2. Desde la teoría
2.1 Enfoque histórico-cultural de la migración
Nos posicionamos desde este enfoque porque consideramos que una de las características de esta investigación, y aporte, radica en tomar en cuenta la historicidad de las construcciones simbólicas y su interpretación. Lo que resulta esencial al momento de abordar la configuración cultural, ya que, como se explicará en un respectivo apartado, la dimensión histórica es un elemento constitutivo de ésta. También, se ha decidido por este abordaje debido a que las formas en que se ha tratado de explicar los fenómenos recientes, como es el caso de las nuevas manifestaciones de las migraciones, no han ofrecido una respuesta satisfactoria que permita atender la situación en su pluralidad de circunstancias; lo que parece explicar lo que pasa en una región no sirve para otra. Tomemos como ejemplo, la explicación generalizada desde los sistemas político-económicos en donde la migración responde a un estado de miseria (que va acorde con el viejo discurso que la migración es producto de una crisis de Estado), pero eso sería caer en dos equívocos suponer que todos los desplazamientos son de sur a norte global y que todas las migraciones son internacionales (Grimson, 2011). Las necesidades materiales, económicas y laborales siguen estando presentes en quienes se desplazan de un lugar a otro, es decir, son necesarias para la supervivencia. No obstante, sin la capacidad de entender cómo se articulan en el marco de significación de las personas, cuáles son los códigos que condicionan las prácticas y las categorías de interpretación, carecen de sentido y no permiten que se utilicen como unidad de análisis (Serna y Pons, 2012).
Como resulta evidente, desde esta perspectiva no se recurre nada más a la historia, sino que abreva de otras disciplinas. De la antropología para el estudio de las prácticas y la interpretación en su dimensión histórica, lo que en su momento fue conocido como historia antropológica (Berenson, 2012). Por su parte también de la sociología de la cultura, que centra su atención en los significados y la acción simbólica otorgándole un carácter multidisciplinario (Burke, 2008), adecuándose de manera pertinente a la corriente de los estudios culturales. Ahora bien, hemos mencionado algunas de sus características, pero con el propósito de no dejar lugar a duda, ¿qué entendemos por un enfoque histórico-cultural? Para esto nos atenemos a la propuesta de Chartier (2012), "los procesos [históricos]
de asignación de sentido [...] a las prácticas y experiencias (p. 344)". A diferencia de otros acercamientos (que buscan abordar nuevas manifestaciones o fenómenos), ha provocado que, no sólo desde la historia, sino también de los estudios culturales, se revisiten temas que antes de se daban por hecho en su explicación y entendimiento a partir de la apariencia. Se trata de un cuestionamiento que ha puesto en evidencia que la perspectiva y experimentación de un acontecimiento no es única, sino que existen diferentes puntos de vista dependiendo de los actores, en donde entran en juego las representaciones de cada uno de ellos, obligando que sean tomadas en cuenta sus visiones (Burke, 2008, Chartier, 2012). La construcción social de la realidad deja de ser un tema filosófico y se busca
en el campo, en la sociedad, en los sujetos que son partícipes y espectadores de los fenómenos que ocurren. Se trata de la apropiación de lo simbólico y resignificación de vida cotidiana y del contexto en el que viven.
De la mano va la idea que las categorías sociales son construcciones que son moldeadas y definidas a partir de la posición en la que se encuentran contra el orden hegemónico (Thompson, 1993). Significa que se ha volteado a ver a las subculturas, al subalterno, a las personas ordinarias, en un intento de permitirle darles voz a quienes no son escuchados dada su posición. A los que han sido víctimas de la historia nacional y política, que, sin embargo, juegan un papel a través de un proceso activo que los llevó a convertirse en miembros de una clasificación apuntalada por la desigualdad (lo que Alejandro Grimson denomina "relaciones sociales sedimentadas"), y ésta, la forma en que terminó en dicha clasificación debe ser una de las preguntas que los estudios culturales deben de asumir (Thompson, 1964).
Debido a que se está dotando de suma importancia a la cultura, en cuanto a lo que concebimos como migración, también se adopta una propuesta que abarca este ámbito y se distingue de la definición que suele utilizarse por los organismos internacionales o los estudios de corte cuantitativo.
Siguiendo el planteamiento de Eisenstadt, no es sólo el desplazamiento físico del sujeto, de igual manera es el cambio de un estado sociocultural a otro (Herrera Carassou, 2006). Este cambio es el que produce conflictos en los campos de posibilidad de las configuraciones culturales, son los elementos heterogéneos que se integran a marcos de significación distintos (cambios de sentido) donde ocuparán una clasificación después de una valoración conforme al establecimiento de las relaciones sociales y sentidos comunes vigentes.
