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LA OBRA COMO TEXTO VIVO: DOÑA PERFECTA, DE LA NOVELA (1876) AL DRAMA (1896)

In document Anales galdosianos - Año XXXVI, 2001 (página 157-169)

Germán Gullón Los medios de comunicación actuales tienen tal fuerza e influencia, (y pienso solamente en el periodismo) que están extendiendo sus premisas de trabajo a otras áreas de la cultura.

Una de ellas es la de centrarse en la noticia, en la actualidad, y rechazar lo demás, utilizando como audiencia ideal una con escasos recursos culturales. Esto ha contribuido enormemente a reducir la complejidad del discurso intelectual, simplificando y depauperando la memoria cultural de la audiencia. Por ello, las clasificaciones tradicionales, los clichés, han revivido, e infinidad de marbetes y nociones revisados por la mejor crítica literaria gozan de vida eterna, como pueden ser los de generación del 98, generación del 27 y demás. En consecuencia, la imagen de los autores del ayer, como Galdós, quedan congelados en el lugar común, en el prejuicio, y su puesto en el campo cultural permanece estático.

Los clichés culturales convierten todo de manera perversa en tópico a repetir acráticamente y, lo que es también pernicioso, ocultan cuanto por una razón u otra no cabe en los pequeños bocaditos verbales donde condensan la información. Hace no mucho se decía que las historias literarias, fueran como fueran, al menos tenían una virtud, el poner al estudiante en contacto con la literatura, aunque hubiera que pagar el alto precio de que los estudiantes cayesen en la repetición de marbetes que debían estar superados. Pues sí, sí que importa, porque hacen de pantalla opaca que oculta el mérito, la indagación crítica. Galdós fue y sigue siendo víctima de un encasillado perverso, el de realista con mandil, de copión artesanal de la realidad.

Bueno, el novelista, porque el teatro galdosiano resulta un caso flagrante de olvido y postergación, de obra conservada en naftalina, cuyos contenidos y aportaciones al discurso interno de nuestra cultura son totalmente obviados. Recuérdese, sin embargo, que varias producciones dramáticas de Pérez Galdós alcanzaron éxitos resonantes, y ya a partir de 1892 (Cimorra 97), sacudiendo en su momento las raíces de la sociedad decimonónica, muy significativamente Electra (1901), tras cuyo estreno el autor fue llevado a hombros por el público. Éxito bien documentado en el catálogo de una exposición (Quintana Domínguez). Tan inusitado homenaje ofreció tintes políticos, porque la gente celebraba entusiasmada el anticlericalismo de la pieza. A la vista de tamaño éxito resulta al menos curioso que aquellos triunfos y los contenidos políticos que los incitaran hayan sido totalmente sumidos en el olvido. Del teatro de don Benito sólo se interesan en el día presente los galdosistas especializados en el teatro del escritor canario, que son una selecta minoría. Del Galdós articulista político casi nadie vuelve a ellos, a pesar de que escribió cientos de artículos sobre temas político-culturales, como, por ejemplo, los agrupados en los tomos de Política española o en Cronicón (1883-1886).

Lo que sorprende, insisto, es que se postergue la función de Galdós como catalizador de la cultura de un período. El que se descalifiquen sus méritos como novelista es una

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historia bien conocida (Juan Benet, Francisco Umbral y otros), y apenas merece mayor atención, pero da la impresión que estamos reduciendo casi a nada la presencia e influencia galdosiana en la sociedad por la que tanto se preocupó.

Conviene recordar también que la revista bandera del modernismo llevaba el título de Electra, y que Galdós abrió el primer número de tan espléndida publicación, donde aparecerán primicias de Pío Baroja, Antonio Machado, Miguel de Unamuno y Ramón del Valle-Inclán, entre otros, amén de importantes documentos sobre la guerra de Cuba. Por tanto, el que se le considere a Galdós una especie de escritor desdibujado que vagó por la España del XIX, un realista, o se le caracterice de genio lego, sin ideas, frente, pongamos, a un Clarín o a un Unamuno, robustos ideológicamente, parece un absurdo.

Es verdad que la obra de Galdós resulta poco apreciada por el lector de hoy, que no pasa de ser una narrativa de entretenimiento, de fácil lectura, y que se la considera pasada de moda, del siglo diecinueve, material para especialistas. Pocos somos los que la leemos para encontrar en ella un saber, unas ideas que sirven de puente con las nuestras para conocernos mejor y saber cuáles son las fuentes de la manera de ser del español actual. Oír las opiniones de los alumnos universitarios españoles sobre Galdós es triste, porque uno escucha tras sus palabras la incompleta labor realizada por sus profesores de enseñanza media, reflejo del desmoche literario llevado a cabo por la crítica cultural en la prensa.

