Po r Arturo B L A D E D E S U M V I L A
N
O se debería escribir sino de lo que se ama —ha dicho un gran poeta—. Por la seguridad, y hasta por la audacia, quo me confiere este aserto cuando me dispongo a escribir estas lineas, bien pudiera ser que los hombres de buena vo
luntad quisieran perdonármelas. Perdón también por la imagen campanuda y boballcona que voy seguidamente a cometer, aun
que, después de todo, entre nosotros, no me parece desentonado empezar por una imagen cuando se trata de decir alguna cosa de un gran imaginista. Ahi va la imagen. Como otros hombres a través de peligros innumerables, ya sea por las negras entra
ñas de la tierra, ya sea filtrando las aguas turbias de los tíos o removiendo retortas y crisoles, buscan el oro y las piedras preciosas, brillantes a la luz, oscurecedoras, las más de las ve
ces, del alma, Estéfano Mallarmé buscó por las canteras infi
nitas del lenguaje, por los ríos desesperados de las palabras, en las sutiles y complicadas alquimias del verbo y de la semántica, para extraer el auro metal y las gemas puras de la poesia que oscuras muchas veces en las manos, brillan en las tinieblas del pensamiento y aumentan la riqueza espiritual del hombre. Asi Mallarmé buscó algo que es infinitamente más difícil de encon
trar que los diamantes puros: la poesia pura.
La pocsle puré toujours a l’horizon, pudo exclamar Paul Va- lery, a quien pertenece la parte más considerable de la heren
cia legada a sus sucesores por Estéfano Mallarmé. Y el autor del Cementerio marino añade: Una verdad de esta naturaleza viene a ser un limite del mundo. No se permite habitar en ¿1.
A pesar de esta prohibición la tendencia natural que mueve a todos aquellos que verdaderamente pueden llamarse poetas, es decir, a todos los visionarios, los innovadores, los lnconformls- tas, los Inadaptados, los desesperados y los rebeldes, a todos
aquellos que en una palabra no sintiendo la desproporción que existe entre nuestras fuerzas y la realidad, su tendencia natu
ral, repetimos, es la de acercarse tanto como se pueda, luchan
do o soñando, a rastras o a tientas, a esc limite Inhabitable del mundo donde empieza la pureza. Poesia pura, justicia pura, li
bertad pura, es decir, lo que no existe.
No podemos desdeñar demasiado a los buscadores de pure
za. Suelen ser buenos, solitarios y fuertes (únicamente el hom
bre solo es fuerte, dijo Han Ryncrt, y asi pueden enfrentarse con el mundo --convenciones, estéticas, rutinas, prejuicios— y plantar cara al infinito. Son dignos de respeto precisamente porque son únicos, incomprendidas. porque sufren y luchan re
montando la corriente. Son aquellos a los que, contrariamente a lo que pasa con la mayoria de los hombres, cuanto más se les conoce más se los quiere.
M
ALLARME, que en su vida de relación social fué un hombre casi vulgar —buen esposo, buen amigo, buen profe
sor—, tuvo la suerte de pasar ante los ojos de la mayo
ría do sus contemporáneos como un pájaro raro, llenas de per
digones las alas del cerebro. Hasta un crítico de tan alta talla y de manga tan ancha como Anatole France se burló, en uno de sus comentarios de La Vio Littéralre, del famoso soneto Tel qu’en lui-méme l’eternité le change, que Mollarmé escribió, como se sabe, a la memoria de Edgard Poc.
Tal vez pudiera explicarse más o menos la incomprensión que encontró la obra de Malla rmé por parte de todos los crí
ticos de su tiempo, analizando la época en que vivió y teniendo en cuenta, por otra parte, el carácter de dicha obra. Por lo que se refiere a la época (derrota de 1870 —la revolución, la humi
llación, la represión), no puede ser más lamentable. Gustavo Flaubert resumió un poco más tarde en unas cuantas lineas el estado de ánimo y la situación en que se encontraba Francia al producirse lo que Emilio Zola llamó La débacle. Todo era falso —dice el autor de Madame Bovary—, falso el realismo, falso el ejército, los créditos falsos y falsas también las machu- rrangas. A éstas se las llamaba marquesas de la misma mane
ra que las grandes damas, entre ellas, se daban el nombre de puerquecltas (Cocchonettes).
