Hasta aquí el material obtenido al analizar los discursos producidos por cuatro grupos de jóvenes urbanos. Tal como se apuntó en la Introducción, el trabajo de campo realizado no cubre toda la gama de discursos juveniles, puesto que excluye las posiciones extremas (minoritarias pero que contribuyen a definir posiciones y a establecer el campo de valores general) para centrarse las posiciones “centrales”, posiblemente mayoritarias, del espectro social.
Pero incluso si hubiéramos cubierto todo el campo de las subjetividades juveniles careceríamos de elementos de contraste para situar convenientemente el alcance de sus opiniones y motivaciones, puesto que nos faltan elementos para verificar en qué medida estamos ante expresiones de carácter generacional (propias de los jóvenes) o de otras de carácter transversal (en las que se incluyen sectores de la población adulta). Para ello deberíamos realizar un estudio que escapa a los límites de esta investigación.
Sí hemos incluido un material de contraste procedente de un sector muy específico de los adultos: los que trabajan con ellos desde la perspectiva de difundir valores religiosos. Se trata, obviamente, de un sector minoritario de la población, pero con una importancia estratégica marcada: están en contacto permanente con sectores de la población juvenil y su dedicación se centra en torno a la “cuestión de los valores”, entre los que se incluye explícitamente la formación religiosa. Nuestra pretensión ha sido la de establecer un primer contraste entre los resultados obtenidos tras nuestro análisis de los grupos de jóvenes y el diagnóstico espontáneo que establecen estos educadores. No se trata de tomar este último como argumento de autoridad o criterio de verdad, sino como un elemento más a la hora de comprender el contexto más amplio en el que se sitúan los jóvenes actuales.
5.1. Sobre los jóvenes en general
Desde el punto de vista de los educadores, los jóvenes otorgan prioridad absoluta a “sentirse a gusto”, lo que resulta sinónimo de eludir obligaciones y rechazar todo lo que connote a imposición, estructuras o autoridad. Les interesa lo nuevo, lo diferente pero sólo desde el punto de vista del conocimiento y la experiencia efímeros, sin comprometerse con nada. Los educadores los perciben como generaciones que no asumen la responsabilidad sobre sus vidas y pretenden moverse sin ningún tipo de restricciones, al menos todo el tiempo que les sea posible aplazar el momento en que tengan que “pensar” en lugar de “vivir”:
-“ ...dan mucha importancia a ‘si me siento a gusto’, pero no hacer por obligación. El otro día teníamos una reunión, un fraile concretamente quería poner como un programa, una organización-estructura, hacer una planificación y tal, y por parte de los monitores, que tienen de 20 a 28 años, o sea, había una resistencia. Es decir, si eso es así como impuesto, como estructura, pues no”.
(...)
- ...le digo a las chavalas ¿vosotros cómo pensáis vuestra vida, que queréis hacer con ella? Y me dicen: “oye, que la vida es para vivirla, no para pensarla”.
O, si no: “que lo piensen mis padres, yo no pienso; ahora me toca vivir y punto”.
Criticar todo es una cosa común, experimentar todo, viajar mucho, conocer mucha gente; conocer.., pero no conocer, no integrar, no, no, conocer, experimentar, eso es común en general: no hay compromiso. A mí me decía una chica: “es que me da pereza el tener hijos, tú sabes qué rollo, es que me da pereza”. (GT, 2 y 24)
Los jóvenes urbanos se caracterizarían por una “incomprensión” de ciertos valores básicos. Así, entienden la libertad como la opción de actuar libre de cualquier constricción; no aceptan que está limitada por la sociabilidad. Piensan la autonomía como un actuar sólo en base a las propias normas, al margen de la comunidad. El trabajo es un mero medio para obtener dinero, no una oportunidad para la realización personal. No tienen el valor del agradecimiento, actúan como si todo lo que reciben les fuera debido. Son cerrados ante lo diferente, no viven las oportunidades de la apertura a los otros.
Se trata de una juventud que se cree muy libre y no es consciente de que “están absorbidos” por la sociedad (10). Pero no estaríamos ante una cuestión que afecte sólo a los jóvenes, puesto que estos están reflejando lo que sucede en el conjunto de la sociedad: “no hay sentido de identidad, no hay reflexiones fuertes” (6); “[el
individualismo] no es sólo propio de los jóvenes, es lo que se respira en la sociedad”
(11); “ahora tenemos muchos más problemas porque los padres no apoyan en esto de generar valores, porque lo primero que hacen es darles la razón a los hijos” (8).
