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LAS ESCRITURAS DEL YO. EL CASO DE PÉREZ GALDÓS

In document Anales galdosianos - Año XXXVI, 2001 (página 51-67)

Yolanda Arencibia Las creaciones literarias agrupadas bajo los marbetes de "diarios, memorias, autobiografías" centran su marco de referencia en un territorio que se localiza mal entre mismidad y alienación, entre lo propio y su reflejo en imagen literaria autoelaborada. Se trata de un territorio necesariamente confuso, abierto, fronterizo; por todo ello, sugerente y atractivo. Comencemos aceptando, por aclarar, que la generalidad de estos textos constituyen las manifestaciones autorreferenciales fundamentales, prescindiendo de que el adjetivo

"autobiográfico" pueda utilizarse para caracterizar no sólo a la más genuina de las manifestaciones de la literatura del "yo" -la autobiografía-, sino que extienda su semántica a las restantes tipologías.

Coinciden los estudiosos que se han acercado al tema con interés de sentar bases teóricas1 en indicar que las escrituras del "yo" en general, y en especial, la autobiografía, conforman un género propio de Europa y de la mentalidad occidental, caracterizada ésta por poner especial énfasis en la autosuficiencia e independencia individuales frente a la mentalidad oriental, para la que el afán de autonomía occidental aparece como peligroso y casi obsceno.2 La cuna europea del posible género se sitúa en Inglaterra3 y se expandió a partir de 1800 entre las principales lenguas europeas. No significa, sin embargo, su aparición moderna casos "ex novo," porque podríamos situar precedentes en épocas mucho más tempranas y con obras de alcance universal, en línea recta desde las Confesiones de S.

Agustín (siglo IV), las de Abelardo (siglo XII), las memorias del Emperador Carlos IV (siglo XIV), o las contribuciones de Bunyan (en el siglo XVII) y de Rousseau (en el siglo XVIII). Por cierto que éstas últimas marcaron un hito, pues la base de sinceridad de su planteamiento y el desarrollo escritural que muestran fue de vital importancia para la fuerza que el género adquiere a partir de ese momento, hasta poderse afirmar que el éxito de éstas llevó a la autobiografía al panteón de los géneros literarios. Avanzando los años, el aire romántico y el desarrollo del individualismo en las bases filosóficas de aquella estética contribuyen al afianzamiento del género.4 Quiere esto decir que, en el principio de la derivación del género, la autobiografía responde a la irrupción de un estado de gracia, a la constatación de un cambio psíquico importante (San Agustín, Santa Teresa, San Ignacio de Loyola); después se trató de una inquietud narcísista, de una voluntad decidida de dejar huella; y a partir del Romanticismo, ese conocerse se realiza desde la introspección y el placer del análisis personal, con frecuencia para someterse a la admiración del público. En suma, que de un plano trascendente la escritura autobiográfica se desliza hacia un plano inmanente (Caballé 32-33) y que, más que ligado a la vocación, el gusto por la autobiografía (y, en general, por las escrituras del "yo") responde a condiciones culturales e históricas, en las que influyen los modos de ser personales y la sintonía social. La relación entre géneros (novela-memoria, que podría ampliarse a autobiografía, diarios) nos conduce a precisar esas interferencias, que son conceptuales y que tendrán que ser también formales.

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En la ficción novelística, el "contar" que le es sustancial puede configurarse desde muy variados juegos perspectivísticos En la escritura del "yo," sin embargo, una primera marca textual común es la desrealización desde el "yo," que requiere el uso de la primera persona, aunque (no es lo más habitual) existan autobiografías y memorias enfocadas desde la tercera persona; y puede narrarse por persona interpuesta (porque las escribe alguien en nombre del autobiografiado).5 En la mayoría de los casos de elección de terceras o segundas personas como voz de la narración, se opera con intención de marcar distancias entre el objeto y el sujeto, entre el personaje contado y el que cuenta, para marcar un distanciamiento frío y, las más de las veces, irónico.6 Una segunda marca de estos textos es la secuencia temporal en orden cronológico. Pero, a pesar de ser ésta predominante, se comprueba desde los textos la tentación, difícil de resistir, a transgredir el tiempo, a dejarse arrastrar por la asociación de ideas, por la fantasía, por la digresión. Y ello tiene su lógica: no es el orden cronológico el más fiel a la realidad en la reescripcion del "yo"; o, más exactamente, la adhesión a la realidad hace que la autobiografía sea discontinua: los recuerdos, las recreaciones desde la memoria, asaltan en el tiempo, superan el tiempo ordenado, la secuencia real y lógica; en mayor medida, cuanto más auténticas son, o cuando quiere darse esa impresión. Así Roland Barthes por Roland Barthes, el ensayo de autobiografía de este crítico, está constituido por fragmentos, dispuestos siguiendo el orden alfabético de los títulos, y no casualmente, sino con toda intención.

