Poesía y autoficción: una alianza posible
VIII. Los usos del nombre propio: índex y symbol en el universo nominal
―espacio ambiguo‖, en donde funcionan todos los datos e indicios que, inscriptos en la escena poética y supeditados a las convenciones del género que le imprime dicha pertenencia, operan no obstante en un ―borde‖ que remite tanto a lo verbal como a lo extratextual, abriendo para el lector el terreno dinámico de las bivalencias y las correspondencias posibles entre la escritura y el autor.
Si al pensar en sujeto autoficcional remitimos pues a una figuración concreta de la subjetividad, definida en la confluencia de su rostro de poeta y de sus rasgos
―autobiográficos‖ – anclado primordialmente en el uso del nombre propio autoral -, al hablar de espacio autoficcional abrimos el juego en cambio a una zona más difuminada y problemática: a ese dominio donde los índices y ―guiños de realidad‖ salpican los poemas – textual y paratextualmente –. Así la biografía del autor real se fusiona a la poesía para envolver al lector – que se torna, así, ―cómplice‖, como señalaba Scarano- en un juego caleidoscópico de suspicacias, para que opere justamente en ese terreno de sospechas e incomodidad, donde el cierre no acontece nunca.
ejemplo, el nombre propio cifra en los trabajos de Lejeune y de Derrida, respectivamente, dos paradigmas antagónicos en relación con la posibilidad de referencia y la remisión a un locutor ―externo‖, a una figura histórica por fuera del mundo verbal. Asimismo, Bourdieu rescataba para su propuesta sociológica la idea de
―designador rígido‖ - como veremos a continuación, deudora de Kripke - para pensar esta categoría como un ―punto fijo‖, como una ―unificación del yo‖ en distintos contextos y estados del campo. A su vez, para Foucault el nombre propio de autor determina la ―función autor‖ de un texto, es decir, permite responder a la pregunta que dispara sus reflexiones: ―¿Qué es un autor?‖, cuya respuesta apunta especialmente al nombre propio, tensado entre los polos de la descripción y la designación, como el elemento que otorga ―una manera de ser‖ y de ―funcionar o circular‖ a un texto dado.
Luego, en el panorama más próximo, los derroteros teóricos sobre la autoficción diseñan un nuevo camino en torno de la utilización del nombre propio del autor. Éste será, como dice Alberca, no una ―cuestión baladí‖, sino ―su pilar más importante‖ (1996: 17).
Luego, en el campo más puntual de la teoría sobre el género lírico, la aparición de nombres propios como categoría poemática ha suscitado asimismo reflexiones fundamentales para nuestros planteos. En este sentido, han sido operativos los estudios de Laura Scarano, quien ha abordado esta estrategia discursiva en múltiples libros y capítulos, abocados mayoritariamente a la misma formación discursiva que concierne a nuestro estudio, la poesía social. De manera principal, resultan de utilidad los conceptos de ―metapoeta‖ (mencionado anteriormente) y de ―correlato autoral‖. Este último, utilizado por Mignolo (1982) y redefinido por esta autora en 1994, se propone como un recurso que ―hace emerger en el texto un yo con nombre propio verificable, el del autor empírico, que se hace cargo de la voz enunciante a la vez que se apropia y explota la biografía del autor real‖ (Scarano 1996: 78). Esta estrategia, que Mignolo define como
―semiotización del yo contextual de la enunciación‖ o ―figuración enunciativa propia del discurso autobiográfico‖ (1978: 237) produce una ilusión de identificación entre ambos sujetos, el textual y el empírico. La autonominación, que se plantea como procedimiento discursivo y que permite una proyección biográfica hacia el autor, es planteada empero como una función o categoría verbal inscripta en el orbe poético. El correlato autoral funcionaría entonces en el gozne y en la tensión irresuelta entre sujeto poético y poeta, entre vida y poesía, renovados aquí, a la luz de la modalidad autoficcional, en la noción de ―sujeto autoficcional‖, tendiente al entrecruzamiento de las nebulosas fronteras de la autobiografía y la ficción en la construcción identitaria.
