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Crisis de la agricultura: otras miradas a la ruralidad

1.1 Transiciones en el campo y estudios rurales: hacia la construcción de una ruralidad particular. una ruralidad particular

1.1.1 Crisis de la agricultura: otras miradas a la ruralidad

Durante el gobierno cardenista (1934 – 1940), la radicalización de la reforma agraria37 intensificó la dotación de tierras y la apertura de créditos rurales, lo que fortaleció el colectivismo ejidal.

Pero a partir de la Segunda Guerra Mundial, el panorama económico se volcó hacia los procesos de industrialización debido a la demanda de productos, y a la imposibilidad de otras naciones de proveerlos. Junto a la llamada sustitución de importaciones, se impulsó la producción nacional y el país fue entrando en un proceso de “modernización”. Fue mermando el interés por impulsar el modelo agrario de los años anteriores; así como la apuesta de un desarrollo cimentado en el campo. Industrializar al país se convirtió en la gran prioridad gubernamental. Se consideraba que la modernización dependía de la multiplicación de fábricas, técnicos y obreros; las innovaciones tecnológicas propiciarían un mayor bienestar a la población. Por lo que el futuro del país residía

37 En el siguiente capítulo desarrollo los elementos históricos y contextuales de la región de estudio.

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ya no en el campo, sino en las ciudades, donde se hallaban las nuevas industrias (Aboites, 2008, pp. 475 – 490).

La inversión en el campo se intensificó a partir de 1940, pero la finalidad fue aumentar la producción y la productividad, sostener a la creciente población urbana, y con miras hacia la exportación. Para 1960, la mayor parte de la población vivía en las ciudades. Mientras el crecimiento económico del país beneficiaba a los habitantes de las ciudades, el campo comenzaba a mostrar fuertes rezagos (Aboites, pp. 490 – 492). Surgió una sociedad urbana centrada en la gran industria y en los servicios; pero apoyada en la agricultura, la cual le transfirió grandes recursos de manera unilateral. Además, las grandes obras de irrigación y la inversión pública favorecieron sobre todo al agricultor privado, por considerarse más productivo que los ejidos. A partir de los años setenta, y sobre todo en la segunda mitad de los años ochenta, México perdió no solo la autosuficiencia alimentaria con la intensificación de la industria agrícola extranjera; sino que el campo entró en una nueva profunda crisis, que llevó a la Ley Agraria de 1992. Incapaz de retener a su población, los habitantes del campo se centraron en una de sus principales alternativas: la migración permanente, o la movilización temporal a las grandes urbes y hacia Estados Unidos (Meyer, 2008, p. 888).

En el momento en que la agricultura campesina ya no fue suficiente para explicar lo que sucedía en el campo, y teniendo de trasfondo los planteamientos de Chayanov, la discusión se polarizó entre los campesinistas (Shanin, 1979; Palerm, 1980; Warman, 1980); y los proletaristas o descampesinistas (Díaz-Polanco, 1977; Bartra, 1982; Paré, 1982). Los descampesinistas postularon la inevitable eliminación y absorción de la agricultura campesina al desarrollarse las economías de mercado. Por su parte, los campesinistas afirmaban su estabilidad y desarrollo; la relación productiva con la tierra permitía subsistir sin acumular. Los campesinos podían dedicarse a otras actividades económicas, recibir salarios, y salir de sus comunidades, pero el objetivo seguía siendo el de ser campesinos. La relación del campesino con la tierra no excluía que tuviera otras actividades productivas y, a veces, las requería como complemento (Shanin, 1979; Warman, 1980) (Calva, 1988, p. 23).

Los proletaristas o descampesinistas retomaron las ideas de Karl Kautsky y de Lenin, quienes a finales del siglo XIX y principios del XX, expusieron la importancia de prestar atención a la agricultura capitalista; la fuerte concentración de grandes extensiones productivas en manos de pocos propietarios; así como a la marcada especialización en la división del trabajo.

Planteaban que estos aspectos contribuirían a la desaparición del campesino y a una prevalencia

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del proletariado (Flores Vaquiro, 2015, p. 14). En este sentido, Lara Flores menciona que el campesino se ve compelido a afrontar sus necesidades económicas utilizando su tiempo sobrante como asalariado; hasta el momento en que le resulte irracional la producción agrícola y venda sus tierras. Las empresas encuentran en este campesinado una fuente de mano de obra temporal, y un mercado para sus productos (1996, p. 325).

