CAPITULO V CAPITULO V
D. Frey-Garcia Jofré de Loaisa
ARTIÓ la Escuadra de las islas Marianas, y navegando con rumbo al Oeste, descubrieron muchas islas abundan- tes de mantenimientos, valiéndose Magallanes de un in- dio que llevaba y que le servía de intérprete.
Lo primero que descubrieron fué el Cabo de San Agustín, punta situada al Sur de la grande isla de Mindanao, y cos- teando la provincia de Oaraga, boy de Surigao, entró por el estrecho del mismo nombre, que lo forma la punta Sur de la isla de Panaon, con la punta Norte de Surigao, dirigiéndose á la isla de Limasagua, que está en su boca; los naturales pa- cíficos acudieron á los navios, y sabiendo la necesidad que te- nían, socorrieron á los españoles con víveres, mostrándoseles muy favorables.
Con el buen recibimiento que tuvieron de los de Limasagua, descansaron y se recrearon de sus pasadas miserias; y teniendo noticia en este sitio Magallanes del río Rutuan, cuyo Dato ó Hé- guio era muy poderoso, resolvió presentarse en la boca de dicho río, como así lo verificó; aquel Príncipe envió una embarcación con diez hombres, para inquirir qué navios y qué gente era. Mani- festó Magallanes por medio de su intérprete, que eran vasallos
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áel grande y poderoso Rey de Castilla; que solicitaba la paz y el comercio libre, suplicando le abasteciese de víveres por su justo precio; á lo cual respondió el Régulo, que no tenía para tanta gente, pero que de lo que hubiese se les repartiría. E n el acto llevaron á bordo cuatro puercos, tres cabras y algún abasto de arroz. Era día de Pascua de Resurrección, y por esta circunstancia, mandó Magallanes hacer en tierra una en- ramada, disponiendo que toda la gente desembarcase para oir Misa, la que se celebró con gran devoción de todos los asisten- tes, dando gracias á Dios por los beneficios que habían reci- bido en tan penoso y largo viaje. Esta fué la primera Misa que se dijo en las islas Filipinas, y en conmemoración de tan so- lemne acto, mandó el General construir una gran Cruz, la que fué colocada en un cerro bastante alto. A todo asistieron los naturales con mucha atención y ternura, habiéndose conducido con los españoles con la mayor docilidad. E n aquel memorable día, Magallanes tomó posesión de aquella isla, por la Corona de Castilla, y á nombre de su Rey el Emperador Carlos V , adjudicándole el Archipiélago Filipino con toda solemnidad.
Supo Magallanes por aquel reyezuelo, que á unas veinte le- guas del pueblo de Rutuan, había una grande y fértil isla, go- bernada por un pariente suyo, de donde podría abastecerse á
„ su satisfacción; y en su vista le rogó Magallanes que le diese pilotos prácticos para acompañarle y guiarle en los canales y bajos que tenían que pasar; á lo cual se ofreció á conducirle el mismo reyezuelo, como así se verificó, si bien el Padre Com- bes dice que la citada isla fué la de Limasagua.
Dirigiéndose por entre las dos islas de Bohol y Leyte, lie- garon las naves á Zebú, de donde á la novedad salieron unos . dos m i l hombres armados de lanzas y rodelas á la playa, don-
de miraban" y admiraban con gran curiosidad y con bastante temor lo extraño de los navios que jamás habían visto, así como á su tripulación. E n el acto saltó á tierra el reyezuelo que los acompañó, el cual informó á toda aquella gente de que los españoles eran hombres muy pacíficos y que llevaban ricas mercaderías para poder contratar; que lo que más necesitaban
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era de víveres, y que por lo tanto tuviesen la bondad de pro- veerlos. Convino en ello el Rey de Zebú, con quien se hicie- ron alianzas solemnes. Usábase en estas alianzas, que se san- grasen los dos principales contrayentes, hiriéndose los pechos, y bebiendo el uno la sangre del otro. Magallanes convino en la extraña ceremonia, porque creyó que debía respetar una cos- tumbre muy arraigada entre los naturales de aquel país, á cuyo juicio la sangre daba fuerza á las confederaciones.
