este mundo que vemos», de cuya observación quiere hacernos mostrar nuestro autor que eleva sus correspondientes inferencias; bien es cierto, sin embargo, que éstas son más deudoras de concepciones teóricas tradicionales, de los testimonios que recoge de Plinio, o de otros «naturales», que de su perso- nal investigación.
Pero el conocimiento del macrocosmos no sólo es para Sabuco conve- niente propedéutica para internarse en el conocimiento del hombre. Es también pauta indicadora de lo que el hombre es en sí, orientativa de la reflexión que éste ha de hacer sobre su lugar en él. Es decir, el afirmar la dependencia y relación del hombre con otros seres vivientes y con la naturaleza en general, le sirve a Sabuco para juzgar a ésta patrón expli- cativo del proceder humano, pero también para exponer la peculiaridad del hombre y su puesto en el cosmos. Aquí vemos también la justicia de
miento quilo-lluvia) como «la pieza decisiva en la analogía microcósmica' de Sabuco (p. 169- 170). Creemos que, independientemente de la novedad médica que contenía, esa tercera razón es puramente mecánica y superficial. No obstante, agradecemos la consideración de Rico como fruto que es de una atención infrecuente, y reconocemos su interés en el ámbito histórico concreto de Miguel Sabuco.
aceptar en Sabuco una faceta genuinamente filosófica, cualquiera que sea la dimensión de ésta. Pues si Sabuco pensara exclusivamente como médi- co, todas sus observaciones se hubieran dirigido directamente a la rela- ción hombre-macrocosmos en su aspecto práctico, operativo, limitándose a extraer, y aun apurar, las consecuencias médicas de esta relación. Pero estas reflexiones fervorosas sobre el puesto del hombre en el cosmos, sobre su significado e implicaciones, incluso nos parecen traídas con tanto o más interés, y hasta énfasis, que las puramente médicas. Su sinceridad y la ingenua asimilación o yuxtaposición que hace honradamente de ello a su doctrina médica, da a la obra de Sabuco una de sus características más distintivas, tan desconcertante a veces, como atractiva y peculiar.
Desde su microcosmía nos ha hablado del hombre como unidad psico- somática, destacando la preeminencia del alma racional, por cuya causa está el hombre en un grado superior a los demás seres, aunque también esté, por ello mismo, en contrapartida, más expuesto a enfermedades y muertes violentas. Pero, asimismo, desde su microcosmía, a través de las otras similitudes del hombre con el mundo grande, ha resaltado su con- formación como ser de la naturaleza, sujeto invariablemente a sus in- fluencias, y en estrecha relación con otros seres naturales. En este senti- do, Sabuco presenta aquí un aparente determinismo que sería una in- coherencia si no pensáramos que es la exposición directa del médico, del físico, enérgica e ingenua, pero que —sin ser dialéctica propiamente— es incrustada con torpeza formal en un contexto dialéctico. En ese contexto, si no repetimos nosotros una tolerante rectificación, Sabuco trastrueca efectivamente toda coherencia. Este aspecto es de la mayor importancia para juzgar a nuestro autor.
Difícil equilibrio, pues, entre lo espiritual y lo «natural» es el que establece Sabuco en su concepción del hombre y que reproduce, una vez más, su teoría microcósmica. Desde luego que su naturalismo no anula en él una concepción «personalista», de atención a la peculiaridad humana.
Pero también conviene anotar su posición especial, su personal llamada de atención a todo lo que supusiera extravíos, a todo lo que implicara estimación exagerada o desproporcionada acerca del lugar del hombre en el universo. Es, en efecto, el hombre un microcosmos para Sabuco. En lo que ello significa, no le quita el valor y la estimación que le conviene como tal microcosmos. Pero asimismo nos advierte —advierte a todo hombre—, «aora que te conoces á tí mismo», que «no tienes razon en tomar sobervia»; que no nos es lícito ni acertado creernos hijos legítimos de la naturaleza ni hijos legítimos de la fortuna. El conocimiento de su
dimensión natural será justamente para Sabuco la medida correctora para todo hombre que quiera saber en qué lugar y sitio exacto está en el universo. Si el hombre advierte, como él nos quiere advertir, que en su constitución es semejante a las plantas, y en su sentir parecido a los animales y aun inferior a éstos en su dotación natural; si se ha dado cuenta el hombre que, como otros seres vivientes, tiene «sabor y reliquia de la Luna», y obeceden sus ciclos —cremento y decremento— a los del mundo grande o macrocosmos; si el hombre, además, se ha dado cuenta de que es tan frágil su naturaleza que el trastorno de sus afectos le perturba más aún que la misma Luna; si además de sentir la influencia de este mundo, se da cuenta de que su proceder fisiológico y patológico reproduce e imita el proceder de la naturaleza y guarda tantas semejanzas con ella como a lo largo de toda su obra nos quiere demostrar, no tendrá otra opción el hombre más que la de abandonar totalmente toda vana pre- sunción, orgullo, soberbia y altivez. Sólo así recapacitará eñ que aquello por lo que es superior a todos los demás seres no se le ha dado para ocasión de orgullo, sino para reconocimiento de su deuda con Dios. La presencia en el hombre del alma racional será, pues, tanto un motivo justificador de la concepción microcósmica —el gobierno del alma sobre el cuerpo se asemeja al de Dios sobre el universo— como un medio que tiene el hombre para conocerse a sí mismo, para conocer la naturaleza y para conocer a Dios. Por ella conocerá que el hombre «sabe á todo el mundo y de todo tomó»; que su compostura denuncia una finalidad pareja a la del mundo natural; que nunca es semejante a sí mismo, como variado, mudable y transitorio es el mundo natural. Gracias al alma racional comprenderá qué es lo que le puede agraviar y lo que le puede curar, cuáles son, como hombre, como microcosmos, sus grandezas y limitaciones; por ella, en fin, reconocerá que no se le ha dado al hombre tantas mercedes para extravío de su orgullo, sino para agradecimiento y gratitud a su Hacedor. Toda una serie de reconvenciones morales y religiosas se perfilan así como el justo contrapunto de la serie de reflexiones «naturalistas» que vienen, asimismo, convocadas en su doctrina microcósmica.