Tras el nuevo destierro de don Álvaro, los Infantes don Juan y don En- rique -su hermano Pedro ya había muerto en Nápoles de un tiro de lombar- da- volvían a tener el poder en Castilla y estaban bien dispuestos a quitarse la máscara. En efecto, el 30 de octubre y 2 de noviembre311 de 1439, aún en Castronuño, el rey se compromete a devolver al primero de ellos, en el plazo de un mes, Mayorga y Villalón, posesiones que fueron expropiadas cuando salió del reino y que ahora tenía don Rodrigo Alonso Pimentel con- de de Benavente; pero añade una cláusula que en realidad no es sino un simple pretexto para justificar una enajenación de la dote del Príncipe de Asturias: si en esos 30 días no se hubieran devuelto, entregaría a cambio 2.400 vasallos en la tierra que fue señorío de Villena.
Cumplido dicho plazo, el 19 de diciembre de 1439, en Madrigal, “hizo y otorgó dicho sennor rey don Juan de Castilla, queriendo cunplir e cun- pliendo la obligación y seguro, promesa y juramento por él hecho en dicha razón, dando al dicho rey de Navarra su primo en lugar de las dichas villas de Maiorga y Villalon y de los dichos 2.400 vasallos en que hauian sido estimadas commo dicho era, la su villa de Alarcón y su tierra en que auia 1.500 vasallos, la su villa de Ellin en que dize auia 300 basallos, la su villa de Tobarra en que dize hauia 100 vasallos, la su villa de Yecla en que auia 70 vasallos, la su villa de Albacete en que dize hauia 400 vasallos, y la su villa de Sax en que hauia 30 vasallos, que serían en todos los 2400 vasa- llos”. Si una vez contados no fueran suficientes, habría que darle el resto en otros pueblos del mismo marquesado, “tanto de los que pertenecían a las arras de doña Blanca commo de los que no”. Esto equivalía a liquidar la dote del príncipe de Asturias, partiendo el señorío en un pedazo grande (para el rey de Navarra) y otros más pequeños para los caballeros de la se- gunda fila (el de Castro, Ruy Díaz de Mendoza), en abierta infracción del pacto de Toledo.
Desde luego, parece decidida la desintegración del viejo marquesado y su distribución entre los partidarios del rey de Navarra, y algún fiel segui- dor del rey y el condestable, como el doctor Periáñez, que sería compen- sado con Villena por no haber recibido Granadilla, que el rey le prometió con anterioridad, logrando así su sueño de elevarse a la altura de nobles de linaje y ser señor feudal. Puede que esta cesión de la villa que daba su
311. . AHN, Osuna, Leg.483, Doc. 1. Transcrito el documento en A. López Serrano, Yecla, una villa del señorío de Villena, Murcia 1997, Doc. 12.
nombre al señorío – situada, además, en la frontera del reino de Valencia- sirviera al propio tiempo como una garantía de que el antiguo título de
“marqués de Villena” no fuera restaurado ni puesto en posesión de ningún personaje demasiado importante. Pero, por el momento, aquella decisión, si es que existía ya, no será publicada, quizá para evitar enfrentamientos con el primo navarro o con el propio concejo de Villena. Como podremos ver, una cosa era el trato que el monarca tuviera con su primo y su hijo, y otra la voluntad de las localidades que hubieran de aceptarlo.
Como compensación por la dote perdida, el príncipe de Asturias, que aspiraba a crear su propio bando y se regía en todo por consejos del joven Juan Pacheco, recibió de su padre la ciudad de Alcaraz. Pero a fines de año, en noviembre o principios de diciembre de 1439, Alfonso Álvarez de Toledo, que en representación del príncipe de Asturias intentaba tomar posesión de esta localidad como corregidor, se encontró con las puertas cerradas y atrancadas y con la negativa del concejo, alentada también, al parecer, por el propio alcalde del rey, Fernando de Peratal (suponemos que fuera Fernando de Peralta). El 12 de diciembre, en Madrid, el rey volvía a ordenar que Alcaraz se entregara al Príncipe, puesto que don Enrique “es e deue ser contado conmigo vna e esa misma persona, e lo que yo a el di e do siempre queda en la corona real de mis regnos e en el dicho prinçipe mi fijo como heredero e subçesor dellos”. Aunque probablemente el temor de Alcaraz, más que a don Enrique, se debiera Pacheco, y a don Pedro Girón, hermano de éste, que estaban comenzando su ambiciosa carrera a costa de las tierras y las rentas de aquél, a quien servían de pajes, consejeros y –a decir del cronista Alonso de Palencia- en menos confesables y públicos asuntos.