La reacción contra tanta falsedad la señaló, literariamente, el mismo O. Flaubert, levantando contra el romanticismo la bandera del realismo y de la impersonalidad del arte, que no es una escuela —como no lo es tampoco el romanticismo—, sino una actitud frente al mundo y frente a la vida.
El realismo de Flaubert se exacerbó con el llamado natura
lismo ten el fondo son lo mismo), que exageraba sistemática
mente la pintura de las bajezas humanas y no tenia un ideal estético superior. La reacción se manifiesta con una nueva es
cuela: el simbolismo. Y aquí aparece Esléfauo Mallarmé.
Hasta hace poco, para los críticos, Mallarmé sólo fué un poeta simbolista. Pero hoy se empieza a comprender que la con
cepción artística y el fondo del ideal estético del autor de L'apres-midl d'un faune son superiores a las de Verlaine y Ar
turo Rimbaud. que con Mallarmé forman el triunvirato del sim
bolismo. Verlaine se rebela contra la frialdad inhumana y la grandilocuencia de la poesía de los parnasianos (Prenda l'elo- quence et tords-lui son cou, que parafrasea un poeta mexica
no: Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje >, y concreta su arte poética en esta forma:
Car nous voulons la nuanre encore, pas la couleur, rien que la nuance...
Oh la nuance soule flanee le reve au reve et la ilute au coeur.
Es decir, matiz y musicalidad, lo cual si bien encaja con cualquiera estética —prosa o verso—, no presenta ninguna no
vedad. Todo el mundo sabe que ya las griegos habían identificado la música con la poesía.
Rimbaud es mucho más atrevido que Verlaine, en poesia y en todo. El poeta niño (Je salue Shakespeare enfant.—Víctor Hugo) y homosexual, no cree que la música sea toda la poesia.
Rimbaud cree ya en la poesia pura; pretende llegar a ella por los caminos de la locura, y ésta es ya una pretensión que se las trae. Este chaval no sólo cree descubrir el color de las so
nidos (A noir, E blanc, U vert, O bleu...), sino que, como él mis
mo dice, únicamente se podrá llegar a la poesia por un largo, inmenso e irrazonable desquiciamiento de todos los sentidos.
Son palabras suyas. Mallarmé quiere alcanzar lo mismo, pero sin pasar por el camino de la locura. Para él la poesia no es la demencia, sino la suprema lucidez de la razón. La poesia es
el hombre entero, la vida entera, lo absoluto. Unicamente exls- te una cosa: la Bellesa, y ésta sólo tiene una expresión: la poe*
sía. Todo lo demás es mentira. Asi hablaba Mallarmé.
¿Es una mistica? Conforme. Pero asi como el misticismo conduce por regla general al silencio, la poesía conduce a la imagen y a la forma. Ha sido Paul Valery, el heredero m&s afortunado de la concepción mallarmeana, quien calificó a su maestro de asceta de la poesía. Fué el primer escritor —dice en algún libro el autor de Charmes— que osó enfocar el problema literario en su entera universalidad. Puede decirse que Mallar- m¿ concibió como una álgebra lo que los demás imaginaron sólo como una aritmética.
Por su parte el dulce abate Bremond, otro de las hieródulos de la poesia pura, dice con razón (pensando seguramente en Mallarmé) que el poeta en tanto que poeta, no puede prescin
dir del lenguaje, y ya no tan sólo por el valor musical y evoca
dor de las palabras, sino por ser la expresión particular de una creación universal. Por ello se podría decir, tal vez, que no son poetas sino aquellas hombres que son capaces de crear o de re
crear el lenguaje, de tal manera que parezca nuevo, flamante y como si acabara de salir de la caja.
