Juan Cruz
Conocí fugazmente a tres cubanos, y al resto de los que he conocido los conocí mucho, y los quiero, a todos. Los cubanos son alegres, desprendidos; son gente afectuosa y afectiva, en su tierra y fuera. A Eliseo Diego, el padre de Eliseo Alberto, lo cono- cí en su tierra; no me acerqué a él, lo vi desde fuera, como vio Gar- cía Márquez a Ernest Heminguay, a quien, desde la otra acerca, perseguido por la propia melancolía de su timidez, sólo acertó a gritarle «¡Maestro!».
A Eliseo Diego lo vi charlando con unos amigos, bromeando, dentro de una librería histórica (de libros históricos). Era un mediodía habanero de 1990, y él moriría algo más tarde. Pero ese día estaba jacarandoso, había vencido ya la timidez de la que habla su hijo en el prólogo que hizo para la antología de poemas que publicó El País. De ese prólogo rescato estas líneas, que me pare- cieron hondas, arrebatadas por el amor filial, esa forma de con- templación total de los seres humanos que son hijos; había muer- to Eliseo Diego y muchos jóvenes fueron a su casa, como habían ido antes, a escucharle, su hijo anotó esto: «Los jóvenes estudian- tes que se atrevieron a tocar a la puerta del departamento siempre la encontrarían abierta, pues no hubo en La Habana de fin de siglo un poeta tímido, triste, solitario, pretencioso, suicida, de tierra adentro, crítico, jodido o altanero, no hubo en la ciudad una poeta
provinciana, melancólica, eufórica, de ojos claros o de ojos par- dos, áejeans o minifalda, desesperanzada o coqueta que mi padre no recibiera con los brazos en cruz y les regalara horas de amena conversación».
Leyendo eso me doy cuenta de que en realidad Elíseo hijo habla del padre y de los visitantes como si entre él y ellos se hubie- ra producido una sustancia común cuyo nombre resultó ser Elí- seo Alberto. De este Elíseo ya escribí en estas páginas reciente- mente, así que ahora dejo ahí la reproducción somera de ese encuentro breve y melancólico con su padre. A otro cubano que conocí así, pero a éste le di la mano, fue Alejo Carpentier. Le aca- baban de entregar el premio Cervantes, en 1977, y estaba, con sus ojeras grandes, casi cadavéricas, pero enhiesto, serio y quizá tris- te, en la puerta del hotel Palace de Madrid. Entonces me acerqué a él, le di la mano, y él me la dio como hacía años me la había dado Pablo Neruda en Tenerife: algo fofa, como desganada, gorda, no parecía la mano alegre del novelista que escribió El siglo de las luces, sino la de un hombre que está cansado de ser hombre, como Neruda mismo. Moriría tres años más tarde, y siempre se me quedó grabada en la memoria la ceremonia leve de aquel encuen- tro en que le di la mano al gran autor cubano y francés y belga en la puerta del hotel más cosmopolita de Madrid.
Y también vi fugazmente a Gastón Baquero, que tanto tuvo que ver con Mundo Hispánico y con ciertas décadas de oro del interés español por la poesía iberoamericana, de la que él fue un devoto difusor y un practicante excelso, importante, lamentable- mente disminuido por décadas de inicuo olvido. Todos sus ami- gos de entonces, de su vida aquí, en el exilio español, me hablaron de él maravillas; no entenderé nunca porque las maravillas que se decían de él no se traducían en ediciones sucesivas de sus obras;
pero de esa hiél sabe mucho el universo del talento literario rele- gado a las ánforas desconsideradas del recuerdo.
A otros cubanos los conocí muy detenidamente, con una devo- ción muy profunda e indeleble. Ahí está, por ejemplo, Guillermo Cabrera Infante, de quien he escrito en estas columnas; su descu- brimiento fue un estímulo incesante para mi generación, y para las siguientes; y conocerle personalmente me devolvió el retrato de un hombre al que el alejamiento forzoso de su tierra le rompió la
alegría en mil pedazos; pero no se la rompieron del todo, porque nadie le pudo romper ni la memoria ni la presencia feliz de Miriam Gómez, que le ha sobrevivido.
Severo Sarduy fue para mi también el descubrimiento de la ale- gría cubana, y de la literatura venida de Cuba. Por muy cosmo- polita que fuera, en Severo se residenciaban los cubanismos que no son sólo verbos o sustantivos o adjetivos, sino que son una manera de ver el mundo, de cantarlo en silencio o con jolgorio. Le vi muchas veces, en Madrid, en Tenerife, en Lanzarote, en París, y vi su casa de La Habana, allí estuve con su familia, y estuve con él ese día fatal en que supo que una enfermedad tremenda le conta- ba los días. Jamás me olvidaré de su llanto, como jamás me olvi- daré de sus ojos y de su risa, una comisura cómplice que forma parte de mis mejores memorias.
Y conocí a Jesús Díaz, literato y cineasta, el hombre que mejor contaba las historias de los que conocí en este viaje ya largo por Madrid y sus alrededores mundiales. E hice algo con él y por él, y por la vida que a mi me gusta, que no sé si Jo sabré contar. Vino a Madrid, exiliado también, Manuel Díaz Martínez, el poeta; y se lo dije a Jesús. Había habido, imagino, desencuentros cubanos, por- que Cuba es la cuna del desencuentro desgraciado propiciado por una situación dictatorial que ha desarmado las amistades y las ha puesto en barbecho o en la nevera. Pero le dije a Jesús y a Manuel si se querían encontrar, y los cité casi a la misma hora en el Chi- cote, el famoso bar de la Gran Vía. Cuando se encontraron se die- ron un largo abrazo con lágrimas. Y para mí ese reencuentro tan emocionado, que duró tanto, y que duraría hasta la muerte de Jesús, me pareció un símbolo de una reconciliación que todavía es posible, ojalá. Y asilo dije en El País cuando ya Jesús le dijo adiós a todo esto.
¿Más cubanos? Claro que sí, y ya hablaré de ellos. Ahora he querido dejar ahí las citas que sigo teniendo con los que conocí y ya no me puedo ver de nuevo... C
Anterior Inicio Siguiente