• No se han encontrado resultados

INTRODUCCIÓN

3.1. Enfoque biográfico y su aporte a los Estudios Regionales

El enfoque biográfico es, como indica Perren (2012), más que una forma novedosa de realizar investigaciones empíricas en el ámbito de las ciencias sociales y humanas; constituye una redefinición completa de la manera en que éstas son pensadas al generar otro modo de aproximarse al complejo mundo de lo socio-cultural. Se acerca a una subjetividad pero no como entidad aislada, sino como una trama relacional. De ahí también su relevancia para los Estudios Regionales actuales.

Dicho enfoque ofrece la posibilidad de acercarse a una vida con el fin de observar cómo es formada y cómo entra en interacción e intercambio con otras, en espacios concretos. De ahí que para Ferraroti (2007) sea un método epistemológico singular –no sólo por su carácter único, sino también por su estrategia de focalización–: el de la hermenéutica de la interacción;

interacción que no implica sólo vínculos entre sujetos, sino entre procesos

159

sociales de menor y mayor alcance, entre espacios próximos y lejanos, así como temporalidades pasadas, presentes y aún futuras.

Resulta difícil acceder de modo directo a la historia de una vida, así como de las circunstancias que han hecho que ésta sea lo que es, pero “la poética del relato” (Ricoeur, 1999: 216) permite que esa historia se convierta en una historia contada, desde una posición concreta del espacio social y con una intencionalidad específica, de acuerdo también con el público al que se dirige. De ahí la diferencia entre relatos espontáneos contados en conversaciones informales, o relatos provocados en una conversación más o menos artificial como una entrevista formal. Aunque ambos son relatos cotidianos o, en otros términos, tematizan la cotidianeidad, se distinguen en el nivel de reflexividad utilizado en la conformación de dichos relatos.

La narración de una vida, tanto en situaciones formales como informales, brinda la posibilidad de ingresar a una realidad que, de muchas formas, trasciende a su narrador. No son producciones puramente individuales y subjetivas, sino prácticas, maneras de hacer, que revelan las complejas y constantes intersecciones entre el poder y el sentido, entre los procesos de subjetivación y los mecanismos de producción de subjetividad.

Pero la vida, como señala Ferraroti a propósito del enfoque biográfico, no siempre puede ser narrada con la intención de reseñar, de modo autocentrado y comprensivo, un ciclo vital a manera de una historia como totalidad de sentido y construcción de identidad; sino que puede dar pie a relatos más acotados y focalizados en determinados temas y sucesos considerados relevantes por quien los vivió y ahora los narra, así como narrativas de carácter testimonial donde el narrador cuenta vivencias que le conciernen pero sin centrarse exclusivamente en él, sino en otros en relación directa o indirecta con él. Relatos donde el narrador aparece como co-protagonista del relato u observador afectado.

Entre estas dos últimas modalidades del enfoque biográfico se encuentran los relatos sobre la muerte del otro, en la medida que tematizan un acontecimiento “puntual” que impactó directamente en la vida de quien

160

narra, pero al cual asistieron como testigos, no como protagonistas. Ante esto, resulta necesario caracterizar este tipo de relatos con el fin de encontrar las semejanzas y, sobre todo, las diferencias que lo dotan de especificidad para abordar un tema como la muerte.

A través de estos relatos se busca entrar tanto a las relaciones, normas y procesos que intentan fijar ciertas formas de vida social, como al proceso de apropiación que los sujetos y los grupos que conforman realizan de esas formas, utilizándolas a su manera de acuerdo con los recursos y fines propios. De ahí que, de acuerdo con Ferraroti, se pueda hablar de que a través del enfoque biográfico es posible desentrañar

una historia de constricciones que pesan sobre el individuo –un conjunto de condicionamientos más o menos determinantes–, y al mismo tiempo […] un complejo de estrategias de liberación, que el individuo pone en juego aprovechando las <buenas ocasiones>, los atisbos intersticiales (2007: 28).

Es por esta intersección y el reconocimiento de que las relaciones y los procesos sociales se incorporan en los sujetos, que el enfoque biográfico ofrece una oportunidad para realizar Estudios Regionales no centrados sólo en los espacios, sus relaciones y gradaciones; sino en las (re)producciones de dichos sujetos que responden a una dinámica regional de transposición de espacios, incrustada en el proceso cotidiano de lucha por la significación.

