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La geografía del orden: la ciudad y la provincia

La dimensión geográfica que tuvo la ciudad en el pensamiento hispano del siglo XVI, fue sustantivamente distinta a la que se concibió desde el siglo XIX y se propagó en el XX.

Tal dimensión geográfica se puede rastrear en la descripción de Santafé que hacen varios documentos de la época, uno de los cuales la describe de la siguiente manera:

La ciudad de Santa fee ques cabeza del arzobispado e rreino y donde está la yglesia catedral y en ella está la rreal audiencia y chancilleria y en ella está la caxa de las tres llaves de la rreal hazienda de su magestad y los sus oficiales della (… ) poblóse en el año de myll e quinientos y treinta e ocho años terná cin- quenta e cinco rrepartimyentos, encomendados en vecinos conquistadores e pobladores e personas que en ellos han sucedido. Destos rrepartimyentos desta ciudad están en la corona Real cinco rrepartimyentos: el uno se dize Honti- bón, el otro Caxicá, otro Guasca, otro Pasca e Chía y Saque, otro Choachí e Tuche (…) Será pueblo de dozientas casas poco más o menos. Parte términos por una parte con Tunja. Tiene por esta parte treze o catorze legoas. Parte con Tocayma y tiene por esta parte siete u ocho legoas. Parte con Mariquita e tiene por esta parte quinze legoas. Parte con San Juan de los Llanos e terná por esta parte más de treinta legoas. E por la parte de la Trinidad terná otras catorze legoas y por la parte de La Palma térna diez legoas. Que está en medio de todos estos pueblos. 150

De acuerdo con esta Relación Geográfica de 1572, la descripción de ciudad de Santafé enviada a la Corona, comienza por los cincuenta y cinco reparti- mientos encomendados a vecinos principales. Para esta fuente documental, la geografía de la ciudad no comienza por los solares urbanos, ni se limita a éstos. Su descripción comienza por las autoridades y los dominios de la co- rona y los vecinos en el distrito de la ciudad, dominios que claramente aluden y están asociados a los medios que les da de comer.

147 Como se ha señalado en la Parte I, estos discursos en el urbanismo colombiano están representados por los trabajos de Carlos Arbeláez, Sebastián Santiago y Jaime Salcedo, que encarnan una misma tradición teórica, los trabajos de Carlos Martínez y Alberto Corradine, y de otra parte, los autores que se agrupan en torno a la publicación de la Historia de Bogotá. Sin embargo, en estricto sentido, el autor que se ha ocupado específicamente del estudio urbanístico y espacial de Bogotá en su fundación y primeros siglos de existencia ha sido el arquitecto Carlos Martínez y de manera tangencial el trabajo de Historia de Bogotá.

En una vertiente distinta, pero que es legítimo considerar como vinculada con los trabajos del urbanismo colombiano, están los trabajos más recientes de Germán Mejía Pavony sobre la ciudad en el siglo XIX, y posteriormente la ciudad del siglo XVI, el trabajo de Marta Herrera que incluye la provincia de Santafé de Bogotá en el siglo XVIII, y el trabajo de Monica Therrien sobre Santafé en el siglo XVI. Sólo un discurso se aparta de este umbral, plateándose el problema de comparar los modelos del hábitat de algunas comunidades indígenas con las ciudades de los conquistadores en algunas regiones del país y de analizar el marco de contradicciones y tensiones que encarnó el proceso de colonización. Sin embargo, este estudio no se ocupa del caso específico de Santafé. Nos referimos al trabajo de Jacques Aprile- Gniset.

148 Con excepción del trabajo ya citado de Aprile-Gniset.

149 Los estudios espaciales realizados sobre Santafé de Bogotá y en general sobre las ciudades colombianas tienden a reducir el territorio de la ciudad a su núcleo urbano, concepción que prosperó a partir del siglo XIX y se convirtió en la noción predominante en el siglo XX, con un indudable impacto en las interpretaciones de la ciudad de la colonia.