Sin duda, el nombre propio de autor en el marco literario ―se convierte en el motor de una poética‖ (Amaro 2010: 231), disparador de un universo de significados que exceden lo meramente discursivo para proyectarse ―hacia la atávica conexión entre dos imágenes, la de una persona y su nombre [...] El nombre es la parte del yo que parece expresar una presencia en el mundo‖ (Amaro 2010: 230). En este sentido, no sólo el uso y el valor de los nombres propios atañen al universo de la literatura, sino que su funcionamiento ha sido asediado desde enfoques multidisciplinarios para intentar desbrozar su funcionamiento dentro de una cultura determinada. Así, el nombre propio, en especial en su vertiente antroponímica (es decir, el nombre de persona) ha sido un recurrente objeto de interés para la lingüística, la antropología, la etnografía, etc. Tales acercamientos son importantes a la hora de advertir la importancia de esta categoría que, desde la antigüedad, representa uno de los pilares principales de cada cultura y sociedad, frecuentemente asociado a la ―esencia‖ de la persona y a la afirmación de la subjetividad en un grupo (Tessone 2009, Amaro 2010, Christin 2001).
Gramáticos, lingüistas, filósofos y estudiosos de disciplinas diversas se han ocupado de esta compleja categoría a lo largo del tiempo; una de las clases de palabras
más problemáticas que ha suscitado teorías encontradas, en principio porque representa una noción no exclusivamente lingüística, sino que su funcionamiento debe ser pensado en vínculo con instancias extralingüísticas, lo cual le confiere un ―carácter marginal‖ en el campo estricto de la gramática. Por tanto, aunque haya sido reconocida como clase de palabra con propiedades distintivas (no exclusivas), ha sido objeto de estudio asimismo, sobre todo en las décadas finales del siglo XX, en su valor semiótico, sociolingüístico, causal, psicofísico, etc. (Fernández Leborans 79).
Desde tiempos remotos, la problemática del nombre y, especialmente, del nombre propio, ha suscitado la reflexión y especulación en torno de sus alcances, bifurcados esencialmente en la tensión entre la referencia y el sentido. Es decir, las diferentes posturas abocadas a su estudio se escinden entre su consideración puramente indicial – a la manera de los deícticos – o, en cambio, su valor también como ―portador de sentido‖. Estas dos tradiciones, cuyos máximos exponentes son Mill y Frege, respectivamente, han excedido, como decíamos, el estricto terreno de la lingüística para extender su dominio al campo de la filosofía, la lógica, la etnografía, la antropología e, incluso, la literatura.
Ya en el Cratilo o de la exactitud de los nombres, de Platón, encontramos referencias a este dominio nebuloso. En el célebre diálogo entre Sócrates y Hermógenes, no obstante, las cavilaciones no se centran sólo en los nombres propios sino en la problemática de los nombres en general, el ―nombre común‖ y la nominación, aunque las remisiones a los nombres propios asoman también en el contrapunto entre los filósofos. En este sentido, uno de los pasajes más interesantes lo representa la alusión a la propiedad de los nombres y la sabiduría en el acto de nombrar, presente ya en los poemas homéricos, en torno a la nominación diversa que otorgan dioses y hombres, por ejemplo, a un mismo sitio:
HERMÓGENES.— ¿Y qué dice Homero de la propiedad de los nombres, y en qué pasaje?
SÓCRATES.— En muchos. Los más extensos y bellos son aquéllos en los que distingue, respecto de un mismo objeto, el nombre que le dan los hombres, y el que le dan los dioses. ¿No crees, que Homero en estos pasajes nos dice cosas notables y admirables sobre la propiedad de los nombres? […]— Ese río, que bajo los muros de Troya, tiene un combate singular con Hefaisto, ¿no sabes que Homero dice, que los dioses le llaman Janto, y los hombres Escamandrio? (11)
La reflexión sobre esta categoría transita las páginas más antiguas del pensamiento occidental, definida siempre en relación con el nombre común. Como señala Fernández Leborans, en las gramáticas clásicas grecolatinas, por ejemplo la de Donato, se distinguía como ―el nombre de uno solo‖ – unius nomen (Propium)- frente al
―nombre de varios‖ – multorum nomen (Appelativum) -. Así, el nombre propio (NP) se consideraba como el ―verdadero Nombre‖: la expresión kúrion (de onoma kúrion), traducida al latín como nomen propium, significaba de hecho ―el verdadero nombre‖
(79). La delimitación del NP ha sido pues, durante siglos, de tipo lógico, al distinguir la
―designación de uno‖ frente a la ―designación de especie o clase‖. Recién con el auge de la Lingüística Diacrónica y la Gramática Comparada surge la disciplina auxiliar de la
―Onomástica‖, dedicada especialmente a los nombres de persona y de lugares (antropónimos y topónimos) y será a mediados del siglo XX, de la mano de lógicos y filósofos, donde ingresa más fuertemente la reflexión sobre esta categoría. Sus propuestas en torno a la referencia, el significado, la predicación, etc. atrajeron el interés de los lingüistas a finales de los ‘70, en especial en cuanto a los aspectos semántico- referenciales de esta clase de palabra (Fernández Leborans 79).
