La relación que existe entre entorno construido y sociedad es el punto de partida de cualquier estudio urbano; el construido materializa las diferencias existentes al interior de la comunidad pero también apunta hacia algunos aspectos de la vida y de las dinámicas sociales. La arquitectura influye en la estructuración del comportamiento de las personas que la viven y la recorren, ya que éstas tienen la capacidad de entender los mensajes en ella contenidos. A la vez la arquitectura posibilita la conformación de un “sentido del lugar” y el reforzamiento de una memoria colectiva ligada a sus espacios significativos (Lynch 1986[1960]; Norberg-Schulz 1988); la construcción de arquitecturas cívico-ceremoniales
29 implica, necesariamente, el trabajo comunitario, es decir la construcción del espacio entendida como obra colectiva desde la colectividad y para la comunidad. McAnany menciona que “……cuando las comunidades comenzaron a construir (y reconstruir) la arquitectura monumental, se crearon nuevos espacios no sólo en un sentido físico sino social, en particular con respecto al ámbito del poder, y- significativamente-de la memoria social.”27 (2010:142 apud Rowlands 1993) (trad. de la autora). De esta forma la arquitectura, en su dimensión espacio-temporal, puede ser considerada como un dispositivo mnemónico y de identificación, además de ser un indicador cultural y cronológico que proporciona informaciones sobre el contexto en que se produjo, es decir las condiciones sociales, intelectuales y técnicas de su época (Zevi 1995:49 y también en Roth 1993:3).
En un nivel elemental, la producción del espacio y de la arquitectura se puede considerar como un proceso que identifica necesidades y las satisface, tanto a escala individual como colectiva (Martin 1997). Al hablar de requerimientos compartidos por una comunidad expresados en las obras propias de un asentamiento estructurado (es decir en donde el suelo, el entorno han sido preparados y modificados por parte del hombre con el fin de permitir su emplazamiento) no hay que perder de vista lo que significa la construcción de lugares y edificios que encarnan y manifiestan las creencias compartidas por el grupo y, al hablar de una sociedad estratificada, que legitiman y reiteran el poder gobernante. Por un lado las condiciones materiales representan un escenario y una motivación que impulsa la interacción social, por el otro el proceso de planificación, expresado en la construcción de infraestructura, lugares públicos y edificios específicos, también contribuye al proyecto de gobernar a través de los mensajes que estos proveen. Por otro lado esas arquitecturas deben de haber sido impactantes para la población que vivió en sus alrededores, y que con ellas se relacionaba cotidianamente o en ocasiones particulares- si es que vivía al exterior de la ciudad (Inomata et al. 2011; Liendo 2011c; Liendo, López y Campiani 2014).
A nivel material, el compartir las mismas creencias, valores y autoridad política implicaría, en diversos asentamientos, la replicación de ciertos espacios y arquitecturas significativos (Ashmore y Sabloff 2002; sensu Canuto y Fash 2004:66; DeMarrais et al.
27 “…when communities began to construct (and reconstruct) monumental architecture, new spaces were created not only in a physical sense but also in a social sense, particularly in reference to fields of power, and – significantly- social memory.” (Mcanany 2010:142 apud Rowlands 1993)
30 1996:19; Houk 2003; LeCount et.al. 2002; Sinopoli 1994:171), mientras que las variaciones en el sistema político, cuando implican una transformación de los mensajes o un proceso de reiteración de valores, tendrán un reflejo en la modificación del espacio y, por ende, de la arquitectura (Inomata et al. 2011; Sinopoli 1994:169). Un cambio sustancial se acompaña a menudo de grandes programas arquitectónicos y urbanos, que modifican casi por completo el espacio central y sus arquitecturas preexistentes en aras de reemplazar el sistema de creencias manifiesto en lo material (O’Neil 2009; Rabinow 2003, Saalman 1971; Sinopoli 1994); pensamos por ejemplo, en la superposición operada por los españoles a la hora de fundar sus ciudades en la América precolombina que, aunque en alguna medida respetaba parte del trazo de los asentamientos preexistentes (Low 2000: 101-123), se acompañó por la destrucción de los edificios símbolos del poder y de las creencias de los pueblos conquistados. Cambios de esa índole son más evidentes en la región del Petexbatún, Guatemala, en el siglo VIII, debido a “turbulentos procesos políticos” (Inomata et al. 2011:78 y 86; Palka et al. 1992) que a menudo conllevan campañas militares y su subsecuente expresión material en obras de defensa y en donde los cambios políticos se manifiestan con la transformación del centro cívico-ceremonial de la ciudad (Inomata et al.