Por otra parte, Arias menciona que la insistencia en la noción de que la agricultura solo necesitaba ser complementada tuvo marcadas consecuencias. Ocultó el hecho de que en el campo se había suscitado una gran transición: el paso de una economía basada en la agricultura, a una donde habían cobrado cada vez más importancia los ingresos en efectivo y los salarios.

Impidió entender los cambios económicos y laborales a los que estaban siendo sometidas las familias y sociedades rurales. Cambiaron de una sociedad de productores, a una sociedad donde los campesinos eran cada vez más trabajadores y consumidores. Además, impidió captar el peso de la creciente participación de las mujeres en la economía familiar rural; y la migración de hombres y mujeres en la dinámica y organización económica de la familia campesina (2009, p.

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En estas discusiones sobre las transiciones en el medio rural, Grammont sostiene que existe un acelerado proceso de desagrarización del campo. No por la desaparición de la actividad agropecuaria; sino por el impresionante crecimiento de los ingresos no agrícolas. En los hogares rurales, representan el 93% de sus ingresos monetarios totales. Parece justificado hablar del tránsito de un mundo campesino agrario, dominado por la producción agropecuaria y la familia campesina, a un mundo rural en donde predomina el trabajo asalariado y la familia no campesina (2009, p. 275). Estas reflexiones permiten tejer un puente para otras propuestas de análisis sobre el campo y la ruralidad. Es imprescindible prestar atención a los efectos de estas transiciones y a los fenómenos considerados como secundarios o no tomados en cuenta en los anteriores estudios rurales.

Para Grammont y Martínez Valle, el mundo rural latinoamericano cambió mucho en las últimas décadas del siglo pasado. La orientación del cambio no fue en el sentido del afianzamiento de las actividades agropecuarias y agroindustriales; sino de la diversificación ocupacional en actividades del sector secundario (manufacturas y talleres), y terciario (servicios).

De allí que para explicar lo que pasa actualmente en el medio rural sea importante analizar el

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tema de la pluriactividad,38 como una estrategia central de las familias rurales en el inicio del siglo XXI (2009, p. 9). Kay menciona que el concepto pluriactividad se empezó a utilizar más comúnmente en Europa en la década de 1980. Se refería a la creciente diversificación de las actividades de los agricultores, en particular, a las actividades no agrícolas, como las artesanías, el turismo rural y otros servicios (2009, p. 609). Grammont considera que la compleja combinación entre actividad agropecuaria y asalariada, ocasionalmente con pequeños negocios y oficios propios, se conoce como pluriactividad campesina (2009, p. 274). Arias menciona que la pluriactividad incluye todas las actividades que se llevan a cabo por cuenta propia en los hogares, con el objetivo de generar productos o ingresos para el grupo doméstico. Como los productos agrícolas para el autoabasto y la venta; la cría y engorda de animales; y el trabajo femenino a domicilio, que cada vez se diversifica más y se resignifica, así como el trabajo de cuidados (2020, pp. 144-148).

El predominio de la función agrícola impedía mirar otras iniciativas y procesos que ya estaban bastante consolidados en la región. No existían estudios pluridisciplinarios que dieran cuenta de la complejidad del mundo rural, puesto que se pensaba desde lo agrario, y no desde lo rural. Retomando el paradigma chayanovista de la economía campesina, se concibieron a las actividades familiares no agrícolas como “complementarias”, respecto a las actividades agropecuarias de la finca (Grammont y Martínez Valle, 2009, p. 9). La complementariedad ignoraba otros procesos presentes en las dinámicas familiares; no solo las actividades eran complementarias, sino quienes las llevaban a cabo, mujeres y niñas/os (y también mujeres y hombres de la tercera edad); aunque en la práctica estas actividades fueran el principal sustento de las familias (Arias, 2009, p. 35).

También la pluriactividad se manifiesta como un proceso más vinculado a una dinámica externa, ya sea por la presencia de empresas foráneas o de inversionistas que estimulan el desarrollo de “nuevas” actividades. Pero estas dinámicas corren el riesgo de ser meramente coyunturales, o de responder a demandas que provienen de patrones de consumo foráneos. En cierto sentido, imponen nuevos criterios de actividades al asentarse en el territorio. El desarrollo de estas actividades debe considerarse también como el resultado de la ampliación del espacio social y de la presencia de nuevas relaciones entre lo local y lo global (Grammont y Martínez

38 Diversos autores consideran que la noción de pluriactividad incluye tanto las estrategias llevadas a cabo al interior de los hogares, como a las actividades remuneradas mediante un salario. Arias señala que las primeras refieren propiamente a la pluriactividad, y las segundas al pluriempleo, por lo que es conveniente diferenciarlas (2020, p.