Decíamos que novela y escritura del "yo" tienen en común el hecho de narrar la vida de un personaje, lo que no significa, exactamente, vaciar esa vida -la propia-en palabras.

Pues, así como la novela es una recreación de la vida desde una perspectiva particular y no ha de ser verdadera, tampoco los textos de la "literatura del yo" son verídicos del todo, sino recreados desde una mirada interesada, y desde una mirada que actúa a partir de unos recuerdos Y los recuerdos se extraen de la memoria, que es flaca, además de caprichosa.

Por ello, no se puede pedir a las autobiografías fidelidad absoluta. El propio acto de poner por escrito el recuerdo que se tiene de un acontecimiento del pasado implica, inevitablemente, una aproximación o un enfrentamiento entre el pasado del recuerdo y el presente de su escritura: el autobiógrafo puede ayudarse de papeles, o de recortes de periódicos, o de cartas; pero luego lo selecciona a su manera y su conveniencia. Por otra parte, ¿es posible conocerse uno mismo y trasladar a los demás esta experiencia? La respuesta es compleja.

En primer lugar, porque el hombre encerrado en su subjetividad no puede salirse de sí mismo para juzgarse desinteresadamente. Los motivos que lo llevan a rescatar vivencias del pasado, recreándolas mejor o de modo diferente, son los mismos que lo llevan a borrar, a falsear, a matizar las sombras y las luces del relato. De manera que, en mayor o menor medida, toda autobiografía es mentira, al venir generada de un impulso creador y, en consecuencia, imaginativo.

En la realidad final, la calidad literaria de estos textos es muy desigual. Factor fundamental en ello es el deseo de objetivación que se oculta en querer construir una representación de sí mismo mediante la escritura. Porque, aunque no lo parezca, no es fácil hablar sobre uno mismo y sobre lo que ha podido significar la propia vida. Es decir, no sólo pensar en ella sino verbalizarla, o sea, transformarla en un universo de palabras. Un discurso sobre eí "yo" está lleno de peligros, lleno de trampas en las que es fácil caer: narcisismo,

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autoengaño, manipulación, errores de interpretación, de perspectiva.

Adentrándonos en las modalidades escritúrales del "yo," memoria y autobiografía son dos modalidades que se han confundido históricamente. En efecto, las etiquetas cerradas pueden ser falsas. En principio, las memorias se centrarían en los acontecimientos que rodean al narrador; serían una narración de hechos, pero de hechos que no son ajenos al autor, en cuanto es la propia vida la que se revive desde ellos y de los que el autor fue testigo. Por su parte, la autobiografía se dedica, de modo primordial, a la personalidad del autor y se centra en las propias vivencias. En aquéllas (las memorias), el espacio dedicado a los acontecimientos ha de ser mucho más amplio que el que ocupan éstos en la autobiografía, centrada más en las vivencias del autor. Intentando una definición de la autobiografía, podríamos coincidir con la que propone Philippe Lejeune (14) y que repite Manuela Ledesma Pedraz (13): es el "relato restrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia experiencia, cuando el acento recae sobre su vida individual, en particular sobre la historia de su personalidad." En cada uno de estos elementos está la clave del género. En contraste, las memorias se distancian de la autobiografía porque el tema tratado está ampliado a los distintos grupos históricos o sociales a que pertenece el individuo que asume el relato. La autobiografía conserva las huellas de su origen en el género de las memorias, pero también está emparentada con otras realidades: las crónicas, los diálogos, las cartas, el cuadro histórico, el reportaje. Incluso está emparentada con los relatos de viajes, en los que interesan más las impresiones de los viajeros, del viajero concreto, que el viaje en sí. Pero el que escribe ambas, memorias y autobiografías, avanza en una dimensión temporal, no del pasado al presente sino del presente al pasado: ahí confluyen. Y se entrometen una en la otra.