Si tomamos el discurso de los educadores no como una verdad emitida por expertos sino como material de análisis, podemos observar lo siguiente. Para este sector de adultos los valores aparecen como equivalente de conceptos como contención, consideración por el otro, límites al individualismo narcisista, etc. Por otra parte, los jóvenes son caracterizados precisamente por no admitir estas limitaciones, amparados por unos padres que los sobreprotegen. Por tanto, los valores aparecen aquí como sinónimo de sociabilidad, precisamente lo opuesto a la juventud que se caracterizaría por un individualismo exacerbado. Es decir, no se considera a los jóvenes como portadores de valores diferentes sino como carentes de valores. Este tipo de interpretación puede deberse a una cierta “moralización” del asunto -bastante extendida en general entre los educadores- que tienden a considerar “valor” sólo a lo conceptuado como positivo, desvalorizando otros contenidos que resultan negativos desde nuestro punto de vista pero pueden ser positivos desde el de otros.
Así, desde un punto de vista diferente, los educadores replantean la misma escisión que encontramos en algunos discursos juveniles, acerca de la insalvable oposición entre “lo juvenil” y “lo religioso” (en el caso de los jóvenes) o “los valores” (en opinión de los educadores).
5.2. Sobre los jóvenes creyentes
Las opiniones de los educadores coinciden en que entre los jóvenes existe un desprestigio generalizado de la imagen de la iglesia, lo que les lleva a considerar las prácticas negativas como típicamente eclesiales y las positivas como excepciones de carácter personal (“yo les digo que soy monja pero me contestan: ‘pero tú eres.. como si no fueras’”, 8). El rechazo de los jóvenes hacia lo eclesial-institucional encuentra dos tipos de explicaciones: para unos es un resultado del anticlericalismo que ejercen muchos medios de comunicación (una “campaña” contra la iglesia); para otros es el producto de la acción rígida de ciertos sectores eclesiales, y de la tendencia de los jóvenes de generalizar los ejemplos malos y no los buenos.
A pesar de esta situación, y de la caracterización general que se hace de los jóvenes, existen sectores que se identifican como creyentes; por tanto, como portadores de ciertos valores específicos. Sin embargo, difícilmente escapan a las características generales atribuídas a sus coetáneos. Según los educadores existe un fuerte control social por parte del grupo de iguales y, puesto que lo religioso no tiene prestigio entre los jóvenes -incluidos los creyentes y los que asisten a colegios católicos-, las manifestaciones de la fe adquieren carácter vergonzante. Además, en la medida en que las invocaciones a lo religioso suene a los jóvenes como directiva
“desde arriba” (colegio católico, instrucciones de las monjas) el grupo tiende a rebelarse (y quien asume sin tapujos sus creencias corre el riesgo de ser visto como un “pelota”).