Por otro lado, la poca crítica inmediata válida suele apostar por un canon cerrado, adoptando ideas similares a las expresadas por Harold Bloom en su famoso libro, The West- ern Canon, que sacraliza la obra literaria, convirtiéndola en algo que expresa sin decir con claridad (4). El mérito artístico reside, para Bloom y sus seguidores esteticistas, en un no sé qué especial que toca las cuerdas sensibles del individuo, ahorrándole cualquier responsabilidad social. Galdós, por supuesto, nunca nos deja los significados indeterminados ni suspensos en un limbo. Galdós como Clarín nos hablan directo al corazón y a la cabeza, y gracias a ellos podemos conocer mejor al hombre, su conciencia, su conciencia indi- vidual, su personalidad, etcétera. Estas teorías son contrarias a las de quienes, con Edward Said y Jerome McGann, por mencionar dos casos, creemos en la función cognoscitiva y social que provee la literatura. Clarín y Galdós pertenecen a un canon donde se agrupan los que han ido representado al mundo en sus textos, un mundo que cambia, al ir variando su contexto. La literatura que se enseña habitualmente tiende a olvidar este otro canon, que algunos consideran el no artístico, en parte porque desdeñan los cambios, el considerar que hay algo vivo en la obra, en la novela.

Éste me parece uno de los debates críticos primordiales del presente, el defender el derecho de la novela realista, mundana, frente a quienes pretenden hacer bagatela de sus logros, pues restan injustamente toda su vigencia a escritores como Clarín o Galdós (Kronik).

Contrariamente a lo que se pretende sugerir, las novelas galdosíanas, incluso sus obras autoritarias o de tesis, actúan en la historia de la novela española como fiel de la balanza, pues equilibran lo que el escritor quería expresar con lo que era aceptable, asimilable por el lector de su momento. O dicho de otro modo, Galdós efectuará un magnífico ejercicio de adaptación de nuevas ideas y actitudes en un ambiente poco propicio, la sociedad española del ochocientos. Recuérdese que ni nuestro sistema educativo ni social permitían grandes alegrías, pues los analfabetos superaban a los alfabetos en aquella época, que toda una

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clase, la mayor, la trabajadora, no tenía oportunidad de leer, y que en general se trataba de un público femenino, viciado por eí novelón romántico y el folletín. Por eso, los logros de Gaídós y sus contemporáneos son extraordinarios, y negarlos es postergar la realidad del papel que jugó la novela española en la estabilidad de su espíritu.

Por eso, hoy centro mi estudio en Doña Perfecta, en concreto en revisitar un tema que ya he tocado con anterioridad (Gullón 65): las diferencias que presentan los finales que Galdós puso a la novela, y compararlos con el que aparece en la versión dramática de la misma. Mi propósito es mostrar una vez más la relación que existe entre el autor y la audiencia, entre el texto literario y su contexto, y destacar, de paso, la vitalidad ideológica de las creaciones galdosianas.

Voy a revisar dos cuestiones. Primero, abordaré el tema del final folletinesco y de los finales cambiantes o finales de rebote que figuran en las versiones novelescas publicadas en 1876, y segundo, comentaré el cambio de asesino entre la novela y la pieza teatral.

Final folletinesco y Jos finales de rebote

Comienzo citando unas líneas del final original:

Era cierto el proyecto de casamiento de Jacinto con mi cuñada [doña Perfecta] [...]. Se había matado el cerdo para las Pascuas. Las mujeres se ocupaban en las alegres faenas de estos días, y viera V. allí a Perfecta con media docena de sus amigas y criadas, ocupándose en limpiar la carne para el adobo, en picarla para los chorizos, en preparar todo lo concerniente al interesante tratado de las morcillas.

Entró Jacinto, acercóse al grupo, resbaló en una piltrafa y cayó... ¡ Horrible suceso que por lo monstruoso no parece verdad!... El infeliz muchacho cayó violentamente sobre su madre María Remedios, que tenía un gran cuchillo en la mano. Por un mecanismo fatal, el arma se envasó en el pecho del joven, atravesándole ei corazón. (Cardona 22)

Este primer final apareció en la versión publicada por la Revista de España y en la primera edición en libro, ambas de 1876, y contiene un desenlace folletinesco, que parece poco de acuerdo con el talante realista de don Benito, del autor de las novelas autoritarias o de tesis, la propia Doña Perfecta, Gloria y La familia de León Roch. Sin embargo, este final tiene su explicación. Galdós pasó una buena parte de sus comienzos literararios buscando una audiencia, Al poco de llegar a Madrid a estudiar derecho había renunciado al teatro, porque el género andaba tan retrasado, y desempeñaba un papel tan contrario a lo que iban a ser los propósitos galdosianos, que no le servía. La novela, tal y como se la entregaba la tradición nacional, rendida al romanticismo, es decir, al sentimentalismo extremo y a la falta de matización a la hora de crear a los personajes, llegaba también lastrada por el antirrealismo.

