Este capítulo permite discutir cualitativamente los resultados estadísticos expuestos en páginas anteriores, y que se refieren al estrés académico en los alumnos del tercer grado de educación secundaria, de las entidades educativas estatales del distrito de San Martín de Pangoa. Para tal propósito se toma en consideración los resultados proporcionados los instrumentos estadísticos, valiéndonos de los antecedentes, las teorías y/o investigaciones halladas en relación a las variables estudiadas.
Los resultados logrados, mediante el análisis descriptivo, sirven para demostrar que en la muestra general se da una predominancia de alumnos con nivel medio de estrés académico.
Lo anterior podría estar indicando que las diversas actividades que los docentes planifican y ponen en práctica durante el proceso de enseñanza - aprendizaje, son relativamente inferiores que en los niveles académicos más elevados, evidenciados en otras investigaciones efectuadas, en distintos contextos y en otros ciclos formativos en el que sí se identificaron predominio de niveles superiores de estrés académico.
Los resultados iniciales resultan hasta cierto punto de vista alentadores y son coincidentes con los hallazgos logrados por investigadores como Orellana (2017) quien investigando el estrés académico de alumnos de la Institución Educativa Francisco de Zela de El Tambo –Huancayo constató que la mayoría de los estudiantes del quinto grado de secundaria de dicha institución educativa presentan un nivel promedio de estrés académico.
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De igual modo Berzosa (2017) aunque no en estudiantes de educación básica regular, también logra constatar prevalencia (94%) de estrés académico con intensidad media-alta en estudiantes de enfermería de España.
De otra parte, Caldera-Montes, et al., (2017) investigando a estudiantes de bachillerato de España también logró establecer que el estrés en los alumnos de bachillerato está en niveles moderados, según la media teórica del instrumento empleado.
Como planteara Castillo (2015) explicó que el estrés en alumnos de todos los niveles es una situación que afecta a las instituciones escolares. El espectro de estas instituciones educativas del nivel secundario de San Martín de Pangoa no puede la excepción. Lo alentador es que mayormente los niveles evidenciados no suelen ser muy altos.
Lo que sí realmente resulta preocupante es que, conforme a los resultados, los trabajos obligatorios y la sobrecarga académica son considerados como los estresores más significativos para los alumnos del grado en referencia, mientras que la percepción del profesor y la percepción de las asignaturas son valorados como estresores de poco impacto para ellos. Este hallazgo, relacionado a estos estresores académico, resulta bastante recurrente en diversos estudios. Merino (2014) por ejemplo, investigando a estudiantes de nivel secundario de Comas – Lima identificó que se ha encontrado que el estresor más frecuente es la carga académica.
Son diversos los estudios, no sólo en el contexto de la educación básica regular, sino también dentro de los estudios universitarios, que refuerzan esta idea, pues muchos de ellos consideran que uno de los factores que contribuyen a la manifestación del estrés en alumnos universitarios son las sobre demandas del aprendizaje y las incidencias que devienen de las tareas (por ejemplo, Cabada y Jiménez, 2011).
También en el trabajo de Díaz (2010) se pudo ubicarse algunos factores que motivan el estrés académico (estresores), como son la recargada labor académica, la escasez de tiempo para presentar las demandas académica, como son exámenes, indagaciones y exposiciones, entre otros. De otra parte,
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Bedoya-Lau, Matos y Zelaya (2014) comprueban que los estresores más frecuentes vienen a ser la recargada exigencia de trabajo y mediciones cognitivas de parte de los docentes. También, Jerez-Mendoza y Oyarzo-Barría (2015) constatan que la sobrecarga de tareas y trabajos y el tiempo limitado para la realización de trabajos, son los que más causan estrés académico en los estudiantes. En realidad, como postulan Rosales y Rosales (2013), existen distintos motivos para el burnout de los alumnos. En la mayoría de los casos, los alumnos distinguen las etapas críticas de estrés en las circunstancias de esfuerzo académico, lo que supone un tratamiento específico y distintas consecuencias físicas y psicológicas (Ahumada, Henríquez, Maureira y Ruiz, 2013).
Para González, Souto-Gestal y Fernández (2017) entre las diferentes fuentes de estrés, la evaluación ha sido una de las más ponderadas. Estos investigadores señalan que la preocupación por todo lo relativo a los exámenes (preparación y resultados obtenidos, especialmente), así como la saturación de actividades, como efecto de gran cantidad de temas, contenidos de aprendizaje, se constituyen en los principales estresores en el que el colectivo de estudiantes repara continuamente.