PLANO 4. Santafé y pueblos de la sabana Fuente: elaboración del autor, 2012

150 Juan Friede, Documentos inéditos para la historia de Colombia, Bogotá, Banco Popular,

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Sin embargo, el discurso contemporáneo del siglo XX, imagina la ciudad del XVI de otra manera y desde otros parámetros. La imaginó reducida al trazado de los solares y las huertas de los vecinos blancos.

El plano que dibuja Carlos Martínez en su trabajo Bogotá, Sinópsis sobre su evolución histórica, de 1976, con el cual presenta una imagen abstracta de la Traza es muy significativo y contrasta notablemente con la idea de Santafé que tenía y dibujó Diego de Torres y Moyachoque, hijo del encomendero de Turmequé en 1578. Estos dos dibujos ilustran con ejemplar nitidez esas dos visiones profundamente contrastadas sobre la dimensión geográfica y los componentes de la ciudad del siglo XVI.

PLANO 5. Esquema de Carlos Martínez (1976)

PLANO 6. Dibujo de Diego de Torres (c.a. 1578)

Fuente: Carlos Martínez, Bogotá, Sinópsis sobre su evolución histórica, Bogotá, 1976

Aún el Atlas Histórico de Bogotá de 2007 hace un comentario sobre el Croquis de Diego de Torres, que ilustra también con nitidez la pervivencia de este imaginario equivocado sobre la ciudad del siglo XVI y su geografía. Dice el Atlas: “Hoy en día se acepta este croquis como el primer plano de Santafé,

lo cual creemos un despropósito, pues lo que representa es el territorio que controla la ciudad y no la ciudad misma”.

En efecto, el dibujo de Torres no es un despropósito, sino la visión real de la ciudad en las mentes del siglo XVI. En nuestro concepto, y siguiendo no sólo la descripción de las Relaciones geográficas, sino las Nuevas ordenanzas de 1573, el plano abstracto que podría representar la dimensión de la ciudad del XVI es el que se ilustra a continuación, que incluye la plaza mayor y los solares y huertas de la Traza, los ejidos y dehesa, las tierras de propios y las caballerías y peonías adjudicadas a los vecinos de la ciudad.

La ciudad del siglo XVI, de acuerdo con las Ordenanzas, debería tener o podría cubrir un territorio de 4 leguas en cuadro. Por otra parte, hacían parte de este territorio distintos componentes o elementos como los que se sugie- ren en el plano así: 1. Plaza Mayor 2. Solares de vecinos. 3. Ejido/Dehesa. 4.

Tierras de propios. 5. Caballerías y peonías concedidos a los vecinos. De tal forma, la ciudad no estaba reducida a una traza de carácter urbano, drástica- mente separada- como se concibió después – de un espacio rural.

Siguiendo esta concepción de la geografía de la ciudad, el análisis del núcleo y los “términos” se ha dividido en dos partes: en esta tercera parte, se explora esta dimensión del orden espacial, la de los cincuenta y cinco repartimientos que estaban bajo el dominio de la ciudad de Santafé. En esta dimensión de la geografía del orden, se percibe lo sustantivo del orden colonial. Allí se encontrarán las distintas instituciones que plantearán con- tinuidades y cambios en el espacio y en las relaciones coloniales: pueblos de indios, resguardos, encomiendas, estancias, corregimientos, parroquias de blancos, y se encontrarán también los grupos sociales y étnicos que ordena y controla la ciudad colonial. La cuarta parte, explorará el orden espacial en el núcleo urbano.

Un nuevo reino, en el camino hacia el Perú

La hipótesis que guiará la argumentación de este capítulo sostiene que el orden espacial de Santafé y su provincia fue construido como una super- posición al ordenamiento espacial que los muiscas habían dado al altiplano andino, para transformarlo luego en otra estructura, con otro simbolismo y otra jerarquía. En fin, para transformarlo en otro orden. En ese sentido, se comparte con Jorge Enrique Hardoy la idea según la cual Santafé también haría parte de aquellos procesos de fundación y construcción de ciudades hispanas superpuestas sobre territorios previamente habitados por los indí- genas americanos151.

