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Papeles amarillos en el arca (1969)

VI. LA ETAPA EXPERIMENTAL

6.2. Papeles amarillos en el arca (1969)

Casi simultáneamente a la publicación de El regicida, vio la luz otro libro de relatos, Papeles amarillos en el arca, que para Rodrigo Rubio era uno de sus mejores libros y que continúa en la línea del que acabamos de analizar. Al igual que en El regicida, también ahora nos enfrentamos con un libro de historias varias en el que se relatan hechos increíbles, en forma de historias esperpénticas y un tanto surrealistas. Unas historias en las cuales se mezclan ecos de vida y de muerte; de realidad y de fantasía; de poesía y de sátira deshumanizadora; ecos, en definitiva, de una peculiar y caricaturesca visión de los campesinos manchegos por parte del escritor albaceteño.

El libro está compuesto por un total de quince narraciones, cada una de las cuales aparece encabezada por una cita entrecomillada correspondiente a un texto escrito por la abuela del narrador, y que hace alusión al relato que se va a contar a continuación, según precisa el mismo narrador nada más comenzar el primero de esos relatos, titulado, como el mismo libro, “Papeles amarillos en el arca”.

Al frente de dicho cuento figura una cita textual en la que alguien confiesa haber sido siempre una mujer de muchas manías, entre ellas la de revolver cosas y guardar sus papelitos en el arca. A esta cita el narrador le coloca a pie de página una nota explicativa: “Estas líneas, como todas las que encabezan cada narración, pertenecen a los escritos de la abuela Clara, mujer que, a lo último de su vida, también fue sombra y fantasma”.947

Esta circunstancia de que todos los relatos, todo ese conjunto de papeles amarillos, formen parte de la herencia que la abuela del escritor

946 Ibíd., 91.

le ha querido legar, por ser su nieto preferido, sirve como trabazón entre todas esas historias aparentemente inconexas. Porque lo que ese nieto

—al que, por no tener un nombre preciso, podríamos identificar con un Rodrigo Rubio metido dentro de la propia ficción narrativa— va a hacer es partir de esos textos de la abuela Clara, para, tomando como pie o pretexto narrativo las palabras escritas por ella, desarrollar la correspondiente historia, con sus pertinentes aportes de imaginación y de magia.

Porque no podemos perder de vista, en ningún momento, que estos quince relatos se configuran mediante la hábil mezcla de las oportunas dosis de elementos propios del llamado realismo mágico, como puede ser, además del reflejo de la realidad, la presencia de lo onírico, lo fantasmagórico, lo irracional, lo mítico, lo simbólico, lo picaresco, lo esperpéntico, lo caricaturesco y lo absurdo. De ese modo, la mayor parte de los personajes de tan hermosos relatos son presentados con algunos rasgos de animalización y cosificación que nos recuerdan, entre otros, a Quevedo, Valle-Inclán, García Márquez, Juan Rulfo o William Faulkner, todos ellos escritores predilectos de Rodrigo Rubio.

Con todos estos materiales, el escritor albaceteño crea un retablo de quince historias situadas en el marco geográfico del pueblo de Monsalve, el trasunto literario de su Montalvos natal, que es elevado así a la condición de pueblo mítico, como si se tratara de una especie de Macondo o de Yoknapatawpha en su versión manchega. Además, los quince cuentos están escritos con una misma estructura narrativa, y con la oportuna mezcla de didactismo y humor, siguiendo algunos de los modelos más conocidos de la tradición cuentística universal, como pueden ser El conde Lucanor o el Decamerón.

Por otra parte, también destaca poderosamente la mezcla del lenguaje culto y el popular, de tal manera que podemos ver, de forma habitual, una abundancia de arcaísmos y localismos manchegos, junto a algunos neologismos. Gracias a ello, el autor intenta reflejar, del modo más exacto y veraz posible, ese mundo literario de Monsalve, en el que se aúnan realidad e imaginación para configurar el que, generalmente, se considera uno de sus mejores libros. Por eso, hemos de estar necesariamente de acuerdo con la opinión de Antonio Iglesias Laguna,

cuando remataba su comentario de Papeles amarillos en el arca con las siguientes palabras:

Tomo de cuentos excelente, justamente premiado por la Real Academia Española, que acredita de nuevo la capacidad de observación, la autenticidad y el arte de Rodrigo Rubio. Y que

—repetimos— habría quedado redondo eludiendo ciertos trucos, latiguillos y detalles de mal gusto. Ahora bien, estos defectos, siempre ocasionales, no oscurecen el conjunto. El autor, consciente del peligro que tales apoyaturas representan, las dosifica prudente. Lo que cuenta, en resumen, es la viveza y frescura de los tipos, la gracia de las situaciones, la espontaneidad narrativa y el halo mágico en que están envueltos cuantos seres pululan por estos cuentos ejemplares.948

La pescadilla que se muerde la cola

Este libro de relatos posee una clara estructura circular, pues el primero de los cuentos, “Papeles amarillos en el arca”, tiene su continuidad y conclusión en el último de ellos, titulado “Recuento final en noviembre”. Si el primero es el que abre el marco del libro, relatando el origen de las diferentes historias que se van a contar a lo largo de las páginas del mismo, el último cierra ese marco y da las últimas pinceladas al retablo monsalveño.

En el cuento “Papeles amarillos en el arca” se relata la llegada del bisabuelo Antón al pueblo de Monsalve, en donde llegó a convertirse en un auténtico cacique, amo de grandes extensiones de tierra y de las voluntades de cuantos acudían a él con ropas sucias en busca de trabajo.

Este hombre, que venía de guerras y también de vivir del hurto, se vio favorecido por el juego y se dedicó a cabalgar en su caballo por los montes y a comerse buenas piezas de caza en el fuego de su casa,

“sin mirar a la bisabuela Dionisia, que por entonces ya era como trapo pardusco que envolviera palo o caña.” Además, trataba con desprecio

a las gentes que pedían limosna a lo largo de los caminos y se burlaba de las amenazas y juramentos proferidos en su contra, hasta que, cinco lustros más tarde, apareció muerto en la espesura del monte, en extrañas circunstancias:

Dijeron, y la historia o leyenda aún se cuenta, que fue accidente de caballo, que el corcel lo arrastró por entre matarrubias y aliagas.

Pero no faltó quien dijo que en su frente había ancha y profunda huella de hachazo. Antes pondría luto en casuchas de adobe y cal. Iría en busca de hembras jóvenes, y para él no existirían leyes dictadas por los monarcas de la Corte. Implantó su señorío, y luego buscó en su hijo Juan Antonio, al que el mal decir del pueblo llamara La Sombra, toda una serie de virtudes y vicios, a través de los cuales pudiera continuar su obra de creación y destrucción.949

El bisabuelo Antón tenía la mano derecha más grande que la izquierda porque, según se decía, era la que utilizaba para disparar y para sus luchas con arma blanca por todos los territorios de la comarca, en cuyas ventas y posadas había dejado escrito su nombre. De ahí que, nada más llegar a Monsalve, pusiera una enorme piedra con su nombre a la entrada del lugar. La misma piedra a la que llevó a su hijo Juan Antonio cuando nació, para bautizarlo y para que creciera en la abundancia y fuese amigo de la violencia. Es así como se instaura oficialmente esta saga de caciques monsalveños que, en ocasiones, tanto nos recuerdan a la saga de los Buendía que Gabriel García Márquez situara en la mítica localidad de Macondo.

Por su parte, la bisabuela Dionisia, al ver que no conseguía felicidad pidiendo a los demonios, acabó encendiendo velas a los santos y ejercitándose en fórmulas venenosas con las que intentó, sin éxito, apaciguar a su marido. Y también quiso convencer a su hijo Juan Antonio para que fuese sensato y plantara viñedos, pues a ella le gustaba mucho el vino. El resto de los hijos le importaban poco: Daniel, el cual

se dedicaba al pastoreo; Leonor, que era curandera, aunque no tenía clientela, y Juana, a la que enseñaron a cantar y tañer el laúd.