Aunque la rebeldía sea un componente propio de ciertas etapas de la vida, algunos opinan que no se trata simplemente rebeldía juvenil, sino de un fenómeno agudizado en “esta época”:
“...hoy ha entrado en la clase donde yo tenía que dar clase a pedir voluntarias para el domingo que si podían ir voluntariamente, no ha habido ni una en esa clase, ni una. O sea, si no es obligatorio no van; y además la miraban con pena a la persona que lo proponía. Y el hecho de que sea una institución religiosa puede ser que haya más rechazo; y conforme van creciendo, lo que yo veo es que hay mucho control de unos para con otros ¿no?, hay un control de expresión de valores y de forma de pensar entre ellos mucho más que por parte de los adultos, estoy segura que a un nivel interpersonal alguno hubiera ido, pero el control de la clase es sumamente fuerte y la imagen buena no es la
de..[la práctica religiosa]; es como un poco.., pues no sé seguir la corriente al colegio, es esa cierta acción de rechazo ¿no?. (...) Están en la edad de la rebeldía pero ha habido épocas, yo creo, más fáciles.” (3-4)
En el fondo, pues, los creyentes son jóvenes que carecerían de convicciones suficientemente fuertes como para enfrentarse a un contexto adverso. No quieren significarse frente al grupo, incluso cuando tienen convicciones religiosas muy definidas; al no significarse intentan eliminar los riesgos de ser estigmatizados y excluidos. Por eso la fe suele ser vivida como una cuestión personal, o de pequeño grupo, que no tiene por qué manifestarse públicamente ni significar ningún tipo de
“afiliación”. Incluso las jóvenes novicias, aspirantes a religiosas, no quieren que su decisión marque un distanciamiento con sus amigos. En definitiva, son personalidades débiles, que no asumen la responsabilidad de realizar cambios en su vida, y necesitan el permanente reconocimiento del grupo de iguales:
“- Eso pasa ahora con las novicias cuando entran. Estoy en la formación y cuando entran al principio lo que les importa es no crear diferencias. Por ejemplo, una me decía: “les he prometido a mis amigos que no voy a cambiar absolutamente en nada y voy a ser siempre la misma”, le digo: “pues sí, tienes que ser siempre la misma, pero alguna ruptura hay ¿no?”. Pero el no romper, el seguir formando parte del grupo de referencia de siempre y que no tenemos ningún interés de dejar; que no se trata de romper pero que, bueno, entras en una dinámica comunitaria que es distinta a lo anterior.
- Yo tengo una igual, que es una idea como que hay muchas sectas, de grupos así.
- Que es una comida de coco ¿eh?, que es una comida de coco, y también están un poco sobre aviso. Igual me pasa con las alumnas; por ejemplo, hay una chica que cuando yo pues me quedo en el barrio, si voy a la iglesia la veo, y hoy no ha sido capaz en el colegio de salir voluntaria. Y es porque en el grupo no está bien visto, entonces es algo que lo hacen de a una, lo más privado posible, o sea, sin dejarse notar.
- Sí, es creyente pero a un nivel más individual, sin afiliarse o dependiendo de ningún grupo” (10-11).
Una vez “trabajados” en grupos de pastoral son capaces de una madurez, basada en relaciones profundas, apertura a los demás y participación social. Valoran positivamente la acogida, los ámbitos donde hay calidez humana y pertenencia grupal, y desde ellos son capaces de comprometerse en lo social como grupos de fe. Sin embargo, son refractarios a depender de la iglesia y a aceptar que esta interfiera en su
vida personal. Además, marcan una distancia entre sus prácticas religiosas y la de los adultos (por eso se los considera “cerrados”):
“- ...la práctica de los sacramentos y la vivencia en la comunidad eclesial no acaba de calar en ellos” (...) luego comprometerse, el meterse ya en cuestiones.., vamos a decir, depender de la iglesia, pues eso porque ven a la iglesia como mucha institución, mucha norma, mucha (...) pasan olímpicamente de muchas cosas ¿eh?, de la iglesia pasan olímpicamente; cuestiones pues relacionadas con su afectividad, con la vida, pues sexual, de pareja y todo esto, esto no (...) Luego ya con los sacramentos, el ir a misa, la eucaristía, sí, pero...
nos dicen: “cuando nosotros sintamos esa necesidad, no nos lo tenéis que imponer”, son chavales de 20, 21, 22, 23 años, o sea que no son unos chiquillos.
(...)
- Hacemos una formación voluntaria y hay gente que está en la universidad, entre los monitores tenemos tres o cuatro chicos que, además, vienen voluntariamente; trabajan, hacen una especie de taller, damos charlas y cosas de esas y están a gusto, después se van con los chicos a los campamentos, o sea, todo ese nivel, fenomenal. Ahora, lo que ya no se entra por el mismo carril es todo lo que es por ejemplo, participar en la eucaristía con adultos, son grupos muy cerrados, sin la apertura a lo distinto” (2 y 9).
Desde el punto de vista de una “iglesia que marca las cosas” (rígida, vertical) esta actitud muestra una inmadurez en la fe. Pero los educadores que no se identifican con esa visión de la iglesia no se alejan demasiado de ese diagnóstico: si bien aceptan que parte del rechazo y prevención de los jóvenes obedecen a prácticas erróneas de elementos eclesiales, suponen que los jóvenes “deberían” tener la suficiente claridad y fuerza como para enfrentarse -simultáneamente- al contexto social no creyente y a quienes desde la iglesia “desvirtúan” sus valores. En otras palabras, consideran también que no existe suficiente “madurez” entre los creyentes jóvenes: el problema está en sus carencias.