El público, en fin, estaba acostumbrado por aquellas fechas a un tipo de novela que, para entendernos, ya denominamos romántica: textos cargados de fuertes emociones y contrastes insalvables entre los buenos y los malos, dirigidos principalmente a una audiencia femenina.

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Por eso, el primer desenlace no me parece tan chocante, porque seguía el cauce normal de la época.

Asombra, desde luego, al lector habitual de Galdós encontrar a una Perfecta Polentinos que parece una serrana salida de las letrillas del Marqués de Santillana, robusta, llena de salud, y dispuesta a casarse con Jacinto, el joven abogado que tiene veintidós años menos que la dama orbajosense. Lo pone aún peor la resolución final de la trama, pues, cuando observamos a la ilustre dama convertida en moza de cocina, se halla matando unos pollos, y entonces, el letrado entra en la cocina, con tan mala fortuna que se resbala con la sangre y los desechos y viene a embotarse en el gran cuchillo que esgrime su madre y muere.

La lección de tan fallida solución novelística no proviene tanto de los hechos, que concuerdan con los habituales en los novelones de la época, donde la verosimilitud no jugaba papel alguno, sino en chocar, impresionar al lector, conservar su atención para conseguir interesarle en la compra de la siguiente entrega. Y eso, desde luego, lo consigue, aunque, para ello, recurra al exceso. Lo que sí podemos entender es que el autor acaba de plantear en forma de ficción un problema real de la sociedad española: el atraso que suponía la poca penetración de las ideas liberales, modernas, en el mundo rural y de las ciudades pequeñas de provincias, donde la iglesia, aliada a los propietarios ricos, seguía ejerciendo una influencia retrógrada sobre la población. Doña Perfecta y don Inocencio tienen dominada a Orbajosa y son, dicho con propiedad, las fuerzas reaccionarias que impiden el progreso y que están dispuestas a todo. O, a la vista de este protofinal, si se me permite llamarlo así, Galdós todavía no se atrevía a ofrecer un final condenando abiertamente a aquella sociedad.

Es como quien tira la piedra y oculta la mano. Otra manera de entender este final desde el presente es denominarlo un cierre. Pérez Galdós tenía que concluir y le puso un cierre, el único que por entonces le era posible.

Observamos cómo la ficción española, practicada por uno de nuestros grandes narradores, permanecía todavía en 1876 en un estado de indefinición con respecto a su cometido, y siguió así hasta que el propio Galdós publicara en 1881 La desheredada. Estos hechos son poco reconocidos y apenas consignados en las historias literarias, probablemente porque se trata de un mal endémico de la cultura española, en que la crítica inmediata, los reseñistas, han sido siempre muy conservadores y siempre han preferido lo conocido a lo nuevo. Por eso, Clarín y sus recensiones de la novelística galdosiana suponen una extraordinaria novedad, porque reconocen desde bien pronto el genio galdosiano en lo que se refiere a la renovación de la novela española, al tiempo que lo alabado por el escritor ovetense sería criticado por Marcelino Menéndez y Pelayo.

El mismo año el propio novelista canario imagina otro final, que es el que aparece en las ediciones corrientes de la novela, el canónico. Allí el azar no juega ningún papel, la mano asesina es guiada por una orden tajante de la intransigente y devota Perfecta Polentinos:

Doña Perfecta adelantó algunos pasos. Su voz ronca, que vibraba con acento terrible, disparó estas palabras:

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—Cristóbal, Cristóbal.. .¡mátale!

Oyóse un tiro. Después otro. (287)

Toda duda desaparece: el instigador del crimen es un canónigo de la catedral, Inocencio Tinieblas, la mano asesina un héroe de la facción, Cristóbal Caballuco, y la que ordena el crimen su tía carnal.

La iglesia, los bandidos románticos que de tan buena opinión pública gozaban, y la caritativa alta burguesía pierden con unas palabras todo su prestigio. Yo diría, y esto me parece importante, que este final disuena un poco con el resto de la obra. Rodolfo Cardona, en la "Introducción" de la edición citada, habla de la hipocresía como una de las características de la sociedad orbajosense y de la propia protagonista. Dice así:

Aunque Doña Perfecta trata el problema de la intolerancia, lo que surge como el verdadero tema de la novela es la hipocresía. Es evidente que Galdós se refería a la hipocresía cuando escribió en el capítulo-colofón final de la novela, las siguientes palabras; "Esto se acabó. Es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no lo son." (27)

O sea que el crítico pone en segundo lugar el tema que siempre se ha considerado el primor- dial de la obra-la intolerancia religiosa, novelada también por Armando Palacio Valdés (Dendle 307)-y pone delante la hipocresía, aunque los ataques al clero sean fuertes. Con lo que estamos totalmente de acuerdo. Sólo será muchos años después y en la novela llevada al drama que la intolerancia parecerá como el primer problema de la sociedad orbajosense, y ya lo veremos en un momento.