Un buen día, el bisabuelo realizó una especie de ceremonia de bendición de su primogénito, Juan Antonio. En presencia de todos los vecinos, le mojó la cara con vino y aceite y le avisó de que pronto sería el señor de la casa. A continuación, cogió su yegua torda y se fue hacia lo más espeso del monte. Poco después, hubo un repentino eclipse parcial de sol, tras el cual se desató la fiesta en el pueblo, “porque el hombre que había llegado allí con espingarda y una mano más grande que la otra era ahora silencio y montón de furia atenazada”.950

Pero, sorprendentemente, todos los allí presentes vieron que Antón revivía en el ancho y alto cuerpo de Juan Antonio, y vieron, también, cómo a este le crecía la mano derecha y cómo organizaba el más grande de todos los entierros conocidos en el pueblo, con un ataúd que fue colocado por cientos de brazos sobre la carreta, de la que tiraban siete pares de mulas y seis potros, todos ellos de color negro. Al llegar al cementerio, Juan Antonio echó un puñado de tierra sobre el féretro y, en ese instante, volvieron a repetirse extraños fenómenos similares a los que rodearon el momento de la muerte de su padre y que, por otro lado, recuerdan episodios relatados en algunos cuentos de El regicida, pues en esos momentos “se movieron los cipreses, vieron todos removerse la tierra de varias fosas, huyeron los perros, vino olor a mulo muerto, pasó la Sarmientos, cantando historias de otros antiguos habitantes de Monsalve, y ya después casi todo dejó de tener importancia”.951

Es en este punto del relato cuando la abuela Clara, que hasta entonces había pasado casi inadvertida, empieza a cobrar protagonismo.

Mientras que el abuelo Juan Antonio se había convertido en un viejo prematuro, la abuela toma las riendas de la casa y llama a braceros y colonos, a ciegos y tullidos, para darles trigo, hogazas recién salidas del horno y rico mosto del jaraíz. Y, cuando su cuñado Daniel aparece por la casa agobiado por el peso de los cuernos que le había puesto su mujer, Clara pide a los santos buenos que hagan de él una estatua de oloroso

950 Ibíd., 5.

pino, para ejemplo de todos. De ese modo, se empieza a producir una especie de metamorfosis en la saga del bisabuelo Antón:

Y Daniel se fue, con aquella bendición sobre su frente mal adornada, y luego se hizo pimpollo, y después pino de ancha copa, y allí anidaron torcaces y jamás se multiplicaron las orugas. Así es como también Leonor se fue con sus bordados y sus manos blancas a hacerse fuente, ofrecida sin interés a todos los peregrinos, y prohibida para las sucias lavanderas. Del mismo modo los siete hijos de la abuela Clara, desde Toñito Fino, el mayor, a Melchor, mi padre, fueron creciendo en sabiduría y bondad.952

A partir de entonces, los siete muchachos de Monsalve y su madre fueron queridos por las gentes del pueblo. Volvieron a trabajar en la casa hombres y muleros y ya nadie maldecía la grandeza de aquella familia.

Los hijos de Clara trajeron mujeres y, más tarde, se fueron marchando hacia otros lugares. Por entonces, según confiesa el narrador, él era un niño de andar los primeros pasos y le daban vino dulce y el mejor pan salido del horno. Pero pudo ver cómo los hijos regresaban a la casa para llevarse arcas, baúles, puertas cuarteadas, calderas de cobre, almireces, yugos y ramales de cuero y cáñamo. Algo que le dolió mucho al abuelo Juan Antonio, quien pidió pan mojado en vino, unas botas altas con espuelas y una fusta y se marchó con el mejor caballo. Cuando regresó, traía sobre la montura una piedra muy grande, como de cien kilos, y venía con la barba más encanecida.

Poco después, coincidiendo con el segundo eclipse de sol, llegó el frío a la casa. Se hicieron presentes los espíritus de la bisabuela Dionisia y del bisabuelo Antón, los cuales empezaron a entonar viejas coplas de ciego. Su llegada fue para llevarse con ellos a su hijo Juan Antonio, algo que no pudo impedir la abuela Clara, cuya bondad natural no podía con la magia misteriosa de la bisabuela. Por ello, no le quedó más remedio que aceptar lo irremediable y, después, refugiarse en su soledad y seguir escribiendo sus papeles:

Corrió hacia la claridad y entonces vio a Juan Antonio, retorciéndose, una mano enorme apretándole en el pecho. Quiso decirle algo, darle alguna bebida, que fuera salvadora. Pero siempre tropezaba con aquel frasco, en donde bailoteaba danza de muerte el mejunje de la bisabuela Dionisia. Cayó al suelo, y pidió, suplicó, hasta que poco a poco oyó el canto de los pájaros y le llegó el rumor de las hojas de los árboles, moviéndose con la brisa. No había ocurrido nada.

