Poesía y autoficción: una alianza posible
III. Las figuras de escritor: espejos y reflejos de la imagen autoral
representan una entrada útil para nuestra propuesta, pues permiten eludir tanto planteos genéticos, intencionales, biografistas como, en la vereda contraria, el silenciamiento y borramiento total de la figura del autor y su contexto de su producción. De esta manera, entran en juego tanto la figura que el propio autor construye de sí, posicionándose en el campo de una manera determinada a partir de su obra, como la representación social de dicha obra y dicha figura.
relación con los escritores coetáneos o futuros, con la tradición literaria en que se inscribe o pretende modificar (y con los temas o lenguajes de dicha tradición). Con ―su lugar en la sociedad‖, se refiere a su relación con todas las instancias vinculadas a lo literario pero regidas por otras lógicas: luchas culturales, sectores sociales dominantes o dominados, instituciones políticas, etc. A través de estas figuras el escritor proyecta entonces una imagen de sí mismo (en cuanto escritor) y sus ideas acerca de lo que es la literatura, lo cual ―conjuga una ideología literaria y una ética de la escritura y que llega a convertirse [...] en una moral de la forma‖ (4).
Julio Premat (2009), por su parte, recientemente, añadirá a la idea de ―figura de escritor‖, concebida como imagen y vinculada a los medios culturales, académicos y editoriales, la noción de ―ficción de autor‖: un relato, un personaje de autor o autofiguración (concepto propuesto asimismo por José Amícola, en 2007, como veremos luego) construida en los textos. La ficción de autor se tornaría así una ―particular esfera de la metaliteratura‖ (Premat 15) y habría - de acuerdo con el autor – que agregarla al planteo foucaultiano de la ―función autor‖: como el nombre de autor, la ficción de autor sería parte integrante de esa función (13).
Otra arista importante del panorama la brindan Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, en su temprano y fundamental libro Literatura/Sociedad (1983). Allí, en desmedro de los postulados en torno de la ―muerte del autor‖ y de la desaparición de toda seña identitaria o contexto vigentes desde el posestructuralismo, estos autores señalan que ―el modo en que el autor se ha percibido y se percibe, así como el modo en que percibe el carácter de su actividad no representa un sistema de ilusiones que el análisis sociológico debe desechar‖
(110). Si bien aclaran que no es ―en ese conjunto de creencias que integran la ‗conciencia de sí‘ del escritor donde hay que buscar la verdad de la práctica literaria, esa ‗conciencia de sí‘ forma parte de la verdad de dicha práctica y la comprensión sociológica debe dar cuenta
de ese doble juego‖ (110). Todas las consideraciones y nociones que el autor propone respecto de sí mismo y de su obra no constituyen por tanto una ―excrecencia indiferente‖ que la perspectiva sociológica deba dejar de lado: no se piensa que éstas expliquen el verdadero sentido de la obra y de su figura, pero sí forman parte de su ideología literaria y constituyen una faceta de interés de su labor (112). Se preguntan entonces, ―¿carece de relevancia para el análisis de la ideología inscripta en un texto literario la ideología de su autor, comenzando por esa forma de la ideología que es el proyecto literario mismo?‖ (112-113). Si a partir de la distinción entre ideología textual e ideología del escritor se determina que esto es irrelevante, es decir, que ―el escritor no opera como productor del texto sino como vehículo transparente y ocasional de las ideologías y discursos que lo atraviesan‖ (113), se da lugar a una visión que quita toda importancia al escritor a la hora de abocarse al estudio de la literatura, sustituyéndose
―el fetichismo del creador incondicionado por el fetichismo de las estructuras y las leyes de las estructuras‖ (113). Por eso, retoman las reflexiones de Foucault y señalan que la problemática del autor exige ser situada en un sistema de relaciones sociales e ideológicas, institucionales y formales, sujetas a variaciones históricas (14). Ya que, como indican, citando al francés, ―los discursos literarios ya no pueden ser acogidos si no están dotados de la función autor: a todo texto de poesía o de invención se le preguntará de dónde viene, quién lo ha escrito, en qué fecha, en qué circunstancia y a partir de qué objeto‖ (114).
En referencia al género lírico, Walter Mignolo (1982), a su vez – en un artículo al que ya nos hemos referido -, propone la idea de ―imagen social‖ del poeta (pragmática), a la que distingue de su ―imagen textual‖ (semántica) (132). En relación con éstas, el autor introduce la noción de ―rol‖, de ―rol social‖ y de ―rol textual‖, cuestión que considera fundamental para distinguir al autor (rol social) de la figura de
poeta (rol textual) que se construye en el texto. Como aclara en nota, esta idea está tomada de la sociología y de la antropología, para operar como una noción intermedia entre la sociedad y el individuo (133). Y, citando a Nadel, explica que ―el poeta es, en la coherencia de la estructura social que se establece a través de los roles, uno entre muchos‖ (133). Rol textual es pues un concepto ―derivado del primero y nos remite a la imagen del rol (figura del poeta, en este caso) que se construye en el texto y para el cual sólo disponemos de las informaciones que el texto nos provee o nos sugiere‖ (133).
