2. MARCO TEÓRICO
2.1. La actividad física y su relación con la salud
2.1.2. Estilos de vida saludables en la población infantil
Una vez expuesta la problemática existente con la obesidad y el sobrepeso en la población infantil a nivel mundial, especialmente en los países desarrollados nivel mundial y centrándonos en España, es necesario describir brevemente en qué consiste la educación para la salud y cómo la actividad física puede contribuir en promover estilos de vida saludables, así como prevenir enfermedades. Según la OMS (2018), la educación para la salud se puede definir como la combinación de actividades educativas orientadas a promover en las personas el deseo de estar sanas, así como el saber cómo alcanzar y mantener la salud.
Durante la infancia es cuando se desarrollan la mayoría de los hábitos, rutinas y conductas, por lo que es la etapa recomendada para instaurar un estilos de vida saludables (Martínez- García y Trescastro-López, 2016). En este sentido, los medios de comunicación y la escuela están cogiendo más protagonismo como referentes para los niños, frente a la educación recibida en las familias (Entrena y Jiménez, 2013). Según Llosa (2017), debido al tiempo que los niños pasan en la escuela, esta se convierte en un lugar muy adecuado para promover hábitos saludables y actividad física, así como realizar intervenciones que llegan casi a toda la población infantil de manera sencilla y en poco tiempo (Amini et al., 2015, Wijnhoven et al., 2015).
Desafortunadamente, es notable como en los últimos años, la adherencia a la práctica física por la población más joven está disminuyendo, debido a la aparición de otras vías para invertir el tiempo libre y de ocio (Aznar y Webster, 2006; Boreham y Riddoch, 2001; Encuesta de Hábitos Deportivos, 2015; Monteiro et al., 2019; WHO, 2015). Esta disminución de la práctica física y el aumento del sedentarismo fue estudiada en 2011 por el Ministerio de Sanidad con el informe ENSE, el cual detalla que el 12,1% de los niños y niñas entre 5 y 14 años se declaró sedentaria, siendo el 16,3% niñas y 8,2% niños (Ballesteros, 2015). En esta línea, el 76.6% de
los jóvenes españoles no realizan la práctica de actividad física recomendada (Guthold, Stevens, Riley y Bull, 2020).
Ante esta nueva situación se hace más necesaria la concienciación a los jóvenes sobre la importancia de cuidar su salud y no llevar una vida sedentaria. Además, es en estas edades, infancia y adolescencia, es donde podemos educar y concienciar para que los niños y niñas adquieran hábitos saludables y beneficiosos para su salud (Da Costa y López, 2000). La adquisición de hábitos saludables y la práctica de actividad física para el desarrollo de la salud ha sido estudiado en numerosas ocasiones desde diferentes perspectivas, haciendo indiscutible la relación entre la práctica de actividad física de manera regular y las mejoras en salud de las personas en las diferentes etapas de su vida. De este modo, muchos investigadores han expuesto sus trabajos en los que, la actividad física se asocia con la disminución del riesgo de sobrepeso y obesidad (Fairclough et al, 2012), menores niveles de IMC (Lätt et al, 2015;
Gómez, Lorenzo, Ribes y Homs, 2019; Treuth et al, 2007) y grasa corporal (Gutin, Humphries y Barbeau, 2005; Hearst et al., 2012).
Asimismo, la práctica de actividad física está relacionada con un aumento de la capacidad aeróbica, mejoras en el acondicionamiento físico y reducción de peso en niños obesosv (Aguilar-Cordero et al., 2014; Dimitri, Joshi y Jones 2020). En este sentido, el estudio de Klijn et al., (2007) con niños obesos afirma que, con programas de entrenamiento de 30 a 60 minutos tres veces por semana se consiguen mejoras en la condición física de los niños. De manera similar, Davis et al., (2012) en su trabajo de investigación, consiguieron esas mejoras en niños obesos con programas de actividad física de 20 a 40 minutos cinco días a la semana. De igual modo, Ballester (2015) afirma que, a nivel coronario, la obesidad en niños y adolescentes es el factor principal de riesgo para desarrollar aterosclerosis en adultos jóvenes y síndrome metabólico (factores que elevan el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y diabetes
mellitus tipo II) en la etapa adulta, siendo la actividad física y los hábitos saludables elementos que disminuyen dicho riesgo. Resultados similares desprende el estudio del British Heart Foundation National Center realizado en 2014, el cual afirma que la práctica regular de ejercicio físico por parte de niños y jóvenes está relacionada con mejoras a nivel fisiológico, como cardiovasculares, disminución de la grasa, fortalecimiento muscular y óseo; así como a nivel psicológico, reducción de la ansiedad, mejor autoestima y confianza, entre otros (Bhatnagar, Wickramasinghe, Williams, Rayner y Townsend, 2015). En este sentido, a niveles cognitivo y psicológico, hay estudios que describen una influencia positiva de la actividad física en los escolares, mostrando mejores resultados académicos, capacidad para mantener la atención, mejoras en la memoria y en el comportamiento (Maureira, 2018; Méndez-Giménez, 2020; Strong et al, 2005). Igualmente, según Hall, Ochoa y Sáenz-López (2018), la población que practica actividad física de manera regular tiene mayores niveles de bienestar psicológico y de inteligencia emocional.
Por todo ello, se puede destacar la relación estrecha entre actividad física, salud y bienestar, así como factor para luchar contra la obesidad en la población infantil. Sin embargo, también se observa la necesidad de promover estrategias para aumentar la actividad física en los más jóvenes. En este sentido podemos destacar la labor de los gobiernos nacionales como organismo para establecer políticas que fomenten la actividad física tanto en la escuela, dentro y fuera del horario escolar, como por medio de asociaciones deportivas; desde los entornos urbanos que ofrezcan instalaciones deportivas adecuadas; fomentar los transportes activos a pie, bicicleta u otros medios activos; así como la labor de los docentes de Educación Física que, con las prácticas y metodologías adecuadas, desarrollen sesiones de Educación Física motivantes, a la vez que con unas intensidades adecuadas para generar beneficios en la salud de los escolares.
Es evidente que, para llevar a cabo una práctica de actividad física que suponga adaptaciones en nuestro organismo relacionadas con mejoras en la salud, esta debe desarrollarse dentro de unos parámetros de duración e intensidad adecuados para cada persona. En este sentido es necesario describir los elementos que conforman la práctica de esa actividad física beneficiosa para la salud, es decir qué tipo de actividades, qué duración e intensidad deben tener.