Así, los estudios y tradiciones en torno a la delimitación lingüística de esta categoría – relativamente recientes, como mencionamos – confluyen en el establecimiento de algunas propiedades provisionales, para caracterizar conjuntamente
al NP (diferenciándolo del NC), aunque su natural heterogeneidad y la multiplicidad y diversidad de referentes tornan ambigua y dificultan su delimitación. Entre ellas se cuentan el uso de mayúscula, la flexión fija, la unidad referencial, la falta de significado léxico, la ausencia de determinante, la imposibilidad de traducción y la incompatibilidad con complementos restrictivos (Fernández Leborans 80-81).
En cuanto a su ―contenido‖, los subgrupos principales – ―puros‖ o ―genuinos‖- de NP los constituyen dos grupos centrales: los topónimos y los antropónimos, divididos estos últimos en nombres de pila y apellidos, generalmente patronímicos,29 y de modo más secundario, en apodos y pseudónimos. Sin embargo, hemos entrecomillado ―contenido‖ debido a que, en la tradición más reciente, las disyunciones centrales en el terreno de los NP han concernido, justamente, a determinar si tienen significado o no. Resumiendo de modo muy sumario una polémica extensa y compleja, plagada de matices, excepciones y salvedades, las lecturas que se confrontan en el análisis de esta clase de palabra son dos: las teorías referenciales y las teorías del significado o del sentido. El primer paradigma, cuyo representante principal – como dijimos - es Mill (1843), sostiene que el NP sólo denota, es decir que no connota: sólo es capaz de designación y referencia, carece de significado intrínseco. En esta línea, como propone Kripke (1972), funciona como un ―designador rígido‖, que ―designa el mismo objeto en todos los mundos posibles‖:30 un nombre propio se establece mediante
29 Amaro hace referencia en su tesis doctoral a la importancia de esta clase de palabras, desde tiempos antiguos y hasta nuestros días, siguiendo a Weintraub en muchos de sus postulados: ―como otros elementos del patrimonio, el patronímico constituye desde antiguo un signo de poder. En el mundo clásico, por ejemplo, ‗para gozar de una buena vida, se dependía del bienestar y caudal del oikos o patrimonium de la familia. Más importante era lo que se tenía que lo que se podía ser, y sólo los nobles tenían un nombre propio‘. El resto eran los ‗proletarios‘, una vasta masa de ‗sujetos innominados‘ cuya única posesión era su prole. En las sociedades actuales, no pocas luchas giran en torno al
‗reconocimiento‘ de los hijos nacidos fuera del matrimonio: el don que el padre hace al hijo de su nombre tiene una serie de implicancias económicas y sociales (Cfr. Amaro 2003: 83).
30 La tesis que mantiene Kripke es que los nombres propios son designadores rígidos, entendiendo por tales los términos que en cualquier mundo posible designan el mismo objeto o individuo. Por mundo posible entiende, a su vez, de forma intuitiva, una situación contrafáctica, esto es un conjunto de hechos o estados de cosas que son diferentes del mundo real (aunque el mundo real es también por supuesto, un
la ―ceremonia del bautismo inicial‖ – el primer acto de denominación – y cualquier uso posterior de ese NP remitirá a esa primera instancia denominadora (Fernández Leborans 86-93). Estas propuestas, pues, sitúan la problemática del NP en el plano de la enunciación y en la esfera semántico-pragmática de la referencia, en desmedro de oponerlo a los NC en la dimensión del léxico (95).