En este sentido, la espacialidad se desplaza junto con los sujetos sociales que la producen, que hacen de un espacio “natural”, un espacio vivido, significado y habitado.

3.1.1. Estudios Regionales. De la demarcación objetiva a los procesos de (re)producción subjetiva

De acuerdo con Castro-Gómez (2002), después de la crisis vivida al término de la Segunda Guerra Mundial, hecho que implicó una reconstrucción del orden mundial, la producción científica comenzó a ser transformada. En

161

primer lugar, se observó que los problemas de la ciencia, natural o social- humana, según la distinción clásica propuesta por Dilthey, no eran sólo de orden epistemológico o metodológico, también respondían a imperativos políticos y aún económicos. En segundo lugar, los límites aparentemente infranqueables de las disciplinas científicas comenzaron a ser relativizados, abriendo paso a la necesidad de generar procesos interdisciplinarios o, de una manera más radical, transdisciplinarios.

La aceptación aún hoy inconclusa de que ya no eran las disciplinas quienes definían y delimitaban sus objetos de estudio con el fin de distinguirse de las labores de otras, sino que eran los propios objetos de estudio, en muchos casos más concretos y a la vez complejos, los que daban las pistas necesarias para su tratamiento teórico y metodológico, generó alrededor de los años 80’s y 90’s del siglo XX, la popularización y reunión de grupos académicos unidos por ciertas preocupaciones temáticas, aunque también políticas, bajo la denominación de “Estudios”71. Esta propuesta distinta de abordaje, con visiones más abiertas y flexibles, tenía como premisa fundamental la revisión crítica del objetivismo metodológico propio de la ciencia, por un lado, y, por otro, la re-valoración de las voces particulares y marginadas.

En este sentido, los planteamientos realizados en la segunda mitad del siglo XX por aquellas disciplinas que asumieron un enfoque regional, tales como la geografía, la economía, la historia y la antropología, por citar las principales; dieron inicio a un proceso de espacialización de los análisis, rompiendo en cierta forma con las pretensiones universalistas de la ciencia.

Aunque esto implicó un acierto y un avance en la focalización de procesos más delimitados y, por lo mismo, diferenciados, en algunos casos el análisis se centró demasiado en la dimensión espacial y sus conexiones con otros espacios o regiones, así como en las dinámicas más o menos homogéneas que se gestaban en su interior. Según Pérez Herrero:

71 V.gr. Estudios culturales, estudios de género, estudios subalternos, estudios poscoloniales, etc.

162 el análisis y comprensión de una región particular no debe […] realizarse de forma aislada, desconectándolos de las dinámicas del conjunto y del sistema mundial. Una región no puede definirse de acuerdo con una delimitación fija –ya sea en el pasado o el presente- ni movernos con ella a lo largo del tiempo sin hacer previamente los ajustes necesarios, sino, por el contrario, como un ente vivo en permanente movimiento, constituida por un espacio no uniforme, sin una frontera lineal precisa y con una estructura interna propia, ya sea polarizada, nodal, funcional o sistémica (1991: 9).

A pesar del reconocimiento de que las regiones no tenían fronteras bien definidas y fijas –aunque referirse a ellas como entes vivos ya tiene una carga objetiva–, el análisis regional comenzó con la intención de generar una suerte de delimitación espacial clara, si bien no concluyente, por criterios económicos, ambientales, políticos, identitarios, etc. El “ente” imaginado cobró mayor relevancia que los procesos propiamente humanos que lo producen como “entidad” supuestamente autónoma. Con esto, las voces particulares de los sujetos sociales quedaron subsumidas a esa espacialización que, en la mayoría de los casos, respondía más a criterios de poder que a las producciones y reproducciones subjetivas.

No obstante, el diálogo entre las disciplinas que adoptaron el enfoque regional, permitió eventualmente una transformación de varios de sus criterios. Esto propició el inicio de los “Estudios Regionales”, ya no una ciencia regional o disciplinas con enfoque regional, como una propuesta con tendencias transdisciplinarias que va más allá de describir las peculiaridades y distinciones regionales. Su centro de interés es interpretar las características culturales de carácter más local, en relación con los desafíos que presentan los procesos globales. Lo regional es, entonces, la vinculación no sólo de lo local con lo global, sino también de “la historia de los territorios y sus actores” (Rózga Lute y Hernández Diego, 2010: 586).