Abordar la migración desde la cultura no resulta en sí nada nuevo. Ya desde la segunda década del siglo XX se adoptó una postura que buscará explicar la migración desde un abordaje distinto al de condicionamientos político-económicos, como es el caso de asumir que era una cuestión de razas los desplazamientos, sobre todo luego de la primera guerra mundial. Empero, para cifras oficiales y para finalidades institucionales, se pasó a concebir por que la raza y nación eran equivalentes, se habló entonces de migrantes (y migraciones) nacionales. Como se mencionó en el capítulo anterior, el problema de este punto de vista radica en que invalida las diferencias culturales, aunque por otro lado permite cuantificar al fenómeno para los fines mencionados (Harzig et al, 2008).
Esto conllevó a mediados del mismo siglo (que se alargó hasta la década de los setenta) a identificar a la migración como un proceso de modernización, en el que los migrantes llegaban a nuevos lugares donde eran vistos como el otro, pero al regreso a su sociedad de origen llevaban ideas modernas y de desarrollo, por lo que se lograba de cierta manera un progreso en comunidades, en la misma concepción, poco desarrolladas. Se pone como ejemplo la migración del campo a la ciudad para
demostrar la teoría, mientras seguían siendo identificados como campesinos en la ciudad (Kearney, 1986). Esto quiere decir que no se tomaba en cuenta el proceso de asimilación o integración del migrante al nuevo destino. Si en este momento se redirigió el enfoque a las condiciones del sujeto que lo había llevado a migrar (aspectos sociales), aún se mantenía la idea que tenía una identidad que no podría mezclarse, hacerse híbrida, con el resto: no se contemplaba el intercambio cultural, pero si los aspectos individuales desde un punto de vista más demográfico.
Las zonas rurales no se modernizaron, la migración empezó de manera paulatina a cambiar de patrón y comenzaron a aparecer nuevos actores. A pesar de poner el centro del análisis en el migrante, entender la migración como un proceso de modernización había quitado la dimensión histórica del fenómeno y las relaciones con los eventos nacionales e internacionales, es decir el contexto. Por eso en las nuevas propuestas se dejaron de lado los factores push-pull que daban razón de la migración campo-ciudad de manera respectiva y se puso sobre la mesa que el encuentro colonial de siglos atrás estaba cobrando factura a través de una manifestación migratoria que se originaba del desarrollo de las sociedades poco desarrolladas (Kearney, 1986). La dimensión histórica regresaba al estudio de las migraciones, pero llegó acompañada de una propuesta estructural. La cultural seguía siendo relacionada de manera indiscriminada con nación por el símil de raza, mientras la homogenización nacional de migrantes de décadas antes volvió. Empero, debido a las nuevas propuestas que se encontraban dominando, conllevó a la creación, en los noventa, de tipologías de migrantes, algunas aún vigentes, que tenían un carga histórico-estructural y que mantenían invalidando o invisibilizando a ciertos perfiles (Harzig et al, 2009).
Luego de este recorrido, muy general y breve, pero necesario para nuestro planteamiento, podrá entenderse como se retoman algunos de los elementos. No debe dejarse todo lo anterior de lado, no se trata de eliminar el contexto general y atenernos sólo al individuo. Si bien las propuestas estructurales toman por menos el aspecto cultural, para Hall (2017a) es de suma importancia que no se deje fuera la dimensión histórica y la relación que tienen los acontecimientos regionales (como el colonialismo) con los circuitos migratorios. Incluso él, como actor de este fenómeno caribeño hacia Europa, no consideraba que pudiera dar una explicación de cómo funciona esta relación, aunque postulara que en términos generales se trataba de un flujo de la periferia hacia un centro que se había idealizado, de aquí la importancia de la historicidad. Se trata pues, desde esta perspectiva histórico- cultural retomar las categorías culturales que se encuentran en las estructuras que influyen en las relaciones sociales, que entran en conflicto, que evidencian la heterogeneidad y que, también, tienen incidencia en la migración en sus diferentes fases. Abordando el tema de esta forma, por ejemplo, se ha podido hecha más luz respecto de cómo actúan las variables como lo son el género, la economía, el dinero, el país sobre los migrantes. Más que condicionantes se tratan de marcos de referencia que
se entienden sólo desde su dimensión histórica y contextualizados a las circunstancias específicas, más allá de una tipología a que a la cual pudieran responder (Harzig et al, 2009). Hablamos, entonces, de reconocer al migrante como un individuo activo que no se está alienado o está a la condenado a ser movido por la marea de estímulos y condiciones externas. Se identifica al migrante como una persona con agencia y a la migración como una manifestación de ésta.
