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El encanto de los libros imperfectos (Vituperio y elogio del fragmento)

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2) Ejemplares rarísimos (de dos a diez conocidos, completos o no) 3) Ejemplares muy raros (de II a 20 conocidos)

4) Ejemplares raros (de 21 a 40 conocidos)

5) Ejemplares corrientes (más de 40 ejemplares conocidos)

6) Ejemplares deficientes: corrientes y además incompletos, fragmentarios o en mal estado de conservación.

Hay, claro está, circunstancias que se superponen a los grados de rareza puramente cuantitativos y aumentan o disminuyen en gran medida el aprecio de un ejemplar:

-el tema e interés de la obra (mayor, por ejemplo, si es literaria que si es teológica) -la lengua (en general, se prefieren las vernáculas al latín)

-el que haya o no más ediciones de la misma obra

-el lugar de impresión (se prefieren los incunables nacionales y los de poblaciones de escasa producción)

-la mayor o menor competencia técnica del impresor

-el soporte (lógicamente, se aprecian más los incunables impresos en vitela que los normales, sobre papel)

-la presencia o no de grabados, capitulares, etc.

-el formato (son más raros los muy pequeños, y los muy grandes)

-el estado de conservación: integridad, márgenes, limpieza, ausencia de polilla...

-la encuadernación (preferiblemente de época y bien conservada; en su defecto, restaurada o moderna artística)

-las marcas de propiedad: son más buscados los ejemplares con pedigrí (el meca- nismo psicológico debe de ser similar al de la afición por las reliquias de santos, o de estrellas mediáticas).

Teniendo todo esto en cuenta, si pudiéramos pedir un incunable a nuestra celestial patrona santa Wiborada, se me ocurre un excelente candidato: un ejemplar completo, limpio y marginoso de La Celestina impreso en Salamanca en 1498, con buenos graba- dos y encuadernación de época perfectamente conservada, amén de abundantes correc- ciones autógrafas de Rojas para preparar la segunda versión de la obra...

10) El encanto de los libros imperfectos (Vituperio y elogio del fragmento)

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"Incluso en estado imperfecto, un libro antiguo es digno de nuestro aprecio", co- mo las ruinas de un templo griego o romano, y plantea fascinantes cuestiones: ¿por qué faltará la hoja? ¿Por descuido del encuadernador? ¿La suprimiría un lector por miedo al fanatismo inquisitorial? (íd. 118). Una vez hecho el mal, considera Pina Martins que "El bibliófilo serio debe comprender que un códice o una edición antigua no debe manipu- larse. Es preferible protegerlo en su estado de imperfección, marcado por el deterioro del tiempo y con las injurias del azar" (íd. 127).

Observa el mismo autor que "en los países meridionales —en el sur de Italia, en España y en Portugal- es menos fácil la adquisición de ejemplares perfectos", y señala como lunar más frecuente las manchas de humedad. Si esta es leve, recomienda que no se restaure, pues "contribuye a dar al ejemplar el tono característico de la antigüedad".

Otras manchas, en cambio, requieren el lavado del volumen, lo que no admiten algunos bibliófilos que podríamos denominar integristas (íd. 125). En cuanto a las señales de la censura inquisitorial, Pina Martins es partidario de conservarlas, así como de suplir con facsímiles -mecánicos o manuales- las hojas que falten en un raro ejemplar antiguo, en papel de época o —artesano- moderno, pues no se trata de engañar a nadie (íd. 128-131).

También comparto su criterio de conservar siempre que sea posible las encuadernacio- nes originales —aunque sean poco suntuosas- y tender a la sobriedad en las nuevas (íd.

140-141 y 145).

Ciertamente, a nadie le amarga un dulce, y si puede elegir entre dos ejemplares - situación en verdad infrecuente-, todo bibliófilo se quedará con el mejor. Pero en vista de que vivimos en la edad de barro de la bibliofilia y de que —como la zorra- muchas veces no alcanzamos a las uvas, más vale hacer de la necesidad virtud y autoconvencer - nos de que están verdes.