Los Estudios Regionales expresan así la necesidad de otros modos de aprehensión de la dinámica de interacción e interdependencia entre

163

espacios, próximos o distantes, a través del reconocimiento de los flujos y las redes. Es ahí la razón por la cual los sujetos sociales y sus grupos, vuelven a la escena, en la medida que en ellos pueden observarse dichas dinámicas articulatorias. Como reconoce Marcus (2001), actualmente es preciso y hasta necesario desterritorializar cualquier tipo de análisis, aún los etnográficos que solían estar concentrados en lugares acotados, con el fin de seguir a las personas, los objetos, las metáforas, las tramas o historias, las biografías y aún los conflictos.

Con todo esto, es posible visualizar a las regiones, por más delimitadas que parezcan de acuerdo con ciertos criterios de poder –administrativos- territoriales, socio-económicos e histórico-identitarios–, como procesos caóticos, con una gran heterogeneidad interna, fuertemente segmentadas y con fronteras difusas. Decir región no es, entonces, decir simplemente una demarcación territorial por los criterios que sean, sino la consideración del espacio como entramado de articulaciones distintas donde los sujetos y sus grupos generan determinadas significaciones, discursos y prácticas. Es el espacio de la vida y las relaciones cotidianas donde incluso se puede ser afectado por ciertas circunstancias no previstas –la muerte sirve como un ejemplo bastante palmario–.

Todo esto permite considerar seriamente la aseveración de Rózga Lute y Hernández Diego, según la cual es preciso tener cuidado de “no dejar que el objeto de estudio se quede sin sujetos, es decir, sin voces y discursos, y en contrapeso, sin intérpretes ni traductores” (2010: 616). En este sentido, la dinámica propiamente regional o, en otros términos, la cultura regional de cualquier espacio, radica justamente en que sus participantes no sólo responden a situaciones inmediatas, sino a circunstancias más o menos lejanas. Incluso, el intérprete mismo, puede tener cierta injerencia en la dinámica regional, no sólo por formar parte directa de un espacio, sino por estar incluido en redes o flujos constantes que generan interconexiones.

Las vidas de las personas, las historias contadas en torno a esas vidas, muestran la relacionalidad o transposición dinámica de espacios. Es la

164

propia vida, con sus imaginarios, discursos y prácticas, además de sus afecciones y aflicciones, uno de los lugares donde se concentran y amalgaman lo local y lo global, lo singular y lo plural, lo cualitativo y lo cuantitativo, la certidumbre y el azar, lo individual y lo colectivo (Rózga Lute y Hernández Diego, 2010)

Por esta razón, el enfoque biográfico, esto es, el acercamiento a las vivencias y experiencias subjetivas expresadas discursivamente, aparece como un espacio intermedio que enlaza lo público y lo privado (Arfuch, 2007). Es el ámbito de la producción y la reproducción cotidiana de la vida, donde los sujetos generan y se apropian de significaciones en torno al mundo y lo que en él sucede, como la propia muerte.

3.1.2. Relatos sobre la muerte. ¿Relatos de vida o narrativas testimoniales?

Como se esbozó con anterioridad el suceso llamado muerte es más que un asunto de suspensión de las funciones vitales o una preocupación existencial que produce angustia, es un acontecimiento que impacta en las relaciones cotidianas de los sujetos sociales ubicados en espacios concretos.

Remite en un mismo movimiento a una forma de concebir –idea de la muerte como horizonte de espera–, de experimentar –proceso de morir propio o ajeno– y de hacer –relación con los muertos precedentes–. Tal como asevera Ricoeur (1996b) en el caso del tiempo, se considera que sólo puede existir una muerte pensada en términos humanos en la medida en que sea narrada, pero una narración que no es elaborada por quien muere, sino por quienes le sobreviven y son afectados por esa muerte. Narración en la cual la muerte aparece, a la vez, como idea, como proceso y como relación (ver Esquema 2).