Estamos entonces ante una geografía del orden que va metamorfoseando minuciosa y pausadamente el territorio. No aparece de improviso, de re- pente, con la fundación de una nueva ciudad y con el asentamiento de un nuevo grupo étnico. La imagen que nos presenta es de otro signo. Se trata más bien de la ocupación de un ordenamiento ya existente, que ahora se cu- bre con una especie de manto, anudado y tejido por instituciones de nuevo cuño, que reemplazan las autoridades y los órganos de poder precedentes, trastocando eso sí la estructura, los centros y las redes simbólicas del espacio

151 En efecto, Hardoy, encuentra que “los españoles emplazaron a muchas de sus primeras fundaciones sobre las ciudades indígenas y en los territorios más densamente poblados que acababan de conquistar. Los ejemplos: México, Cuzco, Cholula, Mérida, Oaxaca, Trujillo, Lima, Bogotá”. Ver:

Jorge E. Hardoy, Ciudades precolombinas, Buenos Aires, Ediciones infinito 1964, p 12.

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muisca, por otro esquema que centraliza de manera significativamente dis- tinta el orden en el espacio y sus expresiones simbólicas.

En términos escuetos, la confederación de cacicazgos será reemplazada por un nuevo reino. Sin embargo, no se trató de reemplazar un antiguo reino, el de los muiscas, por otro, de corte europeo.152 Pero eso tomó su tiempo y estuvo rodeado de incertidumbres.

Una de esas incertidumbres se refiere tanto a la “nomenclatura” de la or- ganización administrativa de este Nuevo Reino como a la delimitación de sus divisiones jurisdiccionales y su representación cartográfica. El tratamiento documental y cartográfico que le dio la propia administración colonial así como el manejo que le ha dado la historiografía de la colonia ha dejado aún aspectos muy confusos al respecto. Así por ejemplo, los conceptos de provin- cia y de parroquia fueron usados de manera muy laxa e imprecisa y aplicados para describir unidades administrativas y territoriales muy distintas.

Se uso la denominación de provincia, para referirse a unidades tan disími- les como el Nuevo Reino de Granada, la gobernación del Chocó o un lugar de la misma como Nóvita, o como lo hacen otros documentos, para referirse a la sede de la Real Audiencia o capital del virreinato. Como advierte Marta Herrera (2002 ), Oviedo se refiere al Nuevo Reino de Granada como “la provincia más rica de todas las Indias” y el Presidente Moreno y Escandón usa esta denominación para referirse simultáneamente a una gobernación y a una de sus subdivisiones.

Desde el siglo XVI, la administración colonial de la Nueva Granada uti- liza entonces esta denominación para referirse a unidades territoriales mayo- res como las gobernaciones, pero también a sus subdivisiones. Varias de estas provincias no conocen con exactitud sus límites y su jurisdicción.

Sin embargo, la Provincia de Santafé, reconocida así en diversos do- cumentos desde el siglo XVI, es quizá la unidad territorial que tiene más claramente delimitado y conocido su territorio. Desde este mismo siglo, la provincia fue dividida administrativamente en corregimientos. Por otra parte, esta provincia a diferencia de otras, sólo tiene una ciudad principal, Santafé. Pero existe una particularidad relevante que debe ser considerada en la formación de esta provincia: es un territorio densamente poblado por los muiscas y ordenado espacialmente. En él estuvo asentada una comunidad cuya organización social, política y espacial constituye un elemento clave para explicar la conformación y la identidad de una unidad administrativa que los conquistadores nutrieron con ese antecedente histórico.