Por su propia naturaleza, los objetos -y los libros lo son- siempre han estado al servicio de sus dueños, que muchas veces han entendido como omnímodo —en mi opi- nión, equivocadamente- su derecho de propiedad. Esto les llevaba, como suele decirse, a hacer mangas y capirotes: por ejemplo, a recortar, agrandar (sin ir más lejos, Las Hilanderas de Velázquez) o modificar el formato de cuadros para adaptarlos al espacio donde deseaban exhibirlos 80.

Las mutilaciones intencionadas de libros pueden obedecer a razones inconfesa- bles, como borrar los sellos y exlibris que demostrarían su origen ilícito. Sin duda por esta razón falta la primera hoja y parte de la última de nuestro ejemplar del n° 22.

En otros casos la mutilación ha tenido una finalidad puramente práctica, como su- cedía con los misales: cuando Roma decretaba cambios en la liturgia (por ejemplo, ora- ciones de las misas de santos recién canonizados), había que elegir entre desechar los misales antiguos —una pena, mayormente si eran mozárabes 8 ' o plantinianos- o reci- clarlos cortando las hojas con los textos suprimidos o modificados y añadiendo las nuevas (curioso modo de producir volúmenes facticios). Nuestro n° 34 puede tener su origen en los cambios litúrgicos que trajo consigo el Concilio de Trento.

Muchos volúmenes han sido mutilados por razones comerciales, o —digámoslo con más precisión- por pura avaricia, lo cual no sé si es causa o efecto del coleccionis- mo de hojas sueltas, cada vez más cultivado en los USA (el paso siguiente puede ser la comercialización de párrafos, luego líneas...). Eco pone como ejemplos atlas del siglo XVI y la "Cronaca di Norimberga" 82 (es decir, el Liber chronicarum), pero la fechoría más rentable fue sin duda el aludido desmembramiento de sendos ejemplares mútilos

80 M José Martínez Justicia, Historia y teoría de la conservación y restauración artística, 115-116, 215, 367, etc.

81 Vid. Francisco Almela y Vives, La bibliofilia en España, 15.

82 Umberto Eco, "Riflessioni sulla bibliofilia", 29.

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de la Biblia de 42 líneas, realizado en 1921 por la librería neoyorquina Wells y en 1954 por Scribner: la cotización de estos noble fragments u honorables no cesa de aumen- tar83 .

Algunos libreros lo veían tan natural que confiesan sin rubor haber mutilado li- bros 84 , y Miquel y Planas cuenta el caso de uno que fragmentó entre varios clientes un Isopete catalán de 155085. Otro, de nombre Jaume Andreu, "empezó a coleccionar gra- bados que recortaba de los libros antiguos y los pegaba en unas hojas con las que for- maba álbumes" 86 . Aún más descorazonador es el caso de los rollos del Mar Muerto: los beduinos que los descubrieron en varias cuevas pronto comprobaron que les pagaban casi lo mismo por medio rollo que por uno entero, de modo que se aplicaron a despeda- zarlos, con tal ahínco que hoy existen trozos de apenas una palabra, y es endiablada- mente dificil casar unos con otros.

En abril del 2000 se subastó en Madrid lo que el catálogo describía como "Intere- sante colección de 36 portadas y frontis, en folio, de libros antiguos (s. XVII y XVIII) grabadas al cobre. Montadas y encuadernadas en un volumen en gran folio, en media piel con puntas": con una salida de 80.000 pts., esta colección de cabelleras —si se pre- fiere, de madres que dejaron 36 huérfanos- se remató en 130.000 (unos 781 euros).

La procedencia de algunos de los fragmentos aquí expuestos, y la de otros ac- tualmente en el mercado, suele ser la misma: un librero poco escrupuloso tiene ejem- plares incompletos de obras con buenos grabados, corta éstos, los vende muy caros y pasa el resto de las hojas a bou quinistes o a libreros modestos, que las revenden a bi- bliófilos o turistas, quienes las enmarcan por su valor decorativo. Todavía en agosto del año 2001 se podían comprar en la rive gauche de París hojas sueltas de libros de horas en vitela (impresos o manuscritos) y de algunos incunables.