Desde luego, parece que hubo resistencia a la entrega de villas y castillos acordada en los pactos entre el rey y su primo (no olvidemos que aún esta- ban en la corte, y sabían de estos tratos, Periáñez y Alonso Pérez de Vivero, secuaces del de Luna). Pero las decisiones estaban ya tomadas. Álvarez de Toledo tomaría muy pronto posesión de Alcaraz, tras jurar los capítulos y usos de rigor, así como que nunca sería traspasada a otro señor ninguno312 (detalle que sin duda alude a los temores respecto a Juan Pacheco). Muy pronto –8 de marzo- veremos al concejo mostrar a su teniente, Fernando Díaz de Torres, el libro de su fuero, en que se contenía el derecho a elegir por San Miguel los cargos concejiles, y pedir un traslado para guarda y de- fensa de sus antiguos usos (lo que no impedirá que el corregidor pretenda designar a estos oficiales y proceda al embargo de las rentas de propios,
312. Ver A. Pretel Marín, Una ciudad castellana... pp. 84-87.
provocando el colapso de la hacienda local). Por si acaso, la aldea alcara- ceña de Peñas de San Pedro se apresura a hacerse confirmar por el príncipe todos sus privilegios, intentando sin duda eximirse de las obligaciones que Alcaraz, a su vez, haría recaer sobre sus aldeanos, como podremos ver.
No menos resistencia habrá, probablemente, a la orden de entrega de castillos al rey de Navarra y sus satélites, sobre todo a raíz de la fuga del rey en enero de 1440, que implicaba de hecho una revocación de los acuer- dos, y todavía más cuando don Álvaro salga de su destierro y controle otra vez la voluntad del rey, lo que vuelve a encender la lucha en la comarca.
Como luego veremos, consta la resistencia en el caso de Iniesta, donde el alcaide Nuño de Abengoza se negó a obedecer y fue cercado; de Alarcón, donde Lope de Alarcón prefirió consultar de nuevo al monarca antes de proceder a la entrega efectiva de esta fortaleza; y de Garcimuñoz (por no hablar de Jumilla, que también debería entregarse al navarro, pero no quiso hacerlo). Y es bastante probable que el conde de Castro, Diego Gómez de Sandoval, tal vez el más leal de cuantos caballeros seguían a los infantes de Aragón313, no pudiera tomar posesión de inmediato de la villa de Almansa, que le fue transferida tardíamente, también en Castronuño, el 12 de diciem- bre314, mediante compraventa más o menos auténtica (en realidad se dice que los 2.200.000 maravedís que el conde pagará por esta población serían descontados de la deuda de 7.000.000 que el rey mantenía con él y con sus hijos por las rentas y villas que le había embargado; es decir, que no habría
313. Gómez de Sandoval comienza su carrera política como fiel servidor de Fernando de Antequera, al que acompaña en su campaña andaluza (será recompensado por heridas sufridas justamente en el cerco de Antequera). Don Fernando le hizo conceder el adelan- tamiento de Castilla, vacante tras la muerte de don Gómez Manrique, y la villa de Lerma.
Como hemos podido señalar en anteriores páginas, al pasar don Fernando a ser rey de Aragón, Gómez de Sandoval le ayudó en esa empresa, derrotando al común de Valencia y ganando gran fama por su acción. Luego continuó en Castilla sirviendo a sus hijos, los Infantes, y en particular a don Juan, duque de Peñafiel (en 1419 le representará en Olite en su compromiso matrimonial con Blanca de Navarra), del que recibirá la ciudad de Agosta en Sicilia (1416), y después, en Castilla, la villa de Castrojeriz, con la que formará el con- dado de Castro, concedido por Juan II de Castilla en 1426. La derrota del bando aragonés en 1430 le llevará al exilio, siguiendo a los Infantes, y a perder casi todos sus bienes en Castilla, por lo que Alfonso V de Aragón le recompensará en 1431 con el título de conde de Denia y la villa de Ayora con su valle (Crónica de Juan II, p. 708), que le es confirma- da todavía el 20 de noviembre de 1441y el 19 de mayo de 1446 (AHN, Nobleza, Frías, Leg.1937-14 y Leg. 3229/ 1-28). Más noticias biográficas sobre el conde de Castro en A.
