Alain Santiago García*
La siguiente crónica es el reflejo de una mañana en que la mayoría de los hogares celebrarían el día del padre (19 de junio de 2016), un domingo de tianguis en la ciudad mixteca del estado de Oaxaca en el que varios niños de forma directa o indirecta vieron vulne- rados sus derechos al ser desalojados de manera violenta de sus hogares. Este pequeño texto puede servir de introducción al docu- mental Nochixtlán. En busca de la paz perdida.1 Se han cambia- do los nombres de los niños para proteger su identidad.
Juan había caído rendido en su cama aquella noche; había dedica- do gran parte del sábado a jugar con sus amigos de la colonia, y un desinflado balón de básquet del número siete estaba sobre la can- cha de tierra. Todos los que se acercaban podían usarlo, mas nadie se lo llevaba porque en la colonia nadie toma las cosas por error.
La mañana del domingo Juan visitaría el tianguis de No- chixtlán acompañando a su papá; había que atravesar caminando la subestación de la Comisión Federal de Electricidad, cruzar el puente de la carretera vieja que conduce a la Ciudad de Méxi- co, pasar frente a la vulcanizadora “Reyes” y, por último, enfilar rumbo al centro de Nochixtlán. Esa mañana fría del 19 de junio los oídos de Juan se confundieron: los cohetes y cohetones dejaron de alegrar el domingo para ser usados como bazucas hechizas y defender el territorio mixteco.
1 Este documental se encuentra disponible en <https://www.youtube.com/
watch?v=c24k0HXCOqU&t=15s>.
* Agenda Guelatao-CineToo.
La neblina se había colado por las rendijas de las maderas, y el frío hizo que Juan se volteara para poder ganar un poco más de cobija y seguir durmiendo; en ese momento el tronar de los cohe- tones parecía acercarse y afuera de la casa comenzaron los gritos:
—¡Vamos, vamos, ya entró la policía, vamos!
Los padres de familia y los jóvenes fueron los primeros en salir a ver lo que pasaba: unos corrían con piedras, los que habían sa- lido temprano al tianguis se habían quedado del otro lado, nadie sabía exactamente qué estaba pasando, nadie sabía por qué los policías estaban aventando bombas de gas lacrimógeno.
Las piedras de poco ayudaron esa mañana; los policías cubier- tos con equipo táctico fueron avanzando hasta entrar en la colonia 20 de Noviembre. Los techos de lámina fueron los primeros en recibir las capsulas de gas: la neblina desapareció y, en su lugar, el humo blanco comenzó a hacer sus efectos en los ojos de las per- sonas que defendían su hogar.
Los niños comenzaron a despertar por el ruido sobre los te- chos. Con los ojos entreabiertos, Juan volteó y no pudo ver a sus papás; estaba solo con su hermano pequeño y los dos comenzaron a llorar; el llanto no era de miedo, los ojos les ardían como si hu- bieran jugado con chile. Fue en ese momento cuando una señora irrumpió en su casa:
—Apúrate mijito, ponte tus zapatos, ahorita nos alcanzan tus papás. —Juan como pudo buscó los tenis rotos de su hermanito y se los puso sin amarrar, y él salió corriendo con sus chanclas verdes.
Al salir de su casa Juan se dio cuenta de que la mayoría de sus amigos estaban ahí. La señora les gritó que corrieran rápido y así lo hicieron. Juan tomó a su hermanito de la mano y comenzaron a bajar la calle principal del barrio, la cual termina en la cancha de básquet. Unas pequeñas parcelas de maíz fueron los mudos testigos de cómo aquella veintena de niños corría sin saber lo que estaba pasando en su colonia. La ausencia de sus padres comen- zaba a reflejarse en el llanto de los más pequeños. Ese día Juan no pasaría el día del padre con su familia en su casa; ese día las únicas notas periodísticas que salieron a la luz pública los llama- rían “los niños de Sinaxtla”.
Las primeras imágenes del enfrentamiento comenzaron a cir- cular en el Twitter de algún reportero; en Facebook se pudo ver la
transmisión en vivo de lo que pasaba; de pronto la red colapsó, los celulares fueron una herramienta importante para poder recabar testimonios de lo que estaba ocurriendo en lo que en un inicio fue el desalojo de la carretera federal. Ese domingo la gente de la mixteca oaxaqueña salió a defender su territorio. Convocados por el sonar de la campana de la iglesia, comerciantes, campesi- nos, cargadores, todas y todos apoyaron a ese pequeño grupo de maestros que no rebasaba los 80 elementos y que se encontraba bloqueando la carretera.
La defensa del territorio en nuestros pueblos originarios ahora cuenta con herramientas que construyen la verdad desde diferentes ojos. Sin los videos de celular, sin las fotos de cámaras anónimas, sin el valor de esos niños al contar lo que les había sucedido, la historia no se seguiría construyendo. Sigamos construyendo la verdad desde abajo, desde nuestras raíces y en defensa de nuestra vida misma.
Fuentes
Defensoría de Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, Nochixt- lán. En busca de la paz perdida, en YouTube, canal Aristegui Noticias, 2017, consultado el 25 de junio de 2017, disponible en
<https://www.youtube.com/watch?v=c24k0HXCOqU&t=15s>.
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