Porque no hay una frontera clara entre ambos géneros. Coinciden en "el acento," en la cualidad de una presencia o en la personalidad de una voz.

El diario íntimo, por último, constituye la quintaesencia de la escritura autobiográfica, su manifestación más genuína y consustancial. Pero, al mismo tiempo, resulta la forma menos conciliable con la literatura, interpretada ésta como sistema de comunicación intersubjetiva y pública, ya que la diarística es, por principio, una escritura endogámica, para uso del que la escribe y en la que el receptor se identifica con el emisor. Por otro lado, el diario se escribe día a día y no abarca más que lo que interesa a ese breve periodo de tiempo, mientras la autobiografía o las memorias convienen a toda una vida en su transcurrir o cuando ya ha transcurrido, y el que las escribe avanza en una dimensión temporal del presente al pasado. En la reescritura del presente, sin embargo, la inmediatez hace que las vivencias se presten más a la interpretación apasionada, al capricho o la gratuidad. Es precisa esa distancia para que lo que parecía caótico y contingente pueda ser dominado por la reflexión y "filtrado" de su importancia y su validez convenientemente. Podría definirse el diario íntimo como una modalidad catártica de hablar en soledad. En la práctica, las cosas cambian mucho cuando el diario se escribe para ser publicado, para ser leído por la posteridad.7

A la postre, la novela en general, el género por excelencia de la ficción, no sólo posee una indudable carga autobiográfica, sino que también posee lazos de parentesco innegables con las formas de la autobiografía. Porque, ¿acaso no es la autobiografía una forma especial de novelar? ¿Y qué cantidad de auténticas novelas no dejan amplísimo lugar

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a la autobiografía y hasta a la confesión personal? Por citar sólo un caso, bien conocido y extremo, pensemos en la novelística de Mario Vargas Llosa, toda ella sedimentada en auténtica biografía, desde la lejanísima La ciudad y los perros hasta la La fiesta del chivo, conducida por su visión y experiencias políticas, pasando por el caso destacado de La tía Julia y el escribidor, la atractiva narración de los años mozos en la radio y la boda con su tía política, Julia Urdiqui, que dio lugar a un folletón televisivo y que se vio contestada por la protagonista real en Lo que no dijo Varguitas.

Lejeune ha dejado claro, sin embargo, que, si bien en el seno del texto no es posible hallar diferencias entre una novela y una autobiografía, sí las hay en el contexto de uno y otro género porque el hecho de la intención expresada del autor de decir la verdad afecta de manera sustancial a la lectura de la obra: "es un modo de lectura tanto como un tipo de escritura, es un acto contractual históricamente variable" (cito por Caballé 34). Lo esencial del género autobiográfico, de las escrituras del "yo" en general, está en el pacto cómplice entre autor-lector. Aquél establece de entrada cuál va a ser el registro de su voz, el punto de vista que adoptará, el tipo de lector al que va a dirigirse y las relaciones que quiere establecer con él. En el lector reside la clave que guarda la diferencia definitiva. Porque una autobiografía, unas memorias, un diario, pueden ser leídos como una novela; pero el lector no se enfrenta de ese modo a su lectura. A la postre, lo que distingue una autobiografía de una novela no es que la segunda no sea verídica, sino el "pacto autobiográfico" no sellado entre lector y escritor del "yo," que implica un modo de lectura a la vez que un modo singular de escritura.