Esa afectación genera también la imposibilidad propia del relato, no sólo de aprehender el hecho de la muerte, sino incluso de contar el propio proceso de duelo, pues quien cuenta es constantemente golpeado por situaciones que no puede o no quiere contar. En términos de Butler,

165 podría intentar contar la historia de lo que estoy sintiendo, pero sería una historia en la que el “yo” que trata de narrar se detiene en el medio del relato; el propio “yo” es puesto en cuestión por su relación con el Otro, una relación que no me reduce precisamente al silencio, pero que sin embargo satura mi discurso con signos de descomposición (2006: 49).

Esta situación paradójica muestra los beneficios y los límites de los relatos.

Aquéllos que tematizan la muerte del otro son incesantemente interrumpidos por recuerdos que cortan la narración. La imagen del otro satura el discurso propio y lo hace entrar en conflicto; puesto que el duelo es, como asevera Barthes (2009), el duelo “de la relación cariñosa y no el de la [simple y llana] organización de la vida”. Por esta razón, este tipo de relatos no son ni sirven para generar historias de vida. No son relatos propiamente autobiográficos aunque, en cierta forma, participan de ellos.

Como indica Piña, son

texto[s] de naturaleza interpretativa, generado[s] por el hablante que elabora su tiempo pasado y lo significa mediante la operación de la memoria, que genera un

Concepción (privada, social,

religiosa)

Experiencia (personal, familiar,

colectiva) Prácticas (rituales

funerarios y de recordatorio)

Esquema 2. Narración y muerte como idea, proceso y relación

166 producto nuevo, de carácter textual, cuyo sentido se configura de acuerdo al momento y circunstancias en que se produce (1999: 76).

Son susceptibles de interpretación porque, más allá de su estructura narrativa, su contenido o significados ocultos, remiten a un conjunto de vínculos, interacciones e interdependencias que pueden ser rastreados para una comprensión más profunda de su significado, su contenido aparente y, aún, su modo de elaboración formal. Asimismo, requieren del uso de la memoria, aunque una memoria agitada por un suceso vivido como ruptura, para traer desde el pasado acontecimientos y sucesos aparentemente inconexos con el fin de establecer, a partir de ellos, una totalidad de sentido.

Estos relatos, aunque son producidos oralmente, pueden ser convertidos en textos, no sólo por su fijación en la escritura, sino por la susceptibilidad de ser sometidos a un tratamiento interpretativo. Son relatos cotidianos que responden, de acuerdo con Ong, a un criterio de

“oralidad secundaria”72, donde los sujetos no necesariamente construyen

“tramas lineales climáticas”, es decir, narraciones largas y bien organizadas, pero cuyas vidas pueden “proporcionar el material con el cual se construye [en manos del investigador] tal trama, mediante la eliminación inexorable de casi todos los incidentes, salvo unos cuantos, selectivamente puestos de relieve” (1987: 140-141).

Toda construcción de una trama implica la selección de incidentes considerados relevantes y, a la vez, la exclusión de otros percibidos, en un momento dado, como carentes de importancia, aunque después puedan llegar a ser apreciados como primordiales. De ahí que toda historia vivida sea una historia contada o relatada; la narración de la propia historia modela, en cierto sentido, la historia vivida. Por eso, como plantea Ricoeur,

“la temporalidad [y la experiencia de la muerte] no se deja[n] decir en el

72 La oralidad primaria, según el autor, está asociada a las culturas orales donde no hay textos escritos, de modo que la narración tiene sus especificidades como modo de conexión fundamental con el pensamiento. La oralidad secundaria es ya la oralidad permeada por la literacidad, pero que se mantiene en lo cotidiano con rasgos más flexibles e impredecibles.

167

discurso directo de una fenomenología sino que requiere[n] la mediación del discurso indirecto de la narración” (1996b: 991).

Los relatos de los que aquí se hablan no remiten a la vida como una totalidad con el fin de producir una trama identitaria. Constituyen un punto intermedio, de acuerdo con la distinción ya citada sobre los usos biográficos, entre los relatos de vida que colocan el énfasis en un acontecimiento de la propia vida estimado como crucial, y las narrativas testimoniales que involucran al testigo que las cuenta sin por ello poner el centro en él mismo.

En primer lugar, colocan la muerte del otro como un momento de ruptura en que la vida misma o la forma de visualizarla exige una reconfiguración. Dichos relatos remiten a la muerte como un acontecimiento que es y no es propio: es en tanto que implicó a quien cuenta lo sucedido, en tanto que lo afectó al tener alguna forma de participación en él, y no es porque no se refiere al acontecer de su propia muerte. En suma, son la narración hecha por los vivos acerca de la muerte de los otros, que es, al parecer, la primera y única experiencia posible de la muerte (Cohen, 2008).