En cuanto a los hallazgos logrados, otro aspecto, que sin duda también genera sentida preocupación, es el hecho que, si no es la mayoría, un número importante de alumnos del tercer grado de secundaria de las entidades educativas de San Martín de Pangoa - Junín, en particular los de género femenino, aquellos que proceden de zona urbana y aquellos que cuentan con menor rango de edad presentan elevados niveles de estés académico.
Lo hallado significa la presencia de esta enfermedad que, sin duda, coloca en el grupo de riesgo a estos estratos estudiantiles quienes están vivenciando estados negativos que muchas veces resulta traumático por los efectos que este fenómeno tiene sobre el desarrollo académico, personal y hasta social de estos estudiantes.
Bajo esta perspectiva, este hallazgo entonces podría ayudar, hasta cierto punto, a entender las razones por las muchos de estos escolares padecen en
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atender las clases, diferenciar lo que es significativo de lo que no lo es, para memorizar y para realizar las tareas y no hallan sentido a los estudios que realizan, develándose en ellos falta de compromiso e involucramiento con las actividades escolares.
Sin duda, este panorama es preocupante porque, por lo general, el estrés excesivo en el ambiente estudiantil puede ser una de las primeras razones para un bajo nivel académico, tal como reporte, de forma reiterada, en la literatura especializada.
Como se sabe los estudios en la secundaria, en el contexto en el cual nos hallamos comprende más o menos desde 11 a 16 años, según el diseño curricular básico (2017), especialmente en el tercer grado de secundaria. En este nivel los escolares buscar ampliar, profundizar y generalizar los saberes, ampliar las capacidades y habilidades para estar bien en los estudios superiores, ala vez de ser para muchos la etapa en el que se inicia la toma de decisiones para los años posteriores, haciéndolos formular un modo de vida, con valoraciones con altas expectativas que muchas veces no están de acuerdo a sus posibilidades reales para lograrlo, tal como plantean investigadores como Díaz y Jiménez (2013). Estos aspectos generan en ellos estados de ansiedad y de estrés que los marcan profundamente.
Además, no debemos perder de vista el hecho de que el progreso personal de los escolares se da en un determinado ambiente social muy
vulnerable, en el cual se enfrentan a distintas demandas personales, familiares, académicas, situaciones sociales, políticas y comunales, que les depara la vida.
Muchos de estos estudiantes provienen de familias desestructuradas donde la ocupación de los padres se circunscribe mayormente a las tareas de campo, están dedicados a la agricultura, la mayoría de ellos con bajo nivel de instrucción; que como ente familiar no se constituyen en un soporte, muchas veces ni material ni emocional, para estos estudiantes.
Tales circunstancias hacen que estos estudiantes tengan que enfrentar sus actividades escolares de forma individual y que sumados a la falta de medios
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educativos, muchas tareas y exigencias académicas, las perniciosas y mal estructuradas evaluaciones, la falta de comprensión y malestar de ciertos educadores, etc., que unidos a otros factores personales, sociales, culturales y contextuales estarían desencadenando bajos niveles de rendimiento en estos estudiantes.
Esto último explicaría, en parte, porqué un número importante de escolares del grado estudiado en San Martín de Pangoa, estarían mostrando cuadros elevados de estrés académico, tal como refieren los resultados alcanzados con el presente estudio.
De otra parte, considerando el objetivo central del presente estudio logramos comparar el estrés académico de los estudiantes investigados en relación a las variables género, zona de procedencia y edad.
Los resultados que al respecto se lograron permitieron validar la hipótesis de partida.
Con respecto a la variable género se pudo establecer que son las estudiantes mujeres quienes manifiestan mayores niveles de estrés académico que los estudiantes varones del grupo investigado.
Se podría decir que, hasta cierto punto, esta constatación es recurrente en distintas investigaciones. Por ejemplo, Martín (2016) indagando acerca de escolares universitarios constató que las damas presentan mayores índices de estrés, desesperación, molestias psicológicas, etc. Además, postula que las diferencias más llamativas entre sexos pueden ser de manera cualitativa; las damas expresan el estrés de manera interna, a través de emociones y aspectos somáticos, y los varones externamente, a través de conducta y manifestaciones agresivas y cólera. Valdría la pena indagar si estas expresiones son consecuencias de diferencias biológicas o de distinciones culturales.