En contraste, la segunda tradición atañe por su lado a las ―teorías del sentido‖ o
―teorías descriptivas‖: aquéllas que postulan que ciertamente el NP posee referencia (Bedeutung), pero simultáneamente, como argumenta Frege (1892), también implican un ―sentido‖ (Sinn): la manera en que se presenta o se da el objeto (asociado a las descripciones que habilitan su identificación) (Fernández Leborans 90). Dentro de esta flexión, sobresalen algunos autores paradigmáticos, como Rusell (1905), por ejemplo, quien considera que los nombres propios condensan descripciones definidas, o Searle (1967), quien señala que estas palabras no funcionan como descripciones en sí mismas, sino como ―ganchos para colgar descripciones‖ (citado en Fernández Leborans 91).
Entre ellas, algunas propuestas ―intermedias‖ procuran desarrollar teorías un poco más conciliadoras entre el carácter meramente indicial y la condición connotativa de esta categoría. Así, podemos reconocer nombres como el de Carnap (1947), quien parte de la distinción fregiana entre sentido y referencia para trocarla en los conceptos cercanos pero distintos, asociados a cada uno de ellos, respectivamente, de ―intensión‖ y
―extensión‖: ―de modo que los NNPP expresan un concepto de individuo como intensión y designan un individuo único como extensión‖ (92). O, también, a Granger, autor que sigue a su vez a Pierce para considerar al NP como un índex – al igual que los
lógicas, que no tienen en principio en cuenta las leyes de causalidad física o cualesquiera otras fuentes de 'necesidad' fáctica. Por ejemplo, un mundo posible puede ser uno en el que no existan los mismos individuos que en el mundo real, o uno en que los individuos que existen en el mundo real tengan diferentes características de las que tienen. Cfr. Bustos Guadaño 495.
deícticos - pero que, a diferencia de éstos, es también un symbol, en la medida en que también contiene una ―presuposición de sentido‖ (Fernández Leborans 89).
En la esfera literaria, la utilización de nombres propios ha dado lugar a la creación de una disciplina concreta, la ―onomástica literaria‖, cuyos principales lineamientos han sido postulados por Eugène Nicole en su clásico trabajo homónimo, publicado en Poetique, en 1983. La utilización de esta clase de palabras en el marco de la literatura permite desbrozar algunas consideraciones interesantes, por ejemplo, al jugar con los polos de la designación y la connotación a través de una ―onomástica simbólica‖ para estas categorías textuales. Uno de los trabajos paradigmáticos en este sentido lo representa Barthes con su célebre estudio ―Proust y los nombres‖. Allí, el crítico realiza una lectura de En busca del tiempo perdido referida esencialmente al ―demiurgos onomatón‖, es decir, al escritor proustiano ―fundador de los nombres‖: el que ―inventa‖ los nombres en busca de capturar sus esencias (2005: 189). En la línea esbozada por el Cratilo, el singular uso proustiano de los nombres propios atañe para Barthes al cruce entre significado y significante que se realiza en el marco de esta ―poética de los nombres‖. Uno de los temas intermitentes a lo largo del mencionado libro será pues el de la relación de los nombres con la realidad que denominan; esta temática captura la atención barthesiana, para dar cuenta de una de las principales virtudes de los nombres: ―enseñar‖, ya que como reflexiona en su lectura, ―hay una propiedad de los nombres que conduce, por largos y variados caminos, a la esencia de las cosas‖ (Barthes 2005: 189).