5.3. Sobre qué hacer
Por tanto, nos encontramos ante la siguiente descripción de la situación: existe un amplio descrédito de lo eclesial entre los jóvenes, mientras que los creyentes difícilmente asumen sus valores cristianos más allá las prácticas individuales o en pequeños grupos . Desde dicho diagnóstico ¿cabe algo más que la impotencia por
parte de los educadores? Estos coinciden en que una posibilidad de “enganche” con la juventud son las actividades de trabajo social, pero no confían en que tras esas prácticas exista un compromiso sólido. Opinan en cambio, que los chavales están muy sujetos a las influencias cambiantes del contexto que les rodea, que carecen de concepciones profundas que les permitirían mantener una conducta:
“- Para agarrar a los chicos y que no se vayan después de la confirmación es plantearles trabajos sociales. Por ejemplo, una campaña para, una era para una ONG nuestra, pero un proyecto lo más conocido, lo más próximo a ellos para que se personalicen con él, y que ellos hagan la campaña con todo el protagonismo que se pueda. Y por ahí es por donde se está viendo trabajar, pero el enganche es por el área social, es otra imagen de la iglesia, es.., bueno, es algo que va más con la sociedad, ahora está bastante fuerte todo el tema de voluntariado, hay una sensibilidad especial para él, entonces por ahí si enganchan.
(...)
- Sí, yo creo que hay enganchar con símbolos; son muy sensibles a los símbolos, pero son unos símbolos que a lo mejor tienen más de religión que los símbolos propiamente de la iglesia, pero como que están asumidos por la sociedad. Yo creo que, mira, todo esto que decimos, yo misma, el que vayan a hacer una campaña o que nosotros en el campo de trabajo iban a la iglesia y cantaban, pero era con los amigos que habían hecho en el pueblo, como iban los amigos y ellos se habían aprendido canciones, venían de distintos sitios, con las que venían del colegio, yo sé que eran chicas totalmente secularizadas, pero iban a cantar. Pero se cambian de sitio, pierden los amigos y no, y no.., o sea, como que no acabamos de calar lo que es.., yo no digo dogmas ni cosas de esas, sino como concepciones sólidas, algo, hablo de teología también, no tonterías, pero algo serio, de digamos yo creo que es muy difícil. No quiero ser pesimista.
- Y qué es para ellos lo sólido, lo sólido por decir entre comillas, pues el grupo, los amigos, aquél con el que yo pueda hablar, en el que puedo expresarme, confiar, para ellos eso es lo sólido. (...)
- (...) Hay cosas que les impresionan, pero enseguida se les olvidan; o sea, les impacta en el momento pero están más bombardeados por otras cosas. ¿Cómo hacer consistentes esos valores?, es un reto muy fuerte” (10 y 11-12).
En este punto de la reflexión los educadores se encuentran ante un dilema que no alcanzan a resolver (“yo a veces digo: ¿qué queremos buscar?, es que no sé; le doy muchas vueltas a la cabeza y no encuentro..”, 20). Desde su punto de vista los
“valores” implican convicciones fuertes, autolimitación y compromiso comunitario y se plantean cómo atraer a los jóvenes hacia este terreno. Pero, analizando su propio
diagnóstico a la luz de las opiniones juveniles, podemos formular las cosas desde otra perspectiva: no se trata de que la mayoría de los jóvenes “carezca” de algo sino que están adscritos a modelos diferentes a los de sus educadores. La discordancia se establece entre distintos tipos de identidad: lábiles, flexibles, cambiables entre los jóvenes; firmes, persistentes entre los educadores. Por ejemplo, se dice -en primera instancia- que los jóvenes se plantean una “teología a la carta”, tomando de las enseñanzas de la iglesia lo que les gusta y dejando de lado lo que no les interesa, y que ésta es otra manifestación de mentalidades que carecen de “ejes articuladores”.