Sin llegar a tales extremos de encarnizamiento —que produce casquería bibliofili- ca-, bastantes libreros han desglosado para aumentar la ganancia libros unitarios que constaban de dos o más partes. Sirva de ejemplo la tropelía cometida -como tantas otras- por Pedro Vindel con un incunable salmantino que perteneció a Sancho Rayón 87 , o la ya mentada de nuestro n° 36, Introductio in Dialecticam Aristotelis de Francisco de Toledo (México, 1578), de la que se desmembró indebidamente la obra que constituye unidad con ella (De Sphaera liber unus, de Francesco Maurolico, Icazbalceta n° 92), tanto en el ejemplar que perteneció al bibliófilo mexicano José Fernando Ramírez (res- pectivamente, núms. 60 y 59 de su catálogo, el segundo adquirido por Heredia, 3641) como en el nuestro, mútilo del primer cuadernillo y en el que se nota muy bien —sobre todo porque en el corte delantero falta la parte inferior de la marca de fuego- que se desprendió la segunda parte para venderla como volumen independiente.

Cosa distinta es la reutilización. Algunos ecologistas —sector ecolojetas- se com- portan como si hubieran inventado el reciclaje, cuando eso se ha hecho siempre, incluso en el terreno artístico. En la base de la mísera economía tradicional estaba el principio de que no hay que tirar nada, porque todo puede servir para algo, o quizá se necesite en el futuro: el que guarda, halla. Por ejemplo, hay papiros egipcios conservados gracias a su reutilización: en 1899 se descubrieron en Fayyum (Egipto) centenares de cocodrilos

Hans Tuzzi (seudónimo), Collezionare libri antichi, rari, di pregio, 65-66.

En la p. 22 de su libro póstumo Mis memorias bibliográficas (1922-1960), Francisco Vindel cuenta que adquirió en 1927 un ejemplar falto de la obra de Pedro Medina Libro de grandezas y cosas memora- bles de España, y confiesa a renglón seguido: "Recorté de ella un grabadillo".

85 En su recopilación Cuentos de bibliófilo..., p. [8].

86 Angel Millá, Libreros y bibliófilos barceloneses del siglo XIX.., 56.

Vid. Julián Martín Abad, "De un incunable salmantino y de su desajustada historia bibliográfica", 74- 75.

LA LUZ TRAS LAS TTNIEBLAS INCUNABLES ALBACETE

momificados rellenos y envueltos en papiros usados, de los que se recuperaron unos 21.000 fragmentos, hoy en la Universidad de Berkeley.

Otro caso curioso, aunque distinto, es el de la genizah de una vieja sinagoga de El Cairo, de la que Salomon Schecter se llevó en 1896 a su Universidad de Cambridge más de 100.000 fragmentos de manuscritos hebreos —del siglo IX en adelante- salvados gracias a que la religión judía prohíbe destruir todo aquello que contenga el nombre de Dios".

Debido a la mentalidad tradicional —ecológica avant la lettre- se han enviado al molino de papel ingentes cantidades de libros, algunos de los cuales sin duda merecían ser conservados, pero también se han salvado preciosos impresos (y manuscritos). No hay que olvidar que los palimpsestos constituyen un claro ejemplo de esta tendencia tradicional a la reutilización, la cual ha permitido conservar obras que de otro modo se habrían perdido para siempre. Muchas hojas —o pedazos de ellas- pertenecientes a códi- ces o cantorales han conocido una segunda vida como cubiertas o guardas de libros pos- teriores 89 . Señalaré también que en los años noventa aparecieron en el mercado —al me- nos, en el español- hojas de manuscritos árabes, probablemente del siglo XIX, sobre los que se habían dibujado o pegado imitaciones de miniaturas persas antiguas.