Amén de este caso singular, en diversas obras, estéticas y períodos de la literatura occidental sobresale la importancia de los NP y la apropiación de sus ―sentidos‖ en las elecciones onomásticas. Estos representan, así, ―nombres parlantes‖: aquéllos que exceden su mero valor de índice para llenarse de un significado que explota asimismo su carga semántica, cubriendo al personaje que lo porta con el velo de la connotación. Desde esta
perspectiva, como señala Calero Fernández, no siempre los nombres propios han sido ―no connotativos‖ (como indicaba la propuesta de Mill ya referida). Esta autora, por ejemplo, alude a las tres culturas primitivas que nutren a la española – grecolatina, judeocristiana y árabe - para dar cuenta de la arcaica costumbre de formar nombres con semas (908). Así, estudia la onomástica paremiológica femenina española, y realiza un interesante recorrido por paremias y refranes de la cultura popular hispánica a la luz de las significaciones nominales de los personajes. Como señala la crítica, en el mundo popular – no sólo en el refranero, sino en los cuentos tradicionales, las leyendas, los mitos, etc. – muchas veces el nombre de los personajes o lugares nos advierte sobre su carácter, su oficio, su destino, etc.
La literatura culta, asimismo, no se ha sustraído de tal utilización; como apunta Calero, es posible rastrear una onomástica singular en La Celestina, El libro del Buen Amor (909), a los cuales podemos añadir otras múltiples muestras: es conocido el valor simbólico de los nombres en textos antiguos, como las comedias de Plauto; luego, es posible advertir asimismo su importancia en textos auriseculares: nombres de pastores en Garcilaso (como Nemoroso); el propio nombre de ―Quijote‖, su ―Rocinante‖ y ―Sancho Panza‖; el curioso caso – también quijotesco – de ―Maritornes‖ (un nombre simbólico en la onomástica paremiológica, probablemente proveniente de la palabra ―tornes‖, una moneda de poco valor, ―que pasa de mano en mano‖). Asimismo, podemos recordar, en el contexto más cercano, algunos ejemplos elocuentes elegidos al azar de textos más próximos a nuestros días: la ―Doña Bárbara‖ de Rómulo Gallegos, cuyo nombre cifra los impulsos atávicos de la protagonista; la fecunda onomástica de Galdós en Miau, por ejemplo, en el juego irónico logrado en el personaje ―Mendizábal‖; la ―Yerma‖ de García Lorca, junto con tantos otros personajes elocuentes, especialmente de su teatro (Angustias, Martirio, Prudencia, etc.); el ―Pampa‖ Arnedo, personaje de Nacha Regules, de Manuel Gálvez, cuyo apodo carga con la heredada carga negativa de la ―barbarie‖; el sugerente
compadre ―Alves‖ del cuento ―A la deriva‖, de Horacio Quiroga, a quien el protagonista pide socorro, símbolo – anagramático, esta vez - de la ―selva‖; o la trágica ironía contenida en el nombre del diácono ―Salvador‖, en el cuento ―Los girasoles ciegos‖, de Alberto Méndez, cuyo portador en cambio determina la fatalidad de los personajes, entre muchos otros ejemplos que salpican la historia literaria desde variadas coordenadas geográficas y epocales.
Más allá de estos extractos singulares recortados arbitrariamente de un universo casi infinito, lo importante es señalar que estos ―nombres parlantes‖ - expresión usada por primera vez por E. Lessing en 1768, y recogida posteriormente por Lachmann y Muncker, en1884 (Calero 909) -, de larga tradición literaria, aluden a los antropónimos (nombres de pila o apellidos) que aportan información específica sobre sus portadores, es decir, que anudan significado a la designación (Calero 909).
Así, la onomástica literaria ha sorteado desde tiempos antiguos los debates y disyunciones en torno del nombre propio suscitados en la esfera del pensamiento lingüístico, jugando con la tendencia primitiva de entrecruzar los territorios de la referencia y el significado y explotando sus posibilidades semánticas y pragmáticas. Sin embargo, la importancia de los nombres propios en la obra de nuestros autores no radica – o no radica solamente, como veremos – en este aprovechamiento de los matices semánticos sino, especialmente, en que introducen sus propios nombres de autor dentro de los textos poéticos.
Esta operatoria singular, centro de nuestros intereses, no es indudablemente un fenómeno ceñido a la literatura contemporánea, sino que data también de tiempos remotos.
Ya en la literatura clásica, por ejemplo, como ha estudiado Colonna en el marco de la teoría autoficticia, dicha intromisión es ostensible en Luciano, al que podemos añadir a Catulo y otros autores que rastrea Carlos Edmundo de Ory, en su lectura pionera de ―los