Sin embargo -en un segundo momento- surge la duda: ante una realidad tan cambiante como la actual ¿no será mejor adaptarse permanentemente a la “dispersión” en lugar de mantenerse en una identidad rígida?:
“- Yo creo que sí, es un poco lo que se llama la teología y la iglesia a la carta, lo del supermercado: “esto me interesa de la iglesia, esto lo dejo”. A mi no me agobia para nada el tema dogmático y todas esas cosas ¿no?, pero creo que no hay ejes que articulen; eso es lo que a mí.., a lo mejor para mí es una necesidad. No ejes estructurales, sino ejes que te organicen, que no te hagan ser esquizofrénica, que te ayuden un poco a articular tu vida personal con la profesional, algo, unos valores. Yo creo que eso no se da con frecuencia, no es frecuente, pero yo no solamente lo veo en jóvenes, lo veo también en gente mayor, nos ocurre a todo el mundo. Yo creo que somos un poco.., a lo mejor, bueno, por el hecho de la vida de las religiosas como es en comunidad, que continuamente estamos pues un poco trabajando cosas y así, pero yo veo que sobre todo no hay... Y a lo mejor no tendrá que ser así, no lo sé, que a lo mejor tenemos una conciencia, que estemos en un mundo completamente distinto y habrá que.., es tan disperso todo que es mejor adaptarse a la dispersión, que si no te vuelves loca de tanta información. (...) ¿A ti no te pasa o no os pasa? en esta sociedad estamos dentro de.., somos gente de esta sociedad, distinguir lo virtual de lo real, por ejemplo. Yo estoy viviendo la guerra ahora como si fuera una película, es que no me lo acabo de creer. Es que somos hijas de nuestro tiempo también y en ese sentido vivimos una serie de elementos que son muy nuevos ¿no?.” (13).
Recogiendo esta última reflexión puede plantearse la hipótesis de que los discursos juveniles expresan, respecto a los de los educadores, el cambio social que distingue dos épocas:
10 Sin embargo, se apunta que hay grupos -minoritarios pero significativos- de jóvenes que se acercan a modelos de iglesia fuertemente estructurados, quizás como búsqueda de refugio seguro ante un mundo social que aparece como agresivo y carente de sentido: “hay grupos de jóvenes que buscan también en su vida ante este desconcierto que no saben.., y según su psicología pues ellos quieren ocultar una inseguridad, y lo mismo les dan un apoyo” (19).
- Una, anterior, en la que se socializaron las personas mayores, caracterizada por la primacía de referentes fijos que se traducían en identidades fuertes (sólidas, estructuradas), capaces de separar lo real de lo virtual como forma de no caer en la esquizofrenia.
- Otra, la actual, en la que se han socializado los jóvenes, caracterizada por la flexibilidad y variabilidad de los referentes, por la imbricación entre lo virtual y lo real, en la que se requieren identidades adaptables, más preparadas para evitar la locura que los Yo rígidamente estructurados.
En la medida en que este diagnóstico fuera correcto sería necesario modificar el planteamiento de los educadores: en lugar de intentar “atraer” o “enganchar” a los jóvenes en los propios modelos de valores deberían plantearse estrategias que partieran de reconocer esta diversidad de modelos identitarios. A partir de ahí se trataría de explorar caminos que llevasen hacia un “encuentro” que no parta de situar a los jóvenes en el lugar de la carencia (la falta de, la indefinición, etc.) y que permitiera una reflexión acerca de la viabilidad de ciertas estructuras de valores en determinados contextos sociales; es decir, introducir la cuestión de la historicidad de los valores.
Por otra parte, el diagnóstico formulado por los educadores los conduce a otra conclusión: para trabajar con los jóvenes es necesario recurrir a métodos flexibles, alejados de toda planificación rígida y uniforme. Esta indicación cuestiona los planteamientos de determinadas instancias eclesiales respecto a la formación, pero se refiere sólo a la forma de la actividad, no a sus contenidos. Porque, incluso si hubiese consenso en cuanto a los métodos, ¿qué contenidos habría que aportar a los jóvenes desde una opción católica? En este terreno también las opiniones son diversas, aunque predomina la idea de que no son válidas las interpretaciones dogmáticas10. La cuestión de fondo que se plantea es la siguiente: ¿qué aportación específica pueden hacer los valores religiosos a estos jóvenes? Si el puro adoctrinamiento es rechazado por la