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Desarrollo endógeno y territorio

II. MARCO TEÓRICO

2.1 Desarrollo endógeno y territorio

Desde el punto de vista de la tecnología y del potencial productivo que se tiene en la actualidad, pareciera bastante factible lograr las metas de desarrollo económico y social tan vehementemente buscadas por los países, por lo menos en los discursos de sus clases políticas.

No obstante, para segmentos muy amplios de la población mundial, la perspectiva es otra; su transcurrir cotidiano entre crisis económicas, desempleo, marginación, pobreza e inequidad social les muestra una realidad menos optimista. Desde esa óptica pareciera que el desarrollo es una meta muy distante cuando no imposible de lograr. Al buscar caminos alternativos a los tradicionalmente propuestos se está dando un debate muy dinámico en torno a la revisión de los supuestos del desarrollo que no han sido confirmados por los resultados y los hechos; la discusión está abriendo caminos hacia variables a las que se les había dado escasa importancia (Kliksberg; 2000), una de esas variables es el capital social.

El paradigma teórico dominante sobre el que se han basado las estrategias de desarrollo y las políticas regionales se ha cimentado fuertemente en el concepto de desarrollo polarizado y concentrado territorialmente; según el cual, el crecimiento debe difundirse posteriormente a la creación de un “polo”, siguiendo la lógica de “arriba hacia abajo”. La dominación de esta perspectiva fue posible por la expansión de la industria localizada de manera preferencial en

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los centros urbanos en virtud de las economías de escala originadas por las políticas económicas, las innovaciones tecnológicas y el desarrollo de infraestructura (Garófoli, 1995:113); siguiendo la lógica del modelo neoclásico (exógeno al territorio) que atribuye el crecimiento económico únicamente a los factores definidos por la función de producción (capital, trabajo y nivel tecnológico). En este sentido, para generar riqueza no importa en dónde se ubiquen las actividades económicas, siempre y cuando se les dote con los factores necesarios.

No obstante, tal como lo explica Garófolí (1995), las evidencias empíricas de procesos de desarrollo en regiones que no se ajustaban al esquema consensado, consideradas como

“periféricas”, condujeron hacia explicaciones del desarrollo en donde el territorio tomaba un papel central. Se entendió que existían factores inherentes al espacio que generaban ventajas que no podían ser explicadas con los modelos neoclásicos de crecimiento. Como resultante del planteamiento del desarrollo endógeno, el espacio se ve ahora como territorio y se convierte en un factor decisivo de desarrollo. Es en este espacio es dónde se relacionan los hombres y las empresas, y donde las instituciones públicas y privadas intervienen mediante regulaciones (Garófoli, 1995). La organización de la producción en el territorio se percibe ahora como uno de los principales factores que condicionan la acumulación de capital. Desde este enfoque no importa el tamaño de las empresas que forman a los sistemas productivos locales, sino más bien la forma en se organizan.

En estas explicaciones se comprende que las instituciones locales, la administración local y los actores privados y colectivos, influyen en el proceso de transformación económica y social y que son fundamentales para el proceso de desarrollo. Estos nuevos actores son, parte del conjunto de factores que determinan la acumulación de capital y que “crean un entorno en el que los procesos de transformación y desarrollo de las economías” (Vázquez, 2000:1). Se comprende también que las relaciones entre las empresas, proveedores y clientes; condiciona la productividad y la competitividad de las economías locales (Vázquez, 2001: 6y7)

Es entonces alrededor del concepto de territorio, que se estructuran las propuestas para el análisis del crecimiento económico y del desarrollo (entendido en su sentido más amplio); en

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una primera instancia bajo en concepto de distrito industrial, propuesto por Marshal y retomado por Becattini, y más recientemente en el concepto de sistema productivo localizado,

“heredero directo del concepto de distrito industrial” (Martínez, 2008:6). Retomando las definiciones conceptuales de diversos autores, Cividanes sintetiza el concepto de Sistema Productivo Local (SPL) como una “unidad de organización endógena de los procesos de producción y reproducción de bienes públicos y activos empresariales especializados y específicos” , estructurada como una red cuya forma está dada por la “trayectoria histórica”

de los asentamientos de un determinado sector industrial (Cividanes, 2000).

En la concepción de los sistemas productivos locales las relaciones sociales se convierten en un factor fundamental para la definición del territorio, que representa ahora un “área de encuentro” de las “relaciones de mercado” y de las “formas de organización social”, determinantes de las distintas maneras de organizarse para producir (Garófoli. 1991). El territorio es el lugar en donde “la cultura local y otros rasgos locales no transferibles” se han acumulado (Ibídem) y cuyos límites están definidos como resultado del “sistema de actores”

que realizan sus estrategias de desarrollo interrelacionándose entre ellos (Sforzi, 2005:6).

Estas “unidades socioterritoriales” están caracterizadas por la presencia activa de una comunidad de personas y de una población de empresas industriales, en donde comunidad y empresas tienen una interrelación (Becattini, 1989: 58).

Los actores sociales y sus maneras de relacionarse y organizarse se vuelven entonces fundamentales para conseguir el desarrollo económico de las localidades. Según Vázquez (2000:7) son los actores sociales son quienes promueven el desarrollo de una economía y estos actores tienen una determinada cultura y “formas y mecanismos propios” para organizarse.

Los sistemas productivos locales se transforman entonces en las unidades territoriales de referencia en las que confluyen las economías de producción internas a la empresa y las economías externas locales. Se revela entonces que, a la par de la importancia que tienen las

“relaciones económicas y técnicas de la producción” para el desarrollo económico, son fundamentales las “relaciones sociales", la promoción de una “cultura emprendedora”, la

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constitución de “redes asociativas entre actores locales” y la “construcción de capital social

(Kliksberg, 2000).

En este trabajo se asume esta visión territorial del desarrollo, entendiendo al capital social como un factor endógeno que necesita ser tomado en cuenta para explicar el crecimiento económico de las regiones. A la par de los recursos naturales y la cantidad y calidad de la fuerza de trabajo, la estructura de de las relaciones –productivas y no productivas– y las características de éstas, toman un papel indispensable en la explicación del desarrollo. Se entiende que, la forma en que se organizan los actores locales está condicionada por las características de las relaciones que se establecen entre ellos, que dependen a su vez, de aspectos socio-culturales históricos propios del territorio. Son estas características de las relaciones las que determinaran la existencia o no de capital social por lo que es necesario desarrollar el concepto para delimitar que elementos se tomará en cuenta en la definición usada en este trabajo.