Esta generosa condescendencia de nuestro General, dispensó la ejecución, dando aquel tratado por constante y firme. Por tan fausto acontecimiento, se disparó la artillería de las naos en alegres salvas, y causó tal terror su estruendo, que no hu- biera quedado ser viviente en el pueblo, si se hubieran hecho las salvas autos de las paces. Seguidamente, llevaron á los na- vios abundancia de gallinas, puercos, cabras, arroz, cocos, ca- motes (ó sea batata de Málaga) y otros comestibles, los cuales cambiaban por cascabeles, espejos, cuentas de vidrio y pedazos de hierro. Tranquilizados ya aquellos naturales del primer so- bresalto, mandó Magallanes construir una casa en tierra, en la que con alguna decencia ó decoro pudiese decirse Misa; lo que se practicó á la mayor brevedad, saltando á tierra Magallanes con sus marineros y soldados.
Acudieron el Rey, la Reina y el Príncipe por curiosidad de ver lo que hacían aquellos cristianos, permaneciendo muy atentos á las augustas ceremonias del Santo Sacrificio; y como terminado éste les declarase el sacerdote por medio del intér- prete la significación que tenía, así como la representación de los principales misterios de la Santa Fe Católica; tanto se con- movieron y edificaron, que dijeron querían ser cristianos como los nuestros. Viéndose en ellos tan buena disposición, después de catequizarlos, brevemente se les administró el Sacramento del Bautismo, cuyo acto se verificó con toda solemnidad. E l ejemplo de sus Príncipes influyó tanto en el ánimo de aquellos naturales, y sobre todo en lo más distinguido de la población,,.
que al poco tiempo abrazaron el cristianismo todos los magna- tes y gente acomodada de aquella isla.
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Bautizados los indios, se destinó otro día á la ceremonia de la obediencia y vasallaje, que con vivas demostraciones de rendimiento juraron á la majestad de nuestro augusto Monar- ca. Tales demostraciones confirmaron á Magallanes en el sen- t i r de que todo marchaba prósperamente, y en su vista ordeaó se construyese una casa cómoda y bastante capaz pava poder con- tratar y adquirir algunos objetos de valía, y sobre todo víveres.
Así las cosas, tuvo noticia el General de una grande isla de la Oceania, muy abundante de alcanfor, pimienta, polvos de oro y otros artículos de muchísimo valor, por lo cual determinó partir allí inmediatamente. También es cierto le movía á Ma- gallanes un vivo deseo de adquirir noticia cierta de las M a l u - cas;- pero deseando mostrar su agradecimiento al Régulo de Zebú, quiso vengarle antes de sus enemigos, los de la isla de Maetan (1), con quienes estaba en guerra aquel Príncipe. I n - tentólo así para darles á entender prácticamente los intereses de protección en que les había colocado la obediencia al R e y de España. Magallanes invadió aquella isla y venció repetidas veces á sus naturales, abrasándoles los principales pueblos, y no debió pasar adelante n i aventurar su fortuna; pues no hay mayor locura, que cuando no estrecha la necesidad, exponerse á riesgos y azares. Quiso Magallanes llevar á cabo aquella em- presa sin el concurso de toda su gente, y con sesenta no m á s de los suyos, penetró por los pantanos y manglares, desabri- gado del fuego de sus navios, mientras que, favorecidos los contrarios del terreno y de la poca experiencia de los españo- les, hacían la guerra con muchísima ventaja. Se presentó la batalla contra dos m i l indios, en un terreno casi impenetrable;
y por efecto de las heridas recibidas, mandó Magallanes reti- rar muchísimos de sus compañeros, habiéndose quedado tan solamente con seis, los cuales se detuvieron al lado de su Gre - neral. Echáronlo de ver los indios; advirtieron el desamparo del temido caudillo español, y lanzándose furiosos hacia aquel puñado de valientes, los acribillaron á flechazos. Este desastre
(1) Véase el Apéndice núm. 3.
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y prematura muerte de un héroe de quien tanto se esperaba, tuvo lugar en 26 de A b r i l de 1521.