Pudo encender los candiles y amortajar tranquilamente al abuelo Juan Antonio. Llegaron plañideras e hijos indiferentes. Pero ella estuvo sola.

Luego se fue a su rincón. Era viuda, tenía riquezas, y lloraba de vez en cuando. Iba a la iglesia con su silla de tijera y murmuraba rezos, pero luego subía al desván y escarbaba en su cofrecillo. Allí escribía algún inicio de historia, algún miedo repentino, alguna risa que de forma extraña en determinados momentos salía de su boca.953

Poco a poco, la abuela fue abandonando el cuidado de su casa, vendió tierras y echó los billetes a los cerdos, lo que provocó la consiguiente alegría de los hombres que antes pasaban hambre, así como su abandono por parte de sus hijos, los cuales se encontraron sin herencia. Loca y sola, la abuela solo mantenía algún que otro contacto con el narrador, a quien le contó sus secretos, por ser el hijo de su hijo más pequeño. En un papelito de barba muy gastado, le escribió, entre otras cosas, lo siguiente:

[…] si vienes verás cómo te gusta este cofrecillo, y las arcas, y los bastidores, y los lienzos, pero sobre todo lo que guardo aquí, muchas palabras, casi historias, y algunas risas, y también miedos, pero tú no temas, que si vienes luego no desearás que muera pronto, porque serás el enterado de mis tesoros, y sabiéndolo seguro que te dices ya iré yo a la casona, cuando hayan ido y vuelto todos, porque buscarán oro y les dejaré alguna que otra carcajada entre los pliegos y cuadernillos donde, en mis ratos de ocio, contaré algunas viejas y a lo mejor hermosas historias…954

953 Ibíd., 12-13.

Y el narrador pone fin a este primer cuento diciendo que, cuando fue a verla, tuvo acceso a sus arcas y cofres, en los que halló conocimientos sobre las vidas de sus antepasados y sobre otras extrañas historias. Pero el relato de lo que ocurrió durante esa visita aparece en el último cuento del libro, titulado “Recuento final en noviembre”.

Llegado ese momento final, cuando ya el libro se acaba, tras el relato de trece leyendas —en las que se mezclan historia y mito— sobre curiosísimos tipos de Monsalve, el narrador apunta que su visita a la abuela Clara tuvo lugar durante unos días otoñales, en los que soplaba el viento y caía una fina lluvia. Y cuenta que, en un primer momento, la abuela le hizo entrega de un cofrecillo lleno de papeles y recuerdos.

En medio de un clima de misterio y de cierto terror, propio de las mejores leyendas románticas, el narrador sale a recorrer las oscuras calles del pueblo y puede contemplar las mortecinas luces de las mariposillas que las mujeres enlutadas encendían a sus difuntos, mientras se cruza con algunos gatos negros y perros tristes y escucha alguna voz humana, con acento triste y llorón. Malos presagios todos ellos que gentes del lugar atribuyen a la influencia de la abuela Clara.

De regreso a la casa, no había rastro alguno de la abuela, aunque encontró más papeles amarillos, sacados de alguna otra arca. Quiso hacer luz, pero todos los candiles se apagaban. Y, cuando, por fin, vio a su abuela junto a él, pudo oír voces, llantos y quejidos de gentes que ella había tenido ocasión de conocer. Eran las voces de los bisabuelos, del abuelo Juan Antonio, y de todos los personajes que protagonizaban los trece relatos anteriores y que, como indica el título del cuento, se amontonaban ahora en esa especie de recuento final, mientras el narrador, con mucho temblor, apretaba contra su pecho los pedazos de las historias de aquellas gentes.