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Valle, 2009, p.14). Estas interacciones me parecen muy pertinentes para configurar los escenarios rurales actuales; pero agregaría las estrategias que surgen desde los mismos espacios y desde las familias, que permanecen y también se insertan o exportan a otros contextos rurales y urbanos.

Concuerdo con estos planteamientos sin dejar de lado que las “nuevas” actividades en muchos casos ya se realizaban, pero los agentes externos modificaron sus patrones e incrementaron su presencia en el campo. Otra cuestión necesaria para explicar los procesos de pluriactividad es la actuación del Estado y de los organismos gubernamentales y privados en el fomento de estas actividades. En muchas ocasiones tienen un papel fundamental en el desarrollo e implementación en ciertos territorios. Propongo que el concepto de flexibilización permite explicar con mayor profundidad su presencia y los cambios que acontecen. Es también una práctica que se ha intensificado en tiempos recientes, y que reconfigura el espacio rural, en específico en lo relativo al pluriempleo.39 Considero llevar el concepto más allá, pensar la flexibilización no solo como algo externo a los actores, sino desde las prácticas y percepciones que sobre sus estrategias y actividades tienen las mujeres y las familias.

Los procesos de globalización neoliberal, además de propiciar la pluriactividad rural, han aumentado las presiones competitivas sobre la agricultura, pero también sobre el resto de las actividades económicas. Los procesos de flexibilización rural han ampliado y profundizado las relaciones capitalistas de producción en el campo, empeorando las condiciones del empleo rural.

La mecanización continua ha disminuido las oportunidades de empleo; los empresarios han reducido los costos de mano de obra al sustituir a trabajadores fijos y estables, por una fuerza de trabajo temporal y flexible. Con mayor frecuencia se utiliza a subcontratistas40 que se encargan de suministrar un cierto número de trabajadores por un plazo establecido. De esta manera, evitan

39 Arias menciona que el pluriempleo incluye las actividades que se realizan fuera del hogar por las cuales los y las trabajadoras perciben un salario, e incluye la propiedad de empresas que cuenten con trabajadores asalariados (2020, p. 148). Algunos ejemplos son el trabajo como jornaleros, las manufacturas, el trabajo en granjas, así como realizando múltiples labores de servicios en zonas turísticas o urbanas; lo que varía notoriamente a partir de la cercanía o lejanía de las poblaciones rurales con las ciudades (ibíd., pp. 152 – 153).

40 Battistini menciona que las empresas multinacionales o transnacionales realizan prácticas de subcontratación de trabajadores rurales. Los trasladan a diversas regiones y someten a largas jornadas de trabajo, sin las condiciones adecuadas y sin poder salir de la finca o terreno donde trabajan, ya que se les instala en carpas o viviendas precarias hasta que terminan la recolección de las cosechas (2018, p. 302). En nuestro país, el 23 de abril de 2021, se publicó en el Diario Oficial de La Federación un decreto que reforma la Ley Federal del Trabajo y que prohíbe la subcontratación o el “outsourcing”. Queda restringido solo a servicios especializados, con lo que se espera modificar el panorama laboral propiciado por estas prácticas.

Consultado en: http://dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5616745&fecha=23/04/2021

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asumir la responsabilidad de costos asociados al salario, como pagos de seguro social, pensiones, vivienda y servicios médicos (Kay, 2009, p. 614).

De igual forma, cada vez más, los trabajadores son remunerados a destajo, lo que intensifica el trabajo y el número de horas trabajadas. El uso extendido de subcontratistas de mano de obra ha debilitado a los sindicatos rurales. La organización de los trabajadores se dificulta, ya que llegan de diferentes lugares y tienen contratos temporales sin garantías. El excedente de mano de obra rural los coloca en una posición de vulnerabilidad. Los patrones lo aprovechan para su explotación; los trabajadores no tienen más opción que aceptar las precarias condiciones de trabajo. Algunos autores se han referido al empeoramiento de las condiciones laborales como “flexibilización primitiva” o “flexibilización salvaje” (Lara Flores, 1996). De ahí que la globalización neoliberal pueda crear oportunidades, ganancias y riqueza para los capitalistas rurales; pero agudice la explotación de los jornaleros rurales y multiplique la exclusión social, sin mencionar la degradación de los recursos naturales.

La creciente flexibilización de las actividades rurales ha afectado a hombres y mujeres.

