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Cuarteto de máscaras (1976)

VI. LA ETAPA EXPERIMENTAL

6.4. Cuarteto de máscaras (1976)

Como antes comentábamos, los personajes que forman parte de esa realidad mágica de Monsalve tienen asegurada una pervivencia en el tiempo que sobrepasa los límites de la mera existencia material, al desafiar las ataduras físicas que imponen el espacio y el tiempo. Esa, al menos, parece ser la intención de Rodrigo Rubio, quien, con la creación de ese mundo monsalveño —mezcla de fantasía, magia, superstición, sueño y

leyenda— ha asegurado a sus personajes esa vida de la que hablaba Knut Hansum en la cita con la que se abre la novela: “…no morimos para estar muertos, para ser algo muerto; morimos para podernos transplantar a la vida, morimos para vivir...”1026

Y este tipo de vida es el que el escritor albaceteño presenta en Cuarteto de máscaras, novela en la que comenzó a trabajar en 1962, cuando vivía en Valencia, y que fue concluida, ya en Madrid, en 1974.

Una obra, pues, fruto de un largo y complejo proceso de elaboración, con la que Rodrigo Rubio obtuvo el premio Novelas y Cuentos de la editorial Magisterio Español en 1975, así como una gran atención por parte de la crítica literaria del momento.

Veintitrés años después de su publicación, Francisco Gómez- Porro se refiere a Cuarteto de máscaras como una novela más extravagante que otras suyas, a lo que Rodrigo Rubio responde que esta novela es el resultado de su deseo de alejarse del realismo y de sumergirse en ese esperpento cuyos mejores modelos se encuentran en nuestra literatura:

“Con Cuarteto de máscaras y Papeles amarillos en el arca quería salir del realismo, bucear en el esperpento. Algunos dijeron que estaban influidas por la literatura del realismo mágico sudamericano, pero la verdad es que están más cerca de Valle-lnclán y de Quevedo.”1027

En el prólogo-presentación que aparece en la novela, Antonio Prieto, conocido escritor y miembro del jurado que le concedió el premio y prologuista de la edición de Cuarteto de máscaras, advierte al lector de que en la narrativa que se escribía en ese año 1975 se podían detectar, en su opinión, tres orientaciones diferentes:

a) un grupo de novelas de cierto tono intelectual o de cierto tono lírico donde existe una preocupación por las formas narrativas, llevadas a veces a extremos experimentales y con un saludable abandono del mimetismo por la novela latinoamericana; b) un grupo de novela (digamos) realista, enclavada en directrices históricas o políticas o testimoniales, pero con evidente abandono de aquello que 1026 Rubio, Cuarteto de máscaras, 9.

se llamó social, y finalmente, c) una serie de novelas dentro de lo que podríamos llamar destape o desmadre actual, y que para un lector que haya viajado un poco por la literatura y Europa le parecerán un tanto

“paletas”, aunque justamente se esgriman conceptos como represión, censura, alienación, apocalíptico, etc.1028

Pues bien, a tenor de esta clasificación, afirma Antonio Prieto que Cuarteto de máscaras se sitúa entre las dos primeras orientaciones, como se puede apreciar con solo mirar el título que encabeza el primer capítulo: “Donde se da noticia de unos extraños hombres que, según rumores, repartían felicidad”.1029 Una titulación —esta y, en general, la de los dieciséis capítulos en que se divide la novela— que responde a un gusto por el ritmo y la sintaxis clásicos y a unos datos referidos a elementos reales, con la salvedad de que siempre se introduce alguna referencia o alguna pista que nos conduce hacia lo raro, lo mágico o lo misterioso.