Franco Silva, “El linaje Sandoval y el señorío de Lerma”, Actas del I congreso de Historia de Castilla-León, Burgos, 1983, pp. 133-149.
314. A. Antolí Fernández, “Noticia de los señores de Almansa a mediados del siglo XV”.
Al-Basit, 18, Albacete, 1986, pp.155-163.
de pagar una blanca). Ello no sería obstáculo para que los soldados del rey de Navarra ocuparan muy pronto esta plaza, que sería vital para las comu- nicaciones entre el marquesado y el reino de Valencia, donde el conde de Castro era señor de Ayora.
De momento, el navarro pondrá un “gobernador del Marquesado”, mo- sén Diego Fajardo, señor de Benidorm, valiente aventurero y notable poeta, y uno de los “galanes” –en feliz expresión de don Jorge Manrique- que le habían servido en las guerras de Italia315. Él será el encargado de requerir la entrega de todos los castillos dados al de Navarra, y de paso, algún otro de la dote del príncipe, que de esta manera era puesta en peligro por su fu- turo suegro, que asumía poderes de auténtico señor, y también de nombrar corregidores, que a su vez nombrarían alcaldes ordinarios y alguaciles –a veces, forasteros, contra lo contenido en fueros y ordenanzas- en las villas sujetas a su jurisdicción. Al tiempo, era un peón del partido navarro en la ciudad de Murcia, y tenía en las villas no entregadas a sus propios agentes.
Por ejemplo, el alcaide de Villena, Juan Martínez de Mergelina, que impi- dió mientras pudo que Periáñez tomara posesión de esta importante plaza, y hasta se enfrentaría al propio adelantado (que, además, de momento, to- davía no desconfiaba de él, aunque no tardará en cambiar de opinión316).
Ya antes del destierro de don Álvaro, y más aún después, cuando Diego Fajardo requiere que le entreguen todas las fortalezas, la presencia de las autoridades del navarro, y el cobro de pedidos contrarios a los usos y cos- tumbres del viejo señorío, provocaban disturbios en algunos lugares; supo- nemos que en muchos, aunque sólo tengamos noticias de Albacete. Aquí, el concejo envía a dos representantes a Chinchilla, a pedir a mosén Diego Fajardo que no nombre un corregidor, al tiempo que señala guardias para las puertas y adarves de la villa, y sabemos que tiene que tomar a un vecino su casa para meter los presos, ante la insuficiencia de los medios normales de prisión. Pero también sabemos que hay reuniones de “juntas”, una en
315. Era hijo de Juan Alonso Fajardo, y sobrino, por tanto del adelantado Alonso Yáñez.
Sirvió a los Infantes en las guerras de Italia y se formó en la corte de Alfonso el Magná- nimo. En 1439 tomará posesión para el rey de Navarra de la villa de Cuéllar, poniendo allí oficiales de justicia por él. Como gobernador del marquesado, de cuyas villas toma posesión igualmente, luchará junto al maestre don Enrique y a su primo Alonso Fajardo el Bravo en el reino de Murcia. Más amplia biografía en J. Torres Fontes, “Los Fajardo en los siglos XIV y XV”, p. 45, y E. Méndez Apenela, “Mosén Diego Fajardo, en Murgetana, 110, 204, pp.23-42.
316. Consúltese el trabajo de A. Franco Silva y A. Moreno Ollero, “Las primeras orde- nanzas municipales de Villena (1440-1445)”, Anales de la Universidad de Alicante, Hª Medieval, Nº 8 (1990-1991), pp. 115-145.