Finalizado ese largo desfile de apariciones, ese “coro de penados y resucitados”, el narrador confiesa que echó a correr, en medio de voces, risas, llantos y quejidos, y que, en cuanto se recuperó, encendió un candil de tres torcías y bajó al sótano, en donde había dejado a su abuela. Allí se llevó la última de las sorpresas, con la que se pone fin al relato y al libro:

Vi un bulto negro, pequeñito, y me pareció que de allí había salido la voz y el llanto. Fui y empecé a destaparlo, apartando el manto negro, muy apolillado ya. Me temblaban las manos y movía torpemente los pies. Descubrí por fin el bulto, y entonces vi que era la abuela, el esqueleto de la abuela; su cuero sin carne, sin ojos, todo desmoronándose al no tener la protección del paño negro. Di un grito y eché a correr escaleras arriba. Salí a la calle y pedí auxilio. Pero era la madrugada y los cuadrilleros se habían retirado ya. Me detuve a contemplar la casa por última vez. Comprobé que los papeles de la herencia iban pegados a mi pecho, entre las ropas, y con la imagen de la abuela en esqueleto, me alejé campos adelante, en busca de un mundo sin brujas ni fantasmas…955

Leyendas en las que el mito se hace poesía

Dentro del tono general del conjunto de relatos de Papeles amarillos en el arca, podemos observar que hay algunos cuentos en los que el autor trasciende el plano de la realidad campesina y se eleva hacia un nivel en el que la fantasía le permite crear un ambiente de cierto lirismo. Son, pues, relatos en los que el elemento poético destaca de forma especial, condicionando el desarrollo del argumento narrativo y los acontecimientos que rodean a los diversos personajes, hasta el punto de que el autor consigue un marcado contraste entre aspectos pertenecientes a la más prosaica realidad y otros que escapan a cualquier tipo de lógica o de raciocinio.

Ese es el caso del cuento titulado “Mujer de nieve”, en el que se poetiza un tema muy frecuente en la literatura universal: la muerte por amor. Según se dice en Monsalve, Santiago Cabra era un hombre que se había criado con el matrimonio de los Cabreros, en medio de una serie de circunstancias un tanto misteriosas: no se sabía si había nacido en Monsalve o si había sido dejado allí siendo muy pequeño; anduvo a gatas, como mínimo, hasta los cinco años y no pronunció en toda su vida más de cuarenta palabras.

Lo que sí cuenta el narrador es que el Cabrero, que fue quien hizo las veces de padre de Santiago, había pasado cinco días con cinco noches subido en una piedra, mientras su mujer anduvo de risas con un hombre que llevaba escopeta y canana. Cuando bajó de la piedra, vio a un niño, “que era como un erizo, pero sin púas. Lo tomó en sus brazos y volvió a subir a la piedra. Era Santiago, que se había salido de su camino y ahora estaba allí, pidiéndoles un poco de queso”.956 Recogido por aquel matrimonio, aprendió el noble y sabio oficio de tejer el esparto, a cuidar el hato de cabras y a convivir y conversar con los animales del monte, con los que pasaba semanas y meses enteros.

Un día llegó junto a él el Cabrero, se despidió de su hijo y se alejó de allí a tocar su caramillo durante dos días. Mientras, los grandes pinos inclinaban sus copas para hacerle hermosas reverencias y Santiago se estiraba, haciéndose hombre. Cuando llegó ante él su mujer, llevando la cabeza del hombre de la escopeta en sus manos, ya era demasiado tarde, pues Santiago estaba muerto. “Se había convertido en piedra y su cuerpo era de sal y lo lamían las cabras y las ovejas. Santiaguillo dejó de llorar, se acercó a su protector y tomó la herencia, aquel caramillo, que en seguida, puesto en sus labios, reinició la misma inacabable melodía”.957

De modo que Santiago siguió la tradición familiar y se dedicó a cuidar de las cabras y de la casa, pues la madre murió a continuación del padre, convertida en un oloroso romero. Su vida transcurría tranquila y solitaria, entre encinas, breñas y romeros, rodeado de cabras monteses y cuidando con sus propias manos a los cabritillos más enfermizos.

Mas, como la envidia del ser humano es irrefrenable, hubo hombres que quisieron capturarlo haciendo uso de las armas. Y fue entonces cuando acudió en su defensa una misteriosa doncella blanca y rubia:

—¿Quién me habla?

—Soy Micaela, no me conoces.

Abrió la puerta y no vio a nadie.

—¿Dónde estás, Micaela? ¿Por qué vienes aquí?

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