De ahí la consiguiente afirmación de Antonio Prieto en el sentido de que esta es, para él, la mejor novela del escritor albaceteño:

Sí señalo que Cuarteto de máscaras es la mejor novela, de las para mí conocidas, de Rodrigo Rubio. Creo que su personalidad narrativa se agranda en esta obra con nuevos horizontes (y riesgos), al tiempo que su prosa (y su formarse en ella) aparece más serena o meditada, más trabajada en su estructura.1030

Otro de los miembros del jurado, Manuel Cerezales, en su informe sobre Cuarteto de máscaras, hizo constar que se trataba de una novela en la que el autor había querido retratar con fidelidad una serie de gentes, costumbres y tradiciones de la zona en la que se desarrolla la acción. Destacaba, además, el buen trazado de tipos, el análisis del

1028 Rubio, Cuarteto de máscaras, 13-14.

entramado social, la pintura de paisajes y la fuerza y expresividad del lenguaje. Y añadía lo siguiente:

Novela fuertemente realista, que trae a la realidad visible el mundo invisible de los muertos. La transposición está realizada con arte indudable, sin echar mano del consabido recurso de apariciones de ultratumba. La presencia simultánea de los muertos y los vivos se produce en el plano de la creación artística, sin necesidad de ninguna otra justificación.1031

Por su parte, Dámaso Santos, otro integrante del jurado, se refería a la creación de una población espectral por parte de Rodrigo Rubio, lo que le traía al recuerdo lo realizado por Juan Rulfo en Pedro Páramo o por Torrente Ballester en La saga/fuga de J.B. Y comentaba que lo espectral estriba tanto en la presencia avasalladora de los visitantes enlutados como en el propio pueblo de Monsalve, a pesar de que “todos los elementos que constituyen el relato exhiben el apabullante realismo íntimo y sanchopancesco de un poblachón manchego”.1032

Otro crítico que también menciona la posible influencia de Juan Rulfo es Antonio Valencia, quien en su reseña de la novela la incluye inicialmente entre las concebidas y ejecutadas dentro del realismo mágico, si bien a continuación habla igualmente de la presencia del “antiguo lirismo de la transfiguración campesina, enraizada, de las novelas más significativas de Rodrigo Rubio”. De modo que, finalmente, lo realista y lo irrealista conviven y se mezclan para, en su opinión, configurar la mejor novela del escritor albaceteño:

En los enfrentamientos y contactos de las máscaras y el pueblo se realiza lo que en el mundo de Juan Estorbo se ha fundido ya sin esfuerzo. Este juego literario está en las coordenadas que el realismo mágico ha traído a la novela y así podemos decir que “Cuarteto de 1031 Cerezales, “Un mundo áspero, abigarrado, de configuración esperpéntica”, 66.

máscaras” se halla, tanto como desenvolvimiento desarrollado de la narrativa anterior del autor como en el suelo novelesco que por un lado podría representar el “Alfanhuí” de Sánchez Ferlosio y por otra parte de la novelística de Manuel Scorza por no hablar de “Pedro Páramo” de Juan Rulfo en cuanto al género próximo [...] En la ejecución, pues, es donde se precisa “Cuarteto de máscaras” como la mejor novela de su autor.1033

Es muy cierto que en Cuarteto de máscaras siguen estando presentes las raíces rurales del escritor albaceteño, tan características de sus novelas precedentes. La principal innovación consiste en lo que ya había anticipado en los relatos de este apartado a los que antes hemos tenido ocasión de referirnos: el tratamiento de sus personajes, que ya no son esos seres tan blandos y entrañables a los que nos tenían acostumbrados en sus primeras novelas y cuentos. En esta etapa experimental, se han vuelto más sarcásticos y, en algunos casos, esperpénticos, como consecuencia de la natural evolución en las preocupaciones y los gustos estéticos del autor, como él mismo confesaba durante una entrevista realizada en diciembre de 1975:

Las preocupaciones pueden ser las mismas, pero cada vez son más amplias. En un principio, en mis novelas, y fruto de mi enfermedad, se reflejaba la nostalgia de ese mundo rural, del que yo había perdido la posibilidad de poder volver, el mundo familiar, de mis hermanos mayores. Había también una constante social que también conocía por mi vida en el campo, que era el problema de la emigración, del éxodo. Ahora es distinto; me preocupan los problemas del mundo y la situación del hombre en cada momento, me preocupa la alienación, el hombre borrego manipulado por una sociedad de la que no puede escapar, la falta de libertad, el encauzamiento del hombre..., esto es la angustia que trato de expresar en mi obra.1034

Para expresar esta angustia vital, esta alienación, el autor se sirve de ese mundo, mitad realidad, mitad mito, que representan las gentes de la legendaria localidad de Monsalve, en la que vuelve a situar el desarrollo de los acontecimientos que tienen relación con el personaje de Juan Estorbo y de unos extraños personajes que iban por el mundo repartiendo felicidad.

Unos hombres que habían aparecido por los alrededores de Monsalve hacía algunas fechas, sin coche y sin escopetas, y sobre cuya identidad se lanzan diversas teorías, fruto de un curioso perspectivismo:

unos creen que pueden ser de aquellos húngaros que acudían al pueblo antes de la guerra; otros, que son delegados gubernamentales de los que registran hasta los colchones de las casas; alguien afirma que vienen en busca de Juan Estorbo, un muchacho que se había ahorcado; otro dice que pueden ser rojos que se han vestido de negro para disimular y que nadie los persiga y capture; algún otro, que eran buscadores de espíritus desaparecidos, y Pascualeta la Tiesa asegura que esos tres hombres y esa mujer con gentes como del cielo, pues vienen “del mundo donde ya se baila agarrao, se come mejor que ayer y los dolores se quitan con polvillos y pastillejas”1035, según le ha dicho su pajarillo Clarín.

Lo cierto es que la presencia de aquellos extraños tipos había sembrado la inquietud en la gente de Monsalve, como “en aquellos lejanos años en los que aún vivía Nicolás, el que llegó a creer que, en un barranco, los vidrios allí volcados eran oros y otros metales preciosos”.1036 Pero aquello, como dice el narrador, era una leyenda vieja; aunque, inmediatamente, puntualiza que, como en Monsalve habían pasado cosas buenas y malas, cada suceso de ahora podía tener relación —según el creer de todos— con otro suceso antiguo. De este modo, nada más comenzar la novela, ya el narrador nos informa de la relación existente entre los dos espacios narrativos presentes en la novela: el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, de los espíritus y de las leyendas del pasado. Y lo mismo ocurre con la vinculación existente entre Cuarteto de máscaras y Papeles amarillos en el arca, como lo pone de manifiesto el hecho de que Torcuato Moreno, el alcalde, califique a Pascualeta como la heredera de Tomasita la Muda, de la vieja Edelmira, de Jacinto

1035 Rubio, Cuarteto de máscaras, 28.

Catacaldos, de Miguelón Simpadre y de la bruja Clara. Personajes, todos ellos, que, según Venancio Escribano, dieron brillo a Monsalve.

Según Pascualeta —a la que le encantaría ser como el viejo y legendario Paco Sentencias, el que convirtió en pulga al Mago Lú—, los cuatro enlutados habían llegado al pueblo en busca de Juan Estorbo y de su historia, porque, en esos nuevos tiempos que corren, nadie puede

“ahorcarse ni buscar la muerte en río alguno. En su opinión, estas gentes son buenas, a pesar de que parecen enterradores. Y, aunque vienen de mundos en los que se vive como dioses, ellos están haciendo una especie de penitencia previa al encuentro con Juan Estorbo y, por eso, no comen más que algunos mosquitos, como hacen las golondrinas y los vencejos.