Ahora bien, la colonización de esta sociedad andina no fue una estra- tegia prevista y deliberada de las expediciones que ascendieron a los Andes colombianos 153. Buscaban una ruta por tierra que les abriera camino hacia el Perú154. Aquellos españoles que ocuparon la provincia de Santa Marta trataban de hacer contacto con un territorio promisorio, del que tenían la noticia de haber sido conquistado a los incas. La subsistencia se había tor- nado al parecer difícil después de espolear y desolar la región con el método de las cabalgadas y el saqueo de los entierros y las sepulturas155, por lo cual sobrevino la precariedad del asentamiento de Santa Marta, la rebelión y el consiguiente asedio de los indios Chimilas, sumado a la ausencia de la fuente básica de riqueza y de soporte de la empresa conquistadora: las minas. 156

Y también parece ser cierto que tanto Quesada, como Belalcazar y Feder- mán, desde diferentes puntos de origen, tenían como objetivo consolidar una ruta de comunicación con el Perú. 157 Aún, tiempo después de haberse apo- sentado en el altiplano más poblado de la cordillera andina, para estas huestes y sus capitanes continuaría vigente la aspiración de migrar hacia el sur.

Por eso, la fundación de un nuevo Reino, entre la provincia de Santa Marta y el Perú, estuvo rodeada desde su mismo origen por la incertidum- bre, al menos la que rodea a las huestes que hacían las travesías. Durante 15 años, desde 1536, año en que se inicia la expedición para explorar territorio adentro siguiendo el curso del Río Grande de la Magdalena, hasta 1550, cuando las autoridades peninsulares toman la decisión en firme de colonizar y asentar vasallos bajo la dirección y coordinación de una Real Audiencia, los conquistadores no están plenamente decididos a poblar ciudades y a asentarse de forma permanente en el territorio de los muiscas. Siguen de aventureros movidos por la expectativa de conquistar esa tierra promisoria, convertida ya en leyenda, la de “El Dorado”, a semejanza del territorio de los Incas158. Pero están diezmados. Se debaten entre el dilema de la sobrevivencia y la conquista de un territorio más fecundo.

Algo pareciera indicar que son los consejeros de la corona para las Indias, en Sevilla, los que advierten la necesidad de consolidar el Nuevo Reino, con una perspectiva más estratégica que la de Quesada, quien busca sobretodo el reconocimiento de una recompensa a sus esfuerzos. No es desestimable el he- cho de que el fundador viaje y permanezca por más de diez años en España, meneando pleitos y demandas, apenas meses después de haber fundado él y sus capitanes, las ciudades que simbolizarán el dominio territorial de la Co- rona: Santafé, Tunja y Vélez 159. Este comportamiento de Quesada contrasta notablemente con la trayectoria de Cortés y de Pizarro.

Un soporte básico: el ordenamiento espacial de los muiscas El territorio más densamente poblado

Santafé, más que un emplazamiento sobre ciudades indígenas destruidas, puede ser estudiada en la otra situación que consideró Hardoy: como empla- zada en un territorio densamente poblado.

Estudios antropológicos e históricos sobre la sociedad andina de los Muis- cas, han confirmado que en efecto se trató de la mayor comunidad indígena en términos poblacionales, y de otra parte, que el territorio de la cordillera andina oriental que ocupó, fue el más densamente poblado.

Existen todavía interrogantes y debates entre los antropólogos acerca de si adecuado considerar a todas las comunidades que habitaron este territorio como integrantes de la cultura o del grupo étnico de los muiscas.160

Los estudios más recientes sobre demografía prehispánica han estimado la población del territorio muisca en cerca de un millón de habitantes. El his- toriador Guillermo Hernández Rodríguez, quien había calculado anterior- mente esa población, propuso una cifra similar, estimada entre ochocientos mil y un millón de habitantes.161

152 Es conocido que las primeras interpretaciones sobre la organización social y política de los muiscas acudieron a las nociones de reino e imperio de corte europeo.

Tradición esta iniciada por los cronistas de los siglos XVI y XVII, particularmente por las Noticias historiales de fray Pedro Simón y continuada por algunos historiadores en el XIX, que acudieron a categorías en boga.

Los estudios antropológicos e históricos contemporáneos han demostrado el error conceptual de estas aproximaciones.

153 Las relaciones de estas expediciones que fueron enviadas al Consejo de indias demuestran con nitidez que este propósito no existía, porque no se tenía indicio cierto de la existencia de estas comunidades andinas. Ver:

Relaciones y visitas a los Andes.

Siglo XVI, ed Hermes Tovar 154 Esta hipótesis es compartida por varios autores.