Podríamos preguntarnos por qué nacen estos textos, quién los escribe y quién los lee. Tenemos que empezar afirmando desde la obviedad el éxito actual del género, su "rabiosa actualidad" en palabras de la profesora Ledesma Pedraz. Las razones de este éxito se explican, para esta estudiosa, por el individualismo imperante (fruto del derrumbamiento de las grandes ideologías) y por la curiosidad del lector en la escritura sobre sí misma, tanto como por ese deseo de introspección y autoanálisis que está presente desde el descubrimiento del psicoanálisis ("La escritura autobiográfica es la más explícitamente autoanalítica de entre las formas de autoanálisis," dejó escrito Paul Jay). Claro está que el éxito también se debe a cuestiones más cercanas, como la realidad de la soledad del hombre en un mundo deshumanizado y la necesidad íntima y urgente de relacionarse, aunque sea desde un rincón de "voyeur."

El perfil más general entre los escritores del "yo" es el de un autor maduro (incluso viejo) y conocido: maduro, porque el género parece demandar una experiencia y un conocimiento, y conocido, para poder reclamar a priori el interés de un público, no sólo porque parece normal que sólo tengan derecho a contar su vida privada los que tienen una vida pública, sino porque difícil sería que los editores se arriesgaran a la publicación de estos textos, si así no fuera.8 Las razones del porqué de su escritura son muy variadas: por la necesidad de autojustificarse o autoexplicarse, revisando el nombre propio para la posteridad, o por el deseo de hallar un orden en la parte de vida ya vivida; o, en el caso de los autores, para desvelar ante los lectores génesis y peculiaridades de las obras, eludiendo lo íntimo.

Pueden también nacer estos textos para satisfacer la curiosidad del publico o de la familia, con cierto regusto de emulación o cierto interés por educar, por ejemplificar, o también

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deiar testimonio de lo vivido o experimentado. También pueden nacer estos textos A de el simple placer de narrarse, dejándose llevar por la voluptuosidad del recuerdo para

ivirse con él, especialmente si el recuerdo es ya lejano y acrisolado a medida que se veiece humanamente, porque el placer del recuerdo sólo es grande si es compartido, henifica, entonces, un modo de evasión; porque avivar los recuerdos, escribiéndolos, transmitiéndolos, es huir al pasado y olvidar un presente menos grato. Cuando esto funciona eficazmente, la escritura se convierte en una de las mayores alegrías del hombre. Y pueden nacer estos textos (no por ir en último lugar es la razón de menor importancia) desde la preocupación narcisista centrada en la autoalabanza. Coinciden los estudiosos en que en la interferencia de todos estos móviles, en la mezcla de razones distintas, se perfila como lugar común un sentimiento determinado: ese que llamamos amor propio, egocentrismo, narcisismo. El fantasma, en fin, de la vanidad.

¿Y por qué se leen? Se abre de nuevo un abanico de posibles razones: por una razón de connivencia entre un autor más o menos exhibicionista y un lector más o menos mirón, que necesita comprobar que también los grandes hombres tienen defectos y pecados. La lectura de la confesión autobiográfica, entonces, puede tranquilizarnos respecto al sentido de nuestra vida. Y también pueden leerse respondiendo a una curiosidad "biensana": el interés del público por conocer, mediante un testigo, acontecimientos que no vivió. Pero la razón fun- damental de esa relación cómplice entre autor y lector puede residir en que la narración que hace el autor de su propia vida tiene por virtud mágica la de reflejar también, aunque de otra manera, la de su lector. Es imposible hacer luz sobre la propia vida sin aclarar aquí o allá la de los demás. Porque la intimidad conduce a la universalidad, a lo general, porque como dejó indicado Montaigne en frase deudora de las bases filosóficas de la antigüedad clásica,

"todo hombre lleva en sí mismo la entera forma de la humana condición." Así, la autobiografía es quizá la forma literaria en la que se establece la más perfecta armonía entre el autor y el lector. El lector la siente como algo vivo, como algo cercano y casi propio, precisamente por la curiosidad que despiertan en él las confesiones del autobiógrafo, ya sea por los vivencias narradas en sí, ya sea por los acontecimientos históricos de que fue testigo, ya sea, en fin, por el mecanismo misterioso que nos permite reencontrar nuestros recuerdos en los ajenos