He aquí que Rodrigo Rubio, sin que apenas nos demos cuenta, nos ha dado la clave interpretativa de la novela Cuarteto de máscaras y del resto de las obras que configuran este apartado de la literatura experimental. Lo que el autor quiere hacer ver a sus lectores es que, mediante el desplazamiento de la realidad hacia un plano de irrealidad, simbolismo, esperpento y leyenda mágica, también se puede realizar una crítica contra el sistema político, social y cultural imperante en la España de la posguerra. Porque el del realismo crítico, el del realismo social, no es ya el único camino para la denuncia. Existe este otro del realismo mágico en el que, en un tono menos crudo y más imaginativo, se puede satirizar y esperpentizar ese mundo de paz en el que, según algunos, se vive como dioses.

Es más, Rodrigo Rubio plantea una hipótesis muy interesante relacionada con el tema de la muerte, ya que en la novela se produce un enfrentamiento entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.

Juan Estorbo, según opinión casi generalizada, está muerto, aunque Pascualeta afirma que ese muchacho “no pudo matarse, y si se mató, no del todo lo haría, pues él es el que, en unión de nuestros antepasados, mueve el badajo y nos trae el campaneo alguna que otra noche”.1037 Es decir, de una u otra forma, parece que, inicialmente, Juan está, del todo o en parte, dentro del universo de los muertos y los antepasados de Monsalve. Por el contrario, los cuatro enlutados, que pertenecen al mundo de los vivos y, más aún, al de los que viven bien, tratan de

demostrar que Juan no ha muerto y, por eso mismo, han de redimirlo y llevarlo a ese lugar en donde se vive mejor.

Esta dicotomía entre un mundo y otro parece quererla romper, aunque solo sea en parte, Pascualeta, quien sirve de nexo entre ambos extremos, por cuanto ella, situada en el lado de los vivos, mantiene algún tipo de contacto con los de la otra orilla. De ahí que sea a ella a quien se dirija el alcalde para lanzarle un serio aviso, en nombre de todos aquellos a los que él representa, acerca de ese universo constituido por las historias y leyendas del pasado:

Pascualeta, tenemos que hablar. Esos hombres nos dan miedo, y tú no nos has apartado los temores. Juan Estorbo fue un pobre muchacho que no resistió la muerte de los otros, la muerte de los suyos. Nadie le dio una cuerda para ahorcarse ni nadie, tampoco, le empujó a las aguas del río. No queremos que de este pueblo saquen más historias de muertos, duendes y fantasmas, que ya hilvanaron bastantes, valiéndose de aquellos papeles amarillos que la bruja Clara le dejó a un nieto que nadie vio nunca, aunque cuentan que estuvo aquí y conoció, tratándolos, desde José Maquila —el que convirtió a su mujer en tallo de malva— hasta Tinejo —aquel puterote—, que, enclenque y medio lelo, adornó la cabeza del mayor de los Manodura... No queremos salir de nuevo en “los papeles”, y menos con esos tintes, Pascualeta; de modo que nadie cuente historias, si las sabe, y menos si no las sabe y se las inventa.1038

Lo que ocurre es que los deseos de Torcuato Moreno chocan frontalmente con los de su creador, Rodrigo Rubio, para quien resulta necesario e inevitable mantener vivo el recuerdo de los papeles amarillos que aquel nieto de la abuela Clara pusiera en su mano para que él les asegurara la oportuna pervivencia en el tiempo. Por tanto, mientras Rodrigo Rubio —especie de testamentario de la voluntad de los Claritos— así lo desee, el mundo de los papeles tendrá asegurada su existencia literaria:

“Papeles amarillos en el arca” es un libro raíz o base de otras obras. En él y con él creé Monsalve. Allí me encontré un montón de gentes viejas, de mundos idos, de historias y leyendas, que me permitieron poner en marcha los sucesivos retablos de aquellas narraciones, más fantásticas que realistas... Monsalve, pueblo imaginado, aglomera geografías y lugares de una Mancha donde yo tengo mi raíz. Ahí existe un mundo viejo, que yo amo, y que no me gustaría fuese destruido. De ahí que hasta los muertos, los tipos que un día pasaron, de verdad o sobre leyenda, por aquellos lugares, yo los haga vivir en mis narraciones.