También Caldera – Montes, et al., 2017) a partir del análisis del estrés académico en alumnos de bachillerato de España, logran confirmar que son las mujeres quienes presentan mayores niveles de estrés que los hombres
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(considerando la clasificación dada para el análisis). Estos investigadores sostienen que los referentes son patrones desiguales de socialización,
Del mismo modo, Berzosa (2017) en estudiantes universitarios de enfermería de España halló distinciones en el estrés académico en base a las variables: sexo, asignatura, espacios de vivienda, tipo de matrícula y disponibilidad o no del tiempo, ocio, etc. Bedoya-Lau, Matos, y Zelaya (2014) en estudiantes universitarios de Lima identificó que los niveles de estrés hallados eran mayores en mujeres (50,68%) en relación a los hombres (44,44%). Jerez- Mendoza y Oyarzo-Barría (2015) en alumnos de la Universidad de Los Lagos, Osomo, México identificó que el 98% de los alumnos muestran estrés académico, indicando hallarse más estresada las damas (96,24%) que los varones (88,57%), respectivamente.
Como pude constatarse en la literatura especializada, en los recientes años, han aparecido nuevas líneas de investigación, que abordan el papel que juegan las diferencias personales sobre la la presencia de estrés académico (González, Souto-Gestal y Fernández, 2017). Sin duda, uno de los aspectos que más ha sido acotado, es aquello que se refiere a la influencia del factor sexo sobre este fenómeno; sin embargo, con respecto a la edad y zona de procedencia, existen todavía muy pocas aproximaciones hechas al respecto.
En esa línea de trabajo encontramos investigaciones como la de Gutiérrez (2011) quien investigando el síndrome de burnout en estudiantes de la Escuela Secundaria de la ciudad de Durango, encontró diferencias de burnout entre de grupos, confirmando que los aspectos sociodemográficos, género y edad, y la variable situacional afirmadas mostraban distinciones manifiestas.
Las escasas aportaciones identificadas orientadas a explicar la influencia de variables sociodemográficas de carácter individual sobre el estrés académico, dan cuenta que la edad es también otro factor influyente en la configuración de estados de estrés en las personas. Así, Gutiérrez (2011) investigó el síndrome de burnout en alumnos de la Escuela Secundaria de Durango – Venezuela y comprobó a partir del estudio de diferencia de grupos, las variables
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sociodemográficas género y edad y la situacional formuladas mostraban distinciones manifiestas en el estrés académico de los estudiantes investigados.
Martín (2016) a partir de una investigación realizada en muestras españolas logró plantear que “parece haber una correlación negativa entre el número de años y la incidencia de estrés, al menos entre la población universitaria”. En otras palabras, parece identificar que si se tiene más años, mejor se afronta el estrés, o por lo menos, se percibe menos.
Para nadie es desconocido que el tránsito por el colegio es un acontecimiento que casi inevitablemente genera estados de estrés académico;
pues por la propia naturaleza formativa los estudiantes tienen que enfrentarse, gradual y progresivamente, a diversas tareas y exigencias que demandan un gran esfuerzo y una suma enorme de puesta en práctica de habilidades de adaptación, tanto psicológica como fisiológico, tal como postulan Caldera- Montes, et al. (2017).
González y otros (2014) analizaron el vínculo entre el estrés, el riesgo de depresión y el rendimiento académico en estudiantes de los primeros semestres del nivel universitario y encontró que la frecuencia de síntomas depresivos de importancia clínica y de autopercepción del estrés en los alumnos al concluir el ciclo académico (los datos se duplicaban en relación con el inicio del mismo).
Esto último significa que los estados de estrés se van incrementando en los estudiantes en la medida que van alcanzado mayores niveles formativos.
Por ello es muy importante que estos estudiantes aprendan y desarrollen recursos y estrategias que les ayude a enfrentar dichas demandas, que de no ser así estarían en grave peligro, pues podríamos encontrar estudiantes con altos niveles de estrés y, por tanto, con cuadros elevados de inadaptación escolar. Según Berzosa (2017) esto es manifiesto, ya que elevados niveles de estrés influyeran negativamente en la salud corporal y en el rendimiento académico.
En la perspectiva de investigadores como Bedoya-Lau, Matos, y Zelaya (2014) esta argumentación cobra asidero en la medida que según la Teoría General de Adaptación al Estrés y el Modelo Sistémico Cognoscitivista seres
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resisten al contexto e incluso son capaces de adaptarse resistir transitoriamente, pero si el estímulo insiste los mecanismos homeostáticos acaban con alto impacto en el sujeto.
No cabe duda que el estrés académico se presenta en el análisis individual como en el salón de clases, generando derivaciones en la labor académica del estudiantado, conforme se resuelvan, hecho que determina la capacidad de respuesta individual frente al mal del estrés.
Esto quiere decir que no todos los estudiantes reaccionan de manera similar frente a las exigencias y demandas que devienen del ámbito educativo.