La poesia está llena, como dijo nuestro Maragall, de vtrtudee desconocidas. La obra de Mallarmé es un ejemplo de la verdad de esta afirmación. El creia también en la virtud del lenguaje ya que lo concebia, en cierto modo, como Platón concebia la Idea. El filósofo griego quiso demostrar que este mundo era sólo un reflejo de la Idea (eidolon, es decir, idea, o Ídolo o ima
gen). Para Mallarmé no se podían expresar tampoco las cosas reales sino a través de símbolos, o sea, de un sistema de Imá
genes —las sombras platónicas— capaces de hacer evocar la realidad Interior dei poeta. Por ello la mayor parte de los ver
sas de Mallarmé son Intraducibies y se deshacen si se intenta desarraigarlos de In tierra entrañable que les dló la vida. Hasta sus mismos poemas de circunstancia (saludos, brindis, direccio
nes en las cartas) se quedan frios en todo labio que no hable y no sienta bien la lengua francesa. He aquí los tres últimos versos del poemlta Salud, que podían servir de divisa a todos los soñadores del mundo:
Solltude, récir, ctoile, a n’importe ce que valut le blanc souci de notre toile.
Que el más hábil de los traductores haga la prueba Inten
tando la transposición, literal o paralfásica. de estos .versos y verá cómo se le quedan atónitos y yertos entro los dedos, como pájaros muertos.
En los tiempos en que vivió Mallarmé no faltó quien le cre
yera un histrión. Hoy nadie duda de su sinceridad artística. La escritora Bcrthe Moriissot, que conoció y amó mucho a Ma
llarmé, ha contado en un libro está anécdota reveladora: Ha
biendo preguntado un día al poeta por qué no escribía para ser comprendido por la cocinera, el interpelado, sorprendido, con
testo: ¿Cómo? Si yo tuviera que escribir para la cocinera no es
cribiría de otro modo. En otra oclusión el pintor Degas se lamen
taba de haber perdido todo el dia sin conseguir dar fin a un soneto. Y eso —añadió— que tengo la cabeza llena de ideas. —No es con ideas —dijo dulcemente Mallarmé— ron que se hacen los sonetos... Es con palabras.
Este profeta de la poesía pura que no pudo en sus tiempos ser profeta en su tierra (destino común a todos los proretas), hoy tiene fieles en todas las literaturas del mundo. Y aunque es evidente que la poesía, tal como la concibió Mallarmé, con
tinúa dentro del mundo de los sueños o de los símbolos, no creemos inútil el esfuerzo. La poesía pura, definitiva, no existe.
Tampoco existen para la naturaleza seres ni estados definiti
vos. y seguimos esperando y luchando. Por eso hay que saludar a los amantes de la perfección, a los renovadores, a los inquie
tos. a los eternos buscadores de poesia pura que. como Fausto, soñarán siempre con ver a Helena.
A
PUNTO de dar estas cuartillas a ESTUDIOS SOCIALES, la casualidad, propicia a los aventureros, pone en mis manos la prueba de que la herencia de Mallarmé florece también en México. En el número 22 de una prestigiosa revista literaria mexicana, El hijo pródigo, puede leerse este poema que firma Anselmo Mena:Yo busco el árbol cuya sombra canta, la luz del agua que la tarde aduerme, la flor prendida de la rama inerme, el aire claro que su vos levanta.
Ya mis ojos han visto vida tanta, vida en la noche que rendida duerme, vida por ver y en sus pupilas verme, vida de amor ahogado en la garganta.
Egloga pura que al final reserva, única fe, la página secreta
que en un libro cualquiera se conserva, pétalo transparente de violeta.
Sólo oigo la nota indefinida
del cristal que se rompe que es mi vida.
No conozco al poeta Anselmo Mena. Le supongo Joven y me
xicano. Y por la perfección formal de este soneto, por su ar
monía interior, por su ritmo y hasta por su mismo titulo, Egloga pura, me atreverla a decir que este árbol cuya sombra canta se ha cultivado en una tierra importada de Francia del jardín de Estéfano Mallarmé.
Enrique Uriñe, e l exquisita poeta lírica ale
mán. so moría, (/na mujer, la compañera y qui
zá su musa, lo conlormaba en su tránsito di- ciándolo con voz aterrorizada:
— ¡Irás a l in tio rn o l... ¡Estás condenado y no hay quien le s a lv e !... ¡Dios lo ca s tig a rá !...
¡Y a te está castigando!. . . ¡A y. Dios mío. Dios mío!
El poeta, atribulado ante (a angustia de la mujer, aun tuvo luerta para confortarla:
— N o tengas m ie d o ... El me p erdon ará...
Es su olido.
D E A Y E R A H O Y