Las más primitivas producciones de la imprenta se nos han conservado de manera fragmentaria y normalmente casual, sobre todo en el cartonaje o en las guardas de en- cuadernaciones antiguas. Así sucede con los primeros ensayos de la imprenta holandesa (Clair 17), que algunos consideran anteriores a los de Gútenberg, y con los ya mencio- nados de éste (íd. 33-37). El calendario alemán que yo vi en una librería de Praga en agosto del 2000 era más moderno -para 1492, en formato gran folio- y le faltaba algún trozo, pero tenía la misma procedencia (estaba a la venta por 300.000 coronas checas, unos 9.000 euros, y allí se quedó).

Barbazán da cuenta de algunas "Sorpresas halladas en encuadernaciones" (p. 242), por ejemplo unas bulas de 1483 y 1502 que él tuvo y los ya mencionados hallazgos de Pedro Vindel: la Doctrina cristiana pretendidamente incunable —en realidad, un frag- mento de la Oración de sant León Papa impresa c. 1520, como hemos visto- y el impor- tante rótulo del trovador gallego Martín Códax 90 . También recuerda los preciosos restos del Amadís manuscrito hallados por Rodríguez-Moñino, y puedo añadir que don Anto- nio encontró igualmente un antiquísimo fragmento musical que regaló al ya difunto Da- niel Devoto y su esposa M Beatriz del Valle-Inclán, en cuya biblioteca parisina lo vi en

1986 91 . Recordemos también que en la BNM (Mss. 22644) se conservan unas preciosas miniaturas de un Tristán de Leonís del siglo XV procedentes de una encuadernación, que en otra de los códices árabes hallados en Almonacid aparecieron trozos de dos plie- gos sueltos —uno de ellos del Conde Dirlos- impresos quizá c. 1513-1520 en Barcelo- na92 , y que Miguel Angel Pallarés encontró hace unos años en un archivo zaragozano interesantes fragmentos de una edición incunable desconocida de la Cárcel de amor de Diego de San Pedro 93.

88 Vid. M. Baigent y R. Leigh, El escándalo de los manuscritos del Mar Muerto..., pp. 169-170 y fotogra- fia tras la 64.

89 Vid. Mendoza 2002, ilustraciones C30 y C3 1.

90 Vid. el artículo de Ismael Fernández de la Cuesta "Les cantigas de amigo de Martín Codax".

91 Quién sabe adónde habrá ido a parar tras la reciente subasta de los libros amorosamente reunidos por la

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2areja durante toda su vida.

Vid. Francisco Javier Sánchez Cantón, "Un pliego de romances desconocido, de los primeros años del siglo XVI"; se trata de los núms. 1171 (Martín Abad 2001, n° 1356) y 1172 del NDPS.

La Cárcel de amor de Diego de San Pedro, impresa en Zaragoza el 3 de junio de 1493: membra disjec- ta de una edición desconocida.

LA LUZÍRAS LAS IINII;B LAS INCUNABLES EN ALKACFIIi

Nosotros también hemos practicado lo que podríamos denominar arqueología in- cunabulística, cumpliendo el mandato evangélico: Colligitefragmenta, ne pereant (Juan 6, 1 Siempre hemos examinado cuidadosamente, siguiendo el ejemplo del astuto Vindel el Viejo, las guardas y tapas antiguas que han caído en nuestras manos —o que amigos generosos nos han regalado, como en su momento hacían con Rico y Sinobas 95- y hemos tenido la suerte de encontrar algunos pequeños tesoros. Sirvan de ejemplo los fragmentos de un librillo de cordel que titulamos Testamento de Nuestro Señor 96, con la oración de sant Gregorio Papa [Valladolid, Sebastián Martínez, ¿c. 1550-1555?], en

16°, con grabaditos xilográficos (seis en lo conservado).

Muchos de los fragmentos que aquí exponemos proceden de cartonajes de encua- dernaciones antiguas, por ejemplo, las hojas de la edición del Fasciculus temporum de Werner Rolevinck realizada en Sevilla en 1480 (n° 27). Y ya en la librería vienesa don- de fue adquirido el ejemplar del Sermonario en lengua mexicana del que hablamos su- pra (n° 35), se advertía que el cartonaje estaba formado por fragmentos de hojas de un libro litúrgico, que, una vez restaurados y estudiados, resultaron pertenecer a una edi- ción mexicana del Graduale dominicale distinta de las hasta ahora conocidas (n° 34).