En la opinión de investigadores como Martín (2016) para que el estudiante padezca un perjuicio por el estrés académico tienen que presentarse dos circunstancias: por un lado, la exposición a aspectos psicosociales del alumno.
Entonces el nivel de eficacia expuesto puede ocasionar la conducta académica adaptativa o desadaptativa. El primer hecho, conduce al aprendizaje y a la satisfacción escolar, en tanto que el segundo conduce al agotamiento, la insatisfacción, entre otros. (Barraza, Ortega y Ortega, 2012).
En nuestra opinión, estimamos que un aspecto curricular no debe esperar con escolares plenamente relajados, menos totalmente tensionados, sino alumnos que expresen niveles de estrés próximos al promedio, lo que se expresaría como “ni relajado ni tensionado”. Posiblemente estos signos de estrés promedio son los que facilitan el afrontamiento directo más positivo para elevar el aprendizaje. El aislarse estos niveles supondrá un resultado negativo o distrés, por exceso o por defecto. El estrés como consecuencia del nivel de exigencia de los estudios o evaluaciones a los que son sometidos, estimados por sobre el promedio de estrés y que atañen directamente a las exigencias académicas, conlleva necesariamente a un reboce de las capacidades personales de los alumnos. Por ello, es más efectivo establecer niveles de exigencia un tanto mesuradas y contextualizadas sobre las capacidades de los alumnos. Mal haríamos sobrecargar a los alumnos con trabajos obligatorios o de otro tipo en los tiempos de evaluaciones, por ejemplo.
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Álvarez, Aguilar y Segura (2011) consideraron que el interés de efectuar una evaluación genera en los alumnos un considerable nivel de ansiedad, que cuando alcanza altos niveles repercute negativamente en el rendimiento académico.
De otra parte, para Martín (2016) como docentes no debemos perder de vista que las cuestiones pedagógicas o maneras de enseñanza pueden dañar la satisfacción, el interés, el grado de desgaste, la sensación de logro y la conformidad con el rendimiento de los alumnos; en oposición, si los estilos de enseñanza no se adecúan a las expectativas, capacidades y habilidades de los escolares también podrían convertirse en estresores directos.
Si el docente, como agente motivador, en gran número de casos, no explica con objetividad al escolar, por ejemplo, no claro cuáles van a ser los procedimientos de evaluación, lo que motiva en el aprendiz, como sujeto receptos, sufre ambigüedades en su condición de alumno. El episodio de rol es bidireccional. Si el docente, como conductor del proceso enseñanza-aprendizaje, ignora las peticiones e intereses del estudiante, generará en éste creencias de externalidad e incontrolabilidad en relación a su ambiente académico.
De otra parte, según González, Fernández, González y Freire (2010) la evaluación académica supone sobrecarga y confusión en el desempeño y señala como factores la concentración de exámenes en determinados períodos de la asignatura; la elevada exigencia o enorme cantidad de temas que pueden abarcar; la inseguridad sobre las expectativas del docente, de la forma de valorar y evaluar el rendimiento y aprendizaje, en consecuencia, de cuál es la mejor manera de preparar la evaluación, así como la consideración de los objetivos del curso, etc.
A modo de cierre, se sabe que el estrés es parte de la existencia de los alumnos y tiene una consecuencia negativa sobre el aprendizaje y el rendimiento. Es por ello que impostergable docentes y directivos se preocupen por dotar a los estudiantes de herramientas (estrategias personales mediadoras) que les facilite tener un nivel intelectual, de salud y personal más completos, y
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por consiguiente, disfruten de la finalidad de la vida humana y el logro de la felicidad.
Se trata de convertir a las escuelas en centros seguros y saludables. Para se hace imprescindible erradicar el ambiente escolar estresante que se articula con el fracaso estudiantil, pues debilita la parte académica y la autoestima. Este modelo, sin duda, daña el aprendizaje a corto y largo plazos, pues el estrés académico es estimado como un estado que está signado por altos niveles de excitación y de angustia, con la sensación de no poder hacer frente a la situación.
El impacto de la amenaza derivada del estrés nos insta a los docentes que debemos asumir el debido cuidado, pues no debemos permitirnos pasar por desapercibido los diversos factores de riesgo del ambiente, pero también, se debe eliminar nuestras conductas negativas y actitudes amenazantes que prácticamente “acorralan” a nuestros estudiantes.
Pero, si se diera el caso de que el estrés académico se mostrara como un hecho desbordante entonces cabría la posibilidad de atender a nuestros alumnos con terapias de relajación como el sugerido por Rosales (2014).
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