Corral Rubio y la otra en Almansa317, en las que los concejos trataron la manera de oponerse al pedido o repartir el gasto: al final decidieron enviar a unos procuradores de Albacete, en representación de todos los demás, a “la suplicaçion que toda la tierra fizo del pedido que el sennor rey de Nauarra mandaua pagar”. Resistencia pasiva, que no condujo a nada: en septiembre de 1440 Alonso Sánchez de Olivares ya había recaudado para el rey de Navarra el pedido especial “para ayuda a las bodas de la sennora prinçesa” (que en efecto, se casa por esas mismas fechas318).
En el partido norte, sabemos que en al año anterior, y antes de que el rey diera las fortalezas a su primo navarro (aunque sin duda entonces ya se hablaba de ello), Lope de Alarcón tomaba precauciones: consciente del escaso fundamento legal de aquella donación de Zafra y sus aldeas que le hiciera el concejo de Alarcón, se hacía confirmar la legitimidad de esta po- sesión con fecha 2 de octubre de 1439, en previsión, quizá, del inminente cambio que iba a producirse en toda la comarca. Por octubre, también, el concejo de Iniesta, mandado por Suer Méndez de San Martín, el alcalde mandado por el corregidor Juan de Bozmediano, pretendía tomar posesión de su castillo; y como el alcaide nombrado por el rey, Nuño de Abengoza, no quisiera entregarlo, mandó hacer barreras alrededor del mismo y lo tuvo cercado durante algunos meses, con ayuda del pueblo, aun cuando, al pa- recer, no intentara atacarlo. Y, para complicar más aún la cuestión, a prin- cipios de enero de 1440 llegan el bachiller Ruy Fernández de Salamanca y Pedro de Clavijo, enviados de Ruy Díaz de Mendoza, a tomar posesión de la villa y castillo, y encuentran que no pueden siquiera requerir a Nuño de Abengoza para que entregue éste, pues se encuentra cercado, y el concejo tampoco quiere cumplir las órdenes, alegando que Iniesta, según sus privi- legios, no puede desgajarse del resto de los pueblos del viejo marquesado de Villena, y que este señorío “segund los dichos privilegios, no puede ser dado saluo a persona de la casa real, non diuidiendo nin apartando vn lu- gar de otro”. Interesante idea, tal vez muy extendida a la sazón en todo el señorío, y que viene a invocar su vieja condición de “apanage” vinculado a la estirpe directa de los reyes319, pero que nos sorprende precisamente en
317. Almansa era entonces señorío de conde de Castro, lo que hace un poco extraña la noticia acerca de esta junta. O es que se produjo antes de la toma de posesión, o es que el señorío era más nominal que efectivo.
318. La boda entre Blanca de Navarra y el príncipe de Asturias se hizo en Valladolid, el 15 de septiembre de 1440, con pompa extraordinaria.
319. En efecto, el señorío había sido creado por el hijo menor de Fernando III, el infante Manuel, y de éste pasó a su hijo, su nieto y su biznieta, hasta que revirtió a la corona a raíz de la extinción de la casa Manuel. El rey Pedro I lo dio a su hijo don Sancho, pero perdió la
boca del concejo de Iniesta, que había sido apartada y entregada a Enrique de Villena, como los emisarios de Ruy Díaz de Men- doza no dejan de observar en el debate que se abre después.
Este caso de Iniesta, quizá el más complicado, resulta al pro- pio tiempo muy significativo de la tensión creada por las contra- dictorias instrucciones del rey y de su primo. Nada menos que tres poderes señoriales (el prín- cipe de Asturias, su suegro de Navarra y el real mayordomo Ruy Díaz de Mendoza), sin con- tar el del rey, confluyen a la vez sobre una pequeña población de mil o mil quinientos habitantes escasos; y ninguno de ellos está dispuesto a dar el menor paso atrás. Ruy Fernández y Pedro de Clavijo requieren al concejo que les dé posesión de la villa y derriben las tapias y barreras hechas frente al castillo; a lo que se responde con una negativa: Iniesta forma parte de la dote del príncipe, tiene hecho homenaje al suegro de éste por un plazo concreto, que aún no está cumplido, y dice que “las dichas barreras no pueden açer danno al castillo nin a los que en el estaran quando el seruiçio de los dichos sennores reyes guardaran”, y que sólo se hicieron por orden de los reyes y para una mejor defensa de la villa. Sin embargo, después de consultar al de Navarra y a su gobernador mosén Diego Fajardo, Suer Méndez cederá, aunque a regañadientes (da poderes a otro, para no ser él mismo quien entrega las varas), a autorizar la entrega de Iniesta, con su
guerra. Luego, Enrique II, que lo había prometido a Alfonso de Aragón, estuvo meditando, al parecer, si romper su promesa y entregarlo a su hijo heredero, el infante don Juan; pero al fin lo entregó a Alfonso de Aragón, después de un compromiso del hijo mayor de éste con una de sus hijas. Ya en el siglo XV, como hemos comprobado, sería concedido, con título ducal, a la infanta María y a su hermana doña Catalina, y al fin se otorgaría como dote al Príncipe de Asturias y a su esposa. Juan de Navarra, en cambio, no era hijo de rey de Castilla, aunque sí nieto de Enrique III, e hijo de Fernando I de Aragón.