Es muy sensible que al heroico é ilustre portugués, le hu- biese faltado en aquella ocasión la gran prudencia con que se había gobernado en otros lances. No debió haber expuesto su persona en un negocio que no le obligaba al mayor empeño;
debió considerar la calidad de los enemigos y la naturaleza del terreno, bastándole para castigarlos las dos victorias que había conseguido; y no tenía necesidad de exponerse á la tercera, y con tanta satisfacción de sí mismo. No faltó su robustez al ánimo; peleó con el mayor vigor hasta lo último, contra los enemigos de la Fe y en defensa de los que la confesaban ya.
Vivirá justa y eternamente su memoria, por su valor, por su in- dustria y por su católico celo, debiéndose á sus trabajos el prin- cipio de la cristiandad que se conserva hasta el día de hoy tan arraigada en todo el Archipiélago Filipino.
Grande fué el sentimiento de la muerte de Magallanes en"
toda su gente y hasta en sus nuevos aliados; y todavía los in- dios de Opong conservan la memoria de tan terrible desgracia, llamando á los de Mactan, descendientes de los que quitaron la vida al gran Castila.
F u é elegido Duarte de Barbosa, para reemplazar á su primo Magallanes en el mando. Ofrecióle el Rey de Zebú un convite, que aceptó con ligereza y al cual concurrieron veintiséis expe- dicionarios, entre ellos el capitán Juan Serrano, que tuvo la aceptación, por una temeridad; y con razón, pues que conduci- dos alevosamente á un festín por el nuevo converso, fueron todos asesinados de improviso. De este terrible destrozo, sólo se salvó Gruillén de Porceleto, á quien respetó la ira común, por su co- nocida bondad. E l juicioso Juan Serrano, á quien Duarte había picado en su amor propio, apreciando mal su prudencia, apare- ció en la playa desnudo y maniatado, solicitando de á bordo dos cañones que los indios pedían por su rescate; mas sus ate- morizados compañeros, recelando una nueva traición á que serviría forzosamente de instrumento este desgraciado, le aban- donaron á su propia suerte, y sin pérdida de tiempo se dieron
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á la vela. Convinieron en quemar desde luego la nave Concep- ción; ora por falta de gente para gobernarla, ora por el mal es- tado en que se encontraba para poder navegar; en su vista, nombraron por general á Juan Carballo, y dirigiendo su rum- bo á las Malucas, después de larga serie de infortunios, re- gresaron á España por el cabo de Buena-Esperanza. De la pri- mitiva flota, yá sólo quedaba la nao Victoria, capitaneada por Juan Sebastián de Elcano, natural de Guetaria, avecindado en Sevilla, que enti-ó en San Lucar de Barrameda el 7 de Setiem- bre de 1522; habiendo sido el primero que dio la vuelta al mundo, y por cuyo glorioso recuerdo le concedió Su Majestad por armas, un globo con esta inscripción: Primus circunde- dit me.
L a segunda expedición para Filipinas fué preparada en la Coruña, de cuyo puerto zarpó en Julio de 1524, al mando del Comendador de San Juan D . Frey-Grarcía Jofré de Loaisa, compuesta de las naves Santa María de la Victoria y Espíritu-
Santo, cuyo capitán lo era D . Juan Sebastián de Elcano; la Anunciada, San Gabriel, Santa María del Parral, San Lesmes y un Patache de órdenes. E l 25 de Mayo de 1525 salió á la mar del Sur por el Estrecho de Magallanes. A fines de Julio, por muerte del general Loaisa, tomó el mando, como prevenían las instrucciones, D . Juan Sebastián de Eloano, quien también falleció cuatro días después. Sucedióle en el mando D. Toribio Alonso de Salazar, que descubrió la isla de San Bartolomé, y continuando su viaje, tocó en la isla de Rota, una de las Ma- rianas; allí recogió á Gonzalo de Vigo que andaba fugitivo de la Trinidad, de Magallanes por temor, según dijo, al contagio que devoraba su tripulación, y á los pocos días falleció. Ele- gido general Martín Yñiguez de Carquizano, el 2 de Octubre avistó la Escuadra á la grande isla de Mindanao; mas por efec- to de un temporal, tuvo precision de dirigirse á las Molucas, donde, habiéndose suscitado varias contiendas con los portu- gueses, concluyó por desgraciarse esta expedición, menos el Pa- tache, que con infinitos trabajos pudo arribar á Nueva-España, y un puñado de hombres que se sostuvo en la isla de Tindor,