Sin embargo, el rápido incremento de las exportaciones hortícolas de flores y frutos ha creado, sobre todo, oportunidades de trabajo para las mujeres. Los patrones prefieren contratar a mujeres, ya que parecen estar más dispuestas a aceptar trabajos temporales, y menos paga que los hombres; además, son menos afectas a unirse a los sindicatos laborales. Los patrones también sostienen que las mujeres trabajan mejor, ya que son más cuidadosas al desarrollar el trabajo. Por tanto, se ha dado una feminización de trabajadoras agrícolas asalariadas y de temporada, vinculadas a las exportaciones agrícolas no tradicionales; pero también al trabajo en las maquiladoras, fábricas y granjas (Kay, 2009; Arias, 2009, 2020).

Coincido en que esta “flexibilización salvaje” produce efectos de mayor marginación y precariedad para las familias rurales y para las mujeres. Sin embargo, es importante señalar que es común que las mujeres manifiesten su disposición, e incluso conformidad al realizar este tipo de actividades. Las mujeres no se viven en una situación de explotación, por el contrario, les parece una oportunidad para generar ingresos que en otras circunstancias no obtendrían. La flexibilización está no solo en las condiciones laborales, sino en las percepciones y formas de vida de las mujeres y familias. Buscan múltiples maneras de adaptarse, pero también responden con sus propias invenciones e iniciativas flexibles. Abordaré más adelante esta discusión sobre la flexibilidad y las “oportunidades” que se generan en el contexto rural; ya sea con la llegada de

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otras ofertas laborales o propuestas de ocupación, y en relación con la gentrificación rural de San Cristóbal, vista más allá del territorio.

También la persistencia campesina de fines del siglo XX, dada en el marco impuesto por los procesos de integración económica internacional, dio pauta al surgimiento de la discusión sobre las nuevas ruralidades. Los sujetos campesinos se integraron como nuevos actores rurales en el proceso de globalización económica; a partir de las profundas reformas macroeconómicas estructurales que impactaron en el campo mexicano. La nueva ruralidad reconoce la necesidad de abordar las limitantes del análisis de la “vieja” o tradicional ruralidad; centrada, entre otros aspectos, en la dicotomía rural-urbana, y en la producción agrícola-no agrícola (Rosas y Fuente, 2013, p. 436).

Kay menciona que el concepto de nueva ruralidad es un enfoque muy latinoamericano de los estudios rurales, aunque pudo haber tenido cierta influencia de los estudios europeos que utilizaban una perspectiva orientada al actor (Long y Long, 1992; Van der Ploeg, 1993) y más específicamente de los que analizan la “agricultura a tiempo parcial” (Arkleton Trust, 1985;

Gasson, 1986), la “pluriactividad” (Marsden, 1990; Reis et al., 1990), así como la

“multifuncionalidad” de la agricultura, de los territorios, y lo “posrural” (Murdoch y Pratt, 1993).

Sin embargo, para Kay, existen importantes diferencias entre estos términos y la nueva ruralidad, que es un término más rico y extenso; abarca fenómenos que otros términos no incluyen y, sobre todo, se refiere a un contexto muy diferente al de los países europeos (2009, p. 609).

Algunos autores han mostrado su escepticismo ante la adopción de esta corriente. Sergio Gómez ha hecho una importante contribución al debate sobre la nueva ruralidad al cuestionar que tan nueva es la nueva ruralidad; aunque reconoce que han ocurrido muchas transformaciones importantes en el sector rural. Concluye que quizás lo nuevo es que ahora se mira una realidad que antes se ignoraba. Por su parte, José Bengoa asevera que una nueva ruralidad significaría que se han producido cambios fundantes, nuevos sujetos, nuevas relaciones productivas, y nada nos dice que eso ocurra de una manera homogénea y definitiva (Kay, 2009, pp. 610-612).

La nueva ruralidad también se interpreta como una forma de reconsiderar el desarrollo rural en términos de una variedad de metas normativas: reducir la pobreza; la sustentabilidad ambiental; la equidad de género; la revaluación del campo, su cultura y su gente; facilitar la descentralización y la participación social; superar la división rural-urbana, y garantizar la viabilidad de la agricultura campesina (Ibíd., p. 613). Comparto la postura sobre la necesidad de

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estudiar y complejizar estas relaciones en diversas dimensiones, pero creo que se deben matizar los alcances de la nueva ruralidad. Una alternativa para analizar la ruralidad actual y específica de San Cristóbal podría ser desde las formas de integración de los actores y familias rurales en los procesos de globalización económica. Pero también desde el intercambio de prácticas, significados y formas de vida en sus distintas interacciones. Destacar su flexibilidad y el papel que juegan en la diversificación de las actividades rurales, en los empleos e ingresos no agrícolas, así como las formas de negociación al interior y exterior de las familias y la comunidad.