2011:83). De forma contraria en las Tierras Bajas Noroccidentales, en ese mismo período asistimos a una planificación urbano-arquitectónica que deja casi intactos los espacios comunitarios y opera con la sola alteración de los edificios que rodean la plaza principal, y que con ella constituyen un único “organismo arquitectónico público”. Los momentos de particular auge y riqueza de un asentamiento en este caso se acompañan de importantes proyectos de edificación; Plank (en McAnany 2010:177 apud Plank 2004:235) señala que la arquitectura de poder en el Clásico Tardío se construyó para exhibir riqueza y estatus28. Pensamos, por ejemplo, al caso de Palenque y a los proyectos constructivos impulsados por K’inich Janaab Pakal I en el siglo VII d.C.: después de un largo período de derrotas militares se amplía el Palacio, se empieza la construcción del Templo de las Inscripciones- terminado por su hijo, K’inich Kan Bahlam I, mismo que también construye el Grupo de la Cruz29. En estos casos asistimos a proyectos que comportan la edificación de estructuras significativas sobre las preexistentes, en donde puede expresarse un cambio en el discurso
28 “…was newly built to display wealh and status” (McAnany 2010:177 apud Plank 2004:235)
29 K’inich Ahkal Mo’ Nahb’ es el que renovará sucesivamente la “acrópolis sur” (Bernal 2006) a la que pertenece, como cabecera Norte, el Grupo de la Cruz.
31 iconográfico, sin alterar de forma consistente el diseño de las plazas (véase también Marken 2007). Quizás un programa arquitectónico de este tipo responde, por lo menos en el período Clásico, a la continuidad de una estructura política y de un sistema de creencias que se funda en la figura de un gobernante sagrado, el K’uhul Ajaw (Martin y Grube 2008:14;
McAnany 2010). Podemos entonces hablar de modificación parcial del espacio público, en donde asistimos a la constante renovación de lo que es su “marco arquitectónico”, en la superposición de edificios y en los cambios operados a nivel del programa iconográfico en las construcciones. Piedras Negras constituye un ejemplo de las modificaciones sufridas por la arquitectura residencial y ceremonial de la Gran Acrópolis* y del Grupo Sur entre el Formativo Tardío y el Clásico Tardío, las que conllevaron un cambio no sólo en el uso sino en el significado atribuido a los edificios y espacios (Child y Golden 2008:68 y 86). A través de los trabajos constructivos, en el Formativo Tardío se documenta una compleja organización social que tendría un período de decadencia en el Formativo Terminal. En el Clásico Temprano una nueva élite recién instalada, buscaría legitimarse a través de la reocupación del Grupo Sur, lugar que ya guardaba una historia y una memoria (Idem 2008:77 apud Durkheim 1995:312) como anterior centro ceremonial de Piedras Negras, al mismo tiempo modificaría las arquitecturas existentes y edificaría nuevas para que su diseño encajara con sus exigencias. De esta forma el Grupo Sur mantendría por todo el Clásico Temprano su función de escenario de la vida ritual, mientras que la vida política se centraría en el complejo palaciego (la futura Acrópolis) (Ibidem). En el Clásico Tardío, el cambio, la destrucción y reutilización de algunos edificios de la Acrópolis tendrían como finalidad la eliminación de la memoria colectiva existente, en pro de las familias de la no- élite que quedarían después del colapso (Ibidem).
Por otra parte, la disposición comunitaria para llevar a cabo las obras de utilidad social necesarias para el asentamiento, sobrevivencia y reconocimiento del grupo, implica también un sentido de apropiación. La arquitectura y el individuo guardan una relación de influencia y dependencia: la arquitectura se entiende como un elemento importante de las prácticas sociales, “guía”, estimula y acompaña el actuar e interactuar del sujeto insertado en la colectividad. El espacio y los edificios expresan la sociedad que los construye, su complejidad, sus creencias, su sentido de comunidad, la arquitectura nos habla también de
32 la congregación de la colectividad y de las actividades paulatinamente más restringidas a llevarse a cabo en ella; el trabajo comunitario invertido en la construcción, a diferentes escalas, conlleva un compromiso social que debe de tener sus bases en la ideología y en la existencia de creencias comunes al grupo (McAnany 2012)30. Rapoport afirma que el espacio diseñado responde a reglas y expresa un aspecto ideal, mientras que el “espacio social” (1978:28) es el espacio usado para grupos sociales que refleja la estructura de su percepción y de su comportamiento. Sin embargo el reconocimiento, al percibir un edificio, de lo que es, implica que su noción sea un significado cultural previamente existente (Idem:46).
Así las características de la sociedad y de su organización se manifiestan en sus espacios y arquitectura: en la arquitectura pública y cívico-ceremonial, en la arquitectura habitacional, en la organización de los conjuntos y en sus diferencias formales, en la variabilidad de los accesos, en la distribución de esos complejos en la mancha urbana o en el área de sustentación (hinterland). Los procesos de agrupación social se producen en respuesta a tensión social: los barrios son un tipo particular de agrupación social, son enclaves intermedios entre la familia estricta y la ciudad (Rapoport 1978:231).