Debo advertir, para evitar decepciones, que no todo el monte es orgasmo (insupe- rable error creativo que suele atribuirse a un sargento chusquero). El hallazgo de frag- mentos interesantes es la excepción, pues la mayoría de las veces lo que se encuentra en guardas y cartonajes tiene escaso o nulo interés: se trata directamente de cartón, de pe- dazos de hojas de —pongo por caso- alguna edición del P. Nieremberg (La deferencia entre lo temporal y lo eterno...) o algo de ese jaez, que no vale el agua empleada en lavarlo.

También pueden buscarse fragmentos de incunables reutilizados en archivos, co- mo hizo magistralmente en Galicia don Antonio Odriozola 97 . Fueron varias las edicio- nes incunables —la mayoría, de libros litúrgicos españoles- que descubrió e identificó, entre ellas el Misal compostelano de 1495, y en este caso otros han seguido buscando - y encontrando- nuevas hojas del mism0 98 . Odriozola descubrió también, por ejemplo, una hoja de una edición realizada por Peter Schoeffer en Maguncia -como nuestro n° 1- en 1473 (IBE 6314, enACI).

Y no son las encuadernaciones antiguas o los archivos los únicos sitios donde pueden encontrarse fragmentos de incunables y posincunables: algunos han salido de un lugar tan sorprendente como un cementerio. La costumbre de enterrar a ciertos difuntos con bulas ha hecho que algunos ejemplares hayan podido recuperarse fragmentariamen- te -y a veces reconstruirse-, como señala Martín Abad al describir una toledana de 1501 conservada en la Biblioteca de Catalunya: "Estos fragmentos, junto a otras Bulas, fue- ron adquiridos por Jordi Rubió i Balaguer a un librero que los había obtenido en Ibiza, procedentes del traslado de restos de un antiguo cementerio" 99.

94 Jesucristo se lo dice a sus discípulos tras la multiplicación de los panes y los peces: "Recoged los trozos sobrantes, para que nada se pierda".

Su labor de salvamento de encuadernaciones antiguas -hoy conservadas en la BNM- fue muy meritoria.

Lástima que sólo prestara atención al exterior de éstas, con lo que sin duda tiraría a la basura muchos fragmentos interesantes que constituirían el papelón de bastantes ejemplares.

Creemos que puede corresponder al n° 1087 del NDPS, testimoniado sólo por su prohibición en los Indices de 1559 ("librillo apocrypho, sin verdad ni fundamento") y 1583; también podría identificarse con el 955.8, Oración del Testamento de Jesu Christo, igualmente prohibida en el Índex de 1559 (imposible saber si sería la misma obrita).

Vid. Martín Abad 2003, 238-241.

98 Vid. Boo, Miguel: "Con el descubrimiento de 13 nuevas hojas se conocen ya 66 del incunable Misal Compostelano".

99 Martín Abad 2001, 157, n°269 (el mismo origen presentan los núms. 272, 279, 281, 290, 303, 312-314 y 319).

LA LUZ TRAS LAS TINIEBLAS

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Por fortuna, los bibliógrafos son cada vez más conscientes de que los fragmentos, especialmente los utilizados como guardas de otros volúmenes, merecen toda nuestra atención, pues a veces son el único testimonio que tenemos de algunas ediciones perdi- das, según se puede comprobar en varios estudios de Martín Abad' 00 . Como bien señala él mismo, "No cabe justificación al hecho de que en ocasiones hayan pasado desaperci- bidos a muchos bibliógrafos y catalogadores los ejemplares fragmentarios o completos utilizados por los encuadernadores como hojas de guarda" (Martín Abad 2003, 184).

Efectivamente, en todos los grandes catálogos de incunables, como el GW, el ISTC o el ¡BE, se recogen fragmentos de pocas hojas, incluso de una (IBE núms. 24, 457, 1974, 3236, 6258) o de dos (IBE 2082, 5918, 6216). En muchos casos, se trata de fragmentos usados como guardas de otros volúmenes' ° '