En segundo lugar, dichos relatos no colocan en el centro la narración de su propia vida, sino cómo su vida fue tocada por la ruptura o transformación cualitativa de una relación con el otro. Por eso tienen un carácter testimonial. Cuentan su involucramiento en un suceso que los implicó de múltiples maneras, pero en el que no son necesariamente los protagonistas. Forman parte de un complejo tejido en el que esa muerte se llevó a cabo, pero no hablan de su propia muerte, sino de una muerte a la que asisten y viven como propia. Por eso no todas las muertes son iguales, es la cercanía o lejanía con quien muere lo que genera diferencias imprescindibles en las formas de concebir y experimentar la muerte, así como en lo que se hace en torno a ella.

Por último, cabe señalar que estos relatos, como las historias y relatos de vida, “no son, según Ponce, la suma de la información, sino ante todo un acto de comunicación humana por medio del cual se genera un diálogo intersubjetivo que conlleva, necesariamente, una carga afectiva” (2006: 32).

168

Son más que una conjunción de datos, pues revelan relaciones sociales tanto en lo que cuentan, como en el proceso mismo de su configuración, con la participación de alguien que pide su realización.

3.1.2. Caracterización de los relatos de muerte o relatos tanatográficos

Los relatos que tematizan la muerte del otro, con las precisiones realizadas, son designados en este trabajo: relatos de muerte73 o relatos

“tanatográficos”74.

Este último término es empleado, como señala Dosse (2007: 27-29), por Michael Schneider en su texto Morts imaginaires, donde presenta de forma paradójica el modo único y a la vez similar de vivir la muerte entre un conjunto de escritores de renombre. Para esto recurre a la recopilación de huellas donde se hallan las últimas palabras que expresaron en sus momentos de agonía, testimonios de quienes acompañaron esos momentos

73 Durante el proceso de construcción de una metodología útil para el acercamiento al tema de la muerte, se localizaron dos textos que usaban la denominación: relatos de muerte.

Estos textos remitían a problemáticas y estrategias metodológicas un tanto distintas, pero que fueron útiles para una formulación y uso propio para esta investigación. Por ejemplo, el artículo de Rodríguez Ceja (2011), a partir de su trabajo en la tradición ch’ol de Calakmul, analiza, desde la perspectiva semiótica de Iuri Lotman, los relatos de muerte como narraciones espontáneas generadas por diferentes personas y en distintos contextos que, a partir de una elaboración colectiva de la muerte en espacios comunitarios, contaban historias semejantes sobre sucesos relativos al fallecimiento de ciertos hombres y mujeres, sin relaciones de parentesco. En esos relatos se describían los acontecimientos que rodearon la muerte de las personas, pasando desde el tránsito por la enfermedad y su evolución, a los sucesos –conflictos interpersonales o poderes sobrenaturales– que motivaron una situación crítica que devino en el deceso. Dichos relatos, según la autora, contribuyen a la construcción de cierta memoria compartida por la comunidad.

Por otro lado, Mayaffre y Ben Hamed utilizan la noción de relatos de muerte (récits de mort, en francés), ligándolos a los recuerdos traumáticos sobre la Shoah, esto es, la catástrofe del Holocausto nazi durante la Segunda Guerra Mundial. A partir de los planteamientos de Paul Ricoeur, hacen uso de los relatos como formas de expresión de recuerdos traumáticos, mismos que, a pesar de su dificultad, son susceptibles de dar un testimonio colocado entre la historia y la memoria. Aunque su formulación es interesante, el análisis es realizado a través de un análisis factorial de correspondencia de corte estadístico entre 16 relatos biográficos, con el fin de notar la organización del vocabulario, los temas principales, los indicadores léxicos, entre otras. Aunque su planteamiento teórico es interesante, su forma de análisis resulta demasiado rígida.

74 Esta denominación no está relacionada con la disciplina llamada Tanatología que, como se verá más adelante, pretende hacer de la muerte, o situaciones de pérdida, su objeto de estudio. “Tanatografía” se refiere más al intento siempre incompleto de formar una imagen o representación, en este caso, oral de lo que implica la mortalidad humana.