“Cuarteto de máscaras” es una derivación, quizá muy completa, de lo indicado en “Papeles amarillos en el arca”.1039

La representación del mundo de los vivos

Como suele ser habitual en buena parte de las obras del escritor albaceteño, Cuarteto de máscaras se abre con la presencia de tres viejos desocupados, sentados al sol y con las colillas de sus cigarros medio apagadas, que contemplan cómo pasa la vida delante de sus ojos tiernos y cansados, los ojos propios de los supervivientes de antiguas miserias.

A los oídos de Venancio Escribano, José Lahoz y Miguel Honrubia han llegado los ecos de unos tipos extraños que llevan varios días por los alrededores del pueblo en busca de noticias de Juan Estorbo:

Los extraños tipos, que eran tres y una mujer, vestían de negro, con ropas algo brillantes, nadie sabía a ciencia cierta si por el género o porque ya las habían usado mucho. Se supo que no tenían nombre propio, o que lo ocultaban, cualquiera sabía por qué. A uno le decían el Largo, a otro el Oscuro y al tercero el Afilado, mientras que la mujer respondía por la Saltarina. Cuando se supo esto, las gentes de Monsalve, imaginativas e inquietas, dijeron que los teles podrían ser tipos escapados de un circo, y que aquellos que los habían asociado a los antiguos comediantes húngaros, quizá no fueran descaminados.1040

Hasta estos tres viejos se van acercando, poco a poco, otros habitantes de Monsalve: Torcuato Moreno, el alcalde cumplidor de sus deberes políticos y sociales; Julio Padrón, el bizco; Pascualeta la Tiesa;

Sartenita el Herrero; Flores Tapón, que tenía la altura de un nene, y Lorenzo Collado, que andaba por allí vestido de traje, pues estaba recién llegado de Elche, ciudad refugio de monsalveros emigrantes. Durante la larga conversación que surge entre todos ellos, Pascualeta plantea la posibilidad de que Juan Estorbo esté enterrado en el cementerio, pero vivo, y que sea él quien, con la ayuda de todas las gentes que ahora son huesos, toque la campana de la iglesia, como ya había ocurrido el año pasado por la festividad de Todos los Santos. Acabada la conversación, Pascualeta se marcha y, en ese momento, suena la campana anunciando el toque de oración por los muertos. Un hecho que coincide con la llegada de las cuatro máscaras hasta donde estaban los hombres, quienes se quedan mudos y con un cosquilleo de frío por sus carnes secas y arrugadas.1041

Los cuatro enlutados se acercan dando saltitos, como bailando una danza muy antigua y un tanto misteriosa, lo cual hace que a su alrededor se vaya arremolinando todo el pueblo para ver a aquellos títeres, que hacen música con la boca y van en busca de gentes desgraciadas para hacerlos felices. El jolgorio de la gente se ve amenizado por el lanzamiento de una de las habituales ventosidades de Venancio Escribano, lo que da pie a que se ponga en marcha una especie de fiesta popular:

Se oyeron carcajadas. Torcuato Moreno, responsable máximo de su pueblo y de aquella improvisada asamblea, no paraba de murmurar por lo bajo: “Dios mío, qué dirán de nosotros... A este Venancio lo meto en la prevención, vaya si lo meto...” Pero de pronto empezó a reírse también. Sofocó sus risas para dar órdenes:

—Venga, José; venga, que traigan panes, quesos, algún trozo de magro, salazón, arenques, patatas asadas, tocino con veta... Lo que haya. Que cada uno de los presentes aporte algo. Alimentemos a estas 1041 En opinión de Antonio Prieto, la utilización del término “máscara” sirve para dar a la narración, “en su cruce de realismo e irrealismo (o misterio), un estilo de farsa, de movimiento, que el lector va degustando en un lenguaje narrativo que crea una particular y personal ambientación de tiempo y espacio”. Véase Cuarteto de máscaras,

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