Iniesta. El castillo
jurisdicción y su mina de sal, a su nuevo señor. Ésta tendrá lugar el 9 de febrero, tras la jura por parte de los dos emisarios de unos cuantos capítulos sobre mantenimiento de usos y libertades, renuncia a designar las alcaldías y el alguacilazgo como antes hiciera Enrique de Villena, amnistía de todos los delitos hasta el día de la fecha, y la limitación de las atribuciones del alcalde mayor320. Pocos días después –22 de febrero- el navarro dará su visto bueno a esta operación. Es parte de un despliegue mucho más general, pues por aquellos días Ruy Díaz de Mendoza ocupaba Segovia321, y otros partidarios del bando aragonés controlaban bastantes ciudades de Castilla.
Es de pensar, por tanto, que Nuño de Abengoza daría posesión a Ruy Díaz de Mendoza del castillo de Iniesta, que tenía por el rey de Castilla, ya que éste había enviado cartas en tal sentido, aunque también sabemos que el de Villandrando, conde de Ribadeo, no consiguió tomar la de Garcimuñoz, que el rey le había otorgado antes en Castronuño322. Y nos consta igualmen- te que Lope de Alarcón, que había recibido por esas mismas fechas órdenes de entregar todas las fortalezas de Alarcón a los representantes del navarro, se negó en redondo darles cumplimiento, aunque el 10 de febrero de 1440 recibió garantías sobre su posesión de Zafra y La Solana323. Pese a las ten- taciones, se mantuvo leal, como luego demuestra la felicitación de Juan II por no haber entregado aquellas fortalezas que estaban a su mando324, y su
320. Este accidentado proceso de toma de posesión de Iniesta se sigue paso a paso en P.
J. García Moratalla, Iniesta en el Siglo XV, Ayuntamiento de Iniesta (Cuenca), 1999, pp.
80-112. En cuanto a los capítulos que el concejo pedía, Clavijo y Ruy Fernández sólo son reticentes al que se refería a no poner corregidor si no fuera pedido por los mismos vecinos (dice que se atendrá a las leyes del reino “segund se guarda por los otros sennores en sus villas e logares, del señorío del dicho señor rey en este caso”), y a la renuncia expresa a designar alcaldes y alguacil (se remiten también a las leyes y ordenanzas, “quedando to- davia la señoria del dicho Ruy Díaz para suplir lo que con derecho deuiese suplir en este caso çerca de la justiçia).
321. Zurita, Anales, XV-VII.
322. J. M. Calderón Ortega, “La evolución histórica del castillo de Garcimuñoz....” p. 63.
El 19 de septiembre de 1444 todavía reconoce el monarca que el conde don Rodrigo no ha podido tomar la posesión de Garcimuñoz, e insiste en entregársela, prometiéndole a cambio, si no pudiera hacerlo, Fuentidueña o Peñafiel, cuando estas poblaciones pudieran ser tomadas.
323. B.N. Mss. 13124, f1 183.
324. El 19 de diciembre de 1439 el rey mandó entregarlas; pero el 25 de mayo de 1440 ya le felicitaba por no haberlo hecho. L. Suárez Fernández, “Los Trastámara...” p. 184. Cita a M. Lasso de la Vega, marqués de Saltillo: El señorío de Valverde, Bib. Conquense, II, 1945, p. 61-67. También, Fernández de Cañete y Gascón: Apuntes históricos de la villa de Alarcón, p. 33 y 54.