Germán Colmenares sostiene que el deseo de marchar hacia el sur tiene el imán de las noticias del descubrimiento del Perú. Hasta finales de 1534 García Lerma abrigó la esperanza de llegar por tierra hasta el Perú. Ver, G.

Colmenares, Historia Económica y Social de Colombia, 1537- 1719, Cali, Universidad del Valle, 1973. P 9. También se puede ver una opinión similar en, Juan Friede, Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada y fundación de Bogotá, 1536- 1539, Bogotá. Banco de la República, 1960. Avellaneda también aporta indicios en este sentido cuando señala:

“… el objeto de la expedición del Licenciado era según sus propias palabras, “ir en descubrimiento del Río Grande y Mar del Sur” para encontrar un camino terrestre al Perú”.

Ver: José Ignacio Avellaneda, La expedición de Sebastián de Belalcázar, Bogotá, Banco de la República, 1992

155 Germán Colmenares, Historia Económica y social de Colombia 1537-1719, Universidad del Valle, 1973

156 Hermes Tovar, Relaciones y visitas a los andes, Siglo XVI, Tomo III, Bogotá Biblioteca Nacional, 1993

157 Ver: José Ignacio Avellaneda, La expedición de Sebastián de Belalcázar, Bogotá, Banco de la República, 1992 158 Apoyan esta percepción los datos biográficos de Hernán Pérez de Quesada, Juan de Céspedes, Lázaro Fonte, entre otros, aportados por José Ignacio Avellaneda, La expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada al mar del sur y la creación del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, Banco de la República, 1995

159 En realidad, esta fundación consistió en

“avecindar” soldados en el corazón de de tres centros vitales del poblamiento muisca.

160 Algunos autores son más partidarios de considerar el territorio muisca más como una referencia geográfica que cultural. Al respecto ver: Jorge augusto Gamboa, “El cacicazgo muisca en los años posteriores ala conquista: del sihipkua al cacique colonial, 1537 - 1575”, Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología e Historia,2010.

161 Guillermo Hernández Rodriguez, De los chibchas a la colonia y la república. Bogotá, Universidad Nacional, 1949, p11

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Existen también debates sobre los límites del territorio ocupado por los muiscas y la delimitación exacta de los dominios de los cacicazgos162. Aún así, existe un consenso bastante amplio sobre la dimensión geográfica de este territorio, conformado por los actuales departamentos de Cundinamarca, Boyacá y parte de Santander.163 En los planos N°9 y 10, se presentan las ver- siones del territorio muisca de las antropólogas María Clemencia Ramirez y María Lucía Sotomayor a través de los cuales se puede tener una imagen bas- tante aproximada de lo que se considera el espacio territorial de los muiscas.

La ciudad no fue la génesis del orden en el territorio

La distribución espacial de estas comunidades constituye pues elemento sus- tantivo para un análisis desde la geografía del orden. Lo que se ha encontrado como factor relevante en la ocupación del territorio por los españoles, es que la implantación de las instituciones con las cuales se van haciendo al control del territorio coincide o se sobrepone de manera casi exacta con las formas de distribución espacial de la población muisca.

El repartimiento de los indios entre los conquistadores a través de la en- comienda, la delimitación de los pueblos de indios y la asignación de las tierras de resguardo, la concesión de las mercedes de tierras para los españoles a través de las estancias (caballerías y peonías), y la agrupación posterior de los pueblos de indios en corregimientos, siguen, en principio y con impresio- nante exactitud, los núcleos y los límites de una geografía voluntaria ya cons- truida por el asentamiento muisca. De igual manera, las rutas y los caminos que llevan a los sitios de intercambio y de comercio de los muiscas van a ser también usados por los españoles.

Y esto no sólo es válido para la ciudad de Santafé y su provincia, sino también para las ciudades de Tunja y Vélez, que constituyeron los centros de control del territorio. Y tal como se señaló más atrás, estas tres fundaciones, en estricto rigor, son en términos geográficos, los sitios donde se “aposenta- ron” los españoles en medio de los asentamientos indígenas de mayor jerar- quía y prestigio. Así pues, este va a ser un punto de referencia fundamental para el seguimiento a ese proceso que hemos denominado de la construcción del orden. Ello nos sugiere explicitar unos parámetros de interpretación dis- tintos a los que se han usado convencionalmente.