Dos son, pues, las disfuncionalidades que preséntala obra en sus primeras versiones:

(1) que todavía la manera de la novela realista deja su lugar a la propia del novelón; y (2) que el tema principal se ve superado por uno secundario. Galdós quería mostrar que la visión esperanzadora del mundo de los escritores idealistas, como Juan Valera en su Pepita Jiménez (1874), poseía la consistencia del cartón piedra y que ni la religión ni los propietarios se preocupaban de la verdad, ni de la justicia social, ni del progreso. Les interesaba sobre todo mantener el poder.

Sin embargo, el género literario elegido, la novela, estaba poco preparada para acoger experimentos novelísticos, y aún menos el teatro, que Galdós también había probado en su juventud. La audiencia estaba acostumbrada a otra cosa, tanto desde el punto de vista genérico como desde el temático. Y no digamos fuera de Madrid y Barcelona; sólo hay que leer las reacciones de su amigo, José María Pereda, para calibrar qué pensaban de este tipo de novedades.

O sea que Doña Perfecta es en sus primeras encarnaciones una obra donde el autor quiere dar un fuerte golpe al autoritarismo reinante en España, pero el género literario empleado y el público al que va dirigida la obra le impiden ser todo lo contundente que quería. Por encima, el autor no se contentó con ese compromiso, y por ello añadió unas cartas, el capítulo penúltimo de la obra, titulado "De don Cayetano Polentinos a un amigo de Madrid," que hace de último, porque les recuerdo que en esta versión el capítulo final, el

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XXXIII, el que cierra la obra, ocupa sólo dos líneas y es una reflexión moral: "Esto se acabó. Es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no lo son"

(295).

Las cartas son lo que denominamos los finales de rebote, pues en las sucesivas misivas van apareciendo distintas versiones de la muerte de Pepe Rey. El texto rebota de esquina textual en esquina textual buscando el punto final. Nosotros ya sabemos qué pasó, que el joven ingeniero fue asesinado por un tiro efectuado por Caballuco, a quien ordenó disparar Perfecta Polentínos. No obstante, don Cayetano, hermano del marido de Perfecta, cuenta una versión apócrifa.

Según me ha referido Perfecta esta mañana cuando volví de Mundogrande, Pepe Rey, a eso de las doce de la noche, penetró en la huerta de esta casa y se pegó un tiro en la sien derecha, quedando muerto en el acto,

[...]

Según dicen, hacía alarde de ideas y opiniones extravagantísimas; burlábase de la religión; entraba en la iglesia fumando y con el sombrero puesto; no respetaba nada y para él no había en el mundo pudor, ni virtudes, ni alma, ni ideal, ni fe, sino tan sólo teodolitos, escuadras, reglas, máquinas, niveles, picos y azadas. ¿Qué tal? En honor de la verdad debo decir que en sus conversaciones conmigo siempre disimuló tales ideas. (289-90)

La hipocresía aparece aquí modificada por la mentira y la calumnia. Lo que en el texto de la novela era mera hipocresía -don Inocencio y doña Perfecta se movían en la sombra para entorpecer los amores entre Pepe y Rosario y favorecer el matrimonio de ésta con Jacinto, el sobrino de don Inocencio-aparece ahora contradicho. Aquí se explica, de rebote, en segunda intención, lo que el autor no se había atrevido hasta ese momento a decir. Esta doña Perfecta es la que resulta coherente con la que ordena el crimen, no tanto la hipócrita del texto principal.

También Cayetano Polentinos, el cronista de Orbajosa, queda retratado como un egoísta y un cobarde moral. Es la persona avestruz, que cuando hay un problema mete la cabeza en la arena, actitud también cobarde, utilizada por Galdós para burlarse de los intelectuales dedicados a coleccionar nimiedades, lo que les impide ver a las personas, juzgarlas por lo que les dicen, pues su pobre y pasiva actividad no les permite formar un criterio propio. Bien afirma que él nunca notó nada en Pepe de todo lo que le dicen; no obstante, sospecha que el joven actuó con perfidia, que cuando Pepe hablaba con él disimulaba sus verdaderas creencias. Volveremos enseguida sobre su función.

En la carta siguiente, del 22 de abril, informa a su corresponsal que la iglesia rehusó dar sepultura cristiana a Pepe Rey, y añade otra noticia jugosa:

Respecto de la muerte de Rey, corre por el pueblo el rumor de que fue asesinado. No se sabe por quién. Aseguran que él lo declaró así, pues vivió como hora y media. Guardó secreto, según dicen, respecto a quién fue su matador. [...] Perfecta no quiere que se hable de este asunto, y se aflige mucho siempre que lo tomo en boca. (292)

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