Georges Gusdorf construye casi un texto filosófico, explorando en los escritos

"yoístas" de escritores del pasado y del presente, para descubrir que nunca acaban de revelarse del todo los entresijos del "yo" que los produce: constituyen siempre libros abiertos que invitan al que se asoma a ellos a dejarse marear en el juego de espejos que es, a la postre, el desvelamiento de sí mismo mediante la literatura.9 El arraigamiento de lo autobiográfico hoy en nuestra sociedad implica un juego de expectativas y convenciones colectivas que afecta a públicos muy distintos: desde uno intelectual y minoritario que lee tan sólo determinadas obras autobiográficas o memorísticas por el interés del autor o por su valor literario o creativo, hasta un público más amplio que consume productos autobiográficos, de más o menos valor, por el deseo de satisfacer la curiosidad que siempre despierta lo ajeno.

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El caso de Pérez Galdós

En el siglo XIX no existía conciencia clara de distinción entre distintas manifestaciones de textos del "yo," de modo que "memorias," "manifiestos," "confesiones,"

"recuerdos," etcétera, son términos que se confunden en la misión común de relatar los hechos más importantes de una vida o de una etapa histórica, reviviéndolos desde el recuerdo individual. Casi no existe, en este sentido, el término "autobiografía"; seguramente fue la primera en utilizarlo doña Emilia Pardo Bazán en el título de su novela Pascual López.

Autobiografía de un estudiante de Medicina (1879), sin duda influida por las letras francesas o anglosajonas en donde el término se empleaba ya. Volvió a utilizarlo la condesa en 1886, al redactar los "Apuntes autobiográficos" que situó al frente de Los pazos de Ulloa en 1886, uno de los poquísimos textos de este género escritos por una mujer, y de los más polémicos de la autora, por la visión algo pedante que en ellos da de sí misma. Nada asoma en esa definida autobiografía de su vida íntima. Es comprensible: si la expresión de lo íntimo casi es un reto para un hombre, mayor lo es en el caso de una mujer, aunque, como es el caso, ésta tenga un "yo" público.

La realidad de los textos confirma que, con la indistinción anteriormente apuntada, el género se pone de moda y se cultiva ampliamente en el siglo XIX. De entre los libros de memorias que se publican, conoció extraordinario éxito, hasta marcar hito en el género y despertar gran curiosidad ante él, las Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid, de Mesonero Romanos (1880) que se publicaron en La Ilustración Española y Americana a partir de mayo de 1877, con el título de "Recuerdos de 1814." Sin embargo, el tipo de recuerdos que constituye el material básico decimonónico es de los hechos notables o trascendentes, dejando poco espacio para el relato de la propia individualidad, mucho menos para la intimidad o el ensayo de autointerpretación. Son los textos, por tanto, de una enorme superficialidad emocional: en general, prometen mucho y dan poco.' ° Es decir que, muchos son los textos, pero pocos los que podrían ser incluidos con propiedad en la línea íntima que demanda la escritura del "yo."11

¿Y las Memorias de un desmemoriado de Pérez Galdós? En los años difíciles de la última etapa del autor (anciano y casi ciego, abrumado, además, por la inseguridad económica, y nada optimista por la decepción reciente del fallido Nobel de 1915), la nueva revista, La Esfera, le encarga unos apuntes de biografía para sus páginas. Comienzan éstos a aparecer en el verano de 1916, bien destacados bajo el título de Memorias de un desmemoriado: en su conjunto, un documento literario estructurado en forma de texto novelesco y confeccionado con retazos de recuerdos. Recorren éstos, casi a vista de pájaro, hechos diversos de autobiografía y acontecimientos con ella relacionados, desde los años de la llegada del autor a Madrid hasta 1901 o 1902. Se interrumpe entonces la narración, abruptamente y sin colofón alguno.

El texto se estructura en 15 unidades o capítulos, titulados monográficamente y organizados en epígrafes que se numeran en romanos (entre II y VI). El epígrafe que abre el capítulo primero ("Mi llegada a la Corte") sirve de ensayo de introducción general sobre el documento y sus modos literarios. Como estrategia técnica básica, acude Galdós al motivo clásico y tópico (Rojas y Cervantes "in presentia") de la continuación de un escrito ajeno

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