La participación de las actoras rurales en estos cambios puede plantearse desde la propuesta de la posruralidad. Murdoch y Pratt (1993, p. 411) proponen que para un estudio de lo posrural, se requiere una revaloración de los “otros descuidados”, para buscar una perspectiva más reflexiva de los procesos que dan lugar a lo rural. Los autores precisan la importancia de escuchar a las personas cotidianas en los contextos cotidianos. Poner fin al uso de conceptos como lo urbano y lo rural, para analizar la forma en que los lugares son un hecho; así como un enfoque en el poder, ya que ciertos actores imponen su ruralidad a los “otros rurales”. En el mismo sentido, Battaglia, Certomà y Frey (2019, p. 81) mencionan que una rama de los estudios de la sociología rural denominada estudios posrurales, dedicó su atención a cartografiar las geografías rurales desatendidas, y las relaciones de poder involucradas en las creaciones de identidad, desde el espacio y el lugar.

A diferencia de la comprensión convencional de lo neorural -como baluarte contra la globalización, industrialización, digitalización y virtualización de la vida-; la teoría posrural se centra en la dinámica de los procesos de desarrollo local “de adentro hacia afuera”. Se enfoca en el análisis de la relación entre los actores rurales como agentes clave en la producción de patrones de gobernanza, y en el papel de los actores externos en el nuevo capitalismo. La agencia social se define como un motor de cambio que contrasta con la visión tradicional de las zonas rurales;

como receptoras pasivas de movimientos externos de capital y de trabajo en medio de la globalización. La teoría posrural se centra en la agencia de redes de actores que traspasan la brecha urbana-rural. Influyen en la producción material y simbólica de lo rural al movilizar múltiples conjuntos de relaciones de poder. La cultura es crucial en el establecimiento de la agenda política y agrícola, así como en la comercialización de bienes y servicios. El nuevo panorama de las estrategias de desarrollo rural está definido por redes distribuidas que enlazan los espacios rurales con procesos más generales, y no solo agrícolas o de cambio económico (Battaglia, Certomà y Frey, 2019, p. 82).

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Algunos elementos de la posruralidad, desarrollada en el contexto europeo, pueden dialogarse con las nuevas ruralidades latinoamericanas; pero falta agregar las relaciones desiguales y de poder presentes en estos espacios, que provocan tensiones y delimitan la actuación de las personas. El objetivo es plantear un enfoque específico a los intereses de este estudio, desde el papel de las mujeres y las familias artesanas como actoras rurales que construyen su propia ruralidad, a partir de las estrategias e interacciones que llevan a cabo en su vida cotidiana, pero unidas a su contexto histórico y estructural. Junto a los estudios rurales, propongo que la organización de las familias, y el papel de las mujeres, resultan imprescindibles para establecer las bases conceptuales que explican y articulan los planteamientos teóricos.

1.2 Cambios en la condición femenina y transformación de las familias campesinas/rurales.

Para abordar los planteamientos sobre la participación de las mujeres en las familias y comunidades rurales, así como en los cambios en sus formas de organización (De Oliveira y Ariza, 2000; González Montes, 2002; Fowler-Salamini y Vaughan, 2003; Chant, 2007; Arias, 2009; Safa y Aceves, 2009; De Oliveira y García, 2017) es relevante establecer estos dos fenómenos en dialogo constante. Poco a poco, han ido cambiando las representaciones y las prácticas de convivencia familiar en todos los sectores sociales; aunque los significados sean distintos según la pertenencia de clase, identidad de género, edad y origen social de sus miembros (Safa y Aceves, 2009, p. 41). Las familias artesanas y rurales han experimentado cambios trascendentales y particulares en sus formas de vida e interacciones, lo que pretendo analizar desde sus relaciones en la generación de recursos y sus estrategias familiares de vida.

Las discusiones teóricas sobre el estudio de las familias y sus transformaciones son variadas y complejas; representan un campo muy amplio donde pretendo centrarme en la familia rural, aunque requiero plantear los enfoques de algunos de sus principales representantes. Son diversas las definiciones y elementos discutidos en las familias y en la familia rural. Una propuesta inicial, que planteo seguir dialogando a lo largo de los capítulos,41 configura a la familia rural como un constructo histórico-social y cultural basado en el parentesco, que entremezcla formas de control y posibilidades de agencia entre sus miembros. Su análisis va más allá del núcleo doméstico, la corresidencia y las formas de producción familiar, propios de los estudios agrarios

41 En el capítulo cuatro profundizo en las discusiones teóricas sobre las familias y sus formas de organización.