En primer lugar, la genealogía del orden territorial no comienza con la geografía urbana; es decir, la geografía del orden no se inicia con el trazado de la ciudad para los vecinos blancos.

La aparición de la ciudad es, en estricto rigor, un factor explicativo de una transformación, por supuesto sustantiva, pero no de una génesis, en lo concerniente al asentamiento de poblaciones humanas. Y en segundo lugar, la ciudad no es no sólo la traza urbana, como se ha señalado más atrás. La geografía del orden no se restringe a esta idea de ciudad. Esto, que puede parecer elemental, con frecuencia ha pasado desapercibido en los discursos del orden sobre Bogotá.

Lo que se entendía como términos de la ciudad, en el siglo XVI y en las

“instrucciones”, era un territorio de cuatro leguas en cuadro, que se confor- maba y componía de diferentes partes: los solares y las huertas para las casas

de las autoridades y de habitación para los vecinos, la dehesa y los ejidos, y finalmente las caballerías y peonías repartidas entre el conquistador, los capi- tanes y los vecinos notables “para que tuvieran de comer”164.

Pero además de esta dimensión real de la ciudad, lo que ha demostrado el estudio sobre la localización de encomiendas y tierras asignadas a los españo- les, y la localización de autoridades políticas, administrativas y recaudadoras de tributos, así como de los sitios de habitación de blancos y mestizos, no se limitó tampoco a las cuatro leguas en cuadro.

PLANO 7. Esquema de la ciudad del siglo XVI y sus componentes territoriales

Fuente: elaboración del autor, 2012, con base en la descripción de las Nuevas Ordenanzas de 1573

El ordenamiento espacial de los muiscas

La hipótesis de que la geografía del orden colonial tiene como antecedente la geografía del orden espacial de los muiscas, se constata al examinar la distri- bución de la población indígena y la organización espacial de los cacicazgos, y la forma como se coloniza ese espacio con el repartimiento de los indios y de la tierra por parte de los españoles.

El resultado de esta comprobación es contundentemente lógico. Las enco- miendas, las estancias y los resguardos, instituciones a través de los cuales se re- parte y controla la fuerza de trabajo indígena, el tributo y la tierra, siguen un patrón de distribución espacial elemental: coinciden y se ordenan en torno a los aldeas o cercados de indios ya existentes.

Sólo el sitio de repartición de los solares para los vecinos europeos no se superpone exactamente sobre un asentamiento indígena denso. Como se verá en el apartado correspondiente, el trazado urbano de Santafé se hizo finalmente sobre un lugar, no carente de población indígena, sino sobre uno de los de menor concentración. Y no porque se tratara de un lugar margi- nal o periférico en la espacialidad indígena, sino por el contrario, porque se ocupó una parte del territorio de uso restringido al Zipa y las autoridades.

162 Gamboa, El cacicazgo… p 16 163 Con respecto a la Provincia de Santafé, Marta Herrera sostiene: “Comparada con las provincias de Santa Marta, Cartagena y Tunja, la provincia de Santafé era relativamente pequeña y su división político -administrativa presentó una gran continuidad a lo largo del período colonial. Se ha planteado la hipótesis de que es ordenamiento se basó en el que existía antes de la invasión europea, salvedad hecha del territorio Panche, que fue el que presentó cierta indefinición territorial en el período colonial”.

Ver Marta Herrera, Ordenar para controlar, Medellín, La Carreta Editores E.U, Universidad de los Andes, 3ª Edición, 2007, p 21.

164 Esta dimensión de la ciudad y sus términos se encuentra referenciada por diferentes autores y fuentes documentales. Al respecto puede verse: Manuel Lucena Giraldo, A los cuatro vientos, Madrid, Fundación Carolina Centro de estudios hispánicos e Iberoamericanos, 2006