Surgen, a raíz de esta premisa, preguntas respecto a los migrantes como agentes que, bajo la concepción que hemos tomado de la migración, tienen que enfrentarse con frecuencia a la toma de decisiones que van generando nuevas construcciones simbólicas y que a su vez ponen a prueba sus distintos capitales frente a los nuevos espacios socioculturales. No hay un grupo de respuestas a estas preguntas, las cuales giran entorno, por mencionar algunas, a particularidades humanas como expectativas, metas, sueños, despedidas, dificultades, necesidades. Pero, también, son dirigidas a los migrantes, es decir, es una labor que no puede ser resuelta de manera unilateral, de interpretación del investigador. Se presenta otra característica de este enfoque, se toma en cuenta las experiencias de los sujetos, no sólo sus condiciones del momento, sino en el entramado de sus experiencias de vida, con esto darle sentido a los fenómenos sociales, los cuales no pueden ser entendidos sin un acercamiento al marco de significaciones. Aquí se retoma que existen distintos espacios con construcciones semióticas propias, que si bien no fronteras, sí límites donde el sentido de una cosa empieza a difuminarse y comienza a consolidarse otro, elemento de las configuraciones culturales.
Resulta una condición considerable cuando el tema es la migración, por la razón de los encuentros e intercambios culturales que se dan en las diferentes fases desde que comienza el tránsito hasta la integración, aunque, quizá, nunca terminen. Burke (2009), siguiendo la estela de García Canclini y sumando a las propuestas teóricas, nos recuerda que la tendencia global es la hibridación, siendo América Latina la región, por consenso, en la que los encuentros, intercambios y demás confluencias culturales han dejado una huella característica. De esto puede inferirse que la hibridación es un proceso continuo, que se cambia a la vez que se refuerza así misma, que a pesar de existir prácticas que se han adaptado en nuevas sociedades, eso no implica que no hayan tenido un proceso de asimilación y adaptación (Burke, 2009). Ejemplos claros son los restaurantes de comida mexicana en Estados Unidos, los chicanos, pero también hay de otro tipo, los que se producen a nivel interestatal como los brujos de Catemaco en Ciudad Juárez, los mismos platillos de la comida de mar, los gentilicios que se crean o los regionalismos.
La razón por lo anterior lo consideramos relevante es que, como ya se ha expuesto, no es un fenómeno nuevo, pero las nuevas manifestaciones de la migración no tienen precedentes. Es un desplazamiento que no contempla un regreso, al menos no en un futuro cercano, en el que llevan consigo más en ellos que con ellos (el escaso patrimonio material) en la búsqueda de un ideal que ha
sido creado (o vendido) de una vida mejor sin preocupaciones básicas como la búsqueda del alimento día con día. Las relaciones de poder se vuelven más evidentes a raíz que la distinción de la cultura propia y la ajena comienza a ser difusa (Hall, 2017b). Por eso hablar de límites y no de fronteras, no hay manera de (en)cerrar una cultura y que no interactúe. El espacio en el que se desenvuelve es tan ilimitado como sus manifestaciones, algo que quedó claro desde que los culturalistas tomaron prestado el método de la lingüística y no resolvió todos los cuestionamientos. A pesar de esto, desde un punto de vista político, los Estados han reaccionado con actitud defensiva que se demuestra en los cierres, en la inflexibilidad y reforzamiento de la frontera, como si fuera el migrante en sí mismo un peligro, y aislarse fuera un método eficiente contra la contaminación que pudieran cargar en sus mochilas y en sus prácticas (Hall, 2017b).
La respuesta contra el multiculturalismo por parte de quienes se encuentran en las sociedades receptoras ha ido en aumento, no obstante, no resulta suficiente aceptar las apariencias y producir interpretaciones como lleva haciéndose por un largo tiempo. Por eso, en esta investigación, retomamos un tema que ha sido poco tratado en los últimos años, que es la otra cara de la moneda de la migración en la ciudad. Desde una propuesta histórica-cultural, abordar la experiencia de los familiares de migrantes, y desde su visión, cómo está conformada la configuración cultural, da cuenta de sus representaciones, pero también de como consideran que es la constitución social de la ciudad.
Tanto en la postura ante la migración y los migrantes como los imaginarios que se crean en torno a la misma ciudad desde fuera conforme a los fenómenos que la caracterizan.