Mi opinión es que la “función” de la arquitectura tiene dos aspectos de utilitas (utilidad): el primero ligado al arreglo del espacio para cumplir con funciones básicas y prácticas de la población, es decir el vivir cotidiano del individuo y que definiríamos como
“utilidad física”, es decir “…los sistemas primarios de espacios habitables como la infraestructura urbana, la estabilidad estructural y la geometría de los edificios” (Villalobos 2006:4). Debemos considerar que los espacios o arquitecturas se harán más complejos en cuanto a composición y volumen constructivo, de acuerdo a la categoría social que satisfacen. El segundo aspecto de utilitas de la arquitectura tiene una función que
30 Para enfatizar esas experiencias y perspectivas es interesante la aproximación al espacio construido que propone Setha Low, es decir desde la perspectiva de la construcción social y producción social del espacio (2000). La construcción social atañe a la experiencia del espacio por parte de la comunidad,“…is the actual transformation of space- through people’s social exchanges, memories, images and daily use of the material setting- into scenes and actions that convey meaning”, mientras que la producción social “… includes all those factors- social, economic, ideological, and technological- that result or seek to result, in the physical creation of the material setting” (Low 2000: 127-128). En transponer estos dos conceptos a la sociedad maya del Clásico, la “construcción social” concerniría a la importancia que tiene el sentido de comunidad, la sensación de pertenecer a una colectividad y la existencia de una ideología común; la promoción y ejecución de eventos comunitarios en ocasiones específicas contribuye al reconocimiento y al aumento de esta sensación de pertenencia. Mientras que la producción social, realización física de los edificios y espacios públicos, es promovida gracias a la existencia de creencias comunes, es decir de un sustrato ideológico apto para ser utilizado por la clase dominante (véase también DeMarrais, Castillo y Earle 1996:16).
33 definiríamos social, es decir que atañe a la sociedad toda y que se refiere al uso cultural del espacio: éste tendrá entonces una componente de imaginario común y un aspecto ideológico, ya que se habla de lugares de congregación que no sólo fueron construidos para albergar a la comunidad sino para comunicar a la comunidad mensajes y reiterar valores comunes. Tales espacios tendrán así una “utilidad espacial ideológica” o una “utilidad significativa”, ya que pueden reconducir al concepto de cultura, a la existencia de creencias comunes y a la producción de arquitectura y espacios significativos en donde se constituyen, renegocian y alimentan las dinámicas sociales (Liendo 2011a) y cuya monumentalidad y visibilidad son expresión de las intenciones de sus creadores.
El programa arquitectónico cumple con diferentes necesidades, que presuponen un factor de escala diferente: individual y comunitario. A escala urbano-colectiva responderá no sólo a la satisfacción de las necesidades de la sociedad sino cumplirá con la función de comunicar:
a la comunidad, proveyendo mensajes a través de la construcción de espacios significativos, y legitimando el poder de la clase dominante;
desde la comunidad, es decir con el reconocimiento de la colectividad en las obras comunitarias que expresan una ideología compartida;
la comunidad, es decir reforzando el sentido de pertenencia al grupo y contribuyendo a la creación de una memoria colectiva.
A una escala individual, el programa arquitectónico tiende a la satisfacción de las necesidades básicas y prácticas del sujeto y también expresa la clase social de pertenencia en la diversidad de la composición arquitectónica, en su complejidad, decoración, visibilidad y en la inversión de mano de obra.
El espacio construido que hemos descrito, a través de su función como satisfactor a diferentes escalas, conlleva también un aspecto jerárquico de accesibilidad y utilización del espacio que es muy importante considerar a la hora de estudiar un asentamiento (Villalobos 2006). Pensamos en el grupo central-monumental de un sitio maya, con sus edificios específicos, sean estos ceremoniales o de representación del poder político, éste es el lugar emblemático tanto de los procesos sociales (producción del espacio y construcción social,
34 congregación, intercambio) como de la construcción y reiteración de la ideología subyacente por parte de la clase dominante (que representa y materializa la producción social). En una sociedad compleja y estratificada, las dinámicas de interacción descritas se reproducen también a una escala menor, identificable en los asentamientos más nucleados o más complejos a nivel urbano. Tanto en Palenque como en Chinikihá es posible detectar espacios y arquitectura que lo demuestran, además pensamos que las plazas y sus construcciones asociadas en los sitios de rango 2 en el hinterland de Palenque sigan la misma lógica, pero esta vez en una escala menor con respecto al asentamiento de mayor rango.
La visión top-down, que se refiere a la intencionalidad y manipulación de las arquitecturas y espacios cívicos-ceremoniales debe de complementarse con otra perspectiva que considere la comunidad no sólo como mano de obra para la edificación, sino también como un agente activo y básico en los procesos cotidianos, políticos y sociales. Creo que para abordar un estudio que conjugue estas dos perspectivas en un asentamiento maya, hay que empezar a considerar la ciudad en su totalidad. Sólo después de haber entendido su funcionamiento, circulación, sectorización podremos pensar en las correspondencias que estos factores tienen a nivel social, jerárquico y de participación.