Luego, en el mismo artículo, el autor introduce dos cuestiones claves en relación con los niveles que permiten inferir la figura del poeta. Por un lado, en el plano textual, los procedimientos que actualizan tal figura en los propios poemas; por otro, en el metatexto, ―en el que conceptualmente se reflexiona sobre el ser y la función de la poesía‖ (136), ya que, como afirma Mignolo, ―descreo de las generalizaciones que no tienen en cuenta el pensamiento de los propios poetas‖ (147).
Por su lado, en relación con las últimas consideraciones, es importante destacar un breve y, sin embargo, crucial artículo del crítico Arturo Casas (2000), en el que se refiere de manera novedosa a la clase de textos que denomina ―autopoéticos‖. En ―La función autopoética y el problema de la productividad histórica‖, alude a este ―dominio borroso‖ que, de alguna manera, sería equiparable a la noción de ―metatexto‖ que leíamos antes con Mignolo aunque, no obstante, representa una esfera mayor, pues no sólo se ciñe al terreno de la metatextualidad o de la hipertextualidad (Genette), sino que también ―habría que fijarse en las relaciones entre obra y poética del autor en el plano texto/texto‖(2000: 215), es decir, como parte del universo literario (poema, narración, poemario, etc.). Así, prestando atención a estas manifestaciones textuales, se puede rehabilitar de acuerdo con el crítico el concepto de intencionalidad en relación con el
autor, pero ―sin necesidad de violentar tendencias ni de forzar o extremar las premisas de apoyo‖ (209). Este dominio teórico es definido de modo amplio como
una serie abierta de manifestaciones textuales cuando menos convergentes en un punto, el de dar paso explícito o implícito a una declaración o postulación de principios o presupuestos estéticos y/o poéticos que un escritor hace pública en relación con la obra propia bajo condiciones intencionales y discursivas muy abiertas (210).
De este modo, la clase de textos autopoéticos revela algunas concepciones interesantes en relación con el escritor y su propia escritura, su lugar en el campo literario, sus relaciones con otros textos y autores, etc. y, entonces, abona simultáneamente, también, una determinada imagen de sí mismo. Este ―acto autopoético‖, como culmina Casas, permite abrir sus circuitos hacia nuevas pautas metodológicas y epistemológicas, líneas que esboza y señala como puertas posibles para estudios futuros: pensar sus vínculos con formulaciones análogas provenientes de otras áreas del arte (música, cine, etc.), o con teorías literarias psicocríticas; advertir el lugar que este tipo de producción autopoética ha ocupado históricamente y, finalmente, las más interesantes para nuestros planteos, estudiarlas como manifestación textual de la función- autor (en términos de Foucault) y en relación con la problemática general de la literatura del yo (incluida la autobiografía) (217).
Por último, consideramos asimismo un valioso y reciente aporte el concepto de
―autorema‖ propuesto por Liliana Swiderski, en su libro Pessoa y Antonio Machado:
autores en tensión. Los autoremas como enlaces entre literatura y sociedad (2012). Esta autora parte del estudio de las obras de F. Pessoa y A. Machado y sus análisis dan lugar a este neologismo. Los ―autoremas‖ concentran una visión del contexto y de la práctica escrituraria y ―no se circunscriben a la subjetividad (componentes psicológicos o confesionales), ni priorizan el estudio sociológico o histórico del entorno‖ (37). En cambio,
como señala Swiderski, constituyen ―los puntos de enlace o nodos entre la poética y la sociedad, explícitamente construidos y formulados en el discurso, que se conectan en forma directa con la figura del autor. En otras palabras: ―son los ‗índices de autor‘ en los que resulta perceptible el enlace con el contexto social‖ (37). Esta nueva propuesta, pues, revisa la noción de autor conjugando dos esferas, la del contexto social y el rol social del escritor y la del sujeto en la escritura, a través de sus estrategias discursivas de autorrepresentación. Como indica la autora, este neologismo remite análogamente a sus homónimos, como ―biografema‖ (Barthes), ―ideologema‖ (Kristeva) o ―realema‖ (Even – Zohar) y, como éstos, reenvía a un campo de significación particular: la vida, ―lo real‖, la ideología: en este caso, ―el autor‖ (Swiderski 37-38).